El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

MAYO

Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor

Por mayo adelantado cantaban ya las codornices en los trigales de Sarnago. Don Joaquín, el maestro manco, sacaba la red verde del armario y, al terminar la escuela, sin quitarse el guardapolvo gris, salía por la calleja de las eras con el reclamo en la mano a probar suerte en las piezas del Collado. Nosotros, sus alumnos, animados por su ejemplo de cazador furtivo, soñábamos con irnos de nidos y aprovechábamos el recreo de media mañana para dar una vuelta a las paraderas del salegar. Solían caer bajo la implacable losa de la ingeniosa trampa inocentes pardillos del pecho colorado, verdecillos que llamábamos perdiguines y cardelinas o colorines del canto de cristal. Poco importaba que las hembras murieran despachurradas con los huevos dentro aún de sus entrañas, dispuestos para el nido. ¡Un crimen en primavera, una barbarie, que entonces nos parecía un entretenimiento completamente inocente! Como se ve, la inocencia va por barrios y por épocas.

El sol de mediodía caía a plomo sobre las austeras Tierras Altas, cubiertas milagrosa y -¡ay!- pasajeramente de un verde lujurioso. El monte había despertado ya tras el oscuro letargo invernal. Por las veredas olía a flor de estrepa, aún en mocollo, y a sabino, y el cuco cantaba alegre y desenfadado por la cañada y los prados. La señal de que apretaba el calor, además de la nube de moscas que lo invadía todo y que relevaban a las “moscas blancas” del invierno, es que las ovejas se apiñaban amodorradas para la siesta, bien apretadas unas con otras, a la sombra de los robles en la entrada de la Mata o en lo bajero de cualquier ribazo, al pie de un calambrujo o de un bizcobo. Se notaba a la legua que la lana les abrumaba. La piara andaba pesadamente, y no tardaría mucho en llegar el día del esquilo. Los esquiladores – estoy viendo al tio Patricio con el cuerpo doblado- sacaban los vellones enteros, con verdadero arte, a punta de tijera en el portal de la casa y luego marcaban el costillar de las recién esquiladas con pez hirviendo. A las corderas les cortaban además el rabo. Los rabos de las corderas eran para nosotros, los niños, un festín largamente esperado. Del esquilo salían las pobres ovejas, cuando les desataban las patas y quedaban al fin libres de las garras del esquilador -los pantalones de éste brillaban por la grasa de la lana- corriendo desconcertadas, como perdidas, mucho más ágiles y, me parecía a mí, con sensación de desnudez, como deben de sentirse las modelos de ropa interior en la pasarela.

A estas alturas de finales de mayo recuas de caballerías andan por el camino de las huertas cargadas de serones de ciemo. Es la hora de los hortelanos. Baja crecido y cantarín el rio entre los chopos y las mimbreras. Cantan las torcaces en celo. Los lunes llegan puntuales a la plaza con sus machos cargados de manojos de plantas de berza, de lechuguino y cebollino, los coleteros de Aguilar del Río Alhama, camino del mercado de San Pedro. Con el buen tiempo no tardará en sonar por las esquinas el chiflo del capador francés o del afilador, perfectamente discernibles uno del otro. Al caer la tarde los segadores pican el dalle con el martillo y el yunco en la puerta de la casa. A finales de mayo o principios de junio espera ya al dalle la olorosa hierba de los prados y la esparceta en flor. Son los preámbulos amables de la cosecha.

Antes llega la fiesta. Las tres mozas de la móndida se aprenden estos días de memoria sus romances medievales que recitarán en la plaza. Y el mozo del ramo se prepara para enarbolar por las calles abriendo la procesión la redonda copa de arce, cortada la víspera en la dehesa y adornada con pañuelos de colores, roscos y rosas. Las calles estarán barridas -cada vecino, su parte-, pasará la música y arriba, en el lugar acostumbrado de la era empedrada, frente a la fuente, el lavadero, el juego-pelota y la iglesia, amanecerá el día de la fiesta con el mayo pingado, símbolo de alegría y fertilidad.

(Por si alguien muestra perplejidad, que escuche bien y que piense. De los recuerdos también se vive. Puede que la vida, en última instancia, sea sólo lo que recordamos)

NOSOTROS, LOS “ISIDROS”

Escribo la tarde de San Isidro. Llueve sobre Madrid. Mala tarde de toros en las Ventas. La fiesta está en decadencia, como la política. Como todo lo demás, según los agoreros. El otro día me invitó a los toros el embajador Pepe Cuenca y había poco más de media entrada. Predominaban los jubilatas, los pantalones vaqueros y las turistas despistadas. El “respetable” se ha convertido en un pequeño mundo aparte, residual, alejado del pueblo. Si no hay emoción ni en los toros, ya me contarán. La plaza no se animó ni cuando El Fandi puso atléticamente sus pares de banderillas, con dos de propina. No sé adónde vamos a llegar. Sólo resiste el fútbol. Hasta el papa Francisco ve la final de la copa del Rey en televisión. A nadie se le ocurre buscar ángeles arando los campos mientras el santo reza, porque no quedan bueyes y apenas queda campo. Lo han ido ocupando urbanizaciones decadentes, modernos edificios de oficinas con el cartel multiplicado de “Se alquila” y gigantescos espacios comerciales -las nuevas catedrales-, casi tan deshabitados como mi pueblo. ¿Harán también huelga los ángeles, solidarizándose con sus encomendados? ¿Con los maestros, los médicos, los del ERE, los del Metro y los de los autobuses de la periferia…? ¿O nos dejarán por imposible? Estaría bien una manifestación silenciosa de ángeles de la guarda tocando campanillas o violines para protestar por el ruido, la inseguridad en las carreteras y en las calles, el botellón, los desahucios, la inseguridad en el empleo, las malas noticias permanentes y, en general, por la creciente estupidez humana.

No es tampoco seguro que queden santos en los tiempos que corren. Lo mismo que es difícil oir en la ciudad, y menos en las urbanizaciones de la periferia, el sonido de las campanas llamando a la oración, a la que tan dado era San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza. De su único hijo, el que se cayó al pozo y fue sacado milagrosamente, apenas se tienen noticias. La tradición popular le llamó San Illán. Aún se conserva el pozo. Una familia singular y muy cercana a nosotros, los “isidros”, los que hemos venido del campo a la ciudad con el hatillo al hombro y hemos agarrado antes alguna vez con manos sudorosas la esteva del arado romano. Lo mismo que nosotros, Isidro, nuestro patrón, anduvo de aquí para allá, de la ceca a la meca. Tampoco entonces, a comienzos del siglo XII, había mucho trabajo. Trabajó como pocero antes de hacerse labrador. Salió por pies de Madrid, como tantos otros, cuando los almorávides atacaron en 1110 este poblachón manchego. Recaló en Torrelaguna donde siguió trabajando en el campo. Allí conoció a María, que era natural de Uceda (Guadalajara), y se casó con ella. María, una santa, poseía una heredad en su pueblo, apenas unos pegujales, y a Uceda se fueron. Isidro podía, por fin, trabajar su propia tierra. Pero aquello no debía de dar para comer. Así que, fuera por lo que fuere, en 1119 el bueno de Isidro vuelve a Madrid, como jornalero del campo, al servicio de Juan de Vargas. Buscó una vivienda -lo de la vivienda estaba mejor que ahora- junto a la iglesia de San Andrés, donde oía todas las mañanas misa al rayar el alba antes de salir al campo con los bueyes, atravesando el puente de Segovia hasta el otro lado del Manzanares. Dicen que lo poco que ganaba lo daba a los más pobres, y del pan que le quedaba dejaba caer las migas para que comieran las palomas. Cuando murió, en 1130, lo enterraron como pobre de solemnidad en el camposanto de la parroquia de San Andres en una tosca caja de madera sin cepillar. Sus prodigios corrieron de boca en boca y fueron en aumento, así que, ante la insistencia del pueblo llano, cuarenta años después de su muerte fue exhumado su cuerpo, que apareció, ante el asombro general, -y, por lo visto, sigue todavía- incorrupto, y fue trasladado al interior del templo. El rey Alfonso VIII, cuando llegó victorioso a Madrid después de la batalla de las Navas de Tolosa, ordenó trasladar el cuerpo de Isidro a un arca bellamente policromada, donde reposa.

Esta tarde, entre claro y claro, los últimos castizos bailan el chotis en la pradera. Corre de mano en mano la ronda de las rosquillas del santo y del aguardiente. Antes, como Dios manda y al santo labrador no disgusta, los más castizos habrán compartido, en amor y compañía, después de la misa, el cocido madrileño.¡Con la crisis vuelven los garbanzos! “Papá, hoy no como en casa, me voy a la pradera a probar el cocido”, así se ha despedido a mediodía mi hija Sara desde la puerta. ¡Que le vaya bien! Ya nadie se avergüenza de ser de pueblo. Ella, menos. Al contrario. Bendita sea.

Asoma el sol por una rendija azul entre las nubes. Pronto volverá la lluvia. Mala tarde de toros en las Ventas. Aquí acaba este breve relato en homenaje a nuestro santo patrón. ¡Que él nos ayude en la vuelta al pueblo! No sé si es un milagro suyo o una ilusión mia, pero el regreso al pueblo ha comenzado. (El viernes pasado estuve en Soria. En la puerta de la catedral había una esquela mortuoria. Anunciaba la muerte del Zacarías de Valdenegrillos, el último vecino. Seguro que se entiende bien allá arriba con San Isidro y más de un día bajarán juntos a dar una vuelta al huerto. Su pobre viuda, la Romana, quería que lo llevaran a enterrar al pueblo; pero no ha sido posible. Los restos del Zacarías de Valdenegrillos reposan en el cementerio soriano del Espino. “En una tarde azul sube al Espino…” Etc.)

LA ESCARDA

 

Avanzada la primavera, salen las mujeres por los caminos hacia los sembrados. Caminan alegres. No es extraño que se peguen a ellas, si no hay escuela, los niños de la casa, que triscan, inquietos y juguetones, por los ribazos floridos y no se cansan de tirar piedras a los pájaros. Es el trabajo más llevadero del año, casi un recreo, una liberación del luto y del agobio oscuro de la casa. Cubren la cabeza con amplios pañuelos claros y llevan en la mano la azadilla o escardillo. Son las escardadoras. El sol de la mañana va ya alto y ha evaporado la aguada nocturna de los trigales. Con las últimas lluvias el campo es un tapiz y una sinfonía. Prevalecen las distintas gamas de verde, festoneado por la policromía de los ribazos, en los que las distintas flores azules y moradas combinan con el esplendor punzante de las ulagas, el amarillo radiante de los morrenglos, el botón dorado de las tomazas y el rojo pasión de las amapolas. Cantan las calandrias haciendo la torre sobre las esparcetas y los picogordos y verderones, en la rama más alta de los bizcobos y en los espinos de flor blanca;  pasan volando parejas de pardillos camino del salegar, se hacen notar los chochines y trigueros, y no faltará en la vereda el vuelo corto de la uñalarga, buscando el refugio del orillo. Falta poco para que resuene el tortoleo de las codornices en celo y el “coreque” de la perdiz en el ulagar del cabezo. El aire perfumado está poblado de un rumor de insectos y el aleteo de cientos de mariposas.

Cuando lleguen a la pieza, las escardadoras doblarán el espinazo sobre el sembrado y así, encorvadas, haciendo honor a su destino de vida perra e insatisfecha – aún no se ha hecho justicia a las heroicas mujeres del campo- irán recorriendo el sembrado de trigo o de cebada a tajo parejo arrancando y entresacando las malas hierbas: la avena loca, la corregüela, el cardo cabezudo, el borriquero, el lechal y el del cabrero; y, sobre todo, las ababollas, frescas y lozanas, arrancadas a mano, sin ayudarse de la azadilla, y que llevarán después a casa en brazada sobre el delantal para festín de los cerdos. Pero desde que pasó lo que le pasó a la pobre tía Higinia, nuestra vecina, ponen mucho más cuidado en la escarda de las ababollas. Antes miran y tantean con el escardillo. El grito de la mujer se oyó en toda la Solana. Cuando metió la mano bajo la frescura y empuñó la planta, sintió el inesperado alfilerazo en la muñeca, un dolor agudo que le recorrió el cuerpo como un calambre eléctrico, a la vez que sintió en los dedos por un instante el viscoso y frío roce de la piel del animal. No había duda: le había picado una víbora. Le hicieron un torniquete “para que el veneno no llegara al corazón”, eso dijeron, y la bajaron al médico a una legua de camino a lomos de una caballería. Algo parecido le pasó al Velilla en Valdeavellano cuando fue a coger una mata de violetas, y, a pesar de ser médico, aquello se le complicó, el brazo se le puso como un boto y, a corto plazo, le costó la vida. La tía Higinia tuvo más suerte, pero el suceso de la víbora en la ababolla hizo que la escarda en Sarnago fuera a partir de entonces menos alegre y confiada.

Desde que se mecanizó el campo y llegaron los herbicidas, los pesticidas, los plaguicidas y demás venenos, se acabó este amable y poco celebrado rito de la escarda, uno de los momentos más placenteros de mi infancia. Lo recuerdo como la primera salida al encuentro de la cosecha que viene, que muestra ya en esperanza el fruto cierto, como dice fray Luis de León hablando del huerto plantado por sus manos. Era la sonora explosión de vida tras el largo y oscuro invierno. Con la escarda química, que lo contamina todo, se mueren las abejas, apenas hay rumor de insectos, no se ve un pájaro en los trigales y, según acaba de avisar el biólogo Juan Carlos del Moral, “si seguimos así, nos quedamos sin gorriones”. Hace tiempo que han huido de los pueblos deshabitados y ahora amenazan con dejar las ciudades. En Londres, por ejemplo, ya se han quedado sin gorriones, estas avecillas pardas, humildes y familiares. ¿Compensa el progreso estas pérdidas? La guerra química está acabando en el campo con cardelinas, perdiguines, pardillos y verderones, los pájaros de mi niñez. ¡Cuánto mejor sería volver a arar la tierra y a escardar a mano!

Por un momento, perdónenme, he tenido un sueño. He vuelto a ver a las alegres escardadoras por los caminos, entre los trigos, con su pañuelo en la cabeza y el escardillo en la mano. Yo iba con ellas. Y cantaban los pájaros.

DEFENSA DE LAS ABEJAS

De niño vi enjambres colgados, como racimos de oro, de la rama de un árbol. Al sordo zumbido acudía presuroso el tio Quirino, único colmenero del pueblo, que, sin decir palabra, tocaba unas palmas secas, hacía un sahumerio y, por arte de birlibirloque y con infinita paciencia, conseguía al fin meter aquel morgaño perdido e irritado de miles de abejas en el rudimentario vaso de mimbre y masilla con el que enriquecía su humilde colmenar. La adquisición compensaba las numerosas picaduras en sus manos y en su cara, abotargada ya por la pelagra, y de las que no le libraba el viejo saco con el que procuraba cubrirse la cabeza, ni el Santo Oficio que apareciera a caballo. “¡Bah! A fuerza de picaduras, estoy vacunado”, quitaba importancia a su hazaña. Constituía un verdadero arte, este de cazar los enjambres huidos, igual que otros cazan fantasmas o tornados.Y pocos recuerdos más dulces de mi infancia que la experiencia de estrujar los panales con mis propias manos y llenar un barreño de miel de una colmena que habían tenido la ocurrencia de fabricar las abejas en un hueco del paretón del corral de atrás de la casa. Eran tiempos en que al campo no habían llegado los pesticidas ni los herbicidas y el aire se poblaba de insectos y de pájaros.

Comprenderán ahora por qué he sentido alegría -por fin, una buena noticia de Bruselas- cuando me he enterado de que la Comisión Europea, ese enjambre de funcionarios bien pagados, ha atendido la petición popular, suscrita por 360.000 firmas e impulsada por organizaciones ecologistas, y ha decidido, para cabreo de los grandes laboratorios, prohibir durante dos años tres conocidos plaguicidas de la familia de los neonicotinoides, tóxicos para las abejas. La medida está justificada, aunque se resienta algo la producción de maíz, girasol, colza y algodón. Las abejas, esos animalillos prodigiosos, esenciales para el ecosistema y el mantenimiento de la vida en la Tierra, menguan alarmantemente de año en año en Europa, y nadie se ha atrevido hasta ahora a contradecir a Alberto Einstein, que, como se sabe, afirmó tajantemente: “Si las abejas desaparecieran del planeta, al ser humano sólo le quedarían cuatro años de vida”. Por si fuera poco, las abejas proporcionan a las arcas europeas veintidós mil millones de euros al año, que no es moco de pavo. España, sin ir más lejos, produce 33.000 toneladas de miel anuales. ¡Con la falta que hace hoy endulzarnos un poco la vida! No me importa confesar que estoy tomando jalea real, el alimento de la abeja reina, que dicen que es el elixir de la juventud. La tomó mi abuelo Natalio y vivió casi cien años sin dejar de fumar.

No he podido resistirme y picado por la curiosidad me he introducido en la asombrosa “ciudad” de las abejas. Para eso me he valido de esa insustituible fuente de sabiduría que es la Enciclopedia Espasa. Compartiré con todos algunas curiosidades de la organización social de un enjambre, que viene a estar formado por seiscientos a mil zánganos, una reina y entre veinte mil y treinta mil obreras, que llegan a ochenta mil en pleno desarrollo. Estas, con los “espejos” de su vientre producen la cera en forma de escamas, que luego trabajan con los maxilares para construir los panales, esa asombrosa, perfecta, obra arquitectónica. Y luego liban las flores y llenan de miel las celdillas. Si te pica una obrera, el guizque queda dentro de tu cuerpo, y ella, desgarrada por dentro, muere irremediablemente. La reina madre es la única hembra reproductora de la bulliciosa ciudad. Se distingue por la forma de su cabeza y es más grande y más larga que las demás. Una diosa. Es fecundada por los zánganos fuera de la colmena. Efectúa el vuelo de bodas a mediodía, con buen tiempo, un hermoso día de sol, rodeada de los zánganos. Vuela alto, por las altas regiones del aire, durante horas, seguida por sus perseguidores, a los que cansa poniendo a prueba su ardor. Muchos abandonan agotados. La persecución puede durar dias enteros. Los últimos zánganos que resisten, el vencedor o los vencedores, fecundan a la reina y pagan su atrevimiento con la muerte. Luego ella, con el esperma almacenado en su cuerpo, fecunda los huevos a voluntad: de los fecundados nacerán las abejas obreras y de los no fecundados, los zánganos. Cuando hay varias reinas jóvenes, caben dos posibilidades: si la colonia es suficientemente numerosa, una de ellas se va con una parte del enjambre, como los que recogía el tio Quirino en Sarnago con sahumerios y tocando palmas; si no, se desafían y pelean las dos hermanas hasta que una de ellas cae mortalmente herida por el aguijón de la otra. En fin, si la reina muere o desaparece, cuando las obreras se dan cuenta de que la han perdido, suspenden sus trabajos, se olvidan de todo y se van en busca de otra colmena o, desconcertadas, se dejan morir sencillamente.

Todavía, pienso, quedará en las Tierras Altas algún humilde colmenar al abrigo del ribazo cerca de la flor del biércol y del romero. Salgo a mi pequeño jardín. Ha vuelto el sol. Desde el manzano en flor del vecino me llega el dorado rumor alado. Y me acuerdo de la “Oda a la abeja” de Pablo Neruda, sobre todo de aquella estrofa tan apropiada para la tarde del 1º de Mayo en que escribo y que dice así:

Abejas, trabajadoras puras, ojivales obreras, finas, relampagueantes proletarias, perfectas, temerarias milicias que en el combate atacan con aguijón suicida, zumbad, zumbad sobre los dones de la tierra, familia de oro, multitud del viento, sacudid el incendio de las flores, la sed de los estambres, el agudo hilo de olor que reúne los dias, y propagad la miel sobrepasando los continentes húmedos, las islas más lejanas del cielo del Oeste.

EL JUEGO-PELOTA

Con el buen tiempo acudían, ardorosos, los jugadores la tarde del domingo. Llevaban camisa blanca, con los brazos remangados y calzaban alpargatas de Cervera o de Arnedo. En torno suyo se iba cerrando un círculo expectante formado por chicos y grandes mientras ellos botaban ceremoniosamente la pelota, fabricada en casa con tripas de gato, lana de las ovejas y badana de cabrito. La expectación subía si competían solteros contra casados. Era el único momento de sus vidas en que aquellos hombres salían de la rutina y del silencio pardo de la tierra y se sentían protagonistas, dignos de admiración. Todo el mundo convenía en que esto era cosa de hombres. Las mujeres presentes se contaban con los dedos de una mano. Si acaso curioseaban, con la cara arrebolada, desde atrás, entre la gente, la novia de uno o la que aspiraba a serlo, o con menos frecuencia se dejaban caer un rato entre el personal la hermana o la hija de este o el otro de los protagonistas. Entre la concurrencia, en partidos de especial trascendencia, no faltaban los ancianos, con su boina nueva, su chaqueta de pana y su cachava, sentados en los poyos en lugar preferente, que se erigían en jueces implacables de las jugadas dudosas. Compartían con el vecino la petaca y los recuerdos de otros tiempos, cuando aún tenían cuajo y les aguantaba el resuello, cuando respondían las piernas y el corazón. Entonces, antes del maldito reúma, eran ellos los que ocupaban, admirados por todos, el centro del juego-pelota. “¡Qué partido, aquel! ¿Te acuerdas? ¡Cuando les ganamos un cabrito a aquellos jaques y bocaranes de tierra Agreda!” “¡Cómo no me voy a acordar!”. Y de pronto sus ojillos apagados chispeaban recordando las dulces hazañas de la juventud.

En Sarnago el juego-pelota era el frontón de la iglesia, coronado por las campanas y la veleta. Durante muchos años fue abriéndose poco a poco una profunda recliz en la que anidaban los ocetes bajo la campana grande. Hasta que un día el paretón se derrumbó y arrastró al campanar y las campanas. Nunca se le llamó allí “juego de pelota” o “juego de la pelota”, que habría sonado a cursilada imperdonable; el frontón era el juego-pelota simplemente, sin preposición ni más adornos. En mi infancia era el deporte-rey de aquella tierra. Allí pasábamos los niños, jugando a la pelota, las horas muertas, antes de que llegara el fútbol e improvisáramos campos en las eras o en el ejido con piedras como coseras sirviendo de porterías. Durante siglos el noble deporte de la pelota fue integrante esencial de la cultura rural, y el frontón o juego-pelota, elemento imprescindible de esa cultura ahora desfalleciente. Frontones quedan en los pueblos que son  vestigio primero de la arquitectura civil. Lo mismo que no había pueblo sin iglesia, sin fuente o sin escuela, no podía faltar en ninguno el juego-pelota, construído con piedra bien labrada y pulida, con su correspondiente trinquete a la izquierda, o de forma mucho más rudimentaria, aprovechando, como en mi pueblo, el paretón soleado de la iglesia.

Este antiquísimo deporte, legado cultural vasco, -no faltan los que piensan que el euskera es la lengua original de los iberos- fue extendiéndose por la península y se afincó en frontones de Navarra, la Rioja, Castilla, Aragón y Valencia, sin olvidar Madrid, que llegó a ser capital mundial del deporte de la pelota. Y desde España saltó a América. Dicen que Felipe el Hermoso, el marido de doña Juana de Castilla, llamada “la Loca” sin demasiado fundamento hasta el luctuoso suceso, murió por beber agua fria después de un partido de pelota en Burgos. ¡Vaya usted a saber! En la capital de España el deporte de la pelota adquirió especial esplendor, impulsado por la rica burguesía industrial y comercial vasca. Se construyeron verdaderas joyas arquitectónicas, como el legendario frontón de Recoletos, el Jai Alai o el Beti Jai, un día tan populares y sucumbidos al fin por la desidia municipal y otras desidias. Los más viejos del lugar aún guardan los nombres de legendarios pelotaris de cesta-punta madrileños. Recuerdo que una de mis primeras salidas nocturnas cuando llegué del pueblo a Madrid con mi maleta de madera fue para asistir, creo que en el Beti Jai, hoy arrumbado, a un vibrante partido de cesta-punta, que no pudo concluirse porque uno de los jugadores cayó fulminado por un pelotazo involuntario de su contrincante, que le alcanzó en la cabeza. No parece que sea pedir la luna exigir que el noble, popular y mítico deporte de la pelota sea, por fin, olímpico, si Madrid consigue los anhelados Juegos. Tal vez así, con ese impulso, conseguiríamos salvar este vestigio de la cultura rural, que decae a ojos vista como los pueblos. Los recios frontones aún en pie son profanados por las blandas pelotas de tenis impulsadas por los señoritos que llegan de la ciudad a pasar las vacaciones portando ligeras raquetas reglamentarias en sus delicadas manos. O, peor aún, se convierten en espacios solitarios y sucios, que lucen en su frontispicio, como humano vestigio de otros tiempos, con letras grandes, ya un tanto desvaídas: “¡Vivan los quintos del 68!”.

BUITRES CON PASAPORTE ALEMÁN EN LOS CIELOS DEL SUR

Leer la prensa en España o ver el telediario es llorar. En la calle aumenta la crispación. El Fondo Monetario Internacional, sala de máquinas del presente capitalismo, echa leña al fuego. ¡Más madera! En la Red sube el olor de los insultos hasta la náusea. El ambiente empieza a ser irrespirable. Sigue el alegre botellón nocturno. El aire huele a podrido. Nos perdemos en batallitas de unos contra otros sin darnos cuenta de que estamos en guerra. Es una guerra no convencional, claro. El dinero sustituye a los cañones. Pero los efectos son igual de demoledores: destrucción, hambre, desahucios, desesperación. ¡Guerra económica, la llaman! Como si las otras no lo fueran. Los buitres del Norte, con pasaporte alemán -¡otra vez, Dios mio!- trazan círculos concéntricos en torno a la presa indefensa, como entonces en Guernica aquellos siniestros buitres metálicos con la esvástica en la panza. El Sur deudor está de rodillas ante el poderoso Norte acreedor, el mismo que se lucró de nuestra burbuja inmobiliaria, de planes Marshall y de otras burbujas inconfesables. Nos tienen cogidos por donde más duele y nos advierten que si nos quejamos será peor. La troika inquisidora nos aprieta más y más en el interminable potro de tortura. Nos dejarán en pelota. Nos cubrirán de ignominia. ¿Hasta cuándo?

Falta un Goya -el de los fusilamientos- o un Picasso para dejar perenne constancia de la tremenda escena. Habrá que empezar por el llanto de Europa que resuena ya junto a las ruinas del Partenón, sobrevoladas por los mismos buitres. Un lector de “El País”, Andrés Acosta, en una carta al director glosa hoy, sin ir más lejos, un artículo estremecedor del economista griego Yanis Varoufakis, titulado Grecia ha muerto. Lo peor es que muere entre la indiferencia general. “No se quieren reconocer -dice Andrés- los inmensos errores cometidos por la troika”. ¿Errores? “La pobreza allí es extrema. Hay hambre, enfermedades infecciosas, que se creían erradicadas, sarna, derrumbe social”… ¿Estamos resignados también nosotros a vernos pronto en el mismo espejo?

O acaso nos falte un Unamuno, que sacuda la modorra y las conciencias.

Observando la desesperación de muchos y viendo que a un loco con barretina– esto solo puede ser cosa de locura-, se le ocurre, en estas circunstancias, proponer la independencia de Cataluña, y a otros desaforados, con la que está cayendo, dedicarse a apedrear la Corona, pieza clave de estabilidad, aun estando algo deslucida, y principal agarradero en medio de la tempestad, aireando banderas tricolores anticonstitucionales y volviendo a las andadas, me he acordado del “formidable puercoespín que es Unamuno”, al que visitó en Salamanca el escritor griego Nikos Kazantzakis -uno de los intelectuales europeos más respetados de la época- en el otoño de 1936 en plena guerra civil, unos meses antes de la muerte de don Miguel, ocurrida el día 31 de diciembre de ese mismo año, víctima de la tristeza. Así que se trata de un testimonio valiosísimo, casi póstumo, en otras circunstancias dramáticas de España y de Europa. Kazantzakis quería conocer de primer mano la opinión de Unamuno sobre lo que estaba pasando en España, laboratorio para lo que vendría en Europa. (Históricamente nos han utilizado siempre como experimento, como conejillo de Indias, las potencias de arriba). “Los álamos están dorados, tres grandes cipreses, inmóviles, levantan sus siluetas negras en el crepúsculo de fuego”. Es el paisaje de otoño de la espera antes de llamar a la puerta del gran intelectual español. No me resisto a transcribir la continuación del relato, el encuentro entre el español y el griego. ¿Qué dirían hoy los dos?

Se me hace entrar en una habitación larga, estrecha y desnuda. Pocos libros, dos grandes mesas. Dos paisajes románticos en las paredes; grandes ventanas, luz abundante. Un libro inglés se halla abierto en el escritorio. Oigo, procedente del fondo del corredor, los pasos de Unamuno, que se aproxima. Un paso cansado, arrastrado, un paso de anciano. ¿En dónde están las grandes pisadas, la juvenil agilidad de su paso que admiré en Madrid hace apenas algunos años? Cuando la puerta se abre veo a Unamuno súbitamente envejecido, literalmente hundido, y ya encorvado por la edad. Pero su mirada sigue brillante, vigilante, móvil y violenta como la de un torero. No tengo tiempo de abrir la boca cuando él ya se arroja a la plaza:

-Estoy desesperado -exclama cerrando los puños-. ¿Usted piensa sin duda que los españoles luchan y se matan, queman las iglesias o dicen misas, agitan la bandera roja o el estandarte de Cristo porque creen en algo? ¿Que la mitad cree en la religión de Cristo y la otra mitad en la de Lenin? ¡No! ¡No! Escuche bien, ponga atención a lo que voy a decirle. Todo esto sucede porque los españoles no creen en nada. ¡En nada! ¡En nada! Están desesperados. Ningún otro idioma del mundo posee esta palabra. El desesperado es el que ha perdido toda esperanza, el que ya no cree en nada y que, privado de fe, es presa de la rabia.

Unamuno se calla un momento y mira por la ventana.

-¿En Grecia qué hacen ustedes? -pregunta. Pero, sin aguardar mi contestación, se arroja de nuevo a la plaza:

-El pueblo español está enloquecido -continúa-. Y no sólo el pueblo español, sino quizá el mundo entero. ¿Por qué? Porque el nivel intelectual de la juventud en todo el mundo ha descendido. Los jóvenes no se limitan a menospreciar el espíritu, sino que lo odian. El odio al espíritu: he aquí lo que caracteriza a toda la nueva generación. Les agrada el deporte, la acción, la guerra, la lucha de clases. ¿Por qué? Porque odian el espíritu. Yo conozco a los jóvenes de hoy, a los jóvenes modernos. Odian el espíritu.

(Lejos de mí, don Miguel de Unamuno, la osadía de contradecirle. No sé si la juventud actual sigue odiando el espíritu. Puede que sea así. Lo que parece claro es que los intelectuales están apesebrados en esta hora difícil y han perdido la voz y la autoridad moral. Ya no hay guías espirituales. Los medios de comunicación han dejado de ser el intelectual colectivo, que decía Aranguren. La nueva generación está perdida. Es una generación perdida. Y, desde luego, desesperada. En esto le doy toda la razón. ¡Desesperada! Por si le sirve de mínimo consuelo, le diré que hay miles de jóvenes indignados que han reaccionado y han salido pacíficamente a la calle. Otros, no tanto. Tampoco faltan los descerebrados. Asómese a los foros de las redes sociales para comprobarlo. ¿Acaso porque, como usted dice, siguen odiando el espíritu? Yo no los culparía. Más bien parecen víctimas. Y los buitres con pasaporte alemán siguen volando, mientras tanto, cada vez más bajo, sobre sus cabezas y trazan círculos concéntricos encima del Partenón y en los cielos del Sur)

CUANDO ERA PRIMAVERA

Se adelantan los relojes y se retrasa la noche. Es la consagración de la primavera. Eso, oficialmente. Pero hace tiempo que en las Tierras Altas de la Alcarama están los relojes parados, lo que no es ninguna novedad. En realidad, parece que, con los tiempos que corren, es la hora de España la que se retrasa peligrosamente, justo cuando creíamos que habíamos salido definitivamente de la larga noche y había llegado nuestra hora. Basta asomarse a la calle de la ciudad para darse cuenta, oyendo los gritos de protesta, recorriendo las colas de parados y observando la desesperación de los escraches, que seguimos sumergidos en el invierno. Y sobre los pueblos, por si no fuera bastante el abandono sufrido y la decadencia, se cierne la amenaza de una siniestra reforma municipal y espesa, como una nube negra de tormenta. Pero hay más. Toda Europa, especialmente la luminosa Europa del sur, la más humana y creativa, aparace sometida resignadamente, como los condenados a muerte en los campos de concentración de antaño, a la hora alemana que marca con implacabilidad prusiana el reloj de pulsera de la señora Merkel y el electrónico del Bundesbank. Ni siquiera nos dan vela en este entierro de Europa.

Por si fuera poco, aquí dentro, al acercarse el aniversario de la azarosa y convulsa República, a algunos desesperados o nostálgicos y a muchos inconscientes no se les ocurre nada mejor que proponer retrasar la hora de España ochenta años. Con este propósito hacen horas extraordinarias en las redes sociales para atraer incautos a su causa perdida. Otros, desde la periferia, aprovechan el desconcierto y las apreturas para mandar a España a hacer puñetas sin que se les caiga la cara de vergüenza. Ese es el panorama. Así es difícil que cante el cuco ni en Sarnago ni en ninguna parte anunciando por fin la primavera. Nadie ha dado hasta ahora noticia de lo contrario. Nadie ha oído aún, que se sepa, el alegre cu-cu por Bajorente o por el Prado de Los Rebollos. Y menos que nadie, Rajoy, Guindos, Rubalcaba o Cayo Lara: cuatro patas para un banco. Y ya se sabe:

Si el cuco no canta

el 15 de abril,

es que está malito

o se va a morir

El otro día vi en Valdeavellano las dos primeras golondrinas. Habían llegado sin duda a inspeccionar el terreno -en realidad el aire- con la nieve de la Cebollera aún de fondo. Me alegré al verlas. Por fin, un signo de esperanza. Dos adelantadas o precursoras, comisionadas por el bando, pensé. Pero fue una visión fugaz. El cortante frio de la sierra y la constante lluvia, a ratos aguanieve, no proporcionaban un ambiente muy acogedor. Por más que las busqué con la mirada en los días siguientes, no las volví a ver. ¿O vendrían, siendo Viernes Santo, como creía mi abuela Bibiana, a arrancar las espinas de la frente del Crucificado? Eché también en falta el bullicio de los gorriones. Hace no tantos años los nidos estaban ya rebosando por estas fechas. Ni siquiera con la llegada del papa Francisco hay revuelo de pájaros en el viejo tejado de la iglesia, ni palomas en el campanar, como en aquellas primaveras. Desde que no hay ganado ni caballerías, hasta los gorriones abandonan los pueblos, siguiendo a los funcionarios. Hacen lo mismo las urracas, según me dicen, unas aves muy inteligentes, con fama de ladronas -algo que concuerda perfectamente con lo que se lleva hoy en España y se ha llevado siempre- y a las que les gusta la conseja y la posmodernidad. Se han trasladado a las lujosas urbanizaciones de la periferia de la ciudad. “Pares cum paribus facilime congregantur”. O sea, los iguales con los iguales, etcétera, ¿no, profesor Tejerina? Sólo las tordas, aunque estén los huertos llecos, y las cigüeñas mantienen la fidelidad. Y en Sarnago, adonde no han llegado nunca las cigüeñas, supongo que las humildes cuyalbas, las mismas de mi infancia, que se resisten a abandonar las paredes semiderruidas de las eras abandonadas. Del aire azul de los campos con los sembrados ya nacidos y de los montes oscuros se enseñorean los buitres y las aves de rapiña, otra buena metáfora de nuestro tiempo.

Habrá que esperar. Y seguir soñando. Pronto saldremos de esta y cantarán los pájaros. Y todos los relojes marcarán otra vez la hora de España. Mientras tanto, nos queda recordar y amar la tierra, los pueblos, los pájaros y a nuestros semejantes, sabiendo que los recuerdos, lo mismo que el amor, trascienden el tiempo, lo aceleran y le dan cumplimiento. Lo dijo Emilio Prados, que lleva muerto medio siglo exacto:

Cuando era primavera en España:

junto a la orilla de los ríos

las grandes mariposas de la luna

fecundaban los cuerpos desnudos

de las muchachas,

y los nardos crecían silenciosos

dentro del corazón

hasta taparnos la garganta…

¡Cuando era primavera!

(…)

Cuando era primavera en España:

todos los hombres desnudaban su muerte

y se tendían juntos sobre la tierra

hasta olvidarse del tiempo

y el corazón tan débil por el que ardían…

¡Cuando era primavera!

HACENDERA EN SARNAGO

A la vuelta de Soria, un viaje breve y ritual con el cielo llorando a lágrima viva, los prados verdes y los robles del monte aún desnudos, me encuentro con carta de Sarnago. José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación de Amigos del pueblo, me invita a participar en una “hacendera”. Se trata de juntarse todos para continuar con los arreglos del edificio de la escuela, en la plaza, justo enfrente de la casa donde nací. Encima de la antigua escuela está la casa del maestro, convertida en Museo Etnográfico y, pared con pared, la vieja Sala de Concejo. En el portal, donde en los días lluviosos o del crudo invierno jugábamos en el recreo a las pitas -”¡amo ruche!”- o a las cuatro esquinas, descansan las dos campanas de la torre derruida. La “hacendera” o trabajo comunitario se llevará a cabo los días 14 y 28 de este mes, y todos los que se acerquen compartirán después una paella, un jarro de vino y acaso unas migas del pastor. A la primera “hacendera” en octubre acudieron unas cincuenta personas. “Cada uno -me dice José Mari- hace lo que está en su mano para que este pueblo no muera”. ¿Alguien ofrece una receta mejor en estos tiempos insolidarios, de crisis y de bestial individualismo?

Cansados de esperar, como quien oye llover, a que fueran las Administraciones Públicas las que ayudaran en este meritorio impulso regenerador de un pueblo deshabitado, que no se resigna a morir, las gentes del pueblo -viejos y jóvenes- se ponen a la tarea. Recogen así además una antigua tradición muy arraigada en los pueblos de las Tierras Altas y supongo que en otras regiones de Castilla, en las que convivían armoniosamente la economía familiar y la colectiva. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es precisamente la estampa alegre de los trabajos en común. Estoy viéndolos. El alguacil echaba un bando y se iba de caminos una mañana de domingo; los hombres partían -en el pueblo todas las calles dan al campo- con las azadas, palas y rastrillos al hombro. Un día de otoño salían las yuntas arrastrando ruidosamente los arados romanos a labrar las rozas y a sembrar el centeno comunitario. Los perros ladraban a su paso. Y era de ver el espectáculo de las mismas yuntas sobre el terreno entre el griterío y los juramentos de los labradores o, mucho más divertido, trillando después en el ejido la cosecha común al final de verano con todo el vecindario presente. Pero quizás el recuerdo más vivo y perdurable sea el sonido seco de las hachas el día de la corta de la leña en la dehesa.

Esta vez la “hacendera” tiene un alcance mayor, que me parece oportuno airear como se merece. Continúa la carta: “Una de las finalidades de adecentar todas las estancias es que la gente de Sarnago y otros pueblos (Acrijos, Fuentebella, Valdenegrillos, etc.), sean socios o no, tengan un lugar donde puedan juntarse, para hacer una comida, tomar un café, etc. Que bien podría ser un centro de acogida de los pueblos deshabitados y convertir a Sarnago en el pueblo de referencia de todos ellos”. Ahí queda la propuesta, que me parece que no hay que echar en saco roto. Es mucho más que un gesto de hospitalidad, tan propio de estas tierras. Y es que es admirable el movimiento de solidaridad que se observa entre los supervivientes de los pueblos muertos o agonizantes. Siempre los pobres han sido más solidarios y hospitalarios que los ricos. La carta de José Mari Carrascosa concluye: “Un pueblo no debe ser sólo sus edificios, sino también su historia, sus recuerdos, su literatura y, por supuesto, su gente”. No puedo estar más de acuerdo. ¡A remangarse tocan! Se empieza por la “hacendera”. ¡Ánimo!  Andando se hacen caminos entre todos en la tierra deshabitada.

A Sara, en su cumpleaños

SEMANA SANTA EN EL PUEBLO

 

Me voy a Soria. Cada año, desde hace algunas décadas, dejo la ciudad y viajo por estas fechas a Valdeavellano de Tera, en la comarca soriana de El Valle al pie de la Cebollera. Allí paso la Semana Santa, disfrutando del silencio y de los oficios que se celebran en la iglesia, entre la gente del pueblo, cada vez venida a menos. Nadie canta saetas ni discurren las procesiones por las calles, con los hiperrealistas pasos a hombros de penitentes encapirotados, al ritmo de clarines y tambores. Aquí la piedad popular se desarrolla sin ruido. Es el antiespectáculo. Hasta las campanas enmudecen en señal de luto y de respeto al crucificado. Todo se repite milimétricamente año tras año, hasta los horarios. Uno se tropieza con los mismos rostros, el inevitable hueco de los ausentes, los saludos acostumbrados, el mismo olor a cera en el templo, las cigüeñas tableteando en lo alto de la torre, idénticos gestos litúrgicos y prácticamente las mismas siete palabras. Una bendita monotonía en un paisaje asombroso, que paradójicamente tiene la virtud de proporcionar paz y una pasajera felicidad especial.

Contrasta este recogimiento obligado sobre uno mismo con las tentadoras ofertas turísticas que airean las agencias de viajes para pasar unos días bulliciosos y divertidos en lugares exóticos. A medida que la sociedad ha ido descristianizándose, al menos en sus manifestaciones externas, la Semana Santa ha perdido su carácter sagrado para la mayoría de los ciudadanos. Lo mismo ocurre con otras fiestas religiosas, incluidos los domingos, convertidas en simple ocasión de asueto, compras y divertimiento sin referencia a sus orígenes o razón de ser. No arriendo la ganancia. Recuerdo aquellas Semanas Santas de la infancia en el pueblo. Aquel respetuoso silencio del triduo sacro -aún no había radio ni televisión-, en el que a nadie se le ocurría cantar por la calle ni mucho menos poner el baile en la plaza. Se habría considerado un escándalo y una verdadera profanación. Eran días en que se suspendían hasta las relaciones matrimoniales. Todo el pueblo pasaba por el confesionario para poder cumplir con la obligación de comulgar por Pascua florida. La iglesia, con un teatral monumento ocupando todo el presbiterio, era el epicentro vecinal. Los niños recorríamos las calles con las carracas y las matracas anunciando a gritos: “¡A los oficios!”. Con las campanas enmudecidas, pregonábamos también cuando llegaba el mediodía:

Son las doce,

el que no tenga pan

que retoce

Las mujeres acudían al templo enlutadas con el velo cubriendo la cabeza y los hombres vestidos de domingo, con la camisa blanca, la faja y la boina nueva. En el Viernes Santo sólo el zurracapote aliviaba el luto y la tristeza, y paliaba algo el ayuno y la abstinencia, que ese día no cubría la Bula de la Santa Cruzada. En San Pedro Manrique era de ver esa tarde “La Jura”: hombres con espadas custodiaban la urna del Cristo muerto. El Sábado de Gloria todo el pueblo participaba en el pórtico de la iglesia en el rito del fuego nuevo. El responsable de la cofradía de la Vera cruz pasaba lista: “Fulano de tal y mujer”. “Están”, respondían todos, hombres y mujeres, unos tras otros . Ardía el fuego sagrado. Cada vecino aportaba un tronco de roble, que colocaba en círculo, formando un sol en el borde de la hoguera. Después, a medio quemar, cada uno se lo llevaría a su casa. Tenía la virtud de ahuyentar pestes y males durante todo el año. Y el domingo de Pascua estallaba la alegría: volteaban las campanas, volvía el baile a la plaza y nostros, los niños, recorríamos las calles arrastrando al Judas, un grotesco muñeco de trapo y paja, que luego quemaríamos en las eras. En algún pueblo vecino no se conformaban con el Judas: quemaban también a la Judesa.

Una prueba de que la religiosidad, siguiendo el discurrir de los tiempos litúgicos, impregnaba entonces la vida de la gente en los pueblos constituyéndose en referencia obligada de una sociedad de subsistencia, son estas coplillas o recordatorios que nos recitaba cada año en estas fechas mi abuela Bibiana y que me han venido ahora, después de tanto tiempo, sorprendentemente a la cabeza.

El domingo de San Lázaro

cacé un pájaro.

El domingo de Ramos

lo pelamos.

El domingo de Pascua

lo eché al ascua.

El domingo de Quasimodo

me lo comí casi todo.

Y el domingo de San Isabel

me lo acabé de comer .

Lo dicho. Me voy a Soria, en busca de mí mismo, de las gentes del pueblo y de mis orígenes.

FRENTE AL ESPEJO

Cuando me siento como hoy en el sillón frente al gran espejo, cosa que hago muy de tarde en tarde, enfundado en el peinador color café, siempre contemplo mi aspecto con abatimiento. En realidad se trata de un juego de espejos que amplían el salón de belleza, aséptico y brillante, casi como un quirófano, unisex por supuesto, y que acercan las imágenes de los demás clientes, perfectamente alineados, como en un caleidoscopio.

Una muchacha morena de cabellos ardientes me ha lavado antes la cabeza -”¿está bien el agua?”- friccionando con suavidad e indiferencia mis sienes cansadas con el champú de hierbas “para cabellos normales”. El leve roce de sus dedos, el agua tibia acariciando la piel y la misma postura del cuerpo, con la cabeza desmayada hacia atrás y los ojos cerrados, proporcionan unos instantes de relajo, una fugaz felicidad.

Al verme pocos minutos después sentado en el sillón frente al espejo hasta que llega el peluquero -”¿quiere leer algo? ¿le traigo una revista?”- observo las arrugas cada vez más acusadas de mi rostro, esas ojerass cárdenas, que esta tarde resaltan más sobre la palidez de la cara, y las canas ya indisimulables y omnipresentes. Trato de consolarme pensando que será está maldita luz de neón, que descubre sin piedad las huellas del tiempo, o, acaso, el cabello mojado y alborotado, levemente doblado hacia atrás, que nunca me ha favorecido. Eso explica, seguro, esta palidez, ese surco vertical sobre la frente y, desde luego, ese brillo apagado de los ojos. Lo mejor es dejar de mirarme como un narciso y distraerme observando a los demás.

¿De qué se reirá aquella peluquera rubia, con mechas, que seca la cabeza a aquel tipo delgado con pinta de ejecutivo, que está quedándose calvo? ¿En qué estará pensando esa señora cincuentona, con el pelo teñido de caoba, que parece ausente bajo los rayos infrarrojos? ¿A qué fiesta asistirá esta noche el mocetón del rincón, alto y delgado como un junco, que no pierde de vista el arte del peluquero sobre su hermosa cabeza de romano? A mí me ha tocado un peluquero agradable, con un bigote fino, como los de antes, y una breve y graciosa melena negra. Ya nos conocemos. Se llama Andrés. Lo lleva escrito en rojo sobre su bata azul. Apenas sé nada más de su vida. Sólo que es del Atlético como yo. Ignoro qué hace cuando sale de este salón espejado, con las estanterías pobladas de cremas de belleza, champús especiales, perfumes traídos de París, cajas de ampollas de vitaminas y otros frascos mágicos con ungüentos para la caspa, la grasa, la dermatitis o la caída del cabello. Es educado, no es cargante. “Como siempre, Andrés, a tu gusto, tendrás que descargármelo bastante, mira que greñas traigo…”

Las peluquerías se han convertido poco a poco en salones de belleza, espacios de vanguardia, lugar de consulta y tiendas especializadas de cosmética y perfumería. Mujeres hay que no encuentran mejor remedio para levantar el ánimo decaído que acudir a la peluquería. La recuperación de la armonía de la cabeza y del rostro es un alivio para los males del espíritu. Cuando una mujer dice que no quiere ver a nadie, en realidad quiere decir que no quiere que nadie la vea. Los hombres no nos quedamos ya en esto a la zaga, en un tiempo en que el culto al cuerpo y la “resurrección de la carne”, de que hablaba Laín Entralgo, son como una nueva religión.

Mientras Andrés hace su trabajo y una muchacha sonrosada con cabeza de cordero rubio va recogiendo del suelo nuestros despojos, me acuerdo del Cirilo, el barbero de San Pedro Manrique, que fue el primero que me cortó el pelo cuando yo era niño. Ya lo he contado en alguno de mis libros de la Alcarama. El Cirilo era un tipo singular, pequeño y delgado, casi insignificante, vestido con un guardapolvo gris, siempre el mismo, y con la piel pálida y brillante como el alabastro. Poseía unas alcudias, que no pasaban de pegujales, un gato, una máquina de hacer fideos, otra de retratar, esas de fotomatón con trípode en la que escondía la cabeza dentro del paño oscuro -”¡que sale el pajarito!”-, una mujer gorda y apacible, un hijo seminarista y aquel cuartucho oscuro en los bajos de la casa, junto al portal, que daba a la calle Mayor y que todo el mundo conocía por “La Barbería”.

Con su vocecita suave y gangosa el Cirilo solía justificar a todas horas su miserable pluriempleo -”un poquito de aquí, otro poco de allá…”, repetía- mientras rasuraba la barba de una semana a los viejos del lugar e iba dejando, sin parar un instante de hablar, los desperdicios de la navaja oxidada, envueltos en la espuma del jabón, sobre trozos cuadrados, meticulosamente medidos, de periódico o de papel de estraza, colocados junto a la bacía. El pelo, con la ayuda de una maquinilla -clic-clic-clic…- y de unas tijeras, lo cortaba al cero, con tufa o “a la parisién”, o sea, como a cepillo. Fuera se oía el cacareo de las gallinas y, de rato en rato, los cascos de las caballerías sobre el empedrado de la calle. A través de la pequeña ventana se veía un balconcillo con geranios. Del techo de “La Barbería” colgaba en el buen tiempo una tira pringosa para atrapar moscas, y los únicos adornos de las paredes eran un Calendario Zaragozano y el cartel de Nitratos de Chile.

Andrés va terminando su trabajo. Siento en la nuca el calor y el suave zumbido del secador. Observo en el gran espejo que mi cara ha perdido la palidez inicial y mis ojos cansados han recuperado algo de brillo. Pasa de nuevo la muchacha de cabellos ardientes conduciendo a un señor maduro al sillón del fondo. El peluquero me coloca detrás de la nuca un pequeño espejo redondo. “¿Está bien así?” . “Muy bien, Andrés, perfecto, me has quitado cinco años de encima”, le digo casi sin mirar. Vuelvo a aceptarme y hasta el corazón, ya fatigado, parace que se asoma a la calle de otra forma en este comienzo de la primavera.

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