EL PAN NUESTRO
by elcantodelcuco
Vengo de “La Tortuga” como todas las mañanas. En “La boutique del pan” he comprado, después de hacer cola, mi barra de cada día, que llaman, no sé por qué, “artesana”. La envuelvo en el periódico y camino hacia casa. Es un paseo grato entre álamos blancos aún desnudos, cuando apunta ya la primavera adelantada en los prunos y se ha vestido tímidamente de oro la mimosa. El constante trasiego de los coches por la Avenida de Atenas deshace la calma y el embrujo del momento. La barra, aún caliente, no huele a pan ni a nada. Tampoco huele la panadería donde la he comprado. Es masa que traen de fuera en cajas de cartón, transportadas en una furgoneta, y que descongelan en un horno eléctrico que resulta invisible para el comprador. Después de probar las distintas especialidades (”baguette”, “gallego”, “candeal de picos”, “campesino” -¡Dios mio, a cualquier cosa llaman campesino!-, integral, etcétera) he llegado a la conclusión de que este que llevo debajo del brazo es el más aceptable dentro de lo que cabe, aunque no huela a pan.
Por el camino me he trasladado, como de costumbre, a mi infancia en Sarnago. El pan es el mejor reclamo de la memoria . Era el artículo de primera necesidad, la medida de todas las demás cosas. Lo peor que podía pasar en una casa de las Tierras Altas de la Alcarama es que faltara el pan. Allí el pan sólo se concebía redondo: una hogaza grande, olorosa y crujiente. El padre la apoyaba en el pecho a la hora de comer y partía con el cuchillo grandes rebanadas. Y si el padre había muerto, como en mi caso, se encargaba de partir el pan la madre o el abuelo. Era todo un rito. La abuela, que era muy escrupulosa, si caía al suelo un trozo de pan, lo recogía y lo besaba como si fuera pan bendito y no permitía que la hogaza se pusiera boca abajo. La hogaza era el fruto de los sudores y trabajos de todo el año. Romper la tierra, binar, abonar, rastrillar, sembrar, escardar, cosechar -siempre mirando al cielo por ver si venía la lluvia o asomaba una mala nube-, trillar, aventar, cerner, meter en el granero, llevar al molino, acarrear la támbara, amasar y cocer en el horno. La hornada debía servir para toda la semana.
Más de una vez bajé de niño tirando del ramal del caballo “Tordillo” cargado con dos talegas de fanega y media de trigo, llamado “de común”, o sea, trigo puro y dorado con una pequeña proporción de centeno, al molino de El Rebote, junto al rio, que tenía una gran morera a la entrada. Aún escucho el ruido sordo de la aceña, observo la tolva y no me olvido de la figura del molinero, un hombrachón metido en un mono azul, enharinado de los pies a la cabeza, ni del miedo a los delegados, que podían aparecer en cualquier momento, requisar la harina y levantar un atestado, lo que acarrearía la ruina al molinero y a las familias. Y muchas veces, cuando aún quedaban manchas de nieve en los costeros y la leña del monte estaba mojada por la escarcha y el calamoco, cargué sobre mis frágiles hombros fajos de ulagas del carasol, que eran excelente combustible para prender la hornija.
La levadura natural iba de casa en casa por la noche. Y todo estaba ya dispuesto. Vuelvo a ver a mi madre, con un pañuelo blanco en la cabeza -ella que siempre estaba de luto- en la despensa, de pie, sudorosa y alegre, amasando en la artesa; la contemplo más tarde, con la cara arrebolada, sacando con la larga pala de madera las tortas y las hogazas de la hornada; y vuelvo a oler, en la entrada de la casa, a leña y a pan recién cocido, a tortas de chichorras y a magdalenas. El olor a támbara y a pan son los olores de mi infancia, junto con el espeso y dulce vaho de la majada.
Creo que por un instante he caído en la tentación de la nostalgia. Regreso a este mundo, azotado por el paro y la crisis. Saludo a un vecino que sale a pasear a su perro atado con una trabilla y aprieto la barra de pan amorosamente en mi mano cuando llego a la puerta de mi casa. Aún está caliente, pero nada es ya lo mismo.
Estimado Abel, hemos perdido bastantes sabores de antes, pero el caso del pan es especialmente flagrante. En Madrid es prácticamente imposible encontrar un pan decente, ni siquiera en las super boutiques que venden supuestos panes tradicionales a precio de gambas de huelva.
La última vez que comí un pan auténtico fue en Galicia, aunque el pan que puedes encontrar en algunos pueblos de Soria es bastante bueno.
Para mí el olor del pan también es uno de mis olores de infancia, mis abuelos y mis tíos fueron panaderos y recuerdo con cariño los olores del pan recién hecho y el sonido lejano de la portezuela del horno en mitad de la noche.
Cada vez comemos menos pan y de peor calidad, aunque todavía la gente de pueblo se asombra al ver el precio del pan en la gran ciudad, les parece muy barato. A mi me parece carísimo.
Saludos
Te agradezco tus atinadas observaciones, con las que coincido. Con el “progreso” ganamos unas cosas y perdemos otras. Hemos perdido el pan sin que casi nadie se alarme. ¡Hagámoslo nosotros! ¿Qué tal un manifiesto en defensa del pan?
Pues no estaría mal!!; de largo es el producto alimentario que más ha bajado en calidad en los últimos 30 años.
Probablemente la solución sea hacerlo nosotros mismos tal como comentáis. ¿tenemos tiempo?…deberíamos tenerlo!.
Estamos más conectados de lo que imaginas, Abel. Parece una casualidad, ya ves, pero hoy Alfonso ha hecho un pan integral excepcional al que ha añadido semillas de amaranto y amapola. Un pan elaborado con mucho cariño para nuestros hijos que ya sabes que son vegetarianos y vegano.
A mí tanto el olor del pan como el de la leña me transportan siempre al mundo rural aunque de manera diferente a la tuya ya que yo no eché raíces en Montoro, el pueblo de mi más tierna infancia.
Es verdad que la elaboración del pan se ha mecanizado mucho y que ¡ve tú a saber lo que comemos!.
De todos modos, al vivir en una pequeña ciudad de provincias, aún tengo la suerte de comprar pan y madalenas con masa elaborada “auténtica” aunque ya no se hornee en horno de leña. Nosotros comemos panes diversos de cierta calidad pues hay dos tahonas especialmente buenas.
El caso, Abel, que cuando he probado en vuestra casa vuestro pan, al que haces referencia, si, ese de la Tortuga, a mí me ha encantado aunque a lo mejor lo que me ha gustado realmente es el sabor a hogar que desprende y el cariño con el que lo compartimos.
El pan, Chiqui, debe ser siempre compartido y envuelto en fraternidad. Así se parte el pan en la mesa. ¡Qué buena idea esa de hacer el pan en casa con harina de verdad! Ese “¡ve tu a saber lo que comemos!” tendría que preocuparnos y hasta alarmarnos. ¿Con qué se fabrica realmente el pan que venden al pueblo en muchas panaderías y supermercados? ¿De qué harina está hecho?
Buenas noches Abel desde Marrakech.
Casualidades de la vida, hoy, paseando por la medina, he visto que habia mujeres que acudían con la masa sobre una bandeja en la cabeza a cocer el pan a un horno “comunal” y le he dicho a mi novia…mira, como se hacia en los pueblos de Soria…Si no has estado nunca en está ciudad te recomiendo que vengas… burros, carros y pollerias. Artesanos ( zapateros, carpinteros, herreros…) en minúsculas tiendas. La alegria de los niños en las callejuelas….en definitiva, un viaje al pasado…
Lo sé, lo sé, Jorge, he estado un otoño en Marrakech. Que lo paséis bien. Me dais envidia.
Hace algunos meses escuché a un panadero por la radio contar que él era un enamorado del pan de verdad y que tenía pensado abrir una tienda en la que quería elaborarlo a la antigua usanza.
Había sin embargo un problema. Económico, claro.
Según este artesano, una barra de pan hecha de este modo podía multiplicar su precio por cuatro. El españolito medio, no está acostumbrado a que el pan cueste dinero porque, como cuentas, al estar la masa hecha en serie, congelada y descongelada con electricidad, este alimento básico sale muy barato. Sí paga una buena carne o un buen vino, pero un buen pan, en general, por lo visto, no.
Intento entenderlo, pero me cuesta. Quizá sea una cuestión cultural. El pan, pensaran, es de pobres y la carne de ricos, así que no van a pagar determinada cantidad por una barra.
No saben lo que se pierden.
Una rebanada de buen pan con aceite y tomate a vuestra salud.
¡Claro que no saben lo que se pierden! De todas formas, con la industrialización del pan, todos hemos salido perdiendo. Al menos en los pueblos deberían mantenerse las antiguas panaderías. En Valdeavellano de Tera, adonde voy con frecuencia, se mantiene la panadería del Pablo. En verano acude allí todos los veraneantes de El Valle soriano. Es un pan magnífico, y no es más caro que el industrial e insustancial de la ciudad. Así que a lo mejor pueden ajustarse las cuentas y salir todos ganando.
Me pregunto, Abel, cómo influirán los alimentos en la forma de ser de los niños. Cuando mi madre era pequeña, se amasaba cada quince días. Al final, comían pan duro, pero “a pan duro diente agudo”. Ahora damos a nuestros hijos panes lacios, como el de molde, o muy crujientes y sin miga, como las baguettes. Se acabaron los dientes agudos. Lo agudo en estos tiempos es la corteza de algunos panes, tan afilada. Recuerdo que una de mis abuelas, desde que empezó a comprar el pan, siempre lo comía del día anterior para que no le hiciera daño “el cortezo”.
Tenemos dos amigas en Liébana que nunca quisieron desprenderse de sus hornos centenarios y siguen amasando una vez al mes por darse el gusto de comer y dar de comer su pan. Con qué energía mueven la masa sobre la artesa de roble y qué bonito es verlas sacar a la luz las hogazas y, al poco, con aire de matrona, darles unos golpecitos en la base para que se desprenda la ceniza que pudo quedarles. Luego, de la hornera al congelador.
A veces hacemos el pan en casa, en una panificadora que se encarga de todo. Sólo por el olor, ya merece la pena.
¡Bien por vuestras amigas de Liébana! Y eso de hacer el pan en casa a lo mejor se impone poco a poco. Seguro que somos, en parte, lo que comemos, sobre todo, lo que comemos de niños. El pan -el verdadero pan sin falsificar-, el vino y el aceite son constitutivos de nuestra cultura milenaria, la herencia del pueblo.
Observo que los Posts de “La cocina” y “el Pan” han sido los mejor recibidos y es algo significativo. Nos tocan muy de cerca. La mesa y la reunión familiar en torno a ella han sido muy valoradas en nuestra generación y generaciones anteriores pero creo que se está perdiendo con esas fast city que obligan a comer una también fast food o llevar un tuper y calentar la comida en microwave.
Me ha resultado muy atractivo descubrir, el pasado año, el “Movimiento Slow” que nace precisamente de la Slow Food en contraposición con la Fast food o comida “basura”. Este movimiento, se extendió, después, a las ciudades, concibiéndolas de manera más lenta y ha continuado aplicándose también al terreno de la educación (Ver “Elogio de la lentitud” de Carl Honoré ).
Aprovecho para felicitar a los seguidores del Blog por sus enriquecedoras aportaciones.
Yo tengo que felicitarte a tí, en primer lugar, por tus constantes y atinadas observaciones. Y porque nos ilustras, nos animas y nos aportas humanidad.
Y decimos que el pan está caro. ¡Si al menos fuera pan!
Después de leer este nuevo post me doy cuenta de todo lo que conllevaba la elaboración de un buen pan. Duras jornadas de trabajo durante todo el año para que, tras todas aquellas labores que tan maravillosamente enumeras, ¡15 nada más y nada menos!, el campesino y su familia pudieran llevarse un buen trozo de pan a la boca. Y bueno tenía que ser para aguantar una semana.
Hemos pasado de ser un país con un alto porcentaje de consumo de pan (y legumbres sobre todo) a un alto consumo de productos precocinados, así que la pirámide base de los alimentos está descompensada. Habrá influido, sin duda, que el pan ya no es lo que era.
Quizás la crisis nos hará repensar y volverá a estar en alza cocinar en casa a base de productos esenciales y, quién sabe, a lo mejor dedicamos parte de nuestro tiempo de ocio a elaborar el pan de la semana.
Acabo de leer en el periódico que la obesidad, debida a la mala alimentación, mata a más personas en el mundo que el hambre. El problema es serio. Llevas toda la razón.
Está muy bien esa reflexión sobre el pan. Es el símbolo del alimento por excelencia. En este mundo tan uniforme seguramente el pan nos salva un poco de esa uniformidad entre las poblaciones y regiones. No hay cosa que me guste más que probar el pan de aquellos lugares que visito, sobre todo si es de pequeños pueblos en los que aún hay horno. Luego regresas a la urbe y no hay forma de encontrar un buen pan. En mi niñez lo comíamos de varios días y lo guardábamos en artesas cubiertos con paños. Nada más emotivo que entrar en el viejo horno de un pueblo y oler a esas hogazas con sabor a auténtico. Y a veces te quedas con las ganas de hincar el dedo y extraer la miga tibia y sabrosa, como si quisieras llevarte a la boca un pedazo del pasado.
Así es, Javier, así es. Es fantástico compartir el pan y la palabra. Y compartir los recuerdos.
Madrid, ocho de la tarde del día 5 de Marzo, saliendo hacía Zaragoza un autobús con 54 socios y amigos del Centro Soriano de Zaragoza disfrutamos con la lectura de este magnífico artículo recordatorio de lo que el pan representaba cuando muchos de nosotros eramos unos niños.
La emoción llego a los viajeros que acababan de disfrutar de Madrid y más particularmente del Museo del Prado y las obras del Hermitage que ahora se exhiben.
Esta lectura fue un buen colofón de una jornada muy gozosa alrededor de al cultura.
Saludos a todos los seguidores del canto del cuco.
Gracias, Luis. Has conseguido emocionarme. Nos une el pan y tantas cosas…
Tantas reflexiones sobre el pan me ha hecho recordar la alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931.
Creo que tratándose de un escritor hablando del pan viene que ni pintado.
Espero que os guste.
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
“Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
“¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
“Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.
No quise adelantarme a Abel pero ya que no respondió, no puedo dejar de decirte que es fantástica esta alocución.
Gracias por acercárnosla a quien no la conocíamos.
No te lo vas a creer… Mientras leo esta entrada tengo enfrente, sobre la mesa, una hogaza de pan amasada por mí, fermentando que es una maravilla, oye. La segunda que hago, a ver si mejoro la primera, que salió un poco prieta. A ver si os llevo un poco y me dais vuestra opinión. Qué casualidad, de verdad…
¡Fantástico, Elena!