POR MI MANO PLANTADO, TENGO UN HUERTO

por elcantodelcuco

 

Cultivar un pequeño huerto está de moda en la ciudad. Es la añoranza del campo, un último vestigio de la desfalleciente cultura rural. Yo mismo lo estoy experimentando. Bastan unos macetones con buena tierra traída del pueblo, a poder ser de toperas, que es la mejor, según dice mi hermano, o un pequeño rincón del jardín, para plantar unos tomates y soñar con poder disfrutar otra vez de su aroma redondo y su sabor de entonces, que han desaparecido de los supermercados. Una vuelta breve, fugaz a la Naturaleza, que siempre devuelve con generosidad lo que se le da. En las urbes del mundo más desarrollado es ya un componente humanizador la existencia de huertos comunitarios, en los que cada vecino cuida de su pequeña parcela. Por si faltaba algo, la persistencia de la crisis puede animar a muchos a ponerse manos a la obra. La tierra siempre nos espera. El arado romano ha muerto, pero la azada sobrevive y hasta se está convirtiendo en símbolo de modernidad.

Entre los libros que tengo siempre a mano en mi mesilla de noche está el de las poesías completas del gran fray Luis de León, que enlaza la Edad Media con el Renacimiento, sus musicales odas de oro, empezando por la dedicada a la vida retirada, que es la vida que eligen “los pocos sabios que en el mundo han sido”. Difícilmente puede encontrarse mejor reclamo que este delicioso poema, que recoge y mejora la herencia de Horacio, para los que amamos el campo y soñamos con volver al pueblo, aunque sea románticamente. Yo acostumbro a refugiarme en él cuando el agobio y el estrépito de la vida ciudadana y sus servidumbres me envuelven y acongojan. Hace mucho tiempo que me lo sé de memoria. Aquí vienen, por ejemplo, bien al pelo, aquellos versos:

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado, tengo un huerto,

que con la primavera,

de bella flor cubierto,

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Me viene esto a la memoria porque en el pueblo estos días de mayo, pasados ya los frios y nacidos los tardíos, había que ocuparse de las tareas de las huertas en Horcajo, Los Rincones, Las Abejeras… Ahora aquellas huertas están cubiertas de zarzas y maleza. Y había que esmerarse en los pequeños huertos familiares junto a las herrañes, a un paso de las casa, ahora llecos, abandonados e irreconocibles. Llegaban hasta la plaza los coleteros de Aguilar y de Cervera del Río Alhama con sus machos cargados de fajos de coletas, la verdi-morada planta de la col, que allí siempre se llamaba berza, y manojos de lechuguinos y de cebollinos. Se seleccionaba también con esmero la patata de siembra. Y recuas de caballerías iban y venían transportando a las huertas por los caminos los serones de ciemo de la cuadra y de las majadas, que se cargaban humeantes en los corrales y que se depositaban en montones simétricos sobre la tierra. Hombres y mujeres, chicos y grandes, colaboraban a la hora de “pintar” las patatas en los surcos y de plantar las coletas. Tanto las patatas como las berzas eran artículos de primera necesidad; las patatas representaban la base del consumo humano junto con el pernil de tocino, y las berzas, la base del consumo animal, sobre todo de los cerdos y, en invierno, cuando el temporal arreciaba, también de las ovejas y las cabras, con las canales o duernas de la majada rebosantes de cestos de berzas recién picadas. Tampoco podían faltar en la huerta los surcos de alubias caparronas o de la hoz, que treparían luego por las altas varas y en verano abastecerían de vainillas la humilde mesa familiar, o las cuidadas eras de lechugas, aquellas lechugas redondas, repicoloteadas, sabrosas, inolvidables. Más de una noche de verano me quedé, ay, de niño en una choza de Horcajo, envuelto en una manta cuidando el agua, el escaso y valioso caudal, que discurría entre los chopos, los zarzales y las mimbreras. Estaba solo y los extraños sonidos del monte metían a mi asustado corazón en un puño.

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