SOLOS DE MADRUGADA EN LA PARADA DEL AUTOBÚS
por elcantodelcuco
Eran las cuatro de la mañana del día de Navidad cuando la policía local de Sagunto (Valencia) encontró a la pareja de ancianos cobijados en la parada del autobús. Contaron a los agentes que sus hijos les habían echado de su casa en Altura (Castellón) poco antes de la cena de Nochebuena y que no habían comido nada desde las siete de la tarde. Los dos habían superado los ochenta años. La mujer era además diabética y no había podido tomar la medicación. Así que los llevaron al hospital antes de instalarlos provisionalmente en un hotel. Después los ancianos presentaron una denuncia contra sus hijos -en realidad, hijo de ella e hijastro de él, y su compañera-, que fueron acusados ante el juez de abandono y maltrato en el ámbito familiar. Los hijos niegan la acusación y aseguran que los viejos se fueron de casa en la Nochebuena voluntariamente porque las discusiones hacían imposible la convivencia. Un drama humano más en una noche tan señalada, que tuvo la virtud de prender en la prensa y en las redes sociales.
Sería temerario dictar sentencia de culpabilidad a distancia sin conocer todos los datos del problema. Y aun entonces. El caso, eso sí, sirve para recordar a los hijos -algunos no lo saben- que tienen obligación moral y jurídica de responsabilizarse de sus ancianos padres, a pesar de que estos con los años y la pérdida de facultades se vuelvan a veces impertinentes y resulte difícil la convivencia. ¡Pobres seres humanos gastados y maltrechos por la vida, convertidos en trastos inservibles, en juguetes rotos! Lo malo es cuando se ha agotado el amor en la familia como se agota el aceite del candil. Entonces la cosa tiene mal arreglo y los hogares se convierten en un nido de víboras. Esta situación de desamor, incomprensión u odio genera un tipo de maltrato en el hogar del que los ancianos son las principales víctimas silenciosas. Por eso he tomado hoy como una parábola el caso de esa pareja de octogenarios valencianos pasando solos la Nochebuena en una parada de autobús, consciente de que hay muchas “Nochemalas” que no salen en los periódicos. En las Tierras Altas, lo recuerdo bien, los ancianos cuando enviudaban o no podían valerse por sí mismos iban a meses de casa en casa de los hijos, reluciendo picaportes, más que como una bendición, como una carga. Yo he visto llorar a más de uno, a escondidas, con la cabeza encanecida bajo la boina, lagrimones como puños, cuando le tocaba ir a reo -nunca mejor dicho-, quisiera o no, con una nuera o una hija hecha de la piel del diablo.
No pretendo moralizar, pero si la compasión por el ser humano más desvalido se considera moralismo, no me importa que hoy me tachen de moralista. Esta Navidad me han dado cuenta de lo sucedido a una pareja de ancianos, de los que los lectores de este blog tienen alguna noticia, que se resistieron a abandonar su pueblo -eran los últimos vecinos-, hasta que no tuvieron más remedio que cerrar la casa e irse con los hijos a la ciudad. Vivían hasta hace poco con una hija en una ciudad de la Rioja, y la convivencia, según me dicen, resultaba insoportable sobre todo para la anciana madre. Así que, ni cortos ni perezosos, han desandado el camino y se han vuelto a Soria con su hijo y la nuera, porque resulta que la nuera les trata mucho mejor que la hija. La razón que aduce ella, a todo el que quiera oir, para dar un trato tan delicado y ejemplar a sus suegros es la siguiente: “No hago más que corresponder al comportamiento que tuvo mi marido hasta el final con mi madre”. O sea, amor con amor se paga.
En fin, por si sirve de algo, Chejov dice que “los viejos son como niños, quieren que alguien se compadezca de ellos, pero nadie tiene lástima de ellos”. Borges es mucho más optimista: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”. Camus es más realista: “Cada año es una prórroga”. Esperar en la alta madrugada, en Nochebuena, solos en la parada del autobús, que nunca llegará, es una buena metáfora de la ancianidad.
Las situaciones de desamparo y de dependencia son siempre muy dolorosas.
Comentas, Abel, lo de “ir a meses” como si fuera algo pasado. A mi alrededor, son muchos los abuelos que aún van de casa en casa teniendo que adaptarse a la dinámica familiar de cada cual, que no es poco.
Me consta que muchos mayores están abandonando las Residencias de Ancianos y regresando a la casa de los hijos, que no quisieron, no supieron o no pudieron atenderles antes, porque ahora la paga de los “viejos” es el único salario con el que subsistir en esta crisis que está haciendo estragos en muchas familias por un sin fín de razones que no viene al caso ahora analizar.ejo aquí el enlace del Spot de Campofrío que cierra con este tema http://www.youtube.com/watch?v=lX5Ff3fboFc
Es difícil, como bien dices, opinar sobre el caso de estos abuelos valencianos sin conocimiento de causa. Las relaciones humanas, en cualquier caso, son complicadas o las hacemos más complicadas de lo que deberíamos.
¿Hija o nuera?. A pesar de que hay dichos, chistes, anédotas y hasta una planta muy popular “la nuera y la suegra” (porque las dos flores que le salen se dan la espalda), las diferencias del trato guardan mayor relación con la calidad humana de la persona. Al igual que en el caso que describes de los padres que deciden volver a Soria a casa de su hijo y que son mejor tratados por la nuera, yo tengo actualmente dos pacientes con tres y dos nueras, respectivamente, excepcionales.
Creo que esta Sociedad no está preparada para afrontar la inversión de la pirámide poblacional. El aumento de esperanza de vida está dando lugar a situaciones de dependencia, que conozco bien de cerca, en personas entre 80-90 años que tienen difícil la salida y más ahora con la pérdida de las ayudas por la Ley de Dependencia.
Si a esto le sumamos el desamor………………………
Este Post me ha hecho recordar “La sonrisa etrusca” de José Luis Sampedro (1985) que trata de un anciano tozudo, Salvatore, apegado a su tierra calabresa, que se ve obligado por razones de salud, a bandonar el campo y marchar a Milán con su hijo Renato, su nuera y su nieto Bruno.
No puedo estar más de acuerdo, Chiqui, con tu comentario sobre esta cuestión vital, de la que se habla poco y que afecta, de una u otra manera, a la mayoría de las familias.
Voy a intentar, Abel, recordar y aplicar el álgebra de proposiciones, cuyo enunciado condicional creo que sonaba así: p——>q (p implica q, o si p entonces q ): Si es de bien nacidos ser agradecidos, entonces, desgraciadamente,muchos han venido a este mundo bastante averiados,circunloquio para no llamarlos directamente malnacidos, que lo son por derecho propio. Todos los casos posibles de relación entre hijos y sus padres ancianos pueden situarse en un segmento graduado, que comprende desde los casos de comportamiento de auténticos degenerados hasta los casos de verdadera abnegación altruista, desinteresada. Entre esos dos polos puede ubicarse una amplísima gama de comportamientos.
Me parece bien que haya legislación apropiada. No deja de ser un signo de civilización. Y respeto el pensamiento y las opciones concretas de cada familia. En mi caso lo tengo claro. No quiero poner a ningún familiar en la tesitura de tener que ubicarse en cualquiera de los puntos del segmento graduado, y menos que en ningún otro en el de la abnegación. Cuando llegue, si llego, a la periferia del “arrabal de senectud” que decía el de Paredes, no quiero aterrizar como un meteorito en otro ámbito familiar, someterme a un nomadeo de huesos cansados, convertirme en el baúl de la Piquer o en la falsa moneda de la copla. Y no por un orgullo mesetario de don Rodrigo en la horca, sino por deseo expreso de cumplir a rajatabla el undécimo mandamiento, el más importante, porque él compendia todos los demás: no estorbar.No creo que por esto me pongan de mote el Undécimo Mandamiento, como al personaje de “Las ratas”, de Delibes… Mi deseo es irme con el sol, cuando muera la tarde (mejor, si me lo canta María Dolores Pradera). Y que conste que no estoy preanunciando mi propósito de salirme una noche de helada, después de despedirme a la francesa, a escuchar el Claro de luna al desabrigo de un caranorte, para dejarme envolver por el sopor de la hipotermia, mientras cruzo a la otra orilla, al estilo de los antiguos inuit. Intentaré simplemente agenciarme una buhardilla-trastero que me depare un mediano buen pasar y una pequeña cuota de dignidad… ¡Dios, Abel, hoy tu post me ha puesto trascendente!
Te has puesto tan trascendente, José Luis, y tan en razón que has acabado por emocionarme. Está clara la fórmula: No estorbar y no perder la dignidad.
Yo tampoco quiero juzgar a los personajes de esa historia tan triste. Y es verdad que a todos no espanta la idea de estorbar a nuestros hijos, pero también que todos aspiramos a que nunca nos consideren un estorbo, con todo lo que les queremos y todo lo que ahora nos quieren.
Recuerdo uno de esos videos que se reciben por correo electrónico: un anciano y su hijo están sentados en un banco y el segundo pierde los nervios porque su padre le hace por cuarta vez la misma pregunta. El padre saca un librito, un pequeño diario, y le manda leer una página en la que había escrito, cuando el hijo era un niño, que le había hecho no sé cuántas veces una pregunta igual y él le había respondido pacientemente. Al final, el hijo le abraza.
Si es verdad que los ancianos acaban siendo como niños, ¿por qué no siempre inspiran la misma ternura que ellos? Creo que en parte es porque los niños son alegres y transmiten alegría y, en cambio, los ancianos, muchas veces y por mil razones, acaban transmitiendo una tristeza que no queremos asumir en este mundo tan superficial donde la felicidad se confunde con la risa fácil.
Muchas veces pregunté a mi abuela en sus últimos años por qué estaba triste. Ella me contestaba “no sé, no me sale estar alegre como antes”. Yo le decía que tenía motivos para estar contenta y me daba la razón, pero no cambiaba su mirada lánguida. En fin, se podría hablar tanto sobre esto…
Sí, Carlos, es un deber luchar contra la depresión de los años y los achaques. La vejez tiene sus compensaciones. Hay que rebelarse contra el fatalismo del tiempo. Dejó dicho Menéndez Pidal: “No debemos empezar pronto la senectud, sino al contrario, rebelarnos contra ella en todo lo que la rebeldía pueda ser sensata, no dejando decaer la actividad vital, no dejando extinguirse el amor a las obras comenzadas en la juventud, dando calor a las ilusiones de razonable esperanza”.
Pues ya que os habéis puesto trascendentes y que muchos de los seguidores del blog tenemos unas cuantas canas y algunos estarán “jubilados”, dejo aquí algunas referencias en internet de utilidad.
Un blog http://www.saberenvejecer.es que tiene en su página principal estas acertadas frases de la OMS : “Jubilarse del trabajo no es jubilarse de la vida” y “Lo más importante es darle vida a los años y no años a la vida”
Dos libros, uno de mi octogenario amigo y compañero de profesión, Ramon Bayés, “Vivir : Guía para una jubilación activa” y otro muy espiritual : “El don de los años : Saber envejecer” de Joan Chittister.
Gracias, Chiqui, siempre tan documentada y oportuna.
La vejez puede arrebatar la vitalidad y los bríos pero nunca la dignidad, los que hemos visto a nuestros padres cuidar hasta el final a nuestros abuelos también lo haremos con ellos.
Bien dicho, Pedro, bien dicho. En la familia la clave de la educación está, me parece, en el buen ejemplo de los padres. Tú lo confirmas aquí.
Verdaderamente estoy sin palabras. Pero me quedo con esa anécdota conmovedora y la frase con que la sintetizas maravillosamente: “O sea, amor con amor se paga”.
Los hijos deberían saber que llega un día en que no pueden refluir todo el amor y cuidados recibidos, en que ya no pueden abrazar a sus padres, porque, sencillamente, ya no están. ¿Y, entonces, ese día qué harán?
Llevas razón, Javier. Nunca nos arrepentiremos, unos y otros, de haber amado sin esperar recompensa. ¡Qué mejor recompensa!
Esta mañana estaba echándole un vistazo a la “Poesía completa” de Claudio Rodríguez, Círculo de Lectores, y me topé con un poema titulado “En invierno es mejor un cuento triste”. Por asociación de ideas con el post me vino a la mente un cuento de los hermanos Grimm que me produjo en la escuela, antes de los diez años, una fortísima impresión. Unos padres llevaban muy mal que el abuelo, ya temblón, derramara el contenido de las cucharadas, dejara caer la vajilla… Decidieron fabricarle un cuenco y una cuchara de madera y le daban de comer aparte. Un día el padre encontró al hijo, de cuatro años, jugando en el suelo con un cuchillo y un trozo de madera. Al preguntarle qué hacía, el niño respondió que quería hacer dos cuencos para cuando papá y mamá fueran mayores…Parece que los padres aprendieron la lección y rectificaron.
La moraleja del cuento está perfectamente plasmada en nuestro viejo refrán: “Hijo eres, padre serás. Cual hicieres tal habrás”.
Aunque siempre hay excepciones y no siempre de tal palo, tal astilla, el cuento está bien traído y nos acerca a la realidad. Querer a todos, empezando por los mayores, es la mejor forma de no equivocarse en la vida. Eso creo.
Y si el abuelo es un poco cascarrabias, recordemos al de Heidi. En apariencia muy poco sociable, pero con un gran corazón. Si somos pacientes, no tardará en mostrarse…
Claro que sí, Mercedes. Ya sabes: en el ser humano hay más cosas dignas de admiración que de desprecio, aunque a veces cueste creérselo.
No quiero ser pesada pero creo que es oportuna la recomendación del film “Amour” de Michael Haneke que se estrenó el viernes día 11. Una historia sobre el amor y la vejez que ha obtenido, entre otros galardones, la Palma de Oro del Festival de Cannes 2012, con unas críticas excelentes.
Tú nunca eres pesada, Chiqui. Habrá que ver “Amor”.
Ya tuve la oportunidad de ver “Amour”. La película es sobrecogedora y no la recomiendo sin antes avisar de su dureza.
Es un film que nos hace reflexionar y nos asoma a una etapa dura de la vida que rechazamos porque la vemos con distancia pero para algunos ya no está tan lejos.
Los actores impresionantes y la cámara muy buena.
De una u otra forma todos parecen tener razón. Es cierto que los gobiernos no hacen lo suficiente para protejer a sus ancianos, no obstante que éstos hayan forjado parte de las naciones. Es cierto que las familias no desean hacerse cargo de sus ancianos. Es cierto que los ancianos la mayor de las veces son impertinentes y que carecen de tolerancia, y que si la tienen, la ejercitan en silencio y con sufrimiento. Es cierto que pareciera que no tenemos corazón para con ellos, pero… no es lo mismo ver los toros desde la barrera que estar frente al astado.
Había escrito todas las cosas que no me gustan de una anciana con la que vivo, pero he desistido. Solo diré que vivo solo en compañía de mi suegra de 84 añosde edad y una perra que he entrenado para que le cuide en mi ausencia mientras salgo a “buscar la chuleta”. Y no es nada agradable.
No espero que Dios me lo recompense ni que alguien haga por mi lo que hoy hago por ella.
Solo espero tener fuerzas suficientes para cuando llegue su fin, y despúes, cuando se acerque el mío hacer lo que debe hacerse sin perder la dignidad.
Tengo hijos, tengo nietos, y a todos los amo desde que estuvieron en el vientre de sus madres, pero no espero nada de ellos. Les he dado lo que he podido darles aparte de libertad, educación y buenas costumbres, pero no quiero la conmiseración que yo siento por mi suegra.
Las historias de amor de los ancianos pueden ser muy interesantes, muy evocadoras o nos pueden compungir la conciencia, pero un verdadero anciano o anciana que se preccie de serlo debe saber perfectamente que su tiempo se ha acabado y que no debe ser molestia ni carga para nadie.
Lamentablemente nuestra sociedad “civilizada” no ha hecho nada por ellos, ni lo hará, porque existen cosas más importantes como la educación de los niños y las juventudes.
Los hombres y mujeres de hoy deben ser educados en el sentido de que deban conocer cuando ya no sean útiles y sepan ostentar su dignidad, y quizá, como hacian los ancianos de las tribus amerindias, alejarse a un lugar en donde puedan entregar el espiritu con plena conciencia.
Que si tienen experiencia, que si pueden dar consejos, que si hay que mostrarles gratitud, tambien es cierto, pero ello no esta en contra de la aceptación y conocimiento de que el tiempo ha llegado para decir adios…
Felicidades por la página y la oportunidad de expresión que significa.
José Horacio.
Gracias, Horacio, por estas reflexiones tan realistas y tan vividas.