El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

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VIAJE EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO

 

Me encuentro esta mañana con un estimulante mensaje de Abel Vitón y, al instante, con la noticia de la muerte de José Luis Gutiérrez, “El Guti”, periodista de raza, desgarrador y combativo leonés, de larga melena y barba hirsuta, buen manejador de la pluma, variable como el tiempo en el Calendario Zaragozano, un hombre tiernamente humano, a pesar de su aspecto hosco, con el que compartí muchas historias, algunas broncas -la última, no hace muchos días por teléfono- y no pocas comidas, a las que en tiempos de “Diario16” se unía también Paco Umbral. ¡Aquellas confidencias íntimas de la sobremesa, a veces brutales e impublicables, casi siempre divertidas, en las que las caretas caían y quedaban apartadas sobre el mantel! Eran esos momentos gloriosos, cargados de verdad, que hay en la vida de todo artista o escritor, en los que la realidad se impone a la apariencia. Hoy contemplo a los dos amigos como dos árboles derrumbados, que han caído a mi lado con estrépito en el bosque en el que estoy plantado todavía. En circunstancias como esta, es imposible no oir con inquietud el sonido de las hachas sobre los troncos -tac, tac, tac-, implacablemente, cada vez más cerca, como en la corta de la leña de la dehesa en Sarnago, cuando acudíamos de niños por el camino de la solana.

El mensaje de Abel Vitón, actor y artista de gran sensibilidad, que ama las tierras de Alvargozález y, según me ha confesado, también las Tierras Altas, aunque aún no las haya pisado, es un comentario generoso a mi anterior entrada: “Amigo, hermoso relato, hermosos recuerdos, seguimos viajando contigo en el tiempo”. No se puede decir más en menos palabras. Me quedo con la declaración de amistad y con el final de la frase. Saber que hay gente como él que te acompaña en este viaje en el tiempo hace que el camino, a pesar de su dureza, acabe siendo placentero. Estamos solos, en radical soledad, cuando nacemos y en el momento de morir. Durante el camino se agradece la compañía. Ser en el bosque un árbol solitario es el símbolo del absoluto desamparo y señal de que el bosque ha muerto y de que nuestro final es inminente. Un solo arbol no hace el bosque como tampoco hace verano una golondrina.

Una observación cautelosa a propósito del viaje en el tiempo o regreso al pasado. Pretendo que estas memorias de la infancia sean tanto un viaje en el tiempo como un viaje en el espacio. Eso explica que el relato, cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas, se desarrolle siempre en mi espacio natural de las Tierras Altas de Soria, con la Alcarama y Sarnago como referencia. Por eso subiremos el sábado, día 9 de junio, víspera del Corpus Christi, a la cumbre de la Alcarama. Es uno de los viajes que más ilusión me ha hecho en mi vida, aunque exagere el excelente escritor Manuel Rico titulando su último y reciente trabajo en Letras Viajeras “Sarnago y la Alcarama de Abel Hernández”. Esto sería por mi parte una flagrante apropiación indebida. Quiero decir también que si fuera una simple crónica localista y costumbrista, el relato no estaría tan cargado de compasión hacia una tierra y unas gentes determinadas que forman parte de mi vida, pero que representan el universo entero. Ni tendría mucho valor. Lo que pretendo, iluso de mí, es que, partiendo de lo local, lo que escribo tenga aplicación o proyección universal. Y encontrar, claro, algún amable compañero de viaje. Trato de aplicar la lección que aprendí del escritor portugués Miguel Torga: “Universal es lo local sin paredes”. Así que estas dos coordenadas de espacio y tiempo, como para cualquier ser humano, son los dos ejes de mi vida, de mi memoria y, por tanto, de mi relato.

Y aquí vuelve a surgirme por dentro, lo siento, cortándome el hilo y el aliento, la inesperada desaparición de José Luis Gutiérrez, que tanto entusiasmo demostró cuando salieron mis “Historias de la Alcarama”, en las que vio la huella de Pedro Páramo. Él ha pasado ya, según creo, a otra dimensión espacio-temporal, una nebulosa misteriosa y azul, oculta en lo más profundo del bosque o más allá de las estrellas, donde a estas horas se habrá encontrado seguramente con Umbral.

EL MAESTRO Y EL MAR

En una breve escapada al mar he pasado una vez más por Cieza, el pueblo de don Juan López, mi maestro en Sarnago. Siempre andamos de prisa y pasamos de largo. Contemplo fugazmente desde la carretera el pueblo en la hondonada, los huertos de naranjos, de albérchigos y melocotoneros y el gran picacho del fondo como un hosco guardián de piedra. Don Juan es una de las personas que dejó huella en mi vida. Me sacó de la escuela y me subió al saloncito de su casa, ahora convertida en rudimentario Museo Etnográfico. Allí, en la mesa camilla con un tapete verdoso de lana, pasé las horas muertas de mi infancia repasando pretéritos y supinos, aprendiendo las declinaciones latinas y estudiando los rudimentos de la gramática francesa en un libro prestado. En Navidad, la madre del maestro enviaba una gran caja de naranjas gordas y dulcísimas, que no tenían nada que ver con las que vendía el Mario en la tienda de San Pedro Manrique. El sabor de aquellas naranjas convirtió a Cieza en mi imaginación de niño en un lugar mítico, en un paraíso, poblado de frutales, de acequias y de pájaros.

Tengo un buen recuerdo de todos mis maestros. De don Joaquín, el primero de ellos, manco y aragonés , con su guardapolvo gris, su red para cazar codornices con reclamo, su gramola y aquellas manzanas verde-doncella que les mandaban de Maluenda y que doña Felicitas, su extraordinaria mujer, compartía con nosotros. Don Florencio, interino, calvo y piadoso, que me dejó un día castigado en la escuela sin comer porque nos había sorprendido cazando pájaros; don Florencio tenía una sobrina rolliza, morena, con trenzas, de la que nos enamoramos todos los muchachos. ¡Qué habrá sido de ella! Y, sobre todo, don Juan, del que me acuerdo cada día como si fuera de la familia. Con el tiempo, uno se da cuenta de la dura e impagable tarea de los maestros rurales en aquellos años de la posguerra. Se valoran más ahora que las escuelas están vacías y los pueblos deshabitados. Pero aún no se les ha hecho justicia.

Decía que volvía yo del mar. El Mediterráneo nos sorprende siempre, nos envuelve en su luz, en su placidez y en su embrujo mitológico. De ese mar nació Europa. Esta vez el agua estaba fria, pero la arena de la playa quemaba. Orondas y rubias mujeres alemanas se tostaban al sol a pecho descubierto mientras subía la prima de riesgo. En todo caso uno vuelve siempre de este mar como si su cuerpo hubiera pasado por un Jordán purificador. Confieso que hasta bien cumplidos los diecisiete años yo no había visto el mar. Generaciones de campesinos de mis Tierras Altas se murieron sin verlo. De niños, al salir de la escuela, jugábamos en los prados a “Tres navíos hay en la mar”, un juego traído por algún maestro nacido cerca de la costa. Y los del otro bando respondían, todo a grito pelado: “Y otros tres a navegar”. Pero hablábamos de memoria. Imaginábamos un mundo lejano que no estaba a nuestro alcance. Nunca habíamos visto el mar ni se nos pasaba por la cabeza navegar algún día.

Pasado el valle de Ricote -seguramente el nombre de un morisco, uno de los expulsados a comienzos del XVII, como el que se encontró Sancho Panza cuando abandonó, desengañado, la Ínsula Barataria- y avistadas las primeras señales de tráfico con el nombre de Cieza, me ocurre siempre lo mismo. Me gustaría pararme, torcer, bajar al pueblo y preguntar en las calles y en los cafés a todo el que me encontrara por don Juan López García, a ver si alguien me daba razón de mi maestro, y por doña Modesta, su hermosa y jovencísima mujer, nacida en Tobarra, un poco más arriba, donde ya he indagado en vano. Me gustaría saber, al menos, qué ha sido de Juanito, su hijo, aquel niño precioso, de pelo ensortijado, que aparece en el centro de la foto que nos hicieron en la plaza a todos los alumnos de la escuela, junto a su padre, el maestro, que luce traje y chaleco con corbata, gafas oscuras y una amplia frente. Un fuerte viento, como una galerna, nos desperdigó a todos.

POR MI MANO PLANTADO, TENGO UN HUERTO

 

Cultivar un pequeño huerto está de moda en la ciudad. Es la añoranza del campo, un último vestigio de la desfalleciente cultura rural. Yo mismo lo estoy experimentando. Bastan unos macetones con buena tierra traída del pueblo, a poder ser de toperas, que es la mejor, según dice mi hermano, o un pequeño rincón del jardín, para plantar unos tomates y soñar con poder disfrutar otra vez de su aroma redondo y su sabor de entonces, que han desaparecido de los supermercados. Una vuelta breve, fugaz a la Naturaleza, que siempre devuelve con generosidad lo que se le da. En las urbes del mundo más desarrollado es ya un componente humanizador la existencia de huertos comunitarios, en los que cada vecino cuida de su pequeña parcela. Por si faltaba algo, la persistencia de la crisis puede animar a muchos a ponerse manos a la obra. La tierra siempre nos espera. El arado romano ha muerto, pero la azada sobrevive y hasta se está convirtiendo en símbolo de modernidad.

Entre los libros que tengo siempre a mano en mi mesilla de noche está el de las poesías completas del gran fray Luis de León, que enlaza la Edad Media con el Renacimiento, sus musicales odas de oro, empezando por la dedicada a la vida retirada, que es la vida que eligen “los pocos sabios que en el mundo han sido”. Difícilmente puede encontrarse mejor reclamo que este delicioso poema, que recoge y mejora la herencia de Horacio, para los que amamos el campo y soñamos con volver al pueblo, aunque sea románticamente. Yo acostumbro a refugiarme en él cuando el agobio y el estrépito de la vida ciudadana y sus servidumbres me envuelven y acongojan. Hace mucho tiempo que me lo sé de memoria. Aquí vienen, por ejemplo, bien al pelo, aquellos versos:

Del monte en la ladera,

por mi mano plantado, tengo un huerto,

que con la primavera,

de bella flor cubierto,

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Me viene esto a la memoria porque en el pueblo estos días de mayo, pasados ya los frios y nacidos los tardíos, había que ocuparse de las tareas de las huertas en Horcajo, Los Rincones, Las Abejeras… Ahora aquellas huertas están cubiertas de zarzas y maleza. Y había que esmerarse en los pequeños huertos familiares junto a las herrañes, a un paso de las casa, ahora llecos, abandonados e irreconocibles. Llegaban hasta la plaza los coleteros de Aguilar y de Cervera del Río Alhama con sus machos cargados de fajos de coletas, la verdi-morada planta de la col, que allí siempre se llamaba berza, y manojos de lechuguinos y de cebollinos. Se seleccionaba también con esmero la patata de siembra. Y recuas de caballerías iban y venían transportando a las huertas por los caminos los serones de ciemo de la cuadra y de las majadas, que se cargaban humeantes en los corrales y que se depositaban en montones simétricos sobre la tierra. Hombres y mujeres, chicos y grandes, colaboraban a la hora de “pintar” las patatas en los surcos y de plantar las coletas. Tanto las patatas como las berzas eran artículos de primera necesidad; las patatas representaban la base del consumo humano junto con el pernil de tocino, y las berzas, la base del consumo animal, sobre todo de los cerdos y, en invierno, cuando el temporal arreciaba, también de las ovejas y las cabras, con las canales o duernas de la majada rebosantes de cestos de berzas recién picadas. Tampoco podían faltar en la huerta los surcos de alubias caparronas o de la hoz, que treparían luego por las altas varas y en verano abastecerían de vainillas la humilde mesa familiar, o las cuidadas eras de lechugas, aquellas lechugas redondas, repicoloteadas, sabrosas, inolvidables. Más de una noche de verano me quedé, ay, de niño en una choza de Horcajo, envuelto en una manta cuidando el agua, el escaso y valioso caudal, que discurría entre los chopos, los zarzales y las mimbreras. Estaba solo y los extraños sonidos del monte metían a mi asustado corazón en un puño.

EL GORRIÓN DEL CAFÉ DE ORIENTE

Me dicen que en Sarnago ya han oido cantar al cuco por los prados. O sea que a las Tierras Altas de la Alcarama ha llegado, por fin, la primavera, aunque sea con retraso. Pronto verdearán los robles de la Mata y la Dehesa y, en el raso, subirán los sembrados con las últimas lluvias. Sobre ellos harán las calandrias enamoradas torres de música. Por la Cruz de Mayo el campo acostumbra a estrenar su capa de esplendor. Era este el tiempo en que los niños de la escuela nos disponíamos a ir de nidos. Constituía todo un campeonato y una aventura. ¿Cuántos nidos te sabes? ¡Yo tres más! ¿Cuántos huevos tiene el tuyo? Etcétera. Cada cual guardaba la lista con sus descubrimientos en riguroso secreto. Repasábamos minuciosamente los sabinos de la umbría y las mimbreras de Horcajo, junto al rio, donde anidaban las tordas. Recorríamos la dehesa en busca de los nidos de urraca, fabricados con barro y techado y fácilmente visibles en la espesura de los espinos o en las ramas altas de los robles; o, mucho más cotizados, descubríamos los nidos de pitobarreno en los agujeros realizados por ellos con su pico -tac, tac, tac- en los troncos de los chopos y de las mimbreras. Saberse un nido de perdiz, situado siempre en el suelo, bajo una mata o al abrigo de una tomaza en el ribazo, era el colmo de la felicidad. El cazador furtivo, que todos llevábamos dentro, fabricaba lazos con crines de caballo para cazar a la pobre perdiz madre cuando acudía a engüerar su nidada. ¡Hasta ahí llegaba nuestra barbarie, que considerábamos entonces un juego inocente y natural! Y no les iba mejor a las cardelinas, pardillos y perdiguines, que atrapábamos sin piedad en primavera, en plena procreación, aplastados bajo las paraderas en el salegar. (Me cuenta mi hermano que el nido de mirlo que descubrimos en Semana Santa con dos huevos bajo el ciruelo del huerto, mientras nevaba, tiene ya cuatro o cinco pájaros en pelo malo y me asegura, con entusiasmo, que un carbonero se le ha acercado mientras paseaba por la Dehesa de Soria y le ha llegado a picotear en la mano).

Cuando el pueblo estaba habitado y los animales convivían con los humanos, los tejados eran un hervidero de gorriones, construyendo sus nidos bajo las tejas, y el aire se poblaba del griterío de los ocetes. Ahora impresiona el silencio de las calles. Hasta los pájaros han huido. Apenas quedan urracas siquiera. Después de siglos conviviendo con los humanos y abasteciéndose de los desechos de hombres y animales, han tenido que dejar su hábitat natural para poder sobrevivir. He visto varias veces un precioso vídeo que me ha enviado Chiqui. Pertenece al programa “La fauna callejera”. El protagonista es un gorrión, un atrevido, independiente y solitario gorrión macho, que todas las mañanas, desde hace años, atraviesa la doble puerta acristalada del elegante Café de Oriente, de Madrid, y allí se pasa el día, a buen cobijo, sin molestar, discretamente, reposando en los bordes de los cuadros, en los salientes de las paredes o en los dorados apliques de las lámparas de la pared. No pierde detalle de lo que pasa debajo. Cuando ve que unos clientes -él es el primer cliente- se levantan de la mesa, baja silenciosamente en vuelo discreto, casi sin ser notado, y aplica las migajas del suelo. Después vuelve a su privilegiado observatorio. Cuando tiene sed, aprovecha un hueco y bebe agua en la limpia pila de latón del mostrador. Al atardecer sale del café y se va a dormir con los suyos, seguramente en la copa de una acacia cercana. El gorrión del Café de Oriente ha roto, para sobrevivir, todos los estereotipos, entre ellos el de hacer su vida, dejar el bando y actuar en solitario. Una buena lección de adaptación ¿no creen? Pero no sólo el gorrión, también el ser humano es, sobre todo, un animal que se adapta. Por eso, procreamos y sobrevivimos. Por eso dejamos el nido. Por eso abandonamos el pueblo y por eso mismo un día volveremos, y volverán con nosotros los gorriones a los tejados. (De niño oí hablar mucho del Tio Gorrión. Le llamaban así con cierta admiración porque tenía fama bien ganada de pícaro y astuto trotamundos. En estos tiempos sería seguramente camarero del madrileño Café de Oriente).

EL DIA DE LA TIERRA

El Día de la Tierra ha pasado sin pena ni gloria. El Día del Libro ha brillado un poco más, con los oropeles oficiales del Cervantes, las rosas de San Jorge, las firmas comerciales de los escritores famosos, que raramente son los mejores, y el descuento de las librerías. Yo lo celebraré antes de que acabe el día leyendo a solas un capítulo o dos de mi manoseado “Quijote”, que es, como se sabe, mi libro de cabecera desde la infancia, cuando mi madre nos lo leía de niños en la cocina, junto a la lumbre, a la luz del candil, en las largas noches de invierno. ¡Cuánto he echado en falta aquel desaparecido “Quijote” en rústica, en dos tomos amarillentos! No desespero de dar aún con sus restos. Sería como encontrar un tesoro. Puede que algún día, revolviendo en el somero de la casa de Sarnago, encuentre en un arcón o, más probablemente, en un rincón oscuro algunas hojas sueltas suyas, cubiertas de telarañas, aunque lo más seguro es que el libro, descompuesto y roído por los ratones, acabara un día en la calle. El viento se encargaría de dispersar las hojas sueltas por las herrañes y los campos cercanos y, mojadas por la lluvia, se diluirían hasta confundirse con la tierra. Un buen destino.

También hoy, en la fiesta de los Comuneros, echo especialmente en falta la tierra, sobre todo mis Tierras Altas, tan silenciosas, tan solitarias, tan abandonadas. Estará ya despertando la primavera tardía y romperán a florecer en los ribazos los bizcobos, los endrinos y los calambrujos. Un buen momento para andar por las veredas entre los sembrados y aspirar el aroma inconfundible del campo. Hace poco más de diez años que algunos tuvimos un sueño: convertir a la hermosa y despoblada Soria en la primera provincia del mundo en la que todos los pueblos realizaran la agenda 21 local, cumpliendo lo establecido en la Cumbre de Naciones Unidas de Rio92. Íbamos a ser pioneros. Soria iba a pasar de la sima a la cima. Fue un bonito sueño mientras duró. Llegó el Príncipe de Asturias a inaugurar esta Conferencia Internacional. Llegaron expertos y autoridades. Hasta vino a Soria para tan señalada ocasión Maurice Strong, el padre de las Agendas-21, con todas las bendiciones de la ONU en la cartera. Como fruto de aquel acontecimiento, proclamamos en Soria la Carta de la Tierra. Yo me la he encontrado hoy enrollada en mi biblioteca. Me la firmó Maurice Strong de su puño y letra. La tengo ahora entre mis manos después de tanto tiempo. Siento emoción y tristeza por aquel sueño desvanecido. Para alivio de males, la crisis ha acabado con la utopía del desarrollo sostenible, y la Tierra sigue maltratada. Para que no se pierda todo, os ofrezco el fragmento inicial del preámbulo de la Carta de la Tierra. Está escrito con tinta verde, el color, dicen, de la esperanza. Dice así:

Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. A medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente y frágil, el futuro depara, a la vez, grandes riesgos y grandes promesas. Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la Naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras. La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una comunidad singular de vida. Las fuerzas de la Naturaleza promueven  que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida. La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado.

Ya me diréis qué os parece. ¿Por qué no podemos seguir soñando?

LOS ÚLTIMOS VECINOS

El Zacarías y la Romana resistieron lo que pudieron, hasta que no pudieron más. Los años y los achaques tuvieron la culpa. Llevaban muchos años completamente solos en su humilde casa del pueblo, con su burro, su huerto y sus gallinas. Eran como robinsones perdidos en el monte, sin un alma a varias leguas a la redonda. Por el camino pedregoso y estrecho, cada vez más cerrado por la maleza, bordeando la Alcarama, acostumbraba la Romana a recorrer con su borrico cada dos semanas, hiciera frio o calor, las dos leguas largas que van de Valdenegrillos a San Pedro Manrique, cruzando Sarnago, en busca de suministros. El viajero que se aventuraba por estos páramos de soledad podía verse sorprendido con la imagen extraña y antigua de esta mujer diminuta sobre el burro, envuelta en un mantón oscuro. Era una estampa de otro tiempo y, al fin y al cabo, un signo de vida.

Ahora este último resquicio de vida humana se ha cerrado, lo mismo que se apaga la torcida del candil cuando se agota el aceite. Hacía tiempo que la salud del Zacarías, un hombre duro, como la raíz de las estepas, y terco como una mula, de más de ochenta años, se quebraba. Si no, no habría habido ser humano que lo hubiera arrancado de su rincón. Ni siquiera los hijos. Para él no había ningún sitio mejor para morir que su casa de siempre. La marcha paulatina del resto de los vecinos no le hizo cambiar de opinión. No importaba que las zarzas, los saúcos y la maleza se apoderaran de las callejas e invadieran las cocinas y los dormitorios de las casas derrumbadas, con los tejados hundidos. Así, durante años, este matrimonio se convirtió en un caso único, en un símbolo. Representaban los últimos resistentes de las Tierras Altas, pobladas de pueblos muertos. El fenómeno despertó curiosidad. Acudieron periodistas y televisiones a Valdenegrillos, una aldea en el monte, que perteneció al Ayuntamiento de Sarnago, en la que vivían, cuando yo era niño, más de cuarenta familias, gentes humildes y de carácter, labradores pobres, cabreros, pastores, leñadores y cazadores furtivos. Pero el Zacarías despedía a todos airadamente. No quería propaganda ni que alteraran su vida. Llegó a enfadarse un tiempo hasta con los curas de San Pedro, que de vez en cuando acudían a visitarlos por si necesitaban algo. Les acusaba de haberle robado el reloj, su único tesoro, que desapareció misteriosamente. “¡No me hablen, que me ofenden!”, llegó a soltarles un día, antes de que se aclarara lo del reloj. Seguramente el reloj ni siquiera andaba. ¡Para qué demonios necesitaban un reloj el Zacarías y la Romana, si allí el tiempo estapa parado, lo que con propiedad se llama tiempo muerto!

En el otoño, con la caída de la hoja, la salud del Zacarías se resintió seriamente. Hubo que llevarle al hospital de Soria, donde se repuso algo; pero no estaba ya para muchos trotes y menos para volver a la vieja casa del pueblo. Así que liquidaron las gallinas, vendieron el burro, cerraron la puerta, y un hijo, que vive en la capital, se los llevó a su piso antes de Navidad. Pero ¡qué pinta este hombre en la capital! Me cuenta Toño, el cura de San Pedro, que el hijo tiene un huerto en Los Rábanos, cerca de la ciudad y que allí pasa las horas muertas el bueno de Zacarías, con su azada al hombro, cultivándolo . Recordará seguramente su propio huerto allí lejos, al pie de la Alcarama, que nadie cultivará ya nunca, y al caer la noche, cuando regrese al piso, se acordará de su cocina con el fuego apagado. Esta es la historia de la muerte de Valdenegrillos.

REGRESO A SORIA

El Viernes Santo nevaba en El Valle. La hermosa comarca verde de Soria, hasta no hace mucho poblada de vacas royas, donde fabricaban a mano, si lo recuerdan, la famosa mantequilla, es, desde hace años, mi tierra adoptiva. El cielo, cuando llegué a Valdeavellano de Tera, se cerraba sobre los tejados. Un manto oscuro cubría la Cebollera y se extendía por las sierras de Piqueras y Oncala. Imposible vislumbrar siquiera, allá arriba, tras la barrera espesa, mis Tierras Altas, adonde se dirige siempre el corazón de este desterrado. Complicado atreverse a traspasar el puerto con este tiempo de perros. Un día así, si viviera el Inés, el chófer de “La Exclusiva” Soria-Calahorra, iría echando juramentos por las revueltas del puerto. ¡Cualquiera se atreve a subir hoy a la Alcarama por la Cruz de Cantos, tomando en el collado del Robledo el cortafuegos de la izquierda, cara al cierzo, entre las estepas y los sabinos! Habrá que dejarlo para más adelante cuando espigue la mies, canten las codornices en las esparcetas y el sol caliente un poco. Hace tiempo que sueño con esa cita en lo alto de la Alcarama, junto con los amigos y la familia, compartiendo una fiambrera, una hogaza de pan y una bota de vino y contemplando desde lo alto, en un día claro, el asombroso e interminable paisaje de la tierra torturada y luminosa. ¿Quién se apunta?

Digo que cuando llegué a El Valle la nieve se hermanaba ese día con las flores de los frutales del huerto de mi hermano, que empezaban a brotar tímidamente. En Sarnago, que es más tardío, pienso que verdearán si acaso los tempraneros zaragatos del rio y no tardará, si aclara el tiempo, en cantar el cuco por el prado de los Rebollos. Junto a la pared del huerto que da a la calleja de la iglesia, en una rama baja del ciruelo aún sin hojas, descubro un nido de mirlo casi a la intemperie. El pájaro huye ante mi presencia con un vuelo raso, breve y silencioso, evitando revelar su escondite. Me asomo con el mayor cuidado. Ha puesto dos huevos. Son de un precioso color azul cobalto. Aún deben de estar calientes. El cordonazo tardío del invierno le ha sorprendido casi tanto como a nosotros, los forasteros. El mirlo no tardará en volver antes de que la nieve cubra su tesoro escondido, que necesita urgentemente la amable protección de las hojas.

He pensado entonces que el invierno tardío tejía en este Viernes Santo una mortaja inmaculada para el Cristo muerto. Callan las campanas de la torre en señal de duelo. Reina el silencio, roto sólo por el tableteo de la cigüeña en la torre y por el paso de algún automóvil por la carretera; la ampliación de ésta arrasó hace unos años los castaños centenarios a la entrada del pueblo y desventró los caseríos y El Valle para siempre. Ahora hay más coches que vacas. Los robles del monte aún están desnudos. Todo es coherente, o incoherente según se mire. En Soria acostumbran a convivir naturalmente la primavera y el invierno, en una relación inextricable, lo mismo que la cruz y la pascua, o el nido del mirlo y los algarazos de nieve. Más difícil resulta la convivencia entre el progreso y la cultura rural. El “tsunami” del llamado progreso amenaza la existencia misma de estos pueblos. Poco a poco se van quedando como un precioso cascarón vacío para disfrute, en el buen tiempo, de los viajeros de la capital, como yo mismo. Hace tiempo que la gente se fue yendo. Cerraron las casas, cerró la escuela y sólo aumentan los vecinos del cementerio. Como grata sorpresa, se mantiene la panadería del Pablo, a la que acuden en tropel por la mañana de todos los pueblos de El Valle, al olor del pan, en sus flamantes automóviles los forasteros venidos de la ciudad. Gente de paso. No deja de intrigarme, cada vez más, esta huida del paraiso. Este año ni siquiera había mozos para colgar el Judas en la entrada del pueblo la mañana de la Pascua, como se ha hecho siempre.

LA CENIZA DEL CRISTO

En la iglesia de Sarnago, ahora derruida, entrando a la derecha, cerca de la pila del agua bendita, había un altarcillo, cubierto con un mantel bordado, y, sobre él, una hornacina con un gran Cristo de madera oscura, que ha desaparecido. Cualquiera sabe adónde habrá ido a parar. Puede que esté hecho añicos y podrido bajo los escombros, aunque confio en que unas manos piadosas lo rescataran en su día de entre las ruinas cuando el tejado se vino abajo. Tampoco sería extraño que lo hubieran robado y haya caido en manos de anticuarios desaprensivos. Docenas de generaciones lo habían venerado. En cierta medida, era el vecino más antiguo y más querido del pueblo, junto con San Bartolomé, el patrono. Recuerdo que mi abuelo acostumbraba a colocarse siempre a sus pies. Más de una vez me llevó allí con él de la mano. Era su sitio preferido en misa. A la luz amarilla de las velas, brillaba su calva como la patena. Sólo allí, ante el Cristo exánime, se quitaba la boina. En Semana Santa esta capilla del Cristo albergaba el corazón del monumento el día de Jueves Santo. El pequeño sagrario dorado aparecía rodeado de flores y de cirios. El monumento ocupaba todo el presbiterio, convertido en un misterioso escenario teatral en cuyo interior se desarrollaba, por lo visto, a los ojos de un niño el mayor drama de todos los tiempos. Construido con paneles de tela, pintada con un extraordinario realismo, destacaban en él dos enormes centuriones romanos que custodiaban el arco de entrada.

A propósito del Cristo desaparecido de mi pueblo, me he acordado de una preciosa historia que le oí hace tiempo a un amigo mio valenciano y que hoy, a petición mía, me ha vuelto a contar por teléfono refrescando así mi memoria y ofreciéndome algunos detalles nuevos. Es una historia triste, pero emocionante, de cuando la barbarie y el odio se apoderaron de España. Ocurrió, como digo, en un pueblo de Valencia. Fue el 20 de agosto de 1936. Un grupo de hombres, que formaban el Comité Revolucionario del Pueblo, tomaban la fresca mientras contemplaban la hoguera que ardía en medio de la plaza. Estaban quemando las imágenes del templo parroquial, entre ellas el Cristo de la Fe, a cuyas plantas había orado muchas veces San Vicente Ferrer pidiendo por la conversión de los sarracenos. Avanzaba la madrugada. En medio de la plaza sólo quedaba ya la ceniza humeante de la hoguera. Aquellos hombres se pasaban de mano en mano la botella del coñac entre risotadas y comentarios soeces. De pronto vieron que se acercaba hacia ellos una mujer joven y frágil. Se llamaba Angelita, la conocían bien porque en los pueblos todos se conocen. Tenía 27 años. Cuando llegó hasta ellos, le preguntaron destempladamente: “¿Qué quieres, mujer?”. “Vengo a por la ceniza de mi Cristo”, respondió ella con determinación. Se hizo el silencio. “¡Ponédsela en ese cacharro -ordenó el presidente del Comité- y que se vaya! ¡Llenádselo!”. “No, lo haré yo -dijo ella- traigo esta cajita”. Así fue. Llenó la caja con las cenizas aún tibias del Cristo y se volvió a su casa.

El que me lo ha contado era pariente cercano de aquella mujer intrépida ya fallecida, y la cajita con las cenizas del Cristo ha estado guardada en su casa hasta hace dos años, en que, con un acta notarial de por medio, las entregó al cura del pueblo y, desde entonces, figuran en una urna a los pies de la nueva imagen del Cristo de la Fe. Que nadie busque en este relato un deseo de remover las cenizas humeantes del odio, sino todo lo contrario. Me ha parecido una forma como otra cualquiera de rememorar la Semana Santa propiamente tal, no la turística y banal, aunque ya no resuenen las carracas por las calles empedradas, cuando las campanas enmudecían, anunciando las celebraciones en la iglesia, al grito de “¡A los oficios!” Aunque haya pasado, ¡ay!, tanto tiempo de cuando éramos niños y no quede nadie de la cofradía de la Vera Cruz, ni sepamos siquiera en el pueblo el paradero de nuestro Cristo.

LA HUELGA DEL TIO MURCO

En mi pueblo no se hacía nunca huelga. Y, desde luego, no ha aparecido nadie por la calle, estos días de primavera agitada, con el puño en alto enarbolando pancartas y banderas rojas e invitando a los vecinos a huelga general, entre otras razones porque hace muchos años que Sarnago, como se sabe, está deshabitado sin que nadie acudiera entonces -ni políticos ni sindicalistas- a impedirlo, sino todo lo contrario. Si tal espectáculo callejero hubiera ocurrido cuando yo era niño, habría dado miedo o habría sido cosa de risa, según se mire, como cuando llegaban los gitanos o los titiriteros. La gente acostumbraba a deslomarse trabajando con el exclusivo y honrado objeto de sobrevivir. De vez en cuando se atrevían a murmurar entre rezos o juramentos: “¡Esta vida, esta vida…!” Se secaban luego el sudor con la manga de la camisa, apretaban los dientes y volvían al tajo. En esto había poca distinción de género entre los hombres y las mujeres. También los niños y los viejos, mientras el cuerpo aguantara, arrimábamos el hombro lo que podíamos. Recuerdo bien que aquellos campesinos sólo consideraban trabajo el que se hacía con las manos y con el sudor de la frente. Era la consecuencia de la maldición bíblica. Paradójicamente despreciaban y envidiaban al trabajador de cuello blanco y de manos limpias y delicadas, lo mismo que envidiaban al rico y admiraban al sabio.

Lo que no estaba bien visto era andar mano sobre mano. Al que holgaba demasiado le llamaban holgazán, y adquirir fama de holgazán era la peor recomendación a la hora de encontrar novia, tanto como cargar con el sambenito de amigo de lo ajeno o ser tenido por un chisgarabís sin palabra o un mindundi sin oficio ni beneficio. Por no haber, no había entonces ni sindicatos, porque los que llamaban verticales estaban lejos, en la ciudad, y todo el mundo sabía que eran un invento azul del Gobierno para controlar a los trabajadores; y los que había habido cuando la República estaban rigurosamente prohibidos, envueltos oficialmente en la ignominia, y nadie, esa es la verdad, los echaba en falta en el pueblo porque no traían buenos recuerdos. En aquellos duros tiempos de la posguerra, poblados de crímenes oficiales, de hambre, de venganzas, de estraperlo y de racionamiento, aún dominaba el miedo y se imponía el silencio en las Tierras Altas de la Alcarama. Lo mejor, pensaba la mayoría, era no revolver más la manta para no volver a las andadas.

Por eso todo el mundo consideró una gran osadía, casi un desafío, la decisión del tio Murco, un hombre con fama de republicano, fumador empedernido, amigo de la lectura y poco amigo del trabajo. Resulta que el tio Caco, el nuevo alcalde, había vuelto enardecido de un cursillo oficial de adoctrinamiento. Después de un esperpéntico concejo abierto en la plaza, en el que hizo alarde de su autoridad absoluta, mandó echar un bando, en el que, sea porque erró él o sea porque el alguacil no tomó buena nota, éste, que no tenía muchas luces, pregonó por las esquinas: “De orden del señor alcalde, queda terminantemente prohibido el descanso dominical, bajo la multa que haya lugar”. Naturalmente lo que quería ordenar el alcalde, en aquellos tiempos de maridaje entre la Iglesia y el Estado, era todo lo contrario: que sería severamente castigado el que trabajara en domingo. El tio Murco aprovechó el malentendido y al domingo siguiente apareció a media mañana, cuando volteaban las campanas llamando a misa, cruzando ostensiblemente la plaza con el azadón al hombro camino del trabajo. Fue su peculiar forma de hacer huelga. Nunca en el pueblo lo habían visto tan laborioso. El suceso generó regocijo entre chicos y grandes, tanto como si el tio Caco, el entusiasta alcalde, hubiera proclamado en el pueblo la huelga general.

LA FIESTA DEL TIEMPO

 

Recuerda el Calendario Zaragozano, en letra negrita, que hoy es el Dia Meteorológico Mundial, o sea su fiesta señalada. Es la fiesta de las isobaras, esos garabatos redondos en el mapa formando círculos concéntricos de borrascas y anticiclones, con especial atención al sempiterno y cansino anticiclón de las Azores; la fiesta de las nubes y el viento, de la escarcha y el sol, de la nieve y las tormentas, de la luna llena y de las estrellas fugaces, de la lluvia mansa sobre los sembrados y del pedrisco asolador; la fiesta de las húrguras, que son, como se sabe, las brujas del invierno en las Tierras Altas, que bailan ululando por las esquinas, y de noche se asoman amenazantes por el hueco de las chimeneas, y es también la fiesta del sol, al que rendían culto los celtíberos, mis antepasados, en la cumbre de los montes, encendiendo hogueras en el solsticio de verano, y que en julio cae a plomo como un cuchillo ardiente sobre el páramo soriano, poblado de chicharras y polvo, cuando clasca ya la mies esperando la hoz del segador.

Esta fiesta nos obliga a mirar hoy al cielo con especial atención y afecto. Cuando he salido a la calle esta mañana serena he sentido en el rostro la caricia gratuita del aire tibio de esta primavera caprichosa, que arrastra ya el aroma de los prunos floridos, y lo he agradecido. Al fondo, la sierra de Madrid vuelve a estar blanca por la nevada de principios de semana, y la calle, al pisarla, estaba alfombrada de pétalos, que Miguel, el jardinero de la urbanización, se empeña en barrer con ese ruidoso y malhadado invento del soplador de hojas. El cielo de Madrid ha amanecido azul con leves celajes que, en el curso de las horas, han ido espesándose hasta cubrirlo del todo a estas horas, mientras escribo, de una capa gris.

Estaría bien que acabara lloviendo al caer la tarde ofreciendo así una exhibición, en un día tan señalado, de la rica y graciosa variedad de los cambios del tiempo, que se parecen, como una gota de lluvia a otra, a los cambios de humor en las personas, y tengo para mí que los cambios atmosféricos y de las estaciones influyen más de lo que parece en estos últimos, aunque uno no crea mucho en el horóscopo y en la influencia de los signos del zodíaco. Pero pedir la lluvia este año de sequía se me antoja pedir peras al olmo o hacer rogativas a la Virgen, como cuando yo era niño. Recuerdo, como si lo estuviera viendo, a todo el pueblo caminando entre los sembrados, apenas nacidos, cantando las lentanías de los santos -San Marcos, ya se sabe, es el rey de charcos- tras el pendón morado, que encabezaba la procesión, seguido de la cruz alzada, escoltada por los ciriales de los monaguillos. Aunque, si hacemos caso al Calendario Zaragozano, no habrá que pedir un milagro porque estos días nos espera “temporal encapotado y lluvioso, con vientos alborotados del S. y SE. de buen temple”. Es más, “algunos nublados tomarán carácter tempestuoso con chubascos, relámpagos y tronados, pasada esta agitación quedará, por unos días, buen tiempo”. ¡Habrá que verlo para creerlo! Pero la tierra está tan seca que no basta con una pampurria o calabobos.

Me gustaría que en los resecos campos de mi infancia en las Tierras Altas de Castilla y en los campos de todas las infancias del mundo, que carecen de agua para beber, se cumpliera hoy, Dia Meteorológico Mundial, el milagro del canto a la lluvia de Manuel Altolaguirre:

El cielo se ha despeinado,

su melena de cristal

se destrenza en el sembrado.

 

O, también, el del poeta ecuatoriano Juan Larrea:

La noche ha abierto su paraguas.

Llueve.

Los pájaros de la lluvia

picotean los trigos de los charcos.

 

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