El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

EL PADRE

 

Con motivo del Día del Padre, ese invento de El Corte Inglés, mi hija Mireya me ha regalado una cajita de caramelos de violeta, que tanto le gustaban a mi madre. Acabo de saborear el primero, y su antiguo y casi olvidado aroma familiar me ha trasladado automáticamente a la infancia. Es curioso el poder de evocación que tiene un sabor, lo mismo que un olor, un objeto, una música o una vieja fotografía. El pequeño y aromático caramelo me ha trasladado a la herrañe de los olmos, donde tomaban el sol los abuelos y donde con la entrada de la primavera florecían en los abrigos las primeras violetas, mucho antes que los amarillos narcisos silvestres. Es un buen momento. Justo dentro de unas horas, a las 5.14 del día 20 el sol entrará en Aries y será primavera. Y a través del caramelo de violeta he vuelto a encontrarme con mi madre, vestida con aquella blusa morada que tan bien le caía y que se puso cuando, después de muchos años de la muerte de mi padre, alivió por fin su luto.

Yo nunca celebré el Día del Padre, instituido aprovechando la vara florida del bendito San José y el serrín de su carpintería, porque esta es una celebración comercial reciente y porque mi padre, que se llamaba Cristóbal y que era secretario del Ayuntamiento de Valtajeros, murió cuando yo tenía dos años y él no pasaba de los veintiocho. Desde entonces ando toda mi vida buscándole sin encontrarlo. No recuerdo nada de él por más esfuerzos que hago. No sé cómo era su voz ni el sonido de su risa cuando me tenía en sus rodillas. Aquí, delante de mi mesa de trabajo, tengo su fotografía encuadrada, que es lo único que me queda de él. En un traslado se perdieron misteriosa y desgraciadamente su laúd y su reloj de plata, de los que disfruté hasta bien entrado en los años de juventud. A juzgar por la única foto que dispongo de él, era un hombre moreno y muy apuesto. Siempre me han dicho los que lo conocieron que era alto, jovial, inteligente y de una extraordinaria personalidad. Supongo que en tantos años de ausencia lo he idealizado un poco. Estoy seguro de que no les importará a los que lean este blog que, cediendo hoy al impulso de mi cansado corazón y aprovechando el comercial Día del Padre, le dedique hoy a mi padre este recuerdo como un homenaje tardío. Aunque hace mucho tiempo, un día sin avisar, levantaron su tumba, me gustaría acercarme hoy al camposanto de Valtajeros donde reposan sus huesos y dejar sobre la tierra seca un puñado de violetas

Mi madre estuvo toda su vida loca por él. Al lado de su cama tenía siempre un baulillo en el que guardó durante muchos años sus recuerdos más íntimos. Soy testigo privilegiado de que ella murió, a los ochenta años, enamorada de mi padre. Por eso a lo largo de sus largos años de viudez rechazó sin dudarlo a los sucesivos pretendientes, a pesar de que alguno era un buen partido, ciertamente tentador. Siempre me ha parecido que este ejemplo de fidelidad deja en mal lugar a los que creen en lo esencialmente quebradizo del amor. Ahora vuelvo a quedarme mirando las fotografías de los dos, situadas a ambos lados de la arquita donde guardo mis recuerdos junto a los libros antiguos. No deja de ser un privilegio tener un padre perennemente joven, más joven que sus hijos e incluso más joven que la mayor parte de sus nietos. Como Mireya, que me ha endulzado el día con los caramelos de violeta.

EL DESCONCIERTO DE LAS PALABRAS

 

En mi pueblo cuando alguien prometía lo imposible, o desbarraba, o se iba por los cerros de Úbeda, lo normal es que se le dijera a la cara: “Eso es hablar por no callar”. Entre los viejos campesinos de Castilla la palabra era ley. Se hablaba lo imprescindible, que en boca cerrada no entran moscas, y con la mayor precisión posible. Al pan, pan y al vino,vino. La palabra era para entenderse y no para ocultar la verdad. Sabían sin haberlo leído en ninguna parte que el hombre, lo mismo que la mujer, es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Ni siquiera se quejaban cuando faltaba el pan en la despensa. Bastaba si acaso con rumiar entre dientes la terrible frase, que resume todo el orgullo de Castilla: “¡En mi hambre mando yo!”. Sin dar cuartos al pregonero. Al hombre que hablaba demasiado se le llamaba cascarrín o cantamañanas y a la mujer, alcahueta o charlatana, que para el caso es lo mismo. No era extraño que el trato en el mercado se cerrara en silencio; bastaba un apretón de manos, esas manos ásperas y duras, acostumbradas a acariciar la tierra y encallecidas por la esteva del arado.

Aquella gente humilde, desconfiada y sabia a su manera, porque a la fuerza ahorcan, despreciaba a los charlatanes que plantaban su tenderete de tejidos rebajados en la plaza, procedentes, según decían, de Marruecos. No paraban de hablar a gritos, con grandes aspavientos exhibiendo la mercancía y convirtiéndose así en predecesores de las actuales rebajas de los grandes almacenes. Las mujeres, en alpargatas, delantal, toquilla y con un pañuelo oscuro en la cabeza, no se dejaban embaucar con tanta palabrería y se reían de ellos con disimulo. Posiblemente es esta ancestral sabiduría, esta experiencia antigua, lo que hace desconfiar aún hoy de la charlatanería de los políticos y demás personajes públicos.

Sobre todo, porque estos han conseguido retorcer el lenguaje con eufemismos hasta hacerlo irreconocible e incomprensible para el común. Esta perversión de las palabras es el mayor desastre cultural y la mejor demostración de que se intenta engañar al pueblo. Pondré una serie de ejemplos, aprovechando la crisis: A la rebaja de sueldo se le llama moderación salarial o devaluación competitiva de los salarios; el hecho triste de estar sin blanca es falta de visibilidad financiera; los recortes son, por supuesto, ajustes o medidas de ahorro; la subida de impuestos, recargo temporal de solidaridad; los despidos, racionalización empresarial; los despidos masivos no son más que un Expediente de Regulación de Empleo (simplificando ERE), y a la suspensión de pagos ahora se le llama invariablemente concurso de acreedores; el reparto de costes se ha convertido en un impacto asimétrico negativo, y la crisis, en severa desaceleración; el copago en los ambulatorios y hospitales se transforma en tique moderador sanitario. Y lo más estrambótico: a la recesión o decrecimiento, o sea, al empobrecimiento colectivo se le llama crecimiento económico negativo. Después de esto, casi no choca que a la ruina estrepitosa se le llame “crack” y a lo que en mi pueblo llamaban pagar a tocateja se le denomine simplemente “cash”.

Después de todo lo dicho -¡ay si mi abuelo Natalio levantara la cabeza!- ¿a quién puede extrañar que a las putas, izas, rabizas, zorras, etcétera, se las llame trabajadoras sexuales, al maestro de escuela, trabajador de la enseñanza, y al espía de toda la vida, agente del servicio de información o, peor aún, del servicio de inteligencia. ¿No les parece que todo esto es hablar por no callar? Como dice Julio Cortázar, “cuántas palabras para un mismo desconcierto”.

 

 

EL CALENDARIO ZARAGOZANO

Escribo con la luna “llena en Virgo a las 9,41 horas”, según reza el Calendario Zaragozano 2012, que, por fin, después de dar muchas vueltas por los quioscos de la capìtal, donde se había agotado, he conseguido por 1,80 euros en una pequeña librería del centro. Creado por don Mariano Castillo y Ocsiero en 1840, este mítico calendario, de aspecto humilde y barato, es, como alardea en su portada, el de mayor circulación y, por tanto, un buen negocio, uno de los negocios que, en estos tiempos de crisis, resisten, literalmente, contra viento y marea. No importa que, guiándose por la observación de las cabañuelas o variaciones del tiempo en los primeros días de enero y agosto, no pueda competir en la previsión con los modernos servicios meteorológicos. No sabe nada de anticiclones, ni le importa. El acierto es lo de menos. La gente lo consulta como observa el horóscopo, pero con más inocencia, fiándose de la sabiduría natural del hombre de campo.

Para los próximos siete días, si tienen curiosidad, pronostica: “Nublado tranquilo, vientos variables, moderados, temple de primavera; si el ambiente llega a ser demasiado caluroso podrán aparecer nublados tempestuosos acompañados de relámpagos y truenos. Las temperaturas nocturnas serán frescas”. ¿Qué les parece? ¿No es delicioso? No sé qué diría don Mariano Castillo y Ocsiero si levantara la cabeza y se enterara de que el Gobierno de Madrid está dispuesto a gastarse 120.000 euros en un ambicioso proyecto para crear lluvia o nieve bombardeando las nubes con yoduro de plata. Hace tiempo que los campesinos sorianos de las Tierras Altas y los de la Tierra Ancha bajo el Moncayo sospechan de unas avionetas que aparecen en pleno verano y después de sus vuelos las nubes se disipan misteriosamente y no llueve. Y esto, según dicen, ocurre un día tras otro. Con estos “adelantos”, con el calentamiento global y con tanto artilugio, cómo va a acertar el Calendario Zaragozano.

Eso sí, da cuenta rigurosa de las ferias y mercados de España y acierta de lleno en los eclipses y en el santoral. Esto último se agradece porque los periódicos han ido suprimiendo esta información, tan interesante, en sus páginas, confundiendo el culo con las témporas, o sea el Estado laico con la sociedad laica. En mi pueblo nunca se hablaba de cumpleaños, sino de santo. “Es el santo del abuelo”, “el niño celebra su santo”, etcétera. Seguramente porque durante mucho tiempo se ponía al recién nacido el nombre del santo del día. Ayer, sin ir más lejos, según el Zaragozano, además del Día de la Mujer, era san Juan de Dios, patrón de los bomberos, y hoy, viernes, santa Francisca Romana y santa Catalina de Bolonia, además de san Paciano, obispo. Las fiestas de los santos siguen siendo la guía espiritual, cultural y turística de los españoles. Suprimirla es cercenar el derecho de uno a estar bien informado. Mientras tanto esos mismos periódicos dedican páginas y páginas a la guía de la prostitución. ¡No sé adónde vamos a llegar!, exclamaría don Mariano Castillo y Ocsiero si levantara la cabeza.

El refrán que dedica el Calendario a este mes es: “Agua de marzo, hierbazo”, pero el caso es que el anticiclón no se va y la sequía empieza a ser preocupante. Los sembrados no nacen, los escasos pastos para el ganado se agotan, los piensos se encarecen y no hay tempero en la tierra para sembrar los tardíos: la avena y la cebada ladilla. Es el año más seco que se recuerda. Y el refranero lo tiene claro: “Febrero, verano, ni paja ni grano”. O la otra cara de la misma moneda: “Agua en febrero llena el granero”. Pues, visto lo visto, estamos aviados. Éramos pocos y parió la abuela. Si no llueve pronto, será un año ruinoso y habrá que darle la razón al refrán: “Año bisiesto, ni pan ni huerto ni huevo en el cesto”. ¡Lo que nos faltaba! Esto no lo arregla ni el Calendario Zaragozano.

EL PAN NUESTRO

 

Vengo de “La Tortuga” como todas las mañanas. En “La boutique del pan” he comprado, después de hacer cola, mi barra de cada día, que llaman, no sé por qué, “artesana”. La envuelvo en el periódico y camino hacia casa. Es un paseo grato entre álamos blancos aún desnudos, cuando apunta ya la primavera adelantada en los prunos y se ha vestido tímidamente de oro la mimosa. El constante trasiego de los coches por la Avenida de Atenas deshace la calma y el embrujo del momento. La barra, aún caliente, no huele a pan ni a nada. Tampoco huele la panadería donde la he comprado. Es masa que traen de fuera en cajas de cartón, transportadas en una furgoneta, y que descongelan en un horno eléctrico que resulta invisible para el comprador. Después de probar las distintas especialidades (”baguette”, “gallego”, “candeal de picos”, “campesino” -¡Dios mio, a cualquier cosa llaman campesino!-, integral, etcétera) he llegado a la conclusión de que este que llevo debajo del brazo es el más aceptable dentro de lo que cabe, aunque no huela a pan.

Por el camino me he trasladado, como de costumbre, a mi infancia en Sarnago. El pan es el mejor reclamo de la memoria . Era el artículo de primera necesidad, la medida de todas las demás cosas. Lo peor que podía pasar en una casa de las Tierras Altas de la Alcarama es que faltara el pan. Allí el pan sólo se concebía redondo: una hogaza grande, olorosa y crujiente. El padre la apoyaba en el pecho a la hora de comer y partía con el cuchillo grandes rebanadas. Y si el padre había muerto, como en mi caso, se encargaba de partir el pan la madre o el abuelo. Era todo un rito. La abuela, que era muy escrupulosa, si caía al suelo un trozo de pan, lo recogía y lo besaba como si fuera pan bendito y no permitía que la hogaza se pusiera boca abajo. La hogaza era el fruto de los sudores y trabajos de todo el año. Romper la tierra, binar, abonar, rastrillar, sembrar, escardar, cosechar -siempre mirando al cielo por ver si venía la lluvia o asomaba una mala nube-, trillar, aventar, cerner, meter en el granero, llevar al molino, acarrear la támbara, amasar y cocer en el horno. La hornada debía servir para toda la semana.

Más de una vez bajé de niño tirando del ramal del caballo “Tordillo” cargado con dos talegas de fanega y media de trigo, llamado “de común”, o sea, trigo puro y dorado con una pequeña proporción de centeno, al molino de El Rebote, junto al rio, que tenía una gran morera a la entrada. Aún escucho el ruido sordo de la aceña, observo la tolva y no me olvido de la figura del molinero, un hombrachón metido en un mono azul, enharinado de los pies a la cabeza, ni del miedo a los delegados, que podían aparecer en cualquier momento, requisar la harina y levantar un atestado, lo que acarrearía la ruina al molinero y a las familias. Y muchas veces, cuando aún quedaban manchas de nieve en los costeros y la leña del monte estaba mojada por la escarcha y el calamoco, cargué sobre mis frágiles hombros fajos de ulagas del carasol, que eran excelente combustible para prender la hornija.

La levadura natural iba de casa en casa por la noche. Y todo estaba ya dispuesto. Vuelvo a ver a mi madre, con un pañuelo blanco en la cabeza -ella que siempre estaba de luto- en la despensa, de pie, sudorosa y alegre, amasando en la artesa; la contemplo más tarde, con la cara arrebolada, sacando con la larga pala de madera las tortas y las hogazas de la hornada; y vuelvo a oler, en la entrada de la casa, a leña y a pan recién cocido, a tortas de chichorras y a magdalenas. El olor a támbara y a pan son los olores de mi infancia, junto con el espeso y dulce vaho de la majada.

Creo que por un instante he caído en la tentación de la nostalgia. Regreso a este mundo, azotado por el paro y la crisis. Saludo a un vecino que sale a pasear a su perro atado con una trabilla y aprieto la barra de pan amorosamente en mi mano cuando llego a la puerta de mi casa. Aún está caliente, pero nada es ya lo mismo.

EL AFILADOR

 

Ha sonado en la calle el chiflo del afilador. El inconfundible silbido agudo ha roto la modorra silenciosa de la mañana del domingo en la urbanización de las afueras de Madrid. He dejado el periódico sobre la mesa con el viacrucis de Iñaki Urdangarin en la portada y la pertinaz sequía -según el Servicio Meteorológico es el invierno más seco que se recuerda-, he abierto la puerta como un autómata y he saltado a la calle para salir a su encuentro, verle la cara y conversar con este trotamundos de otros tiempos, como hacía de niño cuando el afilador llegaba al pueblo. Ya me entienden. Es una forma como otra cualquiera de revivir aquellas viejas experiencias, que es tanto como volver a vivir. Pero enseguida he comprobado que ya no es lo mismo que entonces.

Por lo pronto, después del característico silbido, pregona por altavoz con voz grave: “El afilador en su propio domicilio. Se afilan cuchillos, tijeras, navajas, tijeras de podar y toda suerte de objetos”. Es un mozo moreno con el pelo ensortijado y ojos brillantes, metido en un coche de segunda mano, que recorre lentamente las calles solitarias y silenciosas sin que nadie acuda a solicitarle sus servicios. Yo pensaba que vendría en la vieja bicicleta y que sería de Orense como todos los afiladores que se precien. “No, yo no -me ha dicho-, mi padre era de Orense”. ¡Menos mal! No todo se ha perdido. Por lo menos, los hijos siguen la tradición de los padres, algo más modernizados, como es natural. A la fuerza ahorcan y la crisis aprieta. Por eso raro es el fin de semana que no resuena en las calles de la urbanización la voz de ultratumba de “El chatarrerooo” o la más cantarina de “El tapicerooo”, etcétera. Al afilador hacía tiempo que no lo oía. Son los últimos residuos de una civilización rural que se acaba.

El silbido del afilador sigue siendo parecido al del capador, que yo recuerdo de niño en el pueblo. Capaba, sobre todo, cerdos tetones de siete semanas, marciles y cochinas viejas cansadas de parir que se cebaban después para la matanza. Nunca olvidaré al “capador francés”, así le conocía todo el mundo, un misterioso personaje con fama de sabio, huido, al parecer, de Francia cuando la guerra -no se sabe si huyendo de los alemanes o de los aliados-, que se refugió en las escabrosas Tierras Altas de la Alcarama ganándose la vida con el chiflo y la cuchilla, y que a mí me curó por arte de birlibirloque mi tobillo destrozado al despeñarme por la pared de la era. Después de caer en la tentación con una moza de la sierra y de tontear con ella, el hombre de la chaqueta de rayas desapareció un día como por ensalmo sin dejar rastro. Era un buen capador, según la opinión general.

Con la crisis aumentan, a lo que se ve, los oficios andariegos, lo mismo que la vuelta romántica al pueblo. Los buhoneros -aquellos que recorrían los caminos con sus caballerías cargadas con la mercancía en los serones o en las alforjas- son hoy los transportistas, pero al “Transporte” de toda la vida, o “Portes”, como se decía entonces simplificando, se le llama ahora pomposamente “Logística”. Cosa de los tiempos. Yo me quedo con el Tuto el cacharrero de San Pedro, un hombre simple y bonachón, que pregonaba por las esquinas con voz suave “¡El cacharrerooo!” y que solía aclarar a todo el que quisiera oirle: “Lo mismo me da que me digan Tuto que Restituto”. Y me quedo con el tío Luis, el aceitero, de Fuentes, que recorría con sus machos todo el norte de España comprando huevos y vendiendo aceite, y que lo último que dijo antes de morirse con más de noventa años, como ya he contado en algún libro, fue: “Me cagüen mi vida, me cagüen el mundo, tener que morirme ahora cuando hay tantos adelantos”. Y retomo el periódico en casa mientras vuelvo a oir fuera, alejándose, el chiflo del afilador.

EL PASO DE LAS GRULLAS

 

Un ruidoso gru-gru que venía de fuera me ha obligado a salir de casa y mirar al cielo. Era verdad. Pasaban las grullas, primera señal inequívoca de que el invierno se acaba y se acerca la primavera. Aún hace frio en las madrugadas, pero, entrada la mañana, el sol brilla con fuerza. Este era el tiempo, en las Tierras Altas, en que volvían a salir tímidamente las yuntas por los caminos arrastrando el arado romano. Había que romper la tierra, aún helada en la sombra de los ribazos, abonarla, acarreando el ciemo en serones, y prepararla para sembrar los tardíos. Confieso que me he alegrado, como cuando era niño, al contemplar el bando en el cielo azul brillante de las afueras de Madrid, donde afortunadamente no alcanza aún la boina oscura que cubre la capital por culpa del persistente anticiclón, las calefacciones a todo gas y los tubos de escape de miles de automóviles innecesarios. Con tanto ruido, ¿quién puede oir el emocionante gru-gru en lo alto del cielo? Hasta las aves parece que orillan en su ruta el ruidoso núcleo urbano. Por lo visto este es el precio del progreso. Me pregunto cuántos madrileños se han percatado esta mañana del paso de las grullas y han mirado al cielo.

Allí, en Sarnago, donde los días se sucedían monótonamente sin que ocurriera nada, el paso de las grullas era un acontecimiento. La imaginación se desataba. “Son más grandes que ovejas”, afirmaba uno. “Mucho más”, exageraba otro. “Vienen de África, de más allá del mar, de la otra parte del mundo y recorren miles de kilómetros”, aseguraba otro. Ninguno las había visto de cerca porque por aquellas tierras frias solían pasar de largo, como las cigüeñas, aunque siempre había quien aseguraba que un pastor había sentido una grulla coja o herida que se había desprendido del bando y se había quedado sola en el monte, lo que desataba el instinto asesino de cazador que todos llevábamos dentro. Más de una vez salimos inútilmente en su busca con malas intenciones. Nadie, que yo recuerde, cazó nunca una grulla en el pueblo, un ave convertida poco menos que en un ser mítico. Cuando el bando se revolvía dando vueltas sobre su ruta rectilínea y el guión retrocedía, exclamábamos siempre: “¡Se han perdido!”. Con la oscura esperanza de que tuvieran que hospedarse aquella noche en nuestros bosques, lo que nos habría enorgullecido y habría sido un acontecimiento.

Yo acabo de verlas pasar muy altas sobre el cielo azul de Madrid. De pronto se han detenido y han empezado a dar vueltas, casi sobre mi cabeza, como si estuvieran perdidas. He pensado que seguramente han dudado al observar nevada la sierra madrileña o al sentir de frente una fuerte ráfaga de viento helado. ¿Será que las que encabezan el bando -un bando grande como de doscientos individuos- han creido que habían abandonado antes de tiempo las acogedoras dehesas, campos de labor y marjales de Extremadura donde invernan, según me he informado, el noventa por ciento de las treinta mil grullas trashumantes que aún sobreviven? Pronto he salido de dudas. El bando -ejemplo de gregarismo o de solidaridad de grupo- tras esos momentos de titubeo, que han hecho que aumentara notablemente el volumen del gru-gru, ha reemprendido con fuerza y con orden la ruta en flecha hasta trasponer por encima de la sierra madrileña. Me he quedado mirándolas como un bobo hasta que se han perdido en el horizonte. He admirado lo airoso de su vuelo y su figura esbelta a pesar de medir bastante más de un metro de longitud, dos y pico de envergadura y pesar cinco o seis kilos, o hasta siete según tengo entendido. Ahora, cuando concluya su trashumancia, como las merinas de la sierra de Oncala, y se acomoden en las tierras del Norte se lanzarán a la vistosa parada nupcial, una hermosa danza a base de saltos, vuelos, inclinaciones y despliegue de alas y resonará el amoroso gru-gru, un grito distinto del monótono canto que ha acompañado su vuelo en el largo viaje. ¡Ay el amor, remedio de todos los trabajos y calamidades!

 

 

LAS ÁGUEDAS, EL JUEVES LARDERO Y LA CENIZA

 

Por si no tuvieran para mí suficiente atractivo las viejas tradiciones rurales engarzadas en el paso de las estaciones, lectores como Javier Sainz Ruiz me incitan a ocuparme de ellas. Dice, por ejemplo, que en estas fechas, cuando se pasa el ecuador de la temporada del frio y los días alargan, celebraban los celtas la fiesta del Imbolc o del vientre de la tierra, que conserva la vida en espera bajo la capa helada. Es un canto a la mujer, que en la tradición cristiana se asocia en febrero con la Candelaria o purificación ritual de la Virgen en el templo y con la fiesta de las Águedas, en honor de Santa Águeda, virgen y mártir, a la que, entre otras torturas, le cortaron los pechos. Estos días en Soria y en otros lugares de Castilla aún se celebra la fiesta de las Águedas, adelanto del moderno feminismo, en el que las mujeres casadas mandan, se emancipan por un día y se divierten a su aire. Imposible no acordarse de aquellos versos memorables del zamorano Claudio Rodríguez, con el que compartí algún vaso de vino, en su “Don de la ebriedad”.

Para qué recordar. Estoy en medio

de la fiesta y ya casi

cuaja la noche pronta de febrero.

¡Y aún sin bailar: yo solo!

¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo

arrimar la cintura bien, que puedo

mover los pasos a vuestro aire hermoso!

¡Águedas, aguedicas,

decidles que me dejen…! 

Y estamos en Jueves Lardero, fecha verdaderamente señalada para los niños de la posguerra, tiempo de miseria en aquella sociedad de subsistencia, tiempo de racionamiento, de los delegados y del pan negro. Muchas familias en el pueblo vendían los jamones para comprar tocino: Dos kilos de tocino por uno de jamón. Ese era el precio. Recuerdo la felicidad que nos proporcionaba la gran merienda de este día, con tortillas, chorizo, torreznos y lomo de la olla y, si se terciaba, un “bollo preñao” entre las manos. Era el atracón antes del ayuno y abstinencia de la Cuaresma, tiempo en que estaba prohibida la carne desde el Miércoles de Ceniza hasta la Pascua Florida. Ese miércoles los campesinos dejaban la yunta y acudían humildemente a la iglesia donde recibían en fila la ceniza en la cabeza -las enlutadas mujeres, en la frente- mientras el sacerdote les decía a cada uno en latín: “Pulvis es et in pulverem converteris”. O sea, eres polvo y en polvo te convertirás. Lo sabían ellos de sobra. Lo que no había entonces eran carnavales. Los había prohibido Franco. Y la obligación rigurosa del ayuno cuaresmal – “por la mañana la colación y por la noche, la parvedad”, recordaba la abuela- se suavizaba mucho, todo hay que decirlo, comprando la Bula de la Santa Cruzada. 

En fin, Javier Sainz sale en defensa del Calendario Zaragozano, “principal vestigio de los antiguos almanaques, ya casi en extinción, que recogían un poquito de todo el saber y que, me imagino, tanto acompañaron en las cocinas y en los hogares al amor del fuego”. El Zaragozano contiene, según él y puede que no le falte razón, “una filosofía sobre el tiempo perenne, en el que los santos caen como losas en su fecha, y los meses, las estaciones y los ciclos se suceden” invariablemente. ¡Me ha convencido! En lugar destacado de mi librería tengo un “Almanach de Gotha” de 1925, con adornos dorados en las tapas, una verdadera joya que encierra, en efecto, toda la sabiduría de la época, casi tanta como ahora internet.

NIEVE SOBRE LAS RUINAS

 

Dos personas caminan a duras penas por el camino que conduce al pueblo, bordeando el ejido y rodeando las eras. Sus pies se hunden en la nieve. Una de ellas va envuelta en un mantón oscuro. La otra camina a su lado con el cuerpo encogido y las manos en los bolsillos. Se adivina el viento helado azotando sus cuerpos, que resisten como los juncos. Sus figuras oscuras resaltan en el blancor del paisaje. Es la primera de una serie de veintinuna fotografías que ha publicado en facebook la Asociación de Amigos de Sarnago, dando noticia de que allí no para de nevar este año, para que luego digan que ya no nieva como antes. Basta con repasar esta galería de instantáneas para comprobarlo. La nieve se amontona en los abrigos, formando altos ventisqueros, que las húrguras modelan como modela el viento las dunas en el desierto. A mí esta heróica excursión fotográfica a Sarnago -hace falta valor para subir hasta las altas tierras de la Alcarama con este tiempo- me ha servido para sumergirme de lleno en aquellos durísimos inviernos de mi infancia y, sobre todo, para contemplar un prodigio: la nieve, que cubre piadosamente el cerro del Castillo, las piezas del Collado, el camposanto, las calles, las callejas, las placetuelas, la iglesia derruida y las casas hundidas, añade belleza a la parda aridez de los campos y a la belleza pintoresca de las ruinas. Su mágico poder igualitario confunde los corrales con los palacios.

En los tejados rojos que siguen en pie, con cenefas de blanco en las orillas y carámbanos en los aleros, no sale humo de ninguna chimenea. También faltan los bardales en los corrales, inevitables en el antiguo paisaje del pueblo. Pero lo que más se echa en falta es la presencia de los seres humanos y de los animales en las calles heladas. No hay ni rastro. Los ventisqueros aparecen intactos. Ni una pisada en la entrada de las casas, ni un hombre con una pala abriendo camino en la puerta. Ni un perro apedreado, con el rabo entre las patas. Ni el relincho de un caballo. Ni un balido. Ni un pájaro. Las urracas y los tordos, si aún queda alguno en estos parajes inhóspitos donde les resultará difícil encontrar comida, se refugiarán dentro de las ruinas de las casas o en los corrales de los cortinales o del horcajuelo, lo mismo que los zorros. Sólo se presiente el alarido del viento doblando las esquinas.

He repasado, una y otra vez, las fotografías. El misterioso cerro blanco del Castillo, con una alambrada hiriente y absurda en primer plano y el oscuro robledal al fondo; la nieve amontonada a la puerta de la escuela, donde jugábamos a las canicas, y de telón de fondo, las ruinas de la casa del tio Patricio, nuestro vecino; el callejón de la placetuela, con su entrada solemne; los Peñascales sobre las herrañes, donde pasé, ay, tantas horas de mi niñez y donde las mujeres se reunían en el buen tiempo con la cesta de la costura; debajo, el árbol que ha crecido por su cuenta en mi huerto de entonces, la majada hundida del tio Evaristo y los campos blancos hasta la sierra de Oncala. La casilla de la luz eléctrica, que emerge como un faro. En la era empedrada hay un enorme ventisquero justo en el lugar donde plantábamos el mayo cuando la fiesta . El pilón de la fuente se ha convertido en un témpano de hielo con los bordes nevados. Me impresiona, sobre todo, la foto de las ruinas de la iglesia, con el arco de la bóveda bien visible, el pórtico alfombrado de blanco, la puerta románica, intacta, la espadaña tronchada, y la nieve cubriendo amorosamente el suelo del templo, que albergaba o alberga todavía las tumbas de los antepasados. Algo hay de grandioso y misterioso en estas ruinas cubiertas de nieve, que no han perdido su magnificencia.

DIVAGACIÓN SOBRE EL TIEMPO

 

Como cada mañana, he caminado hasta “La Tortuga” a comprar el pan y el periódico, con tan mala fortuna que he resbalado en el hielo de la calle y casi me rompo la crisma. Aún tengo el costado maltrecho. Así que he leído las noticias y los comentarios con escaso entusiasmo, casi con rencor, como si el periódico fuera el culpable de mis desventuras. Que bien pudiera ser por lo cargante e insustancial. No me importa nada la lucha por el poder de los socialistas en su congreso de Sevilla, con su pan se lo coman; tampoco estoy muy interesado en las reformas financieras de Guindos y compañía, a mí nadie me va a sacar de pobre. Me quedo, si acaso, con el descubrimiento de la “Gioconda” del Prado -vaya revelación- que es más guapa que la del Louvre, dónde va a parar, y les confieso que también me ha interesado la inteligente necrológica de Szymborska, la gran poetisa polaca, a cargo de Fernando Savater, que concluye con estos geniales versos de la Premio Nobel:

Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Y, desde luego, me he interesado por la información sobre esta ola de frio, que nos mete en casa y que a mí me ha costado un dolorido sobresalto. Los que tenemos alma de campesino nos interesamos sobre todo por la información meteorológica. Nunca me pierdo las noticias del tiempo en el telediario. Observo siempre las fases de la luna, contemplo cada noche clara, anticiclónica, las estrellas y los planetas en el desvaído cielo de Madrid y, durante el día, me paro a contemplar el paso de las nubes. Ahí está, enfrente de la mesa, mi telescopio mientras escribo. Ya saben, los campesinos se pasan media vida mirando al cielo y la otra media, doblados sobre la tierra. Por lo menos, así era antes. Hoy, al pisar el hielo en la puerta de la casa y al sentir en la cara el frío cortante como un cuchillo cabritero, me he acordado de Sarnago, cuando construíamos trampas en los ventisqueros de metro y medio que se formaban en la calleja, junto a las eras, trampas crueles para inacutos, y también me han venido a la cabeza las plataformas cuadradas de grueso hielo macizo que sacábamos del “Bebederillo”, y que nos servían de base para deslizarnos desde lo alto del ejido en una especie de trineo rudimentario.

En fin, no podía olvidar que ayer fue la Candelaria, con la bendición de las candelas taumatúrgicas, y que hoy es San Blas, con sus roscos y la leyenda de que este santo popular cura los dolores de garganta, tan habituales cuando el frio aprieta, haciendo la competencia, con escaso éxito, a las farmacias y los laboratorios. Y cómo podía olvidar el manoseado refrán de que “por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, será año de nieves”, un refrán tan poco fiable como el Calendario Zaragozano. Mucho antes de esta ola de frio las cigüeñas, esos entrañables garabatos blancos y negros en los campanarios de Castilla, están ahí con una lealtad admirable. Será por el calentamiento global o por lo que sea, pero de un tiempo a esta parte las cigüeñas se quedan todo el año aquí, no emigran a África ni son el termómetro del invierno. Y, lo mismo que los antiguos poetas convencionales y admirados, las cigüeñas siguen sin traspasar el puerto de Oncala hacia las Tierras Altas donde el cierzo pasa por las gargantas como un dalle recién afilado. Al final me paro a meditar. ¿Será verdad, después de todo, que no existe el Tiempo como no existe en realidad el Futuro ni el Silencio ni la Nada?

PAISAJE DE INVIERNO

 

Les invito a continuar conmigo el prometido viaje al pasado, al paisaje de mi infancia en las Tierras Altas de la Alcarama. El paisaje es lo que permanece inalterable a través de los siglos, lo único reconocible. Aunque ya saben que cualquier paisaje es un estado del espíritu. Esta es una tierra desolada y pobre, que tiene poco que ver con las anchas llanuras castellanas. La componen lomas y cerros, barrancos y bancales con anchos ribazos, cabezos y laderas. Tierra pelada, sin un solo árbol en toda la extensión de la mirada. Tierra caliza surcada por veredas estrechas y caminos pedregosos. Su grandeza está en la elemental simplicidad, sin un adorno inútil, y en la luz, una luz asombrosa que le da un baño de misterio y de belleza.

Para orientarme en estos campos de soledad, ahora que el invierno aprieta, despliego antes sobre la mesa la Planimetría de Sarnago de 1916. No puede haber mejor guía. De pronto el pasado y el presente se juntan y se confunden. Brotan los nombres familiares de los parajes. Todo revive. El pueblo deja de estar deshabitado y vuelvo a oir los gritos de mis compañeros en la plaza a la hora del recreo, sube de nuevo el olor a leña y a pan del horno de la tía Milagros junto a la plaza, suena un toque de campanas -”es la hora del Ángelus”, recuerda la abuela-, el tío Marcos, que acostumbra a poner a mal tiempo buena cara, cruza renqueante, apoyado en su cachava, de su casa a la majada, el alguacil toca la corneta anunciando la llegada del Mario de San Pedro con pescado fresco -sardinas y chicharro mayormente- que trae envuelto en hielo en dos cajas de madera, suena por el barrio de arriba el grito desesperado de un cerdo en el banco de la matanza, ladran los perros y una yunta de machos arrastra el timón del arado de madera calle abajo lenta y ruidosamente.

El tiempo es hoy desapacible. Una oscura barrera de nubes se agarra a la cresta de la Serrezuela. De rato en rato viene un algarazo. Después vuelve a brillar el sol, un sol débil, desfalleciente, que ilumina tenuemente la mampostería de las casas y hace brillar las piedras sueltas de la calle. La sierra de Oncala y el monte Cayo sobre Navabellida ofrecen en la lejanía un brillante azul cárdeno. Hay que abrigarse bien. La boina y el tapabocas no estorban. Emprendo el camino del raso. Dejo el pueblo a mi espalda extendido sobre el bisel del costero, rodeado de herrañes y de una cenefa de vegetación -olmos, chopos, arces y ciruelos silvestres-, un breve oasis propiciado por un vena de agua que viene del Cubillo y que tiene su manantial más preciado en la Fuente Vieja. Después continúa por el barranco del Villar y aflora más abajo en la fuente de Las Hoces, cerca del derruido monasterio templario de San Pedro el Viejo.

 

El campo está yerto y silencioso. El verde pálido de los sembrados y de las esparcetas aparece aplastado sobre la tierra por culpa de la helada. En la loma de la Cereda persiste el amarillo pálido del rastrojo de centeno, y en Valdezaguera, donde tienen los zorros sus madrigueras, los ulagares cubren de negro la ladera y se apoderan de los estrechos pegujales. En los huecos de la umbría se distinguen manchas blancas de la última nevada. Un cazador recorre minuciosamente con su perro las llecas de las Cuerdas del Castillo en busca de la liebre encamada que levantaron ayer las ovejas. Por el camino de Castillejo se dirige a San Pedro Manrique un hombre montado sobre la enjalma de su burro y envuelto en un capote descolorido. Irá seguramente a la botica o en busca del médico. Un rebaño de unas doscientas ovejas se cobija en los cortinales del Horcajuelo, cerca de los corrales. Por la parda barbechera -sólo algún valiente se ha atrevido a romper la tierra para la siembra de los tardíos- el viento sopla cada vez con más fuerza de la parte de la Cruz del Cerro y arrastra cardos y matojos. Unas urracas buscan cobijo en las tainas y se posan en el tejado. El pastor, envuelto en su manta de cuadros, ha prendido fuego a unas ulagas entre las lastras, y la columna de humo gris que sale de la fogata es el único adorno de la tierra desolada. El cielo se oscurece y llega un nuevo algarazo de nieve. Lo mejor es volver a casa y refugiarse en la cocina, bajo la chimenea, al amor de la lumbre.

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