El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

LO QUE NO HABÍA EN EL PUEBLO

Los más jóvenes no se lo van a creer. Y los más viejos van a recordar. No hace falta remontarse unos siglos atrás. Ni siquiera un siglo. Pongamos que hablo de hace 70 u 80 años. Justo después de la guerra. Es la época de mi infancia y lo recuerdo muy bien. Contaré hoy cómo se vivía en el pueblo. O mejor, daré cuenta de lo que no había y, a pesar de ello, mal que bien vivíamos y nos desvivíamos. Incluso, con tantas carencias y privaciones, uno recuerda aquel tiempo como una época feliz de su vida.

No había luz eléctrica. Tenía yo doce o trece años cuando la inauguró el gobernador. Fue un gran acontecimiento. Hasta entonces, y después con muchos apagones y restricciones, la gente se alumbraba con candiles de aceite o de petróleo, con rudimentarios faroles portátiles y más raramente con un cabo de vela colocado en una palmatoria. Las noches eran oscuras como boca de lobo bajo un cielo estrellado.

No había teléfono y nadie podía imaginarse entonces que un día la gente llevaría un móvil en el bolsillo y podría comunicarse con cualquier persona en cualquier lugar del mundo marcando unos números. Eso, y no digamos las aplicaciones portentosas de los portátiles inteligentes, estaba fuera de la comprensión humana. A mis abuelos, Internet les parecería ahora, si levantaran la cabeza, un invento del diablo o cosa de brujería.

En Sarnago no había radio ni televisión. Los primeros transistores tardaron años en llegar. Tampoco había aparatos para oír música. Don Joaquín, el maestro, se agenció una gramola con pilas, pero no había manera de que funcionara unos minutos seguidos. Nunca olvidaré la ilusión que me hizo, siendo monaguillo, acompañar a don Livino, el cura, con otros muchachos, a Matasajún, a una legua de camino, para oír en una casa, que poseía, por lo visto, la única radio de todos los alrededores -un enorme aparato de madera- un partido de España en el campeonato mundial de fútbol de Brasil. La voz del locutor llegaba tan entrecortada que era difícil enterarse de nada.

Tampoco había agua corriente. Se traía de la fuente, en cántaros, botijos y calderos. Las mujeres lavaban la ropa en el lavadero público o en el río. Las caballerías abrevaban en el pilón o bebedero. En casa no había cuarto de baño. No había ducha ni bañera ni retrete. Las necesidades se hacían en la cuadra, en la majada, en el pajar, en el corral o a la intemperie. No recuerdo que hubiera tampoco en el pueblo papel higiénico, un lujo que llegó mucho más tarde. Así que cada cual se las apañaba como podía. No había pasta de dientes ni champú. Debajo de todas las camas, eso sí, había un orinal.

En las casas no había calefacción. Sólo la lumbre de la cocina y el calor animal de la majada situada en los bajos. En el crudo invierno se calentaba la cama con la tumbilla -un calentador de cobre con rabo largo, lleno de brasas, o simplemente con el brasero entre las sábanas.

En Sarnago no había ningún coche, ni moto, ni carro, ni bicicleta. Se vivía como si aún no se hubiera inventado la rueda.

Todavía no se conocía el bolígrafo. Se utilizaba el lapicero y, en la escuela, la rudimentaria plumilla se mojaba en el tintero, encajado en el pupitre.

En fin, tampoco existía el plástico. No se conocía. No recuerdo ningún objeto de plástico. No había envoltorios de plástico. Nadie usaba bolsas de plástico. Tampoco se esparcían herbicidas ni pesticidas. Las malas hierbas se escardaban a mano. Y el aire, eso sí, estaba limpio.

 

 

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LOS OLORES DE LA INFANCIA

A Chiqui, que me ha dado la idea

 

Desde que nacemos, y, en cierta medida, desde antes de nacer, los sentidos nos asoman al exterior, nos comunican, nos relacionan y van tejiendo y orientando nuestras vidas. Al final somos lo que hemos visto, lo que hemos leído, lo que hemos tocado, lo que hemos amado, lo que hemos oído, los sabores inolvidables  y los olores que recordamos. Esa es la vida. Lo que recordamos. No hace falta acudir a Aristóteles para comprobar que los cinco sentidos son las puertas y las ventanas del conocimiento. Aquella música, las palabras de la madre, el grito de aquel hombre, el volteo de las campanas en la fiesta, la nevada primera, el paisaje del pueblo cuando encañan los trigos, el camino del monte y de los prados, el humo de la estufa de la escuela, el fastuoso cocido de la abuela, el roce de aquella mano en el recreo…

Admito que la vista y el oído me parecen los sentidos más imprescindibles. Por eso merecen todo mi asombro y admiración los ciegos y los sordomudos que salen adelante airosamente con estas privaciones. Me ocuparé hoy de los olores de mi infancia. El olfato es un sentido prodigioso, que nos sirve de guía, estimula el apetito y deja huellas imborrables dentro, en nuestra memoria. Por si alguien lo duda, ahí está la pujante industria de la perfumería.  No conviene infravalorarlo. En esto nuestros animales  nos dan vuelta y raya. Es un goce impagable observar el zigzagueo del perro de caza, con el hocico pegado al suelo rastreando la liebre movida en el ulagar o detrás del bando de perdices que han bajado del cabezo a la entrada del monte o tras la escurridiza codorniz en el rastrojo, hasta quedarse de muestra, quieto como una estatua, con el rabo extendido. En el lenguaje común recurrimos con frecuencia a expresiones como “me lo olía”, “esto me huele mal” y otras por el estilo.

Haciendo memoria, el primer olor de la infancia que me viene a la cabeza es el olor a pan recién cocido. Junto a la escuela y a unos pasos de mi casa, pegado a la plaza, estaba el horno de la tía Milagros, que llamaban “La Amasadería”. Era un horno comunitario, al que las mujeres llevaban a cocer las hogazas y las tortas amasadas en las artesas de las casas de cada una. Así que había hornada casi todos los días y el aire de la plaza y de todo el barrio olía siempre a pan y a la hornija quemada con la que la tía Milagros calentaba el horno. Por si fuera poco, pronto mi familia construyó nuestro propio horno en la entrada del corral enfrente de la puerta del portal, con lo que el grato olor a pan recién cocido penetraba en toda la casa.

Otro de los olores inolvidables de mi niñez es el de la majada en invierno: una mezcla inconfundible del olor animal compuesto por  la lana del ganado y el almizcle de los chivos, mezclado con el apestoso  sirle del suelo y el dulce aroma de la esparceta o el heno seco de los zarzos, todo envuelto en un vaho cálido, acre y pegajoso.

De la cocina destaca el olor a matanza. Las vueltas de chorizos colgados de las varas del techo, los jamones y los lomos, los témpanos de tocino de íntima… todo desprendía el aroma del pimentón de la Vera. Sólo de recordarlo me entra el apetito y veo los pucheros borbollando en la lumbre y el perfume del ajo y el pimentón en la sartén con aceite del trujal. El olor de los rosquillos, fritos en la sartén grande, en abundante aceite, y el aroma de las latas de magdalenas doradas en el horno del pan me trasladan en volandas a un día de fiesta.

Otro de los olores característicos de aquellos años es el de la iglesia los domingos. Olía a sudor campesino, a tabaco, a perfume barato, a jabón de racionamiento, a cera y a incienso.

El monte, a estas alturas del año, era una sinfonía de aromas. Me quedo con el dulce y pegajoso perfume de las estepas florecidas y el fuerte olor de los sabinos. Y del campo, el balsámico aliento de la tierra en otoño cuando la siembra. Siempre me acuerdo de unos rosales, los únicos que había entonces en el pueblo, que estaban en las herrañes y que conservaban todo el aroma original. Y de las plantas aromáticas llevo toda mi vida dentro el olor del tomillo, del romero y de las uñagatas o madreselvas silvestres.

Estos son los olores de la infancia que me han salido al encuentro atropelladamente. Con sosiego recordaré otros. A lo mejor los lectores pueden, con su experiencia, estimular mi memoria.

DE VUELTA Y MEDIA

Ya estoy de vuelta. No ha sido un largo viaje. Puede que nadie me haya echado de menos en este tiempo. Es como si me hubiera ido por tabaco o con el cántaro a la fuente. O, como mucho, de caza o a la feria del pueblo vecino. Pueden pensar, si quieren, que he estado jugando al escondite, como cuando éramos niños, o que me he escapado a la dehesa a buscar nidos. O acaso todo se deba a la necesidad de cambiar de aires o de cargar las pilas.  Lo que quieran. El caso es que llevo un tiempo sin aparecer por aquí y ahora vuelvo. Me he acordado de aquellos versos de Cernuda: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espere”. Yo no espero tanto. Me conformo con que en algún lugar, puede que en la humilde cocina de un pueblo semiabandonado, haya alguien que espere con curiosidad una nueva entrada de este blog. A ese, si existe en algún sitio, no puedo defraudarlo y le debo una explicación.

Es verdad que yo había observado en muchos de los seguidores habituales de “El canto del cuco” un evidente cansancio. Y a mí me pasaba lo mismo. Cansa seguir rebuscando en los rincones los restos mortales del mundo rural. Y tampoco levanta pasiones seguir denunciando hasta el aburrimiento, año tras año, sin ningún éxito, la muerte de los pueblos y la injusticia de la despoblación. El problema se ha convertido ya en negocio político y en aprovechamiento de oportunistas bien pagados -siempre los mismos-, que acaparan “jornadas culturales”, eventos oficiales y mesas redondas. Normalmente sin aportar nada de provecho ni distinguir el trigo de la paja. No deja de ser obsceno  aprovecharse del drama rural para ganar votantes, lectores o dinero. Personalmente prefiero no contribuir a semejante confusión. Esto explica, en parte, mi ausencia de este tipo de eventos y mi ausencia temporal aquí. Lo razonable era observar el panorama desde la distancia, reflexionar, atar cabos y volver con las ideas más claras. Por ejemplo, ahora le doy más importancia a la hacendera, el pasado domingo, día 2 de junio, en Sarnago, sin ayuda de nadie, que a las ostentosas jornadas sobre el mundo rural celebradas en Soria bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura.

También me he convencido de que el paraíso de la infancia no es recuperable, salvo en los cristales rotos de la memoria, que no es poco. Así que seguiré manejando estos cristales de la memoria, aunque sólo sea para recuperar aquel paraíso y compartirlo con los que tuvieron la suerte de habitarlo, como yo, y con los que, en esta era tecnológica y virtual, son aún capaces de soñar. Quiero decir que no me rindo. Volveré a reencontrarme con aquello y  seguiré desde aquí, como cuando entonces, contando al que quiera acompañarme el paso de las estaciones en las Tierras Altas y la eterna sucesión de la vida y la muerte.

Esta explicación no estaría completa si no dejara constancia, para general conocimiento, de que, entre las razones de mi injustificable ausencia, ha habido un libro, en el que he puesto todas mis complacencias, que acabo de entregar al editor y que me ha tenido completamente embebido en los últimos meses. Pero ya estoy aquí.

 

LA ESPAÑA VACIADA

Ha sido la mayor protesta del campesinado español desde la guerra civil. Puede que haya sido  la revuelta más significativa desde los comuneros de Castilla. Una manifestación pacífica, serena, valiente, multitudinaria, en el corazón de Madrid, “rompeolas de todas las Españas”. Las gentes  llegaron por todas las carreteras a la capital cargados de dignidad, sin actitud suplicante. Pedían justicia de buenos modos, como  acostumbra la gente del pueblo hasta que se le revuelven las tripas y se le sube la sangre a la cabeza. Me parece que falta poco para que esto suceda. Se equivocan los que desde los desvanes de la política y las salas de redacción piensan que se trata de una manifestación pasajera y hasta pintoresca, como cuando pasan las merinas por la Puerta del Sol.

Reproduzco aquí, corregido y aumentado, lo que escribí, en caliente, cuando llegué a casa, en el periódico “La Razón” para conocimiento general. Hay momentos en la vida en que conviene dar cuenta de uno mismo. Pienso que éste es uno de esos momentos singulares de la Historia en los que uno, cuando pasa el tiempo y observa las consecuencias, dice con orgullo a sus nietos: Yo estuve allí.

Era la primera vez que participaba en una manifestación desde mis lejanos años de la Universidad cuando nos enfrentábamos a la estrecha vigilancia de los “grises”. Acostumbro a huir del barullo y del alboroto. No suele conducir a nada. Pero esta vez tenía que estar allí, en la Castellana de Madrid, con la gente de la España olvidada, mi gente. Además de un legítimo desahogo después de tantos gritos desoídos, era una necesidad moral. No en vano pertenezco a la comarca de las Tierras Altas, de Soria, convertida en la más despoblada de Europa, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. Un desierto demográfico en lo que fue cabeza de la Mesta. Sé de lo que hablo. He visto de cerca cómo se convertía la patria de mi infancia en un cementerio de pueblos muertos, entre ellos el mío, a pesar de sus esfuerzos por sobrevivir. Y he escrito cientos de artículos y algunos libros sobre el final de la milenaria civilización rural. Así que tenía que estar allí, bajo la lluvia, acompañando a las gentes de la España vaciada, que no encontraban ni un urinario en todo el Paseo de la Castellana.

Había quedado con José Ángel González Sainz, Mercedes Álvarez y otros amigos, componentes del grupo más representativo de la cultura soriana, pero por más intentos que hicimos con los móviles fue imposible encontrarnos en medio de la barahúnda, la lluvia y el inevitable desorden. Pero es menester dejar constancia del compromiso total del mundo de la cultura soriana, en esta señalada ocasión, con las reivindicaciones del mundo rural. Algunos creemos que esta estrecha colaboración es imprescindible para el éxito de la operación.

La revuelta, montada por “Soria, ¡ya!” y “Teruel existe” ha encontrado una respuesta entusiasta en toda la España rural, poco dada, como yo, a las manifestaciones y los tumultos. Sólo piden justicia e igualdad ante los oídos sordos de los poderes públicos. Comunicaciones, escuelas, servicios sanitarios dignos…Lo importante es que esto nace desde abajo, sin ayuda de nadie. Pocas veces los presentantes de los partidos han sido tan orillados y pasados por encima con tanta educación. No eran bien vistos, y menos en vísperas electorales. ¿Qué han hecho por esta España rural, a la que ahora piden el voto? No es ésta la hora de exhibirse. Es la de pedir disculpas y arrimar el hombro. También  los medios de comunicación, que han vivido, como los políticos, de espaldas a este  problema crucial, que afecta además directamente a la vertebración de España. Ha sido más que abandono. Vaciar Castilla y Aragón, y sus alrededores, ha obedecido, eso pensamos muchos de los que íbamos el domingo bajo las pancartas,  a un estratégico propósito político de vaciamiento y desvertebración. De ahí la importancia de este levantamiento popular del 31 de Marzo.

Los impulsores de la revuelta repudian expresamente  lo de la “España vacía” y su lamentable interpretación del mundo rural como la España negra e inhabitable. Además, la expresión,  que ha tenido éxito,  enmascara a los responsables del vaciamiento. El vacío, como dice Machado, está más bien en la cabeza.

LA REVUELTA QUE VIENE

Mientras veía pasar las grullas esta mañana por el cielo azul, aún no contaminado del todo, de la orilla de Madrid donde vivo, me ha venido a la cabeza la trashumancia de las merinas en mi tierra, corazón de la Mesta, cuando los rebaños iban y venían por las cañadas al ritmo de las estaciones. Tan pronto como, en el otoño, soplaba el cierzo afilado y  antes de que la nieve blanqueara los cerros, las ovejas emprendían la ruta de Extremadura y las grullas dejaban las frías tierras del norte de Europa y seguían, por el aire, el mismo camino, compartiendo, grullas y ovejas, la invernada en las dehesas extremeñas. Con los primeros soles de febrero, cuando florece el almendro y la mimosa, las grullas emprenden el milenario camino del regreso, adelantándose a los pastores.

Pero de un tiempo a esta parte, apenas quedan rebaños que sigan la ruta de las grullas, ese ir y venir por el aire y las cañadas en busca de alimento. Ahora el silencio y la soledad  imperan  en aquellas sierras azules de mi infancia pobladas de pueblos muertos. El ruidoso y obsceno guirigay de los políticos, en vísperas electorales, se parece al gru-gru de las grullas que pasan de largo sobre el desolador paisaje de la España abandonada.

No sé cuánto falta para que, como está ocurriendo en Francia, la España rural, la de “las periferias lejanas”, como la llama el pensador Alain Finkielraut, se vuelva visible. Es la perdedora de la globalización y la víctima del abandono de los poderes públicos. Se está llegando al límite de la resistencia. La resignación se acaba. Me parece que en las provincias más castigadas por la despoblación ya han encargado los chalecos amarillos. Me acaba de llegar el anuncio al móvil. Me lo transmite José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación de Sarnago.  Copio el mensaje: “¡La Revuelta de la #EspañaVaciada ya está en marcha! “Teruel Existe” y “Soria ¡Ya!” convocamos una manifestación en Madrid el 31 de marzo a las 12 horas, a la que ya se han adherido catorce plataformas de todo el país. Vamos a exigir igualdad, cohesión y vertebración para los territorios con despoblación”. De momento se trata de hacerse visibles, después ya se verá. Personalmente no acostumbro a ir a manifestaciones. Pero esta no me la pierdo.

En Castilla la revuelta no es la revolución, pero se le parece, y si no, al tiempo. El contraste entre la obsesiva atención de los políticos y los medios de comunicación a las exigencias de la  España superpoblada y el olvido casi completo de la España despoblada, empieza a ser escandaloso. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que el hundimiento de la España interior, la España vaciada y envejecida, depositaria central de la historia colectiva, amenaza más la vertebración nacional que la revuelta reaccionaria e inútil de los payeses y los orondos burgueses de Cataluña. Dicho de otro modo: la despoblación y el desequilibrio demográfico creciente -la pérdida de población ha escalado ya, de forma alarmante, hasta las capitales de provincia del interior y las cabeceras de comarca- tendría que ocupar en las próximas campañas electorales el primer punto de los programas y la razón primera en la decisión del voto. Los de Soria y los de Teruel ya se han puesto manos a la obra. Como dice Diderot, “la revolución que se retrasa un día quizás no se haga nunca. Apliquen el cuento a la revuelta que viene.

VIAJE EN TREN

La última vez que viajé a Soria en tren era verano y llegué de noche. Fue hace tres o cuatro  años y me hice el firme propósito de no volver a repetir la experiencia. Y lo he cumplido. Fueron, desde que salimos de la estación madrileña de Chamartín, casi cuatro horas de traqueteo, a una media de menos de sesenta kilómetros por hora. Pero lo peor fue el tramo final del recorrido desde que abandonamos la provincia de Guadalajara.  Al final, me quedé casi solo en el vagón, con una señora mayor enlutada y un agente de seguros. El tren, perdido en la noche, sin una referencia luminosa a la vista,  iba dando saltos y contorsiones. Llegué a pensar que en cualquier momento se pararía al pasar por la pradera de las brujas en Barahona y nos dejaría allí tirados.

Luego me enteré, por un letrero de Renfe en la estación, de que íbamos por una ruta inusual, una vía que nadie había arreglado desde antes de la guerra, porque estaban reformando la otra, la habitual. Supongo que es así. Pero lo cierto es que para viajar de Madrid a Soria en tren se sigue tardando más que a Zaragoza y casi tanto como a Barcelona o Sevilla. He aquí una de las razones por las que esta provincia se queda vacía. El servicio ferroviario es tan malo, si no peor, que a Extremadura, que ha tenido que alzar la voz últimamente por una serie de graves percances. Nadie pide un ave, ni falta que hace. Basta con un tren en condiciones, a la altura del siglo XXI.

Un corresponsal amigo, de origen extremeño, pero vinculado a Soria, me acaba de hacer llegar una información sobre la historia ferroviaria de esta provincia, de la que me voy a hacer  brevemente eco aquí. En 1985 el Gobierno, para ahorrar gastos, cerró las dos líneas trasversales que cruzaban la provincia. Dejó sólo la que va a Madrid, que, como queda dicho, ha seguido desde entonces en un lamentable abandono. Desde la famosa llegada del “rápido Ter” hasta hoy, la cosa no ha mejorado ciertamente. Ni hay mucha diferencia, en rapidez, con los viajes en tren de Antonio Machado –“siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera”. Con qué sorna acaba el poema: “El tren camina y camina, / y la máquina resuella,/ y tose con tos ferina. /  ¡Vamos en una centella!”. Aquellos trenes de humo y carbonilla eran más divertidos. Y más humanos. Por lo menos, adornaban el paisaje. Yo los vi con nieve en la estación de Soria con letreros en ruso cuando rodaron “El Doctor Zhivago”. Alguien escribió por entonces, en tiempo de Franco, con grandes letras en la tapia de la estación: “Viva Soria, libre”.

Decía que el Gobierno socialista se cargó las dos líneas ferroviarias trasversales. Una iba de Valladolid a Ariza y por ella circulaba el famoso “Shangay” de La Coruña a Barcelona y, sobre todo, los trenes de mercancías. La otra, que iba de Burgos a Calatayud, inaugurada en los años 30,  formaba parte del famoso proyecto Santander-Mediterráneo, una brillante idea de futuro, abortada por intereses bastardos y políticos incapaces. Mi interlocutor concluye: la salida de la madera de la comarca de Pinares se quedó sin transporte y los sorianos, sin manera de ir a coger el ave a Calatayud. Ni siquiera han puesto una conexión por carretera a pesar de infinidad de peticiones. Llegado a este punto, uno se acuerda, como una metáfora del abandono, de la casa del jefe de  estación de La Rasa, donde vino al mundo Marcelino Camacho, fundador de Comisiones Obreras, ahora cerrada y vacía. Allí pasó su infancia el entrañable sindicalista oyendo por la noche el pitido lejano del tren y el chirrido a su paso por la estación. Ahora sólo queda el silencio.

 

QUERIDOS REYES MAGOS

Como estos últimos años, no me resisto a escribiros mi carta. Me considero un privilegiado de seguir creyendo en vosotros como cuando era niño. Sé que sois santos y que habitáis más allá de las estrellas. Estoy convencido que, cada año, en vuestra fiesta, tenéis el privilegio de bajar a la tierra y alegrar el corazón de los niños, de los padres y de los abuelos. Como seres santos y mágicos poseéis la facultad de estar en muchos sitios a la vez y de sembrar ilusión y esperanza en los que contemplan las innumerables cabalgatas por muy comerciales y estrafalarias que sean. Me imagino que os da la risa ante tanta ignorancia y despropósito. Sobre todo a Baltasar, que siempre he pensado que es el más divertido de los tres.

A estas alturas de mi vida no os voy a pedir nada para mí. Ni siquiera para mi familia. Os aseguro que me mueve a escribiros una inquietud profunda. Algo que no se me va de la cabeza. Supongo que observaréis cuando crucéis el centro de España en vuestras cabalgaduras especiales la soledad y el tremendo silencio de los pueblos de vuestro recorrido. En muchos de ellos no saldrá humo de ninguna chimenea ni habrá un niño que ponga esta noche las botas en la ventana esperando vuestros regalos. Los pocos vecinos que quedan en los pueblos que aún sobreviven han perdido hace tiempo la fe en las promesas de los políticos y de los Gobiernos. Han llegado a la conclusión dolorosa de que esto no hay quien lo arregle. He pensado que vosotros podíais echar una mano. Sois la última esperanza. Por eso os escribo esta carta. En la ventana dejaré mi petición, con la esperanza de que alguno de vuestros pajes os la entregue. Se trata del recorte de un artículo que acabo de escribir en el periódico. En él  digo todo lo que pienso. Es mi carta de este año. Espero que la leáis con atención y actuéis en consecuencia, si está en vuestra mano.

El día de los Inocentes hubo en Soria una protesta general, de la que la prensa nacional no dio noticia. Miles de sorianos, convocados por la plataforma “Soria, ya”, se echaron a la calle de forma pacífica exigiendo que los políticos dejen de tomarles el pelo y cumplan de una vez sus promesas. Fue una gran demostración cívica, un acontecimiento de alto contenido social. En las iglesias repicaron las campanas acompañando a los manifestantes, que ocuparon todo el centro de la ciudad, desde El Collado a la Dehesa. Fue como un toque a rebato. Nunca  se había visto nada parecido en una provincia tan sufrida,  paciente y silenciosa. Si esto hubiera ocurrido en Cataluña, las imágenes de la multitud enarbolando monigotes blancos habrían abierto los telediarios. No es extraño que la preterida España interior se sienta olvidada y herida en su honor y  dignidad. “¿Qué tenemos que hacer para que se nos escuche -me decía el cura Martín-, quemar cubiertas, montar barricadas…?”

Me parece que  en esta España interior, convertida en un desierto demográfico, se ha llegado al límite de la paciencia. Y pocos observadores se dan cuenta. Luego pasa lo que pasa.  La desesperación se notará pronto en las urnas. La despoblación y el escandaloso desequilibrio demográfico es el principal problema nacional al comienzo de 2019. La comunidad histórica de Castilla resulta la más perjudicada. Le sigue la comunidad histórica de Aragón. Nada es casual. La sensación de abandono por parte de los poderes públicos, desde hace décadas, está muy arraigado. El vaciamiento intencionado  del centro, menos Madrid,  está conduciendo a la desvertebración de España. La muerte de los pueblos debería ser la noticia del año.

Soria, donde Castilla pierde su nombre, es, en sí,  la mejor metáfora del desamparo. En esto se lleva la palma. Es la provincia más despoblada y envejecida  de España, con poco más de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. El 94 por ciento de sus pueblos están en riesgo extremo de desaparecer. Es natural que los sorianos estén hartos de promesas e inocentadas. Esperan años la autovía del Duero o la de Navarra. No saben cuándo disfrutarán de un ferrocarril del siglo XXI o cuándo llegará la banda ancha. Están cansados de que los lleven a Valladolid  si caen enfermos. Les duele que cierren las escuelas. ¿Dónde están los 80 millones del prometido “Plan Soria”? . Etcétera. Por estas cosas “Soria, ya” viene batallando honradamente desde 2001 y los jóvenes han entrado al relevo. “Soria no se muere -han dicho el día de los Inocentes-, a Soria la están matando”.

(Supongo que os llegaron noticias, cuando tuvisteis que salir aquella noche de Belén a uña de camello, de la orden del pérfido Herodes de matar a los inocentes. Ahora, como  veis, están matando a los pueblos. Herodes hay muchos en este mundo dejado de la mano de Dios.  No hay derramamiento de sangre, pero la historia se repite. Echadnos una mano)

NAVIDAD 2018

Un clamor se ha oído en Ramá,

Llanto y lamento grande:

Es Raquel que llora a sus hijos,

Y no encuentra consuelo,

Porque ya no existen.

(Jeremías, 31, 15)

 

II

 

El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto. Permanece allí hasta que te avise. Porque Herodes busca al niño para matarlo”. José se levantó. Aún era de noche. Tomó al niño y a su madre, y huyó a Egipto.

(Mateo, 2.13)

 

III

 

Este inquietante año que concluye es el año de las mujeres, que defienden la dignidad humana que nunca debieron haber perdido, en igualdad de condiciones con los hombres. Sigue el llanto por las mujeres violadas, sojuzgadas, maltratadas, despreciadas o asesinadas. Este ha sido en 2018 el gran grito de la humanidad. El grito de Raquel que viene de lejos. Y es el año de las grandes migraciones , que huyen del hambre, de la persecución  y de la guerra. Y se juegan la vida en el camino.

La primera felicitación de esta Navidad me ha llegado por watshapp. Es una estampa con tres figuras humanas  que van de camino. Me viene con un escueto y, hasta cierto punto, enigmático comentario: “La historia se repite; no aprendemos”.  Es de noche y, a pesar de eso, siguen de camino. El camino se adivina escabroso. No se distinguen los perfiles ni las orillas. Como si avanzaran trabajosamente entre la maleza. Hay luna llena, pero ello no impide que en el cielo brillen un montón de estrellas diminutas. Como se ve, todo es un poco naif.

El hombre y la mujer son jóvenes, morenos, de rostro agradable. Parecen hispanos. Él tiene bigote, un bigote fino, y lleva una visera barata. Viste vaqueros y una camiseta amarilla de manga corta. Calza zapatillas muy desgastadas. Lleva a la espalda una mochila. Con la mano derecha extendida parece que va separando obstáculos y con la izquierda, que pone delicadamente en la espalda de ella, trata de ayudarla. La mujer también viste vaqueros, calza chanclas y, colgado del hombro, envuelto en un chal morado, carga con el niño, que también es moreno y va descalzo. La madre porta en cada mano una pequeña bolsa de color naranja. Uno sospecha al verlos, sin miedo a equivocarse, que hace días que han salido de su casa y que en la mochila y las bolsas llevan todas sus pertenencias.

Mirándolos bien, parecen mexicanos; pero lo mismo podían ser guatemaltecos, hondureños o acaso venezolanos. Se ve a la legua que han dejado atrás su tierra y que tienen prisa por llegar. Si no, no caminarían de noche. Aunque también pudiera ser que  anden de noche para no ser localizados o para evitar el tremendo calor del desierto. Eso explica que vayan tan ligeros de ropa, sin abrigo. El rostro de la mujer desprende serenidad. Al hombre se le ve decidido, pero intranquilo y preocupado, como si les amenazara algún peligro. Puede que estén ya cerca de la frontera. Una luz misteriosa, a pesar del evidente desamparo, ilumina a los tres. Cada uno de ellos lleva detrás de la cabeza una aureola dorada y luminosa, como las que se ven en los iconos de las tablas bizantinas. En el centro de la aureola del niño figura una cruz de rojo intenso con las letras alfa y omega. Su identidad parece, pues, fuera de duda, sin necesidad de que nos enseñen el pasaporte. No llevan visado. Así que milagro sería que, cuando esta noche lleguen a la frontera, les dejen pasar los guardianes fronterizos.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS SEGUIDORES DE “EL CANTO DEL CUCO”!

 

EL CHOPO

Yo tenía un chopo en mi jardín. Al atardecer estorninos y gorriones venían a dormir en sus ramas más altas, pregonando su secreto a los cuatro vientos. Por la mañana pronto, en el buen tiempo, las torcaces en celo se citaban en él, zureando entre el verde follaje. Más de un año las palomas bravías construyeron allí su nido elemental. El árbol servía, sobre todo, de tribuna privilegiada de los mirlos cantores en primavera. Las ruidosas urracas también hacían parada habitual y no era extraño observar en sus ramas bajeras al petirrojo, el pinzón o la curruca. Era un “populus simonii” de crecimiento rápido. Lo planté con mis propias manos hace algo más de un cuarto de siglo. Se había hecho gigantesco. Con sus treinta metros de alto, sobrepasaba ampliamente el tejado del vecino como si quisiera tocar con su copa las estrellas. En la corteza de su tronco, como huellas del tiempo, aún se notaban las señales que marcaban la estatura, cuando eran niños, primero de los hijos y después de los nietos.

El chopo era mi primera visión del día. Cuando me levantaba de la cama y me asomaba a la ventana, él estaba allí, enfrente, con una lealtad absoluta, esperando, como una llamarada de vida y esperanza. Aseguro que su verde y alegre visión me ayudaba a levantar el ánimo si andaba decaído. Cuando los hijos se fueron y la casa empezó a quedarse vacía, el árbol hacía compañía a su manera. Era como una invitación permanente a perderse en la Naturaleza. La Naturaleza salía al encuentro en la misma puerta de la casa. O mejor, dentro de casa, porque el árbol se había convertido en parte esencial de la casa y de su ecosistema. Él se ocupaba, sobre todo, de limpiar el aire. A mí me gustaba escuchar el rumor de sus hojas movidas levemente por el viento. Hacía que me reencontrara con mis orígenes rurales. Recreaba a su lado los chopos del ejido, los arces de la dehesa, los robles de los prados o los familiares olmos de las herrañes. Más de una vez, sin que me viera nadie, he abrazado su poderoso tronco. Y aún está, ahora mismo mientras escribo, el pequeño jardín cubierto de sus hojas caídas, que forman una espesa alfombra olorosa. Me gusta pasear sobre ellas y me estoy resistiendo a rastrillarlas.

Hace una semana, cuando me desperté y abrí la ventana, sentí un escalofrío. Un vendaval había desgajado de madrugada el chopo y la mitad del árbol aparecía caído sobre la valla del vecino. Estaba aún levemente colgado del tronco principal, como si se resistiera a morir. Aseguro que he visto estos días un inhabitual cortejo de pájaros sobre el ramón tronzado, como si quisieran despedirse del árbol. La parte del “simonii” que se mantenía en pie aparecía desequilibrada. Era un peligro manifiesto. Cuando lo vio el técnico arbolista, certificó su tala. Acudí al Ayuntamiento y solicité la autorización. Pagué la tasa correspondiente, y esta mañana los técnicos, en un espectacular ejercicio de equilibrio y precisión, han escalado hasta la copa y, `paso a paso, de arriba a abajo, lo han tarazado. Ha muerto de pie, herido por el viento, como tiene que ser. La operación ha durado cinco horas. Después se han llevado los despojos a un centro de tratamiento de residuos vegetales. Me asomo ahora al jardín y está vacío. Sólo me queda pasear esta noche sobre las hojas secas.

“ESPAÑA 2018”

Me permito reproducir hoy aquí , sin poner ni quitar nada, el artículo que he publicado en el diario “La Razón” por si puede ser de interés para los seguidores de “El canto del cuco” de dentro y de fuera de España. Pretendo buscar la luz en un callejón sin salida a la vista.  Ocurre que cuando más se habla, se montan  comisiones oficiales, se multiplican los congresos y los encuentros de expertos y se ponen sobre la mesa medidas contra la despoblación, más avanza ésta arrasando pueblos y aldeas, que quedan vacíos. ¿Qué está pasando? Aquí trato de ofrecer una explicación, no sé si convincente, al aparente contrasentido.

Hace cuatro años el Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), del que forman parte las 18 principales empresas del IBEX, elaboró un sesudo informe titulado “España 2018”. Los grandes hombres de negocios aseguraban que, en este plazo, con sus medidas bajaría el paro al 11 por ciento. Entre las propuestas para crear dos millones y pico de puestos de trabajo figuraban algunas que amenazaban la existencia de centenares de pueblos y aldeas. Se trataba de sacar de una vez a España del atraso secular y colocarla a la cabeza del progreso. Seguramente era una aportación realista y bien intencionada, elaborada por expertos de primer nivel, pero sin olvidar, como dice Arthur Miller, que “los que aman el dinero no lo regalan”. Capitalismo puro y duro.

Ahora es la hora de hacer balance. En este cuatrienio ha aumentado el empleo, aunque no tanto como ellos soñaban, y en lo que hace al mundo rural, sea por sus consejos o por la desidia programada de los poderes públicos, se han salido de lleno con la suya. El balance, cuatro años después, no puede ser más demoledor. La despoblación de media España ha avanzado sin control, arrasadoramente, como una catástrofe natural, y se ha convertido en el principal problema nacional.

La aportación política original que los hombres del dinero ofrecían al desarrollo rural, pensando siempre en la economía, consistía en aumentar el tamaño medio de los municipios para ahorrar seis mil millones de euros al año. Y en eso se está, me parece. Vamos a la concentración de ayuntamientos, con apoyos y estímulos de todo tipo a las cabeceras de comarca, y liquidación de los pueblos y aldeas de alrededor. ¡Que descansen en paz bajo las ruinas! En realidad, nada nuevo. Es un impulso a lo que ya se viene haciendo. Los pueblos sobran. Su mantenimiento es caro. Acabemos de una vez con ellos. Esa es la consigna. Convirtamos la España interior en un gran parque nacional, una reserva para turistas, un gigantesco coto de caza… Retiremos los servicios. Cerremos las escuelas. Liquidemos de una vez la maldita, milenaria y atrasada civilización rural. Demos paso a la cultura de la ciudad. Es el progreso. ¿Qué valor tiene en Bolsa la tradición o el alma de un pueblo? Ya lo sabemos: la de todos los pueblos juntos condenados a morir, ¡seis mil millones al año! ¿Cuánto pesa el alma de un pueblo, oculta bajo las ruinas? ¡Qué más da!

La “España 2018”, perfectamente diseñada hace cuatro años, nos deja un paisaje desolado de pueblos muertos.