El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

REENCUENTRO CON UN DIARIO DE LA INFANCIA

(No sé si esta entrada tan larga y tan especial despertará algún interés entre los asiduos del blog. Se trata de la conferencia que di el día 4 de agosto en el Centro Internacional Antonio Machado de la Fundación Duques de Soria. Fue el cierre del ciclo sobre “Literaturas laterales. Los diarios literarios”, bajo la iniciativa de José Ángel González Sáinz en colaboración con la Universidad de Alcalá, representada por el profesor Antonio Fernández Ferrer, director del curso. Esto me dio ocasión para reflexionar sobre mis libros de la Alcarama, especialmente sobre “El caballo de cartón”, y hacer una especie de confesión general. Es como si me hubiera desnudado por dentro. Juzguen ustedes, si tienen la paciencia de leer hasta el final).

Comenzaré, para entendernos, con un toque de realismo mágico. “El caballo de cartón” empieza así:

Al entrar en el pueblo me pareció oír el relincho de un caballo. Era imposible. Hacía muchos años, desde que murió el pobre Aurelio, el último vecino, que en el pueblo no quedaban caballos. Ni machos, ni burros, ni ovejas, ni cabras, ni gallinas. Nada. Por no quedar no quedaba un alma (…) Pero yo juraría que justo al entrar en la plaza había oído el relincho inconfundible de un caballo. -¿Has oído eso? -No,¿qué? -El relincho.-¿Qué relincho? Mi hermano parecía extrañado. Me callé, pero estaba seguro de que un caballo había relinchado cerca. Es más, el sonido animal procedía, según mis cálculos, de la cuadra de la casa abandonada donde nací, que estaba justo enfrente. Como si la vida echara marcha atrás y todo comenzara de nuevo, como si siguieran allí el “Tordillo”, el “Castaño” y el “Lucero”, los tres caballos de mi abuelo con los que conviví de niño”.

La siguiente escena es en el somero de la casa. Yo me pongo a rebuscar detrás de un arcón de nogal con libros eclesiásticos antiguos. Una repentina curiosidad o una fuerza extraña me lleva a remover el cabecero redondo pintado de verde manzana que había permanecido allí desde siempre adosado al rincón más oscuro del desván. Y allí sigue, por cierto. Y mis manos tropiezan a tientas, envuelto en telarañas, con el caballo de cartón que me habían traído los Reyes de niño, con un aparejo de carne de membrillo, y que fue el regalo que más ilusión me ha hecho en la vida.

Lo saqué a la luz. Le faltaba una ruedecilla y tenía una oreja rota. El cartón-piedra estaba lleno de rozaduras, y sus colores originales -canela oscuro, con el cabestro verde y las crines y el rabo rojos- aparecían un tanto desvaídos tal como figuraban en mi último recuerdo. Lo acaricié. Volvíamos a encontrarnos después de tantos años por esas cosas inescrutables del destino (…)Más de sesenta años después, él seguía siendo el mismo y yo también.

Pero nada era ya igual. Todo había cambiado en el pueblo. Como tengo dicho, y para situarnos en el escenario de mis libros antes de seguir adelante, el día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber, no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Después las cosas empeoraron. Llegó primero la repoblación forestal y luego vinieron las máquinas, que hacían el trabajo de los hombres y de los animales, y, cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, poblado de fantasmas y de ruinas. Es verdad que ahora parece que revive, sin ayuda de nadie, pero toda la comarca de la Alcarama, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se ha convertido en un desierto demográfico, poblado de pueblos muertos. Ese es el escenario de mi literatura. Pertenezco a una generación-bisagra: he pasado del candil a internet, del burro al avión supersónico, de la Edad Media a la era tecnológica y a la posmodernidad. Y, en mis escritos, hago mío, aplicándolo al mundo rural lo que escribió Salvador Espriú: “Soy un trapero de la estúpida y dolorosa hora del desbarajuste, del estropicio, y ayudo a recoger las migajas y los pedazos”.

-¿Qué? ¿nos vamos? Se está haciendo tarde, sugirió mi hermano.

-Espera un momento; déjame echar ahí un último vistazo.

Decididamente esto no podía ser obra de la casualidad. El espíritu de alguno de los antepasados me había conducido ese día al pueblo, a la casa abandonada y a aquel rincón del somero.

Fue entonces cuando di, sin tener que rebuscar mucho, con la arqueta de madera, aquerada, en la que estaba, junto a otros recuerdos, como la foto de los niños de la escuela en la plaza con don Juan, el maestro, y la esquela mortuoria de mi padre, el cuaderno azul, con el diario que me aconsejó escribir mi abuelo Natalio en septiembre de 1948. “Escribe un diario -me dijo-, tu vida empieza a ser interesante”. No entendí por qué decía esto, qué tenía mi vida de interés. Yo iba a cumplir diez años y me habían propuesto unos días antes ir al seminario. Ni él ni yo sospechábamos aquella mañana de domingo en la herrañe de los olmos que iba a ser un diario efímero, apenas un diario de otoño y que un suceso inesperado acabaría con el diario y con mi infancia en el pueblo, dando un giro radical a mi vida. Mucho menos podíamos imaginar que sobre la plantilla de aquel breve diario infantil y siguiendo el calendario que él mismo siguió iba a recrear yo la vida y la muerte del pueblo, en un existencial reencuentro con las cosas y conmigo mismo, que me resultaría emocionante y a ratos doloroso.

De aquel cuaderno azul, de aquel diario inacabado arranca seguramente mi afición al periodismo y a la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno en torno a la lumbre de la cocina, con las úrguras ululando en la chimenea, aquellas noches blancas e inolvidables en las que mi madre nos leía a la luz del candil, a los dos niños y a los abuelos, capítulo a capítulo, el Quijote de hojas amarillentas en dos tomos y en rústica, que fue el libro de mi infancia. No sé si tiene también algo que ver con mi vocación de escritor una circunstancia personal curiosa. Que nadie interprete esto como un intento de compararme con ellos, dos monstruos de la literatura de nuestro tiempo. Digo que me ocurrió lo mismo que a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas-Llosa. También yo, como ellos, me crié con mis abuelos maternos. Pura coincidencia, pura curiosidad.

Este primer capítulo del “Caballo de cartón”, que es el libro más personal que he escrito -el único escrito en primera persona- y más cargado de sentimiento, en el que aparecen imbricados el ayer y el hoy, la fantasía y la memoria, la belleza y la piedad, que es, me parece, la mejor fórmula para escribir algo con interés literario, acaba así:

Con la arqueta debajo del brazo y el caballo de cartón en la otra mano dejamos la casa. Esta vez ni siquiera volví la cabeza hacia la cuadra cuando bajamos al portal. Caía ya la tarde, una de esas tardes de otoño serenas, sin viento. Una luz blanca, horizontal, bañaba suavemente la mampostería de las casas abandonadas. Un silencio mineral cubría las calles de pizarra, empedradas a trozos rudimentariamente. El coche nos esperaba en la plaza, al lado de la escuela. Guardé mis tesoros cuidadosamente en el maletero. Nos disponíamos a entrar en el coche cuando mi hermano se quedó parado como una estatua en medio de la plaza, escuchando atentamente. -¿Te quieres creer que me ha parecido oír el relincho de un caballo? -¡Bah, imaginaciones tuyas!, le respondí. Y no pude contener la risa.

Bien, y después de esta introducción, quiero poner de relieve que todos mis libros de la Alcarama, unos más y otros menos, tienen factura de diarios. En los cuatro sigo la huella del tiempo y de las estaciones, en las que en las Tierras Altas cambian por completo el paisaje , las ocupaciones y el humor de las gentes, el talante humano. He seguido en mis relatos el curso de las aguas, que, en gran manera, coincide en este caso con la ruta de la emigración; el paso de las nubes y de los pájaros, el santoral, el ciclo de la cosecha, pero sobre todo el calendario que, en resumidas cuentas, me ha servido en todo momento de orientación y de recordatorio. No tengo más remedio que reconocerlo. Me resulta natural, casi imperativo, acomodar mi literatura a este paso de los días, al paso del tiempo. O sea que las coordenadas espacio-tiempo marcan mis divagaciones literarias.

Estoy bastante de acuerdo con lo que dice Fenando Delgado en la contraportada de su libro “La mirada del otro”. “Nadie escribe un diario -dice- sólo para alimentar su propia memoria, aunque en ocasiones la alimente. Las más de las veces un diario se escribe para asegurarnos que hemos vivido o para hablar con nosotros mismos y confirmarnos. De todas maneras, me sigo preguntando si tiene verdadero sentido seguir escribiendo este diario y lo continúo inevitablemente, como una rutina necesaria, igual que un actor en un palco vacío que recita para sí un monólogo”. En mi caso, he de añadir que estos diarios han surgido espontáneamente como una necesidad interior, con ellos he re-vivido (he vuelto a vivir), pero lo más estimulante ha sido que, leyéndolos, otros confiesan que han re-vivido, han vuelto a vivir. Incluso han vuelto a leer. Nada hay más satisfactorio para un escritor.

En “Historias de la Alcarama”, escrito en segunda persona, en forma de cartas a Sara, mi hija pequeña, la orientación temporal aparece y desaparece, según conviene al relato. El calendario no marca los primeros capítulos -”Había una vez un pueblo”, “Como un río de sangre”, “La casa”, “La barbería del Cirilo…”, que sirven para situar al lector en el escenario; y no aparece hasta el capítulo séptimo con “Otoño en Sarnago”, sigue con “Cuento de Navidad”, “El esquilo”, la cosecha, etcétera, intercalando historias atemporales. Y cerrando el libro con una exploración geográfica y humana del contorno del pueblo, de los caminos de mi infancia, y concluyendo con el capítulo titulado “Aurelio, el último vecino”, que cierra lo que llamo el ciclo de la vida y de la muerte.

En las “Leyendas” la huella del tiempo y del paso de las estaciones, como referencia de fondo, en un plano secundario, también enmarca de algún modo las andanzas del buhonero y su hijo y las citas amorosas de Esteban y Gabriela. La novela -este es, de todos mis libros, el más cargado de ficción, el más estructurado técnicamente, inspirado en el ejemplo de “Mireya” de Federico Mistral- arranca en la noche de San Juan con el paso del fuego en San Pedro Manrique, se detiene en el “Día de los alardes” o fiesta de la trashumancia, en la primavera avanzada, describe después la siega y la recogida de la cosecha, observa la primera nevada y la matanza, y concluye en pleno invierno:

Cuando Esteban se despertó, rompía a amanecer y nevaba copiosamente. La nieve cerraba los caminos y ocultaba los tejados y las calles desiertas. El blanco sudario envolvía las ruinas de la iglesia y de las casas. Un silencio sepulcral rodeaba el pueblo, que estaba deshabitado desde hacía más de cuarenta años”.

El canto del cuco” es, de todos mis libros, el que es más genuinamente un diario. Cada capítulo lleva fecha. En el epílogo lo dejo claro:

He ido recorriendo ordenadamente –escribo- los meses y las estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy y anotándolo en mi diario, en mi cuaderno gris. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la belleza pintoresca y profunda de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la Naturaleza escondida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y marchar a la ciudad (…)

He tratado de rescatar el paisaje, que, como dice Amiel, es “un estado del espíritu”, y también las hermosas palabras del pueblo. Al final de cada libro, he puesto un glosario con ellas. (El paisaje y el tiempo son los vectores decisivos, creo, de toda mi obra). Pero también me he acercado, como no podía ser de otra manera, a los tipos humanos: El Aurelio, el último vecino, la Romana y el Zacarías de Valdenegrillos, la monja Juliana, el Calonge de San Pedro, el Cirilo, el barbero, el Isidro y el Moisés de Valdegeña, don Juan, el maestro, don Higinio, el médico, el tío Quirino, la tía Romualda, la bizmera, el Churrillo de Castillejo, el abuelo Natalio… Muchos de estos personajes saltan y reaparecen de un libro en otro.

Obsérvese el orden temporal, que empieza con el otoño avanzado: He contemplado la primera nevada, he asistido en la dehesa a la corta de la leña, he contado el amor de los abuelos con motivo de su santo el 1 de diciembre, he traído musgo para el belén de don Matías, he estado en la fuente la noche de San Silvestre en el sorteo de los novios, he pasado muchas horas en la cocina encendida, he vuelto a vivir la gran nevada -¡siempre la nieve!- he seguido en el cielo el paso de las grullas, he recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo, he plantado un huerto con mis manos, he subido por San Juan con la perdiz de reclamo hasta el chozo del cabezo, he bailado en la fiesta de las móndidas, he recorrido en agosto la rastrojera calcinada y he acarreado la mies por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, he contemplado el otoño dorado de Sara, he maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos, y, en fin, he propuesto, infeliz de mí, volver al pueblo.

Esta es, para que se hagan una idea, la aproximación personal al contenido de estos libros y su servidumbre del calendario. Ahora me ocuparé, como estaba previsto, del tema principal de mi intervención: “El caballo de cartón” o reencuentro con un diario de la infancia. Me parece que esta imbricación -un diario escrito hoy por la misma persona sobre un diario que escribió de niño- puede ser algo curioso y despertar cierto interés. Cuando el niño escribe en aquel cuaderno sus impresiones diarias está empezando a vivir: la vida le sale al encuentro, tiene toda la vida por delante; cuando ese mismo niño , ya mayor y cansado, vuelve sobre aquel diario, sabe que la vida se le acaba. Las sombras se alargan a su espalda. Sólo le queda la memoria. ¡Pero le queda la memoria! Y se agarra a ella. Lo único que puede hacer es echar la vista atrás y recrear aquella vida que empezaba, no sin cierta añoranza o melancolía. (Pero ¡qué difícil es tener que describir uno ahora las razones de su corazón y los desvaríos de su imaginación!).

El caso es que retorno al escenario de mi infancia y lo recreo sabiendo que aquello ya no existe, que el escenario aquel ha quedado vacío. Escribo entre un montón de muertos, que se han ido acumulando a lo largo de la vida. El mismo pueblo y los pueblos de la comarca están muertos. La comarca de las Tierras Altas, como ha dicho Avelino Hernández, es “un cementerio de pueblos”. Esa es la verdad. Mi literatura es un endemoniado juego de espejos: los espejos rotos de la memoria.

Pero volvamos al paisaje. El mundo campesino está acostumbrado a los planos lentos y a los planos largos. Y más en Castilla. Todo parece inmóvil en el pueblo, como si se pararan los relojes o se movieran sus manecillas muy lentamente. O para atrás, como en mi caso. Los hombres del campo tienen la mirada entrenada para ellos, para estos planos lentos y largos, casi inmóviles. Pero al mismo tiempo están acostumbrados a observar los detalles más pequeños. Esa es su especialidad. Y la desaparición repentina de una de estas mínimas referencias le desconcierta y hace que se desoriente o se pierda en el camino. Como dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, “la observación atenta y minuciosa de todo cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con la que contaban los campesinos. A su alrededor no había más que señales. Rastros y presagios. El movimiento de las nubes, el color de la hierba, el vuelo de los pájaros, la rama quebrada… Su ojo no descansaba. Su memoria tampoco. Un caudal de información que debía ser procesada lo antes posible. En ello les iba mucho”. Escribe también Badal: “La mirada del campesino era capaz de registrar un cúmulo de significaciones imperceptibles para los demás”. Pero “no veían el paisaje”. Su relación con el entorno era demasiado cercana y utilitaria. Con su trabajo perfilaba el rostro de la tierra y la tierra le moldeaba a él mismo. “El viajero de la ciudad sólo ve en el campo paisajes, que no son otra cosa que el resultado de nuestra mirada ajena. La mirada del campesino no tiene nada que ver con la del turista; mientras uno consume paisaje, el otro usa el territorio. Ambos alteran el entorno, pero solamente el campesino cambia con las transformaciones del lugar”. Observando un bellísimo atardecer rojo sobre las sierras azules, el campesino moverá la cabeza y dirá para sus adentros: “Viene la lluvia, mañana revuelve el tiempo”. Y ante la contemplación del trigal dorado, sólo pensará: “Esto está ya maduro para la siega”, y calculará las fanegas de trigo que dará esa pieza, si no viene antes una tormenta.

En estos libros míos procuro conjugar la mirada del campesino, que sigo siendo yo, con la del viajero o el escritor que contempla el paisaje desde fuera y se fija en la belleza del crepúsculo o del dorado campo de trigo, festoneado por las rojas amapolas del ribazo. Esa es la dificultad o acaso el mérito y la gracia de estos relatos, si es que tienen algún mérito o alguna gracia. No soy como el escritor que viene de fuera y escribe de paso sus impresiones. Estoy implicado en esto de lleno, lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los grandes poetas y escritores que han dejado huella profunda en Soria -Machado, Gerardo Diego, Bécquer- han venido de fuera, han observado el campo y han descrito el paisaje desde fuera, no han conocido la tierra como algo propio ni el lenguaje y el alma de los campesinos. Sencillamente porque ellos no han sido campesinos -en esto Miguel Delibes anda cerca-, aunque eso no limita la belleza de su obra. Por primera vez, ha surgido en nuestro tiempo una generación de poetas y escritores sorianos, de notable calidad, que sí han pisado la tierra y sufrido en su carne y en la de sus familias -por tanto, como algo propio- el tremendo drama de la despoblación y la consiguiente muerte de los pueblos y de una cultura milenaria. Sus poemas y sus relatos tienen esa peculiaridad. Juntan belleza y piedad o compasión. Dos de ellos, para mí los más relevantes, José Ángel González Sáinz y Fermín Herrero están esta tarde aquí en esta sala. Yo me apunto a entrar en la cuadrilla, aunque sea de mochilero.

Para que todos puedan hacerse una idea, repasaré ahora brevemente los principales episodios de “El caballo de cartón”. He de confesar antes, que aquellos elementales relatos del cuaderno del niño los he pulido un poco -tenían hasta faltas de ortografía- y en no pocos casos los he podado y he suprimido repeticiones, les he dado un cierto toque literario. Al fin y al cabo, sólo eran la ilustración o punto de apoyo o punto de partida de mi relato en buena parte autobiográfico, el hilo conductor, el pretexto y el resorte para evocar la vida en el pueblo y en sus alrededores durante la posguerra, con el recuerdo vivo de la madre, los compañeros de la escuela, la emoción de la caza, el paisaje, el lenguaje, la siembra, el trujal, la nieve -siempre la nieve- y, con un indudable suspense, el suceso y el desenlace.

Es una mezcla de realidad y ficción. Eso ya no extraña hoy a nadie. Como decía García Márquez, la vida es lo que se recuerda para contarlo. Es lo que hago, plenamente consciente de que la memoria es quebradiza y que la imaginación deforma o adorna la realidad. En todo caso, hoy la realidad y la ficción se confunden cada vez más. La ficción se convierte en realidad y la realidad, en ficción. Son indistinguibles en los tiempos de la posverdad y del espectáculo permanente, de la vida real y la virtual. Estamos en el mundo de la comunicación global. “Somos series, videojuegos, películas”, ha dicho alguien.

El caballo de cartón” tiene mucho de autobiografía novelada, o de ficción autobiográfica. Empezando por el mismo reencuentro con el cuaderno azul del diario en el somero de la casa de Sarnago, que es, como habrán supuesto, -lo confieso en público por primera vez- mucho más ficción que realidad. En “El caballo de cartón” los textos del diario del niño aparecen en cursiva.

Con estas aclaraciones que considero pertinentes, y para no perderme en más disquisiciones, vamos a hacer el recorrido, si quieren acompañarme, por sus páginas con algunas paradas imprescindibles. He pensado que lo mejor que puedo hacer aquí esta tarde es seleccionar algunos episodios o fragmentos del libro confiando en que así puedan hacerse una idea de conjunto, dando pie a que cada uno saque sus propios conclusiones, que esa es la función crítica de la tarea universitaria.

El niño, que soy yo -y hasta me reconozco en la letra del cuaderno escrito a lápiz- empieza su diario el 25 de septiembre, con una descripción del otoño en el pueblo, que le había mandado el maestro en la escuela. Describe con detalle cómo era entonces la vida del pueblo en otoño. Me permito leer este pasaje inicial del cuaderno azul. (Obsérvese en la descripción el lenguaje práctico o utilitario del campesino):

Es el final del verano, de la cosecha y de las fiestas. Hay que volver a la escuela. Hay que sacar las patatas de la huerta, con el arado abriendo los surcos y dejándolas al descubierto. Es el tiempo de la siembra y de la recogida de las bellotas y de las frutas silvestres:grosellas, moras, endrinas, bizcobas, calambrujos, gayubas y maguillas. Las alamedas se ponen amarillas antes de quedarse desnudas y los robles del monte se ponen del mismo color que los cazos de la espetera de la cocina (Es casi la única concesión literaria, junto con la confesión de la tristeza de los días grises). Ayer fui con los tíos al monte a por estrepas. Un día de estos cortaremos la leña de la dehesa. Resonará en el monte como cada año el sonido seco de docenas de hachas golpeando los troncos. Es también el tiempo de la caza, que es lo más divertido del otoño. Y de los muertos, que es lo más triste. Pronto empezarán a parir las ovejas y por los Santos caerá la primera nevada, soplará el cierzo y se amontonarán las nubes en la Alcarama. Entonces comenzarán las matanzas. En el otoño celebramos el cumpleaños de mi madre, mi hermano, los abuelos y yo. Eso compensa los días grises, que me ponen triste.

En los días siguientes el niño va contando en el cuaderno lo que le pasa. La muerte de Gandhi, “un hombre bueno, que se vestía con una sábana y llevaba detrás una cabra” -la noticia se la da el abuelo-, el encargo de llevar a San Pedro la cochina a macho, arreándola por el camino con una vara de mimbre; y la escapada a la pieza de la Cereda donde los tíos están sembrando. Esto me hace a mí ahora evocar la irresistible llamada del campo:

Oler la tierra recién abierta por la reja del arado, sentir la alegría de los perros al verte, acariciar las orejas y la testuz de los caballos, observar al sembrador esparciendo ritualmente la simiente en la barbechera, oler el mineral en el aire, dejarse envolver en el silencio y en la luz dorada de la tarde, contemplar las sombras apoderándose de los valles y barranqueras, escuchar en la lejanía las esquilas de los rebaños volviendo lentamente a la majada (…), observar la geometría de los surcos de la pieza recién sembrada…El otoño era más vistoso y llamativo en el monte, en el robledal, en los arces de la dehesa y en las choperas de los barrancos; pero su belleza era más íntima y profunda , hasta más lírica, en el raso: lomas peladas y desnudas, que se pierden en los montes azules, casi en el infinito, un paisaje serio, elemental, sin un adorno superfluo, sin un árbol, humildemente pardo…

Después, la caza. Un día de caza era el colmo de la felicidad. Un breve fragmento:

-¡Cuidado -advirtió el tío Co desde la crestería, a cincuenta metros del castillo-, la perra anda picada.

El tío Sotero se adelantó corriendo con el cuerpo inclinado hacia delante hasta situarse encima del ribazo. Yo le seguí. El Ton, al ver animada a la perra, irrunpió sin miramientos en el escenario. El corazón empezó a palpitarme con fuerza. Pasaron unos segundos. Los perros zigzagueaban como locos entre las ulagas con el morro pegado al suelo. Hasta que el Ton, que no era muy ladrador, soltó un ladrido seco y apagado.

-¡Mírala!

La liebre dobló el costero del ribazo y enfiló cuesta arriba por las lajas, seguida de cerca por el Ton y la Canela. El tío Sotero apuntó y disparó cuando transponía.

-¡A criar! Iba lejos la cabrona y los perros demasiado cerca. Cuidado arriba, por si la vuelven los perros.

El tío Co se puso en guardia con la “tuerta” sin perder de vista la vereda del monte. El ladrido de los perros se oía cada vez más lejos. La Canela volvió pronto chorreando sudor, con el rabo caído y aire de fracasada. Pero el Ton siguió a la rabona unos minutos más. Sus ladridos entrecortados volvieron a oírse cada vez más cerca.

-Le ha hecho un marro y vuelve a la querencia -dijo en voz baja con nerviosismo el tío Sotero, mientras avanzaba agachado hasta las lajas.

Pasaron unos segundos tensos y se oyó un disparo seco arriba, detrás del teso. El perro dejó de ladrar. Buena señal…Nunca había visto al tío Co tan orgulloso como en aquel momento, encima del orillo, con su metro sesenta escaso de estatura y la liebre en la mano, que pesaba más de dos kilos, cogida de las orejas con la punta negra, y que mi hermano guardó enseguida en el morral.

-¡Joder con la “tuerta”! -exclamó el Santiaguillo..

-Esto se merece un trago -propuso el tío Sotero.

O la emoción de un viaje. En este caso a los pueblos riojanos de la vega del Alhama, donde había olivos y frutales. Así lo recuerdo en “El caballo de cartón”:

Yo sentía una curiosidad casi enfermiza por cualquier novedad. Me interesaba vivamente por las cosas aparentemente insignificantes como visitar por primera vez un pueblo vecino, descubrir un paisaje, contemplar un escaparate iluminado con luz eléctrica o simplemente ver un coche, observar un río más caudaloso que el regato de Sarnago, cruzar un puente de varios ojos, escuchar el ruido de un molino, contemplar vides, olivos o árboles frutales…Esto último me parecía el colmo del progreso y de la felicidad, y sentía envidia. No es extraño que el interés por lo desconocido, la búsqueda constante de los nuevo y este asombro que movía mi vida quedaran fielmente reflejados en el cuaderno de mi “Diario”.

Tampoco es extraño que la feria, que es la siguiente hoja del cuaderno, fuera para mí uno de los acontecimientos del año. Un breve fragmento:

A la gran explanada acudían por todos los caminos desde el punto de la mañana los arrieros, tratantes, cochineros, buhoneros, hueveros, amolanchines, pelotaris, fruteros, capadores, guarnicioneros, charlatanes y estraperlistas, que coincidían con los vecinos de los pueblos de la comarca, vestidos con la ropa de los domingos, ellos con la boina nueva y ellas con el pañuelo floreado de fiesta en la cabeza. Los puestos de fruta, procedentes de la vega del Alhama, transportada durante toda la noche a lomos de caballerías por lo pedregosos caminos del monte, que a trechos se confundían con sendas de cabra, se mezclaban con los cajones de los cochinos de siete semanas, las puntas de borregos, los cabritos atados de las cuatro patas, las jaulas de los pollos, los inquietos potros, los muletos y los mansos borricos. Los animales y los seres humanos convivían en buena armonía, el bullicio humano se mezclaba con los sonidos de los animales y el constante chirrido metálico de la fragua, el suelo se poblaba de sirle y cagajones y un fuerte olor animal invadía el aire del mercado, en el que destacaban por su blusa negra y su movilidad los tratantes y los cochineros.

Me detendré un poco más en el capítulo titulado “El pueblo” que viene a continuación. Creo que es la distinta visión del pueblo la que explica mejor la conjunción entre el diario de la infancia y la posterior evocación. Así que ofreceré tres planos significativos sobre el pueblo, el lugar de mi vida, de mis relatos y de mis divagaciones. Tomo el primero del arranque de mis “Historias de la Alcarama”. Se titula “Había una vez un pueblo” y empieza así:

Había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar privilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda. En cada una de las cuatro entradas del pueblo había una cruz coincidiendo con los cuatro puntos cardinales. Al norte, la cruz del Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Valdenegrillos, y al oeste, la cruz de la Villa. Hacía mucho tiempo que las cruces habían desaparecido, pero los cuatro puntos seguían llamándose así. Y no me extrañaría nada que el pueblo estuviera guardado por cuatro ángeles. Las almas de los muertos y los animales convivían en buena armonía con los seres humanos vivos. Cada alma disponía de una vela encendida en el lucernario de la iglesia, además de un año de luto riguroso, y cada animal ocupaba dentro de la casa el lugar que le correspondía. Ese era el orden establecido que se cumplía rigurosamente aunque no figurara escrito en ningún sitio. Hasta donde se me alcanza, lo mismo ocurría en los demás pueblos de la comarca; pero fuera por lo que fuere, Sarnago ejercía para nosotros, los nativos, un atractivo especial.

Ahora la visión del niño. Tal como él lo ve el día 8 de octubre de 1948 en su cuaderno:

Sarnago es un pueblo de cincuenta vecinos, con dos anejos: Valdenegrillos y El Vallejo. Está en una ladera al pie de la Alcarama. Es como un balcón desde el que se divisan más de veinte kilómetros a la redonda. Mirando hacia el norte y el este se ve el monte, y hacia el sur y el oeste, el raso. Todos los vecinos del pueblo, menos el maestro y el sacerdote, tienen tierras y ganado; pero todos son pobres. Las casas son de piedra y las calles no tienen nombre porque aquí nos conocemos todos. Están empedradas a trozos, aunque hay muchas piedras sueltas y se ve la pizarra. El pueblo se divide en el barrio de arriba, barrio del medio y barrio de abajo, y en lo alto está la iglesia, la fuente y el juego-pelota. En la plaza está el Ayuntamiento, la escuela y el horno de la tía Milagros. (Esto es lo que he escrito hoy en el cuaderno de la escuela).

Y ahora, mi versión actual:

Acabo de volver, viejo y cansado, al pueblo y he recorrido las calles solitarias, en las que crece la maleza. No hay bardas ni ciemo en los corrales. Ni sale humo de ninguna chimenea. Las puertas de las casas que no se han derrumbado están cerradas con llave. Nadie acude con el cántaro a la fuente ni con la ropa al lavadero. Las campanas reposan en el suelo del “cuartecillo”, bajo la antigua Sala de Concejo, donde se ponía el baile. Impresionan sobre todo las ruinas de la iglesia, que no han perdido su magnificencia. Con las lluvias se ha venido abajo la pared del pórtico donde estaba el olmo centenario y han aparecido los huesos de antiguos habitantes. Sobrecoge el silencio. No he oído en todo el recorrido ninguna voz humana ni sonido animal, pero he tenido la extraña sensación de que me acompañaban en el recorrido las almas de los muertos con los que había convivido de niño. En esta soledad, entre estas piedras, es perfectamente perceptible el rumor de los muertos.

El diario del niño sigue contando cada día lo que le ocurre: el encuentro con don Livino, el cura, en las eras, la niña que me mira y me sonríe al salir de la escuela, el corte de la leña en la dehesa, el cumpleaños del hermano, celebrado con una chocolatada, y el 19 de octubre, la excursión de los mayores de la escuela con el maestro a Valdenegrillos. “Un pueblo peor que Sarnago”-escribo en el cuaderno-– “Hemos bajado también a la mina y hemos cogido cantalobos brillantes”. Esto me da pié a contar mi encuentro con la Romana, la última vecina:

Cuando me disponía a dejar Sarnago -escribo en “El caballo de cartón”- con la tarde avanzada observé que por el camino del ejido que bordea el pueblo subía una caballería con una mujer encima vestida de negro y envuelta en un mantón oscuro. Me acerqué. Era una mujer mayor, que arreó el asno al verme y que parecía asustada. ¡Por fin, un animal y un ser humano juntos! Me pareció que recuperaba inesperadamente la mejor metáfora de mi niñez”.

Cundo la excursión con don Juan vivían en Valdenegrillos cuarenta familias. Hoy sólo resiste la Romana. Se murió el Zacarías, su marido, y está sola con sus gatos.

El pueblo –describo-, en el abrigo de una ladera entre barrancos y bancales es una ruina. En los corrales de las casas abandonadas, y en las irregulares callejas, crecen las zarzas, el saúco y la maleza, que invade hasta las cocinas y los dormitorios desmantelados, que estaban pegados a las majadas, cuando los seres humanos y los animales convivían de forma natural. Los tejados se hunden. La pequeña iglesia está sin campanas y desde el antiguo cementerio anejo sube hasta el campanario el piadoso verdor de la hiedra” (…)

A la salida de Valdenegrillos, sobre una pequeña loma, entre romeros, ulagas y estrepas, permanecen en pie varias tainas, las mismas que contemplé de niño, donde se recogía el ganado. Una de ellas conserva aún el tejado de losas como hace 2000 años en tiempo de los celtíberos. Puede que estén allí desde entonces”.

Los siguientes capítulos -”La fotografía” y “La madre”- puede que sean los más sentidos del libro. En el primero repaso qué ha sido de aquellos niños, compañeros de la infancia, que aparecen en la fotografía de todos nosotros con el maestro en la plaza aquel otoño de 1948. La vida nos dispersó como el viento dispersa las hojas secas. La foto estaba en la arqueta junto al cuaderno azul. El siguiente capítulo lo dedico a mi madre, a propósito de su cumpleaños el 25 de octubre. Ella cumple un papel esencial en mi vida y en toda esta historia que he contado.

Llegado a este punto –concluyo el relato- y pensando intensamente en mi madre, que tiene que seguir existiendo en alguna parte porque nada de lo que se ama desaparece, he vagado de recuerdo en recuerdo, formándome una imagen perenne, que ha ido cristalizando en un amor tranquilo que recorre la casa vacía entre montañas, pasa por el cerro del Espino y se eleva en el Monte de las Ánimas hasta las estrellas.

Luego llega la primera nevada, la bajada al trujal a visitar al tío Co, el recuerdo del reloj de pared de la sala donde nací –hace más de 30 años que el hueco del reloj enfrente de la cama está vacío (…) y privada del latido del tiempo, la casa dejó de tener vida- . Y el 13 de noviembre escribo la última hoja del diario. A partir de esa noche se precipitarían los acontecimientos. Dice así:

El tío Sotero se ha ido esta noche al monte a buscar unas ovejas que se han perdido. Con mi madre y el tío Co fuera de casa, he visto a los abuelos muy preocupados, aunque el abuelo lo disimulaba. Pero más abatido estaba el Cayo, el pastor, cuando ha venido a avisar de lo que pasaba. “Seguramente se han quedado rezagadas porque iban a parir”-ha dicho. ¿Qué será de ellas y de los corderos? Por si faltaba algo, una trasandosca, la careta, ha parido un caloyo muerto, y el abuelo Natalio ha sentenciado: “Las desgracias nunca vienen solas”.Esta es, como digo, la última página de mi diario. Al cuaderno le faltan varias hojas. Seguramente las arrancó mi madre al comprobar el estado emocional en que fueron escritas, después del tremendo suceso y del desenlace de esta historia de mi infancia, que no voy a desvelar aquí y que  reconstruyo en las últimas páginas del libro con pelos y señales.

Permítanme que acabe aquí el recorrido.

YA NO QUEDAN ANIMALES

Cuando yo era niño, los animales vivían en los bajos de la casa, salvo los gatos que tenían libertad para andar por la cocina y la sala de estar, recorrer los pasillos, rondar de noche por los tejados y parir en el somero. El grito de las gatas en celo semejaba en la madrugada el llanto de un niño. Los gatos eran unos privilegiados. En invierno ronroneaban en la chapa junto a la lumbre y arqueaban el lomo de gusto cuando les pasábamos la mano por encima. A la gata recién parida la abuela le daba un tarro de sopas de leche. El domicilio de los perros era el portal, el corral y la calle, donde ejercían el amor libre y se retaban a ladridos entre ellos, sobre todo por la noche. Tenían prohibido traspasar la puerta de la escalera que subía al piso de arriba. A cambio recibían las sobras de la comida, siempre escasas, y algún corrusco de pan duro. Acompañaban a los hombres y a las caballerías a la pieza, al monte o a la huerta. Resultaban imprescindibles para el cazador aunque no resistieran en el cazadero la muestra de la codorniz y menos la de la liebre encamada o la perdiz corrida a peón. Y no eran menos imprescindibles los perros de ganado para el pastor o el cabrero. Todos eran animales sin raza definida, fruto del mestizaje. El “Reverte” del tío Casimiro era el más peligroso si entrabas en el callejón. No llevaban correa ni los visitaba el veterinario. Nadie los bañaba. Pero eran libres. Se lavaban en las charcas o en el río, o con la lluvia. Ladraban a la luna y les asustaba especialmente el volteo de las campanas.

La cuadra, al fondo del portal, era el espacio de las caballerías: los machos, los caballos, las yeguas y, si se terciaba, el humilde borrico y el muleto. Cada uno disponía de su pesebre particular, donde recibía la paja y el pienso correspondiente, cebada o avena mayormente. Pero también, en el buen tiempo, el regalo de una fragante gavilla de hierba o de esparceta. La último obligación del campesino antes de irse a dormir era bajar a la cuadra con el candil en la mano y apiensar a las caballerías después del duro trabajo del día arrastrando el arado, acarreando leña o tirando del trillo. Abrevaban en el pilón de la fuente o, durante el verano, en el bebedero del final del ejido. Muchas veces me tocó de niño llevar los caballos al bebedero y en más de una ocasión conducirlos con una carga de trigo al molino o soltarlos en la dula. En el pueblo todo el mundo, hombres y mujeres, niños y viejos, colaborábamos en las tareas comunes según las posibilidades de cada uno. Estas que digo y el acarreo de la mies a la era solían ser tareas encomendadas a los muchachos. Desde pequeños aprendimos a montar a pelo y a enfrentarnos a las dificultades. Nuestra relación con los animales era de una gran familiaridad. Mirando ahora hacia atrás compruebo que, junto con los perros, los caballos formaron parte simbólica y fundamental de mi vida. Sus nombres no se me han olvidado.

En los rincones de la cuadra habitaban los cerdos en sus pocilgas, construcciones rudimentarias con techumbre baja y suelo de paja. Una de las zahúrdas estaba destinada a la cochina paridera y la otra a los cebones de la matanza. El gruñido formaba parte de la música animal de la casa. Más de una noche pasé con mi madre en la cochinera procurando que la cochina recién parida no aplastara a alguno de los tetones de la lechigada. Si hubiera que elegir un animal sagrado para aquellos campesinos, ese sería el cerdo, del que se aprovechaba todo y daba sustento a los de la casa todo el año. Y la venta de marciles y tetones al cochinero de la blusa negra proporcionaba una renta nada despreciable en aquella economía de penuria. En la misma orilla de la cuadra estaban los nidales y los payos de las gallinas. Recuerdo la fruición de meter la mano en el nidal y toparme con el huevo recién puesto, aún caliente. Las gallinas tenían libertad para andar por los bajos de la casa, por el corral y por las herrañes comiendo gusarapos y, cada mañana, recibían una rociada de trigo en el portal. El cacareo de las gallinas ponedoras y el canto del gallo al amanecer forman también parte de los sonidos inolvidables de la infancia.

En mi casa de Sarnago, la majada de las ovejas y de las cabras, que convivían en buena armonía, estaba entre la cuadra y el pajar. Otros vecinos disponían de tainas aparte. La majada con olor a sirle y a heno seco era, aparte de la cocina, en lo más crudo del invierno, con el ganado encerrado, el lugar más cálido de la casa. Allí pasé, envuelto en el vaho animal, las horas muertas viendo parir a las ovejas y ayudando a los frágiles caloyos a que se agarraran a mamar por vez primera. Me gustaba especialmente depositar la esparceta en los zarzos y las berzas picadas, en las canales. Por la mañana pronto, mi madre o la abuela bajaban a ordeñar las cabras, que proporcionaban el desayuno para la familia. Siempre he creído que las Tierras Altas, centro de la Mesta, son sobre todo, lugar propicio para la ganadería, ahora prácticamente inexistente. Pocas imágenes más gratificantes que contemplar el rebaño desde la casa como una alfombra ondulante bajando por la calle entre el tintineo de los cencerros.

Esta evocación del mundo animal, como componente esencial de la vida rural, que tanto influyó en mi vida y en la vida de mi generación, contrasta con la desaparición de los animales en los pueblos, donde ya no hay caballerías por los caminos ni rebaños en los campos y de donde se van hasta los gorriones, y, sobre todo, con la pérdida de contacto animal de las nuevas generaciones en la ciudad, salvo las pobres mascotas. Y, por si faltaba algo, ahí está el fervor desaforado de los animalistas, que, exaltando a los animales, pueden acabar rebajando la condición humana. De mí puedo decir que la relación con los animales, incluida la caza, me hizo más humano. Y, como acaba de escribir Fernando Savater, la desaparición de los animales de nuestra cotidianidad refleja la paulatina postergación del mundo rural.

EL PASO DEL FUEGO

Cuando cae la tarde y se acerca la noche de San Juan, una fuerza interior me traslada, quiera o no quiera, a las Tierras Altas de la Alcarama. Entre los imborrables recuerdos de la infancia figuran dentro de mí, de forma destacada, tanto como la emoción de la primera nevada, la contemplación del paso del fuego en San Pedro Manrique y las leyendas que contaban en casa esta noche poblada de misterios. Veo los troncos humeantes de la hoguera y a los encargados de preparar el pasillo de fuego moviendo sus largos horguneros. Escucho la alegre charanga y observo saltando a la bulliciosa juventud que sube por la calle hasta la plazuela de la ermita, donde tendrá lugar el acontecimiento a medianoche. Será entonces cuando los más valientes, entre los que suele figurar alguna mujer, pasarán la alfombra de brasas con los pies descalzos, cumpliendo una antigua tradición. Es un rito que se repite año tras año sin perder interés, aunque, convertido cada vez más, haciendo honor a los nuevos tiempos, en un espectáculo turístico y pagano.

Y aquí detengo el relato. Soy consciente de que he contado ya esta historia infinidad de veces de muy distintas maneras. Incluso arranco con ella las “Leyendas de la Alcarama”. (Me imagino ahora a mis personajes, Esteban y Gabriela, ella vestida de móndida, entre el humo de la hoguera. ¿Qué habrá sido de ellos?). Ha llegado el momento de pararse y reflexionar. La noche del solsticio de verano, en la que se encienden las hogueras y se realiza la purificación por el fuego, es una buena ocasión. Es verdad que el cuco canta siempre la misma cantinela y a nadie le parece mal. Los cuentos se repiten y las repeticiones agradan a los niños. El chatarrero que llega a la urbanización todos los fines de semana se anuncia siempre por el altavoz con las mismas palabras. Lo mismo hace el tapicero y el afilador. Se repiten la fuente y el río: siempre la misma canción, pero con distinta agua. Se repite el ciclo de las estaciones y las oraciones que aprendimos, la música que oímos, los saludos rutinarios y las expresiones amorosas. Puede decirse que la vida es una repetición de momentos, de palabras y de paisajes. Entonces ¿a qué viene este titubeo? A ver si me explico.

Llevo más de cinco años con “El canto del cuco”. Esta es la entrada 251 del blog, con 4.672 comentarios. En todo este tiempo me he esforzado por ser fiel a mi propósito de recoger las despojos de la cultura rural, que se acaba. He defendido los valores de la vida en los pueblos. He denunciado el abandono y la injusticia. He recorrido el ciclo de las estaciones. He contado lo que va de ayer a hoy. He presentado una galería humana de entrañables personajes: los últimos vecinos. He dibujado con la mayor fidelidad posible el escenario físico y humano de las Tierras Altas de Soria, -mi escenario vital y literario-, que se han convertido por desgracia del destino en el mayor desierto demográfico. Y, en fin, he procurado estrujar la memoria de mi infancia, casi hasta el agotamiento. Me parece que es el momento de hacer un alto en el camino, descansar, echar un trago y buscar la mejor ruta para no perderme, para no perdernos. El caso es que no voy solo. Miles de personas siguen este blog, según los datos que puntualmente me llegan. Son de España y de medio mundo. Sin este acompañamiento coral, “El canto del cuco” no tendría sentido. Voy a ser claro como el agua clara del manantial: necesito saber de los que me acompañan si empiezan a aburrirse de este paisaje áspero y monótono, que se repite y se repite y por el que caminamos . O, dicho de otra manera, si se cansan de mis relatos rurales y de los cristales rotos de la memoria. Espero sus sugerencias antes de continuar el camino.

Personalmente creo que queda terreno por explorar. Incluso me he animado leyendo “El suplicio de las moscas” de Elías Canetti. Dice que “el que ha aprendido bastante no ha aprendido nada”. Y, sobre todo, hace la siguiente observación, que me estimula: “Jamás llegará a ser un pensador, se repite demasiado poco”. Puede que no haya más remedio que repetirse y machacar la reja ardiente sobre el yunque, como en las viejas fraguas. Otra vez el fuego en la noche de San Juan. En realidad, este es mi paso del fuego particular.

NOSTALGIA DE LA TRIBU

Ocurre a veces que vas pasando rutinariamente las páginas de un periódico o de un libro, o viajas distraído en el autobús, o te encuentras con alguien desconocido, y te asalta una frase o una idea que te conmueve, te ilumina por dentro como un fogonazo de luz y te descubre de repente lo que presentías y llevabas tiempo buscando. Dices entonces: ¡Pues claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? Y ves que esa revelación, tan sencilla en apariencia, tan al alcance de la mano, te explica, como ocurrió en este caso, tu empeño en recrearte en describir el final de la vida rural. Te das cuenta de que tu defensa de los pueblos y de la cultura milenaria que agoniza es más que un regreso al escenario de la infancia perdida -ahora que la casa está también cerrada, puede que para siempre-, un instinto de conservación o un impulso de compasión ante el desastre humano de la despoblación. Es todo eso, pero es, sobre todo, la nostalgia del clan y de la tribu, algo que tenemos innato, metido en las entrañas.

El que me ha dado razón de esto ha sido el escritor y periodista norteamericano Sebastian Junger, que ha escrito un libro titulado precisamente “Tribu”, en el que concluye que “estamos configurados, hoy y hace un siglo, para vivir en comunidades de cien personas”; es decir, para convivir en una aldea o en un pueblo pequeño. Recuerda, a este propósito, las dificultades que encontraban muchos soldados en la guerra de Afganistán, con los que él convivió, para reintegrarse a una vida normal en casa. “Querían volver al frente y seguir luchando -dice-, y ese lugar era totalmente tribal: vivían en una unidad de cuarenta hombres, absolutamente dependientes los unos de los otros”. Pensó en su tío Ellis, con sangre india, que le había advertido: “Si pruebas algo distinto de la sociedad moderna, no quieres volver a ella”. Está claro -reflexiona Junger- que “un país no es una tribu ni una aldea. El truco es cómo trasladar esos principios a escala mayor para mejorar la calidad de nuestras vidas”. Pues eso.

¿Y cuáles son esos principios? El primero de todos, el sentido de pertenencia a un grupo, en el que hay mucho en común. Esto lleva consigo la ayuda de unos miembros a otros, sin hacer trampas porque allí todos se conocen y todo se sabe, la dependencia mutua y la camaradería. La competencia o el conflicto con otro grupo exterior ayuda a la cohesión del clan. “En la sociedad tribal -dice Rubén Amón en “El País”- se comparte la pobreza, pero también el tiempo y las relaciones”. Por supuesto, el juego y el trato asiduo y cercano unos con otros. La comunicación permanente, casi sin secretos de familia. Y esa ancestral necesidad de pertenencia a un pueblo o a un grupo aumenta frente al individualismo moderno. Sí, ya sé, la perversión de este proceso tribal es la vuelta a los nacionalismos excluyentes, como ocurre, sin ir más lejos, hoy en Cataluña. Ese es el peligro. La vuelta a lo local rodeándose de paredes y quedando parapetados e incomunicados. Junger define a alguien de la tribu como aquel a quien darías tu comida. En realidad éste es también un rasgo característico, una aportación fundamental del cristianismo bien entendido, que además amplía la exigencia moral y obliga a dar también pan al que tiene hambre aunque no sea de tu tribu o pertenezca a la tribu enemiga.

A la luz de todo esto, he reflexionado sobre aspectos inolvidables de la vida en el pueblo que confirman su naturaleza de tribu o clan. Pertenecer al mismo pueblo marca para siempre. Y más aún si eres del mismo barrio -del barrio de arriba o del barrio de abajo- porque la convivencia es más estrecha. Cuando dos antiguos vecinos -del barrio de arriba o del de abajo- se encuentran de nuevo lejos después de muchos años incomunicados tras la dispersión de la emigración, se reconocen enseguida, se alegran y sienten especial afecto como miembros del mismo grupo, como de la misma tribu o familia. Cuanto más lejos ocurre el encuentro, más se amplia -a la comarca, a la provincia, a la región, al país- el espacio afectivo del clan. Lo mismo ocurre con los viejos compañeros de la mili o de la Universidad, o con los seguidores del mismo equipo de fútbol. Surge enseguida la camaradería. Las actuales hacenderas de Sarnago, llegando de fuera y trabajando unidos y desinteresadamente para arreglar el pueblo deshabitado son, en el mejor sentido, un buen ejemplo de comportamiento tribal. Cuando el pueblo estaba habitado, los vecinos eran convocados por el Ayuntamiento e iban “de caminos” realizando, juntos, trabajos comunitarios. Lo mismo hacían, en este caso, cada uno con su yunta, sembrando y recogiendo la cosecha en las rozas del común y trillando el centeno, todos juntos, en el ejido con gran algazara. Para mí, una estampa memorable.

Pero hay otras imágenes y otros comportamientos que reflejan mejor esta ancestral pertenencia a la tribu. He aquí algunos que me vienen ahora a la cabeza: El eterno pleito con el vecino pueblo de Fuentebella, que cohesionaba al pueblo; la costumbre de acudir todos, a toque de rebato, con cubos a apagar un incendio, o con horcas y palas de madera a recoger la parva del vecino cuando llegaba la tormenta; la obligación de dar posada “a reo vecino” al pobre que llegaba y no tenía cobijo; la decisión de ayudar entre todos a levantar el pajar o la majada incendiada; la costumbre ancestral de no desamparar a la familia cuando moría el padre y quedaba la cosecha sin recoger o la siembra a medias, y, en fin, el respeto silencioso con que todo el pueblo, en doble fila, acompañaba al vecino muerto hasta el camposanto. Estoy pensando que los que decimos ahora con orgullo “¡Yo soy de pueblo!”, en realidad estamos dando un grito tribal.

EL TRANSFORMADOR TRANSFORMADO

Mi calle de Sarnago ha aparecido retratada en “Le Monde”, prestigioso periódico francés, ilustrando un reportaje titulado “La Laponia española quiere salir del abandono”. La foto está tomada desde la placetuela, de abajo a arriba, formando con la barrera de las paredes de piedra una especie de túnel del tiempo. Algo llama enseguida la atención: la presencia de un gato cruzando la calle en un pueblo deshabitado. El pie de foto no puede ser más explícito: “En el pueblo de Sarnago (provincia de Soria), enfrentado a un éxodo rural masivo”. ¡Y tan masivo! ¿De dónde habrá salido el gato? Es la única señal de vida en el escenario. Lo de la Laponia española quedó explicado en la anterior entrada del blog sobre la muerte de los pueblos. Se trata de una amplia región cada vez más desértica, que ocupa el corazón de España, entre la indiferencia de los poderes públicos. “Enclavada en el norte de la península ibérica -arranca “Le Monde”-, la comarca presenta una de las más bajas densidades de población de la Unión Europa”. Así es. La comarca de las Tierras Altas de la Alcarama, con docenas de pueblos muertos y menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se lleva la palma de la desertización. Además del diario de París, distintos e importantes periódicos de lejanos lugares del mundo, de Oriente y de Occidente, se han interesado últimamente por el llamativo caso, del que “El canto del cuco” lleva más de cinco años dando cuenta como quien manda llover.

Y, sin embargo, en Sarnago la vida sigue. Me parece que este lugar donde nací se ha convertido en todo un símbolo de resistencia a la muerte de los pueblos deshabitados o a punto de quedar vacíos. Un ejemplo para muchos. Un esfuerzo inútil para otros. Un orgullo para los que somos de allí. Es verdad que los cuatro kilómetros del camino que arranca en el puente de San Pedro siguen sin asfaltar a pesar de todas las promesas del alcalde sampedrano y de la Diputación. También es desolador contemplar las ruinas de la iglesia. Todo el mundo espera que la llegada del nuevo obispo, un riojano de Autol con fama de abierto y comprensivo, facilite de una vez con ánimo cristiano los trabajos de reconstrucción.

La última reseña de actividades promovidas por la Asociación, que preside José Mari Carrascosa, no deja lugar a dudas de que aún hay vida: Se ha presentado el libro de Isabel Goig sobre la Virgen del Monte Seces, “mucho más que una ermita”, un lugar mágico, rodeado de historia y de misterio, en el que pasé horas felices de mi infancia y del que me ocupo con algún detenimiento y la dosis justa de fantasía en “Leyendas de la Alcarama”. En cierta medida me cabe el honor de haber descubierto este curioso cenobio con sus últimos santeros convertido con el paso del tiempo en ruinosas majadas. También es digno de ser destacado en esta crónica el hecho de que en Sarnago se ha celebrado por segundo año consecutivo el Día del Árbol, como cuando entonces, plantando por lo vecinos, llegados de fuera para la ocasión, diferentes especies de árboles autóctonos bajo la dirección de José C. Santana, doctor ingeniero agrónomo. Es un acto de alto contenido ecológico y cultural. Acaso una rebelión callada y una voluntad de permanencia. Se procura así restablecer en lo posible la floresta original, destruida en los años sesenta con la masiva plantación de pinos, causa inmediata de la despoblación.

Pero hay más. Estos días de finales de mayo -que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor- se lleva a cabo en el pueblo una nueva hacendera. Las gentes acuden a arrimar el hombro para arreglar caminos, calles, fachadas o lo que se tercie, en un trabajo comunitario, sin ayudas oficiales, para hacer más habitable el lugar y demostrar la voluntad de supervivencia. Acuso, en fin, recibo de una impulso estrella. Sarnago se ha incorporado a la iniciativa de una ruta turística, promovida por la Mancomunidad de Tierras Altas, bajo el eslogan “Conquistando Soria, asómate a Tierras Altas”, y lo ha hecho con un precioso y colorista mural pintado en el viejo transformador de la luz, a la entrada del pueblo, bajo el letrero: “Tierra de nadie, (tierra) de TODOS”. Los caminantes que se aventuren por estos solitarios e impresionantes lugares deshabitados, en los que manda el silencio y en los que aún pueden contemplarse los últimos vestigios de Naturaleza virgen, recibirán un pasaporte especial, en el que se reconocerá su meritoria aventura. Y, de este modo, el viejo transformador se transforma en luminosa señal para viajeros curiosos. Todo un detalle de adaptación a los tiempos, de resistir transformándose. O, más humildemente, se trata al menos, como dice “Le Monde”, de intentar salir del abandono.

¡LOS PUEBLOS SE MUEREN!

La mitad de los municipios españoles están en riesgo de extinción. Lo acaba de proclamar, con los datos en la mano, la Federación de Municipios y Provincias, que, por fin, parece tomar cartas en el asunto. Por primera vez se califica de “problema de Estado” el envejecimiento del mundo rural y la galopante despoblación de la España interior. Y por fin se solicita un plan nacional, con apoyo europeo, para restablecer el equilibrio demográfico y la vertebración del país. En esta España invertebrada, las dos Castillas y Aragón, inmovilizados, tienen quebrado el espinazo mientras vascos y catalanes piden, insaciables, más dinero al Estado y mejores transportes. La desaparición de un pueblo no es menos grave que la desaparición de una rara especie animal o vegetal. Y ahora están en trance de morir, según los datos oficiales, 4.000 de los 8.000 pueblos de España entre la indiferencia general. Si uno se acerca a uno de estos pueblos y, con suerte, se tropieza con alguien en la calle y le saca la conversación, oirá enseguida la frase fatídica: “Aquí cada vez somos menos y más viejos”. Esa es la tremenda realidad.

Los datos del desequilibrio son apabullantes. En el 60 por ciento del territorio nacional sólo viven seis millones de personas. Hay una macrorregión natural que algunos expertos llaman la “serranía celtibérica”, y que bien podría considerarse el corazón de España, que se ha convertido en el mayor desierto demográfico. Se extiende por nueve o diez provincias: Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, parte de Valencia y Castellón, Burgos, Segovia, la Rioja… Si no se pone remedio urgente, esta región central está condenada a la extinción. La situación más desesperada es la de Soria, que en esto se lleva la palma. Poco más de noventa mil habitantes censados en toda la provincia, disminuyendo de año en año y con peligro cierto de desaparecer administrativamente como entidad provincial. Y, sobre todo, la comarca de las Tierras Altas, poblada de pueblos despoblados -¡qué contradicción!- y donde el número de habitantes, menos de dos por kilómetro cuadrado, es menor que en el Sáhara. O sea, puro desierto. En la amplia extensión de la “serranía celtibérica”, con algo más de 60.000 kilómetros cuadrados -doble que Bélgica- , no viven más de 450.000 almas. Alguien ha calificado lo que está ocurriendo de “etnocidio silencioso” y puede que no le falte razón.

Esto no se arregla con habilidosos reportajillos hilvanados sobre la España vacía con pretensiones literarias. Hay que reclamar por todos los medios, como ha indicado la Federación Española de Municipios y Provincias, una política de Estado con un plan nacional completo contra la despoblación rural. Estamos ante una situación de emergencia que exige medidas extraordinarias y urgentes como en cualquier catástrofe natural. Ese plan ha de incluir exenciones fiscales a las empresas que se instalen en ese territorio, mejora sustancial de las comunicaciones por carretera y por ferrocarril, estímulos a los profesionales jóvenes -maestros, médicos, veterinarios, ingenieros agrónomos y de montes, programadores informáticos, animadores culturales, etcétera- que se trasladen allí, como hacen en Australia, reapertura de escuelas, de consultorios médicos y de cuarteles de la Guardia Civil. El reparto de la financiación autonómica ha de tener especialmente en cuenta el hecho de la despoblación. El Estado debe suplir la falta de iniciativa privada y estimularla. La brecha digital, la desaparición de líneas de autobuses, y el cierre de las tabernas, de las panaderías, de las gasolineras y de las sucursales bancarias no hacen más que acelerar la agonía de los pueblos, que se sienten abandonados del Estado y dejados de la mano de Dios. Es preciso mantener, con las subvenciones que sean precisas, los servicios esenciales de la comunidad. Un equipo de expertos, con el respaldo de las fuerzas políticas, sindicatos, entidades religiosas, empresarios, intelectuales, etcétera, deberían ponerse ya manos a la obra en busca de este gran proyecto global que evite el desastre al que nos encaminamos.

No todo está perdido. Algo se mueve. Crece la conciencia social y los más lúcidos dirigentes políticos, como el presidente de Castilla y León, principal región afectada, y los miembros de la Federación Española de Municipios y Provincias, dan muestras de empezar a hacerse cargo del problema, puede que el más grave problema de Estado ahora mismo, el que está provocando el mayor drama social. Basta con recorrer la calle de cualquiera de estos pequeños pueblos agonizantes un día de estos. Personalmente no me considero un visionario, pero creo que hay otros indicios esperanzadores. Con la revolución industrial y, más adelante, con la mecanización del campo dejó de haber trabajo en el mundo rural y ocurrió el gran éxodo de las gentes del pueblo a la ciudad. Ahora asistimos a una nueva revolución -informática, biológica, robótica…- que también va a cambiar radicalmente nuestra forma de vida. Gran parte del empleo que ha convertido a las ciudades en enjambres humanos se va a acabar. Harán el trabajo las nuevas máquinas. Con las nuevas tecnologías cada vez más se trabajará a distancia. Esto empujará a la ordenada vuelta a los pueblos, debidamente puestos al día, de miles y miles de habitantes de la ciudad. En este flujo y reflujo la vida volverá a empezar cerca de la Naturaleza. Se iniciará, si es que no está ocurriendo ya, lo que mi amigo Gustavo Martín Garzo llama hoy, en un artículo del periódico, la búsqueda del hogar perdido.

LA FONDA DE SAN PEDRO MANRIQUE

Me escribe Santiago Valdazo Munilla, natural de San Pedro Manrique, nacido en la fonda “El Comercio”, que todo el mundo conocía por “La Fonda”, regida por su familia desde 1911 y que cerró en 1951. Me dice que ha leído mi libro “Historias de la Alcarama”, que ha supuesto para él “una experiencia hermosa, emotiva”, y me adjunta un minucioso relato en el que aporta datos y detalles de primera mano al hilo de lo narrado por mí. Su aportación me parece muy valiosa y he creído que no la podía echar en saco roto. Supongo que los lectores interesados en esas historias mías de las Tierras Altas de Soria lo agradecerán. Así que voy a recoger aquí algunas de las curiosidades para que no se pierdan en el olvido. Son el reflejo de una época.

Se extraña, de entrada, Santiago Valdazo de que en este libro me ocupe de la fonda de la Cuatrena y no mencione la suya. Esta omisión sólo se explica por mi mala cabeza y por la amistad y la familiaridad de la tía Juana, la Cuatrena, con mi madre, que convertía su casa en parada habitual, lo mismo que el comercio del tío Perico. Pero hay que dejar constancia de la relevancia de “La Fonda”, situada en el centro de “La Cosa”, la explanada de los comercios donde se instalaba la feria y el mercado de los lunes, como centro de la vida social del pueblo y de la comarca. Era posada y casa de comidas. Por ella pasaban no sólo arrieros y tratantes que venían al mercado, como el tío Domingo, “El Mingarra”, de Sarnago, un habitual según cuenta, sino los que se hospedaban en ella. Este fue el caso del padre del protagonista de esta historia, también llamado Santiago Valdazo, que vino de fuera en 1928, cayó por “La Fonda”, se enamoró de Saturnina, la hija de los dueños, y se casaron. Hasta la boda, como exigían las buenas costumbres de la época, se fue a vivir a casa de su amigo Faustino Aragón, “El Rebote”, el dueño del molino, que tenía a la entrada una gran morera de moras gordas y dulcísimas, que yo disfruté hasta ponerme perdido cada vez que me mandaron con una carga de trigo al molino.

A la puerta de “La Fonda”, junto a la primera acacia, cerca de la farmacia, paraba siempre el coche de linea, un Opel de veinte plazas, con matrícula de 1932, que conducía Santiago. El carromato hacía el recorrido hasta el chozo de Huérteles, donde empalmaba con “La Exclusiva”, empresa de Gonzalo Ruiz, un Reo Speed Wagon, que unía Soria con Calahorra, por el puerto de Oncala, y que conducían, con grandes penalidades, “el Inés” y, en sentido contrario, “el Perico”. No hace falta recordar que en ellos discurrieron los viajes de mi infancia. Santiago tenía además un coche de punto, primero un Hispano-Suiza, que había sido de la Casa Real y luego un viejo Ford, que competía con el Crysler del Godo, que rara vez llegaba a su destino sin sufrir algún percance en el motor o en las ruedas. Cuenta Santiago Valdazo Munilla, el hijo del conductor, que cuando llegaba en el coche de línea “el Macarrón”, temido delegado en toda la comarca, él salía disparado hasta el molino de “El Rebote” y daba el queo. Desde allí se comunicaba inmediatamente al resto de los molinos, a lo largo del río Linares, hasta el del tío Juan, para que pusieran la harina a buen recaudo y no la requisaran los delegados, y pronto se corría la voz por los pueblos de la comarca -¡que vienen los delegados!- para que las gentes guardaran a toda prisa en escondrijos la harina el aceite y el pan blanco.

El viejo autobús era la estrella en los días de mercado, tanto a la salida como a la llegada. A un niño de Sarnago, como yo, que nunca había visto un automóvil en el pueblo, aquel carromato moviéndose entre la gente y los puestos de cerdos, gallinas y cabritos, le impresionaba. En este capítulo del mercado, el corresponsal de estas memorias recuerda la compra de las primeras zapatillas del verano en la tienda del tío Marcelino, la llegada de la “tía Reloja” de Arnedo con verduras y pescado, los “Garnica” de Soria, los cochineros con sus blusas negras, los tratantes de muletos, “El Cuatrena”, los dos esquiladores de caballerías, situados junto al frontón, uno en cada esquina bajo las acacias, que escribían encima del rabo de los animales con cortes de tijera “Viva mi amo”, el capador con su chiflo, los comediantes, el sacamuelas… Uno de los primeros coches del pueblo fue el Ford de don Higinio, el médico, pero se lo requisaron para el frente en 1936. Por eso tuvo que llegar a Sarnago a caballo un día frío de noviembre, nevando, a atender a mi madre en el parto en el que yo vine al mundo. Ahora he sabido -he pasado la vida deseando conocer detalles de la vida de este hombre tan ligada a la mía- que se llamaba don Higinio Ayala Mesanza, que llegó a San Pedro en 1930 y que se hospedó en “La Fonda”. Vivió allí hasta 1933, año en que la familia se trasladó a una casa. Tuvieron tres hijos. En 1944 se fue a Aspe (Alicante) y le sustituyó don Manuel, todo un carácter, que acostumbraba a parar en nuestra casa. Había además otro médico, don Epifanio Hernández. Su hija, doña Nuncia, fue maestra en La Ventosa, vive en Garray y acaba de cumplir cien años.

Me cuenta también que la madre de don Luciano, un sacerdote nacido en Acrijos, amigo mío, murió en “La Fonda” después de sufrir un día de mercado un par de coces de un burro. También recuerda que su hermano, desobedeciendo a su madre, se acercó a ver el cadáver de la “tía Moña” de La Ventosa, que se ahogó en un charco del Palenque, y tanto le impresionó aquella mujer que llegó a “La Fonda” corriendo y se escondió, aturdido y aterrado, debajo de la cama. A propósito de los entierros, evoca sus tiempos de monaguillo, tocando las campanas o llevando la cruz alzada o el acetre del agua bendita. “Me impresionaba el silencio, el respeto de la gente y su manera pulcra de vestir”, dice. Y cuenta algo de lo que yo no tenía noticia: “El trozo de la calle del muerto no se barría en una semana”.

Santiago Valdazo Munilla aporta otras historias dignas de ser contadas, entre ellas un relato de cuando la guerra que merece capítulo aparte. Hoy nos quedamos con el trasiego de “La Posada”, observatorio privilegiado de la vida del pueblo y memoria de un tiempo que no volverá.

EN LA CASA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

En la tarde del Sábado Santo visité en Orihuela la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, fallecido de tuberculosis en el hospital de la cárcel de Alicante hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1942, después de librarse de la pena de muerte a la que fue condenado por sus ideas políticas. Tenía 31 años. En plena guerra, en 1937, se había escapado del frente para casarse con Josefina Manresa, de la que tuvo dos hijos: Manuel Ramón, que vivió sólo unos meses, y Manuel Miguel, al que le dedicó desde la prisión el famoso poema “Nanas de la cebolla”, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no tenían para comer más que pan y cebolla, y que comienza así:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Desde mi juventud, cuando lo encontré encabezando la magnífica “Antología de la nueva poesía” de José Luis Cano, sentí devoción por este poeta que había sido cabrero y que se malogró prematuramente. El aprecio por el joven poeta de Orihuela, víctima de la guerra, la barbarie y la fatalidad, ha ido aumentando con los años. Para mí ha sido siempre un poeta cercano, no sólo por llamarse Hernández, sino porque me parecía un poeta del pueblo, de los de abajo, de los humildes, de los campesinos. No era difícil sentirse identificado con él repasando su vida y leyendo sus versos en los que la vida se refleja como en un espejo. Hace muchos años le llevé a mi hermano un cuadro en el que figuran unos versos suyos, que mi hermano ha tenido siempre, hasta su muerte, en lugar destacado de su despacho. Dicen:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Su padre, que también se llamaba Miguel, lo sacó pronto de la escuela, cuando empezaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo, cercano a su casa, y lo mandó cabrero. De nada sirvieron los ruegos de los jesuitas, que regían el colegio -una inmensa mole de piedra-, que le ofrecieron una beca porque detectaron enseguida el talento de aquel muchacho. Su padre era tratante de ganado, sobre todo de cabras, la familia era numerosa y los tiempos no eran fáciles. Así que el chico debía olvidarse de los estudios y colaborar al sostenimiento de la casa. Es exactamente lo que yo vi de niño en Sarnago y en los demás pueblos de la comarca. Aunque tuvieran un gran talento, cuando los niños y las niñas dejaban la escuela a los catorce años, les esperaba el garrote de pastor o, a ellas, ir de niñeras o de criadas. ¡Dios mío, cuánto talento perdido! Así que el joven Miguel, en 1925, recién entrado en la pubertad, -había nacido el 10 del 10 de 1910- tuvo que coger el zurrón y ponerse al frente de la cabrada por las breñas del monte San Miguel a la espalda de su casa, lejos de los naranjales. Fueron cinco años largos de cabrero. Por la mañana, antes de soltar la cabrada, tenía que recorrer las casas llevando las cantarillas de leche recién ordeñada.

Pero el muchacho no se rinde. Lleva el zurrón lleno de libros. Muchos se los presta su amigo Luis Almarcha, un cura que, con el tiempo, llegaría a ser obispo de León y que, con José María de Cossío, el de la enciclopedia de “Los Toros”, intercede por él e impiden que lo fusilen al acabar la guerra. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee vorazmente y escribe sus primeros poemas. Es un autodidacta, como muchos hijos de campesinos que destacaron en las letras o en el comercio. Hasta le dan un premio literario a los 20 años, el único de su vida. Cuando va a recogerlo, con la ilusión de llevar a casa un poco de dinero, sólo recibe una escribanía de plata. Después vendrían sus obras imperecederas: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Vientos del pueblo”, etcétera. A mí siempre me ha impresionado su “Elegía a Ramón Sijé”, que termina con aquella estrofa:

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Visitando la casa en que vivió, he comprendido mejor el origen y el sentido de estos otros versos del mismo poema:

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

La casa, llena de fotografías, recuerdos y humildes muebles y objetos de la época, lo dice casi todo. Es una casa sencilla de una sola planta en las afueras del pueblo, cerca del palmeral, en la falda del monte de San Miguel. La calle, ahora dedicada al poeta, se llamaba calle de Arriba. La casa es una obra de mampostería, como las de Sarnago, con refuerzos en sillería para las puertas y ventanas. Consta de dos crujías paralelas: delante el comedor y la salita de estar, y detrás, la cocina y los dormitorios -me detuve en el sencillo dormitorio del poeta con una cama de hierro que compartía con su hermano- además de un altillo para el pajar, al que se subía con escalera de mano desde el patio. El suelo de la casa, ahora enlosado, era de tierra. En el patio, en parte ajardinado, con macetas con flores y una buganvilla en el rincón, está el pozo y la pila de piedra para lavar. Al lado, un cobertizo con leñera y un retrete rudimentario. Y, al fondo, separado por una verja azul de madera, el corral para las cabras y las gallinas. Detrás, por una pequeña puerta se accede al pequeño huerto, “paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”. En el huerto, un reducto de paz donde el poeta escribía, destacan la morera y la higuera. Apoyado en esta última, Miguel Hernández confiesa:

Mi carne, contra el tronco, se apodera,

en la siesta del día

de la vida, del peso de la higuera,

¡tanto!, que se diría,

al divorciarlas, que es la carne mía.

A la puesta del sol, dejé la casa-museo, ahora propiedad municipal. Por la calle desfilaban, espantando a las golondrinas, las distintas bandas de música camino del Santo Entierro. Yo salía cargado de paz interior.

EN EL NOMBRE DEL HERMANO

La imagen del hermano muerto, el grandioso y emotivo funeral en Valdeavellano, la despedida fuera de la iglesia bajo la lluvia, la subida al cementerio del Espino en Soria, donde descansa ya junto a la madre, y la larga película de su enfermedad, vivida minuto a minuto, todo se agolpa hoy dentro de mí, no sé si más en el corazón que en la cabeza, y me impide escribir de ninguna otra cosa. Estoy bloqueado. Así que, por una vez, me dejo llevar por la emoción, pero conteniéndome hasta donde sea posible para no caer en la cursilería, que él tanto detestaba. Me parece necesario agradecer públicamente desde aquí las innumerables muestras de afecto y el incontable número de condolencias recibidas, y que aún me están llegando por todo tipo de conductos. He comprobado que a Delfín le quería todo el mundo. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a hombres llorar a lágrima viva. Es el mayor consuelo y la mayor satisfacción en esta hora triste. Era un buen tipo, una buena persona, un buen cristiano, un hombre tolerante y comprensivo, que pasó por la vida haciendo el bien. No exagero. Sé lo que digo. Y a la hora de la verdad, sus compañeros, la familia y la gente del pueblo se lo han reconocido. Llevaba más de cincuenta años de cura de pueblo, cuarenta y seis de ellos en Valdeavellano de Tera. Será seguramente el último cura de este pueblo. Era un hombre culto y bien formado: licenciado en Teología y en Psicología. En los ratos libres -¡cuántos miles de horas en estricta soledad!- escribía poesía. No se me ocurre homenaje mejor que cederle hoy aquí a él, en “El canto del cuco”, la palabra. De su libro “Soria por dentro. Palabras en el tiempo”, recojo unos cuantos poemas.

VIVIR

Si vivir es un verbo intransitivo,

vivir siendo vivido” es la gozosa

certidumbre de que otro ser, no cosa,

a mí “me está viviendo y yo lo vivo”

Vivir es convivir”, sin genitivo

que urda posesión siempre engañosa.

La abeja libre volverá a la rosa

y libará su néctar no cautivo.

Convivir” es la ruta del ascenso,

abre-luz de proyectos y quimeras.

Sobrevivir” es caer en el descenso.

Vivir espacio y tiempo en mil maneras.

La vida es poliédrica. Yo pienso

que vidas con amor son verdaderas.

 

Este soneto lo puso en la contraportada del libro. El siguiente soneto se titula:

EL CAMPESINO

En el campo nací y en él resido

entre pobres, sufridos labradores;

entre robles, estepas y pastores

mi pequeña existencia ha discurrido.

Sé de campo las penas y el olvido.

Sé del frío, trabajo y sinsabores.

Conozco las tristezas y dolores

del frágil campesino incomprendido.

Con aire de ignorancia en sus modales

sentencia sabiamente la verdad,

lacónico, tenaz, desconfiado…

Por cientos de promesas tan banales

se refugia en doliente soledad.

¡Inerme campesino marginado!…

No tengo más remedio que dejar constancia aquí, para disfrute de todos, de la poesía que se titula El huerto del cura de Valdeavellano, huerto junto a la casa y la iglesia, que él cultivaba amorosamente y con gran pericia, y en el que pasó horas y horas de su vida leyendo o rezando el breviario:

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

aunque esté cerrado.

Castaños fornidos,

jazmines coquetos

escoltan su entrada

por el lado cierzo.

La gente que pasa

por la carretera

no para sus mientes

que, junto a la iglesia,

el huerto rehuye

miradas ajenas.

Claustro pudoroso,

cercado de piedras,

amigo del aire,

la lluvia serena,

del sol y la nieve,

la luna y estrellas.

Al alba y la tarde,

voraces, nerviosos,

entran en bandada

gorriones y tordos.

Ordeñan las parras

sus picos golosos.

Las fresas maduras

no les dan sonrojo.

Al chirriar la puerta,

siempre vigilantes,

emprenden el vuelo

raudos y culpables.

Atusan sus picos

tras el corto viaje;

y desde el tejado

celebran su lance.

¿Cantan o protestan?

¡Cualquiera lo sabe!

(Al menor descuido

vuelven al ataque).

El viejo manzano,

portero de entrada,

ofrece su sombra,

se asoma a la tapia;

susurra a la brisa

cuando llega el alba.

Vienen las abejas,

zumban por sus ramas

y le hacen cosquillas

de sonrisa blanca.

El manzano eunuco

del rincón de abajo

daba muchas hojas

pero fruto en vano.

Ni siquiera flores.

¡Maldito castrado!

Vio cerca la sierra

destellante y loba

sin hacerle daño.

Comprendió la tregua

el manzano eunuco.

Me engañó con flores

pero no dio fruto.

(Yo no sé hasta cuándo

fría sierra loba

dejará con vida

al manzano eunuco

junto al lilo blanco…)

Al peral del pozo

le encorvan los años;

lucha por la vida

como el “operado”.

Los dos a porfía

florecen en mayo.

Si el hielo les deja

y el viento es calmado

brindan en otoño

fruto sazonado.

Admiro en los surcos

patatas que nacen:

capullos erguidos

al caer la tarde,

como ofrenda humilde,

como rezo suave…

Alubias que trepan

y abrazan las varas

y trenzan ojivas

como cien ventanas

de catedral gótica,

vegetal, alada…

Las coles ensanchan

sus hojas en brazos;

aprietan redondas

cogollos prensados.

Beben el rocío

azul-plateado

cuando llega el alba

y el sol del verano.

Frágiles lechugas,

ajos estirados

siempre en formación

como los soldados.

Frondosas cebollas,

puerros azulados;

y las zanahorias

de pelo rizado.

Coles de Bruselas,

acelgas y rábanos,

borrajas, pimientos,

tomates, garbanzos.

Perejil fragante

y un laurel enano.

También hierbabuena

y claveles blancos.

Girasoles gualdos

y maíz barbado.

Frambuesas, ciruelos,

rosales y dalias;

melocotoneros.

El lilo morado

al fin del paseo.

Gigante, lozano,

el saúco grande

que reta al castaño.

El huerto del cura

parece un muestrario,

vegetal, pequeño,

casi un relicario

de paz y sosiego

trabajo y descanso.

A la sombra amiga

del viejo manzano

se goza el silencio

y el canto del pájaro.

Lecturas y rezos

están hermanados.

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

y es claustro cerrado.

¡Se pulsa la vida

con pálpito humano!

 

En fin, en este momento crucial me parece especialmente apropiado reproducir el poema titulado “BUENAS NOCHES, MI DIOS… (En la víspera de mi ordenación sacerdotal)”. Dice así:

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Voy a ensayar la muerte una vez más;

pero Tú no te quedes en la playa,

que a bordo de mi sueño

contigo irá mi corazón remero.

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Por unas pocas horas afiladas de estrellas

me embarco hacia alta nada,

me sumerjo en la sima del olvido.

Sigo amando la vida y tu planeta,

pero me tientan la muerte y las estrellas.

(¡Si esta densa noche de la espera

fuera, al fin, mi noche

y encontrara en su regazo y para siempre

anclar mi corazón en el Amor…!)

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana.

Como en un blanco mar, lleno de espuma,

arriesgaré mi barca a la luz de tu mirada

hacia doradas islas cenicientas

de bruma y de imposible.

Antes de zambullirme en el olvido

inclina la cabeza y en tu frente

prenderé mi agridulce beso humano

y te pediré, en voz baja, algún juguete:

Haz que esta noche mi barquilla frágil

se pierda y amanezca para siempre

en la playa de luz de tu costado.

Entre las algas muertas de mi orilla

he dejado, Señor, mi cofre abierto

y un adorado rostro fugitivo

para marchar a tu encuentro en línea recta.

Mira, Señor, que es muy honda

la quemadura de tu ausencia

y las sirenas

subirán a hacerme guiño en las estrellas.

Vigila, Tú, mi sueño en esta noche.

Así hasta el alba.

Hasta que el lucero alumbre

tu rostro entre mis manos.

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana…

Buenas noches, mi hermano, hasta mañana.

LA LLAMADA DEL MONTE

Ahora que los días alargan y despierta el campo, es tiempo de volver al paisaje de la infancia. El camino sigue sin asfaltar a pesar de las reiteradas promesas de las autoridades. La manchas verdes del pinar reciente desfiguran y dulcifican algo la estampa tradicional del pueblo y de su alfoz, sin que logren borrar del todo la parda desnudez. Verdean ya tímidamente los sembrados, que reviven con los primeros soles de marzo. Desde la venta de las tierras al Estado para plantar pinos, nadie sabe quiénes son los dueños de las piezas de cultivo. Gentes de fuera, seguro, que se aprovecharon de la gran emigración, la tremenda estampida. Al viajero le gustaría tropezarse en el camino con un arriero, envuelto en su tapabocas, al que preguntarle, por ejemplo, de sopetón: “Eh, buen hombre, ¿de quién es esta tierra? ¿Sabe adónde va la madera de los pinos?…” Y así. Y, si se terciaba, compartir con él la bota y la petaca. Pero hace tiempo que no quedan arrieros en la comarca, ni caballerías, ni ovejas, ni apenas pájaros. En las umbrías se ven manchas de nieve sucia. En los oscuros ribazos que no arrasó la concentración parcelaria faltan semanas para que florezcan las ulagas, los bizcobos, los calambrujos y los espinos de flor blanca. Las majadas, que descienden de la Cruz de la Villa por el camino del Horcajuelo, se desmoronan, como pasó con la iglesia, y falta poco para que se conviertan en un cantarral, refugio de las víboras y los alacranes. En las calles hay cagarrutas de ciervo, lo que indica que los animales del monte han bajado de la sierra de la Alcarama y se han enseñoreado del pueblo.

El paisaje se parte geométricamente en dos: el raso y el monte. El pueblo se sitúa en medio, en la bisagra misma: hacia el sur, el raso, y hacia el norte, el monte. Como dos hemisferios complementarios. Del raso venía la cosecha; del monte, la leña y el agua. El raso era el escenario de las ovejas; el monte, el de las cabras. Los prados y las huertas estaban en los abrigos del monte, por donde corrían los riachuelos, anidaban las torcaces y campeaba el gato montés. La llamada del monte era muy fuerte. No en vano a los de Sarnago nos decían montunos. Desde muy pequeños los muchachos nos aventurábamos a perdernos solos por las veredas del monte. Sin miedo a las alimañas ni a los sacamantecas. Con algún chozo, como único refugio en caso de tormenta. Buscábamos nidos o frutos silvestres: magüetas, moras, endrinas, gayubas, maguillas… O simplemente la aventura de sentirnos solos, libres, sin testigos, en medio de la Naturaleza, escuchando nuestra respiración y el canto de algún pájaro. Esta es una experiencia muy especial, que únicamente el que la ha vivido alguna vez de pequeño comprenderá lo que significa. Personalmente nunca he olvidado esa sensación de ser completamente libre en medio del monte. Creo que condicionó en gran manera mi existencia. Después de eso, no me costó mucho en la vida amar y luchar por la libertad. Tenía que contar esto alguna vez. ¿Comprenden mejor ahora lo del canto del cuco?

Eso explica también que, desde que presentí los primeros pasos de la primavera, tuve deseos de volver a recorrer los caminos del monte, que es como recorrer otra vez los caminos de la infancia. Y llevo varias semanas intentando contarlo aquí, pero distintas interferencias me obligaron a posponerlo hasta hoy. La pena es que no he podido cumplir del todo este sueño. Desde la gran despoblación los caminos del monte están obstruidos por la maleza, desfigurados, intransitables. Ya no soy capaz de reconocerlos. Los chozos, únicos refugios en caso de tormenta, han desaparecido, derrumbados y perdidos en la broza. Todo es irreconocible. Con la repoblación de pinos, el paisaje del monte se transformó. Para plantar pinos labraron los robledales y arrasaron sabinares. Apenas quedan arces ni maguillos. Un desastre ecológico, del que nadie ha pedido cuentas todavía. Uno siente que le han quitado las referencias. Desde las negras cumbres del monte, como dice Altolaguirre, se divisa un ayer y un mañana diferentes. Nos vemos empujados a vivir en la ciudad, que Fernández Flórez llama, en “El bosque animado”, un corral de hombres.