El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

EL PASO DEL FUEGO

Cuando cae la tarde y se acerca la noche de San Juan, una fuerza interior me traslada, quiera o no quiera, a las Tierras Altas de la Alcarama. Entre los imborrables recuerdos de la infancia figuran dentro de mí, de forma destacada, tanto como la emoción de la primera nevada, la contemplación del paso del fuego en San Pedro Manrique y las leyendas que contaban en casa esta noche poblada de misterios. Veo los troncos humeantes de la hoguera y a los encargados de preparar el pasillo de fuego moviendo sus largos horguneros. Escucho la alegre charanga y observo saltando a la bulliciosa juventud que sube por la calle hasta la plazuela de la ermita, donde tendrá lugar el acontecimiento a medianoche. Será entonces cuando los más valientes, entre los que suele figurar alguna mujer, pasarán la alfombra de brasas con los pies descalzos, cumpliendo una antigua tradición. Es un rito que se repite año tras año sin perder interés, aunque, convertido cada vez más, haciendo honor a los nuevos tiempos, en un espectáculo turístico y pagano.

Y aquí detengo el relato. Soy consciente de que he contado ya esta historia infinidad de veces de muy distintas maneras. Incluso arranco con ella las “Leyendas de la Alcarama”. (Me imagino ahora a mis personajes, Esteban y Gabriela, ella vestida de móndida, entre el humo de la hoguera. ¿Qué habrá sido de ellos?). Ha llegado el momento de pararse y reflexionar. La noche del solsticio de verano, en la que se encienden las hogueras y se realiza la purificación por el fuego, es una buena ocasión. Es verdad que el cuco canta siempre la misma cantinela y a nadie le parece mal. Los cuentos se repiten y las repeticiones agradan a los niños. El chatarrero que llega a la urbanización todos los fines de semana se anuncia siempre por el altavoz con las mismas palabras. Lo mismo hace el tapicero y el afilador. Se repiten la fuente y el río: siempre la misma canción, pero con distinta agua. Se repite el ciclo de las estaciones y las oraciones que aprendimos, la música que oímos, los saludos rutinarios y las expresiones amorosas. Puede decirse que la vida es una repetición de momentos, de palabras y de paisajes. Entonces ¿a qué viene este titubeo? A ver si me explico.

Llevo más de cinco años con “El canto del cuco”. Esta es la entrada 251 del blog, con 4.672 comentarios. En todo este tiempo me he esforzado por ser fiel a mi propósito de recoger las despojos de la cultura rural, que se acaba. He defendido los valores de la vida en los pueblos. He denunciado el abandono y la injusticia. He recorrido el ciclo de las estaciones. He contado lo que va de ayer a hoy. He presentado una galería humana de entrañables personajes: los últimos vecinos. He dibujado con la mayor fidelidad posible el escenario físico y humano de las Tierras Altas de Soria, -mi escenario vital y literario-, que se han convertido por desgracia del destino en el mayor desierto demográfico. Y, en fin, he procurado estrujar la memoria de mi infancia, casi hasta el agotamiento. Me parece que es el momento de hacer un alto en el camino, descansar, echar un trago y buscar la mejor ruta para no perderme, para no perdernos. El caso es que no voy solo. Miles de personas siguen este blog, según los datos que puntualmente me llegan. Son de España y de medio mundo. Sin este acompañamiento coral, “El canto del cuco” no tendría sentido. Voy a ser claro como el agua clara del manantial: necesito saber de los que me acompañan si empiezan a aburrirse de este paisaje áspero y monótono, que se repite y se repite y por el que caminamos . O, dicho de otra manera, si se cansan de mis relatos rurales y de los cristales rotos de la memoria. Espero sus sugerencias antes de continuar el camino.

Personalmente creo que queda terreno por explorar. Incluso me he animado leyendo “El suplicio de las moscas” de Elías Canetti. Dice que “el que ha aprendido bastante no ha aprendido nada”. Y, sobre todo, hace la siguiente observación, que me estimula: “Jamás llegará a ser un pensador, se repite demasiado poco”. Puede que no haya más remedio que repetirse y machacar la reja ardiente sobre el yunque, como en las viejas fraguas. Otra vez el fuego en la noche de San Juan. En realidad, este es mi paso del fuego particular.

NOSTALGIA DE LA TRIBU

Ocurre a veces que vas pasando rutinariamente las páginas de un periódico o de un libro, o viajas distraído en el autobús, o te encuentras con alguien desconocido, y te asalta una frase o una idea que te conmueve, te ilumina por dentro como un fogonazo de luz y te descubre de repente lo que presentías y llevabas tiempo buscando. Dices entonces: ¡Pues claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? Y ves que esa revelación, tan sencilla en apariencia, tan al alcance de la mano, te explica, como ocurrió en este caso, tu empeño en recrearte en describir el final de la vida rural. Te das cuenta de que tu defensa de los pueblos y de la cultura milenaria que agoniza es más que un regreso al escenario de la infancia perdida -ahora que la casa está también cerrada, puede que para siempre-, un instinto de conservación o un impulso de compasión ante el desastre humano de la despoblación. Es todo eso, pero es, sobre todo, la nostalgia del clan y de la tribu, algo que tenemos innato, metido en las entrañas.

El que me ha dado razón de esto ha sido el escritor y periodista norteamericano Sebastian Junger, que ha escrito un libro titulado precisamente “Tribu”, en el que concluye que “estamos configurados, hoy y hace un siglo, para vivir en comunidades de cien personas”; es decir, para convivir en una aldea o en un pueblo pequeño. Recuerda, a este propósito, las dificultades que encontraban muchos soldados en la guerra de Afganistán, con los que él convivió, para reintegrarse a una vida normal en casa. “Querían volver al frente y seguir luchando -dice-, y ese lugar era totalmente tribal: vivían en una unidad de cuarenta hombres, absolutamente dependientes los unos de los otros”. Pensó en su tío Ellis, con sangre india, que le había advertido: “Si pruebas algo distinto de la sociedad moderna, no quieres volver a ella”. Está claro -reflexiona Junger- que “un país no es una tribu ni una aldea. El truco es cómo trasladar esos principios a escala mayor para mejorar la calidad de nuestras vidas”. Pues eso.

¿Y cuáles son esos principios? El primero de todos, el sentido de pertenencia a un grupo, en el que hay mucho en común. Esto lleva consigo la ayuda de unos miembros a otros, sin hacer trampas porque allí todos se conocen y todo se sabe, la dependencia mutua y la camaradería. La competencia o el conflicto con otro grupo exterior ayuda a la cohesión del clan. “En la sociedad tribal -dice Rubén Amón en “El País”- se comparte la pobreza, pero también el tiempo y las relaciones”. Por supuesto, el juego y el trato asiduo y cercano unos con otros. La comunicación permanente, casi sin secretos de familia. Y esa ancestral necesidad de pertenencia a un pueblo o a un grupo aumenta frente al individualismo moderno. Sí, ya sé, la perversión de este proceso tribal es la vuelta a los nacionalismos excluyentes, como ocurre, sin ir más lejos, hoy en Cataluña. Ese es el peligro. La vuelta a lo local rodeándose de paredes y quedando parapetados e incomunicados. Junger define a alguien de la tribu como aquel a quien darías tu comida. En realidad éste es también un rasgo característico, una aportación fundamental del cristianismo bien entendido, que además amplía la exigencia moral y obliga a dar también pan al que tiene hambre aunque no sea de tu tribu o pertenezca a la tribu enemiga.

A la luz de todo esto, he reflexionado sobre aspectos inolvidables de la vida en el pueblo que confirman su naturaleza de tribu o clan. Pertenecer al mismo pueblo marca para siempre. Y más aún si eres del mismo barrio -del barrio de arriba o del barrio de abajo- porque la convivencia es más estrecha. Cuando dos antiguos vecinos -del barrio de arriba o del de abajo- se encuentran de nuevo lejos después de muchos años incomunicados tras la dispersión de la emigración, se reconocen enseguida, se alegran y sienten especial afecto como miembros del mismo grupo, como de la misma tribu o familia. Cuanto más lejos ocurre el encuentro, más se amplia -a la comarca, a la provincia, a la región, al país- el espacio afectivo del clan. Lo mismo ocurre con los viejos compañeros de la mili o de la Universidad, o con los seguidores del mismo equipo de fútbol. Surge enseguida la camaradería. Las actuales hacenderas de Sarnago, llegando de fuera y trabajando unidos y desinteresadamente para arreglar el pueblo deshabitado son, en el mejor sentido, un buen ejemplo de comportamiento tribal. Cuando el pueblo estaba habitado, los vecinos eran convocados por el Ayuntamiento e iban “de caminos” realizando, juntos, trabajos comunitarios. Lo mismo hacían, en este caso, cada uno con su yunta, sembrando y recogiendo la cosecha en las rozas del común y trillando el centeno, todos juntos, en el ejido con gran algazara. Para mí, una estampa memorable.

Pero hay otras imágenes y otros comportamientos que reflejan mejor esta ancestral pertenencia a la tribu. He aquí algunos que me vienen ahora a la cabeza: El eterno pleito con el vecino pueblo de Fuentebella, que cohesionaba al pueblo; la costumbre de acudir todos, a toque de rebato, con cubos a apagar un incendio, o con horcas y palas de madera a recoger la parva del vecino cuando llegaba la tormenta; la obligación de dar posada “a reo vecino” al pobre que llegaba y no tenía cobijo; la decisión de ayudar entre todos a levantar el pajar o la majada incendiada; la costumbre ancestral de no desamparar a la familia cuando moría el padre y quedaba la cosecha sin recoger o la siembra a medias, y, en fin, el respeto silencioso con que todo el pueblo, en doble fila, acompañaba al vecino muerto hasta el camposanto. Estoy pensando que los que decimos ahora con orgullo “¡Yo soy de pueblo!”, en realidad estamos dando un grito tribal.

EL TRANSFORMADOR TRANSFORMADO

Mi calle de Sarnago ha aparecido retratada en “Le Monde”, prestigioso periódico francés, ilustrando un reportaje titulado “La Laponia española quiere salir del abandono”. La foto está tomada desde la placetuela, de abajo a arriba, formando con la barrera de las paredes de piedra una especie de túnel del tiempo. Algo llama enseguida la atención: la presencia de un gato cruzando la calle en un pueblo deshabitado. El pie de foto no puede ser más explícito: “En el pueblo de Sarnago (provincia de Soria), enfrentado a un éxodo rural masivo”. ¡Y tan masivo! ¿De dónde habrá salido el gato? Es la única señal de vida en el escenario. Lo de la Laponia española quedó explicado en la anterior entrada del blog sobre la muerte de los pueblos. Se trata de una amplia región cada vez más desértica, que ocupa el corazón de España, entre la indiferencia de los poderes públicos. “Enclavada en el norte de la península ibérica -arranca “Le Monde”-, la comarca presenta una de las más bajas densidades de población de la Unión Europa”. Así es. La comarca de las Tierras Altas de la Alcarama, con docenas de pueblos muertos y menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se lleva la palma de la desertización. Además del diario de París, distintos e importantes periódicos de lejanos lugares del mundo, de Oriente y de Occidente, se han interesado últimamente por el llamativo caso, del que “El canto del cuco” lleva más de cinco años dando cuenta como quien manda llover.

Y, sin embargo, en Sarnago la vida sigue. Me parece que este lugar donde nací se ha convertido en todo un símbolo de resistencia a la muerte de los pueblos deshabitados o a punto de quedar vacíos. Un ejemplo para muchos. Un esfuerzo inútil para otros. Un orgullo para los que somos de allí. Es verdad que los cuatro kilómetros del camino que arranca en el puente de San Pedro siguen sin asfaltar a pesar de todas las promesas del alcalde sampedrano y de la Diputación. También es desolador contemplar las ruinas de la iglesia. Todo el mundo espera que la llegada del nuevo obispo, un riojano de Autol con fama de abierto y comprensivo, facilite de una vez con ánimo cristiano los trabajos de reconstrucción.

La última reseña de actividades promovidas por la Asociación, que preside José Mari Carrascosa, no deja lugar a dudas de que aún hay vida: Se ha presentado el libro de Isabel Goig sobre la Virgen del Monte Seces, “mucho más que una ermita”, un lugar mágico, rodeado de historia y de misterio, en el que pasé horas felices de mi infancia y del que me ocupo con algún detenimiento y la dosis justa de fantasía en “Leyendas de la Alcarama”. En cierta medida me cabe el honor de haber descubierto este curioso cenobio con sus últimos santeros convertido con el paso del tiempo en ruinosas majadas. También es digno de ser destacado en esta crónica el hecho de que en Sarnago se ha celebrado por segundo año consecutivo el Día del Árbol, como cuando entonces, plantando por lo vecinos, llegados de fuera para la ocasión, diferentes especies de árboles autóctonos bajo la dirección de José C. Santana, doctor ingeniero agrónomo. Es un acto de alto contenido ecológico y cultural. Acaso una rebelión callada y una voluntad de permanencia. Se procura así restablecer en lo posible la floresta original, destruida en los años sesenta con la masiva plantación de pinos, causa inmediata de la despoblación.

Pero hay más. Estos días de finales de mayo -que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor- se lleva a cabo en el pueblo una nueva hacendera. Las gentes acuden a arrimar el hombro para arreglar caminos, calles, fachadas o lo que se tercie, en un trabajo comunitario, sin ayudas oficiales, para hacer más habitable el lugar y demostrar la voluntad de supervivencia. Acuso, en fin, recibo de una impulso estrella. Sarnago se ha incorporado a la iniciativa de una ruta turística, promovida por la Mancomunidad de Tierras Altas, bajo el eslogan “Conquistando Soria, asómate a Tierras Altas”, y lo ha hecho con un precioso y colorista mural pintado en el viejo transformador de la luz, a la entrada del pueblo, bajo el letrero: “Tierra de nadie, (tierra) de TODOS”. Los caminantes que se aventuren por estos solitarios e impresionantes lugares deshabitados, en los que manda el silencio y en los que aún pueden contemplarse los últimos vestigios de Naturaleza virgen, recibirán un pasaporte especial, en el que se reconocerá su meritoria aventura. Y, de este modo, el viejo transformador se transforma en luminosa señal para viajeros curiosos. Todo un detalle de adaptación a los tiempos, de resistir transformándose. O, más humildemente, se trata al menos, como dice “Le Monde”, de intentar salir del abandono.

¡LOS PUEBLOS SE MUEREN!

La mitad de los municipios españoles están en riesgo de extinción. Lo acaba de proclamar, con los datos en la mano, la Federación de Municipios y Provincias, que, por fin, parece tomar cartas en el asunto. Por primera vez se califica de “problema de Estado” el envejecimiento del mundo rural y la galopante despoblación de la España interior. Y por fin se solicita un plan nacional, con apoyo europeo, para restablecer el equilibrio demográfico y la vertebración del país. En esta España invertebrada, las dos Castillas y Aragón, inmovilizados, tienen quebrado el espinazo mientras vascos y catalanes piden, insaciables, más dinero al Estado y mejores transportes. La desaparición de un pueblo no es menos grave que la desaparición de una rara especie animal o vegetal. Y ahora están en trance de morir, según los datos oficiales, 4.000 de los 8.000 pueblos de España entre la indiferencia general. Si uno se acerca a uno de estos pueblos y, con suerte, se tropieza con alguien en la calle y le saca la conversación, oirá enseguida la frase fatídica: “Aquí cada vez somos menos y más viejos”. Esa es la tremenda realidad.

Los datos del desequilibrio son apabullantes. En el 60 por ciento del territorio nacional sólo viven seis millones de personas. Hay una macrorregión natural que algunos expertos llaman la “serranía celtibérica”, y que bien podría considerarse el corazón de España, que se ha convertido en el mayor desierto demográfico. Se extiende por nueve o diez provincias: Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, parte de Valencia y Castellón, Burgos, Segovia, la Rioja… Si no se pone remedio urgente, esta región central está condenada a la extinción. La situación más desesperada es la de Soria, que en esto se lleva la palma. Poco más de noventa mil habitantes censados en toda la provincia, disminuyendo de año en año y con peligro cierto de desaparecer administrativamente como entidad provincial. Y, sobre todo, la comarca de las Tierras Altas, poblada de pueblos despoblados -¡qué contradicción!- y donde el número de habitantes, menos de dos por kilómetro cuadrado, es menor que en el Sáhara. O sea, puro desierto. En la amplia extensión de la “serranía celtibérica”, con algo más de 60.000 kilómetros cuadrados -doble que Bélgica- , no viven más de 450.000 almas. Alguien ha calificado lo que está ocurriendo de “etnocidio silencioso” y puede que no le falte razón.

Esto no se arregla con habilidosos reportajillos hilvanados sobre la España vacía con pretensiones literarias. Hay que reclamar por todos los medios, como ha indicado la Federación Española de Municipios y Provincias, una política de Estado con un plan nacional completo contra la despoblación rural. Estamos ante una situación de emergencia que exige medidas extraordinarias y urgentes como en cualquier catástrofe natural. Ese plan ha de incluir exenciones fiscales a las empresas que se instalen en ese territorio, mejora sustancial de las comunicaciones por carretera y por ferrocarril, estímulos a los profesionales jóvenes -maestros, médicos, veterinarios, ingenieros agrónomos y de montes, programadores informáticos, animadores culturales, etcétera- que se trasladen allí, como hacen en Australia, reapertura de escuelas, de consultorios médicos y de cuarteles de la Guardia Civil. El reparto de la financiación autonómica ha de tener especialmente en cuenta el hecho de la despoblación. El Estado debe suplir la falta de iniciativa privada y estimularla. La brecha digital, la desaparición de líneas de autobuses, y el cierre de las tabernas, de las panaderías, de las gasolineras y de las sucursales bancarias no hacen más que acelerar la agonía de los pueblos, que se sienten abandonados del Estado y dejados de la mano de Dios. Es preciso mantener, con las subvenciones que sean precisas, los servicios esenciales de la comunidad. Un equipo de expertos, con el respaldo de las fuerzas políticas, sindicatos, entidades religiosas, empresarios, intelectuales, etcétera, deberían ponerse ya manos a la obra en busca de este gran proyecto global que evite el desastre al que nos encaminamos.

No todo está perdido. Algo se mueve. Crece la conciencia social y los más lúcidos dirigentes políticos, como el presidente de Castilla y León, principal región afectada, y los miembros de la Federación Española de Municipios y Provincias, dan muestras de empezar a hacerse cargo del problema, puede que el más grave problema de Estado ahora mismo, el que está provocando el mayor drama social. Basta con recorrer la calle de cualquiera de estos pequeños pueblos agonizantes un día de estos. Personalmente no me considero un visionario, pero creo que hay otros indicios esperanzadores. Con la revolución industrial y, más adelante, con la mecanización del campo dejó de haber trabajo en el mundo rural y ocurrió el gran éxodo de las gentes del pueblo a la ciudad. Ahora asistimos a una nueva revolución -informática, biológica, robótica…- que también va a cambiar radicalmente nuestra forma de vida. Gran parte del empleo que ha convertido a las ciudades en enjambres humanos se va a acabar. Harán el trabajo las nuevas máquinas. Con las nuevas tecnologías cada vez más se trabajará a distancia. Esto empujará a la ordenada vuelta a los pueblos, debidamente puestos al día, de miles y miles de habitantes de la ciudad. En este flujo y reflujo la vida volverá a empezar cerca de la Naturaleza. Se iniciará, si es que no está ocurriendo ya, lo que mi amigo Gustavo Martín Garzo llama hoy, en un artículo del periódico, la búsqueda del hogar perdido.

LA FONDA DE SAN PEDRO MANRIQUE

Me escribe Santiago Valdazo Munilla, natural de San Pedro Manrique, nacido en la fonda “El Comercio”, que todo el mundo conocía por “La Fonda”, regida por su familia desde 1911 y que cerró en 1951. Me dice que ha leído mi libro “Historias de la Alcarama”, que ha supuesto para él “una experiencia hermosa, emotiva”, y me adjunta un minucioso relato en el que aporta datos y detalles de primera mano al hilo de lo narrado por mí. Su aportación me parece muy valiosa y he creído que no la podía echar en saco roto. Supongo que los lectores interesados en esas historias mías de las Tierras Altas de Soria lo agradecerán. Así que voy a recoger aquí algunas de las curiosidades para que no se pierdan en el olvido. Son el reflejo de una época.

Se extraña, de entrada, Santiago Valdazo de que en este libro me ocupe de la fonda de la Cuatrena y no mencione la suya. Esta omisión sólo se explica por mi mala cabeza y por la amistad y la familiaridad de la tía Juana, la Cuatrena, con mi madre, que convertía su casa en parada habitual, lo mismo que el comercio del tío Perico. Pero hay que dejar constancia de la relevancia de “La Fonda”, situada en el centro de “La Cosa”, la explanada de los comercios donde se instalaba la feria y el mercado de los lunes, como centro de la vida social del pueblo y de la comarca. Era posada y casa de comidas. Por ella pasaban no sólo arrieros y tratantes que venían al mercado, como el tío Domingo, “El Mingarra”, de Sarnago, un habitual según cuenta, sino los que se hospedaban en ella. Este fue el caso del padre del protagonista de esta historia, también llamado Santiago Valdazo, que vino de fuera en 1928, cayó por “La Fonda”, se enamoró de Saturnina, la hija de los dueños, y se casaron. Hasta la boda, como exigían las buenas costumbres de la época, se fue a vivir a casa de su amigo Faustino Aragón, “El Rebote”, el dueño del molino, que tenía a la entrada una gran morera de moras gordas y dulcísimas, que yo disfruté hasta ponerme perdido cada vez que me mandaron con una carga de trigo al molino.

A la puerta de “La Fonda”, junto a la primera acacia, cerca de la farmacia, paraba siempre el coche de linea, un Opel de veinte plazas, con matrícula de 1932, que conducía Santiago. El carromato hacía el recorrido hasta el chozo de Huérteles, donde empalmaba con “La Exclusiva”, empresa de Gonzalo Ruiz, un Reo Speed Wagon, que unía Soria con Calahorra, por el puerto de Oncala, y que conducían, con grandes penalidades, “el Inés” y, en sentido contrario, “el Perico”. No hace falta recordar que en ellos discurrieron los viajes de mi infancia. Santiago tenía además un coche de punto, primero un Hispano-Suiza, que había sido de la Casa Real y luego un viejo Ford, que competía con el Crysler del Godo, que rara vez llegaba a su destino sin sufrir algún percance en el motor o en las ruedas. Cuenta Santiago Valdazo Munilla, el hijo del conductor, que cuando llegaba en el coche de línea “el Macarrón”, temido delegado en toda la comarca, él salía disparado hasta el molino de “El Rebote” y daba el queo. Desde allí se comunicaba inmediatamente al resto de los molinos, a lo largo del río Linares, hasta el del tío Juan, para que pusieran la harina a buen recaudo y no la requisaran los delegados, y pronto se corría la voz por los pueblos de la comarca -¡que vienen los delegados!- para que las gentes guardaran a toda prisa en escondrijos la harina el aceite y el pan blanco.

El viejo autobús era la estrella en los días de mercado, tanto a la salida como a la llegada. A un niño de Sarnago, como yo, que nunca había visto un automóvil en el pueblo, aquel carromato moviéndose entre la gente y los puestos de cerdos, gallinas y cabritos, le impresionaba. En este capítulo del mercado, el corresponsal de estas memorias recuerda la compra de las primeras zapatillas del verano en la tienda del tío Marcelino, la llegada de la “tía Reloja” de Arnedo con verduras y pescado, los “Garnica” de Soria, los cochineros con sus blusas negras, los tratantes de muletos, “El Cuatrena”, los dos esquiladores de caballerías, situados junto al frontón, uno en cada esquina bajo las acacias, que escribían encima del rabo de los animales con cortes de tijera “Viva mi amo”, el capador con su chiflo, los comediantes, el sacamuelas… Uno de los primeros coches del pueblo fue el Ford de don Higinio, el médico, pero se lo requisaron para el frente en 1936. Por eso tuvo que llegar a Sarnago a caballo un día frío de noviembre, nevando, a atender a mi madre en el parto en el que yo vine al mundo. Ahora he sabido -he pasado la vida deseando conocer detalles de la vida de este hombre tan ligada a la mía- que se llamaba don Higinio Ayala Mesanza, que llegó a San Pedro en 1930 y que se hospedó en “La Fonda”. Vivió allí hasta 1933, año en que la familia se trasladó a una casa. Tuvieron tres hijos. En 1944 se fue a Aspe (Alicante) y le sustituyó don Manuel, todo un carácter, que acostumbraba a parar en nuestra casa. Había además otro médico, don Epifanio Hernández. Su hija, doña Nuncia, fue maestra en La Ventosa, vive en Garray y acaba de cumplir cien años.

Me cuenta también que la madre de don Luciano, un sacerdote nacido en Acrijos, amigo mío, murió en “La Fonda” después de sufrir un día de mercado un par de coces de un burro. También recuerda que su hermano, desobedeciendo a su madre, se acercó a ver el cadáver de la “tía Moña” de La Ventosa, que se ahogó en un charco del Palenque, y tanto le impresionó aquella mujer que llegó a “La Fonda” corriendo y se escondió, aturdido y aterrado, debajo de la cama. A propósito de los entierros, evoca sus tiempos de monaguillo, tocando las campanas o llevando la cruz alzada o el acetre del agua bendita. “Me impresionaba el silencio, el respeto de la gente y su manera pulcra de vestir”, dice. Y cuenta algo de lo que yo no tenía noticia: “El trozo de la calle del muerto no se barría en una semana”.

Santiago Valdazo Munilla aporta otras historias dignas de ser contadas, entre ellas un relato de cuando la guerra que merece capítulo aparte. Hoy nos quedamos con el trasiego de “La Posada”, observatorio privilegiado de la vida del pueblo y memoria de un tiempo que no volverá.

EN LA CASA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

En la tarde del Sábado Santo visité en Orihuela la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, fallecido de tuberculosis en el hospital de la cárcel de Alicante hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1942, después de librarse de la pena de muerte a la que fue condenado por sus ideas políticas. Tenía 31 años. En plena guerra, en 1937, se había escapado del frente para casarse con Josefina Manresa, de la que tuvo dos hijos: Manuel Ramón, que vivió sólo unos meses, y Manuel Miguel, al que le dedicó desde la prisión el famoso poema “Nanas de la cebolla”, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no tenían para comer más que pan y cebolla, y que comienza así:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Desde mi juventud, cuando lo encontré encabezando la magnífica “Antología de la nueva poesía” de José Luis Cano, sentí devoción por este poeta que había sido cabrero y que se malogró prematuramente. El aprecio por el joven poeta de Orihuela, víctima de la guerra, la barbarie y la fatalidad, ha ido aumentando con los años. Para mí ha sido siempre un poeta cercano, no sólo por llamarse Hernández, sino porque me parecía un poeta del pueblo, de los de abajo, de los humildes, de los campesinos. No era difícil sentirse identificado con él repasando su vida y leyendo sus versos en los que la vida se refleja como en un espejo. Hace muchos años le llevé a mi hermano un cuadro en el que figuran unos versos suyos, que mi hermano ha tenido siempre, hasta su muerte, en lugar destacado de su despacho. Dicen:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Su padre, que también se llamaba Miguel, lo sacó pronto de la escuela, cuando empezaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo, cercano a su casa, y lo mandó cabrero. De nada sirvieron los ruegos de los jesuitas, que regían el colegio -una inmensa mole de piedra-, que le ofrecieron una beca porque detectaron enseguida el talento de aquel muchacho. Su padre era tratante de ganado, sobre todo de cabras, la familia era numerosa y los tiempos no eran fáciles. Así que el chico debía olvidarse de los estudios y colaborar al sostenimiento de la casa. Es exactamente lo que yo vi de niño en Sarnago y en los demás pueblos de la comarca. Aunque tuvieran un gran talento, cuando los niños y las niñas dejaban la escuela a los catorce años, les esperaba el garrote de pastor o, a ellas, ir de niñeras o de criadas. ¡Dios mío, cuánto talento perdido! Así que el joven Miguel, en 1925, recién entrado en la pubertad, -había nacido el 10 del 10 de 1910- tuvo que coger el zurrón y ponerse al frente de la cabrada por las breñas del monte San Miguel a la espalda de su casa, lejos de los naranjales. Fueron cinco años largos de cabrero. Por la mañana, antes de soltar la cabrada, tenía que recorrer las casas llevando las cantarillas de leche recién ordeñada.

Pero el muchacho no se rinde. Lleva el zurrón lleno de libros. Muchos se los presta su amigo Luis Almarcha, un cura que, con el tiempo, llegaría a ser obispo de León y que, con José María de Cossío, el de la enciclopedia de “Los Toros”, intercede por él e impiden que lo fusilen al acabar la guerra. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee vorazmente y escribe sus primeros poemas. Es un autodidacta, como muchos hijos de campesinos que destacaron en las letras o en el comercio. Hasta le dan un premio literario a los 20 años, el único de su vida. Cuando va a recogerlo, con la ilusión de llevar a casa un poco de dinero, sólo recibe una escribanía de plata. Después vendrían sus obras imperecederas: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Vientos del pueblo”, etcétera. A mí siempre me ha impresionado su “Elegía a Ramón Sijé”, que termina con aquella estrofa:

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Visitando la casa en que vivió, he comprendido mejor el origen y el sentido de estos otros versos del mismo poema:

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

La casa, llena de fotografías, recuerdos y humildes muebles y objetos de la época, lo dice casi todo. Es una casa sencilla de una sola planta en las afueras del pueblo, cerca del palmeral, en la falda del monte de San Miguel. La calle, ahora dedicada al poeta, se llamaba calle de Arriba. La casa es una obra de mampostería, como las de Sarnago, con refuerzos en sillería para las puertas y ventanas. Consta de dos crujías paralelas: delante el comedor y la salita de estar, y detrás, la cocina y los dormitorios -me detuve en el sencillo dormitorio del poeta con una cama de hierro que compartía con su hermano- además de un altillo para el pajar, al que se subía con escalera de mano desde el patio. El suelo de la casa, ahora enlosado, era de tierra. En el patio, en parte ajardinado, con macetas con flores y una buganvilla en el rincón, está el pozo y la pila de piedra para lavar. Al lado, un cobertizo con leñera y un retrete rudimentario. Y, al fondo, separado por una verja azul de madera, el corral para las cabras y las gallinas. Detrás, por una pequeña puerta se accede al pequeño huerto, “paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”. En el huerto, un reducto de paz donde el poeta escribía, destacan la morera y la higuera. Apoyado en esta última, Miguel Hernández confiesa:

Mi carne, contra el tronco, se apodera,

en la siesta del día

de la vida, del peso de la higuera,

¡tanto!, que se diría,

al divorciarlas, que es la carne mía.

A la puesta del sol, dejé la casa-museo, ahora propiedad municipal. Por la calle desfilaban, espantando a las golondrinas, las distintas bandas de música camino del Santo Entierro. Yo salía cargado de paz interior.

EN EL NOMBRE DEL HERMANO

La imagen del hermano muerto, el grandioso y emotivo funeral en Valdeavellano, la despedida fuera de la iglesia bajo la lluvia, la subida al cementerio del Espino en Soria, donde descansa ya junto a la madre, y la larga película de su enfermedad, vivida minuto a minuto, todo se agolpa hoy dentro de mí, no sé si más en el corazón que en la cabeza, y me impide escribir de ninguna otra cosa. Estoy bloqueado. Así que, por una vez, me dejo llevar por la emoción, pero conteniéndome hasta donde sea posible para no caer en la cursilería, que él tanto detestaba. Me parece necesario agradecer públicamente desde aquí las innumerables muestras de afecto y el incontable número de condolencias recibidas, y que aún me están llegando por todo tipo de conductos. He comprobado que a Delfín le quería todo el mundo. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a hombres llorar a lágrima viva. Es el mayor consuelo y la mayor satisfacción en esta hora triste. Era un buen tipo, una buena persona, un buen cristiano, un hombre tolerante y comprensivo, que pasó por la vida haciendo el bien. No exagero. Sé lo que digo. Y a la hora de la verdad, sus compañeros, la familia y la gente del pueblo se lo han reconocido. Llevaba más de cincuenta años de cura de pueblo, cuarenta y seis de ellos en Valdeavellano de Tera. Será seguramente el último cura de este pueblo. Era un hombre culto y bien formado: licenciado en Teología y en Psicología. En los ratos libres -¡cuántos miles de horas en estricta soledad!- escribía poesía. No se me ocurre homenaje mejor que cederle hoy aquí a él, en “El canto del cuco”, la palabra. De su libro “Soria por dentro. Palabras en el tiempo”, recojo unos cuantos poemas.

VIVIR

Si vivir es un verbo intransitivo,

vivir siendo vivido” es la gozosa

certidumbre de que otro ser, no cosa,

a mí “me está viviendo y yo lo vivo”

Vivir es convivir”, sin genitivo

que urda posesión siempre engañosa.

La abeja libre volverá a la rosa

y libará su néctar no cautivo.

Convivir” es la ruta del ascenso,

abre-luz de proyectos y quimeras.

Sobrevivir” es caer en el descenso.

Vivir espacio y tiempo en mil maneras.

La vida es poliédrica. Yo pienso

que vidas con amor son verdaderas.

 

Este soneto lo puso en la contraportada del libro. El siguiente soneto se titula:

EL CAMPESINO

En el campo nací y en él resido

entre pobres, sufridos labradores;

entre robles, estepas y pastores

mi pequeña existencia ha discurrido.

Sé de campo las penas y el olvido.

Sé del frío, trabajo y sinsabores.

Conozco las tristezas y dolores

del frágil campesino incomprendido.

Con aire de ignorancia en sus modales

sentencia sabiamente la verdad,

lacónico, tenaz, desconfiado…

Por cientos de promesas tan banales

se refugia en doliente soledad.

¡Inerme campesino marginado!…

No tengo más remedio que dejar constancia aquí, para disfrute de todos, de la poesía que se titula El huerto del cura de Valdeavellano, huerto junto a la casa y la iglesia, que él cultivaba amorosamente y con gran pericia, y en el que pasó horas y horas de su vida leyendo o rezando el breviario:

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

aunque esté cerrado.

Castaños fornidos,

jazmines coquetos

escoltan su entrada

por el lado cierzo.

La gente que pasa

por la carretera

no para sus mientes

que, junto a la iglesia,

el huerto rehuye

miradas ajenas.

Claustro pudoroso,

cercado de piedras,

amigo del aire,

la lluvia serena,

del sol y la nieve,

la luna y estrellas.

Al alba y la tarde,

voraces, nerviosos,

entran en bandada

gorriones y tordos.

Ordeñan las parras

sus picos golosos.

Las fresas maduras

no les dan sonrojo.

Al chirriar la puerta,

siempre vigilantes,

emprenden el vuelo

raudos y culpables.

Atusan sus picos

tras el corto viaje;

y desde el tejado

celebran su lance.

¿Cantan o protestan?

¡Cualquiera lo sabe!

(Al menor descuido

vuelven al ataque).

El viejo manzano,

portero de entrada,

ofrece su sombra,

se asoma a la tapia;

susurra a la brisa

cuando llega el alba.

Vienen las abejas,

zumban por sus ramas

y le hacen cosquillas

de sonrisa blanca.

El manzano eunuco

del rincón de abajo

daba muchas hojas

pero fruto en vano.

Ni siquiera flores.

¡Maldito castrado!

Vio cerca la sierra

destellante y loba

sin hacerle daño.

Comprendió la tregua

el manzano eunuco.

Me engañó con flores

pero no dio fruto.

(Yo no sé hasta cuándo

fría sierra loba

dejará con vida

al manzano eunuco

junto al lilo blanco…)

Al peral del pozo

le encorvan los años;

lucha por la vida

como el “operado”.

Los dos a porfía

florecen en mayo.

Si el hielo les deja

y el viento es calmado

brindan en otoño

fruto sazonado.

Admiro en los surcos

patatas que nacen:

capullos erguidos

al caer la tarde,

como ofrenda humilde,

como rezo suave…

Alubias que trepan

y abrazan las varas

y trenzan ojivas

como cien ventanas

de catedral gótica,

vegetal, alada…

Las coles ensanchan

sus hojas en brazos;

aprietan redondas

cogollos prensados.

Beben el rocío

azul-plateado

cuando llega el alba

y el sol del verano.

Frágiles lechugas,

ajos estirados

siempre en formación

como los soldados.

Frondosas cebollas,

puerros azulados;

y las zanahorias

de pelo rizado.

Coles de Bruselas,

acelgas y rábanos,

borrajas, pimientos,

tomates, garbanzos.

Perejil fragante

y un laurel enano.

También hierbabuena

y claveles blancos.

Girasoles gualdos

y maíz barbado.

Frambuesas, ciruelos,

rosales y dalias;

melocotoneros.

El lilo morado

al fin del paseo.

Gigante, lozano,

el saúco grande

que reta al castaño.

El huerto del cura

parece un muestrario,

vegetal, pequeño,

casi un relicario

de paz y sosiego

trabajo y descanso.

A la sombra amiga

del viejo manzano

se goza el silencio

y el canto del pájaro.

Lecturas y rezos

están hermanados.

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

y es claustro cerrado.

¡Se pulsa la vida

con pálpito humano!

 

En fin, en este momento crucial me parece especialmente apropiado reproducir el poema titulado “BUENAS NOCHES, MI DIOS… (En la víspera de mi ordenación sacerdotal)”. Dice así:

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Voy a ensayar la muerte una vez más;

pero Tú no te quedes en la playa,

que a bordo de mi sueño

contigo irá mi corazón remero.

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Por unas pocas horas afiladas de estrellas

me embarco hacia alta nada,

me sumerjo en la sima del olvido.

Sigo amando la vida y tu planeta,

pero me tientan la muerte y las estrellas.

(¡Si esta densa noche de la espera

fuera, al fin, mi noche

y encontrara en su regazo y para siempre

anclar mi corazón en el Amor…!)

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana.

Como en un blanco mar, lleno de espuma,

arriesgaré mi barca a la luz de tu mirada

hacia doradas islas cenicientas

de bruma y de imposible.

Antes de zambullirme en el olvido

inclina la cabeza y en tu frente

prenderé mi agridulce beso humano

y te pediré, en voz baja, algún juguete:

Haz que esta noche mi barquilla frágil

se pierda y amanezca para siempre

en la playa de luz de tu costado.

Entre las algas muertas de mi orilla

he dejado, Señor, mi cofre abierto

y un adorado rostro fugitivo

para marchar a tu encuentro en línea recta.

Mira, Señor, que es muy honda

la quemadura de tu ausencia

y las sirenas

subirán a hacerme guiño en las estrellas.

Vigila, Tú, mi sueño en esta noche.

Así hasta el alba.

Hasta que el lucero alumbre

tu rostro entre mis manos.

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana…

Buenas noches, mi hermano, hasta mañana.

LA LLAMADA DEL MONTE

Ahora que los días alargan y despierta el campo, es tiempo de volver al paisaje de la infancia. El camino sigue sin asfaltar a pesar de las reiteradas promesas de las autoridades. La manchas verdes del pinar reciente desfiguran y dulcifican algo la estampa tradicional del pueblo y de su alfoz, sin que logren borrar del todo la parda desnudez. Verdean ya tímidamente los sembrados, que reviven con los primeros soles de marzo. Desde la venta de las tierras al Estado para plantar pinos, nadie sabe quiénes son los dueños de las piezas de cultivo. Gentes de fuera, seguro, que se aprovecharon de la gran emigración, la tremenda estampida. Al viajero le gustaría tropezarse en el camino con un arriero, envuelto en su tapabocas, al que preguntarle, por ejemplo, de sopetón: “Eh, buen hombre, ¿de quién es esta tierra? ¿Sabe adónde va la madera de los pinos?…” Y así. Y, si se terciaba, compartir con él la bota y la petaca. Pero hace tiempo que no quedan arrieros en la comarca, ni caballerías, ni ovejas, ni apenas pájaros. En las umbrías se ven manchas de nieve sucia. En los oscuros ribazos que no arrasó la concentración parcelaria faltan semanas para que florezcan las ulagas, los bizcobos, los calambrujos y los espinos de flor blanca. Las majadas, que descienden de la Cruz de la Villa por el camino del Horcajuelo, se desmoronan, como pasó con la iglesia, y falta poco para que se conviertan en un cantarral, refugio de las víboras y los alacranes. En las calles hay cagarrutas de ciervo, lo que indica que los animales del monte han bajado de la sierra de la Alcarama y se han enseñoreado del pueblo.

El paisaje se parte geométricamente en dos: el raso y el monte. El pueblo se sitúa en medio, en la bisagra misma: hacia el sur, el raso, y hacia el norte, el monte. Como dos hemisferios complementarios. Del raso venía la cosecha; del monte, la leña y el agua. El raso era el escenario de las ovejas; el monte, el de las cabras. Los prados y las huertas estaban en los abrigos del monte, por donde corrían los riachuelos, anidaban las torcaces y campeaba el gato montés. La llamada del monte era muy fuerte. No en vano a los de Sarnago nos decían montunos. Desde muy pequeños los muchachos nos aventurábamos a perdernos solos por las veredas del monte. Sin miedo a las alimañas ni a los sacamantecas. Con algún chozo, como único refugio en caso de tormenta. Buscábamos nidos o frutos silvestres: magüetas, moras, endrinas, gayubas, maguillas… O simplemente la aventura de sentirnos solos, libres, sin testigos, en medio de la Naturaleza, escuchando nuestra respiración y el canto de algún pájaro. Esta es una experiencia muy especial, que únicamente el que la ha vivido alguna vez de pequeño comprenderá lo que significa. Personalmente nunca he olvidado esa sensación de ser completamente libre en medio del monte. Creo que condicionó en gran manera mi existencia. Después de eso, no me costó mucho en la vida amar y luchar por la libertad. Tenía que contar esto alguna vez. ¿Comprenden mejor ahora lo del canto del cuco?

Eso explica también que, desde que presentí los primeros pasos de la primavera, tuve deseos de volver a recorrer los caminos del monte, que es como recorrer otra vez los caminos de la infancia. Y llevo varias semanas intentando contarlo aquí, pero distintas interferencias me obligaron a posponerlo hasta hoy. La pena es que no he podido cumplir del todo este sueño. Desde la gran despoblación los caminos del monte están obstruidos por la maleza, desfigurados, intransitables. Ya no soy capaz de reconocerlos. Los chozos, únicos refugios en caso de tormenta, han desaparecido, derrumbados y perdidos en la broza. Todo es irreconocible. Con la repoblación de pinos, el paisaje del monte se transformó. Para plantar pinos labraron los robledales y arrasaron sabinares. Apenas quedan arces ni maguillos. Un desastre ecológico, del que nadie ha pedido cuentas todavía. Uno siente que le han quitado las referencias. Desde las negras cumbres del monte, como dice Altolaguirre, se divisa un ayer y un mañana diferentes. Nos vemos empujados a vivir en la ciudad, que Fernández Flórez llama, en “El bosque animado”, un corral de hombres.

LO QUE NOS ESPERA

Andaba yo dándole vueltas al febrerillo loco y me disponía a escribir de los primeros apuntes de la primavera en mi pequeño jardín, en el que los mirlos y las torcaces muestran ya el dulce alboroto del amor mientras veo revivir el membrillo y el albaricoquero; pero he sentido de pronto que me estaba evadiendo de la realidad. Ha sido un impulso interior que me obliga a aparcar para mejor ocasión las emociones líricas y los recuerdos de la infancia – sobre todo, aquellas incursiones solitarias en estos primeros días claros a inspeccionar el monte desnudo y silencioso- y hacer frente a lo que nos espera. Me ha parecido que debía compartir con los seguidores de “El canto del cuco” lo que acabo de publicar en un periódico, que he procurado cincelar hasta la última coma. Esto es lo que pienso . Me parece que lo que está pasando es demasiado serio como para no hacerse cargo de ello. Puede que circunstancias personales impregnen en estos momentos mi vida y lo que escribo de una capa gris de pesimismo. Ténganlo en cuenta y no lo tomen al pie de la letra. Pero, como ha dicho alguien, puede que el pesimismo sea el precio inevitable de la lucidez. Me gustaría que este alegato mío diera lugar aquí a una reflexión conjunta.

Vivimos un tiempo de desajustes crecientes y de desequilibrios, lo que genera zozobra e inestabilidad. Se ha acabado el mundo de las seguridades, las referencias y los argumentos de autoridad. Asistimos a cambios materiales y políticos que eran inimaginables a finales del siglo pasado. Castillos que se consideraban inexpugnables caen con estrépito de la noche a la mañana. Es como si de pronto el mundo, y cada uno de nosotros, caminara sin rumbo, sobre un alambre, sacudido por un viento de locura. Nadie sabe qué va a pasar, qué nueva sorpresa nos espera al despertarnos. El “fenómeno Trump” y el “Brexit” son sólo indicios, ciertamente inquietantes, de esta inseguridad. Los efectos primeros de la reciente crisis económica consisten en un repliegue nacionalista frente a la globalización y un rechazo del extranjero. La amenaza del islamismo radical y belicoso puede ser la espoleta que provoque la desintegración europea con la llegada al poder de los nuevos populismos y, Dios no lo quiera, una nueva conflagración mundial, ahora soterrada. Poderosos ideólogos de la Casa Blanca defienden ya abiertamente la “purificación por el fuego”, -fuego armado, naturalmente- para recuperar los antiguos valores. Es un hecho explosivo que en el Occidente cristiano el gran avance material se corresponde con un gran retroceso espiritual.

A escala doméstica comprobamos el escándalo de las desigualdades. Con la crisis, los españoles ricos son más ricos y los españoles pobres son más pobres. Hasta Bruselas alerta de ello. Hay más empleo, pero menos estable y peor pagado. Se ahonda la brecha generacional en todos los aspectos, como nunca había ocurrido. Lo mismo sucede con la brecha demográfica de las “dos Españas”: la superpoblada de Madrid y la periferia y la despoblada del interior, donde los pueblos y sus últimos habitantes se mueren en silencio. En el campo político, cuanto más se habla de diálogo, más aumenta la polarización ideológica; cuanto más se habla de democracia participativa, más se amenaza a la verdadera democracia viable, que es la representativa; cuando más preciso sería defender la Constitución del 78, que es lo mejor que hemos hecho en los últimos cuarenta años, más se la ataca, y, como detalle curioso del desconcierto, cuando más se habla de corrupción, hasta la náusea, es cuando hay menos corrupción. El mundo al revés. Si siguen las sinrazones y los desequilibrios de fondo, esto no resiste.

De momento siguen los pájaros cantando y en la calle oigo la risa de unos niños. Si el tiempo se asienta, no tardarán en salir las violetas en los rincones del jardín. En Sarnago tardarán más, pero al fin brotarán también. No todo está perdido. Recuerdo que cuando era muchacho, una frase que oía constantemente a los mayores en casa y en la calle era: “¡No sé adónde vamos a llegar!” Pues hemos llegado hasta aquí, y lo último que quisiera yo es, a pesar de todo, acabar convertido en un viejo cascarrabias.

CARTA A SARA

No sabía, hija, qué podía regalarte el día de tu boda y, después de darle muchas vueltas, me he decidido a escribirte esta carta. Me ha venido la idea, posiblemente descabellada, recordando aquellas “Cartas a Sara” de hace diez años que dieron lugar a “Historias de la Alcarama”. Al fin y al cabo tú eres la destinataria y depositaria de mis memorias de la infancia, de mis recuerdos y vivencias, que podrían considerarse mi herencia espiritual. Entonces acababas de estrenar la mayoría de edad, estabas a punto de entrar en la Universidad y se te abría por delante un mundo desconocido, lleno de riesgos y de posibilidades, y yo te contaba de dónde veníamos para que tuvieras referencias y no anduvieras perdida en la vida. En este tiempo has luchado por lo que querías, lo has conseguido y me siento orgulloso de ti. Compréndelo, tenía que decírtelo por escrito y no me importa que todos se enteren. Este es un mundo, como sabes muy bien, en que apenas queda sitio para la privacidad. Me parece, pues, razonable ahora que arranca una nueva etapa de tu vida, de nuestra vida -la tuya, larga; la mía, breve-, dejar constancia de mis sentimientos. Bien lo merece la boda de la hija pequeña, tan querida, que, en una familia numerosa como la nuestra, levanta en el corazón del padre una oleada de sentimientos encontrados. Lo único que tengo que hacer, a ver si lo consigo, es embridar el corazón para no caer en la cursilería.

Me ha gustado que hayáis decidido, Ramón y tú, casaros en la iglesia de Valdeavellano, aunque el día amenace nieve, y que os case el tío Delfín, cura del pueblo, herido por la enfermedad. Es una buena idea, y una alegría, ahora que en los pueblos abundan más los funerales que las bodas. También las cigüeñas, que vuelven siempre, estarán ya en la torre el día de la boda. Y me ha parecido significativo que en la invitación de boda aparezcas vestida de móndida. Yo sé con qué determinación y entusiasmo te ofreciste, por San Bartolomé, en dos ocasiones para ser moza de la móndida en la fiesta de Sarnago, donde están nuestros orígenes. Te estoy viendo con el cestaño de cintas de colores coronado de flores en la cabeza, caminando airosa y radiante por las rústicas calles tras el mozo del ramo y el rojo pendón, que sobresalía de los tejados conjurando las ruinas. Parece que eso te marcó. No te oculto que para mí fue muy emocionante y sé que, desde entonces, te sientes tan hija del pueblo como yo. No hace falta advertir que de vuestra generación depende el futuro de los pueblos, ahora en decadencia. Como te decía en la primera carta que te escribí, éste es un río de sangre que viene de muy lejos.

Te prometía entonces que iba a recuperar contigo el nombre de las cosas, que te contaría viejas historias, que reviviríamos juntos costumbres olvidadas, que salvaríamos lo que quedaba del paisaje original, aunque fuera entre las ruinas, y que volveríamos a observar el ciclo de las estaciones sucediéndose sin variaciones, monótonamente, año tras año, como el ciclo de la vida y de la muerte. Y he cumplido lo prometido. De todo eso te he hablado, puede que hasta resultar un poco cargante, pero no me arrepiento. Compruebo que no ha sido una pérdida de tiempo.

Ahora que lo pienso, no estoy seguro, Sara, de que sólo se vive una vez. Aparte de la otra vida, la vida misteriosa que está más allá de las estrellas, cuando uno, cargado de años y con el corazón cansado, mira hacia atrás, tiene la sensación de haber vivido muchas vidas. Los padres, sin ir más lejos, vivimos sobre todo, y no sabes con qué intensidad, la vida de nuestros hijos. Ahora mismo tu madre y yo vivimos vuestra boda como si fuera la nuestra, con la misma zozobra e ilusión. Estamos contentos porque os vemos enamorados y porque sois dos chicos estupendos. Permíteme, llegado a este punto, que te apunte una frase que leí en algún sitio y que viene para la ocasión como el anillo al dedo que os vais a intercambiar en la ceremonia: el amor no nace corrompido, se corrompe por el abandono. No es mal consejo, ¿eh?. Una de las grandes frustraciones de nuestro tiempo, en el que las vidas humanas se exhiben desnudas en el escaparate, es comprobar que se pregona por todas partes lo efímero y trivial del amor, como un producto comercial que se utiliza y se olvida. No hagáis caso. No es eso.

La vida, Sara, como te decía en aquella primera carta, se vive hacia delante, pero sólo se entiende mirando hacia atrás. Y ahí me quedo, en la puerta de la casa, viéndote partir. Deseo ardientemente que seáis felices. Vuelve de vez en cuando la cabeza. Tu padre, que te quiere.