El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

LETRAS VIAJERAS

Acaba de llegar a mis manos “Letras viajeras” de Manuel Rico, editado por Gadir. Es un libro singular. En realidad es un libro de libros. Con él en la mano, uno se pone en camino irresistiblemente. Lo hace de la mano de escritores y poetas admirados, por rutas conocidas o soñadas y por paisajes antiguos más o menos olvidados. El autor es un poeta y narrador consagrado, con el zurrón cargado de premios y de curiosidad, y con el que comparto hace tiempo el amor a la tierra y a sus gentes. En esta obra Rico agavilla más de cuarenta reseñas de libros de viajes, una buena selección de lo mejor de la literatura viajera, en la que ha incluido, válgame Dios, mis “Historias de la Alcarama”, al lado de Pessoa, Unamuno, Machado, Umbral, Gerardo Diego, Dos Passos, Azorín, Ferres, Ramón Carnicer, Juan Goytisolo, Julio Llamazares, Dionisio Ridruejo, Ernesto Escapa y así. Introduce el libro con lo que escribió Croisset: “La lectura es el modo de viajar de aquellos que no pueden tomar el tren”. En este caso el viaje está garantizado. Y adelanto, para el que sienta curiosidad, que en “Letras viajeras” hay predilección por las tierras de Castilla y una especial atención a Soria, si no me dejo llevar por mis querencias.

Sin perjuicio de dejar constancia de otras rutas y otros autores, me ceñiré en esta entrada a paisajes sorianos que el libro de Manuel Rico nos descubre e ilumina con gracia añadida. Por hoy dejo de lado a John Dos Passos en su viaje de Nueva York a la Mancha profunda y a Azorín, que nos invita a acompañarle por Riofrío de Ávila, o por una ciudad castellana, o de paseo por Córdoba. Pasaré por alto la visita de Andersen a Cádiz y Granada y las andanzas de Richard Ford por tierras de Albarracín. No deja de ser tentador acompañar a Unamuno por las Hurdes, subir con él a la Peña de Francia o pasear a su lado por las callejas de Coimbra. Tampoco es ninguna tontería visitar Lisboa con la guía turística de Passoa en la mano, meternos en las Hurdes profundas con Ferres y López Salinas, bajar al Sur con Marsé o recorrer la Mancha con el poeta Eladio Cabañero. Conocida mi especial devoción por Dionisio Ridruejo, para andar por Castilla la Vieja -en este caso, por Segovia- no hay mejor guía que la suya. Por supuesto, valdría la pena madrugar para acompañar a Cela aquella mañana fría cuando partió hacia su “Viaje a la Alcarria” en el tren con asientos de madera. “El vagón está a oscuras. Sobre las duras tablas, los viajeros fuman adormilados…”

Pero hoy me quedo en Soria, a la que estoy viajando cada semana porque la silenciosa y traidora enfermedad ha tocado de cerca a la familia. En el hospital, junto a la ermita de Santa Bárbara, confluye cada día toda la Soria doliente. Desde las últimas semanas de vida de mi madre nunca había viajado hasta allí tanto y tan seguido. Pero esa es otra historia. Como botón de muestra, ahí van unos apuntes sorianos, extraídos de “Letras viajeras”. El libro de Manuel Rico arranca con “Corazón de roble” de Ernesto Escapa, al que dedica con razón varios capítulos. E inicia el camino en Soria. “Entra en la ciudad de iglesias románicas y calles de soportales y sombras -describe Rico- , visita el instituto donde don Antonio daba sus clases de francés, nos cuela en la iglesia de Santo Domingo, o en la de San Nicolás, o en la concatedral de San Pedro y nos invita a meditar en sus interiores frescos y olorosos a incienso; desciende, caminando, hasta el río y sus extensas praderas, nos acerca a Numancia y sus ruinas…” Las orillas del Duero las recorremos con Julio Llamazares. Por hoy nos detendremos en Duruelo, haremos alto en Casa Pirracas, cuyo dueño (que se llama Patricio, pero al que su abuelo apodó Pirracas), sirve al viajero “unas judías con chorizo y un lomo de mucha enjundia, mientras por la ventana vemos la niebla, que continúa agarrada con tozudez a las crestas del Urbión”.

Y vamos ya con los poetas que amaron Soria. Manuel Rico ha caído en la cuenta de que “también en géneros como la poesía y el relato hay mucha literatura viajera”. Que se lo pregunten a él. En este caso era obligado viajar a Soria con Antonio Machado. Así volveremos a contemplar los álamos dorados del camino en la ribera del Duero entre San Polo y San Saturio y también habrá un momento que exclamaremos con él: “¡Oh tierra triste y noble, / la de los altos llanos y yermos y roquedas, / de campo sin arados, regatos ni arboledas; / decrépitas ciudades, caminos sin mesones”. Y subiremos con él, por la carretera que va de Soria a Burgos, haciendo un alto en la venta de Cidones, hasta los pinares de Vinuesa, Salduero, Covaleda, en busca de la Laguna Negra y la “Tierra de Alvargonzález”. Tampoco puede faltar el viaje a la “Soria sucedida” del gran Gerardo Diego, más alegre y juguetón con las palabras. Nos muestra allí la vida cotidiana -advierte Rico- de una pequeña ciudad de provincias -”por la ciudad dormida / cruza el rebaño en silencio”-, está la Soria invisible de sus tejados “como hechos al azar y de memoria / por manos de arbitrarios poetas albañiles”, están los paseos bajo los soportales, los pequeños comercios, los amigos… Pero además Gerardo Diego viaja por los paisajes de la provincia. No puede faltar, claro, una visita a Bécquer en su celda del monasterio de Veruela, en la falda del Moncayo. “Viajar con la palabra de Bécquer -dice Rico- es, también, sentarse junto a él en la fría celda a escribir a la luz de la vela, es recobrar sus leyendas, hechas de ruinas catedralicias, luces nocturnas, amores furtivos y extrañas pesadillas con los espíritus de El monte de las ánimas”.

En fin, si quieren venir conmigo a las desamparadas Tierras Altas, donde “había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar pivilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda”, estaré encantado de invitarles a mi casa en Sarnago, aunque “lleva tanto tiempo cerrada que da miedo abrir el portón descolorido amarrado con cordeles”.

POR UNA VEZ HABLEMOS DE POLÍTICA

Aseguro que esto es una excepción. Prometo que no voy a abandonar en “El canto del cuco” mis relatos del mundo rural, cargados de realidad y de sentimiento, para caer en la tentación de mi vicio antiguo y persistente de analista político. Prefiero atender el grito de la sangre y de la tierra a hacerme eco del griterío de la política, que nos ha conducido a todos al hastío y hasta a la náusea. ¡Las espumas de la política!, que decía Unamuno. Lo que pide el cuerpo a cualquiera es desentenderse diciendo: ¡Con su pan se lo coman! Pero lo que ocurre está pasando de castaño oscuro y nos atañe. La incapacidad de los representantes del pueblo nos está arrastrando al borde del precipicio o, evitando dramatizar en exceso, a un callejón sin salida. Más de nueve meses sin Gobierno, que es el tiempo de gestación de un ser humano, y sin que se vea forma de desenredar la madeja, me ha llevado a proponer en la prensa nacional una salida imaginativa que someto literalmente a la consideración de los seguidores de este blog por si podemos ayudar entre todos a salir del atolladero. Y ya metidos en política, tengo que recordar, como dato significativo, para que no se me olvide, que en los largos y tediosos debates parlamentarios no ha habido ni una mención a la España vacía y al escándalo del creciente desequilibrio demográfico que es, sin duda, uno de los grandes problemas nacionales pendientes.

El caso es, después de tanta palabrería inútil, que no se trata de hilvanar una investidura con retales gastados y descoloridos de aquí y de allá, sino de construir un Gobierno sólido con las ideas claras y suficiente respaldo parlamentario, capaz de impulsar las transformaciones precisas, abordar el problema regional, consolidar la recuperación económica, afianzar el Estado de bienestar y pisar fuerte en Europa. Una investidura prendida con alfileres conduce a un Gobierno maniatado e inútil. Ni Mariano Rajoy (PP) ni Pedro Sánchez (PSOE), que han sufrido ya el rechazo del Parlamento, están hoy en condiciones de encabezar un Gobierno fiable. El dirigente popular y presidente en funciones, porque, con independencia de sus méritos como gobernante en una coyuntura muy difícil, carga con la responsabilidad política de las corrupciones de su partido y sufre el rechazo de todas las fuerzas de la oposición, incluido el de su socio de ocasión, el ciudadano Albert Rivera. (Había que ver la cara ojerosa de éste en la pasada sesión de investidura y el escaso entusiasmo de la bancada de los suyos votando “sí”). Y en el caso del dirigente socialista, por su fracaso electoral, lo reducido de su grupo parlamentario, su débil liderazgo dentro del partido, lo discutible o peligroso de los apoyos en que se sustentaría y su pérdida de crédito en todo este penoso proceso con la pancarta del “no” como única aportación. Ninguno de los dos, pues, está en condiciones, por mucho que se autopostulen y finjan esfuerzos de diálogo, de recibir otra vez el encargo del Rey.

Descartada, pues, por inviable, pase lo que pase en Galicia y en el País Vasco, una nueva sesión de investidura con Rajoy o Sánchez de candidatos, no queda más remedio que buscar entre todos, con generosidad y realismo, si se quieren evitar unas terceras elecciones, una salida imaginativa, que algunos propusimos ya tras las elecciones del 20-D. Hoy, la mayor parte de los observadores consultados son partidarios de ella. Se trata de la formación de un gran Gobierno encabezado por una persona de trayectoria impecable, independiente o no, aceptada por la mayoría, dialogante, de firmes convicciones constitucionales y con suficiente experiencia política. En ese Consejo de ministros, plural, con miembros de peso, debería haber, por voluntad del electorado, una mayoría del PP, junto con personalidades independientes y de otros partidos del arco constitucional. En los cenáculos y centros de análisis se barajan a estas horas media docena de nombres para encabezarlo, que se repiten en todas las quinielas desde hace meses. Hacia esta solución deberían encaminarse los contactos y los esfuerzos de los dirigentes políticos y del Rey. Se busca el “tercer hombre”, que bien puede ser mujer. Lo demás es perder el tiempo y hacernos perder a todos la paciencia.

Esta es mi propuesta, que, me imagino, no llegará a quien corresponda o se oirá como las primeras lluvias otoñales en los cristales, que agradecen, más que nada, los espantapastores de las eras, los árboles sedientos y la tierra calcinada. O sea, dicho sin adornos, me temo que la oirán como quien oye llover. Pero en un momento de grave crisis nacional he sentido la obligación moral de aportar esta ocurrencia -nunca es malo echar mano de la imaginación- aprovechando el hueco de que dispongo en este endiablado y confuso mundo de la comunicación, en el que las voces y los ecos producen hoy confusión y aturdimiento. Disculpen la desviación. Este seguirá siendo un espacio abierto, cercano y pegado a la tierra. (Veo que está lloviendo. ¡Todo llega!)

HABÍA UNA VEZ UN PUEBLO

Parece que mi pueblo se ha puesto de moda. Tratándose de un pueblo deshabitado, la cosa suscita extrañeza y envidia en los de alrededor y hasta en la capital. ¿Pero qué se han creído estos muertos de hambre?, farfullan los más desconcertados y rascatripas. Y el evidente interés suscitado no es por el repentino descubrimiento de la belleza pintoresca de las ruinas, entre las que destacan las de la iglesia, ni siquiera por su enclave privilegiado al pie de la Alcarama desde donde se abre una amplia panorámica, ni por el castillo celtibérico, del que no queda más que el nombre y un cerro pelado, ni por el baño de luz purísima que envuelve el caserío. Además no favorece el acceso al lugar el camino aún sin asfaltar que asciende entre ribaceras de aulagas y tomazas desde el puente de San Pedro Manrique. Ni siquiera se conservan desde sabe Dios cuándo las cuatro cruces en las cuatro entradas del pueblo coincidiendo con los cuatro puntos cardinales, que le podían dar cierta gracia: al norte, la cruz de Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Cantos, y al oeste, la cruz de la Villa. Las tainas, que arrancaban justo en la cruz de la Villa y descendían escoltando el camino del Horcajuelo y que representaban el característico pasado ganadero, aparecen convertidas en cantarrales para refugio de las alimañas del campo. Ni siquiera existe el pueblo en los registros oficiales desde que se murió el pobre Aurelio, el hijo del tío Luis, el 23 de abril de 1979. En realidad, esto sucedió el día que el Estado compró las tierras y los montes para plantar pinos. Dentro de unos días cuando acuda yo a renovarme el carné de identidad, el comisario de policía volverá a decirme, como la última vez: “Usted no es de Sarnago, Sarnago no existe”, que será como negar mi propia existencia. ¿Cuál es entonces el interés?

Pues el caso es que este martes que viene Televisión Española se ocupará de Sarnago en “España Directo”. Va a rebufo del amplio reportaje de Borja Hermoso en “El País” el mes pasado. Y la carpeta con las informaciones y comentarios de la prensa local sobre el pueblo es abultada y la exhibe con orgullo José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación. Lo de menos es mi cargante empeño desde hace años en poner a Sarnago y a las Tierras Altas de Soria en el mapa. Ni TVE ni el periódico de Prisa han hablado conmigo, ni falta que hace, aunque quiero creer que algo habré contribuido yo también a esto con mis cuatro libros de relatos en torno a la Alcarama y mis cuatro años de “Canto del cuco” con 227 entradas, contando ésta, y más de 112.000 visitas de dentro y de fuera de España. Entiéndaseme bien, no me quejo, sino todo lo contrario: me uno a la fiesta. Me parece que el sorprendente interés repentino se debe al coraje de los de Sarnago -los que tuvieron que cerrar un día la puerta de su casa, sus hijos y sus nietos-, todos unidos, por no resignarse a la muerte del pueblo, que parecía muerto y está resucitando. Esa es la clave. Lo mismo relanzan la tradicional fiesta de las móndidas y del mozo del ramo que organizan hacenderas, sin ayuda de nadie, levantan las casas, montan caleras, plantan arces, organizan semanas culturales, forcejean con el Obispado para reconstruir la iglesia y con la Diputación para arreglar el camino o sacan a la luz cada año una luminosa revista. Lo que es noticia, lo que atrae a los grandes medios de comunicación, es esta unión y esta ejemplar capacidad de resistencia.

Aunque no es un caso singular, lo que ocurre en Sarnago tiene un fuerte valor simbólico. El final de la civilización rural no debe llevar necesariamente aparejada la desaparición de los pueblos, sino su transformación evitando enterrar sus valores antiguos. Algo se está moviendo en este sentido. El otro día participé en Fuentes de Magaña, un pueblo que fue grande, reducido ahora a apenas cuarenta almas, a un foro -el “Foro de la Alcarama”- en el que un científico, dos filósofos y un teólogo dialogamos nada menos que sobre el origen del universo. ¿No es sorprendente? Aunque los políticos no se hayan enterado todavía, el grito de la España vacía empieza a resonar con fuerza y ya lo oyen en Europa. El creciente desequilibrio demográfico, con la carretada de sufrimiento silencioso, que lleva consigo, de tristeza, de abandono, de injusticia y de torpeza histórica, no ha merecido ni una mención en los largos y tediosos debates parlamentarios de estos días, aun siendo uno de los grandes problemas nacionales, si no, el mayor. Pero empieza a abrirse paso en la más joven y brillante generación de escritores: Jesús Carrasco, Manuel Astur, Mireya Hernández, Fermín Herrero, Iván Repila, Manuel Darriba, Lara Moreno, Ginés Sánchez, Sergio del Molino… Ellos son los encargados de columbrar el futuro. La “literatura rural”-la alianza del hombre con la tierra- está de moda y ésta sí que es un arma cargada de futuro. ¿Se dan cuenta de por qué un pueblo como Sarnago -había una vez un pueblo…-, oficialmente convertido en no-pueblo, está también de moda y es la envidia y la esperanza de muchos?

DE FIESTA EN FIESTA

Dicen que en la mesa y en el juego se conoce a las personas. Pues en las fiestas, creo, se conoce a los pueblos. En medio del ruido festivo, cada vez más común, vulgar y cervecero, consecuencia de la invasión urbana, aflora tímidamente el alma antigua del pueblo, sus señas de identidad, que lo diferencian de los de alrededor. Es verdad que en muchos sitios esta peculiaridad se va desfigurando de año en año como los letreros a la entrada de los pueblos abandonados. Los tentáculos de la ciudad van apoderándose, cada año más, de la vida del pueblo, y llegan en verano hasta la última aldea. Los coches invaden las calles, las plazas y hasta las callejas por donde antes jugaban libremente los niños y por donde andaban los perros sueltos , cruzaban las piaras de ovejas o circulaban pausadamente las vacas en busca del pilón de la fuente. Nunca he olvidado lo que me dijo Julio Caro Baroja en su casa que daba al Retiro madrileño: “Un sitio es habitable cuando los niños pueden jugar en la calle”. Ahora veo que dice algo parecido el famoso psicopedagogo italiano F. Tonucci, partidario de que los niños vayan solos al colegio porque están, según él, más seguros en la calle que en casa. Una de las virtudes de las fiestas es que vuelve a haber niños, todos o la mayoría venidos de fuera, en las calles del pueblo.

Llegado a este punto, reconozco que he andado de fiesta en fiesta por esa verdadera periferia olvidada de España que son los pueblos de Soria. Eso ha hecho que haya faltado demasiado tiempo a la cita con los lectores en “El canto del cuco”. Un respiro para ellos y para mí, que nunca viene mal. Pero aquí estoy de nuevo. Primero he andado por Valdeavellano de Tera, en El Valle, la comarca soriana al pie de la Cebollera donde hacían la famosa mantequilla. Es mi cita obligada, desde hace cuarenta años, con las fiestas de la Virgen y San Roque. En este tiempo, todo menos las fiestas ha ido a menos, todo ha cambiado. Sólo han aumentado los vecinos del cementerio. Las escuelas, dedicadas a Enrique Tierno Galván, que tenía aquí sus orígenes, hace tiempo que cerraron. Durante el año no quedan niños ni apenas animales. ¡La gente ha huido del paraíso! En los días del largo invierno será difícil que te encuentres con un alma por la calle. Y después he acudido a Sarnago, mi pueblo, en las Tierras Altas, al pie de la Alcarama, que, como es sabido, está deshabitado, pero se resiste a morir. Allí he vuelto a vivir de cerca la fiesta de las móndidas y del mozo del ramo, posiblemente la fiesta más emotiva, sencilla y auténtica, de una belleza deslumbrante e incontaminada, que se celebra en España.

Cuando llegan las fiestas, todos los pueblos se esfuerzan, con mayor o menor fortuna, en sacar del arca de la tradición las viejas costumbres y mostrarlas a los forasteros, la mayoría hijos o nietos de los que se fueron. En Valdeavellano recuperan por un día las danzas antiguas en la procesión de la Virgen, la caldereta en el prado, que es una demostración de vino y fraternidad, y los partidos de pelota en el frontón, solitario durante el resto del año. La “gallofa” de los mozos recorre las casas con dulzainas y tamboriles, los mayores juegan a la tanguilla como entonces y hasta las mujeres sacan los olvidados bolos a la pista. Son los despojos de un pasado que no volverá, una representación nostálgica y un último gesto de resistencia. Los pueblos se mueren, a pesar del chispazo de vida de las fiestas, y los que sobreviven dejan, paso a paso, de tener vida propia. Acaban brillando bajo las luces artificiales de la ciudad. La civilización rural agoniza entre el ruido de los coches y el estruendo discotequero de la verbena hasta el amanecer.

Le preguntaban hace unos días al escritor John Berger, afincado voluntariamente en un pequeño pueblo, qué hemos perdido, qué es lo más importante que hemos dejado atrás, y respondía: “El sentido del pasado y el sentido del futuro. Lo que vivimos y lo que somos. Hoy el motor para vivir es el instante presente, que es el instante del mercado. Así que esa perspectiva que nos ofrece la visión del pasado, presente y futuro ha quedado enormemente reducida. Ya no sentimos, como se sentía hace muy poco, que los muertos están con nosotros ni que tenemos una deuda pendiente con los que aún no han nacido”.

Seguramente el mérito y la gracia de la fiesta de San Bartolomé en Sarnago es que aún no se ha perdido allí el sentido del pasado y del futuro. Es un reducto resistente a perder su identidad y a morir bajo las ruinas y el olvido. Las móndidas, en sus cuartetas desde el ventanal del Ayuntamiento, recordaron ese pasado y animaron a mirar hacia adelante. Este año, dos de ellas, Mireya y Sara, eran mis hijas, y en la puerta de mi casa, ay, cerrada, las mujeres del pueblo habían puesto cuando llegamos una mesita con rosquillos y moscatel, como antiguamente, en señal de hospitalidad, que es una de las señas de identidad del pueblo. Cuando acabó la función y aún sonaban a lo lejos en la plaza las dulzainas y los tambores, Sara dejaba su ramo de flores de móndida sobre la tumba de los abuelos en el humilde camposanto junto al ejido. Y el ramo de Mireya, la otra móndida de la familia, iría a parar al cementerio soriano de El Espino, donde reposa Margarita, mi madre. De esta forma quedaba bien afirmada la conexión con el pasado. El futuro no está escrito, pero, como dijo Mireya en una de sus cuartetas finales,

Nunca me creí la historia

de que el pueblo estaba muerto.

Que aunque se quede vacío

no es fácil matar a un pueblo.

TIEMPO DE TRILLA

Era la culminación del verano. En realidad, con la trilla culminaba el año agrícola. Después de la larga y azarosa espera, a merced de los vientos, el sol, la nieve, las nubes, la lluvia y las tormentas, por fin llegaba el tiempo de recoger la cosecha, de meter el grano en el granero y la paja, en el pajar. No es extraño que el campesino se pasara la mitad de la vida inclinado sobre la tierra y la otra mitad mirando al cielo. Colgado entre la tierra y el cielo como un Santocristo, así pasaba la vida, pendiente hasta el final, con el temor en el cuerpo, de la llegada de una mala nube que machacara la mies antes de acarrearla a la era. Pocos seres más indefensos que él ante el comportamiento de las fuerzas desatadas e imprevisibles de la Naturaleza. El inexorable ciclo de las estaciones era para él, con más razón que para los que ejercían otras profesiones menos pendientes de los meteoros naturales, el ciclo de la vida y de la muerte. Algo inexorable, ajeno a su voluntad, que condicionaba su mísera existencia y teñía su mirada de impasibilidad y escepticismo. Se lamentaba si venía mal año, pero no se exaltaba cuando había buena cosecha. “Pan para hoy y hambre para mañana”, solía decir. Y así, entre rezos y juramentos, pasaba la perra vida.

Estos días de finales de julio y principios de agosto, antes de la llegada de las máquinas, la vida del pueblo se desarrollaba en las eras, esos espacios empedrados y verdes, en bancales separados por paredes de piedra, que rodeaban el pueblo como una hoz, bordeados en gran parte por el ejido. Era el tiempo de la trilla. Y era digno de verse, en un día ardiente, en el que la mies clascaba fácilmente, el espectáculo de las parvas tendidas y las yuntas de machos, de caballos o de burros, que de todo había, arrastrando el trillo y dando vueltas y vueltas sin parar hasta que el grano se desprendía de las espigas y las cañas quedaban trituradas. Un alegre bullicio se extendía por todas partes y llenaba el aire, impregnado de blancas nubes de tamo. Cualquier viajero desprevenido que lo observara desde fuera por primera vez concluiría que aquel armónico ajetreo, aquella simultánea danza de los trillos, el difícil equilibrio de los que los conducían, el variado vocerío arreando a las yuntas y hasta el chasquido de los látigos formaban parte de una pintoresca fiesta, que bien podría llamarse “la fiesta del verano”, un espectáculo asombroso e inolvidable, de una especial plasticidad y belleza.

Esta fiesta de la trilla, culminación del año agrícola, estaba compuesta por varios ritos, que iban desde tender la parva quitando los vencejos de los fajos y esparciendo las manadas en el suelo, a recogerla, amontonarla, aventarla y cerner el grano. Los fajos provenían de la hacina, torre de mies que encabezaba la era y cuya altura indicaba si había sido buen o mal año. De una hacina alta y rumbosa era de las pocas cosas de las que el campesino se sentía visiblemente orgulloso. La trilla propiamente tal duraba varias horas, con un descanso a la hora de la comida. De cuando en cuando había que dar vueltas a la parva, primero con horcas de madera y después con palas, también de madera, cuando la molienda avanzaba. Una de las servidumbres obligadas consistía en recoger los cagajones que las caballerías soltaban con generosidad durante el monótono recorrido. La yunta arrastraba el trillo, unido con la bríncula a los tarrollos que rodeaban los cuellos de los animales. Aquellos viejos trillos artesanos, con sierras y piedrecillas cortantes, son hoy objetos de culto, como residuos de un tiempo pasado.

El lector observará que me he detenido con cierta minuciosidad en la descripción de esta fundamental tarea agrícola, recreándome en el nombre de las cosas. Lo he hecho precisamente porque es algo que no volverá, aunque sobrevivan los pueblos, y porque no pocos de sus términos -trillar, hacinar…- se siguen usando hoy en la sociedad urbana sin conocer su procedencia. En todo caso, es todo un rico lenguaje procedente del mundo rural y que ha servido de soporte a lo mejor de la literatura española, el que está a punto de perderse. Lo mismo que ciertas costumbres que rodeaban, sin ir más lejos, este rito de la trilla. Lo recuerdo muy bien. Es una de las escenas de la infancia que tengo más grabadas. Cuando a un vecino le sorprendía una tormenta con la parva tendida, a medio trillar, acudían presurosos a la era los demás vecinos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sin que nadie los llamara, a echar una mano y, entre todos afanosamente, envueltos en una nube de polvo y con los primeros goterones de lluvia sobre el rostro sudoroso, ayudaban a amontonarla y entamarla para evitar que se “acorrease” la paja y que se naciera el grano. Difícilmente se encontrará una estampa de solidaridad más gráfica y convincente. En los pueblos, las eras abandonadas son hoy la muestra de un cambio de época irreversible.

LOS OBJETOS

Una de las cosas que da idea cabal de lo que ha cambiado el mundo que uno ha vivido en los últimos setenta años, por poner una fecha redonda, es la duración de los objetos. Ahora tienen fecha de caducidad, son de usar y tirar. Antes duraban toda la vida. Muchos pasaban en herencia de una generación a otra desde tiempo inmemorial y formaban parte natural y afectiva de la vida familiar. Significaban lo permanente de la casa, lo mismo que el recuerdo de los antepasados. Aún puedo pasar revista a algunos de memoria: Los cazos de la espetera, la caldera de cobre de cocer las morcillas, el almirez de bronce, la gran tinaja rojiza de la cocina, la cantarera con los cántaros, la escopeta de gatillos a la vista, el yugo, el trillo, el arado y los otros aperos de la labranza, la vieja cama de hierro, las tazas de café, la artesa, el puñal de la matanza guardado en una funda verde, la foto de la mili cuando la guerra de África, el almanaque con la Virgen del Carmen, el libro del romancero, el Quijote en rústica, la sobadera, el tentemozo, el estante, el reloj de pared de la sala, la capa del abuelo…Nada se tiraba. Ni las abarcas. Se heredaba hasta la chaqueta de pana del padre y el chal de la madre.

Las ropas se arreglaban, se remendaban, se zurcían, se les daba la vuelta y seguían prestando utilidad como si tuvieran que ser eternas. En el pueblo no había “punto limpio”, ese cementerio de objetos que debería llamarse más bien “punto sucio”. Nunca venía un trapero o un chatarrero, a los que nadie arrendaría la ganancia. Si se rompía una mesa, la arreglaba el carpintero. Si se desvencijaba la albarda o los tarrollos de la trilla, se esperaría la llegada del guarnicionero, que montaba el taller a domicilio. De afilar las hoces, las tijeras y las navajas se encargaba, por supuesto, el pobre afilador y si había que arreglar la reja del arado, se llevaba a la fragua del herrero. Cada temporada harían acto de presencia los cesteros de tez aceitunada con sus haces de mimbre y los silleros, dispuestos a echar culo nuevo de anea a las sillas desfondadas. Y así sucesivamente. Eran los oficios, heredados también casi siempre de padres a hijos, como ocurría con el tendero, el albañil, el bizmero o el recaudador de la contribución. Ese era el orden natural. De esta manera las cosas más insignificantes adquirían un valor superior a su valor material.

Todo esto me ha venido a la cabeza leyendo la siguiente información: “En los países ricos se tiran cincuenta millones de toneladas de aparatos electrónicos al año; el 80 por ciento va a parar a basureros en los países pobres”. Los ingenieros y diseñadores se esforzaron al principio, hasta bien entrado el siglo XX, en fabricar objetos de la mayor calidad y duración posibles: bombillas casi eternas, electrodomésticos que funcionaban más de veinticinco años, medias de nailon casi indestructibles, máquinas de coser o coches que duraban toda la vida. Pero de un tiempo a esta parte tuvieron que claudicar a las leyes del mercado, que exigían la fabricación de objetos fáciles y caducos. Me he enterado, por ejemplo, que el ciclo de vida del “smartphone”, mi teléfono inteligente que tengo sobre la mesa, es de veinte meses. Así que en cualquier momento le sobrevendrá la muerte súbita. Y así todo lo demás. A esto se llama “obsolescencia programada”. Afecta a todos los productos del mercado, pero sobre todo a los electrodomésticos, automóviles, televisores, ordenadores, radios, móviles, videojuegos, “software”, baterías y dispositivos electrónicos. Las ropas, por supuesto, son de usar y tirar. Las gentes del pueblo no acuden ya al sastre, y las nuevas generaciones no saben ni coser un botón. Otra diferencia nada desdeñable con aquellos objetos de mi infancia es que ahora llevan ininteligibles nombrajos en inglés. La característica de la época actual es la evanescencia, el fluir acelerado, el pensamiento líquido, que algunos llaman posmodernidad.

No se trata de glorificar los tiempos de la posguerra en el pueblo, claro; aquella economía de subsistencia, aquella vida primitiva rodeada de miseria y necesidades…Pero por lo menos no había plásticos invadiéndolo todo. Puede sorprender a muchos que allí no había llegado aún el plástico, que ahora contamina las aguas y las tierras, ni la rueda, por lo escabroso del terreno, ni el teléfono, ni la televisión, ni los electrodomésticos. Tardó en llegar la luz eléctrica. Internet era inimaginable y se habría considerado cosa de brujería. El contraste, como se ve, es tremendo. Pero lo único que pretendo es poner de relieve el distinto valor de los objetos entonces y ahora. No me parece un asunto menor. Al fin y al cabo, los objetos constituyen la huella que deja el ser humano a su paso por la Tierra. Y a mí, qué quieren que les diga, me gusta acariciar los objetos antiguos, que acariciaron antes otras manos.

AL CUCO

He recibido un mensaje de Elena Pallardó, que me ha puesto las pilas la víspera de partir hacia el mar. Me dice que leyendo una antología de poetas románticos ingleses se ha encontrado con un poema que le ha hecho pensar en mí. Y me lo manda. No tanto para descubrírmelo, dice, como para compartir la casualidad conmigo. La verdad es que para mí ha sido además un descubrimiento y un regalo que quiero compartir con todos. Se titula “Al cuco” y es de William Wordsworth, con traducción de Leopoldo Panero. Difícilmente podría encontrar una mejor postal del verano. Es de esas veces en que uno piensa para sus adentros con sana envidia: ¿Por qué no habré escrito yo esto, si expresa tan fielmente lo que siento cuando escucho el canto del cuco en la lejanía del monte? De este poeta reproduje en “Historias de la Alcarama” aquel sublime poema, que dio título a una inolvidable película y que dice: Aunque nada pueda devolver la hora / del esplendor en la hierba, de gloria en la flor; / no hemos de entristecernos, antes bien encontrar / apoyo en lo que permanece / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser por siempre / en los pensamientos tranquilos que brotan / del sufrimiento humano / en la fe que ve a través de la muerte… Trataba yo entonces de recurrir a la esperanza ante la muerte programada de los pueblos. Todo lo que se ama permanece. Nada de lo que se ama desaparecerá para siempre, etcétera. Como veis, una visión romántica de la vida, tan válida como cualquier otra.

Este poema “Al cuco” de Wordsworth, que yo, como digo, desconocía, refleja fielmente lo que sentí el otro día en Sarnago cuando, estando en el cerro del castillo, oí abajo, lejos, el apagado canto del cuco. No sé cuantos años habían pasado desde que lo oí por última vez. Es difícil que alguien ajeno al mundo rural y a estas experiencias infantiles sea capaz de comprender la emoción y el gozo convulsivo que ese cu-cu lejano, etéreo, voz errante que subía del monte o de los prados, no lo sé bien, me despertó por dentro. Y veo que no soy yo solo. Ahí va el poema que a mí me hubiera gustado escribir:

¡Ledo huésped reciente! Tu eco escucho

de nuevo, y me alborozo

¡oh cuco! ¿He de llamarte también pájaro,

o errante voz tan solo?

Mientras tendido estoy sobre la hierba,

tu doble grito oigo,

de colina en colina resbalando,

cerca a un tiempo y remoto.

Aunque es tu charla nada más al valle,

y a las flores y al sol,

a mí me trae leyenda de horas

en mágica visión.

¡Tres veces bien venido, vernal príncipe!

¡Mas, para mi, tu no

eres ave: invisible cosa eres,

un misterio, una voz!

…La misma que en mis días escolares

escuchaba; ¡aquel grito

que me hizo aquí y allá tornar los ojos

por fronda, cielo, espino!

Vagué a menudo, atravesé en tu busca

bosques y praderíos;

más tú eras siempre una esperanza, un sueño,

deseado, nunca visto…

Y aún escucharte puedo, y acostarme

sobre el llano, y oír,

oírte hasta crear de nuevo aquella

dorada edad en mí.

¡Oh ave santa! ¡La tierra que pisamos

nuevamente es así

obra de un hada, inmaterial paraje,

hogar propio de ti!

No sé si la poesía es un arma cargada de futuro. Me inclino a pensar que sí. De un tiempo a esta parte ha desaparecido de las páginas de los periódicos, que están abarrotadas de política en alpargata, de fútbol, de sucesos y, por supuesto, de economía. Lo mismo ocurre en la radio y en la televisión. El mundo de los negocios, los intereses económicos, dominan el panorama en la vieja Europa. La poesía, tan presente en los pueblos desde siempre, ha quedado barrida, relegada. Y así nos va. Recuerdo, a este propósito, una historia que viví de cerca en El Escorial, en la época gloriosa, la primera época de los cursos de verano. Una noche varios escritores relevantes, entre los que llevaban la voz cantante, templada por el vino, Claudio Rodríguez y Paco Umbral, quisieron quemar solemnemente en una hoguera toda la prensa económica, que empezaba a proliferar. Se trataba de una protesta en toda regla, con publicidad y alevosía, bajo el lema: ¡Más poesía y menos economía! Unos románticos, como se ve. Lo mismo que yo hoy. Menos mal que sigue cantando el cuco en los montes perdidos de Sarnago, aunque nadie lo oiga.

HACIENDO MEMORIA

Haré hoy el relato de estos días de ausencia. Los lectores del blog se lo merecen. He de justificar de alguna forma el retraso en la publicación de esta entrada, que hace la número 222. Cuando me pongo a escribir he consultado las estadísticas y he visto que “El canto del cuco” alcanza en este momento las 108.250 visitas, una cantidad abrumadora. La mayoría son de España, pero no pocas proceden de medio mundo. Así que lo menos que puedo hacer es dar una explicación a los que esperaban una nueva historia en el tiempo acostumbrado y se hayan sentido defraudados. Aquí estoy de nuevo con la pilas cargadas. No se vayan. He leído que un neurocientífico y bioingeniero llamado Theodore Berger trabaja en una prótesis cerebral que, instalada en el hipotálamo, puede recuperar y aumentar la memoria. Sería fantástico acabar con el tremendo drama del alzheimer y demás enfermedades mentales que borran o entorpecen los recuerdos. Como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Es decir, somos lo que hemos vivido, somos lo que recordamos, y acaso el mejor dispositivo cerebral o del corazón para recuperar la memoria de las cosas y revivirlas no sea otro que la vuelta a los lugares de la infancia. Es lo que yo he hecho en estos días de ausencia, cargados de estrépito político.

En menos de una semana he viajado dos veces a los campos de Soria, que están en su momento de esplendor. El paisaje se convierte por unos días en un tapiz primoroso que se va desplegando según vas andando, siempre el mismo y siempre distinto, como el mar. Por todos los caminos dominaban a la vista los verdes, mezclados con los dorados y tostados de la mies, que empezaba a madurar ya para la cosecha, y que contrastaban con los remiendos irregulares, rojizos y pardos de la barbechera, cuando la tierra descansa. Los orillos y ribazos eran un estallido de flores azules, rojas, amarillas, violetas… La mayoría no he sabido nunca cómo se llaman; pero lo que importa es que son las mismas flores de mi infancia. Y los mismos trigos, los mismos pájaros, los mismos escaramujos con rosas elementales de cuatro pétalos rosados, los mismos tomillares florecidos en la subida del castillo. Lo más parecido a un milagro, una explosión de vida en una tierra árida y fría de largos inviernos y anchas soledades. Contemplando el vistoso paisaje se me antojó una novia hermosa que se exhibe fugazmente en el balcón, vestida de fiesta, antes de que caiga la noche y se ponga otra vez las alpargatas negras y el pardo sayal de campesina.

En Sarnago ese día soplaba el aire de la Alcarama y se agradecía el abrigo. Comimos toda la familia en la escuela, en una larga mesa, con la estufa de leña encendida, como cuando entonces. José Luis, el pariente de Tudela, que subió para el reencuentro, se ocupó de alimentar el fuego. El humo de la estufa me devolvía a los inviernos de mi niñez. Y las viejas fotografías de las paredes, con tantos rostros antiguos, se hacían presentes de pronto en la celebración como apariciones del más allá. Y en cualquier momento podían empezar a tocar solas las campanas en la entrada, asentadas en el suelo del portal, donde jugábamos a las pitas. Y, como compendio de la memoria, el sencillo y auténtico Museo Etnográfico arriba, encima de la escuela, en la casa del maestro, en la que tantas horas pasé, solo, estudiando latín y francés en la mesa camilla del saloncito que da a la plaza. Abundaron las sabrosas y variadas fiambreras sobre la mesa y no faltó el buen vino que trajo mi hijo Rodrigo de su bodega de Extremadura, etiquetado para la ocasión con el nombre de la Alcarama y la fecha del encuentro. Después unos cuantos valientes, incluido mi nieto Roque, con tres años, subimos al cerro del castillo, como estaba programado. La subida, envueltos en el aroma de los tomillos florecidos, se me hizo más dura de lo que recordaba; pero valió la pena. Es un lugar mágico de la España celtibérica, cargado de historia antigua, una atalaya sobre el valle del Linares y sobre las Tierras Altas. Después de tantos años, para mí fue un descubrimiento. Nadie que suba al castillo de Sarnago un día claro lo olvidará jamás. ¡Esa luz, esa claridad, esa magia! La vista se pierde más de una  docena de leguas a la redonda, en un paisaje circundado de montañas y sierras azules. En la cumbre azotaba el cierzo y en la bajada aseguro -no es un oportuno recurso literario- que oí cantar al cuco por el prado de los Rebollos o quizá por Bajorente. Era la primera vez que lo oía tras muchos años de ausencia.

Después viajamos toda la familia a Valtajeros, también en busca de los orígenes, y desde el campanar recorrimos la atalaya de la iglesia almenada. Estuve en la puerta de la casa donde viví de niño, los dos primeros años de mi vida, donde murió mi padre, y en la que no he vuelto a entrar nunca más desde entonces. Pero la puerta estaba cerrada y nadie en el pueblo tenía la llave. Confío en que un día pueda cumplir al fin este sueño, convertido en una necesidad interior. Así que tendré que volver. El otro viaje, la víspera de San Juan, fue a El Burgo de Osma, al reencuentro sesenta años después con compañeros de estudios. De pronto aquellos alegres muchachos, con los que compartí rezos, juegos y pupitres, eran ahora ancianos, cuyas identidades resultaba difícil descifrar entre los estragos del tiempo y las nieblas de la memoria. En momentos así es cuando uno se da cuenta de que la vida consiste en una gran dispersión, en la cual cada uno acaba, como una hoja seca, arrastrado adonde lo lleva el viento.

Estas y otras circunstancias que no vienen al caso son la explicación con las que intento justificar mi falta de puntualidad esta vez con los seguidores más fieles de “El canto del cuco”. Espero que estas historias mías sean algo parecido a una prótesis en el cerebro de los lectores, o en su corazón, que les ayude a recuperar la memoria. O sea, la vida.

SUBIR AL CASTILLO

El castillo de Sarnago es un cerro pelado enfrente del pueblo. En la ladera de la derecha, según se mira desde las eras, en la umbría, se ve una mata de robles y monte bajo, donde podía saltar en cualquier momento la liebre o levantar el vuelo un bando de perdices. En la entrada, bajo unos árboles solitarios, solían sestear las ovejas cuando apretaba el calor. Allí quise yo atrapar el sol un día. Los cazadores furtivos acostumbraban a echar los lazos al anochecer en las veredas del monte y volvían antes de la salida del sol a ver si había habido suerte y se topaban con una rabona ahorcada entre las estacas para echar al morral. No faltaba tampoco en estos días del final de la primavera el furtivo que subía silenciosamente entre dos luces con el reclamo de la perdiz bajo la manta de Enciso hasta el chozo situado arriba estratégicamente en un cabezo entre el monte y la solana. Hasta el Hoyo de la Mata, que así se llama el paraje profundo, acudían también los hombres a acarrear al bardal en las artolas de las caballerías cargas de estrepas, que era el combustible habitual en las casas.

Delante del cerro el viajero observará las piezas del Collado: los sembrados parecen un mantón remendado de distintos tonos de verde, con las cebadas blanqueando ya por San Juan. Las piezas, hasta que llegó la concentración parcelaria y arrasó el paisaje, estaban sabiamente organizadas en bancales irregulares sostenidos por anchos ribazos, que en este tiempo aparecían floridos y servían de refugio a pájaros e insectos. En los trigales cantarán ya las codornices, si es que queda alguna. Abajo, a la derecha, entre los sembrados y el ejido, destacan, si alguien tiene curiosidad, los muros del pequeño cementerio, último refugio sagrado de las cenizas de los vecinos dispersos, junto a los huesos de los antepasados.

Desde siempre ese cerro, que tiene algo de mágico, se conoce como “El Castillo”. Pero ni los más viejos del lugar han visto traza alguna de que allí hubiera nunca un castillo. Hace siglos que ocurre esto, como si permanecieran en la cumbre, a mil trescientos y pico metros, los muros invisibles y fantasmales de una fortaleza que estuvo asentada en ese alto un día y que desapareció como por ensalmo. Lo mismo que en el caso del río -¿Dónde está el río? ¡Los bueyes se lo han bebido!- se podría decir: ¿Dónde está el castillo? ¡Los duendes se lo han llevado! Los duendes de la historia, claro. Sólo queda un cantarral en el abrigo de la cara sur, entre ulagas, tomazas y tomillos. Y algunas matas de grosella y de frambuesa que han sobrevivido, aquí y allá, entre las piedras. Todo ello da pie a pensar que representan indicios de que allí hubo algún día huertos y vida; es decir, que fue un lugar habitado.

Es curioso. El significante ha sustituido por completo al significado. Han pasado cientos de años y ahí sigue el nombre y el mito. Hasta nuestros días. Eso demuestra, por lo pronto, lo difícil que es borrar las huellas del pasado, lo mismo que resultan imborrables las huellas de nuestra propia biografía (y más ahora, con internet). Y lo persistente que es la tradición en los pueblos, aunque se hayan perdido las referencias e ignoremos el origen de los ritos, costumbres y creencias actuales. Seguramente las piedras del castillo desaparecido de Sarnago forman parte de los muros de la iglesia derruida o las esquinas de las paredes de algunas casas del pueblo. Como la energía, nada se pierde, todo se transforma, y así discurren, nacen y mueren, las civilizaciones.

Hasta hace unos años, todo el mundo, aunque nunca lo hubiera visto nadie, estaba convencido en el pueblo de que en ese cerro hubo un castillo “del tiempo de los moros”. Lo mismo pasa con la característica historia de las móndidas y el mozo del ramo. Siempre se ha creído, “desde tiempo inmemorial”, que su origen estaba en la Reconquista, que databa de la batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas. En realidad, seguramente su antigüedad se remonta al mundo clásico greco-latino, muchos años antes de la era cristiana. Algo parecido ocurre con la hoguera de San Juan, en San Pedro Manrique, que pasarán la noche del jueves 23 con los pies descalzos, otro episodio de la España mágica. En los siglos que duró la lucha contra el Islam se fraguó, en gran manera, la identidad nacional española. Es normal que esto haya dejado huellas profundas que borraron muchas de las anteriores referencias. Es lo que ha ocurrido con el castillo de Sarnago.

Ahora los especialistas han demostrado científicamente que fue una fortaleza celtibérica de los siglos II-III antes de Cristo. Desde ese castillo, situado en el cerro, ahora pelado, se dominaba todo el valle del Linares. Los investigadores han encontrado entre el cantarral abundantes trozos de cerámica de esa época, e historiadores como Miguel Angel San Miguel o Eduardo Alfaro, estudiosos de la tierra, han dejado constancia científica de la antigüedad, estructura e importancia del castillo como fortaleza celtibérica y hasta de las condiciones de vida de los habitantes de aquel poblado en torno al castro, que no se diferenciaban, por lo visto, mucho de la vida que yo experimenté en mi infancia. De niño oí historias maravillosas sobre tesoros escondidos en el cerro del castillo y me contaron que el tío Nicolás, un aventurero hermano de mi abuelo, empezó un día sin éxito una excavación convencido de que daría con alguno de esos tesoros; pero sólo encontró cados de conejos en galerías interminables.

Todo esta prolija presentación viene a cuento de que quiero adelantar que este fin de semana, en nuestro previsto viaje iniciático a Sarnago y a Valtajeros, en vez de a la Alcarama, tal como están los caminos y las previsiones del tiempo, he propuesto a toda la familia, chicos y grandes, subir al castillo, uno de los mejores balcones de las Tierras Altas. Será también una especie de ascensión espiritual. Un buen sitio para encontrar pistas del pasado y para obtener una visión panorámica de la realidad actual. Para mí subir al castillo es como recuperar la infancia. Y, acaso, podamos descubrir también huellas perdidas de esa España mágica.

DONDE LA VIEJA CASTILLA SE ACABA

Me enteré por Isabel Monje del nuevo homenaje en Soria a Avelino Hernández, el escritor de Valdegeña. El motivo fue la reedición de su libro “Donde la vieja Castilla se acaba: Soria”, con prólogo del inevitable Julio Llamazares. El acto estuvo promovido por la Asociación de Amigos del autor, con su viuda, Teresa Ordinas, a la cabeza. A mí no me invitaron esta vez, pero me uno desde aquí a la celebración. Al fin y al cabo, los caminos recorridos por Avelino son mis caminos. Ni Gerardo Diego ni Antonio Machado, tan reconocidos, se aventuraron por ellos. Ni las cigüeñas traspasan el puerto de Oncala. Sólo, aunque de refilón, lo hicieron Bécquer, por las faldas del Moncayo, y Dionisio Ridruejo, que buscó sus orígenes en las tierras de la Mesta. Pero este viaje no me lo pierdo, aunque ya no queden arrieros con los que compartir cháchara y petaca, ni casi pueblos en las Tierras Altas, entre la sierra del Alba y la Alcarama, que es nuestro territorio, el de Avelino y el mío, un “cementerio de pueblos”, como él lo llamó. Ni siquiera queda polvo en los caminos, ni huellas de herraduras, ni pisadas de abarcas. Hay cosas que sólo los nativos podemos sentir y comprender. La Soria provincial lleva camino de rendirse, si se observa su decadencia demográfica año tras año, como último baluarte administrativo de Castilla la Vieja.

No me importa reiterar lo dicho en otras ocasiones solemnes. Avelino Hernández escribió siempre de la vida, o sea, de lo vivido. Según confesó, no quiso dejar firmada otra obra de arte que no fuera su propia vida. Una vida, en gran manera trashumante, como corresponde. Quiero decir que sus escritos están cargados de realidad itinerante. La existencia era, para él, el valor radical e indestructible. Seguramente por eso buscó el último aliento de vida en el mundo rural desfalleciente, de donde procede, como yo, vital y literariamente. En esto fue por delante, abriéndonos camino a los que estamos escribiendo ahora la elegía por la muerte de los pueblos y recogiendo los despojos de una civilización que se acaba entre la indiferencia general. A esto van dedicados mis cuatro libros de la Alcarama y este “Canto del Cuco”, mientras el cuerpo aguante. Él fue por delante con “Una vez había un pueblo”, “Donde la vieja Castilla se acaba”, ahora felizmente reeditado, o “La sierra del alba”, referencia esencial.

Avelino Hernández comprendió pronto que la única forma de vivir y, por tanto, de escribir era siendo libre. Y lo fue. Optó radicalmente, con algunos desgarros interiores, por la libertad, virtud característica del castellano viejo. En esto arriesgó lo suyo, sacrificó hasta arraigados ideales religiosos, y, prácticamente, se jugó la vida. Fue un hombre honrado y valiente. Fue consecuente consigo mismo. Poco a poco amansó la furia sin desprenderse de la característica boina campesina y revolucionaria. Amó a las gentes, sobre todo a las gentes humildes y peculiares, tomó nota de lo que le decían los tipos curiosos que se encontró por el camino y que dieron color a su literatura. Amó la tierra, la Naturaleza, la amistad y, como la ola mansa que llega a la orilla en su refugio de Mallorca, amó el sosiego y el disfrute de los placeres sencillos de la vida. Y siempre tuvo una mirada compasiva y una mano tendida hacia los que sufren y hacia los que luchan.

Por todo lo cual me uno desde aquí a este nuevo homenaje al escritor de Valdegeña, pueblo a la sombra del Madero, a cuatro o cinco leguas de Sarnago. Avelino tiene el mérito de que él fue el que inició la resistencia. Ahora, le hemos seguido otras voces. De las duras estribaciones de la sierra de Oncala ha salido, sin ir más lejos, un gran poeta del pueblo y de la tierra. Vale la pena resaltarlo. Su nombre es Fermín Herrero, presentado ya aquí en otras ocasiones. Es curioso que en aquel “cementerio de pueblos”, donde Castilla pierde su nombre, puedan florecer las letras con tanta exhuberancia. Habrá que interpretarlo como una respuesta serena, pero firme, a tanto desatino, tanto abandono y tanto sufrimiento. A Avelino Hernández y a todos los de esta generación que seguimos su rastro entre los trigos, se nos ha pasado, seguro, por la cabeza más de una vez lo de Valle Inclán en “La lámpara maravillosa”: “Amé la soledad y, como los pájaros, canté sólo para mí. El antiguo dolor de que ninguno me escuchaba se me hizo contento. Pensé que estando solo podía ser mi voz más armoniosa, y fui a un tiempo árbol antiguo, y rama verde, y pájaro cantor”. ¡Aunque fuera el cuco!