El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

UNA TARDE EN MATUTE DE LA SIERRA

Entre el ir y venir del verano, del mar a los trigos, reanudaré estos relatos haciendo parada en un pequeño pueblo soriano, al pie del Cerro de San Juan, adonde llegué al caer la tarde de un día claro de agosto para participar en un acto cultural. Matute de la Sierra, que así se llama el lugar, merece un reconocimiento porque, después de estar varios años deshabitado y dado por muerto, ha revivido gracias al tesón de sus gentes, que han reconstruido las casas, y al hecho de que algunas familias han vuelto y se han quedado a vivir. Es un acontecimiento singular que invita a la esperanza y que contrasta con el avance implacable de la despoblación. Como dato significativo, el acto en el que participé, incluido en la “VIII Semana Cultural de Matute de la Sierra”, se celebró en la iglesia de Santa Coloma, una iglesita del siglo XII, de un románico puro, limpio y sencillo, en un paraje apacible junto a un arroyo. Martín, el cura, impulsor de estas semanas culturales y de la reconstrucción del templo, me contó: “Aquí dentro encerraban las ovejas los pastores trashumantes; la iglesia hundida se había convertido en majada”. Y luego me enseñó al fondo, bajo el enrejado de madera del coro que unos ladrones intentaron llevarse, la espectacular pila de bautismo del siglo XII rescatada de la ruina. En el centro de la verde explanada delante de la iglesia han logrado salvar también la estampa majestuosa de un olmo centenario.

El viajero que se encamine a Matute, desviándose a la derecha en el cruce de El Valle, antes de llegar a Almarza, Ayuntamiento al que pertenece el caserío, dará, entre la arboleda, con la casa-fuerte de San Gregorio, un asombroso conjunto medieval, de estilo gótico, construido en 1461, que fue morada de condes castellanos y donde ahora se celebran bodas. Unos kilómetros más arriba, siguiendo la estrecha carretera entre encinares, tropezará pronto con el punto de destino. Le sorprenderá en la entrada un llamativo edificio de piedra con unos torreones, que resulta ser una casa rural y restaurante, principal atractivo turístico de la aldea y que se llama Santa Coloma, como la patrona. Me dicen que cuando los pueblos de alrededor estaban habitados, no había arriero que no detuviera la caballería y se parara a echar un trago y a llenar la frasca en la fuente de Matute. Tan famosas eran sus frescas aguas que hasta se las llevaban en cantarillas las gentes de la capital. Estamos a veinte kilómetros de Soria, a poco más de dos leguas de Numancia, estratégicamente situados entre la comarca de El Valle y las Tierras Altas, con la Cebollera y la Sierra del Alba como principales referencias, y no habrá guía turística que no resalte que nos encontramos a un tiro de piedra del famoso acebal de Garagüeta, el mayor bosque de acebos de España y uno de los mayores de Europa.

La función cultural en la que participé estaba organizada por la “Asociación de Amigos del Románico de Matute de la Sierra”, bajo la dirección del cura Martín, que es el alma de la resurrección material y espiritual del pueblo. De entrada, es admirable que estas semanas culturales cumplan ya ocho años. Para evitar su muerte, los pueblos se asocian y se agarran a la cultura. No es mal asidero. Es lo que les queda. A mí me parece que éste es un fenómeno social, cada vez más extendido, digno de consideración y apoyo. Esta vez a mí me pidieron que hablara de mi hermano Delfín que fue sacerdote, psicólogo y poeta. De alguna forma era un homenaje póstumo. Yo me incliné por revelar sus relaciones con Tierno Galván. Entre sus papeles he encontrado un paquete de cartas atadas con una goma. Es la correspondencia que mantuvo durante varios años con el “viejo profesor”. En este largo intercambio epistolar entre el sacerdote católico, cura de Valdeavellano de Tera, y el pensador agnóstico, que andaba buscando sus orígenes y a Dios, se observa un gran respeto y afecto mutuos. En todo momento, Delfín respeta esa búsqueda y su libertad intelectual. Aparte de un sinfín de detalles humanos, hay en este intercambio epistolar, tres asuntos principales: Enrique Tierno quiere conocer con detalle su árbol genealógico y Delfín escudriña en los archivos y se lo proporciona. Así nos enteramos, por ejemplo, de que su abuelo Julián Tierno fue capitán de Infantería en Tudela, y su bisabuelo Simón, estanquero en Valdeavellano. Su tatarabuelo Pedro Tierno también era de este pueblo. Así que don Enrique Tierno Galván estaba bien arraigado en El Valle soriano, en contra de algunas biografías poco informadas que han tratado de descalificar sus orígenes rurales.

En segundo lugar, Tierno quiere y pide que lo entierren en el cementerio católico de Valdeavellano de Tera. “Con relación a la sepultura -dice en una de las cartas-, mi pariente Isidoro Tierno le habrá entregado o puesto en la cuenta, 5.000 pesetas. Mi intento era, y es, construir un panteón, pequeño y sencillo, siempre que no haya dificultad y esté a mi alcance”. Quería una sepultura perpetua, y el Obispado dictó un edicto concediéndosela. El 15 de diciembre de 1980, siendo ya alcalde de Madrid, escribe a mi hermano: “Le agradezco muchísimo la gestión del cementerio, pero, me permito insistirle, contando siempre con su mucha bondad y desprendimiento, que me diga si hay posibilidad de venderme un espacio de tierra mayor, para que pueda hacer un hueco para varios cuerpos. En Madrid esto está muy mal y más vale prever que lamentar. Le encarezco que no deje este asunto de la mano”.

En tercer lugar, busca con el mayor interés datos ciertos y originales sobre una capellanía de sus antepasados, que trajeron de Flandes una capilla y un retablo para la iglesia del pueblo. La fundó un miembro de su familia, un tal Juan Ortega, tío de Juan Tierno “El Mozo”, primer capellán, al que representó mientras acababa sus estudios Juan Tierno “El Viejo”. “Por el resumen que me envió -le escribe a Delfín-, ahora me doy cuenta de que el original de la capellanía está en el archivo de la parroquia. Verá usted que se encargó un retablo flamenco, el que hay, que llegó hacia 1603, con la imagen de San Juan Bautista y Nuestra Señora de la Concepción”.

Aparte de estos tres temas, hay en este epistolario que se prolonga desde 1978 hasta la muerte de Enrique Tierno, un ramo de felicitaciones mutuas, sobre todo navideñas, y de confidencias humanas. Un año el profesor agradece al cura un folleto que éste había escrito sobre la leyenda de la Virgen de las Espinillas, que da nombre a una ermita del pueblo y que llegó a ser objeto de peregrinación, por razón de esta leyenda medieval, de los pastores trashumantes. “Es gran lástima -le dice Tierno- que estas leyendas no sean ciertas. Acompañan a la inocencia y fortalecen la virtud. La vida es más bella cuando se creen que cuando se estudian. Hace usted muy bien en contribuir a que, cuando menos, la tradición quede”.

Anochecía cuando salimos de la pequeña iglesia románica reconstruida, y abandonamos Matute de la Sierra, que se quedó en paz y en silencio.

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LA LLUVIA AMARILLA

Vengo de Sarnago. He vuelto a ver desde la plaza, en una tarde clara y serena, la magia de la puesta del sol sobre la sierra de Oncala. Siempre que se acerca la noche de San Juan, la del solsticio de verano, la más corta del año, iluminada por las hogueras, una fuerza interior me empuja, quiera o no quiera, a las Tierras Altas de la Alcarama. El paso del fuego en San Pedro Manrique, si has tenido ocasión de contemplarlo de niño, se te queda grabado dentro para siempre. Por unos días la primavera, en estos páramos pobres y fríos, se muestra exuberante. El campo está de lujo. Los ribazos son un tapiz de flores, una policromía. Las lluvias de abril y mayo pintan este año buena cosecha, si no viene una mala nube. Por San Juan esperan el dalle las esparcetas y la hierba de los prados y blanquean las cebadas. Era cuando los cazadores furtivos salían al rayar el alba por las callejas con la perdiz de reclamo bajo el tapabocas hacia el chozo del cabezo.

En Sarnago he participado en un insólito acto cultural, organizado por la Asociación de Amigos del pueblo, con la plaza abarrotada. Más que una mesa redonda fue una mesa larga, interminable y variopinta, para rendir homenaje, con el autor presente, a “La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares, al cumplirse treinta años de su publicación. La famosa novela es el monólogo de Andrés, el último vecino de un pueblo abandonado del Pirineo de Huesca. El protagonista recuerda la vida del pueblo y los vecinos que se fueron mientras, entre desvaríos, espera la muerte. En el caso de Sarnago, el último vecino fue, como se sabe, el Aurelio, el hijo del tío Luis, que murió en el hospital de Soria el 23 de abril de 1979, fiesta de los comuneros, a los 47 años de edad sin que nadie acudiera a recoger su cadáver.

La lluvia amarilla”, según ha confesado Llamazares y así figura en la entrada de mis “Historias de la Alcarama”, está, en cierta medida, inspirada en Sarnago, después de la impresión que le produjo el pueblo despoblado en aquella primera visita suya la víspera de San Juan al caer la tarde. Como todo el mundo sabe, la despoblación del pueblo y de la mayor parte de los pueblos de la comarca de la Alcarama se debió a la expropiación de las tierras para plantar pinos. La repoblación forestal causó la despoblación humana. En mi intervención, no tuve más remedio que recordar mi pública oposición a esta iniciativa del Gobierno franquista y mi duro encuentro con el gobernador civil un jueves del verano del 68. “Con esta repoblación, vamos a crear un emporio de riqueza en las Tierras Altas”, me dijo. “Lo que van a hacer ustedes -le repliqué- con la compra de las tierras, es vaciar de gente todos los pueblos de la comarca”. Siento haber acertado.

La novela está escrita con un rico y cuidado lenguaje poético. Trasciende el tema de la despoblación y nos habla, como digo, del paso del tiempo, de la soledad y, entre los desvaríos del protagonista, de la vida y de la muerte; es decir, de los grandes asuntos que afectan al ser humano de todos los tiempos. Por eso es un libro que no ha perdido vigencia, treinta años después, y que ha recibido el reconocimiento que se merecía en el lugar adecuado. En cierta medida fue el libro pionero de una literatura ruralista, que ahora, ante el drama de la despoblación, está floreciendo con fuerza. En la esquina de la plaza abarrotada de Sarnago, un pueblo oficialmente despoblado, había montado la librería Las Heras de Soria su tenderete de libros, y la gente acudía a comprarlos. Toda una imagen valiosa.

Esta reunión, tan significativa y peculiar, tiene dos derivaciones más: Ha sido una reflexión sobre el drama humano de la despoblación y un reconocimiento a la heroica lucha que lleva a cabo este pueblo de Sarnago, que es mi pueblo, contra el abandono y la resignación.

En fin, esta es la breve crónica de un acontecimiento singular. Todo invitaba a la alegría y a la esperanza. La tarde apacible, el tapiz de los campos, el hermoso atardecer azul, la representación teatral de la novela por la noche, el tenderete de libros entre las ruinas, la cercanía de la noche mágica de San Juan y hasta el camino preparado ya, por fin, para el asfalto. Pero yo ni siquiera llevé la llave para entrar en casa. Se van perdiendo las referencias. El paso del tiempo y la memoria, lo mismo que a Andrés, el último vecino de la festejada novela de Llamazares, nos deja más bien a la intemperie bajo “la lluvia amarilla” de las inminentes hojas de otoño.

LA ESPAÑA QUE ENVEJECE Y SE VACÍA

El mundo rural envejece y se despuebla de año en año. En realidad asistimos al final de una cultura milenaria, un verdadero cambio de época. La decadencia de la España interior es uno de los grandes fenómenos sociales e históricos de nuestro tiempo. Hasta aquí, ningún descubrimiento, pero un acuciante deber moral nos obliga a algunos a volver una y otra vez sobre ello, como el herrero en la fragua, intentando machacar las conciencias y alertar a la opinión pública y a los altos despachos del poder sobre este drama humano y sobre los efectos de este cambio radical de horizonte al que asistimos. Como dice el escritor irlandés Oliver Goldsmith, “las virtudes rurales abandonan el país”. No es seguro que estas virtudes tengan recambio.

De un tiempo a esta parte, ha aumentado considerablemente la nómina de poetas, escritores y sociólogos, jóvenes y viejos, que se ocupan del problema de la despoblación. Rara es la semana que no aparezca un libro nuevo, más o menos interesante, sobre el particular. Abundan, entre piezas de cierto valor literario, relatos localistas que no conviene despreciar y que ayudan sobre el terreno a levantar acta de lo que está pasando y de lo que se está perdiendo. Se cuelan también pastiches de éxito literario momentáneo, pero de corto alcance, -no me hagan hablar- sin pizca de compasión, que se aprovechan de la penosa situación para vender ejemplares y que no ayudan nada a resolver ni a iluminar el problema. En todo caso asistimos a un rebrote de la literatura llamada ruralista. Y esto acarrea que historias del mundo rural aparezcan con mayor frecuencia en los medios de comunicación de alcance nacional, en muchos casos por lo que las ruinas o las costumbres antiguas tienen de pintorescas. Esto hace también que los poderes públicos se remuevan un poco en sus asientos y prometan planes ambiciosos, aunque estos se diluyan pronto, con el paso de los meses, hasta que llegue la siguiente convocatoria electoral con los nuevos presupuestos bajo el brazo. Todo se reduce mientras tanto a pequeñas ayudas y a algunos parches. Y vuelta a empezar. Sin un plan global que haga frente al gran desequilibrio demográfico de las “dos Españas”.

No hace falta comprobar con datos estadísticos lo que está pasando. Basta con acercarse a los pueblos para ver que la España rural sigue vaciándose. Recorrer las calles solitarias, sin un alma ni un animal, sin un niño ni un mozo, y encontrarse, si acaso, con una persona mayor encorvada bajo el peso de los años. Eso en el caso de que quede alguien y no sea todo una ruina. Pero, por si alguien piensa que exagero, he aquí las últimas estadísticas oficiales que han llegado a mis manos: Los pueblos de menos de 2.000 habitantes -casi todos los de Soria, sin ir más lejos- han perdido desde 1970 prácticamente la mitad de la población. Del 11 por ciento se quedan en el 5.9 por ciento de la población total de España. Y también decaen los municipios rurales intermedios, los que tienen entre 2.000 y 10.000 habitantes. Esto es especialmente llamativo en Castilla y León. Ahora no sólo se van los jóvenes, que no encuentran alicientes para seguir en el pueblo, y los de mediana edad, sino también los mayores de 65 años. Por ley de vida, muchos de estos se van muriendo. De año en año sólo aumenta la nómina del cementerio. Las defunciones superan abrumadoramente a los nacimientos. Pero además muchos ancianos que han resistido hasta ahora no aguantan más la soledad, los achaques y el abandono. Se van a una residencia o a la casa de los hijos en la ciudad a ayudar, de paso, con la pensión. A fecha 18 de enero último, en 5.686 municipios rurales vivían 773.249 mayores de 65 años, con no pocas necesidades que cubrir. Y en los pueblos pequeños la mitad del censo municipal ha superado ya la edad de jubilación. Este es el panorama. Los fríos datos oficiales no engañan, pero no alcanzan a reflejar el cúmulo de dramas humanos que tienen lugar en la España callada. “Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España” (Miguel Hernández).

ÉRAMOS POBRES, CON EL AIRE LIMPIO

Echo hoy mano del chat de los Hernández. Reproduzco, con leves retoques, un relato que ha enviado Miguel -Miguel Hernández, como el poeta oriolano- y que anda circulando por la red, al que añadiré por mi cuenta un breve estrambote.

La escena tiene lugar en la caja de un supermercado. Una señora le pide al cajero una bolsa de plástico para la compra. Y el cajero se lo recrimina.

-Señora, debería traer su propia bolsa de casa. Como usted sabe, las bolsas de plástico contaminan el medio ambiente.

-Perdone -responde la señora- , pero es que en mis tiempos no había esta moda verde.

-Ese es ahora nuestro problema -le replica el cajero-. Los de su generación no pusieron suficiente cuidado en conservar el medio ambiente, y así anda el planeta.

-Tiene usted razón -le dice la señora-. Como le digo, entonces lo verde no estaba de moda.

Y no pudo contenerse ante la impertinencia del cajero ecologista y se desató la mujer:

-En mi tiempo, las botellas de leche, las de gaseosa y las de cerveza se devolvían a la tienda. La tienda las enviaba de nuevo a la fábrica donde las lavaban y rellenaban. Así las mismas botellas recicladas se usaban una y otra vez. Por supuesto, no eran de plástico.

-No había escaleras mecánicas en los comercios ni en las oficinas. Subíamos y bajábamos andando por las escaleras. Por supuesto, íbamos también caminando a las tiendas en vez de ir en coche de 150 cv para recorrer doscientos metros.

-Por entonces, lavábamos los pañales de los bebés, porque no eran desechables. Secábamos la ropa en tendederos, no en secadoras que funcionan con 220 voltios. Eran verdaderamente la energía solar y la eólica las que secaban nuestra ropa. ¡Ah! Los chicos heredaban la ropa de sus hermanos mayores, sin comprar siempre modelitos nuevos.

-Entonces no teníamos más que una televisión pequeña en casa; no una de plasma en cada habitación del tamaño de una ventana.

-En la cocina molíamos y batíamos a mano, porque no había máquinas eléctricas.

-Cuando empaquetábamos algo frágil para enviarlo por correo, lo protegíamos con periódicos viejos arrugados, no cartones con bolitas de plástico.

-En aquellos tiempos, la podadora y la segadora de césped funcionaba a mano. No arrancábamos para eso un motor ni quemábamos gasolina. Y, por supuesto, no había soplahojas, esos horribles artefactos, que hacen tanto ruido y que contaminan el aire.

-Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a correr a un gimnasio sobre cintas mecánicas movidas por electricidad.

-Cuando teníamos sed, bebíamos agua del grifo, en lugar de usar vasos y botellas de plástico.

-Recargábamos las plumas estilográficas con tinta, en lugar de comprar una nueva, y cambiábamos las cuchillas de la maquinilla de afeitar en vez de tirarla a la basura cuando se embotaba el filo.

-En aquellos tiempos, la gente tomaba el tranvía o el autobús y los chicos iban a la escuela andando o en bicicleta, en lugar de usar constantemente de taxistas a mamá o a papá.

-Teníamos un enchufe en cada habitación, no una regleta de enchufes para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos un aparato electrónico que recibía señales desde satélites situados a cientos de kilómetros en el espacio para encontrar la pizzería más próxima.

-Así que -concluyó la buena señora, mientras terminaba de meter la compra en la bolsa- me parece lógico que ustedes, los jóvenes, se quejen, y nos echen en cara continuamente a nosotros, los mayores, que no estamos al tanto de la maravillosa moda verde.

Si yo hubiera ido detrás de esta señora en la fila de la caja del supermercado, no me habría contenido y le habría añadido mis razones al joven cajero ecologista.

-¿Sabes, muchacho? En mi pueblo no había luz eléctrica, ni se conocían los plásticos. Tampoco había coches, ni motos, ni teléfono, ni agua corriente. Bebíamos directamente del botijo o del caño de la fuente. La leche se hervía en un cazo, recién ordeñada de las cabras. Íbamos siempre andando o a caballo. Segábamos a hoz o a dalle…Éramos pobres, pero teníamos el aire limpio. O al revés: teníamos el aire limpio, pero éramos pobres.

A VUELTAS CON CATALUÑA

Sé de sobra que “El canto del cuco” no se ocupa normalmente de estos menesteres políticos, pero, dada la grave situación a que hemos llegado en Cataluña, no puedo seguir mirando para otro lado. Esta deriva hacia el campo de la política será aquí una excepción, lo prometo, advirtiendo, eso sí, que no es algo ajeno a mi ocupación habitual. Una de las facetas destacadas de mi personalidad profesional, desde hace medio siglo, es la de analista y ensayista político. Sobre eso van una docena de libros míos y miles de columnas en la prensa. Así que no me meto en sembrados ajenos. Sé de lo que hablo. Y, al fin y al cabo,la cabra tira al monte. Lo que pretendo es compartir esta reflexión y, si es posible, suscitar opiniones críticas, a favor o en contra, sobre una propuesta que considero importante y, a lo que se ve, bastante original y arriesgada. Lo que propongo, para salir de una vez del agobiante berenjenal en el que nos encontramos, es lisa y llanamente la disolución de los partidos separatistas, principal amenaza, no sólo en Cataluña, a la convivencia en España desde hace un siglo.

Sin más justificaciones innecesarias, ahí va mi reflexión y ahí van mis razones. Me agarro a lo que hace unos días publiqué en un periódico de Madrid: un artículo, atrevido, meditado y no sé si impertinente, que quiero compartir hoy con los seguidores de este blog. Me apoyo en lo que escribió Antonio Machado: “Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana”. ¡Miremos, pues, al futuro sin las ataduras malditas del pasado, rompiendo de una vez funestos compromisos con los nacionalistas!

La crisis catalana ha puesto de relieve una inquietante paradoja: unos partidos políticos se organizan legal y públicamente con el propósito de segregar un territorio consiguiendo la independencia del Estado, que, a su vez, establece como fundamento de la Constitución “la indisoluble unidad de la nación española”. Las trabas del texto constitucional a la pretendida independencia de una región, desgajándola del tronco común, son, si somos sinceros y realistas, prácticamente insalvables. Para eso se pusieron: para impedir de hecho esa segregación. Pero al mismo tiempo se quiso dejar claro, desde el arranque de la democracia, que en España no se perseguían las ideas políticas. Y así es. Esto se ha cumplido escrupulosamente aunque ahora mismo haya políticos separatistas presos y proliferen los lazos amarillos pidiendo su liberación.

La contradicción salta a la vista. El profesor Jordi Ibáñez Fanés, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, pregunta en un artículo: “¿Por qué es legal poner en un programa para unas elecciones el propósito de llevar a cabo algo a todas luces ilegal?”. Es la libertad de las ideas políticas, se responderá. Pero “algunas ideas políticas -apunta el articulista- sólo pueden llevarse a cabo rompiendo el orden constitucional establecido”. En este caso alcanzando la independencia de Cataluña después de quebrar la legalidad vigente con el respaldo en las urnas de millones de ciudadanos, hábilmente atraídos a la causa con métodos cuando menos discutibles. Ante ese desafío, el Estado, que había estado durante mucho tiempo mirando para otro lado, reacciona con dureza y con todas las armas jurídicas a su alcance en defensa de la legalidad, entre acusaciones de autoritarismo y de judicializar la vida política. Y en esas estamos. Es lo más parecido a un callejón sin salida. Una pugna entre legalidades.

Contemplada la tremenda paradoja y visto el resultado, lo razonable sería, aunque puede que fuera tarde, plantearse, como en Alemania, la ilegalidad de los partidos separatistas. En Alemania, con buena lógica germánica, está prohibido organizarse políticamente para alcanzar lo que la Constitución establece como inadmisible. En España somos mucho más permisivos y así nos va. ¿No se piden soluciones políticas? Pues esa sería una, la primera. Puede que, a la larga, la mejor de todas. La otra consiste en liquidar la Constitución del 78, que tan buenos resultados ha dado, y disolver España. Es lo que quieren los insurrectos catalanes y sus cómplices de izquierda. Desde hace mucho tiempo, la principal amenaza a la convivencia democrática en España procede de los movimientos secesionistas. Conviene aplicarse el cuento y poner manos a la obra. A grandes males, grandes remedios.

LAS CAMPANAS AL VUELO

Este año vamos a echar las campanas al vuelo. El arranque del volteo, manual por supuesto, será el próximo 21 de abril, a las 12, en Albaida (Valencia), tierra de campaneros, con bien ganada fama. Inmediatamente el toque de campanas resonará en 300 campanarios de España y en mil campanarios de Europa. Este sonido milenario se propagará, incontenible, por los países del viejo continente, reclamando a la UNESCO que el lenguaje universal de las campanas, portador de comunicación y de distintas emociones, que viene manifestándose desde el siglo XIII sin interrupción, arraigado también en América, sea declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. La iniciativa cuenta con fuertes apoyos de los poderes públicos. Con este fin y durante todo el año se sucederán las actividades en torno a las campanas con un programa atractivo. Ocurre esto cuando la decadencia del mundo rural, con muchos campanarios vacíos o silenciosos, el avance de la increencia y el ruido de la vida moderna en los grandes núcleos urbanos amenazan con sofocar por completo el antiguo y familiar sonido de las campanas.

Los promotores ponen especial empeño en la necesidad de recuperar la rica variedad de toques tradicionales, que tan bien conocían los viejos sacristanes y que la masiva electrificación reduce y simplifica. Los buenos campaneros tocan a mano. Ahí están, por ejemplo, los impresionantes conciertos de campanas en Utrera y en otras localidades. Uno recuerda de niño cómo hacían volar a mano los mozos del pueblo las campanas el día de fiesta durante la procesión, mostrando exhibición de fuerza. Siempre he creído que este ejercicio no estaba exento de riesgo. Un día, en Sarnago, se desprendió una de las campanas de la torre y se estrelló en el suelo durante el volteo. Hubo suerte y no hubo víctimas, pero a mí, desde ese día, siendo muy pequeño, me daba miedo el volteo de las campanas y salía corriendo cuando lo oía. Hasta que llegué a monaguillo. La primera vez que subí al campanar me parecieron enormes, sobre todo la campana grande. Ahora, desde que se cayó la torre, descansan, mudas, en el suelo del portal de la escuela y son objeto de curiosidad. En fin, parece claro que con la electrificación del campanario, tan de moda, se gana en seguridad y en comodidad, pero se pierde en variedad y calidad. El progreso, ya se sabe, tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Las campanas, desde siempre, además de su esencial función religiosa, han cumplido un importante papel de comunicación. Han sido las mejores pregoneras. Sonaban a rebato cuando había que convocar al vecindario para hacer frente a un incendio, la pérdida de una persona o ante cualquier otro suceso que amenazara a la comunidad. Llamaban a concejo o a hacenderas. Anunciaban, con el tentenerrublo, la llegada de los merineros trashumantes el día de los alardes. Ahuyentaban con un volteo breve y nervioso, las sayas boca arriba y la cabeza boca abajo, las tormentas con ruido de piedra. Repicaban en las bodas. Doblaban a muerto anunciando la muerte de un vecino y acompañándolo después al camposanto. Y, en Sarnago, hasta hacían de reloj: era mediodía cuando el sol daba en el borde de la saya de la campana grande.

Cada toque era distinto y peculiar. Cuando tocaban a misa, todo el mundo sabía si habían dado la primera, la segunda o la tercera. Además de llamar a misa con tres avisos o señales, como en el teatro, pueden consignarse, sin ánimo exhaustivo, los siguientes toques peculiares: Toque de nonas, para avisar precisamente a los campaneros; toque de capellanes, para que estos acudieran a coro; toque de ángelus, oración a la Virgen a mediodía, que, al oírlo en el campo, los campesinos cristianos paraban la yunta, se quitaban la boina y rezaban un avemaría; toque de completas, en Cuaresma; toque de ánimas, recordando a los difuntos al anochecer; y toque de sermón, cuando llegaba un predicador al pueblo. Había, además, distintas combinaciones de repique y volteo según la solemnidad de la fiesta y el momento de la misma. (Espero que los lectores proporcionen alguno más).

Todo este variado y rico lenguaje, portador de emociones, que viene de lejos, es lo que se pretende conservar como un tesoro cultural, que nos conecta con los antepasados y nos hace más humanos. Los campanarios no son sólo patrimonio de las cigüeñas y, desde luego, es triste ver tantos campanarios de Castilla sin campanas ni nadie que las oyera. Pero por una vez, como decía, hoy toca echar las campanas al vuelo.

“LA EXCLUSIVA”

“La Exclusiva” era el popular carromato de antes de la guerra que conducía Santiago, el de La Fonda, y que hacía el servicio de San Pedro Manrique a Huérteles, hasta el chozo donde empalmaba con el autobús de Soria a Calahorra. Aún se conserva, creo, como objeto de museo y se exhibe una vez al año el día que se conmemoran con nostalgia los usos y costumbres de tiempos pasados. Cuando arrancaba en medio del mercado de los lunes, los niños se montaban unos instantes agarrados a las escalerillas de atrás que llevaban a la baca.

Ahora “La Exclusiva” es el nombre que han dado a un servicio de economía social, montado por Victoria Tortosa y Hugo Núñez, que consiste en llevar la compra con una furgoneta a los pueblos dispersos y medio deshabitados de la provincia de Soria, poblados en su inmensa mayoría por indefensas personas mayores sin coche y sin carnet de conducir, caseríos aislados donde viven los últimos resistentes. La iniciativa, impulsada por “El Hueco”, verdadero centro dinamizador soriano, ha merecido la atención de la prensa nacional y tiene voluntad de expandirse, como servicio y como negocio, a un círculo más amplio de la España deshabitada del interior.

La venta ambulante por los pueblos y aldeas de las Tierras Altas, por caminos de herradura o, en el mejor de los casos, por carreteras sin asfaltar, viene de lejos. Estoy viendo en Sarnago a los arrieros de Aguilar del Río Alhama, de Igea o de Cornago con las caballerías cargadas de coletas o frutas y verduras de la huerta, o al inolvidable Mario de San Pedro que subía con frutas o cajas de pescado envuelto en hielo y las gentes acudían presurosas al oír el bando del alguacil. Y un día a la semana sigue llegando ahora mismo a los pueblos de El Valle y a los de otras comarcas, tocando la bocina, la esperada furgoneta del “pescatero” de Soria, del panadero de Valdeavellano o del frutero de Aguilar.

La novedad de “La Exclusiva” es que presta un servicio integral. Los vecinos entregan la lista de la compra y la organización, en la que colabora el hipermercado E. Leclerc, que se encarga del abastecimiento, supongo que en exclusiva, y del coste del transporte, lo lleva hasta los pueblos, la mayoría de los cuales carece aún de internet y de cobertura de móvil aceptable. Por eso, en no pocos casos, son los hijos desde la ciudad los que se encargan de hacer puntualmente la lista con el pedido. De esta forma, hay viejos que desisten de pasar el invierno en la ciudad, como tenían pensado, y se quedan en su casa del pueblo. “¿Dónde vamos a estar mejor?”, se dicen unos a otros. Y así se animan. Casi todos son, como digo, personas mayores, solas, con los hijos lejos. Cuando aparece la furgoneta de la compra, se alegran y salen a su encuentro. Además de alimentación, extiende el servicio últimamente a lavandería, librería y prensa.

“La Exclusiva”, si no estoy mal informado, lleva cuatro años funcionando y ha establecido ya cuatro rutas de reparto con unos veinticuatro pueblos cada una. En estos dispersos caseríos viven, en total, unos mil vecinos. Echen cuentas. Sale un media de poco más de diez vecinos por pueblo. Es la descarnada imagen de la muerte inexorable del mundo rural. De no cambiar las cosas, la mayoría de estos pueblos sorianos, que no hace mucho estaban llenos de vida, están condenados a desaparecer a plazo más o menos fijo. Gracias a esta iniciativa, que no deja de ser un remedio paliativo, que hace que la muerte sea menos dura, y un pequeño negocio -un volumen de 30.000 euros al año, más la subvención del supermercado, que hace el negocio sostenible-, sigue saliendo humo de algunas chimeneas. No es poco. Y los hijos, que viven en el piso de la ciudad, pasan el invierno más tranquilos. Pero es imposible no acordarme, llegado a este punto, del bullicio que levantaba entre la multitud los días de mercado “La Exclusiva” de Santiago, el de La Fonda, cuando se ponía lentamente en marcha.

EL DESASTRE DE LA DESPOBLACIÓN

Asistimos a la eliminación histórica de una forma de vida. La mitad de los ocho mil municipios de España están en trance de desaparecer. La despoblación afecta, como se sabe, a toda la España interior. Pero hay una provincia castellana, cargada de cultura, de historia y de leyenda, que ha llegado al límite de la supervivencia. Hablo de Soria, que es mi patria. Y no me importa ser cargante. No me puedo callar cuando hasta las piedras hablan. Hablan los niños de las escuelas sorianas pidiendo en un vídeo que vuelva la vida a los pueblos y no se conviertan en “pueblos fantasmas”, así los llaman. Levantan la voz los jóvenes, que el día 11 de abril en un taller en “El Hueco” ofrecerán de nuevo sus sugerencias para ayudar a levantar cabeza. Levantan la voz de alarma los empresarios. Habla el alcalde de la capital con las estadísticas calientes en la mano: el censo de toda la provincia no alcanza los 89.000 habitantes, casi la mitad residentes en la capital, lo que da idea del inmenso desierto demográfico alrededor y del riesgo evidente de que Soria, una extensa provincia, desaparezca como entidad administrativa. De los 183 municipios, 121 están abocados a desaparecer. Dos de cada tres pueblos tienen menos de cien habitantes, lo que significa que están en trance de quedar vacíos. Cada año el censo de los muertos supera con mucho al de los nacidos. El resultado es conocido y dramático: los vecinos de las villas y aldeas son cada vez menos y más viejos. La lista de pueblos abandonados es ya interminable y aumenta de año en año. ¿Cómo puede uno permanecer callado ante semejante catástrofe humana y ante tal desastre cultural e histórico?

Tímidamente, los poderes públicos parece que empiezan a hacerse cargo del problema. La Federación de Municipios y Provincias está llevando a cabo desde hace tiempo una tarea meritoria en esto, que ha encontrado eco en los Gobiernos regionales más afectados, empezando por el de Castilla y León. Y, por fin, el desequilibrio demográfico y el envejecimiento de la población rural han entrado en la agenda del Gobierno de la nación y en los programas de algunos partidos políticos. Acaba de aprobar el Consejo de ministros ayudas a la vivienda para jóvenes que decidan irse a vivir al pueblo. No es mala idea. Y parece que existe el propósito de que se tenga en cuenta este problema de la despoblación a la hora del reparto del presupuesto de las comunidades autónomas, si es que alguna vez conseguimos superar la corrompida hojarasca del problema catalán y ocuparnos de los asuntos importantes que afectan de verdad a la gente. Y la Red de Áreas Escasamente Pobladas del Sur de Europa (SSPA) confía, parece que con fundamento, en que este grave problema esté sobre la mesa de la Unión Europea a la hora de diseñar los próximos presupuestos. Todas las ayudas públicas serán pocas para superar el injusto desequilibrio que sufre la España interior. Transportes, comunicaciones, brecha digital, infraestructuras, servicios sanitarios y educativos, exenciones fiscales a las empresas, ayudas a la industria alimentaria de calidad y al turismo rural, estímulos a los jóvenes profesionales -médicos, maestros, guardias civiles, veterinarios, ingenieros…- para que vayan a vivir al mundo rural, etcétera. Lo que hace falta es dejarse de remiendos y elaborar de una vez un plan global, con un presupuesto adecuado. Y, desde luego, para Soria, dada su desesperada situación, urge un generoso plan de choque, que podría ser a la vez un “plan piloto”.

Déjenme que termine este alegato, fruto de la compasión y la furia, con unos versos de Fermín Herrero, el mejor poeta de la tierra, con el que uno se entiende desde el primer verso.

Vivo en un lugarcillo de hartos pocos

vecinos. En la noche cerrada están

temblando las estrellas, sin más

ni más, el aire inmóvil. Escucho

el río, allá en lo hondo: como el roce

del agua en las palabras. Es mi pequeñez…

PD. Sarnago: Hay buenas noticias sobre la iglesia y el camino. Los trámites administrativos entre el Obispado y el Ayuntamiento de San Pedro Manrique, para poder empezar a mover las ruinas del templo y, si es posible, levantarlo de nuevo, van bien. Y me dicen que la Diputación empezará a asfaltar el camino esta primavera. Amén.

HE VUELTO A CASTILLA

Por circunstancias de la vida, he tenido ocasión de volver a Castilla, donde el alma se dilata nada más adentrarse uno en el paisaje, esa llanura interminable, que un día fue granero, almacén de lana, patria de santos y de mesnadas, y cabeza del mundo conocido. Era un día luminoso de febrero y los campos estaban yertos por las últimas heladas. Aún no habían brotado las viñas en las laderas, que dan el mejor vino. En la sombra de los ribazos, quedaban restos de la última nevada. De vez en cuando volaba una cigüeña y, de trecho en trecho, se veía en los cables de la luz un ave de rapiña, inmóvil, a la espera de una pobre víctima inocente. En la carretera salían al paso nombres solemnes y hermosos de pueblos en los que se concentró la Historia de España y la de medio mundo. Arévalo, Villalar de los Comuneros, Medina del Campo, Tordesillas, Simancas, Olmedo, Fontiveros, Madrigal de las Altas Torres…Aún ofrecen signos inequívocos de la grandeza pasada sus palacios, castillos, iglesias y torreones. Pero ya nada es lo que era. No sé si queda siquiera en las gentes el orgullo de lo que fue esta tierra. Últimamente sólo se habla de Cataluña, la herida abierta en el costado de España, donde hasta se reniega del castellano, la lengua universal. Según Ortega, “Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho”. ¡Vaya por Dios! ¡Pobre Castilla miserable, ayer dominadora, que hace tiempo dejó de ser mística y guerrera!

Mientras yo viajaba por las tierras de Castilla, se reunían y establecían una alianza los presidentes de Castilla y León, Aragón, Galicia y Asturias, a la que estaban dispuestos a unirse, según las últimas noticias, los de Castilla-La Mancha, La Rioja y Extremadura. Este frente común de las comunidades más abandonadas por el poder central y cuya decadencia salta a la vista es, me parece, una de las pocas iniciativas políticas esperanzadoras. Se trata de que la nueva financiación de las autonomías que se prepara tenga por fin en cuenta la despoblación de estas comunidades -el gran problema de la España interior- la dispersión de los pueblos y el envejecimiento de sus pobladores. La lenta muerte de los pueblos, entre el abandono general, debería ser hoy uno de los grandes asuntos de Estado. Es preciso un plan global -inversiones, exenciones fiscales, comunicaciones, presupuesto para la dependencia, etcétera- con financiación suficiente y apoyo decidido de la Unión Europea, que acabe con esta profunda lacra de la desvertebración nacional.

Y no sólo he andado por la Castilla central, con Valladolid a la cabeza, en cierta medida aún dominadora a escala regional. También he tenido ocasión de viajar estos días a Soria, que es mi patria, donde Castilla pierde su nombre y que merece capítulo aparte. Allí el problema de la despoblación y el abandono se agudizan hasta extremos dramáticos. Es tal la insostenible situación soriana que urge ya un generoso tratamiento de choque para evitar su muerte como provincia por falta de habitantes. Un dato: mientras en toda España sube el precio de la vivienda, en Soria sigue bajando. ¿A quién que se acerque a sus pueblos no le duele Soria?

“Castilla tiene castillos, / pero no tiene una mar”, dice el marinero Alberti. Si tuviera mar, no estaría despoblada, hombre. Lo que no dijo es que aún le queda alma. “Y castellanos de alma,/ labrados como la tierra / y airosos como las alas”, según Miguel Hernández, que había ido cabrero y comprendía mejor al pueblo campesino. Quevedo salió al paso: “Castilla se abrasa de poetas”. Ahí está, sobre todos, el gran Miguel de Unamuno, que acostumbra a apartarse de las apariencias y bajar a las profundidades de esta tierra nervuda, como él la llamó: “¡Ay mi Castilla latina / con raíz gramatical /, ay tierra que se declina / por luz sobrenatural!”. Coincide Miguel Delibes. Pocos como él se asomaron tanto al alma del pueblo. En “La sombra del ciprés es alargada” exclama: “Y por encima aún quedaba Dios”. Me parece, Miguel, que ya ni eso. Y termino este recorrido con Antonio Machado, poeta castellano por antonomasia, aunque viniera de un patio sevillano donde florecía el limonero: ““Nadie es más que nadie”, porque -y éste es el más hondo sentido de la frase-, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de un hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito”.

Así es. Y un día, sin tardar mucho, Castilla volverá a decir en España la última palabra. ¿Por qué no soñar después de recorrer sus caminos y observar que ¡ancha es Castilla!

LA GEOGRAFÍA BAUTIZADA

La primera diferencia entre un viejo campesino y un residente moderno en un pueblo, incluido el que se ha ido a vivir a una eco-aldea, es que el primero conoce el nombre de los parajes, de los caminos y de los objetos más insignificantes, y el segundo, no. Una demostración inapelable del cambio experimentado por el mundo rural está en que los nuevos vecinos ya no saben siquiera cómo se llaman las lomas, cabezos, sierras y serrezuelas que rodean el pueblo. Ya no digo los barrancos, picachos, prados, puentes, caminos, pequeñas fuentes del campo, chozas, corrales, rincones y hondanadas. Ignoran por completo la toponimia. Ni siquiera se han enterado de que todo el terreno que le rodea está dividido en pagos y que cada pago tiene un nombre, con el que docenas de generaciones lo han conocido desde siempre, y así consta aún, con frecuentes faltas de ortografía, en las hojas del catastro y en el registro de la propiedad. Josep Pla escribió que los campesinos vivían en una geografía bautizada. Está bien dicho. Los “nuevos campesinos”, que acostumbran a vivir en la ciudad y sólo van al pueblo de paso, los advenedizos y los turistas ocasionales o los habitantes de segunda vivienda viven en una geografía sin bautizar, o sea, en un lugar sin nombres. Y, por tanto, sin historia.

Me ha dado pie a esta consideración Marc Badal, con su “Vidas a la intemperie”, libro del que ya hice aquí una primera referencia. Los ojos de los campesinos -dice- “conocían la sombra de cada árbol. Sus pies, la forma de cada piedra. Sólo la niebla podía llegar a desorientarles por unos instantes. Pero sabían que no tardarían en dar con un objeto conocido. Y no podemos conocer sin nombres (…) Ni un punto del terreno sin identificar”. Cuando al campesino lo sacabas de su hábitat, perdía los puntos de referencia de toda la vida y estaba perdido. Es lo que les pasó a muchos de los que emigraron a la ciudad. Pasaron desorientados el resto de su vida. O incluso a los que la construcción de un pantano los trasladó forzosamente a un poblado nuevo con un paisaje llano. Puede decirse que ser del pueblo significa conocer el nombre de todos esos sitios, de las casas y hasta de los corrales. La señal definitiva del final de la cultura rural, digo yo, ocurrirá cuando nadie, ni siquiera los residentes en el pueblo, conozca el nombre de los lugares que le rodean. Se habrá perdido definitivamente, cuando eso ocurra, la base del mutuo entendimiento, la contraseña de la pertenencia y de la propia identidad. La gente vivirá en el pueblo, pero sin ser del pueblo. Me parece que ya está pasando. Empiezan a faltar las referencias y han llegado al pueblo nuevos vecinos desconocidos, que hacen su vida sin conocer de quién es el prado de enfrente de su casa ni adónde conduce la vereda que divisa en el monte cuando mira por la ventana.

Dice Lorenzo Villalonga que la realidad extrae toda su continuidad de algo tan mágico y tan convencional como es un nombre. “Tu nombre me sabe a yerba / de la que nace en el valle / a golpes de sol y de agua”, canta Serrat. Pues eso. Si te decían en el pueblo “te espero en la fuente del tio Eugenio”, o “carearé las ovejas por Valdezaguera”, o “damos la primera mano cazando en los ulagares de las Cuerdas del Castillo”, o “estaré sembrando en la pieza de la Cereda”, o “quedamos donde la majada de la tía Inés”, tú sabías sin género de duda y sin necesidad de ningún GPS -un artilugio entonces inimaginable, que se habría tomado por brujería- cuál era el punto exacto de la cita. Y conocías bien cuál era el camino para llegar. Todo estaba efectivamente bautizado, sin que quedara un paraje, una quiebra del terreno, un otero, un camino, un pequeño manantial en medio de una junquera, un peñasco o una taina para el ganado, sin que todo el mundo conociera su nombre. Los nombres hacían reconocible la geografía. Era la única manera de orientarse y de estar efectivamente integrados en la Naturaleza, aunque los campesinos no se sintieran parte de la misma. No había, como indica Badal, un espacio “natural” segregado de lo humano, porque “el conjunto del territorio formaba parte del hogar”. Por eso, todo era reconocible, todo tenía un nombre.