El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

DE NUEVO, LA NIEVE

Ha vuelto la nieve a las Tieras Altas. Tengo aquí el reportaje gráfico. Un alma caritativa me ha enviado un vídeo del quitanieves por aquellas carreteras sin coches en medio de un paisaje desolado, y además una preciosa colección de fotos de Sarnago nevado. Para ser la primera nevada ha caído en serio. No ha sido un simple algarazo o unas “amarguras”. Los ventisqueros en los huecos y en los abrigos no engañan. Las imágenes me hacen revivir los inviernos de mi infancia y me obligan a compartir con todos aquellas emociones renovadas. En “El canto del cuco” la visita de la blanca dama se recibe cada año con los honores que se merece.

Las fotografías están tomadas un día claro. Una luz tenue y horizontal baña el caserío, con los tejados cubiertos, y resalta, donde da el sol de lleno, la cegadora blancura. El silencio se adivina. En el cielo hay retazos de nubes grises y cárdenas que, en la lejanía, se agarran a la sierra. Ayudado por esta guía gráfica he entrado en el pueblo por el camino de San Pedro, con la antigua caseta de la luz como mojón y referencia. Cuando pasaba por la cruz de la Villa he pensado que, si la Diputación ha concedido a Sarnago, tras imponerse con claridad al resto de candidatos, el prestigioso premio Colodra, falta poco -¡bendito sea Dios!- para que el camino esté, por fin, asfaltado. Subiendo por la calleja y viendo las imágenes me imaginaba que los pies se me hundían en los ventisqueros, los mismos en los que de niños construíamos trampas para incautos. Una vez arriba, en las eras, me he parado a contemplar el cerro del Castillo y las piezas del Collado, con el pequeño camposanto en la esquina de abajo a la derecha junto al ejido, todo bajo el blanco manto. He pensado, al reencontrarme con ese paisaje tan familiar que no sería difícil seguir la huella de alguna liebre en la vereda difuminada entre los ulagares de las cuerdas del Castillo. En fin, pisando la nieve, me he adentrado por las calles solitarias y silenciosas entre las ruinas cubiertas piadosamente por el manto blanco, sobre todo las imponentes ruinas de la iglesia, y desde encima del ejido he observado el grandioso panorama del monte y los prados transfigurados.

Esta vez han acertado de lleno los del tiempo, y la nieve ha cubierto, en este remate del otoño, las Tierras Altas, donde el invierno dura cinco meses largos. En el pueblo bastaba con observar las nubes cárdenas acordonadas en la sierra y sentir en los huesos el resfrior del cierzo para adivinar su llegada. Las cencelladas y el calamoco precedían a la primera nevada. Había señales de sobra. Los perros retozaban jugando al marro en la plaza. Los gallos cantaban de madrugada con voz aguardentosa. Las urracas buscaban cobijo en los corrales de los cortinales… Lo mejor era meter la hornija bajo techo. A estas alturas de diciembre, a nadie le extrañaba allí que el día amaneciera blanco. A la nieve -las “moscas blancas” la llamábamos- se la recibía con naturalidad y hasta con cortesía, como a una vieja dama conocida.

Un silencio especial, distinto de todos los silencios conocidos, envolvía el caserío. El blanco manto, lo mismo que en estas fotografías, cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alféizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, transfiguraba el monte y desfiguraba los caminos. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas recién paridas, con los zarzos de la majada abastecidos de gabejones de heno o esparceta, balaban con un balido largo y dulce buscando a sus caloyos.

Esas son las imágenes que guardo de aquellos días de la infancia y que han removido ahora estas fotografías. Cada nevada se me antojaba distinta aunque pareciera la misma. Como las emociones que levanta aún entre los que venimos de aquellos largos inviernos. Recuerdo que una alegría salvaje se apoderaba de nosotros con los primeros copos o recorriendo luego el monte nevado siguiendo las huellas de las liebres o los inquietos conejos.

Aquel paisaje nevado de la niñez, siempre soñado, al que ahora me han devuelto estas fotos, pierde, sin embargo, sentido si nadie lo contempla, si no hay niños tirándose bolas en la plaza, si no se ve una mujer enlutada, envuelta en su mantón, que baja de la fuente por la calle, con mucho cuidado, con el cántaro en la cabeza, ni aparece sobre la nieve una pisada humana o la huella de un animal, ni siquiera la de un revoltoso perro callejero; si no se oye el balido de una oveja recién parida, ni sale humo de ninguna chimenea, ni está encendida la vieja estufa de hierro de la escuela…Cuando esto ocurre y la nieve cubre piadosamente el pueblo deshabitado, como es el caso, el silencio se vuelve sepulcral y la nevada se convierte en una mortaja blanca.

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LOS PUEBLOS YA NO SON LO QUE ERAN

“En el mundo rural actual, aunque visiblemente apolillada, la escenografía sigue siendo la misma, pero la trama representada ha cambiado por completo”. Esto dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, el mejor libro sobre la vida (y la muerte) del campo que he leído, nada que ver con otras vaciedades aireadas por la propaganda y que han logrado un éxito fulgurante, supongo que efímero. Sin perjuicio de volver otra vez, con más detenimiento, sobre esta fascinante obra, adelanto hoy, y subrayo, algunas de sus reflexiones sobre el cambio que han experimentado los pueblos. El resultado ha sido “la desaparición del mundo campesino tradicional”, una fractura histórica que ha sucedido en un período de tiempo abrumadoramente breve. No ha sido un final épico. “Víctimas de un etnocidio con rostro amable”, los campesinos se han ido en silencio.

En los pueblos que sobreviven, la actividad agraria ha dejado de ser el eje del entramado social. Se impone la mecanización e industrialización del campo desde frías oficinas con ordenador, y proliferan los servicios. Los dueños de las tierras viven lejos, en la ciudad. Las tareas tradicionales, de la siembra a la trilla, han desaparecido. Los viejos molinos están abandonados. Las artesas, arrumbadas. Los hornos, apagados. “Los ingredientes con los que las gentes del pueblo cocinan sus vidas -dice Badal- son los mismos que en la ciudad. Cambian sólo algunos aderezos”. Horas muertas frente al televisor, desplazamientos constantes en coche a la ciudad, simples saludos con los vecinos, a veces desconocidos o conocidos sólo de vista…Apenas quedan en el pueblo familias numerosas, base de la socialización del campo. Las familias han quedado tan atomizadas como en la ciudad, pero mucho más envejecidas. La irresistible atracción del piso prevalece sobre la casa de siempre. La leña ya no es la base de la calefacción. El trabajo productivo y la esfera doméstica ya no son indisociables. “Todos van de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Sobre todo los que se desplazan cada mañana a la ciudad donde tienen el trabajo.

Nadie puede discutir la magnitud de esa transformación, los tentáculos de la ciudad se han ido apoderando, para bien o para mal, de la vida de los pueblos y la revolución tecnológica, que no ha hecho más que empezar, producirá cambios aún inimaginables en la ya difuminada relación campo-ciudad. Pero, de momento, la colonización urbana del campo aún no es completa. No es lo mismo vivir en un caserío vasco o en un pueblo de la Tierras Altas que en una buhardilla de Vallecas o en un lujoso piso del barrio madrileño de Salamanca. Todavía hay diferencias entre vivir en el campo o en la ciudad, aunque sea evidente que los pueblos no son lo que eran. Aún hay más silencio y menos contaminación, aún está la Naturaleza más cerca y aún se siente el paso de las estaciones. Todavía permanece la historia de las generaciones, oculta entre las piedras. Aún no se ha borrado del todo la memoria.

Pero hay algo que indica a las claras el avance de esta transformación urbana, “una nueva forma de estar en lo rural, una mala copia de la vida en la ciudad”: la organización del trabajo y del ocio. Antes en el pueblo todo el mundo trabajaba, desde los niños a los ancianos, cada uno según sus posibilidades. El peor sambenito, aparte de ladrón, era el de holgazán. Todos arrimábamos el hombro en la tarea común. Y todo el mundo compartía los tiempos de ocio convenidos.  Las gentes del campo no se pasaban la vida trabajando. También disfrutaban de esparcimiento. Los juegos al aire libre ocupaban la mayor parte del tiempo de los niños. Los mayores bailaban en la plaza después de la misa los días de fiesta. Niños y mayores competían en el juego-pelota. Se disputaban allí grandes partidos entre solteros y casados. Los hombres se jugaban al guiñote en la taberna el jarro de vino los domingos por la tarde, y las mujeres se reunían en corro para jugar a la brisca. La baraja de Heraclio Fournier ocupaba lugar de honor en la mesa de la cocina y en la sala de estar. La caza, tanto en la desveda como en la veda, era la gran evasión de los cazadores y una demostración de camaradería cazando a mano. Las romerías y fiestas patronales, además de servir de evasión y divertimiento -buen momento, casi único, para encontrar novio- ayudaban a la cohesión social, lo mismo que la matanza del cerdo. Y no dejaban de ser “espacios de distensión” los trabajos comunitarios: las hacenderas, la corta de leña en la dehesa, la siembra y la cosecha de las rozas comunales o simplemente ir a cortar el mayo o la copa de arce para el mozo del ramo. En todos estos momentos el trabajo y la fiesta se confundían.

Lo importante es que en el pueblo no había nadie ocioso. Eso quedaba para los visitantes de la ciudad, los “señoritos”, o para los turistas esporádicos y curiosos. Sin embargo, ahora -y ese es el mayor síntoma del cambio- se ve demasiada gente ociosa en las calles y en la plaza del pueblo, sobre todo en el buen tiempo. Jubilados que pasean, renqueantes, por la carretera por prescripción médica, desocupados que pasan la tarde entera en el bar, gentes aburridas que han llegado de la ciudad en busca del paraíso perdido y que se han equivocado de escenario… Y Badal aún se esfuerza en trazar la diferencia entre la mirada del campo y la de la ciudad. “La mirada urbana -dice- ha escrito la historia, ha determinado lo relevante y lo memorable, ha definido a qué nos referimos cuando hablamos de cultura; la ciudad es autorreferencial (…) El campo es la distancia a atravesar, lo que se ve de soslayo a través de la ventanilla (…), una imagen congelada, una realidad muda, un entorno residual, vestigio de un tiempo superado, receptor de todo lo que molesta y no tiene cabida en la ciudad”. Habrá que seguir adentrándose en estas vidas a la intemperie.

POR LAS VEREDAS DEL MONTE

Árbol, mi corazón te envidia. Sobre la tierra impura,

como una prenda santa me llevaré tu recuerdo.

Luchar constantemente y vencer, reinar sobre la altura

y alimentarse y vivir de cielo y de luz pura…

¡oh vida! ¡oh noble suerte!

¡Adelante alma fuerte! Traspasa la niebla

y arraiga en la altura como el árbol del peñasco.

Verás caer a tus pies la mar airada del mundo,

y tus canciones tranquilas irán con el viento

como el pájaro de la tormenta.

Con esta estimulante introducción del poeta mallorquín Costa i Llobera en la mochila, os invito en este otoño seco y frío, pero luminoso y apacible, a adentraros en el monte en busca del sosiego espiritual y de la recuperación de la salud. Desde niño he sabido que el contacto con el bosque incontaminado ejercía sobre el cuerpo humano un efecto saludable. En el pueblo lo llamaban “cambiar de aires”. Últimamente no paro de leer estudios que elevan a categoría científica esta influencia reparadora de los paseos por las veredas del monte sobre el deteriorado organismo, especialmente recomendado para los habitantes de la ciudad. En Japón y en Rusia hace tiempo que descubrieron el valor terapéutico de andar bajo los árboles. En Japón lo llaman “shinrin-yoku”, que quiere decir “baño de bosque”. Tiene dos millones de seguidores. Los resultados son tan interesantes que desde 1985 el Gobierno japonés impulsa itinerarios por una red de bosques para ahorrar gastos en sanidad. Estos paseos entre los árboles no sólo mejoran la salud quebrantada sino que previenen además, por lo visto, determinadas enfermedades. Investigaciones médicas confirman que un paseo apacible por el monte, sobre todo el de árboles antiguos, nos hace sentir mejor, porque, entre otros beneficios, regula el cortisol, causante del estrés y la ansiedad. Ya Hipócrates dejó dicho que “para hacer un buen diagnóstico de un paciente, antes de mirar el cuerpo, hay que mirar dónde vive”.

Cuando llegaba al pueblo uno que venía de la ciudad, -yo mismo, después de nueve meses estudiando encerrado en un internado- con aspecto débil y enfermizo, la tez pálida y los ojos metidos en las cuencas, lo primero que te decía el primer vecino con el que te encontrabas era: “¿Qué? ¿A tomar el aire?”. Y tú respondías: “Sí, aquí se respira que da gusto”. O algo parecido. El caso es que unas semanas después, cuando el visitante se despedía para volver al tajo, todo el mundo notaba que presentaba un aspecto mucho más saludable, que contrastaba vivamente con la pinta que traía cuando llegó. Su rostro aparecía curtido y su mirada era mucho más luminosa. La gente atribuía la evidente metamorfosis a los largos paseos por el campo, especialmente sus incursiones por las veredas del monte. Personalmente lo primero que hacía al día siguiente de volver de vacaciones era echar el día en el monte y recorrerlo de cabo a rabo. Lo hacía por necesidad interior, sin pensar en la salud; pero nadie dudaba, ya entonces, de los saludables beneficios del contacto con la naturaleza , sobre todo para los habitantes del asfalto, que pasan la vida, ¡pobres!, envueltos en el ruido y en el aire sucio de la calle. Pues bien, esa sabiduría popular, como digo, parece que tiene fundamento científico. Ahora mismo hay estudios en marcha en España sobre los efectos del contacto con el medio natural en nuestra salud. Uno de estos estudios se titula: “Bosques sanos para una sociedad saludable”.

El otoño es la estación que se considera más propicia para estos “baños de bosque”, tan beneficiosos para el cuerpo como para el alma. Sumergirse en la colorida belleza del hayedo, contemplar estos días el esplendor del acebal, andar pausadamente sobre la alfombra del gayubar, oír en la hondanada el repiqueteo del pájaro carpintero, percibir los fuertes aromas del sabinar, de las estepas, del romero o del espliego salvaje, probar los frutos silvestres -gayubas, escaramujos, bizcobas, endrinas…-, recoger setas cuando hay, recorrer las veredas del viejo robledal, donde en cualquier momento puede saltar la liebre o levantarse el bando de perdices, sumergirse en el silencio hondo del pinar, observar sobre la cabeza el alto vuelo del cuervo o la majestuosa presencia del águila…Lo importante es salir de uno mismo y hermanarse con la vida natural. El bosque siempre nos agradece la visita.

Sólo me queda lamentar el abandono de los montes de mi infancia. Con la despoblación humana, la repoblación de pinos, la desaparición de los rebaños de cabras y de ovejas y la ausencia de caballerías acarreando leña, las veredas se han ido cerrando, la broza se apodera de los espacios limpios, aumenta el riesgo de incendios y los caminos se obstruyen y desaparecen. El viejo hábitat se hace impenetrable y desconocido. Quiero decir que limpiar el monte y reabrir sus veredas es una importante tarea pendiente en las antiguas dehesas y montes comunales de las Tierras Altas.

CARTA A MIS 7 NIETOS

Hacía mucho tiempo que quería escribiros esta carta. Al fin me he decidido hoy, cuando vosotros os disfrazáis para la divertida y extraña fiesta de “halloween” y los mayores llevamos flores a nuestros muertos del cementerio. Lo primero que quería deciros es que también la muerte es cosa de la vida, y que la vida no se acaba con la muerte. Aunque no me entendáis ahora -la mayor parte ni siquiera sabéis leer aún-, algún día lo comprenderéis. Antes de nada quiero deciros que estoy muy orgulloso de mis nietos. Pondré aquí vuestros nombres por orden de mayores: Carlota, que ya tiene siete años, Tiziana, Roque, el único chico, Noa, Luna, Manuela, y Alba, la más pequeña. ”¡Siete nietos como siete soles!”, le digo a todo el mundo. Y no sabéis lo contento que me pongo cuando os veo entrar por la puerta de la casa o cuando vamos al jardín central. No me importa que a algunos de vosotros os cueste dar un beso al abuelo. Y eso que, como sabéis, siempre tengo el bolsillo lleno de caramelos, pensando en vosotros. Yo sé que nos queremos y eso es lo importante. No hagáis caso si algún día me veis serio o me pongo un poco cascarrabias o me cuesta levantarme del sillón. No lo toméis a mal. Son cosas de mayores. Lo peor que podéis hacerme es estar tristes. Hacedme caso: el mundo de los mayores, lleno de preocupaciones, no es vuestro mundo. Olvidadlo. Ahora os toca estar contentos, jugar y reír mucho. Lo que os pase después en la vida depende en gran manera de vosotros, desde ahora mismo. Cada uno tiene que hacerse cargo de su propio juguete, que es el destino. Y compartirlo. No dejéis nunca de ser libres, elegid el camino que os lleve a vuestros sueños y no tengáis miedo a los fantasmas porque los fantasmas no existen. ¡Ah! y anotad bien lo que os voy a decir: al mundo lo salvan las buenas personas.

Bueno, me he puesto un poco serio, demasiado solemne. Ya veis, a los viejos nos gusta dar consejos. Para eso estamos. Es lo que nos queda, además de los recuerdos. Pero yo sólo quería deciros que estoy muy cerca de cada uno de vosotros y que me tenéis a vuestra disposición. Y, sobre todo, quería daros las gracias por estar ahí. Los nietos, por si no lo sabéis, iluminan los pasos de los abuelos y dan calor a su corazón cansado. De paso, quería plantearos algo que podemos hacer juntos, si os parece bien. Luego os lo cuento. No sabéis cuánto aprendo yo de vosotros. El otro día le pregunté a Tiziana: “¿De qué color son los sueños?”. Y Tiziana me respondió sin titubear: “¡Azul!”. “¿Azul?”, volví a preguntarle por ver si estaba segura. “Sí, el color de los sueños es azul”, afirmó con toda seguridad. Y Carlota, que pasaba por allí, añadió: “Azul transparente; el color de los sueños es azul transparente, abuelo”. “Sí -confirmó Tiziana-, es transparente y azul”. Entonces me acordé de los últimos versos de Antonio Machado antes de morir, escritos en un papel arrugado que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, que dicen: “Estos días azules y este sol de la infancia…” Y veo que todo cuadra. ¿Queréis que os revele la carta que escribió de su puño y letra Carlota, porque se le había caído un diente, a ratoncito Pérez? Ahí va: “Querido ratoncito Pérez, espero que esté limpio el diente y que te guste, me he lavado los dientes todos los días, si algún día no me los he lavado, perdona. Un beso” ¿Qué os parece? Y ahora una ocurrencia de Roque. Iba el otro día en tren con su padre a ver el Museo de Ciencias Naturales, y el tren se metió en el subterráneo que atraviesa Madrid. El túnel no se acababa nunca y Roque saltó, pensativo: “¡Papá, este túnel es como una noche de invierno, muuuyyy laaargo!”.

Y ahora vamos con nuestro plan. Se trata de que yo, con vuestra ayuda, escriba un cuento para cada uno de vosotros: siete cuentos para siete nietos. Carlota, que es una artista, hará las ilustraciones. Cada cuento discurrirá en torno a un árbol. O sea que cada uno de vosotros debe elegir su árbol favorito. Adelanto que Noa ha elegido el pino. Noa es una niña dulce, muy cariñosa y llena de curiosidad e imaginación. Tiene cuatro años y antes de cumplir tres ya distinguía los planetas. “¡Mira -me decía- ese es Júpiter!”. Luna, su hermana mediana, es viva y alegre como un cascabel. Tiene habilidades de carterista. Ella quería un árbol amarillo. Y como estamos en otoño y los álamos están dorados, le propuse el álamo y aceptó. Carlota se empeñó en quedarse con el albaricoquero, seguro que porque lo ha visto en el jardín y era el árbol de su madre cuando lo planté, y su madre era niña como ella ahora. (Es fantástico eso de tener hijos que a su vez son padres, formando una nueva y misteriosa relación o superestructura de sangre). Roque no lo dudó. Se quedó pensando un instante y dijo: “Yo, el roble”. ¡Pues el roble! Y faltan tres: Tiziana, la del sueño azul, Manuela, una niña hacendosa y con gran personalidad, que llegará lejos, y Alba, la benjamina, que en esto no le va a la zaga a Manuela y si dice que no es que no. En cuanto se decidan, nos ponemos manos a la obra. Una de las cosas que pretendo es que mis siete nietos estén en comunión con la Naturaleza y que se dispongan a defender el maltrecho planeta que les dejamos los mayores en herencia. Me gustaría enseñaros a distinguir el nombre de los árboles y los pájaros, a conocer las estrellas, a observar el paso de las grullas y a saber cómo se llaman las nubes y las flores. Os contaré también cómo vivía yo de niño y, de vez en cuando, buscaremos entre todos algún tesoro escondido. ¿Qué os parece? Me gusta lo que escribió el gran poeta Virgilio: “Tus nietos recogerán los frutos”. ¿A que es bonito? Quedo a vuestra disposición. Vuestro abuelo que os quiere.

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

Después de tanto ruido de banderas, vuelvo a los caminos solitarios donde rige el silencio y la patria se reduce al pueblo sin nadie y a la casa cerrada. Ni siquiera un burro o un perro abandonados, ni unas gallinas comiendo gusarapos entre los olmos de las herrañes. Ni un gato, ni una cabra, ni una andosca cansada de parir, ni un muleto. Ni rastro de sirle o cagajones en las calles. Ni moscas, ni mariposas. Ni ciemo en los corrales, ni bardales, ni huertos. Hasta los gorriones y los murciélagos han abandonado el caserío. Pero esta es la mía, esta es mi patria. En esta limpia mañana de otoño, a falta de bandera a mano, he plantado el viejo pendón rojo carmesí en medio de la plaza y he proclamado, por unanimidad de mí mismo, la independencia. Pongo por testigo a San Bartolomé y a las almas de los muertos del pueblo, que ahora, como está establecido desde antiguo, cantarán, dando vueltas y vueltas en corro, como hacían en los días de fiesta, cuando estaban vivos, la alegre canción acostumbrada : “En este pueblo / todos cantamos / todos bailamos / y así entonamos / esta canción / rin, ron…” Y entonces todos a una girarán sus sagrados esqueletos en sentido contrario, y vuelta a empezar. Desde ese momento, el corro de los muertos moviéndose pausadamente de derecha e izquierda y de izquierda a derecha servirá para certificar la histórica decisión a las generaciones venideras y esta alegre danza se conocerá para siempre como la danza que certifica la independencia de mi patria.

Terminado el solemne acto, me he quedado pensando: ¿Y para qué quiero yo la independencia? ¿Qué hago con la patria? Ha sido un pensamiento fugaz como un relámpago. Y lo he desechado. He contemplado entonces los campos yermos del otoño, los blancos caminos de herradura difuminados entre los barbechos, las lomas, el cerro pelado del castillo, las laderas con oscuros ulagares en los ribazos donde antes pastaban los rebaños y anidaban las perdices, los barrancos de losas calizas y, abajo a la derecha, los prados y el monte de mi infancia, el robledal donde cantaba el cuco a primeros de abril, con las hojas cambiando de color, del verde al dorado y del dorado al marrón, antes de alfombrar piadosamente el suelo de la patria a la espera del sudario amoroso de la primera nevada. He levantado después la vista hacia el azul cárdeno de la sierra, poblado de aerogeneradores, como un interminable via-crucis, “talamostes” que producen luz para otras tierras más prósperas, capaces de declarar la independencia en referendum con urnas traídas de China. ¡Pues yo no iba a ser menos! Me he fijado entonces, uno por uno en los dispersos pueblecitos, que tantas veces observé de niño, cada uno con su nombre, asentados en los abrigos, en los cabezos o en las laderas, a una o dos leguas de distancia unos de otros y desde donde yo los miro. Sobresale en ellos el campanario, puede que ya sin campanas, y a la luz del sol resaltan los tejados rojos y algunas fachadas encaladas. Repaso de memoria el censo conocido de cada uno de ellos y saco una media, si el cálculo no me falla, de cuatro o cinco vecinos supervivientes, si es que en éste o aquel aún queda un alma este invierno que viene.

Cabizbajo, me he sentado en un poyo de la plaza vacía frente al pendón, y me he puesto a reflexionar. Mi entusiasmo inicial ha cedido. ¿Qué hago con la independencia? ¿Para qué quiero yo la patria? Estas preguntas tremendas, en las que la patria y la independencia se mezclan y confunden, me ha golpeado por dentro un buen rato. Estoy aturdido. Pero habrá que aceptar por lo menos -he reaccionado- que Sarnago es una nación. Porque nadie puede negar que es mi lugar de nacimiento. ¡Sin duda, es una nación!, he tratado de animarme. No sé, no sé… Me he fijado entonces en el letrero de la pared de enfrente: “Tierra de nadie, tierra de todos”, que me ha golpeado como un puñetazo y han aumentado mis dudas y mi zozobra. Por la Cruz de la Villa ha aparecido entonces un coche levantando una nube de polvo. ¿Quién será? Puede que venga la Guardia Civil. La verdad, no me gustaría que me pidieran cuentas y me expatriaran, y, menos aún, hacer el ridículo. ¿Independiente de quién?, me preguntarán. Justo en ese momento me ha venido a la cabeza una frase del poeta Pedro Salinas, que leí hace mucho tiempo y que me impresionó en su día: “Desboques del nacionalismo, estupendo sembrador de estragos”. Confieso que he sentido vértigo, y he tomado una decisión heroica. He arriado aprisa el pendón carmesí, lo he guardado y he decidido solemnemente, con la danza de los muertos de testigo, aplazar por un tiempo la declaración de independencia.

HISTORIAS QUE LEVANTAN EL ÁNIMO

Se me van amontonando sobre la mesa historias pendientes, que alguno considerará pequeñas, a las que voy a dar salida hoy antes de que se me traspapelen y se pierdan. Primero porque son historias hermosas, positivas y capaces, creo, de despertar la curiosidad. Y segundo porque tienen que ver con el mundo rural, que es, como se sabe, donde acostumbra a cantar el cuco. Son notas sueltas, aparentemente inconexas, que han llegado en las últimas semanas a mi correo o que he leído en alguna parte. A mí me parece que cada una de ellas y todas en conjunto, en ramillete, ayudan a levantar el ánimo, que no es poco en los tiempos que corren.

La primera me la manda Chiqui pensando en Sarnago y en la iglesia derruida. En Isaba (Navarra) las copiosas nevadas del invierno pasado hundieron las cubiertas de la casa del ermitaño y del corral que forman parte del conjunto artístico de la ermita de Idoya, santuario construido en el siglo XVI, y los vecinos, ni cortos ni perezosos, se han puesto manos a la obra, lo mismo que en Sarnago con las hacenderas, y además han echado mano de la ley de Mecenazgo que rige en esa comunidad foral y ya han conseguido casi la mitad del presupuesto del proyecto de reparación. Moraleja: A ver cuándo la anunciada ley del Mecenazgo se pone en marcha de una vez en España. Así podría evitarse quizá el hundimiento irreparable de docenas de iglesias de traza románica en las Tierras Altas, de castillos, viejos puentes y casonas antiguas, todo un patrimonio ahora en ruinas o en peligro. Y lo mismo en el resto de la España despoblada.

La siguiente historia ocurre en un pueblo del sur de Alemania, cerca de la frontera con Austria. Se llama Wildpoldsried y se ha hecho famoso en medio mundo. Hace veinte años, en este pueblo de ganaderos, las cosas no iban bien. No había trabajo y los jóvenes emigraban a la ciudad. La gente estaba preocupada. Un día se juntaron los vecinos y decidieron hacer entre todos una lista de necesidades. Era lo más parecido a una carta a los Reyes Magos. Tendrían que pasar dos o tres generaciones para conseguirlo, decían los más escépticos. Sin embargo, en diez años se han cumplido con creces todos sus sueños. Lo han conseguido mediante una revolución energética, con la implantación de energías renovables. Aprovechando las generosas leyes alemanas, que favorecen las energías limpias, han conseguido producir siete veces más energía -eólica, solar, biomasa…- que la que consumen, y ahora los pequeños productores venden a buen precio sus excedentes a la red eléctrica. Esto ha traído al pueblo un río de riqueza que no cesa. No es una metáfora: las boñigas de las vacas se convierten allí en oro.

Esta tercera historia es mucho más cercana. Ocurre en Garray, junto al Duero, al pie de Numancia, a las afueras de Soria. Un emprendedor, casi un visionario, llamado Luis Corella, ha creado allí, en la entrada del campillo de Buitrago – el espacio que le parecía a Machado un “ pardo sayal de campesina”- un campo de rosas. Aunque parezca un cuento, de allí sale cada día un camión cargado de rosas camino de Holanda. Y en el mercado mayorista de Aalsmeer, junto a Ámsterdan, las rosas sorianas se distribuyen a medio mundo. Cada día en este invernadero de Garray, de catorce hectáreas, que da empleo a unas trescientas personas, se cortan cien mil rosas rojas, “Red Naomi”, las más hermosas, de tallo muy largo y cerca de ochenta pétalos. El cielo limpio y el número de horas de sol -2.200 horas más de luz que en Holanda, presume Corella- atraviesa el techo de vidrio del invernadero y es la clave del prodigio y del original e inesperado negocio.

En fin, la última historia es más inmaterial, pero no menos importante y aún más poética. Fermín Herrero, el más grande poeta castellano de esta generación, último Premio de las Letras de Castilla y León, natural de Ausejo, a dos tiros de piedra del campo de las rosas, me manda por correo su último libro, titulado “Sin ir más lejos” (la verdad es que no puede ser más cercano, una delicia que no tiene precio), con la siguiente dedicatoria: “Estos poemillas de nuestra pobre tierra soriana son para Abel Hernández, que siente la misma emoción que yo al traspasar el alto de Oncala, él porque divisa la Alcarama, en mi caso porque mi madre nació a un lado del puerto y mi padre al otro. Con todo el afecto y la admiración hacia su obra de la que tanto he aprendido y con la que tanto he disfrutado”. ¡Ahí tienen a un amigo generoso! A propósito del cielo limpio, acerado y azul de Soria que ayuda, por lo visto, a crecer las rosas, reproduzco aquí estos versos suyos, que vienen al caso:

Este cielo de frío, limpio como

una patena. Ocho días de cierzo

han dejado un azul altísimo, todo

tersura, lucidez, acaso certidumbre.

LA CASA DE SARNAGO

Vengo de Sarnago. He vuelto al pueblo. Nunca había sentido por dentro un cruce de emociones tan enfrentadas como esta vez. Era la fiesta. Las calles y la plaza estaban llenas de gente y eso choca en un pueblo oficialmente deshabitado. Sonaba la música. Subían las móndidas y el mozo del ramo, calle arriba, en procesión hasta el pórtico de la iglesia derruida, donde “Toño”, el cura, decía la misa de San Bartolomé. En las esquinas de la plaza remozada había mesitas hospitalarias con rosquillos y moscatel para los visitantes. Llovía ligeramente. “El País” publicaba ese día, firmado por Sergio del Molino, un buen reportaje sobre Sarnago sin mencionarme. El detalle servía para bajarme los humos justo el día en que la gente del pueblo, por iniciativa de José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación, me homenajeaba colocando una placa con mi nombre y la reseña de mis libros en la vieja casa donde nací. Lo agradecí de veras, pero no pude evitar pensar que este tipo de homenajes se hace siempre al final del trayecto.

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Mis viejos compañeros de la infancia se me acercaban para felicitarme en voz baja y, a la vez, darme el pésame por la muerte de mi hermano Delfín. Todo se juntaba dentro mientras fuera la gente estaba alegre, abundaban los forasteros -”soy el hijo del Mario de San Pedro”, “mira, el Dioni de Fuentes”…-, seguían sonando el tambor y las dulzainas y arreciaba la lluvia. En momentos así la ausencia del hermano y las demás ausencias pesan abrumadoramente. Uno nota que se van perdiendo las referencias. Ni siquiera tuve el valor de llevar la llave en el bolsillo y entrar en la casa atravesando la maleza que se ha ido apoderando de la entrada, con el portalón caído. Y, sin embargo, de entre esas referencias imperecederas, casi sólo queda ya la casa, a ver cuánto resiste en pie, y las campanas, depositadas en el suelo del portal de la escuela. Instintivamente me apoyé en la campana grande que tantas veces toqué de niño y que, además de convocar a los oficios religiosos, era entonces el principal medio de comunicación de los vecinos. Hasta servía para ahuyentar las “tormentas que traían ruido”.

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Los asociados celebramos asamblea general, como está mandado, en la que se dio cuenta de lo que se ha hecho -Sarnago se ha convertido en modelo para los pueblos que se resisten a morir- y se acordó, entre otras cosas, seguir con las hacenderas. Esta labor “autogestionaria”, de fuerte arraigo tradicional, ha despertado la curiosidad de los medios de comunicación españoles y de medio mundo. Hasta las autoridades empiezan a ser conscientes de ello. Ahora se espera que la Diputación asfalte de una vez el camino y el obispo dé su bendición para levantar la iglesia. En la plaza colocaron mientras tanto mesas con el aperitivo -¡oh, esos champiñones de Navarra!- y llegó el momento programado del descubrimiento de la placa en la fachada de la casa. Allí estaban presentes , en tan señalado momento, Pilar, mi mujer, una amplia representación de mis hijos y hasta Roque y Manuela, dos de mis nietos. Me acompañaron el alcalde y el teniente alcalde del Ayuntamiento de San Pedro Manrique, al que ahora pertenece el caserío de Sarnago, lo que otorgó al acto una cierta solemnidad. Seguía la lluvia. Yo, tras dar las gracias, leí entonces con voz temblorosa un soneto escrito para la ocasión, titulado “La casa de Sarnago”, que ofrezco a continuación:

 

Aquí nací, un día que nevaba,

a la luz de un candil, mientras España,

presa del odio, en la tela de araña

de la guerra civil se desangraba.

 

Dentro de estas paredes yo llegaba

entonces a la luz. ¿A quién le extraña

que bendiga hoy aquí la buena entraña

de mi madre, que tanto amor me daba?

 

Y de pronto las piedras cobran vida,

cuando se acerca el fin de la aventura,

con sabor a laurel y a despedida.

 

Ya no cantan los gallos, algo pasa…

Os desea la paz sin amargura

el último nacido en esta casa.

 

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REENCUENTRO CON UN DIARIO DE LA INFANCIA

(No sé si esta entrada tan larga y tan especial despertará algún interés entre los asiduos del blog. Se trata de la conferencia que di el día 4 de agosto en el Centro Internacional Antonio Machado de la Fundación Duques de Soria. Fue el cierre del ciclo sobre “Literaturas laterales. Los diarios literarios”, bajo la iniciativa de José Ángel González Sáinz en colaboración con la Universidad de Alcalá, representada por el profesor Antonio Fernández Ferrer, director del curso. Esto me dio ocasión para reflexionar sobre mis libros de la Alcarama, especialmente sobre “El caballo de cartón”, y hacer una especie de confesión general. Es como si me hubiera desnudado por dentro. Juzguen ustedes, si tienen la paciencia de leer hasta el final).

Comenzaré, para entendernos, con un toque de realismo mágico. “El caballo de cartón” empieza así:

Al entrar en el pueblo me pareció oír el relincho de un caballo. Era imposible. Hacía muchos años, desde que murió el pobre Aurelio, el último vecino, que en el pueblo no quedaban caballos. Ni machos, ni burros, ni ovejas, ni cabras, ni gallinas. Nada. Por no quedar no quedaba un alma (…) Pero yo juraría que justo al entrar en la plaza había oído el relincho inconfundible de un caballo. -¿Has oído eso? -No,¿qué? -El relincho.-¿Qué relincho? Mi hermano parecía extrañado. Me callé, pero estaba seguro de que un caballo había relinchado cerca. Es más, el sonido animal procedía, según mis cálculos, de la cuadra de la casa abandonada donde nací, que estaba justo enfrente. Como si la vida echara marcha atrás y todo comenzara de nuevo, como si siguieran allí el “Tordillo”, el “Castaño” y el “Lucero”, los tres caballos de mi abuelo con los que conviví de niño”.

La siguiente escena es en el somero de la casa. Yo me pongo a rebuscar detrás de un arcón de nogal con libros eclesiásticos antiguos. Una repentina curiosidad o una fuerza extraña me lleva a remover el cabecero redondo pintado de verde manzana que había permanecido allí desde siempre adosado al rincón más oscuro del desván. Y allí sigue, por cierto. Y mis manos tropiezan a tientas, envuelto en telarañas, con el caballo de cartón que me habían traído los Reyes de niño, con un aparejo de carne de membrillo, y que fue el regalo que más ilusión me ha hecho en la vida.

Lo saqué a la luz. Le faltaba una ruedecilla y tenía una oreja rota. El cartón-piedra estaba lleno de rozaduras, y sus colores originales -canela oscuro, con el cabestro verde y las crines y el rabo rojos- aparecían un tanto desvaídos tal como figuraban en mi último recuerdo. Lo acaricié. Volvíamos a encontrarnos después de tantos años por esas cosas inescrutables del destino (…)Más de sesenta años después, él seguía siendo el mismo y yo también.

Pero nada era ya igual. Todo había cambiado en el pueblo. Como tengo dicho, y para situarnos en el escenario de mis libros antes de seguir adelante, el día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber, no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Después las cosas empeoraron. Llegó primero la repoblación forestal y luego vinieron las máquinas, que hacían el trabajo de los hombres y de los animales, y, cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, poblado de fantasmas y de ruinas. Es verdad que ahora parece que revive, sin ayuda de nadie, pero toda la comarca de la Alcarama, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se ha convertido en un desierto demográfico, poblado de pueblos muertos. Ese es el escenario de mi literatura. Pertenezco a una generación-bisagra: he pasado del candil a internet, del burro al avión supersónico, de la Edad Media a la era tecnológica y a la posmodernidad. Y, en mis escritos, hago mío, aplicándolo al mundo rural lo que escribió Salvador Espriú: “Soy un trapero de la estúpida y dolorosa hora del desbarajuste, del estropicio, y ayudo a recoger las migajas y los pedazos”.

-¿Qué? ¿nos vamos? Se está haciendo tarde, sugirió mi hermano.

-Espera un momento; déjame echar ahí un último vistazo.

Decididamente esto no podía ser obra de la casualidad. El espíritu de alguno de los antepasados me había conducido ese día al pueblo, a la casa abandonada y a aquel rincón del somero.

Fue entonces cuando di, sin tener que rebuscar mucho, con la arqueta de madera, aquerada, en la que estaba, junto a otros recuerdos, como la foto de los niños de la escuela en la plaza con don Juan, el maestro, y la esquela mortuoria de mi padre, el cuaderno azul, con el diario que me aconsejó escribir mi abuelo Natalio en septiembre de 1948. “Escribe un diario -me dijo-, tu vida empieza a ser interesante”. No entendí por qué decía esto, qué tenía mi vida de interés. Yo iba a cumplir diez años y me habían propuesto unos días antes ir al seminario. Ni él ni yo sospechábamos aquella mañana de domingo en la herrañe de los olmos que iba a ser un diario efímero, apenas un diario de otoño y que un suceso inesperado acabaría con el diario y con mi infancia en el pueblo, dando un giro radical a mi vida. Mucho menos podíamos imaginar que sobre la plantilla de aquel breve diario infantil y siguiendo el calendario que él mismo siguió iba a recrear yo la vida y la muerte del pueblo, en un existencial reencuentro con las cosas y conmigo mismo, que me resultaría emocionante y a ratos doloroso.

De aquel cuaderno azul, de aquel diario inacabado arranca seguramente mi afición al periodismo y a la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno en torno a la lumbre de la cocina, con las úrguras ululando en la chimenea, aquellas noches blancas e inolvidables en las que mi madre nos leía a la luz del candil, a los dos niños y a los abuelos, capítulo a capítulo, el Quijote de hojas amarillentas en dos tomos y en rústica, que fue el libro de mi infancia. No sé si tiene también algo que ver con mi vocación de escritor una circunstancia personal curiosa. Que nadie interprete esto como un intento de compararme con ellos, dos monstruos de la literatura de nuestro tiempo. Digo que me ocurrió lo mismo que a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas-Llosa. También yo, como ellos, me crié con mis abuelos maternos. Pura coincidencia, pura curiosidad.

Este primer capítulo del “Caballo de cartón”, que es el libro más personal que he escrito -el único escrito en primera persona- y más cargado de sentimiento, en el que aparecen imbricados el ayer y el hoy, la fantasía y la memoria, la belleza y la piedad, que es, me parece, la mejor fórmula para escribir algo con interés literario, acaba así:

Con la arqueta debajo del brazo y el caballo de cartón en la otra mano dejamos la casa. Esta vez ni siquiera volví la cabeza hacia la cuadra cuando bajamos al portal. Caía ya la tarde, una de esas tardes de otoño serenas, sin viento. Una luz blanca, horizontal, bañaba suavemente la mampostería de las casas abandonadas. Un silencio mineral cubría las calles de pizarra, empedradas a trozos rudimentariamente. El coche nos esperaba en la plaza, al lado de la escuela. Guardé mis tesoros cuidadosamente en el maletero. Nos disponíamos a entrar en el coche cuando mi hermano se quedó parado como una estatua en medio de la plaza, escuchando atentamente. -¿Te quieres creer que me ha parecido oír el relincho de un caballo? -¡Bah, imaginaciones tuyas!, le respondí. Y no pude contener la risa.

Bien, y después de esta introducción, quiero poner de relieve que todos mis libros de la Alcarama, unos más y otros menos, tienen factura de diarios. En los cuatro sigo la huella del tiempo y de las estaciones, en las que en las Tierras Altas cambian por completo el paisaje , las ocupaciones y el humor de las gentes, el talante humano. He seguido en mis relatos el curso de las aguas, que, en gran manera, coincide en este caso con la ruta de la emigración; el paso de las nubes y de los pájaros, el santoral, el ciclo de la cosecha, pero sobre todo el calendario que, en resumidas cuentas, me ha servido en todo momento de orientación y de recordatorio. No tengo más remedio que reconocerlo. Me resulta natural, casi imperativo, acomodar mi literatura a este paso de los días, al paso del tiempo. O sea que las coordenadas espacio-tiempo marcan mis divagaciones literarias.

Estoy bastante de acuerdo con lo que dice Fenando Delgado en la contraportada de su libro “La mirada del otro”. “Nadie escribe un diario -dice- sólo para alimentar su propia memoria, aunque en ocasiones la alimente. Las más de las veces un diario se escribe para asegurarnos que hemos vivido o para hablar con nosotros mismos y confirmarnos. De todas maneras, me sigo preguntando si tiene verdadero sentido seguir escribiendo este diario y lo continúo inevitablemente, como una rutina necesaria, igual que un actor en un palco vacío que recita para sí un monólogo”. En mi caso, he de añadir que estos diarios han surgido espontáneamente como una necesidad interior, con ellos he re-vivido (he vuelto a vivir), pero lo más estimulante ha sido que, leyéndolos, otros confiesan que han re-vivido, han vuelto a vivir. Incluso han vuelto a leer. Nada hay más satisfactorio para un escritor.

En “Historias de la Alcarama”, escrito en segunda persona, en forma de cartas a Sara, mi hija pequeña, la orientación temporal aparece y desaparece, según conviene al relato. El calendario no marca los primeros capítulos -”Había una vez un pueblo”, “Como un río de sangre”, “La casa”, “La barbería del Cirilo…”, que sirven para situar al lector en el escenario; y no aparece hasta el capítulo séptimo con “Otoño en Sarnago”, sigue con “Cuento de Navidad”, “El esquilo”, la cosecha, etcétera, intercalando historias atemporales. Y cerrando el libro con una exploración geográfica y humana del contorno del pueblo, de los caminos de mi infancia, y concluyendo con el capítulo titulado “Aurelio, el último vecino”, que cierra lo que llamo el ciclo de la vida y de la muerte.

En las “Leyendas” la huella del tiempo y del paso de las estaciones, como referencia de fondo, en un plano secundario, también enmarca de algún modo las andanzas del buhonero y su hijo y las citas amorosas de Esteban y Gabriela. La novela -este es, de todos mis libros, el más cargado de ficción, el más estructurado técnicamente, inspirado en el ejemplo de “Mireya” de Federico Mistral- arranca en la noche de San Juan con el paso del fuego en San Pedro Manrique, se detiene en el “Día de los alardes” o fiesta de la trashumancia, en la primavera avanzada, describe después la siega y la recogida de la cosecha, observa la primera nevada y la matanza, y concluye en pleno invierno:

Cuando Esteban se despertó, rompía a amanecer y nevaba copiosamente. La nieve cerraba los caminos y ocultaba los tejados y las calles desiertas. El blanco sudario envolvía las ruinas de la iglesia y de las casas. Un silencio sepulcral rodeaba el pueblo, que estaba deshabitado desde hacía más de cuarenta años”.

El canto del cuco” es, de todos mis libros, el que es más genuinamente un diario. Cada capítulo lleva fecha. En el epílogo lo dejo claro:

He ido recorriendo ordenadamente –escribo- los meses y las estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy y anotándolo en mi diario, en mi cuaderno gris. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la belleza pintoresca y profunda de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la Naturaleza escondida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y marchar a la ciudad (…)

He tratado de rescatar el paisaje, que, como dice Amiel, es “un estado del espíritu”, y también las hermosas palabras del pueblo. Al final de cada libro, he puesto un glosario con ellas. (El paisaje y el tiempo son los vectores decisivos, creo, de toda mi obra). Pero también me he acercado, como no podía ser de otra manera, a los tipos humanos: El Aurelio, el último vecino, la Romana y el Zacarías de Valdenegrillos, la monja Juliana, el Calonge de San Pedro, el Cirilo, el barbero, el Isidro y el Moisés de Valdegeña, don Juan, el maestro, don Higinio, el médico, el tío Quirino, la tía Romualda, la bizmera, el Churrillo de Castillejo, el abuelo Natalio… Muchos de estos personajes saltan y reaparecen de un libro en otro.

Obsérvese el orden temporal, que empieza con el otoño avanzado: He contemplado la primera nevada, he asistido en la dehesa a la corta de la leña, he contado el amor de los abuelos con motivo de su santo el 1 de diciembre, he traído musgo para el belén de don Matías, he estado en la fuente la noche de San Silvestre en el sorteo de los novios, he pasado muchas horas en la cocina encendida, he vuelto a vivir la gran nevada -¡siempre la nieve!- he seguido en el cielo el paso de las grullas, he recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo, he plantado un huerto con mis manos, he subido por San Juan con la perdiz de reclamo hasta el chozo del cabezo, he bailado en la fiesta de las móndidas, he recorrido en agosto la rastrojera calcinada y he acarreado la mies por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, he contemplado el otoño dorado de Sara, he maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos, y, en fin, he propuesto, infeliz de mí, volver al pueblo.

Esta es, para que se hagan una idea, la aproximación personal al contenido de estos libros y su servidumbre del calendario. Ahora me ocuparé, como estaba previsto, del tema principal de mi intervención: “El caballo de cartón” o reencuentro con un diario de la infancia. Me parece que esta imbricación -un diario escrito hoy por la misma persona sobre un diario que escribió de niño- puede ser algo curioso y despertar cierto interés. Cuando el niño escribe en aquel cuaderno sus impresiones diarias está empezando a vivir: la vida le sale al encuentro, tiene toda la vida por delante; cuando ese mismo niño , ya mayor y cansado, vuelve sobre aquel diario, sabe que la vida se le acaba. Las sombras se alargan a su espalda. Sólo le queda la memoria. ¡Pero le queda la memoria! Y se agarra a ella. Lo único que puede hacer es echar la vista atrás y recrear aquella vida que empezaba, no sin cierta añoranza o melancolía. (Pero ¡qué difícil es tener que describir uno ahora las razones de su corazón y los desvaríos de su imaginación!).

El caso es que retorno al escenario de mi infancia y lo recreo sabiendo que aquello ya no existe, que el escenario aquel ha quedado vacío. Escribo entre un montón de muertos, que se han ido acumulando a lo largo de la vida. El mismo pueblo y los pueblos de la comarca están muertos. La comarca de las Tierras Altas, como ha dicho Avelino Hernández, es “un cementerio de pueblos”. Esa es la verdad. Mi literatura es un endemoniado juego de espejos: los espejos rotos de la memoria.

Pero volvamos al paisaje. El mundo campesino está acostumbrado a los planos lentos y a los planos largos. Y más en Castilla. Todo parece inmóvil en el pueblo, como si se pararan los relojes o se movieran sus manecillas muy lentamente. O para atrás, como en mi caso. Los hombres del campo tienen la mirada entrenada para ellos, para estos planos lentos y largos, casi inmóviles. Pero al mismo tiempo están acostumbrados a observar los detalles más pequeños. Esa es su especialidad. Y la desaparición repentina de una de estas mínimas referencias le desconcierta y hace que se desoriente o se pierda en el camino. Como dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, “la observación atenta y minuciosa de todo cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con la que contaban los campesinos. A su alrededor no había más que señales. Rastros y presagios. El movimiento de las nubes, el color de la hierba, el vuelo de los pájaros, la rama quebrada… Su ojo no descansaba. Su memoria tampoco. Un caudal de información que debía ser procesada lo antes posible. En ello les iba mucho”. Escribe también Badal: “La mirada del campesino era capaz de registrar un cúmulo de significaciones imperceptibles para los demás”. Pero “no veían el paisaje”. Su relación con el entorno era demasiado cercana y utilitaria. Con su trabajo perfilaba el rostro de la tierra y la tierra le moldeaba a él mismo. “El viajero de la ciudad sólo ve en el campo paisajes, que no son otra cosa que el resultado de nuestra mirada ajena. La mirada del campesino no tiene nada que ver con la del turista; mientras uno consume paisaje, el otro usa el territorio. Ambos alteran el entorno, pero solamente el campesino cambia con las transformaciones del lugar”. Observando un bellísimo atardecer rojo sobre las sierras azules, el campesino moverá la cabeza y dirá para sus adentros: “Viene la lluvia, mañana revuelve el tiempo”. Y ante la contemplación del trigal dorado, sólo pensará: “Esto está ya maduro para la siega”, y calculará las fanegas de trigo que dará esa pieza, si no viene antes una tormenta.

En estos libros míos procuro conjugar la mirada del campesino, que sigo siendo yo, con la del viajero o el escritor que contempla el paisaje desde fuera y se fija en la belleza del crepúsculo o del dorado campo de trigo, festoneado por las rojas amapolas del ribazo. Esa es la dificultad o acaso el mérito y la gracia de estos relatos, si es que tienen algún mérito o alguna gracia. No soy como el escritor que viene de fuera y escribe de paso sus impresiones. Estoy implicado en esto de lleno, lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los grandes poetas y escritores que han dejado huella profunda en Soria -Machado, Gerardo Diego, Bécquer- han venido de fuera, han observado el campo y han descrito el paisaje desde fuera, no han conocido la tierra como algo propio ni el lenguaje y el alma de los campesinos. Sencillamente porque ellos no han sido campesinos -en esto Miguel Delibes anda cerca-, aunque eso no limita la belleza de su obra. Por primera vez, ha surgido en nuestro tiempo una generación de poetas y escritores sorianos, de notable calidad, que sí han pisado la tierra y sufrido en su carne y en la de sus familias -por tanto, como algo propio- el tremendo drama de la despoblación y la consiguiente muerte de los pueblos y de una cultura milenaria. Sus poemas y sus relatos tienen esa peculiaridad. Juntan belleza y piedad o compasión. Dos de ellos, para mí los más relevantes, José Ángel González Sáinz y Fermín Herrero están esta tarde aquí en esta sala. Yo me apunto a entrar en la cuadrilla, aunque sea de mochilero.

Para que todos puedan hacerse una idea, repasaré ahora brevemente los principales episodios de “El caballo de cartón”. He de confesar antes, que aquellos elementales relatos del cuaderno del niño los he pulido un poco -tenían hasta faltas de ortografía- y en no pocos casos los he podado y he suprimido repeticiones, les he dado un cierto toque literario. Al fin y al cabo, sólo eran la ilustración o punto de apoyo o punto de partida de mi relato en buena parte autobiográfico, el hilo conductor, el pretexto y el resorte para evocar la vida en el pueblo y en sus alrededores durante la posguerra, con el recuerdo vivo de la madre, los compañeros de la escuela, la emoción de la caza, el paisaje, el lenguaje, la siembra, el trujal, la nieve -siempre la nieve- y, con un indudable suspense, el suceso y el desenlace.

Es una mezcla de realidad y ficción. Eso ya no extraña hoy a nadie. Como decía García Márquez, la vida es lo que se recuerda para contarlo. Es lo que hago, plenamente consciente de que la memoria es quebradiza y que la imaginación deforma o adorna la realidad. En todo caso, hoy la realidad y la ficción se confunden cada vez más. La ficción se convierte en realidad y la realidad, en ficción. Son indistinguibles en los tiempos de la posverdad y del espectáculo permanente, de la vida real y la virtual. Estamos en el mundo de la comunicación global. “Somos series, videojuegos, películas”, ha dicho alguien.

El caballo de cartón” tiene mucho de autobiografía novelada, o de ficción autobiográfica. Empezando por el mismo reencuentro con el cuaderno azul del diario en el somero de la casa de Sarnago, que es, como habrán supuesto, -lo confieso en público por primera vez- mucho más ficción que realidad. En “El caballo de cartón” los textos del diario del niño aparecen en cursiva.

Con estas aclaraciones que considero pertinentes, y para no perderme en más disquisiciones, vamos a hacer el recorrido, si quieren acompañarme, por sus páginas con algunas paradas imprescindibles. He pensado que lo mejor que puedo hacer aquí esta tarde es seleccionar algunos episodios o fragmentos del libro confiando en que así puedan hacerse una idea de conjunto, dando pie a que cada uno saque sus propios conclusiones, que esa es la función crítica de la tarea universitaria.

El niño, que soy yo -y hasta me reconozco en la letra del cuaderno escrito a lápiz- empieza su diario el 25 de septiembre, con una descripción del otoño en el pueblo, que le había mandado el maestro en la escuela. Describe con detalle cómo era entonces la vida del pueblo en otoño. Me permito leer este pasaje inicial del cuaderno azul. (Obsérvese en la descripción el lenguaje práctico o utilitario del campesino):

Es el final del verano, de la cosecha y de las fiestas. Hay que volver a la escuela. Hay que sacar las patatas de la huerta, con el arado abriendo los surcos y dejándolas al descubierto. Es el tiempo de la siembra y de la recogida de las bellotas y de las frutas silvestres:grosellas, moras, endrinas, bizcobas, calambrujos, gayubas y maguillas. Las alamedas se ponen amarillas antes de quedarse desnudas y los robles del monte se ponen del mismo color que los cazos de la espetera de la cocina (Es casi la única concesión literaria, junto con la confesión de la tristeza de los días grises). Ayer fui con los tíos al monte a por estrepas. Un día de estos cortaremos la leña de la dehesa. Resonará en el monte como cada año el sonido seco de docenas de hachas golpeando los troncos. Es también el tiempo de la caza, que es lo más divertido del otoño. Y de los muertos, que es lo más triste. Pronto empezarán a parir las ovejas y por los Santos caerá la primera nevada, soplará el cierzo y se amontonarán las nubes en la Alcarama. Entonces comenzarán las matanzas. En el otoño celebramos el cumpleaños de mi madre, mi hermano, los abuelos y yo. Eso compensa los días grises, que me ponen triste.

En los días siguientes el niño va contando en el cuaderno lo que le pasa. La muerte de Gandhi, “un hombre bueno, que se vestía con una sábana y llevaba detrás una cabra” -la noticia se la da el abuelo-, el encargo de llevar a San Pedro la cochina a macho, arreándola por el camino con una vara de mimbre; y la escapada a la pieza de la Cereda donde los tíos están sembrando. Esto me hace a mí ahora evocar la irresistible llamada del campo:

Oler la tierra recién abierta por la reja del arado, sentir la alegría de los perros al verte, acariciar las orejas y la testuz de los caballos, observar al sembrador esparciendo ritualmente la simiente en la barbechera, oler el mineral en el aire, dejarse envolver en el silencio y en la luz dorada de la tarde, contemplar las sombras apoderándose de los valles y barranqueras, escuchar en la lejanía las esquilas de los rebaños volviendo lentamente a la majada (…), observar la geometría de los surcos de la pieza recién sembrada…El otoño era más vistoso y llamativo en el monte, en el robledal, en los arces de la dehesa y en las choperas de los barrancos; pero su belleza era más íntima y profunda , hasta más lírica, en el raso: lomas peladas y desnudas, que se pierden en los montes azules, casi en el infinito, un paisaje serio, elemental, sin un adorno superfluo, sin un árbol, humildemente pardo…

Después, la caza. Un día de caza era el colmo de la felicidad. Un breve fragmento:

-¡Cuidado -advirtió el tío Co desde la crestería, a cincuenta metros del castillo-, la perra anda picada.

El tío Sotero se adelantó corriendo con el cuerpo inclinado hacia delante hasta situarse encima del ribazo. Yo le seguí. El Ton, al ver animada a la perra, irrunpió sin miramientos en el escenario. El corazón empezó a palpitarme con fuerza. Pasaron unos segundos. Los perros zigzagueaban como locos entre las ulagas con el morro pegado al suelo. Hasta que el Ton, que no era muy ladrador, soltó un ladrido seco y apagado.

-¡Mírala!

La liebre dobló el costero del ribazo y enfiló cuesta arriba por las lajas, seguida de cerca por el Ton y la Canela. El tío Sotero apuntó y disparó cuando transponía.

-¡A criar! Iba lejos la cabrona y los perros demasiado cerca. Cuidado arriba, por si la vuelven los perros.

El tío Co se puso en guardia con la “tuerta” sin perder de vista la vereda del monte. El ladrido de los perros se oía cada vez más lejos. La Canela volvió pronto chorreando sudor, con el rabo caído y aire de fracasada. Pero el Ton siguió a la rabona unos minutos más. Sus ladridos entrecortados volvieron a oírse cada vez más cerca.

-Le ha hecho un marro y vuelve a la querencia -dijo en voz baja con nerviosismo el tío Sotero, mientras avanzaba agachado hasta las lajas.

Pasaron unos segundos tensos y se oyó un disparo seco arriba, detrás del teso. El perro dejó de ladrar. Buena señal…Nunca había visto al tío Co tan orgulloso como en aquel momento, encima del orillo, con su metro sesenta escaso de estatura y la liebre en la mano, que pesaba más de dos kilos, cogida de las orejas con la punta negra, y que mi hermano guardó enseguida en el morral.

-¡Joder con la “tuerta”! -exclamó el Santiaguillo..

-Esto se merece un trago -propuso el tío Sotero.

O la emoción de un viaje. En este caso a los pueblos riojanos de la vega del Alhama, donde había olivos y frutales. Así lo recuerdo en “El caballo de cartón”:

Yo sentía una curiosidad casi enfermiza por cualquier novedad. Me interesaba vivamente por las cosas aparentemente insignificantes como visitar por primera vez un pueblo vecino, descubrir un paisaje, contemplar un escaparate iluminado con luz eléctrica o simplemente ver un coche, observar un río más caudaloso que el regato de Sarnago, cruzar un puente de varios ojos, escuchar el ruido de un molino, contemplar vides, olivos o árboles frutales…Esto último me parecía el colmo del progreso y de la felicidad, y sentía envidia. No es extraño que el interés por lo desconocido, la búsqueda constante de los nuevo y este asombro que movía mi vida quedaran fielmente reflejados en el cuaderno de mi “Diario”.

Tampoco es extraño que la feria, que es la siguiente hoja del cuaderno, fuera para mí uno de los acontecimientos del año. Un breve fragmento:

A la gran explanada acudían por todos los caminos desde el punto de la mañana los arrieros, tratantes, cochineros, buhoneros, hueveros, amolanchines, pelotaris, fruteros, capadores, guarnicioneros, charlatanes y estraperlistas, que coincidían con los vecinos de los pueblos de la comarca, vestidos con la ropa de los domingos, ellos con la boina nueva y ellas con el pañuelo floreado de fiesta en la cabeza. Los puestos de fruta, procedentes de la vega del Alhama, transportada durante toda la noche a lomos de caballerías por lo pedregosos caminos del monte, que a trechos se confundían con sendas de cabra, se mezclaban con los cajones de los cochinos de siete semanas, las puntas de borregos, los cabritos atados de las cuatro patas, las jaulas de los pollos, los inquietos potros, los muletos y los mansos borricos. Los animales y los seres humanos convivían en buena armonía, el bullicio humano se mezclaba con los sonidos de los animales y el constante chirrido metálico de la fragua, el suelo se poblaba de sirle y cagajones y un fuerte olor animal invadía el aire del mercado, en el que destacaban por su blusa negra y su movilidad los tratantes y los cochineros.

Me detendré un poco más en el capítulo titulado “El pueblo” que viene a continuación. Creo que es la distinta visión del pueblo la que explica mejor la conjunción entre el diario de la infancia y la posterior evocación. Así que ofreceré tres planos significativos sobre el pueblo, el lugar de mi vida, de mis relatos y de mis divagaciones. Tomo el primero del arranque de mis “Historias de la Alcarama”. Se titula “Había una vez un pueblo” y empieza así:

Había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar privilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda. En cada una de las cuatro entradas del pueblo había una cruz coincidiendo con los cuatro puntos cardinales. Al norte, la cruz del Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Valdenegrillos, y al oeste, la cruz de la Villa. Hacía mucho tiempo que las cruces habían desaparecido, pero los cuatro puntos seguían llamándose así. Y no me extrañaría nada que el pueblo estuviera guardado por cuatro ángeles. Las almas de los muertos y los animales convivían en buena armonía con los seres humanos vivos. Cada alma disponía de una vela encendida en el lucernario de la iglesia, además de un año de luto riguroso, y cada animal ocupaba dentro de la casa el lugar que le correspondía. Ese era el orden establecido que se cumplía rigurosamente aunque no figurara escrito en ningún sitio. Hasta donde se me alcanza, lo mismo ocurría en los demás pueblos de la comarca; pero fuera por lo que fuere, Sarnago ejercía para nosotros, los nativos, un atractivo especial.

Ahora la visión del niño. Tal como él lo ve el día 8 de octubre de 1948 en su cuaderno:

Sarnago es un pueblo de cincuenta vecinos, con dos anejos: Valdenegrillos y El Vallejo. Está en una ladera al pie de la Alcarama. Es como un balcón desde el que se divisan más de veinte kilómetros a la redonda. Mirando hacia el norte y el este se ve el monte, y hacia el sur y el oeste, el raso. Todos los vecinos del pueblo, menos el maestro y el sacerdote, tienen tierras y ganado; pero todos son pobres. Las casas son de piedra y las calles no tienen nombre porque aquí nos conocemos todos. Están empedradas a trozos, aunque hay muchas piedras sueltas y se ve la pizarra. El pueblo se divide en el barrio de arriba, barrio del medio y barrio de abajo, y en lo alto está la iglesia, la fuente y el juego-pelota. En la plaza está el Ayuntamiento, la escuela y el horno de la tía Milagros. (Esto es lo que he escrito hoy en el cuaderno de la escuela).

Y ahora, mi versión actual:

Acabo de volver, viejo y cansado, al pueblo y he recorrido las calles solitarias, en las que crece la maleza. No hay bardas ni ciemo en los corrales. Ni sale humo de ninguna chimenea. Las puertas de las casas que no se han derrumbado están cerradas con llave. Nadie acude con el cántaro a la fuente ni con la ropa al lavadero. Las campanas reposan en el suelo del “cuartecillo”, bajo la antigua Sala de Concejo, donde se ponía el baile. Impresionan sobre todo las ruinas de la iglesia, que no han perdido su magnificencia. Con las lluvias se ha venido abajo la pared del pórtico donde estaba el olmo centenario y han aparecido los huesos de antiguos habitantes. Sobrecoge el silencio. No he oído en todo el recorrido ninguna voz humana ni sonido animal, pero he tenido la extraña sensación de que me acompañaban en el recorrido las almas de los muertos con los que había convivido de niño. En esta soledad, entre estas piedras, es perfectamente perceptible el rumor de los muertos.

El diario del niño sigue contando cada día lo que le ocurre: el encuentro con don Livino, el cura, en las eras, la niña que me mira y me sonríe al salir de la escuela, el corte de la leña en la dehesa, el cumpleaños del hermano, celebrado con una chocolatada, y el 19 de octubre, la excursión de los mayores de la escuela con el maestro a Valdenegrillos. “Un pueblo peor que Sarnago”-escribo en el cuaderno-– “Hemos bajado también a la mina y hemos cogido cantalobos brillantes”. Esto me da pié a contar mi encuentro con la Romana, la última vecina:

Cuando me disponía a dejar Sarnago -escribo en “El caballo de cartón”- con la tarde avanzada observé que por el camino del ejido que bordea el pueblo subía una caballería con una mujer encima vestida de negro y envuelta en un mantón oscuro. Me acerqué. Era una mujer mayor, que arreó el asno al verme y que parecía asustada. ¡Por fin, un animal y un ser humano juntos! Me pareció que recuperaba inesperadamente la mejor metáfora de mi niñez”.

Cundo la excursión con don Juan vivían en Valdenegrillos cuarenta familias. Hoy sólo resiste la Romana. Se murió el Zacarías, su marido, y está sola con sus gatos.

El pueblo –describo-, en el abrigo de una ladera entre barrancos y bancales es una ruina. En los corrales de las casas abandonadas, y en las irregulares callejas, crecen las zarzas, el saúco y la maleza, que invade hasta las cocinas y los dormitorios desmantelados, que estaban pegados a las majadas, cuando los seres humanos y los animales convivían de forma natural. Los tejados se hunden. La pequeña iglesia está sin campanas y desde el antiguo cementerio anejo sube hasta el campanario el piadoso verdor de la hiedra” (…)

A la salida de Valdenegrillos, sobre una pequeña loma, entre romeros, ulagas y estrepas, permanecen en pie varias tainas, las mismas que contemplé de niño, donde se recogía el ganado. Una de ellas conserva aún el tejado de losas como hace 2000 años en tiempo de los celtíberos. Puede que estén allí desde entonces”.

Los siguientes capítulos -”La fotografía” y “La madre”- puede que sean los más sentidos del libro. En el primero repaso qué ha sido de aquellos niños, compañeros de la infancia, que aparecen en la fotografía de todos nosotros con el maestro en la plaza aquel otoño de 1948. La vida nos dispersó como el viento dispersa las hojas secas. La foto estaba en la arqueta junto al cuaderno azul. El siguiente capítulo lo dedico a mi madre, a propósito de su cumpleaños el 25 de octubre. Ella cumple un papel esencial en mi vida y en toda esta historia que he contado.

Llegado a este punto –concluyo el relato- y pensando intensamente en mi madre, que tiene que seguir existiendo en alguna parte porque nada de lo que se ama desaparece, he vagado de recuerdo en recuerdo, formándome una imagen perenne, que ha ido cristalizando en un amor tranquilo que recorre la casa vacía entre montañas, pasa por el cerro del Espino y se eleva en el Monte de las Ánimas hasta las estrellas.

Luego llega la primera nevada, la bajada al trujal a visitar al tío Co, el recuerdo del reloj de pared de la sala donde nací –hace más de 30 años que el hueco del reloj enfrente de la cama está vacío (…) y privada del latido del tiempo, la casa dejó de tener vida- . Y el 13 de noviembre escribo la última hoja del diario. A partir de esa noche se precipitarían los acontecimientos. Dice así:

El tío Sotero se ha ido esta noche al monte a buscar unas ovejas que se han perdido. Con mi madre y el tío Co fuera de casa, he visto a los abuelos muy preocupados, aunque el abuelo lo disimulaba. Pero más abatido estaba el Cayo, el pastor, cuando ha venido a avisar de lo que pasaba. “Seguramente se han quedado rezagadas porque iban a parir”-ha dicho. ¿Qué será de ellas y de los corderos? Por si faltaba algo, una trasandosca, la careta, ha parido un caloyo muerto, y el abuelo Natalio ha sentenciado: “Las desgracias nunca vienen solas”.Esta es, como digo, la última página de mi diario. Al cuaderno le faltan varias hojas. Seguramente las arrancó mi madre al comprobar el estado emocional en que fueron escritas, después del tremendo suceso y del desenlace de esta historia de mi infancia, que no voy a desvelar aquí y que  reconstruyo en las últimas páginas del libro con pelos y señales.

Permítanme que acabe aquí el recorrido.

YA NO QUEDAN ANIMALES

Cuando yo era niño, los animales vivían en los bajos de la casa, salvo los gatos que tenían libertad para andar por la cocina y la sala de estar, recorrer los pasillos, rondar de noche por los tejados y parir en el somero. El grito de las gatas en celo semejaba en la madrugada el llanto de un niño. Los gatos eran unos privilegiados. En invierno ronroneaban en la chapa junto a la lumbre y arqueaban el lomo de gusto cuando les pasábamos la mano por encima. A la gata recién parida la abuela le daba un tarro de sopas de leche. El domicilio de los perros era el portal, el corral y la calle, donde ejercían el amor libre y se retaban a ladridos entre ellos, sobre todo por la noche. Tenían prohibido traspasar la puerta de la escalera que subía al piso de arriba. A cambio recibían las sobras de la comida, siempre escasas, y algún corrusco de pan duro. Acompañaban a los hombres y a las caballerías a la pieza, al monte o a la huerta. Resultaban imprescindibles para el cazador aunque no resistieran en el cazadero la muestra de la codorniz y menos la de la liebre encamada o la perdiz corrida a peón. Y no eran menos imprescindibles los perros de ganado para el pastor o el cabrero. Todos eran animales sin raza definida, fruto del mestizaje. El “Reverte” del tío Casimiro era el más peligroso si entrabas en el callejón. No llevaban correa ni los visitaba el veterinario. Nadie los bañaba. Pero eran libres. Se lavaban en las charcas o en el río, o con la lluvia. Ladraban a la luna y les asustaba especialmente el volteo de las campanas.

La cuadra, al fondo del portal, era el espacio de las caballerías: los machos, los caballos, las yeguas y, si se terciaba, el humilde borrico y el muleto. Cada uno disponía de su pesebre particular, donde recibía la paja y el pienso correspondiente, cebada o avena mayormente. Pero también, en el buen tiempo, el regalo de una fragante gavilla de hierba o de esparceta. La último obligación del campesino antes de irse a dormir era bajar a la cuadra con el candil en la mano y apiensar a las caballerías después del duro trabajo del día arrastrando el arado, acarreando leña o tirando del trillo. Abrevaban en el pilón de la fuente o, durante el verano, en el bebedero del final del ejido. Muchas veces me tocó de niño llevar los caballos al bebedero y en más de una ocasión conducirlos con una carga de trigo al molino o soltarlos en la dula. En el pueblo todo el mundo, hombres y mujeres, niños y viejos, colaborábamos en las tareas comunes según las posibilidades de cada uno. Estas que digo y el acarreo de la mies a la era solían ser tareas encomendadas a los muchachos. Desde pequeños aprendimos a montar a pelo y a enfrentarnos a las dificultades. Nuestra relación con los animales era de una gran familiaridad. Mirando ahora hacia atrás compruebo que, junto con los perros, los caballos formaron parte simbólica y fundamental de mi vida. Sus nombres no se me han olvidado.

En los rincones de la cuadra habitaban los cerdos en sus pocilgas, construcciones rudimentarias con techumbre baja y suelo de paja. Una de las zahúrdas estaba destinada a la cochina paridera y la otra a los cebones de la matanza. El gruñido formaba parte de la música animal de la casa. Más de una noche pasé con mi madre en la cochinera procurando que la cochina recién parida no aplastara a alguno de los tetones de la lechigada. Si hubiera que elegir un animal sagrado para aquellos campesinos, ese sería el cerdo, del que se aprovechaba todo y daba sustento a los de la casa todo el año. Y la venta de marciles y tetones al cochinero de la blusa negra proporcionaba una renta nada despreciable en aquella economía de penuria. En la misma orilla de la cuadra estaban los nidales y los payos de las gallinas. Recuerdo la fruición de meter la mano en el nidal y toparme con el huevo recién puesto, aún caliente. Las gallinas tenían libertad para andar por los bajos de la casa, por el corral y por las herrañes comiendo gusarapos y, cada mañana, recibían una rociada de trigo en el portal. El cacareo de las gallinas ponedoras y el canto del gallo al amanecer forman también parte de los sonidos inolvidables de la infancia.

En mi casa de Sarnago, la majada de las ovejas y de las cabras, que convivían en buena armonía, estaba entre la cuadra y el pajar. Otros vecinos disponían de tainas aparte. La majada con olor a sirle y a heno seco era, aparte de la cocina, en lo más crudo del invierno, con el ganado encerrado, el lugar más cálido de la casa. Allí pasé, envuelto en el vaho animal, las horas muertas viendo parir a las ovejas y ayudando a los frágiles caloyos a que se agarraran a mamar por vez primera. Me gustaba especialmente depositar la esparceta en los zarzos y las berzas picadas, en las canales. Por la mañana pronto, mi madre o la abuela bajaban a ordeñar las cabras, que proporcionaban el desayuno para la familia. Siempre he creído que las Tierras Altas, centro de la Mesta, son sobre todo, lugar propicio para la ganadería, ahora prácticamente inexistente. Pocas imágenes más gratificantes que contemplar el rebaño desde la casa como una alfombra ondulante bajando por la calle entre el tintineo de los cencerros.

Esta evocación del mundo animal, como componente esencial de la vida rural, que tanto influyó en mi vida y en la vida de mi generación, contrasta con la desaparición de los animales en los pueblos, donde ya no hay caballerías por los caminos ni rebaños en los campos y de donde se van hasta los gorriones, y, sobre todo, con la pérdida de contacto animal de las nuevas generaciones en la ciudad, salvo las pobres mascotas. Y, por si faltaba algo, ahí está el fervor desaforado de los animalistas, que, exaltando a los animales, pueden acabar rebajando la condición humana. De mí puedo decir que la relación con los animales, incluida la caza, me hizo más humano. Y, como acaba de escribir Fernando Savater, la desaparición de los animales de nuestra cotidianidad refleja la paulatina postergación del mundo rural.

EL PASO DEL FUEGO

Cuando cae la tarde y se acerca la noche de San Juan, una fuerza interior me traslada, quiera o no quiera, a las Tierras Altas de la Alcarama. Entre los imborrables recuerdos de la infancia figuran dentro de mí, de forma destacada, tanto como la emoción de la primera nevada, la contemplación del paso del fuego en San Pedro Manrique y las leyendas que contaban en casa esta noche poblada de misterios. Veo los troncos humeantes de la hoguera y a los encargados de preparar el pasillo de fuego moviendo sus largos horguneros. Escucho la alegre charanga y observo saltando a la bulliciosa juventud que sube por la calle hasta la plazuela de la ermita, donde tendrá lugar el acontecimiento a medianoche. Será entonces cuando los más valientes, entre los que suele figurar alguna mujer, pasarán la alfombra de brasas con los pies descalzos, cumpliendo una antigua tradición. Es un rito que se repite año tras año sin perder interés, aunque, convertido cada vez más, haciendo honor a los nuevos tiempos, en un espectáculo turístico y pagano.

Y aquí detengo el relato. Soy consciente de que he contado ya esta historia infinidad de veces de muy distintas maneras. Incluso arranco con ella las “Leyendas de la Alcarama”. (Me imagino ahora a mis personajes, Esteban y Gabriela, ella vestida de móndida, entre el humo de la hoguera. ¿Qué habrá sido de ellos?). Ha llegado el momento de pararse y reflexionar. La noche del solsticio de verano, en la que se encienden las hogueras y se realiza la purificación por el fuego, es una buena ocasión. Es verdad que el cuco canta siempre la misma cantinela y a nadie le parece mal. Los cuentos se repiten y las repeticiones agradan a los niños. El chatarrero que llega a la urbanización todos los fines de semana se anuncia siempre por el altavoz con las mismas palabras. Lo mismo hace el tapicero y el afilador. Se repiten la fuente y el río: siempre la misma canción, pero con distinta agua. Se repite el ciclo de las estaciones y las oraciones que aprendimos, la música que oímos, los saludos rutinarios y las expresiones amorosas. Puede decirse que la vida es una repetición de momentos, de palabras y de paisajes. Entonces ¿a qué viene este titubeo? A ver si me explico.

Llevo más de cinco años con “El canto del cuco”. Esta es la entrada 251 del blog, con 4.672 comentarios. En todo este tiempo me he esforzado por ser fiel a mi propósito de recoger las despojos de la cultura rural, que se acaba. He defendido los valores de la vida en los pueblos. He denunciado el abandono y la injusticia. He recorrido el ciclo de las estaciones. He contado lo que va de ayer a hoy. He presentado una galería humana de entrañables personajes: los últimos vecinos. He dibujado con la mayor fidelidad posible el escenario físico y humano de las Tierras Altas de Soria, -mi escenario vital y literario-, que se han convertido por desgracia del destino en el mayor desierto demográfico. Y, en fin, he procurado estrujar la memoria de mi infancia, casi hasta el agotamiento. Me parece que es el momento de hacer un alto en el camino, descansar, echar un trago y buscar la mejor ruta para no perderme, para no perdernos. El caso es que no voy solo. Miles de personas siguen este blog, según los datos que puntualmente me llegan. Son de España y de medio mundo. Sin este acompañamiento coral, “El canto del cuco” no tendría sentido. Voy a ser claro como el agua clara del manantial: necesito saber de los que me acompañan si empiezan a aburrirse de este paisaje áspero y monótono, que se repite y se repite y por el que caminamos . O, dicho de otra manera, si se cansan de mis relatos rurales y de los cristales rotos de la memoria. Espero sus sugerencias antes de continuar el camino.

Personalmente creo que queda terreno por explorar. Incluso me he animado leyendo “El suplicio de las moscas” de Elías Canetti. Dice que “el que ha aprendido bastante no ha aprendido nada”. Y, sobre todo, hace la siguiente observación, que me estimula: “Jamás llegará a ser un pensador, se repite demasiado poco”. Puede que no haya más remedio que repetirse y machacar la reja ardiente sobre el yunque, como en las viejas fraguas. Otra vez el fuego en la noche de San Juan. En realidad, este es mi paso del fuego particular.