El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

EL AÑO DE LA LECHUZA

La lechuza, esa misteriosa dama de la noche, reina de los campanarios, fantasma blanco en las ruinas, desvanes y someros, está desapareciendo en silencio. Su desaparición es tan silenciosa como su vuelo o como la muerte de los pueblos donde acostumbra a habitar desde que el mundo es mundo, en vecindad con el ser humano. Su pálida cara de luna llena en forma de corazón con puntiagudos ojos negros brillantes y el pico descollante de color claro, su semblante grave, impasible, las extrañas muecas de su rostro, completamente indescifrables, y, sobre todo, su particular canto, un siseo lúgubre, ronco y grave, han convertido a esta ave nocturna injustamente en mensajera de la muerte y del más allá y en protagonista de leyendas de misterio. Su fuerza literaria se observa en la serie “Twin Peaks”, en “Harry Potter” o en libros como “El día de la lechuza” de Leonardo Sciascia o “El grito de la lechuza” de Patricia Higsmith. Y su amable cercanía, en el conocido poema de Antonio Machado:

Por un ventanal,

entró la lechuza

en la catedral.

San Cristobalón

la quiso espantar,

al ver que bebía

del velón de aceite

de Santa María.

La Virgen habló:

-Déjala que beba,

San Cristobalón.

Sobre el olivar,

se vio a la lechuza

volar y volar.

A Santa María

un ramito verde

volando traía.

El caso es que la lechuza ha sido elegida por votación popular, en competencia con el alimoche y el chorlitejo patinegro, Ave del Año 2018 en España. La iniciativa ha sido de la organización científica y conservacionista SEO/Bird-Life ante el declive de su población, que revela y avisa de la acelerada pérdida de vida en el campo. En diez años se ha diezmado. En algunas regiones sólo sobreviven ya la mitad de los ejemplares de esta elegante rapaz nocturna -”tyto alba”- que había en 2005. Los expertos atribuyen el descenso a la muerte de los pueblos y a la transformación acelerada que está experimentando el medio agrario. La lechuza se alimenta de ratones y otros pequeños roedores, además de arañas, gusanos, lagartijas, pajarillos, murciélagos e insectos. En el campo se va imponiendo el monocultivo. Se arrasan los ribazos y linderos con su vegetación natural, y se abusa de los plaguicidas, pesticidas y raticidas. Poco a poco la lechuza, como sus parientes de la noche -el búho, el cárabo, el oto, el mochuelo…- se queda sin alimento, y las presas que consigue capturar están envenenadas y envenena con ellas a sus crías en el nido. Además cada vez le resulta más difícil encontrar sus antiguos lugares naturales para nidificar. Como curiosidad, tengo que hacer notar que la lechuza madre es capaz de perder la vida para defender la de sus hijos ante el ataque de un depredador. Recuerdo ahora aquellos veranos, no tan lejanos, en El Valle, oyendo por la noche el canto constante del cárabo y del búho -burubú, burubú…- y observando la misteriosa presencia de la blanca dama de la noche plantada, inmóvil, defendiendo su nido, en un agujero alto de la torre de la iglesia.

El declive de la lechuza es un indicador fiel de lo que está pasando en el mundo rural. Las aves, desde las nocturnas a los gorriones, abandonan los caseríos cuando se va la gente y desaparecen los animales domésticos. La despoblación de los pueblos tiene, como se ve, consecuencias irreparables sobre la fauna y el ecosistema. Es todo un universo natural el que está desapareciendo en silencio, tan en silencio como el vuelo de la lechuza.

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CARTA A LOS REYES MAGOS

Un año más, no puedo contenerme. En esta tarde desapacible he oído el bullicio cercano de vuestra cabalgata y he vuelto a sentir el niño que llevo dentro. Me han venido a la cabeza aquellas noches silenciosas de Reyes en el pueblo, casi siempre bajo una gran nevada, acurrucado en la cama, haciéndome el dormido, esperando escuchar el sonido de vuestras botas en el cuarto de afuera. Nunca me extrañó que los camellos, acostumbrados a las arenas ardientes del desierto, vinieran por el camino nevado de Valdenegrillos, por el collado del Robledo, bordeando la Alcarama, azotados por las úrguras y saltando ventisqueros. Me extraña más que seáis capaces de soportar el  estrafalario aparato comercial y publicitario que os rodea ahora. Supongo que aguantaréis por los niños este ridículo carnaval laico, endulzado con caramelos blandos, porque tenéis paciencia y sentido del humor. En serio, ¿no tenéis la impresión de que se ha desvirtuado vuestra fiesta, privándola de su sentido original? Ni siquiera se cantan villancicos. Pocos saben ya que todo empezó siguiendo una estrella camino de Belén, donde había ocurrido el mayor prodigio de la historia humana. ¿Recordáis? No salíais de vuestro asombro. Adorasteis a aquel Niño, que estaba recostado en un pesebre, le dejasteis vuestros obsequios -oro, incienso y mirra- y salisteis de prisa y corriendo para esquivar al pérfido rey Herodes.

No sé si está en vuestra mano atender las peticiones que os voy a hacer. Desde luego, no os pediré nada para mí. Ni siquiera un caballo de cartón, como aquel que me trajisteis cuando era niño y que tanta ilusión me hizo. Tampoco os pediré nada para la familia. Con más o menos dificultades, ya nos apañaremos ayudándonos unos a otros. Si acaso, algunos juguetes para los nietos, pero sin exagerar, que los niños de ahora están saturados de cosas, como sabéis de sobra, y no tienen tiempo de disfrutar con ninguna. Todo les cansa. Antes bastaba con una pelota, un pequeño tambor o una bolsa de cacahuetes para ser felices. Mejor que os ocupéis de los niños pobres que no tienen nada y, sobre todo, de los que están en los campos de refugiados, en las tierras de Oriente o del norte de África que vosotros conocéis bien. Moved el corazón de los poderosos del mundo, de los gobernantes y de las gentes de buena voluntad para empezar a poner remedio al dramático problema de los refugiados, que huyen del hambre y de la guerra y que se encuentran desamparados entre alambradas.

Aquí, entre nosotros, lo que más preocupa es poder encontrar un trabajo digno, estable y razonablemente bien pagado, acomodado a la preparación de cada uno. Del año pasado a éste, el panorama laboral ha mejorado algo, pero aún hay demasiada gente desempleada o con un empleo precario. Este problema afecta sobre todo a los jóvenes. Muchos de ellos no ven un futuro claro ni están en condiciones de tener un hogar y formar una familia. Y el hachazo de la crisis económica se deja sentir aún entre las clases medias. Miles de familias están en apuros, aunque lo disimulen y aunque hagan un esfuerzo inhumano para que sus hijos no sean menos que los del vecino y encuentren algún regalo en sus zapatos cuando se despierten la mañana de Reyes, vuestra mañana. No deja de ser desconcertante e injusto, no sé qué pensaréis vosotros, que, después de la crisis, aprovechándose de ella, los ricos en España, según las estadísticas, sean cada vez más ricos y los pobres, más pobres. Esto no puede ser. No sé si podéis hacer algo. Lo mismo que con los corruptos, que se aprovechan del cargo, de su elevado puesto en la Administración o en la empresa, para enriquecerse indebidamente. España, queridos Melchor, Gaspar y Baltasar, necesita, me parece, una purificación.

Sé que habéis recorrido Cataluña. ¡Qué os voy a contar! Del año pasado a éste, lo único que ha crecido allí es el alboroto, la incomprensión y el odio. Así no se puede seguir. Supongo que habéis traído unos cuantos sacos de carbón y dejaréis uno en Flandes a los fugados de la Justicia y otro en la cárcel de Estremera. Una sugerencia: ¿por qué no aprovecháis vuestra proximidad a los teóricos seguidores del Evangelio para mover el corazón de los centenares de curas, frailes, monjes y monjas catalanas, -esos que firman manifiestos- además de algún obispo, para que se convenzan de que fomentar la independencia de Cataluña es un error, como se está viendo, y un pecado de odio, que es el peor de los pecados? ¡Que caigan de una vez del burro y sepan que no son inocentes de lo que está pasando! Dejadles carbón sobre el altar para que se conviertan.

No quiero cansaros más, que bastante agobiados andaréis. En el largo memorial de inquietudes que había ido anotando para escribir esta carta, figuraban desde la criminal violencia contra las mujeres y la controvertida ideología de género hasta la amenaza del calentamiento global y la creciente contaminación del aire, del agua y de la tierra. ¡Problemas mayores! Pero hoy no quiero olvidarme de uno por el que vengo luchando sin descanso desde hace tiempo con poco éxito: la despoblación y la muerte de los pueblos. Espero que echéis una mano en esto. Ya es hora de que los poderes públicos elaboren un ambicioso plan global de ordenación del territorio y lo pongan en práctica. Vosotros habéis sido testigos esta noche de la tristeza infinita de los pueblos sin nadie y de la España despoblada del interior. Con las puertas cerradas y sin luz en las ventanas ni humo en las chimeneas.

Queridos Reyes Magos: ¡Echad una mano a España!

BALANCE DE FIN DE AÑO

Cuando llega el fin de año, nos vemos incitados a repensar lo vivido, a descubrir las luces y las sombras, a señalar con el dedo las huellas del tiempo. Es el momento adecuado para hacer balance y es lo que voy a intentar hoy. Rendiré cuentas a los seguidores habituales de “El canto del cuco” y a los que se asoman aquí por vez primera. He de reconocer de entrada que este año, por unas cosas y por otras, ha faltado periodicidad. Circunstancias de fuera y razones personales han impedido estar aquí cada semana como un reloj. Pido disculpas a los que se hayan sentido defraudados. La desidia y un cierto agotamiento de las historias rurales son motivos nada despreciables. Llega un momento en que hay peligro de cansarse y de cansar a los lectores. Algo de eso ha pasado, me parece, a pesar de que el cúmulo de visitas de dentro y de fuera de España no han disminuido. Se han resentido más los comentarios, y llevo un tiempo echando de menos la participación de algunos habituales del blog, que formaban ya parte entrañable del grupo humano, casi familiar. Eso ha llevado, me parece, a un cierto decaimiento.

Repasando las entradas de todo el 2017, veo que han tenido notable relevancia las relacionadas con mi vida personal. Están marcadas por la fuerte carga emocional. Puede que haya abusado de los sentimientos, pero qué le vamos a hacer. Tampoco es momento de autoflagelarse por eso. Ha destacado la enfermedad y muerte de mi hermano, que durante meses ha condicionado mi vida y, pensándolo bien, el desarrollo de estas historias. Con su desaparición decayó, al quedarme sin referencias, mi interés por el paisaje humano y espiritual de Soria. Voy “camino Soria” con menos entusiasmo y con los ojos menos abiertos. Pienso que ya no me espera nadie. Todo ha cambiado momentáneamente de color. Poco a poco iré, eso espero, sobreponiéndome. No voy a renunciar fácilmente a contribuir desde aquí a recoger los despojos de la cultura rural y a denunciar la injusta postración de los pueblos. La despoblación de media España sigue siendo un buen motivo para seguir machacando en el yunque, aunque nadie escuche el sonido agudo de la fragua.

Entre los momentos emotivos que figuran este año en “El canto del cuco” está la boda de Sara, mi hija pequeña, en Valdeavellano de Tera, última celebración de mi hermano, el cura, antes de morir. Se da el caso de que Sara es la depositaria, en “Historias de la Alcarama”, de la memoria de mi niñez; el reencuentro con el diario de mi infancia en el Centro Internacional Antonio Machado de Soria; la colocación de una placa con mi nombre y el nombre de mis libros en la casa de Sarnago donde nací, y, en fin, la reciente carta a mis nietos. Fuera de estas intimidades, he procurado recuperar las cosas de antaño, he descubierto a todos al gran poeta Fermín Herrero, nacido como yo en las Tierras Altas; he visitado la casa de Miguel Hernández en Orihuela; he recreado aquellos tiempos en los que el médico llegaba a caballo; he dejado constancia de que “The Daily Telegraph” descubría a los ingleses la Soria turística; he declarado la independencia de Sarnago pensando en Cataluña y he entrevisto el regreso a la tribu; he recordado “El Comercio”, la fonda mítica de San Pedro Manrique; he vuelto a contar historias de la noche de San Juan; he descrito la resistencia de Sarnago a morir como los otros pueblos; he subido al Castillo, he defendido a las abejas, he echado de menos los animales en los pueblos; he invitado a adentrarse por las veredas del monte; he contado algunas historias para levantar el ánimo, como el campo de rosas de Garray, he comprobado que los pueblos ya nunca serán lo que eran y ha vuelto la nieve a cubrir piadosamente las ruinas.

En resumen, he dado lo que tenía a mano y lo que tenía dentro. Lo he contado como Dios me dio a entender. Estoy en completo desacuerdo con el escritor francés Louis Aragon, para el que “la vida es un viajero que deja arrastrar su capa detrás de él, para borrar las huellas”. Al contrario, la vida consiste en andar por el camino dejando huella y  descubriendo, sin borrarlas, las huellas de los que nos han precedido. Es lo que pretendo. De eso se trata.

¡Gracias a todos y que venga buen año!

DE NUEVO, LA NIEVE

Ha vuelto la nieve a las Tieras Altas. Tengo aquí el reportaje gráfico. Un alma caritativa me ha enviado un vídeo del quitanieves por aquellas carreteras sin coches en medio de un paisaje desolado, y además una preciosa colección de fotos de Sarnago nevado. Para ser la primera nevada ha caído en serio. No ha sido un simple algarazo o unas “amarguras”. Los ventisqueros en los huecos y en los abrigos no engañan. Las imágenes me hacen revivir los inviernos de mi infancia y me obligan a compartir con todos aquellas emociones renovadas. En “El canto del cuco” la visita de la blanca dama se recibe cada año con los honores que se merece.

Las fotografías están tomadas un día claro. Una luz tenue y horizontal baña el caserío, con los tejados cubiertos, y resalta, donde da el sol de lleno, la cegadora blancura. El silencio se adivina. En el cielo hay retazos de nubes grises y cárdenas que, en la lejanía, se agarran a la sierra. Ayudado por esta guía gráfica he entrado en el pueblo por el camino de San Pedro, con la antigua caseta de la luz como mojón y referencia. Cuando pasaba por la cruz de la Villa he pensado que, si la Diputación ha concedido a Sarnago, tras imponerse con claridad al resto de candidatos, el prestigioso premio Colodra, falta poco -¡bendito sea Dios!- para que el camino esté, por fin, asfaltado. Subiendo por la calleja y viendo las imágenes me imaginaba que los pies se me hundían en los ventisqueros, los mismos en los que de niños construíamos trampas para incautos. Una vez arriba, en las eras, me he parado a contemplar el cerro del Castillo y las piezas del Collado, con el pequeño camposanto en la esquina de abajo a la derecha junto al ejido, todo bajo el blanco manto. He pensado, al reencontrarme con ese paisaje tan familiar que no sería difícil seguir la huella de alguna liebre en la vereda difuminada entre los ulagares de las cuerdas del Castillo. En fin, pisando la nieve, me he adentrado por las calles solitarias y silenciosas entre las ruinas cubiertas piadosamente por el manto blanco, sobre todo las imponentes ruinas de la iglesia, y desde encima del ejido he observado el grandioso panorama del monte y los prados transfigurados.

Esta vez han acertado de lleno los del tiempo, y la nieve ha cubierto, en este remate del otoño, las Tierras Altas, donde el invierno dura cinco meses largos. En el pueblo bastaba con observar las nubes cárdenas acordonadas en la sierra y sentir en los huesos el resfrior del cierzo para adivinar su llegada. Las cencelladas y el calamoco precedían a la primera nevada. Había señales de sobra. Los perros retozaban jugando al marro en la plaza. Los gallos cantaban de madrugada con voz aguardentosa. Las urracas buscaban cobijo en los corrales de los cortinales… Lo mejor era meter la hornija bajo techo. A estas alturas de diciembre, a nadie le extrañaba allí que el día amaneciera blanco. A la nieve -las “moscas blancas” la llamábamos- se la recibía con naturalidad y hasta con cortesía, como a una vieja dama conocida.

Un silencio especial, distinto de todos los silencios conocidos, envolvía el caserío. El blanco manto, lo mismo que en estas fotografías, cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alféizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, transfiguraba el monte y desfiguraba los caminos. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas recién paridas, con los zarzos de la majada abastecidos de gabejones de heno o esparceta, balaban con un balido largo y dulce buscando a sus caloyos.

Esas son las imágenes que guardo de aquellos días de la infancia y que han removido ahora estas fotografías. Cada nevada se me antojaba distinta aunque pareciera la misma. Como las emociones que levanta aún entre los que venimos de aquellos largos inviernos. Recuerdo que una alegría salvaje se apoderaba de nosotros con los primeros copos o recorriendo luego el monte nevado siguiendo las huellas de las liebres o los inquietos conejos.

Aquel paisaje nevado de la niñez, siempre soñado, al que ahora me han devuelto estas fotos, pierde, sin embargo, sentido si nadie lo contempla, si no hay niños tirándose bolas en la plaza, si no se ve una mujer enlutada, envuelta en su mantón, que baja de la fuente por la calle, con mucho cuidado, con el cántaro en la cabeza, ni aparece sobre la nieve una pisada humana o la huella de un animal, ni siquiera la de un revoltoso perro callejero; si no se oye el balido de una oveja recién parida, ni sale humo de ninguna chimenea, ni está encendida la vieja estufa de hierro de la escuela…Cuando esto ocurre y la nieve cubre piadosamente el pueblo deshabitado, como es el caso, el silencio se vuelve sepulcral y la nevada se convierte en una mortaja blanca.

LOS PUEBLOS YA NO SON LO QUE ERAN

“En el mundo rural actual, aunque visiblemente apolillada, la escenografía sigue siendo la misma, pero la trama representada ha cambiado por completo”. Esto dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, el mejor libro sobre la vida (y la muerte) del campo que he leído, nada que ver con otras vaciedades aireadas por la propaganda y que han logrado un éxito fulgurante, supongo que efímero. Sin perjuicio de volver otra vez, con más detenimiento, sobre esta fascinante obra, adelanto hoy, y subrayo, algunas de sus reflexiones sobre el cambio que han experimentado los pueblos. El resultado ha sido “la desaparición del mundo campesino tradicional”, una fractura histórica que ha sucedido en un período de tiempo abrumadoramente breve. No ha sido un final épico. “Víctimas de un etnocidio con rostro amable”, los campesinos se han ido en silencio.

En los pueblos que sobreviven, la actividad agraria ha dejado de ser el eje del entramado social. Se impone la mecanización e industrialización del campo desde frías oficinas con ordenador, y proliferan los servicios. Los dueños de las tierras viven lejos, en la ciudad. Las tareas tradicionales, de la siembra a la trilla, han desaparecido. Los viejos molinos están abandonados. Las artesas, arrumbadas. Los hornos, apagados. “Los ingredientes con los que las gentes del pueblo cocinan sus vidas -dice Badal- son los mismos que en la ciudad. Cambian sólo algunos aderezos”. Horas muertas frente al televisor, desplazamientos constantes en coche a la ciudad, simples saludos con los vecinos, a veces desconocidos o conocidos sólo de vista…Apenas quedan en el pueblo familias numerosas, base de la socialización del campo. Las familias han quedado tan atomizadas como en la ciudad, pero mucho más envejecidas. La irresistible atracción del piso prevalece sobre la casa de siempre. La leña ya no es la base de la calefacción. El trabajo productivo y la esfera doméstica ya no son indisociables. “Todos van de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Sobre todo los que se desplazan cada mañana a la ciudad donde tienen el trabajo.

Nadie puede discutir la magnitud de esa transformación, los tentáculos de la ciudad se han ido apoderando, para bien o para mal, de la vida de los pueblos y la revolución tecnológica, que no ha hecho más que empezar, producirá cambios aún inimaginables en la ya difuminada relación campo-ciudad. Pero, de momento, la colonización urbana del campo aún no es completa. No es lo mismo vivir en un caserío vasco o en un pueblo de la Tierras Altas que en una buhardilla de Vallecas o en un lujoso piso del barrio madrileño de Salamanca. Todavía hay diferencias entre vivir en el campo o en la ciudad, aunque sea evidente que los pueblos no son lo que eran. Aún hay más silencio y menos contaminación, aún está la Naturaleza más cerca y aún se siente el paso de las estaciones. Todavía permanece la historia de las generaciones, oculta entre las piedras. Aún no se ha borrado del todo la memoria.

Pero hay algo que indica a las claras el avance de esta transformación urbana, “una nueva forma de estar en lo rural, una mala copia de la vida en la ciudad”: la organización del trabajo y del ocio. Antes en el pueblo todo el mundo trabajaba, desde los niños a los ancianos, cada uno según sus posibilidades. El peor sambenito, aparte de ladrón, era el de holgazán. Todos arrimábamos el hombro en la tarea común. Y todo el mundo compartía los tiempos de ocio convenidos.  Las gentes del campo no se pasaban la vida trabajando. También disfrutaban de esparcimiento. Los juegos al aire libre ocupaban la mayor parte del tiempo de los niños. Los mayores bailaban en la plaza después de la misa los días de fiesta. Niños y mayores competían en el juego-pelota. Se disputaban allí grandes partidos entre solteros y casados. Los hombres se jugaban al guiñote en la taberna el jarro de vino los domingos por la tarde, y las mujeres se reunían en corro para jugar a la brisca. La baraja de Heraclio Fournier ocupaba lugar de honor en la mesa de la cocina y en la sala de estar. La caza, tanto en la desveda como en la veda, era la gran evasión de los cazadores y una demostración de camaradería cazando a mano. Las romerías y fiestas patronales, además de servir de evasión y divertimiento -buen momento, casi único, para encontrar novio- ayudaban a la cohesión social, lo mismo que la matanza del cerdo. Y no dejaban de ser “espacios de distensión” los trabajos comunitarios: las hacenderas, la corta de leña en la dehesa, la siembra y la cosecha de las rozas comunales o simplemente ir a cortar el mayo o la copa de arce para el mozo del ramo. En todos estos momentos el trabajo y la fiesta se confundían.

Lo importante es que en el pueblo no había nadie ocioso. Eso quedaba para los visitantes de la ciudad, los “señoritos”, o para los turistas esporádicos y curiosos. Sin embargo, ahora -y ese es el mayor síntoma del cambio- se ve demasiada gente ociosa en las calles y en la plaza del pueblo, sobre todo en el buen tiempo. Jubilados que pasean, renqueantes, por la carretera por prescripción médica, desocupados que pasan la tarde entera en el bar, gentes aburridas que han llegado de la ciudad en busca del paraíso perdido y que se han equivocado de escenario… Y Badal aún se esfuerza en trazar la diferencia entre la mirada del campo y la de la ciudad. “La mirada urbana -dice- ha escrito la historia, ha determinado lo relevante y lo memorable, ha definido a qué nos referimos cuando hablamos de cultura; la ciudad es autorreferencial (…) El campo es la distancia a atravesar, lo que se ve de soslayo a través de la ventanilla (…), una imagen congelada, una realidad muda, un entorno residual, vestigio de un tiempo superado, receptor de todo lo que molesta y no tiene cabida en la ciudad”. Habrá que seguir adentrándose en estas vidas a la intemperie.

POR LAS VEREDAS DEL MONTE

Árbol, mi corazón te envidia. Sobre la tierra impura,

como una prenda santa me llevaré tu recuerdo.

Luchar constantemente y vencer, reinar sobre la altura

y alimentarse y vivir de cielo y de luz pura…

¡oh vida! ¡oh noble suerte!

¡Adelante alma fuerte! Traspasa la niebla

y arraiga en la altura como el árbol del peñasco.

Verás caer a tus pies la mar airada del mundo,

y tus canciones tranquilas irán con el viento

como el pájaro de la tormenta.

Con esta estimulante introducción del poeta mallorquín Costa i Llobera en la mochila, os invito en este otoño seco y frío, pero luminoso y apacible, a adentraros en el monte en busca del sosiego espiritual y de la recuperación de la salud. Desde niño he sabido que el contacto con el bosque incontaminado ejercía sobre el cuerpo humano un efecto saludable. En el pueblo lo llamaban “cambiar de aires”. Últimamente no paro de leer estudios que elevan a categoría científica esta influencia reparadora de los paseos por las veredas del monte sobre el deteriorado organismo, especialmente recomendado para los habitantes de la ciudad. En Japón y en Rusia hace tiempo que descubrieron el valor terapéutico de andar bajo los árboles. En Japón lo llaman “shinrin-yoku”, que quiere decir “baño de bosque”. Tiene dos millones de seguidores. Los resultados son tan interesantes que desde 1985 el Gobierno japonés impulsa itinerarios por una red de bosques para ahorrar gastos en sanidad. Estos paseos entre los árboles no sólo mejoran la salud quebrantada sino que previenen además, por lo visto, determinadas enfermedades. Investigaciones médicas confirman que un paseo apacible por el monte, sobre todo el de árboles antiguos, nos hace sentir mejor, porque, entre otros beneficios, regula el cortisol, causante del estrés y la ansiedad. Ya Hipócrates dejó dicho que “para hacer un buen diagnóstico de un paciente, antes de mirar el cuerpo, hay que mirar dónde vive”.

Cuando llegaba al pueblo uno que venía de la ciudad, -yo mismo, después de nueve meses estudiando encerrado en un internado- con aspecto débil y enfermizo, la tez pálida y los ojos metidos en las cuencas, lo primero que te decía el primer vecino con el que te encontrabas era: “¿Qué? ¿A tomar el aire?”. Y tú respondías: “Sí, aquí se respira que da gusto”. O algo parecido. El caso es que unas semanas después, cuando el visitante se despedía para volver al tajo, todo el mundo notaba que presentaba un aspecto mucho más saludable, que contrastaba vivamente con la pinta que traía cuando llegó. Su rostro aparecía curtido y su mirada era mucho más luminosa. La gente atribuía la evidente metamorfosis a los largos paseos por el campo, especialmente sus incursiones por las veredas del monte. Personalmente lo primero que hacía al día siguiente de volver de vacaciones era echar el día en el monte y recorrerlo de cabo a rabo. Lo hacía por necesidad interior, sin pensar en la salud; pero nadie dudaba, ya entonces, de los saludables beneficios del contacto con la naturaleza , sobre todo para los habitantes del asfalto, que pasan la vida, ¡pobres!, envueltos en el ruido y en el aire sucio de la calle. Pues bien, esa sabiduría popular, como digo, parece que tiene fundamento científico. Ahora mismo hay estudios en marcha en España sobre los efectos del contacto con el medio natural en nuestra salud. Uno de estos estudios se titula: “Bosques sanos para una sociedad saludable”.

El otoño es la estación que se considera más propicia para estos “baños de bosque”, tan beneficiosos para el cuerpo como para el alma. Sumergirse en la colorida belleza del hayedo, contemplar estos días el esplendor del acebal, andar pausadamente sobre la alfombra del gayubar, oír en la hondanada el repiqueteo del pájaro carpintero, percibir los fuertes aromas del sabinar, de las estepas, del romero o del espliego salvaje, probar los frutos silvestres -gayubas, escaramujos, bizcobas, endrinas…-, recoger setas cuando hay, recorrer las veredas del viejo robledal, donde en cualquier momento puede saltar la liebre o levantarse el bando de perdices, sumergirse en el silencio hondo del pinar, observar sobre la cabeza el alto vuelo del cuervo o la majestuosa presencia del águila…Lo importante es salir de uno mismo y hermanarse con la vida natural. El bosque siempre nos agradece la visita.

Sólo me queda lamentar el abandono de los montes de mi infancia. Con la despoblación humana, la repoblación de pinos, la desaparición de los rebaños de cabras y de ovejas y la ausencia de caballerías acarreando leña, las veredas se han ido cerrando, la broza se apodera de los espacios limpios, aumenta el riesgo de incendios y los caminos se obstruyen y desaparecen. El viejo hábitat se hace impenetrable y desconocido. Quiero decir que limpiar el monte y reabrir sus veredas es una importante tarea pendiente en las antiguas dehesas y montes comunales de las Tierras Altas.

CARTA A MIS 7 NIETOS

Hacía mucho tiempo que quería escribiros esta carta. Al fin me he decidido hoy, cuando vosotros os disfrazáis para la divertida y extraña fiesta de “halloween” y los mayores llevamos flores a nuestros muertos del cementerio. Lo primero que quería deciros es que también la muerte es cosa de la vida, y que la vida no se acaba con la muerte. Aunque no me entendáis ahora -la mayor parte ni siquiera sabéis leer aún-, algún día lo comprenderéis. Antes de nada quiero deciros que estoy muy orgulloso de mis nietos. Pondré aquí vuestros nombres por orden de mayores: Carlota, que ya tiene siete años, Tiziana, Roque, el único chico, Noa, Luna, Manuela, y Alba, la más pequeña. ”¡Siete nietos como siete soles!”, le digo a todo el mundo. Y no sabéis lo contento que me pongo cuando os veo entrar por la puerta de la casa o cuando vamos al jardín central. No me importa que a algunos de vosotros os cueste dar un beso al abuelo. Y eso que, como sabéis, siempre tengo el bolsillo lleno de caramelos, pensando en vosotros. Yo sé que nos queremos y eso es lo importante. No hagáis caso si algún día me veis serio o me pongo un poco cascarrabias o me cuesta levantarme del sillón. No lo toméis a mal. Son cosas de mayores. Lo peor que podéis hacerme es estar tristes. Hacedme caso: el mundo de los mayores, lleno de preocupaciones, no es vuestro mundo. Olvidadlo. Ahora os toca estar contentos, jugar y reír mucho. Lo que os pase después en la vida depende en gran manera de vosotros, desde ahora mismo. Cada uno tiene que hacerse cargo de su propio juguete, que es el destino. Y compartirlo. No dejéis nunca de ser libres, elegid el camino que os lleve a vuestros sueños y no tengáis miedo a los fantasmas porque los fantasmas no existen. ¡Ah! y anotad bien lo que os voy a decir: al mundo lo salvan las buenas personas.

Bueno, me he puesto un poco serio, demasiado solemne. Ya veis, a los viejos nos gusta dar consejos. Para eso estamos. Es lo que nos queda, además de los recuerdos. Pero yo sólo quería deciros que estoy muy cerca de cada uno de vosotros y que me tenéis a vuestra disposición. Y, sobre todo, quería daros las gracias por estar ahí. Los nietos, por si no lo sabéis, iluminan los pasos de los abuelos y dan calor a su corazón cansado. De paso, quería plantearos algo que podemos hacer juntos, si os parece bien. Luego os lo cuento. No sabéis cuánto aprendo yo de vosotros. El otro día le pregunté a Tiziana: “¿De qué color son los sueños?”. Y Tiziana me respondió sin titubear: “¡Azul!”. “¿Azul?”, volví a preguntarle por ver si estaba segura. “Sí, el color de los sueños es azul”, afirmó con toda seguridad. Y Carlota, que pasaba por allí, añadió: “Azul transparente; el color de los sueños es azul transparente, abuelo”. “Sí -confirmó Tiziana-, es transparente y azul”. Entonces me acordé de los últimos versos de Antonio Machado antes de morir, escritos en un papel arrugado que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, que dicen: “Estos días azules y este sol de la infancia…” Y veo que todo cuadra. ¿Queréis que os revele la carta que escribió de su puño y letra Carlota, porque se le había caído un diente, a ratoncito Pérez? Ahí va: “Querido ratoncito Pérez, espero que esté limpio el diente y que te guste, me he lavado los dientes todos los días, si algún día no me los he lavado, perdona. Un beso” ¿Qué os parece? Y ahora una ocurrencia de Roque. Iba el otro día en tren con su padre a ver el Museo de Ciencias Naturales, y el tren se metió en el subterráneo que atraviesa Madrid. El túnel no se acababa nunca y Roque saltó, pensativo: “¡Papá, este túnel es como una noche de invierno, muuuyyy laaargo!”.

Y ahora vamos con nuestro plan. Se trata de que yo, con vuestra ayuda, escriba un cuento para cada uno de vosotros: siete cuentos para siete nietos. Carlota, que es una artista, hará las ilustraciones. Cada cuento discurrirá en torno a un árbol. O sea que cada uno de vosotros debe elegir su árbol favorito. Adelanto que Noa ha elegido el pino. Noa es una niña dulce, muy cariñosa y llena de curiosidad e imaginación. Tiene cuatro años y antes de cumplir tres ya distinguía los planetas. “¡Mira -me decía- ese es Júpiter!”. Luna, su hermana mediana, es viva y alegre como un cascabel. Tiene habilidades de carterista. Ella quería un árbol amarillo. Y como estamos en otoño y los álamos están dorados, le propuse el álamo y aceptó. Carlota se empeñó en quedarse con el albaricoquero, seguro que porque lo ha visto en el jardín y era el árbol de su madre cuando lo planté, y su madre era niña como ella ahora. (Es fantástico eso de tener hijos que a su vez son padres, formando una nueva y misteriosa relación o superestructura de sangre). Roque no lo dudó. Se quedó pensando un instante y dijo: “Yo, el roble”. ¡Pues el roble! Y faltan tres: Tiziana, la del sueño azul, Manuela, una niña hacendosa y con gran personalidad, que llegará lejos, y Alba, la benjamina, que en esto no le va a la zaga a Manuela y si dice que no es que no. En cuanto se decidan, nos ponemos manos a la obra. Una de las cosas que pretendo es que mis siete nietos estén en comunión con la Naturaleza y que se dispongan a defender el maltrecho planeta que les dejamos los mayores en herencia. Me gustaría enseñaros a distinguir el nombre de los árboles y los pájaros, a conocer las estrellas, a observar el paso de las grullas y a saber cómo se llaman las nubes y las flores. Os contaré también cómo vivía yo de niño y, de vez en cuando, buscaremos entre todos algún tesoro escondido. ¿Qué os parece? Me gusta lo que escribió el gran poeta Virgilio: “Tus nietos recogerán los frutos”. ¿A que es bonito? Quedo a vuestra disposición. Vuestro abuelo que os quiere.

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

Después de tanto ruido de banderas, vuelvo a los caminos solitarios donde rige el silencio y la patria se reduce al pueblo sin nadie y a la casa cerrada. Ni siquiera un burro o un perro abandonados, ni unas gallinas comiendo gusarapos entre los olmos de las herrañes. Ni un gato, ni una cabra, ni una andosca cansada de parir, ni un muleto. Ni rastro de sirle o cagajones en las calles. Ni moscas, ni mariposas. Ni ciemo en los corrales, ni bardales, ni huertos. Hasta los gorriones y los murciélagos han abandonado el caserío. Pero esta es la mía, esta es mi patria. En esta limpia mañana de otoño, a falta de bandera a mano, he plantado el viejo pendón rojo carmesí en medio de la plaza y he proclamado, por unanimidad de mí mismo, la independencia. Pongo por testigo a San Bartolomé y a las almas de los muertos del pueblo, que ahora, como está establecido desde antiguo, cantarán, dando vueltas y vueltas en corro, como hacían en los días de fiesta, cuando estaban vivos, la alegre canción acostumbrada : “En este pueblo / todos cantamos / todos bailamos / y así entonamos / esta canción / rin, ron…” Y entonces todos a una girarán sus sagrados esqueletos en sentido contrario, y vuelta a empezar. Desde ese momento, el corro de los muertos moviéndose pausadamente de derecha e izquierda y de izquierda a derecha servirá para certificar la histórica decisión a las generaciones venideras y esta alegre danza se conocerá para siempre como la danza que certifica la independencia de mi patria.

Terminado el solemne acto, me he quedado pensando: ¿Y para qué quiero yo la independencia? ¿Qué hago con la patria? Ha sido un pensamiento fugaz como un relámpago. Y lo he desechado. He contemplado entonces los campos yermos del otoño, los blancos caminos de herradura difuminados entre los barbechos, las lomas, el cerro pelado del castillo, las laderas con oscuros ulagares en los ribazos donde antes pastaban los rebaños y anidaban las perdices, los barrancos de losas calizas y, abajo a la derecha, los prados y el monte de mi infancia, el robledal donde cantaba el cuco a primeros de abril, con las hojas cambiando de color, del verde al dorado y del dorado al marrón, antes de alfombrar piadosamente el suelo de la patria a la espera del sudario amoroso de la primera nevada. He levantado después la vista hacia el azul cárdeno de la sierra, poblado de aerogeneradores, como un interminable via-crucis, “talamostes” que producen luz para otras tierras más prósperas, capaces de declarar la independencia en referendum con urnas traídas de China. ¡Pues yo no iba a ser menos! Me he fijado entonces, uno por uno en los dispersos pueblecitos, que tantas veces observé de niño, cada uno con su nombre, asentados en los abrigos, en los cabezos o en las laderas, a una o dos leguas de distancia unos de otros y desde donde yo los miro. Sobresale en ellos el campanario, puede que ya sin campanas, y a la luz del sol resaltan los tejados rojos y algunas fachadas encaladas. Repaso de memoria el censo conocido de cada uno de ellos y saco una media, si el cálculo no me falla, de cuatro o cinco vecinos supervivientes, si es que en éste o aquel aún queda un alma este invierno que viene.

Cabizbajo, me he sentado en un poyo de la plaza vacía frente al pendón, y me he puesto a reflexionar. Mi entusiasmo inicial ha cedido. ¿Qué hago con la independencia? ¿Para qué quiero yo la patria? Estas preguntas tremendas, en las que la patria y la independencia se mezclan y confunden, me ha golpeado por dentro un buen rato. Estoy aturdido. Pero habrá que aceptar por lo menos -he reaccionado- que Sarnago es una nación. Porque nadie puede negar que es mi lugar de nacimiento. ¡Sin duda, es una nación!, he tratado de animarme. No sé, no sé… Me he fijado entonces en el letrero de la pared de enfrente: “Tierra de nadie, tierra de todos”, que me ha golpeado como un puñetazo y han aumentado mis dudas y mi zozobra. Por la Cruz de la Villa ha aparecido entonces un coche levantando una nube de polvo. ¿Quién será? Puede que venga la Guardia Civil. La verdad, no me gustaría que me pidieran cuentas y me expatriaran, y, menos aún, hacer el ridículo. ¿Independiente de quién?, me preguntarán. Justo en ese momento me ha venido a la cabeza una frase del poeta Pedro Salinas, que leí hace mucho tiempo y que me impresionó en su día: “Desboques del nacionalismo, estupendo sembrador de estragos”. Confieso que he sentido vértigo, y he tomado una decisión heroica. He arriado aprisa el pendón carmesí, lo he guardado y he decidido solemnemente, con la danza de los muertos de testigo, aplazar por un tiempo la declaración de independencia.

HISTORIAS QUE LEVANTAN EL ÁNIMO

Se me van amontonando sobre la mesa historias pendientes, que alguno considerará pequeñas, a las que voy a dar salida hoy antes de que se me traspapelen y se pierdan. Primero porque son historias hermosas, positivas y capaces, creo, de despertar la curiosidad. Y segundo porque tienen que ver con el mundo rural, que es, como se sabe, donde acostumbra a cantar el cuco. Son notas sueltas, aparentemente inconexas, que han llegado en las últimas semanas a mi correo o que he leído en alguna parte. A mí me parece que cada una de ellas y todas en conjunto, en ramillete, ayudan a levantar el ánimo, que no es poco en los tiempos que corren.

La primera me la manda Chiqui pensando en Sarnago y en la iglesia derruida. En Isaba (Navarra) las copiosas nevadas del invierno pasado hundieron las cubiertas de la casa del ermitaño y del corral que forman parte del conjunto artístico de la ermita de Idoya, santuario construido en el siglo XVI, y los vecinos, ni cortos ni perezosos, se han puesto manos a la obra, lo mismo que en Sarnago con las hacenderas, y además han echado mano de la ley de Mecenazgo que rige en esa comunidad foral y ya han conseguido casi la mitad del presupuesto del proyecto de reparación. Moraleja: A ver cuándo la anunciada ley del Mecenazgo se pone en marcha de una vez en España. Así podría evitarse quizá el hundimiento irreparable de docenas de iglesias de traza románica en las Tierras Altas, de castillos, viejos puentes y casonas antiguas, todo un patrimonio ahora en ruinas o en peligro. Y lo mismo en el resto de la España despoblada.

La siguiente historia ocurre en un pueblo del sur de Alemania, cerca de la frontera con Austria. Se llama Wildpoldsried y se ha hecho famoso en medio mundo. Hace veinte años, en este pueblo de ganaderos, las cosas no iban bien. No había trabajo y los jóvenes emigraban a la ciudad. La gente estaba preocupada. Un día se juntaron los vecinos y decidieron hacer entre todos una lista de necesidades. Era lo más parecido a una carta a los Reyes Magos. Tendrían que pasar dos o tres generaciones para conseguirlo, decían los más escépticos. Sin embargo, en diez años se han cumplido con creces todos sus sueños. Lo han conseguido mediante una revolución energética, con la implantación de energías renovables. Aprovechando las generosas leyes alemanas, que favorecen las energías limpias, han conseguido producir siete veces más energía -eólica, solar, biomasa…- que la que consumen, y ahora los pequeños productores venden a buen precio sus excedentes a la red eléctrica. Esto ha traído al pueblo un río de riqueza que no cesa. No es una metáfora: las boñigas de las vacas se convierten allí en oro.

Esta tercera historia es mucho más cercana. Ocurre en Garray, junto al Duero, al pie de Numancia, a las afueras de Soria. Un emprendedor, casi un visionario, llamado Luis Corella, ha creado allí, en la entrada del campillo de Buitrago – el espacio que le parecía a Machado un “ pardo sayal de campesina”- un campo de rosas. Aunque parezca un cuento, de allí sale cada día un camión cargado de rosas camino de Holanda. Y en el mercado mayorista de Aalsmeer, junto a Ámsterdan, las rosas sorianas se distribuyen a medio mundo. Cada día en este invernadero de Garray, de catorce hectáreas, que da empleo a unas trescientas personas, se cortan cien mil rosas rojas, “Red Naomi”, las más hermosas, de tallo muy largo y cerca de ochenta pétalos. El cielo limpio y el número de horas de sol -2.200 horas más de luz que en Holanda, presume Corella- atraviesa el techo de vidrio del invernadero y es la clave del prodigio y del original e inesperado negocio.

En fin, la última historia es más inmaterial, pero no menos importante y aún más poética. Fermín Herrero, el más grande poeta castellano de esta generación, último Premio de las Letras de Castilla y León, natural de Ausejo, a dos tiros de piedra del campo de las rosas, me manda por correo su último libro, titulado “Sin ir más lejos” (la verdad es que no puede ser más cercano, una delicia que no tiene precio), con la siguiente dedicatoria: “Estos poemillas de nuestra pobre tierra soriana son para Abel Hernández, que siente la misma emoción que yo al traspasar el alto de Oncala, él porque divisa la Alcarama, en mi caso porque mi madre nació a un lado del puerto y mi padre al otro. Con todo el afecto y la admiración hacia su obra de la que tanto he aprendido y con la que tanto he disfrutado”. ¡Ahí tienen a un amigo generoso! A propósito del cielo limpio, acerado y azul de Soria que ayuda, por lo visto, a crecer las rosas, reproduzco aquí estos versos suyos, que vienen al caso:

Este cielo de frío, limpio como

una patena. Ocho días de cierzo

han dejado un azul altísimo, todo

tersura, lucidez, acaso certidumbre.

LA CASA DE SARNAGO

Vengo de Sarnago. He vuelto al pueblo. Nunca había sentido por dentro un cruce de emociones tan enfrentadas como esta vez. Era la fiesta. Las calles y la plaza estaban llenas de gente y eso choca en un pueblo oficialmente deshabitado. Sonaba la música. Subían las móndidas y el mozo del ramo, calle arriba, en procesión hasta el pórtico de la iglesia derruida, donde “Toño”, el cura, decía la misa de San Bartolomé. En las esquinas de la plaza remozada había mesitas hospitalarias con rosquillos y moscatel para los visitantes. Llovía ligeramente. “El País” publicaba ese día, firmado por Sergio del Molino, un buen reportaje sobre Sarnago sin mencionarme. El detalle servía para bajarme los humos justo el día en que la gente del pueblo, por iniciativa de José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación, me homenajeaba colocando una placa con mi nombre y la reseña de mis libros en la vieja casa donde nací. Lo agradecí de veras, pero no pude evitar pensar que este tipo de homenajes se hace siempre al final del trayecto.

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Mis viejos compañeros de la infancia se me acercaban para felicitarme en voz baja y, a la vez, darme el pésame por la muerte de mi hermano Delfín. Todo se juntaba dentro mientras fuera la gente estaba alegre, abundaban los forasteros -”soy el hijo del Mario de San Pedro”, “mira, el Dioni de Fuentes”…-, seguían sonando el tambor y las dulzainas y arreciaba la lluvia. En momentos así la ausencia del hermano y las demás ausencias pesan abrumadoramente. Uno nota que se van perdiendo las referencias. Ni siquiera tuve el valor de llevar la llave en el bolsillo y entrar en la casa atravesando la maleza que se ha ido apoderando de la entrada, con el portalón caído. Y, sin embargo, de entre esas referencias imperecederas, casi sólo queda ya la casa, a ver cuánto resiste en pie, y las campanas, depositadas en el suelo del portal de la escuela. Instintivamente me apoyé en la campana grande que tantas veces toqué de niño y que, además de convocar a los oficios religiosos, era entonces el principal medio de comunicación de los vecinos. Hasta servía para ahuyentar las “tormentas que traían ruido”.

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Los asociados celebramos asamblea general, como está mandado, en la que se dio cuenta de lo que se ha hecho -Sarnago se ha convertido en modelo para los pueblos que se resisten a morir- y se acordó, entre otras cosas, seguir con las hacenderas. Esta labor “autogestionaria”, de fuerte arraigo tradicional, ha despertado la curiosidad de los medios de comunicación españoles y de medio mundo. Hasta las autoridades empiezan a ser conscientes de ello. Ahora se espera que la Diputación asfalte de una vez el camino y el obispo dé su bendición para levantar la iglesia. En la plaza colocaron mientras tanto mesas con el aperitivo -¡oh, esos champiñones de Navarra!- y llegó el momento programado del descubrimiento de la placa en la fachada de la casa. Allí estaban presentes , en tan señalado momento, Pilar, mi mujer, una amplia representación de mis hijos y hasta Roque y Manuela, dos de mis nietos. Me acompañaron el alcalde y el teniente alcalde del Ayuntamiento de San Pedro Manrique, al que ahora pertenece el caserío de Sarnago, lo que otorgó al acto una cierta solemnidad. Seguía la lluvia. Yo, tras dar las gracias, leí entonces con voz temblorosa un soneto escrito para la ocasión, titulado “La casa de Sarnago”, que ofrezco a continuación:

 

Aquí nací, un día que nevaba,

a la luz de un candil, mientras España,

presa del odio, en la tela de araña

de la guerra civil se desangraba.

 

Dentro de estas paredes yo llegaba

entonces a la luz. ¿A quién le extraña

que bendiga hoy aquí la buena entraña

de mi madre, que tanto amor me daba?

 

Y de pronto las piedras cobran vida,

cuando se acerca el fin de la aventura,

con sabor a laurel y a despedida.

 

Ya no cantan los gallos, algo pasa…

Os desea la paz sin amargura

el último nacido en esta casa.

 

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