El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

VIAJE EN TREN

La última vez que viajé a Soria en tren era verano y llegué de noche. Fue hace tres o cuatro  años y me hice el firme propósito de no volver a repetir la experiencia. Y lo he cumplido. Fueron, desde que salimos de la estación madrileña de Chamartín, casi cuatro horas de traqueteo, a una media de menos de sesenta kilómetros por hora. Pero lo peor fue el tramo final del recorrido desde que abandonamos la provincia de Guadalajara.  Al final, me quedé casi solo en el vagón, con una señora mayor enlutada y un agente de seguros. El tren, perdido en la noche, sin una referencia luminosa a la vista,  iba dando saltos y contorsiones. Llegué a pensar que en cualquier momento se pararía al pasar por la pradera de las brujas en Barahona y nos dejaría allí tirados.

Luego me enteré, por un letrero de Renfe en la estación, de que íbamos por una ruta inusual, una vía que nadie había arreglado desde antes de la guerra, porque estaban reformando la otra, la habitual. Supongo que es así. Pero lo cierto es que para viajar de Madrid a Soria en tren se sigue tardando más que a Zaragoza y casi tanto como a Barcelona o Sevilla. He aquí una de las razones por las que esta provincia se queda vacía. El servicio ferroviario es tan malo, si no peor, que a Extremadura, que ha tenido que alzar la voz últimamente por una serie de graves percances. Nadie pide un ave, ni falta que hace. Basta con un tren en condiciones, a la altura del siglo XXI.

Un corresponsal amigo, de origen extremeño, pero vinculado a Soria, me acaba de hacer llegar una información sobre la historia ferroviaria de esta provincia, de la que me voy a hacer  brevemente eco aquí. En 1985 el Gobierno, para ahorrar gastos, cerró las dos líneas trasversales que cruzaban la provincia. Dejó sólo la que va a Madrid, que, como queda dicho, ha seguido desde entonces en un lamentable abandono. Desde la famosa llegada del “rápido Ter” hasta hoy, la cosa no ha mejorado ciertamente. Ni hay mucha diferencia, en rapidez, con los viajes en tren de Antonio Machado –“siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera”. Con qué sorna acaba el poema: “El tren camina y camina, / y la máquina resuella,/ y tose con tos ferina. /  ¡Vamos en una centella!”. Aquellos trenes de humo y carbonilla eran más divertidos. Y más humanos. Por lo menos, adornaban el paisaje. Yo los vi con nieve en la estación de Soria con letreros en ruso cuando rodaron “El Doctor Zhivago”. Alguien escribió por entonces, en tiempo de Franco, con grandes letras en la tapia de la estación: “Viva Soria, libre”.

Decía que el Gobierno socialista se cargó las dos líneas ferroviarias trasversales. Una iba de Valladolid a Ariza y por ella circulaba el famoso “Shangay” de La Coruña a Barcelona y, sobre todo, los trenes de mercancías. La otra, que iba de Burgos a Calatayud, inaugurada en los años 30,  formaba parte del famoso proyecto Santander-Mediterráneo, una brillante idea de futuro, abortada por intereses bastardos y políticos incapaces. Mi interlocutor concluye: la salida de la madera de la comarca de Pinares se quedó sin transporte y los sorianos, sin manera de ir a coger el ave a Calatayud. Ni siquiera han puesto una conexión por carretera a pesar de infinidad de peticiones. Llegado a este punto, uno se acuerda, como una metáfora del abandono, de la casa del jefe de  estación de La Rasa, donde vino al mundo Marcelino Camacho, fundador de Comisiones Obreras, ahora cerrada y vacía. Allí pasó su infancia el entrañable sindicalista oyendo por la noche el pitido lejano del tren y el chirrido a su paso por la estación. Ahora sólo queda el silencio.

 

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QUERIDOS REYES MAGOS

Como estos últimos años, no me resisto a escribiros mi carta. Me considero un privilegiado de seguir creyendo en vosotros como cuando era niño. Sé que sois santos y que habitáis más allá de las estrellas. Estoy convencido que, cada año, en vuestra fiesta, tenéis el privilegio de bajar a la tierra y alegrar el corazón de los niños, de los padres y de los abuelos. Como seres santos y mágicos poseéis la facultad de estar en muchos sitios a la vez y de sembrar ilusión y esperanza en los que contemplan las innumerables cabalgatas por muy comerciales y estrafalarias que sean. Me imagino que os da la risa ante tanta ignorancia y despropósito. Sobre todo a Baltasar, que siempre he pensado que es el más divertido de los tres.

A estas alturas de mi vida no os voy a pedir nada para mí. Ni siquiera para mi familia. Os aseguro que me mueve a escribiros una inquietud profunda. Algo que no se me va de la cabeza. Supongo que observaréis cuando crucéis el centro de España en vuestras cabalgaduras especiales la soledad y el tremendo silencio de los pueblos de vuestro recorrido. En muchos de ellos no saldrá humo de ninguna chimenea ni habrá un niño que ponga esta noche las botas en la ventana esperando vuestros regalos. Los pocos vecinos que quedan en los pueblos que aún sobreviven han perdido hace tiempo la fe en las promesas de los políticos y de los Gobiernos. Han llegado a la conclusión dolorosa de que esto no hay quien lo arregle. He pensado que vosotros podíais echar una mano. Sois la última esperanza. Por eso os escribo esta carta. En la ventana dejaré mi petición, con la esperanza de que alguno de vuestros pajes os la entregue. Se trata del recorte de un artículo que acabo de escribir en el periódico. En él  digo todo lo que pienso. Es mi carta de este año. Espero que la leáis con atención y actuéis en consecuencia, si está en vuestra mano.

El día de los Inocentes hubo en Soria una protesta general, de la que la prensa nacional no dio noticia. Miles de sorianos, convocados por la plataforma “Soria, ya”, se echaron a la calle de forma pacífica exigiendo que los políticos dejen de tomarles el pelo y cumplan de una vez sus promesas. Fue una gran demostración cívica, un acontecimiento de alto contenido social. En las iglesias repicaron las campanas acompañando a los manifestantes, que ocuparon todo el centro de la ciudad, desde El Collado a la Dehesa. Fue como un toque a rebato. Nunca  se había visto nada parecido en una provincia tan sufrida,  paciente y silenciosa. Si esto hubiera ocurrido en Cataluña, las imágenes de la multitud enarbolando monigotes blancos habrían abierto los telediarios. No es extraño que la preterida España interior se sienta olvidada y herida en su honor y  dignidad. “¿Qué tenemos que hacer para que se nos escuche -me decía el cura Martín-, quemar cubiertas, montar barricadas…?”

Me parece que  en esta España interior, convertida en un desierto demográfico, se ha llegado al límite de la paciencia. Y pocos observadores se dan cuenta. Luego pasa lo que pasa.  La desesperación se notará pronto en las urnas. La despoblación y el escandaloso desequilibrio demográfico es el principal problema nacional al comienzo de 2019. La comunidad histórica de Castilla resulta la más perjudicada. Le sigue la comunidad histórica de Aragón. Nada es casual. La sensación de abandono por parte de los poderes públicos, desde hace décadas, está muy arraigado. El vaciamiento intencionado  del centro, menos Madrid,  está conduciendo a la desvertebración de España. La muerte de los pueblos debería ser la noticia del año.

Soria, donde Castilla pierde su nombre, es, en sí,  la mejor metáfora del desamparo. En esto se lleva la palma. Es la provincia más despoblada y envejecida  de España, con poco más de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. El 94 por ciento de sus pueblos están en riesgo extremo de desaparecer. Es natural que los sorianos estén hartos de promesas e inocentadas. Esperan años la autovía del Duero o la de Navarra. No saben cuándo disfrutarán de un ferrocarril del siglo XXI o cuándo llegará la banda ancha. Están cansados de que los lleven a Valladolid  si caen enfermos. Les duele que cierren las escuelas. ¿Dónde están los 80 millones del prometido “Plan Soria”? . Etcétera. Por estas cosas “Soria, ya” viene batallando honradamente desde 2001 y los jóvenes han entrado al relevo. “Soria no se muere -han dicho el día de los Inocentes-, a Soria la están matando”.

(Supongo que os llegaron noticias, cuando tuvisteis que salir aquella noche de Belén a uña de camello, de la orden del pérfido Herodes de matar a los inocentes. Ahora, como  veis, están matando a los pueblos. Herodes hay muchos en este mundo dejado de la mano de Dios.  No hay derramamiento de sangre, pero la historia se repite. Echadnos una mano)

NAVIDAD 2018

Un clamor se ha oído en Ramá,

Llanto y lamento grande:

Es Raquel que llora a sus hijos,

Y no encuentra consuelo,

Porque ya no existen.

(Jeremías, 31, 15)

 

II

 

El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto. Permanece allí hasta que te avise. Porque Herodes busca al niño para matarlo”. José se levantó. Aún era de noche. Tomó al niño y a su madre, y huyó a Egipto.

(Mateo, 2.13)

 

III

 

Este inquietante año que concluye es el año de las mujeres, que defienden la dignidad humana que nunca debieron haber perdido, en igualdad de condiciones con los hombres. Sigue el llanto por las mujeres violadas, sojuzgadas, maltratadas, despreciadas o asesinadas. Este ha sido en 2018 el gran grito de la humanidad. El grito de Raquel que viene de lejos. Y es el año de las grandes migraciones , que huyen del hambre, de la persecución  y de la guerra. Y se juegan la vida en el camino.

La primera felicitación de esta Navidad me ha llegado por watshapp. Es una estampa con tres figuras humanas  que van de camino. Me viene con un escueto y, hasta cierto punto, enigmático comentario: “La historia se repite; no aprendemos”.  Es de noche y, a pesar de eso, siguen de camino. El camino se adivina escabroso. No se distinguen los perfiles ni las orillas. Como si avanzaran trabajosamente entre la maleza. Hay luna llena, pero ello no impide que en el cielo brillen un montón de estrellas diminutas. Como se ve, todo es un poco naif.

El hombre y la mujer son jóvenes, morenos, de rostro agradable. Parecen hispanos. Él tiene bigote, un bigote fino, y lleva una visera barata. Viste vaqueros y una camiseta amarilla de manga corta. Calza zapatillas muy desgastadas. Lleva a la espalda una mochila. Con la mano derecha extendida parece que va separando obstáculos y con la izquierda, que pone delicadamente en la espalda de ella, trata de ayudarla. La mujer también viste vaqueros, calza chanclas y, colgado del hombro, envuelto en un chal morado, carga con el niño, que también es moreno y va descalzo. La madre porta en cada mano una pequeña bolsa de color naranja. Uno sospecha al verlos, sin miedo a equivocarse, que hace días que han salido de su casa y que en la mochila y las bolsas llevan todas sus pertenencias.

Mirándolos bien, parecen mexicanos; pero lo mismo podían ser guatemaltecos, hondureños o acaso venezolanos. Se ve a la legua que han dejado atrás su tierra y que tienen prisa por llegar. Si no, no caminarían de noche. Aunque también pudiera ser que  anden de noche para no ser localizados o para evitar el tremendo calor del desierto. Eso explica que vayan tan ligeros de ropa, sin abrigo. El rostro de la mujer desprende serenidad. Al hombre se le ve decidido, pero intranquilo y preocupado, como si les amenazara algún peligro. Puede que estén ya cerca de la frontera. Una luz misteriosa, a pesar del evidente desamparo, ilumina a los tres. Cada uno de ellos lleva detrás de la cabeza una aureola dorada y luminosa, como las que se ven en los iconos de las tablas bizantinas. En el centro de la aureola del niño figura una cruz de rojo intenso con las letras alfa y omega. Su identidad parece, pues, fuera de duda, sin necesidad de que nos enseñen el pasaporte. No llevan visado. Así que milagro sería que, cuando esta noche lleguen a la frontera, les dejen pasar los guardianes fronterizos.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS SEGUIDORES DE “EL CANTO DEL CUCO”!

 

EL CHOPO

Yo tenía un chopo en mi jardín. Al atardecer estorninos y gorriones venían a dormir en sus ramas más altas, pregonando su secreto a los cuatro vientos. Por la mañana pronto, en el buen tiempo, las torcaces en celo se citaban en él, zureando entre el verde follaje. Más de un año las palomas bravías construyeron allí su nido elemental. El árbol servía, sobre todo, de tribuna privilegiada de los mirlos cantores en primavera. Las ruidosas urracas también hacían parada habitual y no era extraño observar en sus ramas bajeras al petirrojo, el pinzón o la curruca. Era un “populus simonii” de crecimiento rápido. Lo planté con mis propias manos hace algo más de un cuarto de siglo. Se había hecho gigantesco. Con sus treinta metros de alto, sobrepasaba ampliamente el tejado del vecino como si quisiera tocar con su copa las estrellas. En la corteza de su tronco, como huellas del tiempo, aún se notaban las señales que marcaban la estatura, cuando eran niños, primero de los hijos y después de los nietos.

El chopo era mi primera visión del día. Cuando me levantaba de la cama y me asomaba a la ventana, él estaba allí, enfrente, con una lealtad absoluta, esperando, como una llamarada de vida y esperanza. Aseguro que su verde y alegre visión me ayudaba a levantar el ánimo si andaba decaído. Cuando los hijos se fueron y la casa empezó a quedarse vacía, el árbol hacía compañía a su manera. Era como una invitación permanente a perderse en la Naturaleza. La Naturaleza salía al encuentro en la misma puerta de la casa. O mejor, dentro de casa, porque el árbol se había convertido en parte esencial de la casa y de su ecosistema. Él se ocupaba, sobre todo, de limpiar el aire. A mí me gustaba escuchar el rumor de sus hojas movidas levemente por el viento. Hacía que me reencontrara con mis orígenes rurales. Recreaba a su lado los chopos del ejido, los arces de la dehesa, los robles de los prados o los familiares olmos de las herrañes. Más de una vez, sin que me viera nadie, he abrazado su poderoso tronco. Y aún está, ahora mismo mientras escribo, el pequeño jardín cubierto de sus hojas caídas, que forman una espesa alfombra olorosa. Me gusta pasear sobre ellas y me estoy resistiendo a rastrillarlas.

Hace una semana, cuando me desperté y abrí la ventana, sentí un escalofrío. Un vendaval había desgajado de madrugada el chopo y la mitad del árbol aparecía caído sobre la valla del vecino. Estaba aún levemente colgado del tronco principal, como si se resistiera a morir. Aseguro que he visto estos días un inhabitual cortejo de pájaros sobre el ramón tronzado, como si quisieran despedirse del árbol. La parte del “simonii” que se mantenía en pie aparecía desequilibrada. Era un peligro manifiesto. Cuando lo vio el técnico arbolista, certificó su tala. Acudí al Ayuntamiento y solicité la autorización. Pagué la tasa correspondiente, y esta mañana los técnicos, en un espectacular ejercicio de equilibrio y precisión, han escalado hasta la copa y, `paso a paso, de arriba a abajo, lo han tarazado. Ha muerto de pie, herido por el viento, como tiene que ser. La operación ha durado cinco horas. Después se han llevado los despojos a un centro de tratamiento de residuos vegetales. Me asomo ahora al jardín y está vacío. Sólo me queda pasear esta noche sobre las hojas secas.

“ESPAÑA 2018”

Me permito reproducir hoy aquí , sin poner ni quitar nada, el artículo que he publicado en el diario “La Razón” por si puede ser de interés para los seguidores de “El canto del cuco” de dentro y de fuera de España. Pretendo buscar la luz en un callejón sin salida a la vista.  Ocurre que cuando más se habla, se montan  comisiones oficiales, se multiplican los congresos y los encuentros de expertos y se ponen sobre la mesa medidas contra la despoblación, más avanza ésta arrasando pueblos y aldeas, que quedan vacíos. ¿Qué está pasando? Aquí trato de ofrecer una explicación, no sé si convincente, al aparente contrasentido.

Hace cuatro años el Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), del que forman parte las 18 principales empresas del IBEX, elaboró un sesudo informe titulado “España 2018”. Los grandes hombres de negocios aseguraban que, en este plazo, con sus medidas bajaría el paro al 11 por ciento. Entre las propuestas para crear dos millones y pico de puestos de trabajo figuraban algunas que amenazaban la existencia de centenares de pueblos y aldeas. Se trataba de sacar de una vez a España del atraso secular y colocarla a la cabeza del progreso. Seguramente era una aportación realista y bien intencionada, elaborada por expertos de primer nivel, pero sin olvidar, como dice Arthur Miller, que “los que aman el dinero no lo regalan”. Capitalismo puro y duro.

Ahora es la hora de hacer balance. En este cuatrienio ha aumentado el empleo, aunque no tanto como ellos soñaban, y en lo que hace al mundo rural, sea por sus consejos o por la desidia programada de los poderes públicos, se han salido de lleno con la suya. El balance, cuatro años después, no puede ser más demoledor. La despoblación de media España ha avanzado sin control, arrasadoramente, como una catástrofe natural, y se ha convertido en el principal problema nacional.

La aportación política original que los hombres del dinero ofrecían al desarrollo rural, pensando siempre en la economía, consistía en aumentar el tamaño medio de los municipios para ahorrar seis mil millones de euros al año. Y en eso se está, me parece. Vamos a la concentración de ayuntamientos, con apoyos y estímulos de todo tipo a las cabeceras de comarca, y liquidación de los pueblos y aldeas de alrededor. ¡Que descansen en paz bajo las ruinas! En realidad, nada nuevo. Es un impulso a lo que ya se viene haciendo. Los pueblos sobran. Su mantenimiento es caro. Acabemos de una vez con ellos. Esa es la consigna. Convirtamos la España interior en un gran parque nacional, una reserva para turistas, un gigantesco coto de caza… Retiremos los servicios. Cerremos las escuelas. Liquidemos de una vez la maldita, milenaria y atrasada civilización rural. Demos paso a la cultura de la ciudad. Es el progreso. ¿Qué valor tiene en Bolsa la tradición o el alma de un pueblo? Ya lo sabemos: la de todos los pueblos juntos condenados a morir, ¡seis mil millones al año! ¿Cuánto pesa el alma de un pueblo, oculta bajo las ruinas? ¡Qué más da!

La “España 2018”, perfectamente diseñada hace cuatro años, nos deja un paisaje desolado de pueblos muertos.

 

PRESURA

En castellano “Presura” significa prisa, prontitud y ligereza con que se hace una cosa. La segunda acepción hace referencia al “derecho de presura”, el que tenían los campesinos en el norte de la península de asentarse en tierras yermas y abandonadas. Pero a partir de ahora el nombre de “Presura” quedará registrado como la II Feria Nacional para la Repoblación de la España Vacía, que se está celebrando en Soria mientras escribo y a la que nadie me ha invitado. O sea, que entro de rondón porque nadie me ha dado vela en este entierro. Así que escribiré de oídas. He seguido su desarrollo a distancia con el mayor interés. Me parece una buena iniciativa, muy oportuna, en un momento en que la preocupación por la catástrofe demográfica que afecta a media España alcanza por fin a los poderes públicos y hasta empieza a tenerse en cuenta en algunos medios de comunicación de alcance nacional, que hasta ahora la habían ignorado. Ha coincidido, en mi caso, con la semana en que los Clubs de Lectura de Soria han elegido mis “Historias de la Alcarama”, por iniciativa de la Biblioteca Pública soriana, como libro de lectura de todos sus socios. Vaya una cosa por la otra. Espero que los aplicados lectores, a los que agradezco vivamente su dedicación, habrán sacado algo en limpio sobre la vida de los pueblos, su decadencia y sobre lo que va de ayer a hoy. Ellos saben, como yo, que a Soria la salvará la cultura.

Por fin el Gobierno reconoce públicamente que “la despoblación es el mayor reto de España, el mayor desafío como país”. Lo ha dicho la ministra de Política Territorial, Maritxell Batet, en el discurso inaugural de este encuentro. A la hora del reparto del pastel a las autonomías habrá que tener en cuenta el sobrecoste de la dotación de servicios públicos -sanidad, educación, dependencia…- en la España interior, con una población escasa, menguante, envejecida y dispersa. Los presidentes de estas comunidades ya lo han planteado formalmente. Tras décadas de ceguera política, parece que entra ya de lleno en la agenda oficial. El Gobierno se compromete a poner freno a la hemorragia humana en los pueblos y a corregir la “brecha rural”, garantizando la igualdad de oportunidades. Hasta se dan fechas: el Comisionado para el Reto Demográfico, creado por el anterior Gobierno, se compromete a presentar en primavera el plan estratégico nacional para corregir el tremendo desequilibrio demográfico. La gran revelación coincidará, ¡ay!, con la campaña de las elecciones locales y regionales. Es normal que la gente se muestre desconfiada después de tantas promesas incumplidas, tanto abandono y tantas decepciones. Pero, en fin, parece que algo se mueve. La ministra Batet se ha atrevido a decir: “Vivir en el mundo rural no es un fracaso, sino todo lo contrario”. A ver cómo se revierte esto

El impulso a la esperanza en un mundo desesperanzado es la primera conclusión que se saca de esta feria, organizada por El Hueco, una activa empresa social soriana que pretende precisamente superar la supremacía cultural del mundo urbano y captar talento y ofrecer soporte a los emprendedores del mundo rural, entre otros servicios. Su tarea es encomiable, como se ha comprobado en “Presura” y en la tienda ambulante por los pueblos. Lástima que para hacerse los modernos utilicen nombrajos en inglés, en sus folletos y presentaciones: esas simplezas de “crowdfunding”, “El Hueco School”, “coworkers”, “Supermartes de Solarig”, “coworking”… justo en tierra de poetas y patria del castellano. Esta contaminación lingüística, tan extendida en el mundo de los negocios y en la publicidad, es una peste que convendría erradicar. Y, desde luego, es un argot completamente ajeno a la cultura rural.

Pero volvamos a la feria, recorramos las exposiciones -algunas llamativas y otras muy humildes- acompañemos a la “caravana de oportunidades” por las carreteras, sentémonos a escuchar en el “Ágora” y tomemos nota una vez más de los datos demoledores: en la España medio vacía, que ocupa el 53 por ciento del territorio nacional, viven dos millones y medio de habitantes, menos de nueve por kilómetro cuadrado. En comarcas de Soria, Teruel y Guadalajara el porcentaje se desploma por debajo de cuatro habitantes por kilómetro cuadrado. Es lo que se ha llamado la Serranía celtibérica. En la comarca de las Tierras Altas de Soria no se alcanzan los dos habitantes por kilómetro cuadrado, el mayor desierto demográfico de Europa. La cuna de la Celtiberia debería merecer atención preferente.

¿Cómo solucionar este problema del desequilibrio demográfico, que es, según el Gobierno, el mayor desafío que España tiene por delante? Pues, si me lo permiten, insistiré aquí de nuevo: sólo se arreglará con un gran proyecto global, respaldado por la Unión Europea, que incluya comunicaciones -autovías, ferrocarriles, acceso a Internet a alta velocidad…-, exenciones fiscales a las empresas, estímulos atractivos a la gente joven para que se quede o se vaya a vivir a los pueblos, decidido apoyo al turismo rural y al turismo cultural del interior, respaldo a la ganadería extensiva y a la industria agroalimentaria, campos de alta tecnología, etcétera. Todo menos remiendos y promesas. Que obras son amores y no buenas razones. Recuerdo: “Presura” significa prisa, prontitud, ligereza con que se hace una cosa. Pues eso.

“EL PUEBLO”

“El Pueblo” es el título de una serie de televisión que pronto podremos ver en España. Tiene buena pinta. Los que la dirigen y los actores que trabajan en ella están entusiasmados. Dicen que será tan popular como el inolvidable “Verano azul”. Ya veremos. La traigo hoy a colación por varios motivos. Porque se ocupa del mundo rural y de la despoblación, porque refleja el contraste pueblo-ciudad, porque está rodada en Soria y porque el atípico y espléndido plató natural al aire libre en que se desarrolla la trama es Valdelavilla, en las Tierras Altas, una aldea despoblada, que conocí de niño llena de vida, transformada después en un peculiar complejo turístico. También se ha rodado en Soria capital, en San Pedro Manrique, en los Rábanos, en Valdeavellano de Tera…No son pocos alicientes. Está cargada de “sorianidad”, que buena falta hace.

Es una prueba más de que el drama de la despoblación, el final de una época y la agonía de una forma milenaria de entender la vida es algo que interesa. Incluso parece que empieza a despertar la atención de los poderes públicos. Desde luego, vuelve a estar de moda la literatura rural. Series populares como ésta pueden ayudar, si no se quedan en lo pintoresco, a tomar conciencia de la tremenda quiebra demográfica, que en Soria y en las provincias de alrededor empieza a ser alarmante, casi desesperada. Y no digamos en estas Tierras Altas, pobladas de pueblos muertos, donde está mi patria. No es extraño que la televisión, la prensa y el cine -quién no recuerda “El cielo gira” de Mercedes Álvarez, a pocos kilómetros de este mismo escenario de Valdelavilla- se acerquen en busca de historias y situaciones olvidadas o desconocidas, que llaman cada vez más la atención de las gentes de la ciudad. No sé si es el gori-gori o un barrunto de cambio histórico y de vuelta a los orígenes.

Valdelavilla, que en la ficción se llamará Peñafría, aparece en el fondo de la quiebra de un terreno montaraz, donde a duras penas llegan las comunicaciones. El Internet allí, como en gran parte de la España vacía, es un lujo. Valdelavilla está en tierra de Magaña, escoltada por la Alcarama y la sierra de Archena, en el último rincón de Castilla, casi en la raya con la Rioja. Cerca de allí nace el río Mayor que lleva sus aguas al Alhama. En esa gran hondonada natural, poblada de romeros, sabinos, estepas y encinares, donde campan a sus anchas los jabalíes y los ciervos, hubo un tiempo no lejano, que yo recuerdo bien, en que había cuatro poblados llenos de vida: El Vallejo, que pertenecía al Ayuntamiento de Sarnago, donde vivía la inolvidable tía Romualda, la bizmera, que además poseía la gargantilla mágica que curaba del “pelo” a las cochinas parideras ; Castillejo, edificado sobre un alcor, que fue castro celtibérico, patria del famoso “Churrillo” y de la tía Felipa, la esquiladora; y a sus pies, Las Fuesas, donde ocurrió el suceso del “aviador”, el marido de la maestra, que tuvo que salir del pueblo por pies después de haber traicionado a los vecinos guiando a los delegados de abastos a los escondites de los alimentos prohibidos por el régimen. Y a poco más de media legua, Valdelavilla. Los cuatro pueblos quedaron deshabitados a partir de los años 60 del siglo pasado, cuando, con la repoblación forestal, sucedió la gran diáspora. Sólo Valdelavilla se ha librado de la ruina y la desolación.

Esto se debió a un ambicioso proyecto de Carlos Martínez Izquierdo, hijo del Teo el molinero, de San Pedro Manrique, que fue alcalde de esta villa y que preside ahora la Caja Rural de Soria. La iniciativa alcanzaba también a los otros pueblos de esta pequeña comarca escondida, de indudable atractivo para los amigos de la Naturaleza, pero hubo que reducir la actuación a Valdelavilla porque nunca faltan pleitos y contratiempos si alguien tiene una idea brillante e intenta ponerla en marcha. Somos así. Lo de Valdelavilla fue como un milagro. Su suerte habría sido, si no, como la de sus vecinos: los tejados caídos, la maleza invadiendo las calles, los huertos y los corrales, y el monte y las alimañas apoderándose de los caminos y del caserío. El pueblo fue totalmente rehabilitado y convertido en un complejo turístico, donde acuden las familias a las casas rurales, se aprende inglés, se celebran bodas o, como en esta ocasión, se ruedan películas o series para la televisión. Es de agradecer que en la reconstrucción de este caserío se cuidara hasta el detalle su arquitectura tradicional, cuyo aspecto más destacado, en los cuatro pueblos de esta garganta montuna, son las paredes de las casas construidas con losas, lo que proporciona a la edificación una característica peculiar.

Este es el escenario que contemplaremos a partir de enero en Telecinco durante ocho semanas en “El Pueblo”, una comedia creada y producida por los hermanos Alberto y Laura Caballero, y con un soriano, Roberto Monge, de codirector. Me parece que es una buena noticia. Dijo el pintor Viola que el objetivo final del arte es mostrar los tejidos internos del alma. Ojalá esta serie televisiva, originada en Soria, nos muestre los verdaderos tejidos del alma rural.

LA PASTORA DE POBAR

La pastora de Pobar tiene 31 años, se llama Lorena Genzor y desde que cumplió los 25 ha vivido sola con sus ovejas y sus mastines en este pueblo vacío de las Tierras Altas de Soria. De un tiempo a esta parte le acompaña su novio y están a punto de ser padres. Por primera vez en cincuenta años va a nacer un niño en esta aldea despoblada y montuna, cerca de donde nace el Alhama, entre las sierras de la Alcarama, las Cabezas y el Almuerzo. Cuando esto ocurra, deberían repicar las campanas de todos los pueblos de alrededor, donde apenas queda tampoco un alma: Magaña, Villarraso, La Losilla, Carrascosa de la Sierra, Valtajeros, Suellacabras… Es una tierra áspera y quebrada, donde crecen la estepa, el sabino y el roble y encuentran cobijo y alimento la liebre y el jabalí. En el cielo vuelan majestuosos el buitre y el águila. Una carretera tortuosa, la SO-P-1001, poco transitada, que arranca de Magaña y llega hasta Soria, es la vía de comunicación con el mundo habitado.

Lorena nació en Aragón, en las altas tierras de Jaca, de familia ganadera. Desde niña sintió la atracción de la majada y la llamada del campo. Ella quería ser pastora. Cursó el grado superior de gestión de empresas agropecuarias y de recursos naturales y paisajísticos y se dispuso a cumplir su sueño. En el Pirineo los inviernos eran interminables y la nieve obligaba a tener encerrado el ganado semanas enteras. Necesitaba encontrar un sitio menos desapacible, con buenos pastos, con poca gente, en el que no hubiera otros rebaños. Y así llegó a Pobar, un pueblo semiabandonado, que en los largos meses de invierno se queda vacío. El alcalde pedáneo vive en Ágreda, a 36 kilómetros, y de vez en cuando se da una vuelta por la aldea. Lorena alquiló una casa, unas majadas y dos mil hectáreas de terreno del término municipal. Compró la primera punta de ovejas, que ella misma condujo desde Garray por las cañadas. Llegó a juntar seiscientas cabezas de ganado y se echó literalmente al monte. En el buen tiempo había gente en el pueblo, pero luego, cuando llegaron las nubes y el frío, se quedó sola. Dice que a ella no le importa la soledad. “Todo el mundo me decía que estaba loca -ha confesado-, pero yo era feliz”. Pasaba muchos días sin ver a un ser humano, pero no le importaba. Hace unos inviernos, el de la gran nevada, se quedó encerrada en casa sin ver a nadie en casi dos semanas. “¿Qué haría yo en una ciudad? ¡Me aburriría!”, asegura. A esta mujer no le asusta la soledad, le gusta.

A la pastora de Pobar, una mujer guapa, culta, de buena estampa y aspecto saludable, no le importaba, pues, vivir sola con sus ovejas. Disfruta viéndolas pastar, careadas en los ribazos o en las laderas del monte, acompañada de sus tres perros, Ori, Senda y Gordo, y con un libro en el zurrón. (Aquí, una confidencia personal: mi hija Sara, la de “Historias de la Alcarama”, tiene un perro de ganado, precioso, alegre e inteligente -”Duero” se llama-, que adoptó hace unos meses de cachorro y que, según he sabido ahora, era de Lorena). La cobertura del móvil es allí muy deficiente, no hay wifi, pero se las apaña con el “whatsApp” para estar conectada con el exterior. Así conoció a Jesús, su novio, un mocetón navarro, también pastor. El esquilador de las ovejas propuso hacer un grupo de “whatsApp” con pastores y se apuntó. Poco a poco trabaron amistad a distancia. Un día, para que salieran más baratas, decidieron comprar un lote de ovejas juntos. Y, al final, se enamoraron. Juntaron los rebaños -unas 1.200 cabezas- y Jesús no quiso que Lorena siguiera sola en el pueblo. Se fue con ella, formaron una familia, más de una noche cogieron una tienda de campaña y acamparon en el monte con las ovejas.  Y ahora, un día de estos, esperan un hijo (no han querido saber si será niño o niña). Es, como digo, el primer nacimiento en Pobar en medio siglo. Ahora piensan comprar una de las ruinas de la aldea y sobre ellas construirán una casa grande para ellos y para su hijo.

Esta es una de las historias más hermosas que he contado en “El canto del cuco” en estos seis años que se cumplen ahora.

LA COLODRA

Sarnago ha recibido el prestigioso “Premio Colodra” que concede la Diputación. Este premio tiene la gracia de que se decide por votación popular entre los distintos candidatos. Era la quinta edición y, por lo visto, la candidatura de la Asociación de Sarnago ha arrasado frente a las competidoras, que no eran mancas. Quiero decir que ha ganado limpiamente y sin discusión. El presidente de la Diputación en persona acudió a entregarlo en mano a José Mari Carrascosa en el marco de la Semana Cultural del pueblo. El presidente de la Asociación lo recibió orgulloso, como es natural. Le hubiera gustado, estoy seguro, que en el emotivo acto hubiera estado presente su padre, Pepe Carrascosa, amigo mío de la infancia, fallecido recientemente, que contempló la escena, complacido, desde más allá de las estrellas. Él ayudó lo suyo mientras vivió, y nunca se resignó al abandono. Suya es, me parece, la brillante idea de la calera. Déjenme que honre su memoria desde aquí. Nadie duda de que el premio es un reconocimiento merecido. En este caso, tiene además la gracia de que lo ha recibido un pueblo oficialmente deshabitado, pero que se esfuerza en seguir vivo. Hasta han arreglado el camino. Ya sólo falta la iglesia.

El galardón pretende destacar la labor de particulares o asociaciones en la recuperación o divulgación de valores relacionados con el folclore, la cultura popular y la tradición oral, o sea, lo que en “El canto del cuco” se conoce como recogida de los despojos de una cultura milenaria que se acaba. Es lo que vengo haciendo yo y lo que se hace, desde hace años, en Sarnago con un tesón admirable, que está resultando ejemplar. El rescate de la fiesta de las móndidas y el mozo del ramo, el museo etnográfico, las hacenderas, la calera, la espléndida revista anual, el rosario de actos culturales en la plaza del pueblo, remozada y acondicionada para ello como un anfiteatro antiguo, y la proyección en los medios de comunicación españoles y extranjeros (una impresionante foto de las pasadas móndidas con el rojo pendón delante ha merecido el honor de foto del día en “The Guardian”) parecen razones de peso para lucir la colodra.

No sé de quién fue la idea de ponerle el nombre de “Colodra” al premio de la Diputación de Soria. Pero a mí me parece un acierto. Es rescatar del olvido un humilde objeto que un día fue popular entre los campesinos y que no podía faltar en la cintura o en el zurrón de los pastores, sobre todo de los pastores trashumantes. El origen del nombre es latino. Si no me corrige el sabio Tejerina, viene de “colathus”, que quiere decir vasija. En principio se refería a una vasija de madera en forma de barreño que usaban los pastores para ordeñar las ovejas, las cabras y las vacas, algo así como la gamella. Después pasó a ser un vaso de madera, como una herrada, que servía para medir y vender el vino “al por menor”. En sitios como Cantabria llaman colodra a una especie de estuche de madera que lleva en la cintura, sujeto con correas, el segador de los prados. En esa colodra con un poco de agua guarda el segador la barra de pizarra con la que afila el dalle después de cada marallo. En Sarnago y en los pueblos de alrededor ese objeto colgado a la cintura del segador para afilar el dalle con la piedra era metálico, si no recuerdo mal. Allí la colodra propiamente tal era una pequeña vasija, un vaso de cuerno. Era un objeto labrado a mano. A veces primorosamente, con adornos a navaja. Tenía multiuso. Servía para portar la sal, beber vino, leche recién ordeñada o agua de las fuentes del campo. Como digo, la llevaban siempre consigo los pastores. Sea por su historia original o por lo que fuere, la colodra se suele relacionar con el vino. Si se dice de alguien que es una colodra, se quiere decir que le tira el vino o, por lo menos, que le tambalea. Y el “colodrazgo” era un derecho que se pagaba por la venta de vino al por menor, parece que porque se probaba antes en colodra o porque se medía con ella.

Llegados a este punto no queda más que brindar con un vaso de buen vino por el “Premio Colodra” que ha recibido Sarnago.

UNA TARDE EN MATUTE DE LA SIERRA

Entre el ir y venir del verano, del mar a los trigos, reanudaré estos relatos haciendo parada en un pequeño pueblo soriano, al pie del Cerro de San Juan, adonde llegué al caer la tarde de un día claro de agosto para participar en un acto cultural. Matute de la Sierra, que así se llama el lugar, merece un reconocimiento porque, después de estar varios años deshabitado y dado por muerto, ha revivido gracias al tesón de sus gentes, que han reconstruido las casas, y al hecho de que algunas familias han vuelto y se han quedado a vivir. Es un acontecimiento singular que invita a la esperanza y que contrasta con el avance implacable de la despoblación. Como dato significativo, el acto en el que participé, incluido en la “VIII Semana Cultural de Matute de la Sierra”, se celebró en la iglesia de Santa Coloma, una iglesita del siglo XII, de un románico puro, limpio y sencillo, en un paraje apacible junto a un arroyo. Martín, el cura, impulsor de estas semanas culturales y de la reconstrucción del templo, me contó: “Aquí dentro encerraban las ovejas los pastores trashumantes; la iglesia hundida se había convertido en majada”. Y luego me enseñó al fondo, bajo el enrejado de madera del coro que unos ladrones intentaron llevarse, la espectacular pila de bautismo del siglo XII rescatada de la ruina. En el centro de la verde explanada delante de la iglesia han logrado salvar también la estampa majestuosa de un olmo centenario.

El viajero que se encamine a Matute, desviándose a la derecha en el cruce de El Valle, antes de llegar a Almarza, Ayuntamiento al que pertenece el caserío, dará, entre la arboleda, con la casa-fuerte de San Gregorio, un asombroso conjunto medieval, de estilo gótico, construido en 1461, que fue morada de condes castellanos y donde ahora se celebran bodas. Unos kilómetros más arriba, siguiendo la estrecha carretera entre encinares, tropezará pronto con el punto de destino. Le sorprenderá en la entrada un llamativo edificio de piedra con unos torreones, que resulta ser una casa rural y restaurante, principal atractivo turístico de la aldea y que se llama Santa Coloma, como la patrona. Me dicen que cuando los pueblos de alrededor estaban habitados, no había arriero que no detuviera la caballería y se parara a echar un trago y a llenar la frasca en la fuente de Matute. Tan famosas eran sus frescas aguas que hasta se las llevaban en cantarillas las gentes de la capital. Estamos a veinte kilómetros de Soria, a poco más de dos leguas de Numancia, estratégicamente situados entre la comarca de El Valle y las Tierras Altas, con la Cebollera y la Sierra del Alba como principales referencias, y no habrá guía turística que no resalte que nos encontramos a un tiro de piedra del famoso acebal de Garagüeta, el mayor bosque de acebos de España y uno de los mayores de Europa.

La función cultural en la que participé estaba organizada por la “Asociación de Amigos del Románico de Matute de la Sierra”, bajo la dirección del cura Martín, que es el alma de la resurrección material y espiritual del pueblo. De entrada, es admirable que estas semanas culturales cumplan ya ocho años. Para evitar su muerte, los pueblos se asocian y se agarran a la cultura. No es mal asidero. Es lo que les queda. A mí me parece que éste es un fenómeno social, cada vez más extendido, digno de consideración y apoyo. Esta vez a mí me pidieron que hablara de mi hermano Delfín que fue sacerdote, psicólogo y poeta. De alguna forma era un homenaje póstumo. Yo me incliné por revelar sus relaciones con Tierno Galván. Entre sus papeles he encontrado un paquete de cartas atadas con una goma. Es la correspondencia que mantuvo durante varios años con el “viejo profesor”. En este largo intercambio epistolar entre el sacerdote católico, cura de Valdeavellano de Tera, y el pensador agnóstico, que andaba buscando sus orígenes y a Dios, se observa un gran respeto y afecto mutuos. En todo momento, Delfín respeta esa búsqueda y su libertad intelectual. Aparte de un sinfín de detalles humanos, hay en este intercambio epistolar, tres asuntos principales: Enrique Tierno quiere conocer con detalle su árbol genealógico y Delfín escudriña en los archivos y se lo proporciona. Así nos enteramos, por ejemplo, de que su abuelo Julián Tierno fue capitán de Infantería en Tudela, y su bisabuelo Simón, estanquero en Valdeavellano. Su tatarabuelo Pedro Tierno también era de este pueblo. Así que don Enrique Tierno Galván estaba bien arraigado en El Valle soriano, en contra de algunas biografías poco informadas que han tratado de descalificar sus orígenes rurales.

En segundo lugar, Tierno quiere y pide que lo entierren en el cementerio católico de Valdeavellano de Tera. “Con relación a la sepultura -dice en una de las cartas-, mi pariente Isidoro Tierno le habrá entregado o puesto en la cuenta, 5.000 pesetas. Mi intento era, y es, construir un panteón, pequeño y sencillo, siempre que no haya dificultad y esté a mi alcance”. Quería una sepultura perpetua, y el Obispado dictó un edicto concediéndosela. El 15 de diciembre de 1980, siendo ya alcalde de Madrid, escribe a mi hermano: “Le agradezco muchísimo la gestión del cementerio, pero, me permito insistirle, contando siempre con su mucha bondad y desprendimiento, que me diga si hay posibilidad de venderme un espacio de tierra mayor, para que pueda hacer un hueco para varios cuerpos. En Madrid esto está muy mal y más vale prever que lamentar. Le encarezco que no deje este asunto de la mano”.

En tercer lugar, busca con el mayor interés datos ciertos y originales sobre una capellanía de sus antepasados, que trajeron de Flandes una capilla y un retablo para la iglesia del pueblo. La fundó un miembro de su familia, un tal Juan Ortega, tío de Juan Tierno “El Mozo”, primer capellán, al que representó mientras acababa sus estudios Juan Tierno “El Viejo”. “Por el resumen que me envió -le escribe a Delfín-, ahora me doy cuenta de que el original de la capellanía está en el archivo de la parroquia. Verá usted que se encargó un retablo flamenco, el que hay, que llegó hacia 1603, con la imagen de San Juan Bautista y Nuestra Señora de la Concepción”.

Aparte de estos tres temas, hay en este epistolario que se prolonga desde 1978 hasta la muerte de Enrique Tierno, un ramo de felicitaciones mutuas, sobre todo navideñas, y de confidencias humanas. Un año el profesor agradece al cura un folleto que éste había escrito sobre la leyenda de la Virgen de las Espinillas, que da nombre a una ermita del pueblo y que llegó a ser objeto de peregrinación, por razón de esta leyenda medieval, de los pastores trashumantes. “Es gran lástima -le dice Tierno- que estas leyendas no sean ciertas. Acompañan a la inocencia y fortalecen la virtud. La vida es más bella cuando se creen que cuando se estudian. Hace usted muy bien en contribuir a que, cuando menos, la tradición quede”.

Anochecía cuando salimos de la pequeña iglesia románica reconstruida, y abandonamos Matute de la Sierra, que se quedó en paz y en silencio.