El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

PASAN LAS GRULLAS, VUELVEN LAS CIGÚEÑAS

Regresaba yo a casa, como cada mañana, de comprar el pan y el periódico cuando me ha sorprendido el gru-gru de las grullas en el cielo. Eran dos bandos pequeños que volaban en uve, cada uno por su cuenta, como si estuvieran enemistados o, más probablemente, perdidos momentáneamente entre los cendales de la niebla alta. Y me he quedado en la acera parado como un pasmarote mirando al cielo. Los que pasaban con sus coches por la Avenida de Atenas se habrán preguntado: “¿Qué hace ahí ese tío plantado como una estatua, qué estará mirando con tanto interés?” Los que caminaban pegados a su teléfono inteligente ni siquiera se habrán percatado de mi presencia estática y absorta en lo que sucedía arriba. Lo comprendo. Teniendo entre las manos el volante de un coche o un móvil de última generación, el cielo no existe o, en el mejor de los casos, el cielo puede esperar. Lo que quiero decir es que, en la era de la comunicación, pasan las grullas por la capital y por los grandes pueblos de alrededor entre la ignorancia o la indiferencia general. Las grullas no son noticia. El ruido del tráfico sofoca su monótono canto. Para los que no hemos perdido del todo el alma rural, el paso de las grullas es un espectáculo fantástico y, además, gratuito, como las hermosas puestas de sol en otoño. Las grullas vienen de las lejanas y heladas tierras del norte de Europa en un viaje interminable y agotador. Estas que veo pasar esta mañana -pienso- habrán pernoctado en la laguna de Gallocanta y seguramente no cruzarán a África y se quedarán a invernar en las cálidas dehesas de Extremadura, como los pastores trashumantes de la sierra de Oncala entonces, cuando la Mesta.

Bajan las grullas y suben las cigüeñas. El miércoles, 1 de diciembre, estaba yo en Soria. Cuando me desperté, me asomé a la ventana. Era una mañana fría y nubosa. Nada nuevo. Pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Esta vez no era el habitual revuelo de las palomas que alegran el aire de la ciudad. Sobre los tejados de las casas que rodean la Plaza Mayor, la torre de la iglesia del Carmen y los pivotes y contrafuertes del palacio de los Condes de Gómara había docenas de cigüeñas. Volaban, revolaban, se posaban… Estaban, a lo que me pareció, tomando posesión como todos los inviernos, sin esperar al cambio de estación ni a la llegada de San Blas. Será por el calentamiento global o por lo que sea, el caso es que cada año, sea o no año de nieves, adelantan más el regreso. No se les puede acusar precisamente de falta de puntualidad. Vienen de África o de Extremadura, donde han dejado sitio a las grullas, con las que se habrán saludado por el camino. No parece que sea ésta una avanzadilla de reconocimiento, algo así como un bando de comisionadas que vienen a explorar el terreno, aunque quién sabe. Uno podía pensar, en cualquier caso, que una voz interior las convocaba, acudían presurosamente a la llamada, se juntaban y emprendían inmediatamente el vuelo de retorno a las frías mesetas. Ahora se concentrarán -pensé- en su lugar habitual de la orilla del Duero para repartirse los campanarios. Que se sepa, las cigüeñas hacen el reparto del territorio pacíficamente, me imagino que según derechos adquiridos. No son para nada nacionalistas excluyentes, pero demuestran una lealtad inquebrantable a su territorio, a su torre, a su pareja y a su nido. Merecen un reconocimiento. Cuando los pueblos se quedan solos, ellas vuelven y alegran el corazón de los últimos vecinos.

Por cierto, en contra de lo que dice Rafael Alberti en “Marinero en tierra”, y que aireó Gloria Fuertes, el canto de la cigüeña no es bueno para dormir a los niños. Si acaso, para despertarlos con la primera luz del día. Tampoco es verdad, en contra de lo que se dice, que las cigüeñas sean las encargadas de traer los niños al mundo. Si fuera así, abundarían más los niños en España. Pero, en fin, si Alberti lo dice…

Que no me digan a mí

que el canto de la cigüeña

no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta

arriba en el campanario,

que no me digan a mí

que no es del cielo su canto.

En esto último puede que lleve razón Alberti, y su canto sea del cielo, porque viene de arriba. Pero es un tableteo poco armonioso, capaz de despertar al niño más dormido. Y además las cigüeñas guardan silencio por las noches, no cantan nanas. Lo que es verdad es que, aunque nadie vaya a misa, ellas siguen en la torre de la iglesia, en vigilia permanente, como un garabato o un interrogante. Eso, como un signo de interrogación sobre los pueblos.

Lo que quiero decir es que el paso de las grullas y la llegada de las cigüeñas es lo más reconocible de un tiempo que no volverá.

PRELUDIO DE NAVIDAD

La nieve me salió al encuentro en Soria. La ciudad amaneció blanca. Hacía años que el gozo infantil de la primera nevada no me sorprendía el día adecuado en el lugar adecuado. Este año, sí. No importa que durara poco. Contemplando la transformación de los montes de alrededor, la Dehesa, los parquecillos urbanos y, sobre todo, los chopos de las orillas del río y observando a los sorianos paseando con naturalidad por el Collado bajo los paraguas, haciendo parada en los acogedores bares y tabernas, me convencí de que el paisaje invernal es el que mejor se adecua a esta tierra dura y fría y a estos sufridos herederos de los arévacos numantinos. Parecían en su elemento. Quiero decir que Soria es el lugar adecuado para ver nevar. Los algarazos dieron pronto paso a una lluvia fina y heladora. Un viento cortante procedente de la Cebollera se metía en los huesos. “Piqueras está cerrado -le oí a un desconocido con pinta de camionero- y Oncala, con cadenas”. Bastaba con levantar la vista hacia el norte y comprobar que una cortina negra y baja cubría las sierras. Hay quien atribuye la decadencia de esta provincia castellana a la dureza del clima. Pudiera ser, aunque a mí nunca me ha parecido esa la razón principal del abandono. Hay lugares en Europa mucho más fríos y desapacibles en los que crece la prosperidad y que están bien poblados.

En esas reflexiones andaba yo cuando recibí un oportuno “whatsApp” de José Mari Carrascosa con fotos de Sarnago nevado. Esa sí que era una gran nevada, la primera nevada del año digna de tal nombre. Una nieve inmaculada, sin una sola pisada ni una huella animal, cubría la plaza y las calles de entrada, los tejados, el entorno de la calera, los campos y las ruinas de las casas abandonadas. Las firman dos valientes, Ana Gordo y Robert, que se aventuraron hasta allí, no sé cómo, y dejaron constancia gráfica de tal maravilla, que a tipos como yo le trae de golpe, concentrados, todos los inviernos felices de la infancia. La nevada es para mí el verdadero preludio de la Navidad. Observando las fotografías, lo primero que me imagino es el silencio. Ya he dicho otras veces que el silencio de la nieve es muy especial, es un silencio blando y total, telúrico, como de otra galaxia. Y me imagino sin esfuerzo al pueblo entero transformado de pronto en un belén natural, como en la niñez, cuando íbamos a traer el musgo de las herrañes para el belén de don Matías. Lo que no puedo imaginarme, por más esfuerzos que hago, es que, en estas circunstancias, no salga humo de ninguna chimenea, y, menos aún, que las majadas y las cuadras, en lo bajero de las casas, estén vacías, sin ovejas pariendo, las despensas sin pan, los portales sin perros y los bardales sin leña.

A mi vuelta a Madrid, con un cielo triste y nuboso, he visto que encendían, sin esperar a la llegada del Adviento, las luces de Navidad. En el telediario de la noche han ofrecido también imágenes del encendido de las luces en Barcelona. ¿Luces de Navidad? Ni en un sitio ni en otro se ve, entre luminosas figuras geométricas, más o menos vistosas, más o menos cargantes, una sola referencia religiosa, que explique el significado original de estas fiestas. Me parece que hay, por parte de las autoridades y de la cultura dominante, un empeño manifiesto en descristianizar la Navidad, transformándola en un regreso al paganismo y, desde luego, una incitación a la diversión y al consumo desaforado. Nada que ver con lo que pasó aquella noche en el establo, poblado de ángeles y pastores, que partió en dos la historia de la humanidad. Yo denuncio aquí que nos están robando, entre unos y otros, el espíritu de la Navidad. Sobre todo, se lo están robando a los niños. ¡Pobres niños! Acabo de leer en el periódico que en un colegio público de Elche han enviado una circular a los padres de los alumnos más pequeños -de tres años- alentándoles a que los niños lleven adornos con los que decorar el aula durante la Navidad, pero con la siguiente advertencia: “Que no sea grande (el árbol de Navidad) ni con motivos religiosos (belén)”. Que lleven bolas de colores, muñecos de nieve, guirnaldas…, lo que quieran, pero nada que tenga que ver con el origen religioso de las fiestas. ¿Qué les parece?

No es un caso aislado, qué va. Es el nuevo espíritu de la Navidad. ¿Espíritu? ¡Que vuelva Dickens! Puesto a desahogarme, no tengo más remedio que expresar también aquí la vergüenza ajena que me produce, en este preámbulo navideño, la estúpida implantación comercial, con un inusitado despliegue de publicidad por parte de los grandes almacenes, del “Black Friday”, una burda copia del viernes de las grandes rebajas en Estados Unidos con motivo de su Día de Acción de Gracias. Es lo que nos faltaba. Después de los Premios Goya, imitación ridícula de los Óscar, de los Papá Noel y del esperpéntico “halloween”, ahora esto. Pero esa es otra historia. Estamos cada vez más sometidos al lenguaje y las costumbres de fuera y estamos perdiendo nuestro lengua y nuestras buenas costumbres. Hasta al otoño le llaman “fall” en las tiendas de moda. ¡Si mi abuela levantara la cabeza! Menos mal que la nieve, fiel al espíritu de Navidad, sigue bajando, aunque no haya nadie, a los pueblos vacíos de las Tierras Altas.

CARNE DE MEMBRILLO

Cuando he vuelto de Soria, después de una larga ausencia, he sentido al abrir la puerta del salón un dulce olor a membrillo. No era mal recibimiento. Mireya, mi hija, se había ocupado de recoger la cosecha, y la fruta dorada llenaba fruteros y se desbordaba sobre la mesa de cristal, como en un gran bodegón vivo. De todos los árboles del pequeño jardín, el membrillo, que planté con mis propias manos en el rincón umbrío junto a la puerta de salida, es el que no falla nunca, todos los años da sus frutos, y eso que cada vez está más apretado, el pobre, entre el crecido laurel, de generación espontánea, y el poderoso castaño, que tiene su origen en una reluciente castaña que recogí del suelo en otoño hace una docena de años en Valdeavellano de Tera, junto a la carretera. El humilde y generoso arbusto, de la familia de las rosáceas, que procede, según veo, de Asia Menor, como los actuales refugiados -en la antigüedad florecía ya en Babilonia-, se defiende inclinando sus duras y enmarañadas ramas hacia fuera en busca del sol. Salvo mejor criterio, a cargo del sabio Tejerina, el nombre viene del latín, que lo toma del griego, “melimélum”, que significa manzana dulce. Así que el membrillo se relaciona con rosales y manzanos, que no es mala compañía, y está cargado de potasio. He de confesar que cada año que pasa siento más asombro contemplando el prodigio de las plantas, sobre todo de los árboles frutales, tan escasos en mi infancia de Sarnago.

De aquellos tiempos guardo el recuerdo del olor a membrillo en los armarios roperos, que a mí me parecía un olor a limpio, y, sobre todo, el placer de la carne de membrillo. Si la memoria no me falla, la primera vez que lo probé, siendo muy pequeño, fue un obsequio casero de nuestros vecinos los maestros, don Joaquín y doña Felicitas, que procedían de Maluenda, tierra de frutales, en Aragón, y con los que alcanzamos una notable familiaridad. Y tanto debió de gustarme aquello que el siguiente regalo de los Reyes Magos, el que más ilusión me hizo nunca, como tengo dicho, fue un caballo de cartón con un aparejo de carne de membrillo. Recuerdo que, en un primer momento, el aparejo me entusiasmó más que el caballo. Esta experiencia infantil me ha acompañado toda mi vida. Por eso en cuanto tuve ocasión planté un membrillero en mi jardín. Y cada año recojo amorosamente los frutos que me ofrece y con ellos me ocupo personalmente de fabricar una carne de membrillo que no tiene nada que envidiar a ninguna de las que he probado. Desde luego, le da vuelta y raya al afamado dulce de membrillo de Puente Genil, que venden en las tiendas, y que hasta da nombre a un festival de flamenco que se llama “Membrillo de Oro”.

Es casi mi única experiencia en la cocina, para la que Dios no me ha dado habilidad o acaso he desaprovechado la poca que me dio. Esto es una excepción, que, a la vista de los buenos resultados obtenidos, me hace pensar que a lo mejor he desaprovechado mi inexplorada arte culinaria. El caso es que un día de estos podrán verme, si se asoman, con un delantal ceñido a la cintura y una cuchara de palo en la mano enguantada, removiendo el membrillo en la olla, mientras me cruje la espalda y sudo la gota gorda, una estampa que puede considerarse a todas luces pintoresca. Sólo con este retrato pueden hacerse una idea de lo laborioso que resulta, y lo fácil tratándose del inexperto autor que soy yo, preparar una buena carne de membrillo. No es la paciencia virtud que me sobre y, sin embargo, en este menester la ejerzo a fondo sin alterarme. Eso se debe, no alcanzo a ver otra explicación, a mi devoción por el membrillo, como habrán podido adivinar.

Llegados a este punto, parece obligado compartir mi receta con los seguidores de “El canto del cuco”. ¡Ahí va, y que sea lo que Dios quiera! Elijan unos membrillos sanos y maduros. Yo no los lavo bajo el grifo, como hace la mayoría, porque pierden gracia y aroma. Limpio cada uno cuidadosamente con un paño. Después los troceó con su piel, rica en pectina, eliminando el corazón y cualquier defecto. Una vez troceados y limpios, los peso y los deposito en la olla. Por cada kilo de fruta pongo litro y medio de agua. Y a cocer hasta que, lentamente, va haciéndose pulpa y el agua se evapora. La gracia y el martirio es dar constantemente vueltas, para que no se pegue, con la cuchara de palo, nunca de acero. Esta primera parte puede durar, depende de la intensidad del fuego y de la madurez de los membrillos, casi una hora. Es el momento de echar sobre la masa tres cuartos de kilo de azúcar blanca, y seguir dando vueltas sin parar -el riesgo de que se chamusque es ahora mayor- durante otra hora aproximadamente a fuego más lento, con paciencia infinita y aunque te duela la espalda y te salpique la olla hirviendo, hasta que comprendes que la masa se amansa y es ya ligera y perfecta. Entonces se aparta del fuego y se deposita otra hora sobre un paño de hilo, que envuelve la pasta, encima de un cuenco para que escurra las dulces perlas sobrantes, que son, por cierto, una delicia. Pasado un tiempo prudencial, se coloca en un recipiente de loza o de cristal, y se deja reposar hasta que la carne de membrillo esté compacta y apta para chuparse los dedos. No sale refinada, sino natural y distinguible, como debe ser tratándose de la boca de un campesino como yo. ¡El sabor de la infancia!

OTOÑO EN SORIA

Circunstancias familiares, no gratas, de las que ya di somera noticia me han dado la oportunidad de disfrutar de cerca del otoño soriano. Hacía muchos años que no tenía la oportunidad de pasar largos días seguidos en la capital del Duero. En cierta medida ha sido como un reencuentro conmigo mismo. De aquellos días rosados de la juventud, llenos de ilusión y de proyectos de libertad, compartidos con amigos entusiastas -era imposible dar un paso por el Collado o por el Tubo sin encontrarte con algún conocido-, a este recorrer las calles de riguroso incógnito, observando de cerca a gente desconocida y el envejecimiento de la población. El paisaje urbano ha cambiado y los años no pasan en balde ni perdonan. Lo que más me ha llamado la atención es precisamente la cantidad de personas impedidas que te tropiezas. La que no cojea, renquea. Hacía tiempo que no veía por la calle a tanta gente con cachava, con muletas , con “tacatá” o en silla de ruedas, sin contar a los que, sin apoyos externos, observas caminando con dificultad. Quiero decir que en el paisaje urbano de Soria destacan los mayores, lo que da a la ciudad una cierta placidez y una dulce pátina de decadencia. A la vez te obliga a ti mismo a mirarte en el espejo y descubrir que estás perfectamente integrado en ese paisaje de otoño aunque aún camines, válgame el cielo, con el cuerpo erguido y hasta airoso.

Este no es un gran descubrimiento. Ya sabíamos que el problema principal de esta provincia, donde Castilla pierde su nombre, es la dramática decadencia demográfica con el consiguiente envejecimiento de la población. ¡Apenas noventa mil habitantes entre la capital y todos los pueblos juntos! Pero no es lo mismo verlo en los papeles que comprobarlo con tus propios ojos. Por eso produce una especial alegría oír el griterío de los niños en el recreo cuando pasas por delante de los colegios, contemplar la oleada de juventud saliendo del Instituto Antonio Machado, que este año celebra su 175º aniversario, o ver pasar la tuna jovencísima, chicos y chicas, con uniforme nuevo, haciéndose oír por la arteria principal de la ciudad. Otra visible diferencia en lo que va de ayer a hoy es la llegada a la capital de gentes de otras razas, lo que, aunque sea aún con cuentagotas, empieza a darle a Soria un aire multiétnico. Es un cambio notable del paisaje urbano. Esto se nota más viendo a los niños saliendo de los colegios y genera una cierta esperanza de recuperación. Quién sabe si la solución vendrá de fuera, de las oleadas de refugiados y de emigrantes. Aquí tradicionalmente se recibe a todos sin prejuicios, vengan de donde vengan, y con los brazos abiertos. No he visto en Soria un solo gesto de rechazo al extranjero. Al contrario, acostumbrados a salir fuera a buscarnos la vida -somos más los sorianos de la diáspora que los de dentro, dónde va a parar- ésta siempre ha sido una tierra acogedora.

También estoy comprobando estos días de cerca que no se ha perdido la afición por la cultura, que ha sido tradicionalmente una de las señas de identidad de Soria. Y un piensa que la cultura nos salvará y nos hará libres. Me viene a la cabeza, aparte de los poetas venidos de fuera -Bécquer, Machado, Gerardo Diego- y que se imbricaron aquí de lleno, nombres autóctonos como Gaya Nuño, Pepe Tudela, amigo de Ortega, al que acompañó a Numancia, Pérez Rioja, Dionisio Ridruejo, Heliodoro Carpintero, que conocí en Sarnago en una visita como inspector de Enseñanza, etcétera. Siempre ha habido, incluso en tiempos del antiguo régimen, una gran efervescencia cultural. Pues ahora se mantiene. He visto cómo se suceden los ciclos de conferencias sobre lo divino y lo humano, los conciertos de música, las representaciones de guiñol en plena calle y en la noche de ánimas vi, acompañada de tambores y dulzainas, una tenebrosa y festiva representación junto al Duero de la leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer, en el rincón que lleva su nombre al pie de dicho monte. Nada más apropiado. Él recogió esta leyenda del pueblo y tomó nota. “Yo la oí -confiesa- en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche”. El que no haya sentido un escalofrío leyendo esta leyenda becqueriana es que no sabe dónde está Soria y además tiene el corazón de piedra. Por cierto, hay que ver cuánta belleza ha derramado este otoño cálido y sereno sobre las orillas del Duero, el parque de la Dehesa, los parquecillos urbanos y los campos de alrededor. Ha sido un verdadero disfrute, capaz de mitigar cualquier penalidad. ¡Cómo suenan las campanas en las plácidas mañanas de los domingos! El desastre sin precedentes es que este otoño, por culpa de la sequía, no hay setas en el monte. Y parece que está a punto de cambiar el tiempo. El invierno llama ya a la puerta. Pronto veremos la nieve en la Cebollera, en la sierra de Oncala y de Piqueras, y no faltará a la cita en la cumbre del Moncayo y de la Alcarama. Será el momento en que los pueblos y la ciudad se encerrarán sobre sí mismos, y los viejos dejarán de pasear por la calle con su cachava, su muleta o su “tacatá”, hasta que vuelva a brillar el sol, acaso por el veranillo de San Martín.

VIAJE DE OTOÑO

En el “Coloquio de los perros” dice Cervantes: “Andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”. Bien puede ser. Muchos de los problemas que padecemos en España, sobre todo en la España periférica, se arreglarían viajando más, hablando con gentes de otros lugares y leyendo de vez en cuando algún libro de provecho. Tampoco le falta razón a Bioy Casares, para el que los viajes agrandan la vida porque nos enriquecen de recuerdos. Es lo que me ha pasado a mí en el viaje otoñal que acabo de hacer y que voy a compartir por encima con los que siguen este blog. Lo primero que tengo que decir es que nunca había visto, que yo recuerde, ponerse el sol por la Alcarama. En Sarnago siempre amanece por allí y se pone por la sierra del Alba. Ha bastado con darle la vuelta a la mítica sierra y colocarse a su espalda para que llegue la sorpresa. Este fenómeno natural me produce una sensación extraña, un cierto desconcierto y confirma que con frecuencia las diferencias de juicio, que parecen irreconciliables, se deben sólo a que se ven las cosas con distinta perspectiva. Por eso, según dicen, el amor no consiste tanto en mirarse a los ojos uno a otro como en mirar los dos en la misma dirección.

Este viaje arranca muy de mañana en El Valle. Un sol tibio hace brillar el oro de los chopos y resalta el primer cobre otoñal de los montes. Pero nadie contempla tanta belleza. Cruzas los pueblos -Valdeavellano de Tera, Rollamienta, Tera…- sin ver un alma, ni tropezarte con un animal. Ni siquiera un perro callejero. Sólo el silencio, roto por el graznido alto de un cuervo lejano. Antes, no hace tantos años, había que detener el coche a cada paso para que pasaran las vacas. Nunca entenderé esta huida del paraíso. Sigue la carretera recta entre pinares, en los que a estas horas otros años había rumanos con cestas cogiendo níscalos. ¡Maldita sequía! Por fin, menos mal, parece que se acaba. Ahora mismo, mientras escribo, repica la lluvia en los cristales de mi buhardilla. En el Campillo de Buitrago queda empantanada la “Ciudad del Medio Ambiente” -un resonante fracaso oficial, sometido a público ludibrio- y los holandeses se disponen a plantar la mayor rosaleda de Europa. Arriba, entre la leve bruma mañanera, el solitario cerro de Numancia. Cuando entramos en Soria para recoger a un viajero, la ciudad se despereza. No hay atascos. Pasamos junto a la mole dorada de la concatedral de San Pedro y cruzamos el puente del Duero, entre San Polo y San Saturio, dejando a la izquierda los arcos de San Juan de Duero, con el monte de Santa Ana enfrente. No es extraño que Machado y una multitud de poetas se hayan enamorado de este singular rincón soriano, el de los chopos dorados, donde el río traza su curva de ballesta, y los nombres de enamorados quedan grabados en sus cortezas.

Seguimos la carretera que conduce a Zaragoza y a Pamplona. Pronto aparecen, a la altura de Alconaba, los campos de pan llevar. A pesar de la larga sequía, algún tractor remueve la tierra para la siembra. Subiendo al Madero, cruzamos pueblos vacíos sin ver salir humo de ninguna chimenea, aunque en más de uno puede que quede aún algún superviviente invisible. La mayoría queda a trasmano de la carretera: Fuensaúco, Aldealpozo, Omeñaca, con el recuerdo de los siete Infantes de Lara, cerca de los Campos de Araviana, donde los mataron a traición, Tozalmoro, Fuentetecha… Casi todos albergan preciosas reliquias románicas. Al ver el letrero de Valdegeña, me llega el recuerdo vivo de Avelino Hernández con su boina grande y su conversación entretenida. La sierra del Almuerzo está poblada de leyendas medievales, sin que falten historias de templarios y de ermitas misteriosas. A la izquierda en la lejanía se perfila la Alcarama y, al frente, dominándolo todo, la mole del Moncayo, que esta mañana aparece con la cabeza envuelta en un cendal de nubes cárdenas. Esta es una ruta poco visitada. El viajero acostumbra a ir de paso. Pero vale la pena hacer alto en el camino por estas soledades antes de que llegue el duro invierno.

La ruta desciende hasta Matalebreras, cruce de caminos, donde hacen parada los camiones y se abre el abanico de la Tierra Ancha. Dejamos a la derecha Ólvega, una de las pocas localidades sorianas que prospera, y bordeamos la villa de Ágreda, cargada de historia, de religiosidad y de arte, casi en la frontera de Aragón. Su actual decadencia sorprende. Recuerdo que la primera vez que viajé en un vehículo motorizado fue, siendo muy niño, en la caja de un viejo camión destartalado, el camión del Chupena, envueltos en polvo por una infame carretera llena de curvas, a la romería de la Virgen de los Milagros. La moderna circunvalación, lo único realizado de la programada autovía, deja de lado la ciudad de la venerable Sor María de Ágreda, y enfila hacia Zaragoza y Pamplona. Es imposible no recordar, llegados a este punto, la casa de Bécquer en Noviercas y, en el costado del Moncayo, el monasterio de Veruela, donde escribió las Leyendas, mientras le minaba la tuberculosis.

Torcemos a la izquierda hacia Navarra. Uno de los viajeros comenta: “Mira, ahí está el Mojón de los Tres Reyes”. Ese punto mágico donde, según la tradición, se reunieron a parlamentar en torno a una mesa de piedra los reyes de Castilla, de Aragón y de Navarra, y cada uno de ellos asentaba sus pies en suelo de su respectivo reino, se lo disputan varios lugares. En todo caso, con estos tres pilares se construyó España. Pocos lo tienen ahora en cuenta. Pronto entramos de lleno en la Ribera. El paisaje se transforma y se hace huertano. Aparecen los olivos y las primeras viñas, con los cogotes poblados de molinos. Los nombres del camino, para alguien de Sarnago, son familiares: las gentes de las Tierras Altas, como las aguas, se inclinaban de forma natural, más que hacia el Duero, hacia el Ebro. Y a las ricas tierras del Ebro se dirigió, cuando llegó la hora, la gran emigración. Tudela, Cintruénigo, Corella, Cascante, Murchante, Fitero con sus famoso baños… eran nombres cercanos en mi infancia, y esa era la ruta de los trujaleros. Al bordear Cintruénigo, se me aviva el recuerdo del tío Co en el trujal del Chivite. Aún me viene al estómago aquel intenso olor de la oliva machacada.

Y al caer esta tarde de otoño, volviendo de Pamplona, fue cuando vi, desde Cintruénigo, ponerse el sol por la Alcarama.

EL HOSPITAL DE SANTA BÁRBARA

Es un edificio color pizarra, con una alta chimenea y una larga y poco acogedora rampa de entrada. El hospital de Soria se llama de Santa Bárbara, porque está ubicado en el corazón del barrio de ese nombre, mirando al norte, a un tiro de piedra de la antigua ermita y de la cárcel. No lejos estaban las eras y el campo abierto cuando se construyó en tiempos de Adolfo Suárez. Ahora domina el ladrillo. Es un barrio de pisos humildes con inhóspitos patios de cemento y edificios modernos de mejor traza. Dispone de algún amplio espacio verde con bancos de madera en los paseos, donde viejos renqueantes se sientan a descansar y ver pasar el tiempo cerca de alguna joven pareja de enamorados y por donde los vecinos sacan a pasear a los niños y a los perros. Alrededor del hospital se suceden los restaurantes populares, que aprovechan para su negocio la vasta clientela de visitantes de los enfermos. Yo acostumbro a comer en la “Nueva Era”, donde además son del Atlético. En el hospital de Santa Bárbara confluye, sin horario ni cortapisa, toda la Soria doliente, la gente de la capital y la de los pueblos, lo mismo que la Soria alegre y confiada pasea abajo, en el Collado, y, cuando se tercia, hace parada en las bien abastecidas barras de las tabernas de las orillas, donde brillan con luz propia los torreznos con denominación de origen. Pero, puesto a elegir, creo que el hospital es hoy el lugar más emblemático y popular de Soria, la última esperanza de muchos. En esa tierra la salud, en una población tan menguante y envejecida, es, con mucho, la principal preocupación de la gente.

Por circunstancias familiares que no vienen al caso estoy pasando, desde hace más de un mes, largas horas en este centro sanitario, que se ha convertido ya para mí en un lugar acostumbrado y que me ha impedido mantener la regularidad de “El canto del cuco”. Todo me es ya familiar allí dentro. A pesar del letrero de “Prohibido fumar en la rampa de entrada”, siempre me tropiezo cuando llego a alguien fumando en ese lugar. Observo a la izquierda la acogedora seriedad silenciosa de los de la garita de información y de “admisión de urgencias”, compro el periódico en el despacho de enfrente, le doy como un autómata al botón de la sexta planta del enorme ascensor; al desembocar en el amplio y luminoso vestíbulo con sillas alineadas en la pared para los visitantes me acerco a la máquina y compro un botellín de agua -90 céntimos- y, a partir de ahí, empiezo a contemplar el trasiego de batas blancas y a enfermos, de los que ignoro el nombre y la dolencia, de dónde son, si tienen familia, paseando débilmente por el pasillo en pijama y en bata, todos iguales. No tardará en abrirse paso un camillero arrastrando la cama de un paciente. A pesar de este escenario que describo y que pudiera ser deprimente, he de confesar que la dedicación de los médicos -doctoras, la mayor parte-, y la amable y silenciosa profesionalidad de enfermeras y del abundante personal auxiliar convierten aquello en un lugar razonablemente acogedor y cercano. Hasta huele bien y es variada y bien condimentada, aunque sea casi sin sal, la comida de los enfermos. La habitación, de dos camas, es amplia y luminosa, con televisión individual, y por la ventana se ve la sierra de Oncala.

He contemplado con mis propios ojos la dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario, con sus aciertos, sus intuiciones y sus errores. Seguramente no reciben la remuneración que merecen. También es preciso reconocer, visto de cerca, el buen funcionamiento, en general, de la sanidad pública en España. Pero eso no impide recoger también aquí el sentimiento generalizado de discriminación y de frustración que existe en Soria en este campo, literalmente de vida o muerte. Esta provincia, la más despoblada de España, es también, según el sentir general, la cenicienta de Castilla y León en materia sanitaria. Las grandes inversiones se van a otras capitales de la comunidad, a las que los pobres sorianos enfermos de algún cuidado han de ser trasladados porque el Hospital de Santa Bárbara carece de especialistas y medios materiales para tratarles. Recojo una queja general. La geriatría, la cardiología o la oncología deberían contar en Soria, dado el tipo de población, con las mejores dotaciones de personal y medios. Parece que eso no ocurre. Los que están hacen lo que pueden y a los que podrían venir de fuera no se les incentiva. Me dicen que en Soria, una ciudad tan hermosa y acogedora, no encuentran alicientes. Hasta las obras para la renovación del hospital están paradas y nadie sabe cuándo se activarán. Se acabó el presupuesto. Lo mismo pasa, sin ir más lejos, con la autovía del Duero y el resto de obras públicas. Como si se hubiera parado el reloj. No es extraño que Soria se esté muriendo. Y para eso no hay Hospital de Santa Bárbara que valga. El consuelo del hombre pobre, como escribió el sefardita Bonsenyor en la Edad Media, es que vale más la salud que el dinero.

LETRAS VIAJERAS

Acaba de llegar a mis manos “Letras viajeras” de Manuel Rico, editado por Gadir. Es un libro singular. En realidad es un libro de libros. Con él en la mano, uno se pone en camino irresistiblemente. Lo hace de la mano de escritores y poetas admirados, por rutas conocidas o soñadas y por paisajes antiguos más o menos olvidados. El autor es un poeta y narrador consagrado, con el zurrón cargado de premios y de curiosidad, y con el que comparto hace tiempo el amor a la tierra y a sus gentes. En esta obra Rico agavilla más de cuarenta reseñas de libros de viajes, una buena selección de lo mejor de la literatura viajera, en la que ha incluido, válgame Dios, mis “Historias de la Alcarama”, al lado de Pessoa, Unamuno, Machado, Umbral, Gerardo Diego, Dos Passos, Azorín, Ferres, Ramón Carnicer, Juan Goytisolo, Julio Llamazares, Dionisio Ridruejo, Ernesto Escapa y así. Introduce el libro con lo que escribió Croisset: “La lectura es el modo de viajar de aquellos que no pueden tomar el tren”. En este caso el viaje está garantizado. Y adelanto, para el que sienta curiosidad, que en “Letras viajeras” hay predilección por las tierras de Castilla y una especial atención a Soria, si no me dejo llevar por mis querencias.

Sin perjuicio de dejar constancia de otras rutas y otros autores, me ceñiré en esta entrada a paisajes sorianos que el libro de Manuel Rico nos descubre e ilumina con gracia añadida. Por hoy dejo de lado a John Dos Passos en su viaje de Nueva York a la Mancha profunda y a Azorín, que nos invita a acompañarle por Riofrío de Ávila, o por una ciudad castellana, o de paseo por Córdoba. Pasaré por alto la visita de Andersen a Cádiz y Granada y las andanzas de Richard Ford por tierras de Albarracín. No deja de ser tentador acompañar a Unamuno por las Hurdes, subir con él a la Peña de Francia o pasear a su lado por las callejas de Coimbra. Tampoco es ninguna tontería visitar Lisboa con la guía turística de Passoa en la mano, meternos en las Hurdes profundas con Ferres y López Salinas, bajar al Sur con Marsé o recorrer la Mancha con el poeta Eladio Cabañero. Conocida mi especial devoción por Dionisio Ridruejo, para andar por Castilla la Vieja -en este caso, por Segovia- no hay mejor guía que la suya. Por supuesto, valdría la pena madrugar para acompañar a Cela aquella mañana fría cuando partió hacia su “Viaje a la Alcarria” en el tren con asientos de madera. “El vagón está a oscuras. Sobre las duras tablas, los viajeros fuman adormilados…”

Pero hoy me quedo en Soria, a la que estoy viajando cada semana porque la silenciosa y traidora enfermedad ha tocado de cerca a la familia. En el hospital, junto a la ermita de Santa Bárbara, confluye cada día toda la Soria doliente. Desde las últimas semanas de vida de mi madre nunca había viajado hasta allí tanto y tan seguido. Pero esa es otra historia. Como botón de muestra, ahí van unos apuntes sorianos, extraídos de “Letras viajeras”. El libro de Manuel Rico arranca con “Corazón de roble” de Ernesto Escapa, al que dedica con razón varios capítulos. E inicia el camino en Soria. “Entra en la ciudad de iglesias románicas y calles de soportales y sombras -describe Rico- , visita el instituto donde don Antonio daba sus clases de francés, nos cuela en la iglesia de Santo Domingo, o en la de San Nicolás, o en la concatedral de San Pedro y nos invita a meditar en sus interiores frescos y olorosos a incienso; desciende, caminando, hasta el río y sus extensas praderas, nos acerca a Numancia y sus ruinas…” Las orillas del Duero las recorremos con Julio Llamazares. Por hoy nos detendremos en Duruelo, haremos alto en Casa Pirracas, cuyo dueño (que se llama Patricio, pero al que su abuelo apodó Pirracas), sirve al viajero “unas judías con chorizo y un lomo de mucha enjundia, mientras por la ventana vemos la niebla, que continúa agarrada con tozudez a las crestas del Urbión”.

Y vamos ya con los poetas que amaron Soria. Manuel Rico ha caído en la cuenta de que “también en géneros como la poesía y el relato hay mucha literatura viajera”. Que se lo pregunten a él. En este caso era obligado viajar a Soria con Antonio Machado. Así volveremos a contemplar los álamos dorados del camino en la ribera del Duero entre San Polo y San Saturio y también habrá un momento que exclamaremos con él: “¡Oh tierra triste y noble, / la de los altos llanos y yermos y roquedas, / de campo sin arados, regatos ni arboledas; / decrépitas ciudades, caminos sin mesones”. Y subiremos con él, por la carretera que va de Soria a Burgos, haciendo un alto en la venta de Cidones, hasta los pinares de Vinuesa, Salduero, Covaleda, en busca de la Laguna Negra y la “Tierra de Alvargonzález”. Tampoco puede faltar el viaje a la “Soria sucedida” del gran Gerardo Diego, más alegre y juguetón con las palabras. Nos muestra allí la vida cotidiana -advierte Rico- de una pequeña ciudad de provincias -”por la ciudad dormida / cruza el rebaño en silencio”-, está la Soria invisible de sus tejados “como hechos al azar y de memoria / por manos de arbitrarios poetas albañiles”, están los paseos bajo los soportales, los pequeños comercios, los amigos… Pero además Gerardo Diego viaja por los paisajes de la provincia. No puede faltar, claro, una visita a Bécquer en su celda del monasterio de Veruela, en la falda del Moncayo. “Viajar con la palabra de Bécquer -dice Rico- es, también, sentarse junto a él en la fría celda a escribir a la luz de la vela, es recobrar sus leyendas, hechas de ruinas catedralicias, luces nocturnas, amores furtivos y extrañas pesadillas con los espíritus de El monte de las ánimas”.

En fin, si quieren venir conmigo a las desamparadas Tierras Altas, donde “había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar pivilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda”, estaré encantado de invitarles a mi casa en Sarnago, aunque “lleva tanto tiempo cerrada que da miedo abrir el portón descolorido amarrado con cordeles”.

POR UNA VEZ HABLEMOS DE POLÍTICA

Aseguro que esto es una excepción. Prometo que no voy a abandonar en “El canto del cuco” mis relatos del mundo rural, cargados de realidad y de sentimiento, para caer en la tentación de mi vicio antiguo y persistente de analista político. Prefiero atender el grito de la sangre y de la tierra a hacerme eco del griterío de la política, que nos ha conducido a todos al hastío y hasta a la náusea. ¡Las espumas de la política!, que decía Unamuno. Lo que pide el cuerpo a cualquiera es desentenderse diciendo: ¡Con su pan se lo coman! Pero lo que ocurre está pasando de castaño oscuro y nos atañe. La incapacidad de los representantes del pueblo nos está arrastrando al borde del precipicio o, evitando dramatizar en exceso, a un callejón sin salida. Más de nueve meses sin Gobierno, que es el tiempo de gestación de un ser humano, y sin que se vea forma de desenredar la madeja, me ha llevado a proponer en la prensa nacional una salida imaginativa que someto literalmente a la consideración de los seguidores de este blog por si podemos ayudar entre todos a salir del atolladero. Y ya metidos en política, tengo que recordar, como dato significativo, para que no se me olvide, que en los largos y tediosos debates parlamentarios no ha habido ni una mención a la España vacía y al escándalo del creciente desequilibrio demográfico que es, sin duda, uno de los grandes problemas nacionales pendientes.

El caso es, después de tanta palabrería inútil, que no se trata de hilvanar una investidura con retales gastados y descoloridos de aquí y de allá, sino de construir un Gobierno sólido con las ideas claras y suficiente respaldo parlamentario, capaz de impulsar las transformaciones precisas, abordar el problema regional, consolidar la recuperación económica, afianzar el Estado de bienestar y pisar fuerte en Europa. Una investidura prendida con alfileres conduce a un Gobierno maniatado e inútil. Ni Mariano Rajoy (PP) ni Pedro Sánchez (PSOE), que han sufrido ya el rechazo del Parlamento, están hoy en condiciones de encabezar un Gobierno fiable. El dirigente popular y presidente en funciones, porque, con independencia de sus méritos como gobernante en una coyuntura muy difícil, carga con la responsabilidad política de las corrupciones de su partido y sufre el rechazo de todas las fuerzas de la oposición, incluido el de su socio de ocasión, el ciudadano Albert Rivera. (Había que ver la cara ojerosa de éste en la pasada sesión de investidura y el escaso entusiasmo de la bancada de los suyos votando “sí”). Y en el caso del dirigente socialista, por su fracaso electoral, lo reducido de su grupo parlamentario, su débil liderazgo dentro del partido, lo discutible o peligroso de los apoyos en que se sustentaría y su pérdida de crédito en todo este penoso proceso con la pancarta del “no” como única aportación. Ninguno de los dos, pues, está en condiciones, por mucho que se autopostulen y finjan esfuerzos de diálogo, de recibir otra vez el encargo del Rey.

Descartada, pues, por inviable, pase lo que pase en Galicia y en el País Vasco, una nueva sesión de investidura con Rajoy o Sánchez de candidatos, no queda más remedio que buscar entre todos, con generosidad y realismo, si se quieren evitar unas terceras elecciones, una salida imaginativa, que algunos propusimos ya tras las elecciones del 20-D. Hoy, la mayor parte de los observadores consultados son partidarios de ella. Se trata de la formación de un gran Gobierno encabezado por una persona de trayectoria impecable, independiente o no, aceptada por la mayoría, dialogante, de firmes convicciones constitucionales y con suficiente experiencia política. En ese Consejo de ministros, plural, con miembros de peso, debería haber, por voluntad del electorado, una mayoría del PP, junto con personalidades independientes y de otros partidos del arco constitucional. En los cenáculos y centros de análisis se barajan a estas horas media docena de nombres para encabezarlo, que se repiten en todas las quinielas desde hace meses. Hacia esta solución deberían encaminarse los contactos y los esfuerzos de los dirigentes políticos y del Rey. Se busca el “tercer hombre”, que bien puede ser mujer. Lo demás es perder el tiempo y hacernos perder a todos la paciencia.

Esta es mi propuesta, que, me imagino, no llegará a quien corresponda o se oirá como las primeras lluvias otoñales en los cristales, que agradecen, más que nada, los espantapastores de las eras, los árboles sedientos y la tierra calcinada. O sea, dicho sin adornos, me temo que la oirán como quien oye llover. Pero en un momento de grave crisis nacional he sentido la obligación moral de aportar esta ocurrencia -nunca es malo echar mano de la imaginación- aprovechando el hueco de que dispongo en este endiablado y confuso mundo de la comunicación, en el que las voces y los ecos producen hoy confusión y aturdimiento. Disculpen la desviación. Este seguirá siendo un espacio abierto, cercano y pegado a la tierra. (Veo que está lloviendo. ¡Todo llega!)

HABÍA UNA VEZ UN PUEBLO

Parece que mi pueblo se ha puesto de moda. Tratándose de un pueblo deshabitado, la cosa suscita extrañeza y envidia en los de alrededor y hasta en la capital. ¿Pero qué se han creído estos muertos de hambre?, farfullan los más desconcertados y rascatripas. Y el evidente interés suscitado no es por el repentino descubrimiento de la belleza pintoresca de las ruinas, entre las que destacan las de la iglesia, ni siquiera por su enclave privilegiado al pie de la Alcarama desde donde se abre una amplia panorámica, ni por el castillo celtibérico, del que no queda más que el nombre y un cerro pelado, ni por el baño de luz purísima que envuelve el caserío. Además no favorece el acceso al lugar el camino aún sin asfaltar que asciende entre ribaceras de aulagas y tomazas desde el puente de San Pedro Manrique. Ni siquiera se conservan desde sabe Dios cuándo las cuatro cruces en las cuatro entradas del pueblo coincidiendo con los cuatro puntos cardinales, que le podían dar cierta gracia: al norte, la cruz de Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Cantos, y al oeste, la cruz de la Villa. Las tainas, que arrancaban justo en la cruz de la Villa y descendían escoltando el camino del Horcajuelo y que representaban el característico pasado ganadero, aparecen convertidas en cantarrales para refugio de las alimañas del campo. Ni siquiera existe el pueblo en los registros oficiales desde que se murió el pobre Aurelio, el hijo del tío Luis, el 23 de abril de 1979. En realidad, esto sucedió el día que el Estado compró las tierras y los montes para plantar pinos. Dentro de unos días cuando acuda yo a renovarme el carné de identidad, el comisario de policía volverá a decirme, como la última vez: “Usted no es de Sarnago, Sarnago no existe”, que será como negar mi propia existencia. ¿Cuál es entonces el interés?

Pues el caso es que este martes que viene Televisión Española se ocupará de Sarnago en “España Directo”. Va a rebufo del amplio reportaje de Borja Hermoso en “El País” el mes pasado. Y la carpeta con las informaciones y comentarios de la prensa local sobre el pueblo es abultada y la exhibe con orgullo José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación. Lo de menos es mi cargante empeño desde hace años en poner a Sarnago y a las Tierras Altas de Soria en el mapa. Ni TVE ni el periódico de Prisa han hablado conmigo, ni falta que hace, aunque quiero creer que algo habré contribuido yo también a esto con mis cuatro libros de relatos en torno a la Alcarama y mis cuatro años de “Canto del cuco” con 227 entradas, contando ésta, y más de 112.000 visitas de dentro y de fuera de España. Entiéndaseme bien, no me quejo, sino todo lo contrario: me uno a la fiesta. Me parece que el sorprendente interés repentino se debe al coraje de los de Sarnago -los que tuvieron que cerrar un día la puerta de su casa, sus hijos y sus nietos-, todos unidos, por no resignarse a la muerte del pueblo, que parecía muerto y está resucitando. Esa es la clave. Lo mismo relanzan la tradicional fiesta de las móndidas y del mozo del ramo que organizan hacenderas, sin ayuda de nadie, levantan las casas, montan caleras, plantan arces, organizan semanas culturales, forcejean con el Obispado para reconstruir la iglesia y con la Diputación para arreglar el camino o sacan a la luz cada año una luminosa revista. Lo que es noticia, lo que atrae a los grandes medios de comunicación, es esta unión y esta ejemplar capacidad de resistencia.

Aunque no es un caso singular, lo que ocurre en Sarnago tiene un fuerte valor simbólico. El final de la civilización rural no debe llevar necesariamente aparejada la desaparición de los pueblos, sino su transformación evitando enterrar sus valores antiguos. Algo se está moviendo en este sentido. El otro día participé en Fuentes de Magaña, un pueblo que fue grande, reducido ahora a apenas cuarenta almas, a un foro -el “Foro de la Alcarama”- en el que un científico, dos filósofos y un teólogo dialogamos nada menos que sobre el origen del universo. ¿No es sorprendente? Aunque los políticos no se hayan enterado todavía, el grito de la España vacía empieza a resonar con fuerza y ya lo oyen en Europa. El creciente desequilibrio demográfico, con la carretada de sufrimiento silencioso, que lleva consigo, de tristeza, de abandono, de injusticia y de torpeza histórica, no ha merecido ni una mención en los largos y tediosos debates parlamentarios de estos días, aun siendo uno de los grandes problemas nacionales, si no, el mayor. Pero empieza a abrirse paso en la más joven y brillante generación de escritores: Jesús Carrasco, Manuel Astur, Mireya Hernández, Fermín Herrero, Iván Repila, Manuel Darriba, Lara Moreno, Ginés Sánchez, Sergio del Molino… Ellos son los encargados de columbrar el futuro. La “literatura rural”-la alianza del hombre con la tierra- está de moda y ésta sí que es un arma cargada de futuro. ¿Se dan cuenta de por qué un pueblo como Sarnago -había una vez un pueblo…-, oficialmente convertido en no-pueblo, está también de moda y es la envidia y la esperanza de muchos?

DE FIESTA EN FIESTA

Dicen que en la mesa y en el juego se conoce a las personas. Pues en las fiestas, creo, se conoce a los pueblos. En medio del ruido festivo, cada vez más común, vulgar y cervecero, consecuencia de la invasión urbana, aflora tímidamente el alma antigua del pueblo, sus señas de identidad, que lo diferencian de los de alrededor. Es verdad que en muchos sitios esta peculiaridad se va desfigurando de año en año como los letreros a la entrada de los pueblos abandonados. Los tentáculos de la ciudad van apoderándose, cada año más, de la vida del pueblo, y llegan en verano hasta la última aldea. Los coches invaden las calles, las plazas y hasta las callejas por donde antes jugaban libremente los niños y por donde andaban los perros sueltos , cruzaban las piaras de ovejas o circulaban pausadamente las vacas en busca del pilón de la fuente. Nunca he olvidado lo que me dijo Julio Caro Baroja en su casa que daba al Retiro madrileño: “Un sitio es habitable cuando los niños pueden jugar en la calle”. Ahora veo que dice algo parecido el famoso psicopedagogo italiano F. Tonucci, partidario de que los niños vayan solos al colegio porque están, según él, más seguros en la calle que en casa. Una de las virtudes de las fiestas es que vuelve a haber niños, todos o la mayoría venidos de fuera, en las calles del pueblo.

Llegado a este punto, reconozco que he andado de fiesta en fiesta por esa verdadera periferia olvidada de España que son los pueblos de Soria. Eso ha hecho que haya faltado demasiado tiempo a la cita con los lectores en “El canto del cuco”. Un respiro para ellos y para mí, que nunca viene mal. Pero aquí estoy de nuevo. Primero he andado por Valdeavellano de Tera, en El Valle, la comarca soriana al pie de la Cebollera donde hacían la famosa mantequilla. Es mi cita obligada, desde hace cuarenta años, con las fiestas de la Virgen y San Roque. En este tiempo, todo menos las fiestas ha ido a menos, todo ha cambiado. Sólo han aumentado los vecinos del cementerio. Las escuelas, dedicadas a Enrique Tierno Galván, que tenía aquí sus orígenes, hace tiempo que cerraron. Durante el año no quedan niños ni apenas animales. ¡La gente ha huido del paraíso! En los días del largo invierno será difícil que te encuentres con un alma por la calle. Y después he acudido a Sarnago, mi pueblo, en las Tierras Altas, al pie de la Alcarama, que, como es sabido, está deshabitado, pero se resiste a morir. Allí he vuelto a vivir de cerca la fiesta de las móndidas y del mozo del ramo, posiblemente la fiesta más emotiva, sencilla y auténtica, de una belleza deslumbrante e incontaminada, que se celebra en España.

Cuando llegan las fiestas, todos los pueblos se esfuerzan, con mayor o menor fortuna, en sacar del arca de la tradición las viejas costumbres y mostrarlas a los forasteros, la mayoría hijos o nietos de los que se fueron. En Valdeavellano recuperan por un día las danzas antiguas en la procesión de la Virgen, la caldereta en el prado, que es una demostración de vino y fraternidad, y los partidos de pelota en el frontón, solitario durante el resto del año. La “gallofa” de los mozos recorre las casas con dulzainas y tamboriles, los mayores juegan a la tanguilla como entonces y hasta las mujeres sacan los olvidados bolos a la pista. Son los despojos de un pasado que no volverá, una representación nostálgica y un último gesto de resistencia. Los pueblos se mueren, a pesar del chispazo de vida de las fiestas, y los que sobreviven dejan, paso a paso, de tener vida propia. Acaban brillando bajo las luces artificiales de la ciudad. La civilización rural agoniza entre el ruido de los coches y el estruendo discotequero de la verbena hasta el amanecer.

Le preguntaban hace unos días al escritor John Berger, afincado voluntariamente en un pequeño pueblo, qué hemos perdido, qué es lo más importante que hemos dejado atrás, y respondía: “El sentido del pasado y el sentido del futuro. Lo que vivimos y lo que somos. Hoy el motor para vivir es el instante presente, que es el instante del mercado. Así que esa perspectiva que nos ofrece la visión del pasado, presente y futuro ha quedado enormemente reducida. Ya no sentimos, como se sentía hace muy poco, que los muertos están con nosotros ni que tenemos una deuda pendiente con los que aún no han nacido”.

Seguramente el mérito y la gracia de la fiesta de San Bartolomé en Sarnago es que aún no se ha perdido allí el sentido del pasado y del futuro. Es un reducto resistente a perder su identidad y a morir bajo las ruinas y el olvido. Las móndidas, en sus cuartetas desde el ventanal del Ayuntamiento, recordaron ese pasado y animaron a mirar hacia adelante. Este año, dos de ellas, Mireya y Sara, eran mis hijas, y en la puerta de mi casa, ay, cerrada, las mujeres del pueblo habían puesto cuando llegamos una mesita con rosquillos y moscatel, como antiguamente, en señal de hospitalidad, que es una de las señas de identidad del pueblo. Cuando acabó la función y aún sonaban a lo lejos en la plaza las dulzainas y los tambores, Sara dejaba su ramo de flores de móndida sobre la tumba de los abuelos en el humilde camposanto junto al ejido. Y el ramo de Mireya, la otra móndida de la familia, iría a parar al cementerio soriano de El Espino, donde reposa Margarita, mi madre. De esta forma quedaba bien afirmada la conexión con el pasado. El futuro no está escrito, pero, como dijo Mireya en una de sus cuartetas finales,

Nunca me creí la historia

de que el pueblo estaba muerto.

Que aunque se quede vacío

no es fácil matar a un pueblo.