El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

DE FIESTA EN FIESTA

Dicen que en la mesa y en el juego se conoce a las personas. Pues en las fiestas, creo, se conoce a los pueblos. En medio del ruido festivo, cada vez más común, vulgar y cervecero, consecuencia de la invasión urbana, aflora tímidamente el alma antigua del pueblo, sus señas de identidad, que lo diferencian de los de alrededor. Es verdad que en muchos sitios esta peculiaridad se va desfigurando de año en año como los letreros a la entrada de los pueblos abandonados. Los tentáculos de la ciudad van apoderándose, cada año más, de la vida del pueblo, y llegan en verano hasta la última aldea. Los coches invaden las calles, las plazas y hasta las callejas por donde antes jugaban libremente los niños y por donde andaban los perros sueltos , cruzaban las piaras de ovejas o circulaban pausadamente las vacas en busca del pilón de la fuente. Nunca he olvidado lo que me dijo Julio Caro Baroja en su casa que daba al Retiro madrileño: “Un sitio es habitable cuando los niños pueden jugar en la calle”. Ahora veo que dice algo parecido el famoso psicopedagogo italiano F. Tonucci, partidario de que los niños vayan solos al colegio porque están, según él, más seguros en la calle que en casa. Una de las virtudes de las fiestas es que vuelve a haber niños, todos o la mayoría venidos de fuera, en las calles del pueblo.

Llegado a este punto, reconozco que he andado de fiesta en fiesta por esa verdadera periferia olvidada de España que son los pueblos de Soria. Eso ha hecho que haya faltado demasiado tiempo a la cita con los lectores en “El canto del cuco”. Un respiro para ellos y para mí, que nunca viene mal. Pero aquí estoy de nuevo. Primero he andado por Valdeavellano de Tera, en El Valle, la comarca soriana al pie de la Cebollera donde hacían la famosa mantequilla. Es mi cita obligada, desde hace cuarenta años, con las fiestas de la Virgen y San Roque. En este tiempo, todo menos las fiestas ha ido a menos, todo ha cambiado. Sólo han aumentado los vecinos del cementerio. Las escuelas, dedicadas a Enrique Tierno Galván, que tenía aquí sus orígenes, hace tiempo que cerraron. Durante el año no quedan niños ni apenas animales. ¡La gente ha huido del paraíso! En los días del largo invierno será difícil que te encuentres con un alma por la calle. Y después he acudido a Sarnago, mi pueblo, en las Tierras Altas, al pie de la Alcarama, que, como es sabido, está deshabitado, pero se resiste a morir. Allí he vuelto a vivir de cerca la fiesta de las móndidas y del mozo del ramo, posiblemente la fiesta más emotiva, sencilla y auténtica, de una belleza deslumbrante e incontaminada, que se celebra en España.

Cuando llegan las fiestas, todos los pueblos se esfuerzan, con mayor o menor fortuna, en sacar del arca de la tradición las viejas costumbres y mostrarlas a los forasteros, la mayoría hijos o nietos de los que se fueron. En Valdeavellano recuperan por un día las danzas antiguas en la procesión de la Virgen, la caldereta en el prado, que es una demostración de vino y fraternidad, y los partidos de pelota en el frontón, solitario durante el resto del año. La “gallofa” de los mozos recorre las casas con dulzainas y tamboriles, los mayores juegan a la tanguilla como entonces y hasta las mujeres sacan los olvidados bolos a la pista. Son los despojos de un pasado que no volverá, una representación nostálgica y un último gesto de resistencia. Los pueblos se mueren, a pesar del chispazo de vida de las fiestas, y los que sobreviven dejan, paso a paso, de tener vida propia. Acaban brillando bajo las luces artificiales de la ciudad. La civilización rural agoniza entre el ruido de los coches y el estruendo discotequero de la verbena hasta el amanecer.

Le preguntaban hace unos días al escritor John Berger, afincado voluntariamente en un pequeño pueblo, qué hemos perdido, qué es lo más importante que hemos dejado atrás, y respondía: “El sentido del pasado y el sentido del futuro. Lo que vivimos y lo que somos. Hoy el motor para vivir es el instante presente, que es el instante del mercado. Así que esa perspectiva que nos ofrece la visión del pasado, presente y futuro ha quedado enormemente reducida. Ya no sentimos, como se sentía hace muy poco, que los muertos están con nosotros ni que tenemos una deuda pendiente con los que aún no han nacido”.

Seguramente el mérito y la gracia de la fiesta de San Bartolomé en Sarnago es que aún no se ha perdido allí el sentido del pasado y del futuro. Es un reducto resistente a perder su identidad y a morir bajo las ruinas y el olvido. Las móndidas, en sus cuartetas desde el ventanal del Ayuntamiento, recordaron ese pasado y animaron a mirar hacia adelante. Este año, dos de ellas, Mireya y Sara, eran mis hijas, y en la puerta de mi casa, ay, cerrada, las mujeres del pueblo habían puesto cuando llegamos una mesita con rosquillos y moscatel, como antiguamente, en señal de hospitalidad, que es una de las señas de identidad del pueblo. Cuando acabó la función y aún sonaban a lo lejos en la plaza las dulzainas y los tambores, Sara dejaba su ramo de flores de móndida sobre la tumba de los abuelos en el humilde camposanto junto al ejido. Y el ramo de Mireya, la otra móndida de la familia, iría a parar al cementerio soriano de El Espino, donde reposa Margarita, mi madre. De esta forma quedaba bien afirmada la conexión con el pasado. El futuro no está escrito, pero, como dijo Mireya en una de sus cuartetas finales,

Nunca me creí la historia

de que el pueblo estaba muerto.

Que aunque se quede vacío

no es fácil matar a un pueblo.

TIEMPO DE TRILLA

Era la culminación del verano. En realidad, con la trilla culminaba el año agrícola. Después de la larga y azarosa espera, a merced de los vientos, el sol, la nieve, las nubes, la lluvia y las tormentas, por fin llegaba el tiempo de recoger la cosecha, de meter el grano en el granero y la paja, en el pajar. No es extraño que el campesino se pasara la mitad de la vida inclinado sobre la tierra y la otra mitad mirando al cielo. Colgado entre la tierra y el cielo como un Santocristo, así pasaba la vida, pendiente hasta el final, con el temor en el cuerpo, de la llegada de una mala nube que machacara la mies antes de acarrearla a la era. Pocos seres más indefensos que él ante el comportamiento de las fuerzas desatadas e imprevisibles de la Naturaleza. El inexorable ciclo de las estaciones era para él, con más razón que para los que ejercían otras profesiones menos pendientes de los meteoros naturales, el ciclo de la vida y de la muerte. Algo inexorable, ajeno a su voluntad, que condicionaba su mísera existencia y teñía su mirada de impasibilidad y escepticismo. Se lamentaba si venía mal año, pero no se exaltaba cuando había buena cosecha. “Pan para hoy y hambre para mañana”, solía decir. Y así, entre rezos y juramentos, pasaba la perra vida.

Estos días de finales de julio y principios de agosto, antes de la llegada de las máquinas, la vida del pueblo se desarrollaba en las eras, esos espacios empedrados y verdes, en bancales separados por paredes de piedra, que rodeaban el pueblo como una hoz, bordeados en gran parte por el ejido. Era el tiempo de la trilla. Y era digno de verse, en un día ardiente, en el que la mies clascaba fácilmente, el espectáculo de las parvas tendidas y las yuntas de machos, de caballos o de burros, que de todo había, arrastrando el trillo y dando vueltas y vueltas sin parar hasta que el grano se desprendía de las espigas y las cañas quedaban trituradas. Un alegre bullicio se extendía por todas partes y llenaba el aire, impregnado de blancas nubes de tamo. Cualquier viajero desprevenido que lo observara desde fuera por primera vez concluiría que aquel armónico ajetreo, aquella simultánea danza de los trillos, el difícil equilibrio de los que los conducían, el variado vocerío arreando a las yuntas y hasta el chasquido de los látigos formaban parte de una pintoresca fiesta, que bien podría llamarse “la fiesta del verano”, un espectáculo asombroso e inolvidable, de una especial plasticidad y belleza.

Esta fiesta de la trilla, culminación del año agrícola, estaba compuesta por varios ritos, que iban desde tender la parva quitando los vencejos de los fajos y esparciendo las manadas en el suelo, a recogerla, amontonarla, aventarla y cerner el grano. Los fajos provenían de la hacina, torre de mies que encabezaba la era y cuya altura indicaba si había sido buen o mal año. De una hacina alta y rumbosa era de las pocas cosas de las que el campesino se sentía visiblemente orgulloso. La trilla propiamente tal duraba varias horas, con un descanso a la hora de la comida. De cuando en cuando había que dar vueltas a la parva, primero con horcas de madera y después con palas, también de madera, cuando la molienda avanzaba. Una de las servidumbres obligadas consistía en recoger los cagajones que las caballerías soltaban con generosidad durante el monótono recorrido. La yunta arrastraba el trillo, unido con la bríncula a los tarrollos que rodeaban los cuellos de los animales. Aquellos viejos trillos artesanos, con sierras y piedrecillas cortantes, son hoy objetos de culto, como residuos de un tiempo pasado.

El lector observará que me he detenido con cierta minuciosidad en la descripción de esta fundamental tarea agrícola, recreándome en el nombre de las cosas. Lo he hecho precisamente porque es algo que no volverá, aunque sobrevivan los pueblos, y porque no pocos de sus términos -trillar, hacinar…- se siguen usando hoy en la sociedad urbana sin conocer su procedencia. En todo caso, es todo un rico lenguaje procedente del mundo rural y que ha servido de soporte a lo mejor de la literatura española, el que está a punto de perderse. Lo mismo que ciertas costumbres que rodeaban, sin ir más lejos, este rito de la trilla. Lo recuerdo muy bien. Es una de las escenas de la infancia que tengo más grabadas. Cuando a un vecino le sorprendía una tormenta con la parva tendida, a medio trillar, acudían presurosos a la era los demás vecinos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sin que nadie los llamara, a echar una mano y, entre todos afanosamente, envueltos en una nube de polvo y con los primeros goterones de lluvia sobre el rostro sudoroso, ayudaban a amontonarla y entamarla para evitar que se “acorrease” la paja y que se naciera el grano. Difícilmente se encontrará una estampa de solidaridad más gráfica y convincente. En los pueblos, las eras abandonadas son hoy la muestra de un cambio de época irreversible.

LOS OBJETOS

Una de las cosas que da idea cabal de lo que ha cambiado el mundo que uno ha vivido en los últimos setenta años, por poner una fecha redonda, es la duración de los objetos. Ahora tienen fecha de caducidad, son de usar y tirar. Antes duraban toda la vida. Muchos pasaban en herencia de una generación a otra desde tiempo inmemorial y formaban parte natural y afectiva de la vida familiar. Significaban lo permanente de la casa, lo mismo que el recuerdo de los antepasados. Aún puedo pasar revista a algunos de memoria: Los cazos de la espetera, la caldera de cobre de cocer las morcillas, el almirez de bronce, la gran tinaja rojiza de la cocina, la cantarera con los cántaros, la escopeta de gatillos a la vista, el yugo, el trillo, el arado y los otros aperos de la labranza, la vieja cama de hierro, las tazas de café, la artesa, el puñal de la matanza guardado en una funda verde, la foto de la mili cuando la guerra de África, el almanaque con la Virgen del Carmen, el libro del romancero, el Quijote en rústica, la sobadera, el tentemozo, el estante, el reloj de pared de la sala, la capa del abuelo…Nada se tiraba. Ni las abarcas. Se heredaba hasta la chaqueta de pana del padre y el chal de la madre.

Las ropas se arreglaban, se remendaban, se zurcían, se les daba la vuelta y seguían prestando utilidad como si tuvieran que ser eternas. En el pueblo no había “punto limpio”, ese cementerio de objetos que debería llamarse más bien “punto sucio”. Nunca venía un trapero o un chatarrero, a los que nadie arrendaría la ganancia. Si se rompía una mesa, la arreglaba el carpintero. Si se desvencijaba la albarda o los tarrollos de la trilla, se esperaría la llegada del guarnicionero, que montaba el taller a domicilio. De afilar las hoces, las tijeras y las navajas se encargaba, por supuesto, el pobre afilador y si había que arreglar la reja del arado, se llevaba a la fragua del herrero. Cada temporada harían acto de presencia los cesteros de tez aceitunada con sus haces de mimbre y los silleros, dispuestos a echar culo nuevo de anea a las sillas desfondadas. Y así sucesivamente. Eran los oficios, heredados también casi siempre de padres a hijos, como ocurría con el tendero, el albañil, el bizmero o el recaudador de la contribución. Ese era el orden natural. De esta manera las cosas más insignificantes adquirían un valor superior a su valor material.

Todo esto me ha venido a la cabeza leyendo la siguiente información: “En los países ricos se tiran cincuenta millones de toneladas de aparatos electrónicos al año; el 80 por ciento va a parar a basureros en los países pobres”. Los ingenieros y diseñadores se esforzaron al principio, hasta bien entrado el siglo XX, en fabricar objetos de la mayor calidad y duración posibles: bombillas casi eternas, electrodomésticos que funcionaban más de veinticinco años, medias de nailon casi indestructibles, máquinas de coser o coches que duraban toda la vida. Pero de un tiempo a esta parte tuvieron que claudicar a las leyes del mercado, que exigían la fabricación de objetos fáciles y caducos. Me he enterado, por ejemplo, que el ciclo de vida del “smartphone”, mi teléfono inteligente que tengo sobre la mesa, es de veinte meses. Así que en cualquier momento le sobrevendrá la muerte súbita. Y así todo lo demás. A esto se llama “obsolescencia programada”. Afecta a todos los productos del mercado, pero sobre todo a los electrodomésticos, automóviles, televisores, ordenadores, radios, móviles, videojuegos, “software”, baterías y dispositivos electrónicos. Las ropas, por supuesto, son de usar y tirar. Las gentes del pueblo no acuden ya al sastre, y las nuevas generaciones no saben ni coser un botón. Otra diferencia nada desdeñable con aquellos objetos de mi infancia es que ahora llevan ininteligibles nombrajos en inglés. La característica de la época actual es la evanescencia, el fluir acelerado, el pensamiento líquido, que algunos llaman posmodernidad.

No se trata de glorificar los tiempos de la posguerra en el pueblo, claro; aquella economía de subsistencia, aquella vida primitiva rodeada de miseria y necesidades…Pero por lo menos no había plásticos invadiéndolo todo. Puede sorprender a muchos que allí no había llegado aún el plástico, que ahora contamina las aguas y las tierras, ni la rueda, por lo escabroso del terreno, ni el teléfono, ni la televisión, ni los electrodomésticos. Tardó en llegar la luz eléctrica. Internet era inimaginable y se habría considerado cosa de brujería. El contraste, como se ve, es tremendo. Pero lo único que pretendo es poner de relieve el distinto valor de los objetos entonces y ahora. No me parece un asunto menor. Al fin y al cabo, los objetos constituyen la huella que deja el ser humano a su paso por la Tierra. Y a mí, qué quieren que les diga, me gusta acariciar los objetos antiguos, que acariciaron antes otras manos.

AL CUCO

He recibido un mensaje de Elena Pallardó, que me ha puesto las pilas la víspera de partir hacia el mar. Me dice que leyendo una antología de poetas románticos ingleses se ha encontrado con un poema que le ha hecho pensar en mí. Y me lo manda. No tanto para descubrírmelo, dice, como para compartir la casualidad conmigo. La verdad es que para mí ha sido además un descubrimiento y un regalo que quiero compartir con todos. Se titula “Al cuco” y es de William Wordsworth, con traducción de Leopoldo Panero. Difícilmente podría encontrar una mejor postal del verano. Es de esas veces en que uno piensa para sus adentros con sana envidia: ¿Por qué no habré escrito yo esto, si expresa tan fielmente lo que siento cuando escucho el canto del cuco en la lejanía del monte? De este poeta reproduje en “Historias de la Alcarama” aquel sublime poema, que dio título a una inolvidable película y que dice: Aunque nada pueda devolver la hora / del esplendor en la hierba, de gloria en la flor; / no hemos de entristecernos, antes bien encontrar / apoyo en lo que permanece / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser por siempre / en los pensamientos tranquilos que brotan / del sufrimiento humano / en la fe que ve a través de la muerte… Trataba yo entonces de recurrir a la esperanza ante la muerte programada de los pueblos. Todo lo que se ama permanece. Nada de lo que se ama desaparecerá para siempre, etcétera. Como veis, una visión romántica de la vida, tan válida como cualquier otra.

Este poema “Al cuco” de Wordsworth, que yo, como digo, desconocía, refleja fielmente lo que sentí el otro día en Sarnago cuando, estando en el cerro del castillo, oí abajo, lejos, el apagado canto del cuco. No sé cuantos años habían pasado desde que lo oí por última vez. Es difícil que alguien ajeno al mundo rural y a estas experiencias infantiles sea capaz de comprender la emoción y el gozo convulsivo que ese cu-cu lejano, etéreo, voz errante que subía del monte o de los prados, no lo sé bien, me despertó por dentro. Y veo que no soy yo solo. Ahí va el poema que a mí me hubiera gustado escribir:

¡Ledo huésped reciente! Tu eco escucho

de nuevo, y me alborozo

¡oh cuco! ¿He de llamarte también pájaro,

o errante voz tan solo?

Mientras tendido estoy sobre la hierba,

tu doble grito oigo,

de colina en colina resbalando,

cerca a un tiempo y remoto.

Aunque es tu charla nada más al valle,

y a las flores y al sol,

a mí me trae leyenda de horas

en mágica visión.

¡Tres veces bien venido, vernal príncipe!

¡Mas, para mi, tu no

eres ave: invisible cosa eres,

un misterio, una voz!

…La misma que en mis días escolares

escuchaba; ¡aquel grito

que me hizo aquí y allá tornar los ojos

por fronda, cielo, espino!

Vagué a menudo, atravesé en tu busca

bosques y praderíos;

más tú eras siempre una esperanza, un sueño,

deseado, nunca visto…

Y aún escucharte puedo, y acostarme

sobre el llano, y oír,

oírte hasta crear de nuevo aquella

dorada edad en mí.

¡Oh ave santa! ¡La tierra que pisamos

nuevamente es así

obra de un hada, inmaterial paraje,

hogar propio de ti!

No sé si la poesía es un arma cargada de futuro. Me inclino a pensar que sí. De un tiempo a esta parte ha desaparecido de las páginas de los periódicos, que están abarrotadas de política en alpargata, de fútbol, de sucesos y, por supuesto, de economía. Lo mismo ocurre en la radio y en la televisión. El mundo de los negocios, los intereses económicos, dominan el panorama en la vieja Europa. La poesía, tan presente en los pueblos desde siempre, ha quedado barrida, relegada. Y así nos va. Recuerdo, a este propósito, una historia que viví de cerca en El Escorial, en la época gloriosa, la primera época de los cursos de verano. Una noche varios escritores relevantes, entre los que llevaban la voz cantante, templada por el vino, Claudio Rodríguez y Paco Umbral, quisieron quemar solemnemente en una hoguera toda la prensa económica, que empezaba a proliferar. Se trataba de una protesta en toda regla, con publicidad y alevosía, bajo el lema: ¡Más poesía y menos economía! Unos románticos, como se ve. Lo mismo que yo hoy. Menos mal que sigue cantando el cuco en los montes perdidos de Sarnago, aunque nadie lo oiga.

HACIENDO MEMORIA

Haré hoy el relato de estos días de ausencia. Los lectores del blog se lo merecen. He de justificar de alguna forma el retraso en la publicación de esta entrada, que hace la número 222. Cuando me pongo a escribir he consultado las estadísticas y he visto que “El canto del cuco” alcanza en este momento las 108.250 visitas, una cantidad abrumadora. La mayoría son de España, pero no pocas proceden de medio mundo. Así que lo menos que puedo hacer es dar una explicación a los que esperaban una nueva historia en el tiempo acostumbrado y se hayan sentido defraudados. Aquí estoy de nuevo con la pilas cargadas. No se vayan. He leído que un neurocientífico y bioingeniero llamado Theodore Berger trabaja en una prótesis cerebral que, instalada en el hipotálamo, puede recuperar y aumentar la memoria. Sería fantástico acabar con el tremendo drama del alzheimer y demás enfermedades mentales que borran o entorpecen los recuerdos. Como dice Jorge Luis Borges, “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Es decir, somos lo que hemos vivido, somos lo que recordamos, y acaso el mejor dispositivo cerebral o del corazón para recuperar la memoria de las cosas y revivirlas no sea otro que la vuelta a los lugares de la infancia. Es lo que yo he hecho en estos días de ausencia, cargados de estrépito político.

En menos de una semana he viajado dos veces a los campos de Soria, que están en su momento de esplendor. El paisaje se convierte por unos días en un tapiz primoroso que se va desplegando según vas andando, siempre el mismo y siempre distinto, como el mar. Por todos los caminos dominaban a la vista los verdes, mezclados con los dorados y tostados de la mies, que empezaba a madurar ya para la cosecha, y que contrastaban con los remiendos irregulares, rojizos y pardos de la barbechera, cuando la tierra descansa. Los orillos y ribazos eran un estallido de flores azules, rojas, amarillas, violetas… La mayoría no he sabido nunca cómo se llaman; pero lo que importa es que son las mismas flores de mi infancia. Y los mismos trigos, los mismos pájaros, los mismos escaramujos con rosas elementales de cuatro pétalos rosados, los mismos tomillares florecidos en la subida del castillo. Lo más parecido a un milagro, una explosión de vida en una tierra árida y fría de largos inviernos y anchas soledades. Contemplando el vistoso paisaje se me antojó una novia hermosa que se exhibe fugazmente en el balcón, vestida de fiesta, antes de que caiga la noche y se ponga otra vez las alpargatas negras y el pardo sayal de campesina.

En Sarnago ese día soplaba el aire de la Alcarama y se agradecía el abrigo. Comimos toda la familia en la escuela, en una larga mesa, con la estufa de leña encendida, como cuando entonces. José Luis, el pariente de Tudela, que subió para el reencuentro, se ocupó de alimentar el fuego. El humo de la estufa me devolvía a los inviernos de mi niñez. Y las viejas fotografías de las paredes, con tantos rostros antiguos, se hacían presentes de pronto en la celebración como apariciones del más allá. Y en cualquier momento podían empezar a tocar solas las campanas en la entrada, asentadas en el suelo del portal, donde jugábamos a las pitas. Y, como compendio de la memoria, el sencillo y auténtico Museo Etnográfico arriba, encima de la escuela, en la casa del maestro, en la que tantas horas pasé, solo, estudiando latín y francés en la mesa camilla del saloncito que da a la plaza. Abundaron las sabrosas y variadas fiambreras sobre la mesa y no faltó el buen vino que trajo mi hijo Rodrigo de su bodega de Extremadura, etiquetado para la ocasión con el nombre de la Alcarama y la fecha del encuentro. Después unos cuantos valientes, incluido mi nieto Roque, con tres años, subimos al cerro del castillo, como estaba programado. La subida, envueltos en el aroma de los tomillos florecidos, se me hizo más dura de lo que recordaba; pero valió la pena. Es un lugar mágico de la España celtibérica, cargado de historia antigua, una atalaya sobre el valle del Linares y sobre las Tierras Altas. Después de tantos años, para mí fue un descubrimiento. Nadie que suba al castillo de Sarnago un día claro lo olvidará jamás. ¡Esa luz, esa claridad, esa magia! La vista se pierde más de una  docena de leguas a la redonda, en un paisaje circundado de montañas y sierras azules. En la cumbre azotaba el cierzo y en la bajada aseguro -no es un oportuno recurso literario- que oí cantar al cuco por el prado de los Rebollos o quizá por Bajorente. Era la primera vez que lo oía tras muchos años de ausencia.

Después viajamos toda la familia a Valtajeros, también en busca de los orígenes, y desde el campanar recorrimos la atalaya de la iglesia almenada. Estuve en la puerta de la casa donde viví de niño, los dos primeros años de mi vida, donde murió mi padre, y en la que no he vuelto a entrar nunca más desde entonces. Pero la puerta estaba cerrada y nadie en el pueblo tenía la llave. Confío en que un día pueda cumplir al fin este sueño, convertido en una necesidad interior. Así que tendré que volver. El otro viaje, la víspera de San Juan, fue a El Burgo de Osma, al reencuentro sesenta años después con compañeros de estudios. De pronto aquellos alegres muchachos, con los que compartí rezos, juegos y pupitres, eran ahora ancianos, cuyas identidades resultaba difícil descifrar entre los estragos del tiempo y las nieblas de la memoria. En momentos así es cuando uno se da cuenta de que la vida consiste en una gran dispersión, en la cual cada uno acaba, como una hoja seca, arrastrado adonde lo lleva el viento.

Estas y otras circunstancias que no vienen al caso son la explicación con las que intento justificar mi falta de puntualidad esta vez con los seguidores más fieles de “El canto del cuco”. Espero que estas historias mías sean algo parecido a una prótesis en el cerebro de los lectores, o en su corazón, que les ayude a recuperar la memoria. O sea, la vida.

SUBIR AL CASTILLO

El castillo de Sarnago es un cerro pelado enfrente del pueblo. En la ladera de la derecha, según se mira desde las eras, en la umbría, se ve una mata de robles y monte bajo, donde podía saltar en cualquier momento la liebre o levantar el vuelo un bando de perdices. En la entrada, bajo unos árboles solitarios, solían sestear las ovejas cuando apretaba el calor. Allí quise yo atrapar el sol un día. Los cazadores furtivos acostumbraban a echar los lazos al anochecer en las veredas del monte y volvían antes de la salida del sol a ver si había habido suerte y se topaban con una rabona ahorcada entre las estacas para echar al morral. No faltaba tampoco en estos días del final de la primavera el furtivo que subía silenciosamente entre dos luces con el reclamo de la perdiz bajo la manta de Enciso hasta el chozo situado arriba estratégicamente en un cabezo entre el monte y la solana. Hasta el Hoyo de la Mata, que así se llama el paraje profundo, acudían también los hombres a acarrear al bardal en las artolas de las caballerías cargas de estrepas, que era el combustible habitual en las casas.

Delante del cerro el viajero observará las piezas del Collado: los sembrados parecen un mantón remendado de distintos tonos de verde, con las cebadas blanqueando ya por San Juan. Las piezas, hasta que llegó la concentración parcelaria y arrasó el paisaje, estaban sabiamente organizadas en bancales irregulares sostenidos por anchos ribazos, que en este tiempo aparecían floridos y servían de refugio a pájaros e insectos. En los trigales cantarán ya las codornices, si es que queda alguna. Abajo, a la derecha, entre los sembrados y el ejido, destacan, si alguien tiene curiosidad, los muros del pequeño cementerio, último refugio sagrado de las cenizas de los vecinos dispersos, junto a los huesos de los antepasados.

Desde siempre ese cerro, que tiene algo de mágico, se conoce como “El Castillo”. Pero ni los más viejos del lugar han visto traza alguna de que allí hubiera nunca un castillo. Hace siglos que ocurre esto, como si permanecieran en la cumbre, a mil trescientos y pico metros, los muros invisibles y fantasmales de una fortaleza que estuvo asentada en ese alto un día y que desapareció como por ensalmo. Lo mismo que en el caso del río -¿Dónde está el río? ¡Los bueyes se lo han bebido!- se podría decir: ¿Dónde está el castillo? ¡Los duendes se lo han llevado! Los duendes de la historia, claro. Sólo queda un cantarral en el abrigo de la cara sur, entre ulagas, tomazas y tomillos. Y algunas matas de grosella y de frambuesa que han sobrevivido, aquí y allá, entre las piedras. Todo ello da pie a pensar que representan indicios de que allí hubo algún día huertos y vida; es decir, que fue un lugar habitado.

Es curioso. El significante ha sustituido por completo al significado. Han pasado cientos de años y ahí sigue el nombre y el mito. Hasta nuestros días. Eso demuestra, por lo pronto, lo difícil que es borrar las huellas del pasado, lo mismo que resultan imborrables las huellas de nuestra propia biografía (y más ahora, con internet). Y lo persistente que es la tradición en los pueblos, aunque se hayan perdido las referencias e ignoremos el origen de los ritos, costumbres y creencias actuales. Seguramente las piedras del castillo desaparecido de Sarnago forman parte de los muros de la iglesia derruida o las esquinas de las paredes de algunas casas del pueblo. Como la energía, nada se pierde, todo se transforma, y así discurren, nacen y mueren, las civilizaciones.

Hasta hace unos años, todo el mundo, aunque nunca lo hubiera visto nadie, estaba convencido en el pueblo de que en ese cerro hubo un castillo “del tiempo de los moros”. Lo mismo pasa con la característica historia de las móndidas y el mozo del ramo. Siempre se ha creído, “desde tiempo inmemorial”, que su origen estaba en la Reconquista, que databa de la batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas. En realidad, seguramente su antigüedad se remonta al mundo clásico greco-latino, muchos años antes de la era cristiana. Algo parecido ocurre con la hoguera de San Juan, en San Pedro Manrique, que pasarán la noche del jueves 23 con los pies descalzos, otro episodio de la España mágica. En los siglos que duró la lucha contra el Islam se fraguó, en gran manera, la identidad nacional española. Es normal que esto haya dejado huellas profundas que borraron muchas de las anteriores referencias. Es lo que ha ocurrido con el castillo de Sarnago.

Ahora los especialistas han demostrado científicamente que fue una fortaleza celtibérica de los siglos II-III antes de Cristo. Desde ese castillo, situado en el cerro, ahora pelado, se dominaba todo el valle del Linares. Los investigadores han encontrado entre el cantarral abundantes trozos de cerámica de esa época, e historiadores como Miguel Angel San Miguel o Eduardo Alfaro, estudiosos de la tierra, han dejado constancia científica de la antigüedad, estructura e importancia del castillo como fortaleza celtibérica y hasta de las condiciones de vida de los habitantes de aquel poblado en torno al castro, que no se diferenciaban, por lo visto, mucho de la vida que yo experimenté en mi infancia. De niño oí historias maravillosas sobre tesoros escondidos en el cerro del castillo y me contaron que el tío Nicolás, un aventurero hermano de mi abuelo, empezó un día sin éxito una excavación convencido de que daría con alguno de esos tesoros; pero sólo encontró cados de conejos en galerías interminables.

Todo esta prolija presentación viene a cuento de que quiero adelantar que este fin de semana, en nuestro previsto viaje iniciático a Sarnago y a Valtajeros, en vez de a la Alcarama, tal como están los caminos y las previsiones del tiempo, he propuesto a toda la familia, chicos y grandes, subir al castillo, uno de los mejores balcones de las Tierras Altas. Será también una especie de ascensión espiritual. Un buen sitio para encontrar pistas del pasado y para obtener una visión panorámica de la realidad actual. Para mí subir al castillo es como recuperar la infancia. Y, acaso, podamos descubrir también huellas perdidas de esa España mágica.

DONDE LA VIEJA CASTILLA SE ACABA

Me enteré por Isabel Monje del nuevo homenaje en Soria a Avelino Hernández, el escritor de Valdegeña. El motivo fue la reedición de su libro “Donde la vieja Castilla se acaba: Soria”, con prólogo del inevitable Julio Llamazares. El acto estuvo promovido por la Asociación de Amigos del autor, con su viuda, Teresa Ordinas, a la cabeza. A mí no me invitaron esta vez, pero me uno desde aquí a la celebración. Al fin y al cabo, los caminos recorridos por Avelino son mis caminos. Ni Gerardo Diego ni Antonio Machado, tan reconocidos, se aventuraron por ellos. Ni las cigüeñas traspasan el puerto de Oncala. Sólo, aunque de refilón, lo hicieron Bécquer, por las faldas del Moncayo, y Dionisio Ridruejo, que buscó sus orígenes en las tierras de la Mesta. Pero este viaje no me lo pierdo, aunque ya no queden arrieros con los que compartir cháchara y petaca, ni casi pueblos en las Tierras Altas, entre la sierra del Alba y la Alcarama, que es nuestro territorio, el de Avelino y el mío, un “cementerio de pueblos”, como él lo llamó. Ni siquiera queda polvo en los caminos, ni huellas de herraduras, ni pisadas de abarcas. Hay cosas que sólo los nativos podemos sentir y comprender. La Soria provincial lleva camino de rendirse, si se observa su decadencia demográfica año tras año, como último baluarte administrativo de Castilla la Vieja.

No me importa reiterar lo dicho en otras ocasiones solemnes. Avelino Hernández escribió siempre de la vida, o sea, de lo vivido. Según confesó, no quiso dejar firmada otra obra de arte que no fuera su propia vida. Una vida, en gran manera trashumante, como corresponde. Quiero decir que sus escritos están cargados de realidad itinerante. La existencia era, para él, el valor radical e indestructible. Seguramente por eso buscó el último aliento de vida en el mundo rural desfalleciente, de donde procede, como yo, vital y literariamente. En esto fue por delante, abriéndonos camino a los que estamos escribiendo ahora la elegía por la muerte de los pueblos y recogiendo los despojos de una civilización que se acaba entre la indiferencia general. A esto van dedicados mis cuatro libros de la Alcarama y este “Canto del Cuco”, mientras el cuerpo aguante. Él fue por delante con “Una vez había un pueblo”, “Donde la vieja Castilla se acaba”, ahora felizmente reeditado, o “La sierra del alba”, referencia esencial.

Avelino Hernández comprendió pronto que la única forma de vivir y, por tanto, de escribir era siendo libre. Y lo fue. Optó radicalmente, con algunos desgarros interiores, por la libertad, virtud característica del castellano viejo. En esto arriesgó lo suyo, sacrificó hasta arraigados ideales religiosos, y, prácticamente, se jugó la vida. Fue un hombre honrado y valiente. Fue consecuente consigo mismo. Poco a poco amansó la furia sin desprenderse de la característica boina campesina y revolucionaria. Amó a las gentes, sobre todo a las gentes humildes y peculiares, tomó nota de lo que le decían los tipos curiosos que se encontró por el camino y que dieron color a su literatura. Amó la tierra, la Naturaleza, la amistad y, como la ola mansa que llega a la orilla en su refugio de Mallorca, amó el sosiego y el disfrute de los placeres sencillos de la vida. Y siempre tuvo una mirada compasiva y una mano tendida hacia los que sufren y hacia los que luchan.

Por todo lo cual me uno desde aquí a este nuevo homenaje al escritor de Valdegeña, pueblo a la sombra del Madero, a cuatro o cinco leguas de Sarnago. Avelino tiene el mérito de que él fue el que inició la resistencia. Ahora, le hemos seguido otras voces. De las duras estribaciones de la sierra de Oncala ha salido, sin ir más lejos, un gran poeta del pueblo y de la tierra. Vale la pena resaltarlo. Su nombre es Fermín Herrero, presentado ya aquí en otras ocasiones. Es curioso que en aquel “cementerio de pueblos”, donde Castilla pierde su nombre, puedan florecer las letras con tanta exhuberancia. Habrá que interpretarlo como una respuesta serena, pero firme, a tanto desatino, tanto abandono y tanto sufrimiento. A Avelino Hernández y a todos los de esta generación que seguimos su rastro entre los trigos, se nos ha pasado, seguro, por la cabeza más de una vez lo de Valle Inclán en “La lámpara maravillosa”: “Amé la soledad y, como los pájaros, canté sólo para mí. El antiguo dolor de que ninguno me escuchaba se me hizo contento. Pensé que estando solo podía ser mi voz más armoniosa, y fui a un tiempo árbol antiguo, y rama verde, y pájaro cantor”. ¡Aunque fuera el cuco!

SALVAR A LAS ABEJAS

Volvía yo esta mañana a casa de comprar en “La Tortuga” el pan y el periódico, como de costumbre, cuando he visto a un vecino fumigando en la entrada de la suya un llamativo rosal plagado de preciosas rosas blancas. Al pasar he sentido en la nariz una ráfaga del molesto insecticida en vez del agradable olor a rosas. Siempre me había parecido el rosal más hermoso de la urbanización. Ahora ya sé por qué, y desde hoy no me parecerá tanto. Le he dicho buenos días al hombre y he seguido mi camino por la acera. ¡Pobre de la abeja que se acerque hoy a este rosal tan florecido!, he pensado. Y me ha venido a la cabeza el largo informe que leí ayer en un periódico digital. Se trata de un estudio científico realizado en Estados Unidos. La primera conclusión es que los investigadores han encontrado hasta treinta pesticidas en el polen de las abejas. Supongo que más de uno de los seguidores de “El canto del cuco”, dado su nivel de curiosidad demostrada y su sensibilidad en defensa de la naturaleza, lo habrán leído también y estarán al cabo de la calle. Pero no está de más, me parece, ponerlo de manifiesto para los que no se hayan enterado. ¡Hay que salvar a las abejas!

De entrada impresiona que las abejas, esos pequeños y dorados insectos “antófilos” (del griego, “que aman las flores”) cuando regresan a sus colmenas después de sus dulces correrías, en este caso por inmensos campos de maíz del medio oeste norteamericano, lleven en su cuerpo un cóctel explosivo compuesto por una treintena de insecticidas diferentes. Estudios realizados en España han encontrado en el polen hasta cincuenta y tres plaguicidas (fungicidas, insecticidas y herbicidas), cuya mezcla eleva considerablemente la toxicidad. Pero el descubrimiento va más allá. Las químicas agrícolas son sólo una parte del problema. Según Krupke, uno de los mayores entomólogos del mundo, contribuyen tanto o más a ello los hogares y los parajes urbanos. Y apunta a los “piretroides”, insecticidas de uso doméstico contra moscas y mosquitos o para proteger las plantas del jardín contra pulgones y otros insectos, como hacía hoy mi vecino el del rosal. A este mismo flu-flu recurren los Ayuntamientos para fumigarlo todo -árboles, setos y praderas- cuando se acerca el verano. También se usan en las casas para combatir los parásitos de los animales domésticos. Una curiosidad añadida es que, por lo visto, a las abejas les gusta el néctar de las flores contaminadas con “neonicotinoides”, principal compuesto de los insecticidas, como a los fumadores el tabaco. Así buscan las pobres su propia perdición.

El caso es que las abejas se mueren. En Estados Unidos han desaparecido ya el 44 por ciento. En Europa, el 20 por ciento. En España hemos perdido entre el 20 y el 40 por ciento. En regiones como Galicia, el 56 por ciento. También nos quedamos sin abejorros y sin mariposas. Ya hemos perdido la mitad de ellos. Sobre la gradual y galopante desaparición de las abejas, la causa última no está clara. Aparte de los plaguicidas, se habla de un virus, un parásito, hongos o el cajón de sastre del cambio climático. Puede que una combinación de todos ellos. Veo que en España, según los ecologistas, están autorizados 319 productos peligrosos para las abejas, y sólo se han prohibido últimamente cuatro insecticidas tóxicos. Hay coincidencia en que la desaparición de las abejas sería una catástrofe. Algunos ven en ello una señal del fin del mundo. Estos “antófilos” tienen un papel esencial en la conservación del ecosistema. De la polinización depende cerca del 90 por ciento de las plantas silvestres y un tercio de los alimentos que consumimos. Y de las abejas y el resto de polinizadores depende, según los datos que he recogido, el 70 por ciento de los principales cultivos para el consumo humano de la agricultura en España, empezando por los árboles frutales: los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los perales, los melocotoneros…¿Alguien se imagina un mundo sin mariposas, sin manzanas y sin abejas?

En mi pequeño jardín está prohibido fumigar. Y así me va. El albaricoquero, que planté con mis propias manos y que daba los mejores albérchigos -gordos y dulces- que he comido nunca, está enfermo, triste y sin fruto este año, llamando al hacha del verdugo; y el cerezo aparece invadido de pulgón. Y, por si faltaba algo, esta primavera, cuando florecieron, no he visto una abeja. Sólo alguna avispilla suelta. Me parece que la humanidad ha entrado en un círculo maldito. Sin fumigar no hay frutos y fumigando, acabamos poco a poco con las abejas y demás insectos, imprescindibles para la vida humana y para que las plantas fructifiquen. Hemos roto el ecosistema y estamos perdidos, agarrados como posesos a las nuevas tecnologías, como si fueran la tabla de salvación. ¡Pobres! Y llegado aquí, me vuelvo a la niñez en Sarnago, escucho en las herrañes el dulce rumor de mil insectos y veo al tío Quirino, cazador de enjambres, llamando con losas en la mano a las abejas que cruzan el aire de la plazuela como una nube dorada.

CARTA DE FAMILIA

Me habría gustado estar el sábado, día 21, víspera de la fiesta de la Trinidad, en Sarnago, sentado a la mesa de la cena de socios. Pero no pudo ser. Entre otras razones de peso, porque poco más o menos a la misma hora estaba viniendo al mundo Alba, que hace en el escalafón de mis nietos la número siete, un número bíblico como se sabe. Confío en que, cuando pasen veinte años, Alba sea moza de la móndida, con Roque, mi nieto, de mozo del ramo. Será la prueba de que el pueblo sigue vivo y de que se mantiene la tradición. Por lo pronto, este año ha vuelto a apuntarse a móndida con gran empeño Sara, mi hija pequeña, la de las “Historias de la Alcarama”. Eso reconforta. Quiero decir que hay que apostar, sin nostalgia enfermiza, por el futuro del pueblo, por la recuperación de los pueblos, aunque los que estamos ahora empujando el carro nos hayamos ido. Seguirán nuestros hijos y nuestros nietos. No hay que perder la fe en nosotros mismos. Hoy es siempre todavía. Y sigo con Machado: “Cuando penséis en España -escribió- no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado (…) Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana”. Pues eso. Donde dice España poned Sarnago.

Como ésta pretende ser una carta de familia, un desahogo de intimidades, debo confesar que de vez en cuando me asaltan en los últimos tiempos serias dudas sobre si debo seguir con “El canto del cuco” tal como ahora, dedicado al mundo rural en trance de desaparecer. Llevo ya varios años recogiendo las granzas y demás despojos de esta cultura que impregnó mi vida. Y estoy un poco cansado de agacharme. Soy consciente de que soy uno de los últimos supervivientes de una generación-bisagra entre un mundo que se acaba y otro que llega. Eso me ha obligado a no guardar silencio y ejercer de testigo. Me esfuerzo en esto lo que puedo. He puesto de relieve este contraste, semana tras semana, y he tratado de salvar los valiosos despojos del pasado. No oculto que con una cierta añoranza. Sarnago y la comarca de las Tierras Altas de la Alcarama han sido, como sabéis, el escenario principal de los relatos, pero sin muros, o sea, con aspiración de universalidad. De hecho compruebo que cada día estos relatos encuentran más lectores en medio mundo, especialmente en América y en Europa, y hasta en los lugares más lejanos e insospechados. Ya van más de ciento cinco mil visitas. Pero no quiero ser cansino. Lo último que deseo es que alguien se acerque por curiosidad a este blog y diga: “¡Uf, qué cargante es este tío con la matraca del pueblo y de sus recuerdos!” Así que sigo dándole vueltas al mondongo. Y me siento obligado a compartir con los seguidores habituales estos titubeos.

Cuando estoy a punto de rendirme, me llega la invitación para la cena de socios en la víspera de la fiesta. Anuncia nuevos planes, además, de la modernización y puesta al día de la página web, y me reanimo. ¡Quién sabe! El relevo del obispo -pienso- a lo mejor favorece la reconstrucción de la iglesia. En todo caso, seguirán las hacenderas. Y vuelvo a soñar. Vuelvo a acudir a la dehesa en cuadrilla a cortar la copa de arce. Veo por la mañana el ramo adornado con cintas de colores, roscas y rosas, alzado en la procesión por el mozo del ramo seguido de las airosas móndidas. Escucho el violín y la guitarra de “Los Patos” de Cornago. Subo a la torre a voltear las campanas. Chillan los ocetes en desbandada. Retoza la dula en el ejido. Suben los verdes trigales alrededor del pueblo, cantan las alondras sobre las esparcetas y florecen los ribazos con cien colores. Bailo en la plaza por la tarde después de cantar la Salve en la iglesia. Y me uno al corro: “En este pueblo todos cantamos/ todos bailamos/ y así entonamos/ esta canción/ rin, ron”. Veo a la gente alegre y aseada. Siento el olor de los rosquillos. Corre el anís y el vino. Un día es un día. Hoy toca tirar la casa por la ventana.

Es decir, parece que no tengo remedio. Por iniciativa de mis hijos, antes de un mes iremos toda la familia -chicos y grandes, incluida la pequeña Alba- a Sarnago y subiremos a la Alcarama con vino y fiambrera. ¿Hay quien se apunta? Después Dios dirá. Como dice Virgilio, el gran poeta del campo, “tus nietos recogerán los frutos” (carpent tua poma nepotes) y “Dios nos regaló estos descansos” (Deus haec otia fecit). Provisionalmente, la vida sigue. Es lo que quería deciros.

DESPEDIDA DE LA MONJA JULIANA

Hoy El Valle, la verde comarca soriana al pie de la Cebollera, se queda más solo. A la hora que me pongo a escribir, Juliana, la anciana monja anacoreta, que vino de Gante, viaja hacia Toledo. La llevan al monasterio cisterciense con sus compañeras de religión. Esta vez es un viaje sin retorno. La última vez que la condujeron allí, no hace tanto, para que la cuidaran, no resistió mucho y se volvió a su soledad. El cuarto de baño le parecía un lujo que no podía soportar. Pero ahora no volverá, porque le fallan las piernas y ya no puede valerse por sí misma. Se acabó la rebeldía. Ayer los que acudieron a despedirse de ella en su casita prefabricada, instalada en el rincón de un prado en Molinos de Razón, la encontraron echada escuchando música de Bach. No podía ponerse de pie ni apenas estar sentada. Casi no podía moverse ya. Comía de lo que unas almas caritativas de Sotillo del Rincón le llevaban. Su condición de vegetariana facilita las cosas y hace que se conforme con picotear como el mirlo o la paloma en la hierba. Difícilmente podía asearse sola ni satisfacer con dignidad sus necesidades. Por eso estaba resignada a obedecer órdenes y dejar su refugio donde había vivido los últimos veintiséis años. Repetía para justificar su vida y su frustración de ahora: “¡Yo tengo vocación de anacoreta!”. Su deseo confesado era vivir sola y en extrema pobreza hasta la muerte. Pero ahora no tenía más remedio que bajar la cabeza y obedecer.

Por lo demás, quitando su inmovilidad, su aspecto no es malo. A sus 86 años largos su salud en general es buena. Demuestra una gran lucidez. La cabeza le funciona bien. Pregunta por todos, uno por uno, con detalle. “¿Cómo le va a Sara?” “¿Qué tal Rodrigo y sus hijos?”. Su curiosidad es universal. La nube que le cubre un ojo y que le da un aspecto que asusta a los niños hace que resalte más el azul celeste del otro ojo. Tiene al lado unos cuantos libros y un montón de casetes de música clásica. “¿Quieres llevarte estos casetes?”, ofrece, como si se desprendiera de su herencia más querida. “No, Juliana, llévatelos a Toledo, te vendrán bien”. La mujer procura sobreponerse a la pesadumbre que le corroe por dentro, pero en un momento dado exclama: “Yo no puedo vivir fuera de la Naturaleza”. Y se queda callada, como absorta, unos instantes. Alguien le recuerda para animarla un poco: “¿Te acuerdas, Juliana, el día que te perdiste en el monte, yendo a misa a El Royo? Todo el pueblo salimos a buscarte por la noche”. Y se ríe. Otro le cuenta: “¿Sabes que los guardas forestales de Valdeavellano estuvieron a punto de dispararte una noche que vieron en el monte la luz de una linterna y te confundieron con un cazador furtivo al que perseguían?” Y se ríe, se ríe de buena gana. ¡Ella, una furtiva! ¡Una monja furtiva! En cierto aspecto, es verdad. Una mujer solitaria en medio de este mundo desbocado y bullicioso que no sabe adónde va. Ella, quebrantando todas las normas establecidas por la economía de mercado y por la desorientada cultura dominante, que ha perdido la costumbre de mirar al cielo.

Su pequeño huerto, que Juliana cultivaba y del que se abastecía, se ha quedado lleco. Su aspecto, cuando estalla la primavera en El Valle, es desolador. Nadie volverá a plantar allí lechugas y tomates. El desamparo del huerto es la mejor metáfora del final de una hermosa historia humana, que ha durado más de un cuarto de siglo. Por eso digo con razón que, con la marcha de la monja, El Valle se ha quedado más solo, como cuando en casa se muere la madre y ya no hay más que silencio entre las cuatro paredes. Lo mismo que cuando el último vecino apaga el fuego de la cocina, echa la llave de la puerta de la casa y se va lejos. La monja Juliana, como la Romana de Valdenegrillos, son las últimas anclas a la vida en la tierra abandonada. “Juliana, ¿te ayudamos a hacer la maleta?”. Y se ríe de buena gana. No tiene maleta. No tiene nada. Se irá con lo puesto. “¡Anda, quédate con los casetes!”, insiste. Cada vez recibía allí en su casucha, donde hace tiempo que le clausuraron el pequeño oratorio porque no podía moverse del rincón donde vivía arrumbada, más correspondencia de las gentes más insospechadas. En general, le pedían consejo u oraciones. Ella contestaba todas las cartas. “¿Y qué va a pasar ahora? -pregunta de pronto, preocupada- ¿cómo va a saber el cartero que vivo en Toledo?, ¿cómo se van a enterar de mi dirección?” “No te preocupes, Juliana, lo arreglaremos. Correos funcionan muy bien”. “¿Y qué hago con mi pequeña radio, que tanta compañía me ha hecho?”. Juliana escuchaba las noticias en Radio Nacional por si daban alguna desgracia -el mundo parece hoy la historia de una desgracia encadenada- para rezar por las víctimas. Más de una vez, como cuando lo de Irak, ha ofrecido a Dios su vida sin éxito a cambio de acabar con una guerra. “¡Llévatela contigo, Juliana, llévate la radio!” Y, por si te ayuda en este viaje sin retorno, llévate también contigo nuestro afecto y nuestra gratitud. Personas como tú enderezan la historia humana y cambian para bien el rumbo del universo. Sólo mujeres como tú, dotadas de un corazón inocente, pueden, como dijo María Zambrano, habitar ese universo.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 70 seguidores