El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

RECUERDO DE LA ROMANA DE VALDENEGRILLOS

Lo prometido es deuda.  Para animar un poco el forzado retiro con historias ejemplares de personas que eligieron voluntariamente la soledad, traigo hoy aquí, tras la historia de la monja Juliana, el caso de la Romana de Valdenegrillos, que con tanto interés han venido siguiendo los lectores habituales de “El canto del cuco”. Para los nuevos será una novedad. Sirva de recordatorio y de homenaje a este ser humano singular e indómito.

La mujer, que ha superado ampliamente los 90, vive sola en su casa del pueblo, una aldea acurrucada en la falda de la Alcarama, a una legua de Sarnago, mi pueblo, rodeada de estepas, sabinos y alimañas, sin un alma en muchos kilómetros a la redonda. Puede considerarse  la última resistente de  las Tierras Altas de Soria, la comarca más despoblada de España, que da soporte y cobijo  a  un cementerio de pueblos.

El Zacarías y la Romana, los dos últimos vecinos de Valdenegrillos, resistieron hasta que pudieron. El año 2012, si no me falla la memoria, antes de que se echara el invierno encima, tuvieron que dejar el pueblo por los achaques del hombre. El cura de San Pedro Manrique lo condujo al hospital de Soria, y se fueron a vivir, los dos, a casa de los hijos en la ciudad. Tuvieron que desprenderse de las gallinas, olvidarse del huerto, vender el burro y cerrar la casa, con la lumbre de la cocina aún humeante. Desapareció del paisaje la singular estampa de la Romana, una mujer valerosa, diminuta y enlutada, subida a su burro, que cada semana recorría, envuelta en su mantón, las dos leguas largas, por un camino pedregoso, hasta San Pedro en busca de suministros.

No aguantó mucho el Zacarías. Se entretenía en un huerto que tenía el hijo cerca de la ciudad.  Entraba y salía del hospital. Hasta que un día me encontré con su esquela mortuoria en la puerta de la concatedral. La Romana quería que lo llevaran a enterrar al camposanto del pueblo, pero al fin descansa en el cementerio soriano de El Espino al pie del becqueriano Monte de las Ánimas. No pasaron muchos meses del luctuoso suceso cuando me llegó la sorprendente noticia: ¡La Romana ha vuelto al pueblo! Parecía increíble, pero allí estaba. Y allí sigue. Completamente sola. En su lumbre de la cocina. Con la única compañía de una gata que le llevó Toño, el cura. Cada vez más cargada de años y achaques. En su solitario rincón ha superado el último invierno. No sé cómo sobrellevará la copiosa nevada de estos días. Cada semana acostumbra a pasar por su puerta el guarda forestal o la pareja de la Guardia Civil por si necesita agua, alimentos o medicinas. Ella parece feliz. Eso me dicen. El viajero curioso que se acerque a Valdenegrillos no tiene pérdida: si ve una casa entre las ruinas de la que sale humo de la chimenea, allí vive la Romana.

 

 

MUJER CON ALCUZA

Como contrapunto a esta historia singular y conocida de amor voluntario a la soledad, a la casa, al pueblo y a la tierra, dejo aquí un poema de Dámaso Alonso, “Mujer con alcuza”, de su libro “Hijos de la ira”, que refleja otro tipo de soledad, tremenda, que tanto se da estos días, sin apenas enterarnos, entre nosotros.

 

Y esta mujer se ha despertado en la noche,

y estaba sola,

y ha mirado a su alrededor,

y estaba sola,

y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,

de un vagón a otro,

y estaba sola,

y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,

a algún empleado,

a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,

y estaba sola,

y ha gritado en la oscuridad

y estaba sola,

y ha preguntado en la oscuridad,

y estaba sola,

y ha preguntado

quién conducía,

quién movía aquel horrible tren.

Y no le ha contestado nadie,

porque estaba sola,

porque estaba sola.

Y ha seguido días y días,

loca, frenética,

en el enorme tren vacío,

donde no va nadie,

que no conduce nadie.

 

PRIMAVERA

(Dejo para la próxima semana la prometida entrada sobre la Romana de Valdenegrillos, esa mujer solitaria de las Tierras Altas, que tanto apreciamos aquí. Y voy a compartir con todos este artículo mío, recién salido del horno. Manda la actualidad cuando parece que el tiempo se para o el reloj retrocede y estamos  con el corazón encogido. Falta poco para que escampe y la vida recupere su ritmo, pero con la lección de la humildad bien aprendida)

Acaba de llegar la primavera con sus abarcas llenas de flores. Conviene avisarlo para que no pase inadvertida, encerrados como estamos en nuestra casa y en nuestros lúgubres pensamientos. Hasta los pájaros parecen este año extrañados de tanta soledad en las calles y tan abrumador silencio. No sé si creer en los presagios. Este año no cantan, a estas alturas, los mirlos en el jardín, y los huidizos gorriones, cada vez más escasos, tardan a venir a comer el pan que les pongo en la puerta. Hasta las torcaces han suspendido su canto amoroso. Es como si toda la vida estuviera, este enigmático año bisiesto, en suspenso, esperando el momento de la explosión gozosa al final de la pesadilla.

Me he acordado del pueblo, al que vuelvo siempre con el pensamiento , y más en estos momentos en que la ciudad está apestada y la muchedumbre asusta más que la soledad. De los pueblos abandonados huyen los pájaros. Lo tengo comprobado. El viajero que  se acercara hoy a Sarnago me daría la razón. He llegado a la conclusión de que también ellos -gorriones, mirlos, urracas, torcaces…- están en cuarentena. Creo que están desconcertados con tanto silencio y echan en falta nuestro ruido -hasta el horrísono chirrido de los soplahojas- y nuestra compañía.

Escribo el Día Meteorológico Mundial. Lo que parecía imposible se ha conseguido de golpe. La pandemia está limpiando el aire del mundo, parando la amenaza del calentamiento global. Esta es la fiesta de las isobaras, esos garabatos redondos en el mapa formando círculos concéntricos de borrascas y anticiclones. Es la fiesta de las nubes y el viento, de la escarcha y la nieve, de la luna llena y de las estrellas fugaces, de la lluvia mansa sobre los sembrados y del pedrisco asolador; es la fiesta de las úrguras, que son, como tengo dicho, las brujas blancas del invierno en las Tierras Altas, que ululan por las chimeneas en las largas noches de invierno. Y es, sobre todo, la fiesta del sol, al que rendían culto los celtíberos, mis antepasados, en la cumbre de los montes, encendiendo hogueras en el solsticio, y que, en julio, cae a plomo como un cuchillo ardiente sobre el páramo, poblado de polvo y de chicharras, cuando clasca ya la mies a la espera de la hoz.

Esta fiesta nos invita a mirar hoy al cielo agradecidos desde nuestra ventana. El cielo de Madrid ha amanecido cubierto. Mientras escribo, llueve mansamente. ¡Bendita lluvia primaveral!  “El cielo se ha despeinado, /su melena de cristal /se destrenza en los sembrados (Altolaguirre). Las gentes y los pájaros guardan silencio.

PRIMAVERA

RECUERDO DE LA MONJA JULIANA

 

(Ahora que estamos todos en arresto domiciliario y que parece, con la vida en suspenso y la muerte en los talones, que el tiempo se detiene, vamos a volver sobre nuestros pasos y pisar terreno conocido. Recreemos lo vivido. Me ha parecido que este relato, que acabo de publicar en “La Razón”, puede resultar entretenido para los antiguos seguidores de “El canto del cuco” -el reciclaje es un arte como otro cualquiera- y novedoso para los recién llegados. Advierto que, si cuento con su venia, en el próximo me ocuparé de la Romana de Valdenegrillos, otra heroica amiga de la soledad)  

Les contaré hoy para animar su reclusión obligatoria la historia de la monja Juliana, una mujer que prefiere la soledad de una cabaña a la compañía en los muros del monasterio. Más de una vez la visité en su casucha prefabricada, instalada en el rincón de un prado en Molinos de Razón, al pie de la Cebollera. Allí vivió veintiséis años largos, rezando, leyendo y escuchando música de Bach. Dormía en el suelo con la ventana abierta en el duro invierno soriano. No tenía calefacción. Mientras pudo, cultivó su pequeño huerto. Hasta que le fallaron las piernas, viajaba en su vieja bicicleta a Sotillo o Valdeavellano para oír misa o comprar suministros. Es vegetariana y necesita muy poco para vivir. Una nube le privó  de la visión de uno de sus ojos, que son azules como el cielo acerado de Castilla. Estaba  siempre alegre, abierta al mundo, con su pequeña radio a mano, y llena de curiosidad. Se echa en falta ahora  su frágil figura con el hábito azul del Císter y la cabeza cubierta, pedaleando por la carretera como  el vuelo (azul de una mariposa.

La monja Juliana, que llegó de Gante y se afincó en estas soledades,  se resistió lo que pudo a que la llevaran al monasterio. “¡Yo tengo vocación de anacoreta!”, clamaba. La primera vez que la obligaron, cuando empezaba a fallarle la cadera, resistió poco allí dentro. El cuarto de baño le parecía un lujo insoportable, y se volvió a su rincón solitario. Necesitaba vivir en medio de la Naturaleza. Eso decía. Pero la resistencia no duró mucho. La cadera no le dejaba andar ni estar de pie. Era mayo cuando vinieron a buscarla. Andaba ya cerca de los noventa. Casi no podía moverse. Los que fueron a despedirla la encontraron echada en el suelo – le habían eliminado ya su pequeño oratorio- al pie de la ventana, desde la que podía contemplar el monte, escuchando música clásica. “Juliana -le dijeron- ¿te ayudamos a hacer la maleta?”. Y ella se rio. ¡No tenía maleta! Se fue con lo puesto.

Sigue en el monasterio cisterciense de Toledo. No ha perdido el buen ánimo, según me cuenta gente que ha ido a verla. Habita una pequeña celda solitaria. Duerme en el suelo y por la ventana observa el cielo, las nubes y el vuelo de los pájaros. Pero no se olvida de su cabaña solitaria en la orilla del monte, al pie de la Cebollera. Eso me han dicho.

LOS TRACTORES TOMAN LA CIUDAD

No hace tantos años que, a finales de febrero, si templaba el tiempo y la nieve desaparecía, reducida si acaso a pequeñas manchas sucias en los rincones umbríos, al pie de los ribazos, las yuntas, después del parón obligado del invierno, volvían a los caminos arrastrando el timón de madera del arado. Había que empezar a remover la tierra para la siembra de los tardíos: la avena y la cebada ladilla mayormente. Pero esa estampa rural ha desaparecido desde que llegaron las máquinas, que sustituyeron a las caballerías. La agricultura se modernizó, los pueblos fueron quedándose vacíos y los precios de los productos del campo quedaron casi congelados sin evolucionar al mismo ritmo que los costes y los precios de los mercados. Hasta que los labradores y ganaderos no han podido más y han saltado a los tractores con rabia contenida. Se han echado con ellos a las carreteras y su protesta ha sorprendido a las autoridades, más pendientes de las exigencias de Cataluña que de los acuciantes  problemas de la España rural. Sobre la marcha el Gobierno no ha tenido más remedio que  improvisar unos remiendos para el desgarrón.

Los tractores han ocupado el asfalto de las autovías y las calles de las ciudades. Es una estampa bastante insólita. Hasta ahora venía ocurriendo  lo contrario: era la ciudad la que invadía, paso a paso, el mundo rural. La cultura urbana -su música, sus coches, su forma de vestir, su ruido, sus comidas y hasta su lenguaje, o sea lo que se conoce como estilo de vida- extiende implacablemente sus tentáculos sobre los pueblos, cada vez más vacíos e indefensos, mientras la milenaria cultura rural se desvanece y muere en aras de la globalización. De los pueblos -de sus iglesias, sus fiestas y sus ruinas- sólo perdura el pintoresquismo. Por eso es más chocante el atrevimiento de los campesinos de subirse a los tractores y plantarse en medio de la ciudad. Deben de estar locos o desesperados. Pero es también una demostración gráfica de que el campo aún está vivo. Y eso reconforta a los que venimos de allí. Es sin duda  una revuelta a la desesperada. Deberían tenerlo en cuenta los políticos de la capital, los de los zapatos relucientes, que nunca han pisado un terrón ni se han subido a un tractor.

Quiero decir que esta protesta del campo, con los tractores apoderándose de las autovías y de las calles de las ciudades, no es algo pintoresco y pasajero como la graciosa estampa del rebaño de las merinas cruzando una vez al año  la Puerta del Sol de Madrid para reivindicar  su derecho  sobre la antigua cañada, completamente irreconocible. Y desde luego sobra la demagógica incitación del vicepresidente Iglesias -al que los tractores  han pasado por encima y  han arrollado nada más tomar posesión del cargo- a que invadan carreteras y calles urbanas. Los airados campesinos saben lo que tienen que hacer. Con el máximo respeto. Han aprendido de los comuneros. Lo que piden es un precio justo para sus productos. Al Gobierno le corresponde negociar a calzón quitado con ellos y buscar soluciones a los males del campo español aquí y en Bruselas.

El mal viene de lejos como demuestran los versos de Gregorio Silvestre, un poeta del siglo XVI poco conocido: “Decid los que tratáis de agricultura / en este valle umbroso y desabrido: / ¿qué fruto del deleite habéis tenido / que no se os torne luego en amargura?”. Con esta primavera adelantada de febrerillo loco, con los frutales floreciendo, antes de que vuelva un cordonazo del invierno y hiele la florada, la tierra está ya en tempero, como digo, y habrá que ir pensando en la siembra de los tardíos. La rueda de las estaciones no para y el ciclo del campo se repite inexorablemente. Los tractores volverán pronto dócilmente al barbecho.

DIARIO DE MARCOS

Acaba de salir de la imprenta mi último libro. Tengo el primer ejemplar entre mis manos. Dentro de poco estará en las librerías.  Lo primero que hago es dar la noticia a los seguidores de “El canto del cuco”. Me parece que es justo. Por mi intensa  dedicación a la tarea de escribirlo durante meses, que me ha tenido absorbido, han visto cómo fallaban las entregas del blog. Lo publica Encuentro y se titula “Diario de Marcos”. Creo que es el libro más importante que he escrito en mi vida. Ofrezco aquí, como primicia, el prólogo del mismo, que da una idea aproximada del contenido.

Esta es la vida de Jesús de Nazaret contada de cerca. Abarca apenas tres años. Desde que deja su casa del pueblo, e inicia, coincidiendo con el apresamiento de Juan Bautista, su predecesor, su misión recorriendo los caminos de Galilea, hasta que muere en Jerusalén, ajusticiado en una cruz después de un juicio injusto. Esta breve y fascinante historia concluye con su segunda vida terrena después de la resurrección, una vida distinta y misteriosa, más inaprehensible, en la que se manifiesta gloriosamente a sus discípulos. Esta segunda vida da pleno sentido a su difícil paso por la Tierra y  no dura más de cuarenta días. Estamos, no sólo para sus seguidores, convencidos de su misteriosa misión divina, sino también para todos los que se acercan de buena fe  a él y a su doctrina, ante la figura más atractiva y luminosa de la historia humana.

A través de este relato, escrito con temblor y  con la mayor fidelidad a los hechos, el lector curioso podrá seguir de cerca su recorrido, con un calendario preciso, por los caminos de Galilea, de Judea y de Samaría, además de una breve excursión a Perea y otra a las tierras altas de Cesarea de Filipo. La mayor parte del tiempo lo pasó Jesús en su tierra de Galilea. Allí se encontraba más a gusto, entre pastores, artesanos, campesinos y pescadores. El punto de encuentro era Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. En torno al lago se desarrollan las escenas más significativas y entrañables de su vida pública. Subir a Jerusalén, en Judea, era sentir el aliento hostil del poder religioso judío y contar el tiempo que faltaba para el voluntario sacrificio redentor, previsto por los profetas desde antiguo . El presentimiento de la muerte a plazo fijo le acompañó y le ensombreció una buena parte de los últimos meses de su vida. Al final no ocultó su decepción y su dolor por el rechazo de las autoridades judías a su oferta mesiánica -la nueva alianza- y lloró sobre Jerusalén.

Se cuentan aquí, por su debido orden, los principales episodios de la vida pública de Jesús de Nazaret. Los hechos discurren en su contexto, encajados en su tiempo, de acuerdo con  las costumbres de la época. Se enmarcan en el paisaje en que sucedieron, bañados por la luz correspondiente. Las escenas se desarrollan con todo detalle, como vistas por un testigo directo, Así adquieren vida. Pasan del blanco y negro al color. Bajo una cuidadosa y elemental cobertura literaria, huyendo de todo artificio inútil, se suceden  los acontecimientos, las manifestaciones  y los  hechos comprobados, sin ningún tipo de falsificación consciente, sino todo lo contrario. Se procura aclarar lo dudoso y ordenar lo disperso. Confío en que el lector interesado aprecie este esfuerzo de objetividad.

Por el “Diario de Marcos” van desfilando, con perfil propio, los variopintos personajes que acompañaron a Jesús en su agitada  andadura por la Tierra. Desde la discreta presencia de María, su madre, hasta la oscura e incomprensible figura de Judas Iscariote.   Observamos enseguida el liderazgo de Simón Pedro entre los doce elegidos -doce hombres del pueblo, de oficios humildes, todos galileos menos Judas- y comprobamos el protagonismo femenino, que rompe con las tendencias de la época. Hay un numeroso grupo de mujeres que siguen de cerca al Nazareno sirviendo a la pequeña comunidad creada por él; algunas de ellas le acompañan hasta el Gólgota y son las primeras que descubren el sepulcro vacío. En el relato de la vida de Jesús de Nazaret  adquieren un relieve especial figuras como María Magdalena, Marta y María de Betania, la Samaritana y la mujer adúltera, a la que perdonó sus pecados  y libró de la lapidación.

Recorriendo a su lado los caminos, observamos su amor a la Naturaleza, como obra de sus manos. Contempla con infinita  complacencia los olivos, el trigo, la viña, el rebaño de ovejas, el agua de la fuente, la higuera, los lirios del campo, los peces y las aves del cielo. Le sirven además de materia prima de sus parábolas. Jesús tiene alma de campesino. Pero el rasgo destacado de su personalidad es el repudio de la hipocresía y la soberbia de los poderosos y su compasión por los seres humanos más pobres, humildes, enfermos y desvalidos. Siempre se pone de su parte, utilizando, si es preciso, su poder taumatúrgico para sacarlos de la enfermedad, de la miseria y de la tristeza. Impresiona, casi aterra, su poder -el poder de Dios-, que se corresponde con los signos mesiánicos. Cura a los enfermos, resucita a los muertos, perdona los pecados, expulsa a los demonios, se erige en “señor del sábado” y, si es necesario, apacigua la tempestad en el lago. Y entonces, en medio de la noche oscura, el mar y el viento le obedecen.

El autor del libro confiesa que un fuerte impulso interior, cuando menos lo esperaba, le empujó a escribir este libro. Después de darle muchas vueltas, pasó varios meses sumergido, de alma y cuerpo, en la tarea. Ni en las horas del sueño desconectaba del todo. Ha sido una experiencia emocionante y abrumadora. Ninguna vida humana, como queda dicho, es tan fascinante como la de Jesús de Nazaret si se observa de cerca. Cada día era como una pequeña revelación nueva. A medida que iba descubriendo los rasgos singulares del protagonista y lo observaba de cerca, notaba, o eso creía, que iba, poco a poco, desvelándose en el “Diario de Marcos” el rostro de Jesucristo. Sentía el autor por dentro que, a pesar de su evidente indignidad y la conciencia de sus limitaciones para abordar tal empresa, una fuerza misteriosa le llevaba de la mano hasta concluir el retrato.

 

 

 

 

LA NIEVE COMO GUÍA

De niño en el pueblo, la nevada servía, entre otras cosas, para seguir la huella de las liebres en el monte. A estas alturas de la vida, las hermosas postales de Sarnago nevado que me manda Josemari Carrascosa me devuelven al paisaje de la infancia y me sirven de guía para recrear la vida y alentar la memoria. El blanco manto cubriéndolo todo -la primera gran nevada del año en las tierras de la Alcarama- nos devuelve el paisaje original, puro, sin mancha  y perfectamente reconocible.

Seguiré, pues, la ruta nevada en el mismo orden que aparecen las fotografías en la pantalla del móvil. No importa que no sea un orden lógico. Tampoco las emociones lo son. La primera imagen es la de la curva del camino. Destaca la huella de los coches y, a la izquierda, las señales de una alambrada, como si todavía hubiera ganado suelto. No hay rastro humano ni animal, pero aún hay camino. Es lo que queda, que no es poco: el camino y la vieja casa reconstruida. La segunda imagen está sacada desde lo somero del pueblo. Resaltan los muros de la iglesia derrumbada y al fondo, el cerro del Castillo. Las ruinas celtibéricas y los cados de los conejos del monte quedan probablemente  bajo el amparo piadoso de  la nieve. A la espalda del fotógrafo, a la sombra de la Alcarama blanca, arranca el camino de Valdenegrillos, donde la Romana resiste sola, sin nadie a varias leguas a la redonda,  con su gata, junto al fuego de la cocina, entre las ruinas nevadas del caserío. Puede que ante el cariz del tiempo y ante tal desamparo, la solitaria anciana, la última resistente, reciba hoy la visita semanal de la Guardia Civil o del guarda forestal para ver si tiene agua, está enferma  o le faltan suministros.

Hay varias fotos de las eras blancas, que suscitan un fuerte contraste con el recuerdo de las parvas tendidas del ardiente verano, en las que crujía la mies al paso de los trillos, y las alegres  cuyalbas hacían sus nidos en las paredes, ahora derrumbadas la mayoría, que separaban unas eras de otras. La desaparición de la trilla y de la tradicional recogida de la cosecha fue la señal de que en los pueblos sólo quedaba el invierno como su seña de identidad. Una demostración patente de que el único elemento fiel de las Tierras Altas es la nieve, además de las cuyalbas,  y, por supuesto, los recuerdos.

Hay numerosas fotografías de las calles del pueblo, de la plaza, del juego-pelota, con la fuente y el lavadero al fondo, con tres árbolitos nuevos plantados en la Era Empedrada, donde se pinga el mayo, un detalle esperanzador. No todo está perdido. Y la Asociación de Sarnago cumple cuarenta años en este año bisiesto. Esto merece una grandiosa celebración por la constancia, la resistencia y la resonancia. No en vano Sarnago ha abierto camino a la esperanza de la España vaciada.

Llama la atención que en la espesa capa de nieve que cubre las calles, demostración gráfica de que estamos ante una nevada como las de antes, no se ve una huella. La sensación de silencio y de soledad es abrumadora. Es imposible no acordarse en este punto de aquellas “guerras” infantiles a bolazo limpio en la plaza durante  el recreo de la escuela y del humo de la “amasadería”,  cercana y caliente, de la tía Milagros . Ahora no hay nadie en la plaza, ni un perro retozando en la nieve,  nadie amasa ni cuece el pan y nadie construye en los ventisqueros trampas jocosas para incautos.

Y dejo para el final unas estampas cargadas de misterio y magnificencia. Son las imágenes interiores de  la impresionante figura de la nave hundida y vacía  de la iglesia. Pisamos aquí tierra sagrada. La nieve cubre amorosamente  los huesos de los muertos y bendice y purifica el alma de los vivos.

CUANDO LOS PUEBLOS ECHAN EL CIERRE

Primero cerró la casa del médico. Después el cuartel de la Guardia Civil. Luego, con la llegada de las máquinas, cerraron las cuadras y desaparecieron las caballerías de las calles, del campo y los caminos. Por entonces muchos vecinos echaron la llave a su casa y se fueron a la ciudad a buscar trabajo. También se fue el veterinario y el secretario del Ayuntamiento, que ahora viven en la capital. No tardó en cerrar la escuela, lo que aceleró la estampida. También la iglesia quedó cerrada y sin cura, con las campanas mudas toda la semana. En los últimos años han echado el cierre la oficina del banco y la de la Caja de Ahorros, la botica, el centro de salud, la gasolinera de la carretera de entrada y la tienda de ropa. Cualquier día cerrará el bar, ahora en manos de una familia llegada de fuera. Y acaban de anunciar que en la oficina de la estación van a dejar de vender billetes, que habrá que comprar por internet. A este paso no tardará mucho el tren en pasar de largo ante la ausencia de viajeros. Lo hará, eso sí, a gran velocidad.

El caso es que las máquinas se apoderan del mundo rural. Desde ahora en los pueblos manda Internet y, en el mejor de los casos, las máquinas expendedoras. Sobran los empleados. En realidad, en los pueblos  sobran las personas. No son rentables. Según datos del Banco de España, desde 2008 han cerrado 20.000 sucursales bancarias, y más de la mitad de los pueblos de España, en los que viven todavía un millón doscientos mil habitantes, la mayoría mayores, no tienen ya ni oficinas bancarias ni cajeros automáticos.  Por si esto fuera poco, decaen los pequeños negocios tradicionales, como las tiendas. El comercio “online” está haciendo estragos. Amazon arrasa. Las pasadas Navidades ha tenido 500 millones de pedidos en España. Se impone el comercio electrónico, el gran Leviatán. Pero el servicio de Internet en la España despoblada sigue siendo parecido al de los países en vías de desarrollo. Cuando estamos entrando en la era del 5G, en gran parte del mundo rural es casi un milagro conseguir una conexión básica a Internet cuando más falta hace. Esto afecta especialmente al emergente turismo rural, a los restaurantes y al comercio local, los negocios de proximidad,  las tiendas familiares  que aún resisten, aunque sea a duras penas.

Para sacar dinero o manejar su pensión los mayores tienen que desplazarse a la capital. La mayoría de los pueblos pequeños carece de transporte público o es muy deficiente. Apenas, en el mejor de los casos,  un viaje al día a la ciudad de la esperada “camioneta”. Lo que se pretende desde las oficinas centrales del poder económico y de la Administración es que las gestiones se hagan electrónicamente. Así el teléfono  móvil se presenta  como la herramienta imprescindible. Pero, desde tan alto y tan lejos de la realidad,  no tienen en cuenta la “brecha digital”, que  convierte al móvil en un recurso inútil para una población envejecida. Muchos de los mayores de sesenta años carecen de teléfono inteligente o apenas saben manejarlo. Sólo lo usan, los que lo tienen,  para llamar y para mandar o recibir recados. Nadie les ha enseñado a manejar sus aplicaciones. Uno piensa que el dinero público mejor empleado -ahora que tanto se despilfarra en cargos y chiringuitos- sería enseñar en los pueblos, como se enseñaba a leer y escribir en las antiguas escuelas de adultos, a entender y utilizar las nuevas tecnologías. De paso esto daría trabajo a muchos jóvenes desocupados, muy capacitados, que engrosan  las filas del paro. Sería una tarea tan encomiable como la que llevaron a cabo en su día las recordadas Misiones Populares. Ahí queda la idea.

Y algunos aún se preguntan por qué se mueren los pueblos.

 

EL INVIERNO DE LOS PUEBLOS

El duro invierno se abate sobre los pueblos despoblados y sobre los que están a punto de quedar vacíos. La imparable, inexorable despoblación de los pueblos es una paradójica contradicción. La palabra poblar viene de pueblo. Un pueblo despoblado no es nada. Es como un río sin agua, una campana sin badajo, una casa sin puerta, ni cocina, ni paredes. Es una tristeza, un disparate. ¡Qué les voy a decir! Este llanto por la España vaciada sólo nos viene a los ojos,  impetuoso, a los que somos de pueblo. Es un invierno, éste de los pueblos, que dura ya demasiado. El desamparo se comprueba acercándose en la cuesta de enero a uno de estos caseríos solitarios, acurrucados sobre sí mismos, al abrigo del valle o la ladera, sin un alma por la calle, ni una risa de niño, sin el  sonido de un  animal, sin un arriero por los caminos . En las Tierras Altas no tardará la nieve en cubrirlo todo con su piadoso sudario blanco y frío.

Acabamos de entrar en la década de los veinte con el recuerdo de los alegres años 20 del siglo pasado, que, ¡ay!, acabaron de mala manera, como se ha recordado oportunamente estos días. No conviene fiarse de las euforias pasajeras. Este año bisiesto nace con un nuevo Gobierno y, por primera vez, con el problema de la despoblación y la necesidad de reordenar el territorio como un objetivo destacado de la acción política. Hasta habrá una Vicepresidencia del Gobierno que se encargará de impulsar  soluciones. Ha costado Dios y ayuda, pero, por fin, parece que se toma conciencia en las altas esferas de la necesidad de abordar esta situación insostenible. Los que llevamos años dibujando el negro panorama de la despoblación, el envejecimiento de la España rural y la paulatina muerte de los pueblos agradecemos que nuestras críticas y nuestros desvelos no sean en vano. Por eso el cuco ha salido de su decaimiento silencioso y vuelve a cantar hoy, adelantándose, más por deseo que por realidad, a la primavera que viene.

El cuco confiesa que, a pesar de las señales esperanzadoras, no las tiene todas consigo. Del dicho al hecho…ya saben. Esto no se arregla de la noche a la mañana. Han ocurrido cosas raras para llegar hasta aquí. Se ha demostrado que Teruel no sólo existe, sino que el representante de esta humana reivindicación ha decidido, con su voto, el Gobierno de la nación y acaso pueda decidir la suerte de los presupuestos generales del Estado. Es un arma poderosa para mover Roma con Santiago.  El disputado voto de Tomás Guitarte, el diputado de “Teruel Existe”, ha demostrado que la revuelta de la España vaciada puede lograr sus frutos y que lo pequeño es capaz de generar grandes cosas. No conviene despreciar a nadie. Otra cosa es que su compromiso con un Gobierno muy controvertido pueda  acarrearle a la larga costes insoportables  a este meritorio movimiento rural, con “Soria, ¡YA!” como punta de lanza, junto a “Teruel existe”. Seguramente a este movimiento ciudadano, abierto y plural,  le convendría  mantener escrupulosamente la neutralidad política, sin oportunismos interesados y sin dejarse deslumbrar por los oropeles del poder. Es muy fácil pasar, de la noche a la mañana, de héroe a villano. Y al revés.

Con estas salvedades y con la acostumbrada desconfianza de los pueblos hacia las promesas del poder, hay que reconocer que, después de tan interminable espera, algo empieza a moverse en la dirección adecuada. Cada uno debemos poner un poco de nuestra parte para que la España vaciada empiece a salir pronto del largo invierno.

DICIEMBRE, OTRA VEZ

Diciembre es un mes especial. En diciembre se remansan los sentimientos, las ilusiones insatisfechas, los recuerdos  y los pecados de todo el año. También, por lo que estamos comprobando, los pecados reincidentes de los políticos. ¡Vaya investidura que viene, si el Rey no lo remedia! ¡Parece más bien una embestidura! Éste es el mes que abre oficialmente el invierno y cierra un espacio sentimental, acotado, de nuestra vida. En el calendario romano era, de ahí su nombre, el décimo mes del año. Por entonces no había ocurrido aún lo de Belén de Judea que cambió la historia humana y que, de un tiempo a esta parte, está perdiendo entre nosotros su sentido original, a punto de desvanecer su razón de ser entre las luces de colores, los “papanoeles” y  la niebla de la increencia.

Diciembre para el niño que uno lleva dentro, huele a musgo y a serrín de la carpintería, sabe a turrón de guirlache, a villancicos de pastores con zamarra, a lumbre en la cocina con humo de támbara, a cordero recién nacido en la majada, a baraja sobada sobre el hule de la mesa camilla con brasero, a ventisqueros en la calle y carámbanos en los aleros, a huella de liebre en la nieve del monte, a úrguras ululantes por la noche en la chimenea, a cuento de Dickens, a viejas historias de caminantes perdidos en la nieve contadas por los abuelos junto al fuego, a repique de campanas a media noche y al ronco sonido inconfundible  de la zambomba fabricada en casa con piel de cabrito.

Después, pasados los años, instalado en Madrid, diciembre es lejanía, pueblo sin nadie, chimeneas sin humo, con la nieve imaginada cubriendo piadosamente las  ruinas de las casas, de las calles y de los corrales. Diciembre huele en la ciudad a castañas asadas, a lotería, a carros del supermercado cargados hasta arriba con la compra especial, a paga extra, a cola del paro, a campanadas en la Puerta del Sol, a cenas de empresa, a trasiego de mochilas y maletas en la estación,  el aeropuerto y  el intercambiador, a oscuros bultos humanos, envueltos  en cartones, acomodados por la noche en los soportales de los bancos bajo los cajeros automáticos, y a niños sin familia, llegados de fuera, deambulando sin rumbo por los alrededores de la  calle Hortaleza. Queda, menos mal, el oasis acogedor de la iglesia de San Antón, del padre Ángel, abierta toda la noche, como los chinos, como las luces de Navidad… Cuando uno deja de ser niño, diciembre sabe a ausencias.