El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2011

LA CORTA DE LA LEÑA

El camión de la leña ha llegado muy de mañana a la puerta de casa. No debe de hacer media hora de la salida del sol. El cielo cubierto impide hacer un cálculo preciso. Más o menos a esta hora sonaba en el pueblo la cuerna del cabrero. Una fría gajina o calabobos, que de las dos maneras lo conocíamos allí, empapa el asfalto y a los dos emigrantes, de rostros oscuros, que acarrean la leña en carretillas hacia el interior del garaje, convertido en espacio multiuso, como ellos. Un olor familiar a majada, a estiércol y a heno sube de los troncos mojados, recién apilados. Este olor me empuja a la infancia. Vuelvo a la casa de Sarnago y en ese momento recupero la inocencia. Apago la radio donde comentan reiterativa y atropelladamente los de siempre, sin una sola idea original y, menos aún, brillante, el resultado electoral. Sólo se me ocurre que Zapatero y Rubalcaba son árboles caídos, como los de la corta de la leña de la dehesa. Luego caerán los otros. El relevo de los políticos sirve para regenerar la democracia y tiene, por tanto, un valor ecológico.

La corta era uno de los ritos del otoño tardío, cuando los robles habían perdido ya el cobre de las hojas y estaban desnudos. Todo el pueblo acudía a la dehesa. Era una fiesta primitiva. El bosque se llenaba del ruido -tac,tac,tac- de las hachas invisibles. Luego se hacían montones, se numeraban y se sorteaban. Por eso llamaban suertes a los rimeros de troncos. Cada año se talaba un espacio determinado del monte, que se establecía por orden riguroso, dejando las guías jóvenes de los robles para que fueran desarrollándose. Así siempre estaba el bosque intacto. Parecía un milagro. Aquellos campesinos habían descubierto, por la cuenta que les traía, la mejor manera, la más ecológica, de conservar el bosque. En la fiesta de la corta llegaban, alegres, las mujeres con las cestas a la cabeza portando la comida. Se tendía un mantel de cuadros sobre la hojarasca y todos, chicos y grandes, nos sentábamos alrededor. El aire del bosque abría el apetito y la bota corría de mano en mano.

Vuelvo a entrar en la majada, situada en la planta baja de la casa, donde las ovejas comen los gabejones de hierba seca en los zarzos y las berzas picadas en la canal o duerna. Me envuelve el vaho cálido, que tanto se agradece cuando el frío aprieta. Contemplo fuera el corral bien abastecido. Los altos bardales desafían al invierno que ya se acerca, como demuestra la bardera que lleva hoy de turbante la Alcarama. Pero es inútil soñar. Ya no hay sol en las bardas, don Miguel de Cervantes, porque el progreso ha acabado con los bardales y ha vuelto el bosque impenetrable. El bardal y la despensa eran los elementos indispensables de los campesinos para pasar el invierno. Aquel tiempo pasó, y el Estado ha labrado la dehesa, un maravilloso ecosistema de robles, mimbreras , maguillos, praderas y arces, para plantar pinos. Y hace mucho que no suena en el pueblo la cuerna del cabrero.

Tomo unos troncos de encina, aún húmedos, de los que me acaban de traer a dieciséis céntimos el kilo-, los acaricio, observo su antigüedad en las circunvalaciones del corte, enciendo la chimenea del salón, aspiro el olor de la lumbre, tan familiar en mi infancia, y me quedo un rato soñando -no puedo evitarlo-, con la radio apagada, mientras contemplo su consumición.

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LA PRIMERA NEVADA

 Antes de que el libro aparezca en el escaparate de las librerías, ofrezco a los seguidores de «El canto del cuco» una página de mis «Leyendas de la Alcarama», que me parece que viene a cuento, cuando sopla ya el viento del Moncayo en las Tierras Altas, el calamoco se mete en los huesos y las nubes oscuras se agarran a los cabezos amenazando nieve. Les doy lo que tengo. Así se hacen quizá una idea.

En los primeros años cuarenta del siglo xx, en que sucede lo que aquí se cuenta, la vida en estas Tierras Altas no dista mucho de la que regía la época medieval. Eso hace todo más cercano e inteligible. Ese escape a la épica contrasta, sin embargo, con la vulgar existencia de las gentes de estos pueblos silenciosos. Sus retorcidas calles mal empedradas y barridas ya por el cierzo del invierno adelantado aparecen solitarias, habitadas por sucios perros callejeros sin raza definida, milagrosamente supervivientes de vulgares camadas engendradas en la calle a la vista de todos.

 Ahora cruza por la calle principal una mujer oscura y diminuta, apenas un bulto envuelto en un oscuro mantón, que viene de la fuente con un cántaro en la cintura. Se encuentra al doblar la esquina con un hombre oculto bajo una gastada manta de cuadros. El hombre sale de la majada, renqueante, apoyado en su cachava. Vendrá de sacar el ciemo al corral, de apiensar a las caballerías o de ver si ha parido la andosca. La mujer le saluda sin mirarle: «¡Vaya día, eh!». Y él le responde: «Buen día de pesca, sí. Lo mejor es quedarse en la lumbre». Y la mujer acelera el paso porque justo en ese momento empieza a nevar.

En las Tierra Altas la primera nevada suele ser breve, apenas dura dos o tres días, y se recibe con una alegría primitiva, a pesar de las penalidades que acarrea. Cuando en pleno invierno las húrguras azoten por la noche las callejas, ululen por los tejados y resuenen amenazantes en el hueco de las chimeneas, la familia se agrupará en la cocina en torno al fuego, envuelta en el olor a humo, a támbara y a matanza. Algunas noches las mujeres cogerán luego el cesto de la costura, o el huso y la rueca, y se reunirán en el trasnocho al calor de la majada, y contarán historias de brujas y aparecidos o recordarán viejas leyendas a la luz de un candil o de un farol de petroleo. También habrá tiempo para disimular el luto y la tristeza y, aprovechando la atrevida complicidad de la camaradería, soltarán la lengua y comentarán con humor o mala fe noticias picantes de amores ocultos, de incestos e infidelidades.

El blanco manto cubrirá los tejados, las calles, los campos y los caminos, y todo –seres humanos, animales y cosas– volverá de pronto a la edad de la inocencia, como si fuera la mortaja que tapa de una vez todas las miserias.

 ¡Dios, cuánto echo de menos aquellos lejanos días de la infancia!

VUELVE A SALIR HUMO DE LAS CHIMENEAS

 En Sarnago volverá a salir humo de algunas chimeneas el domingo de las elecciones. Desde la muerte, el 23 de abril de 1979, del pobre Aurelio, el último vecino, cierrótico perdido, en el hospital de Soria –nadie recogió su cadáver, como tengo dicho, que acabó en la sala de disección de la Facultad de Medicina– en el pueblo no había habido votaciones. Tomás, el cartero, uno de los últimos resistentes, que había vuelto sordo como una tapia de la guerra, cerró la casa y se marchó al fin con las hijas a Navarra. Así que no quedó un alma y ni siquiera llegó ya propaganda electoral de algún partido despistado, que no sabía aún que el pueblo había muerto. (Los partidos acostumbran a pasar de largo por los pueblos pequeños y por las tierras pobres, como la zorra cuando sale del gallinero, y eso que el futuro del campo y el inquietante desequilibrio entre las «dos Españas» –la superpoblada y la despoblada– deberían ser motivo de especial preocupación para cualquier estadista con dos dedos de frente y para Bruselas. Luego hablan de justicia y se les llena a todos la boca. ¿De qué ha servido la Constitución, la entrada en Europa y el euro a las Tierras Altas de Soria?, se preguntan los últimos vecinos de los pueblos agonizantes).

Después llegó la ruina de las casas y la desolación. Hasta los pájaros huyeron del pueblo y se hundió la iglesia que era la referencia, no sólo espiritual. Pero ha ocurrido un pequeño milagro. ¡Sarnago resucita! Espero que no sea como Lázaro para morirse después definitivamente. Es verdad que nada será ya igual, pero se rehacen las casas, se levantan las tapias del cementerio, se arregla el camino, se mete el agua en las casas, se instala un museo etnográfico, entrañable por su sencillez y autenticidad, en la antigua casa del maestro en la plaza, y la activa Asociación de Amigos del pueblo hasta publica una brillante revista cada año. Por primera vez en muchos años el camposanto vuelve a acoger los despojos de un vecino: las cenizas, ciertamente enamoradas de Sarnago, de la tia Martina. Pero la mejor noticia faltaba por llegar: varios vecinos, después de dar vueltas por el mundo con el hato al hombro –estos que un día cerraron la puerta de su casa y emigraron del pueblo son los auténticos héroes de nuestro tiempo, mucho más que los messis y ronaldos– han vuelto como el cuco en primavera. Y se han empadronado. ¡Albricias! Propongo brindar por ellos con un azumbre de vino. No sé quién se merece su voto, pero es igual; seguro que hasta en esto son generosos, aunque es razonable que sigan siendo desconfiados.

Mirando para atrás, sin nostalgias enfermizas pero con sentimiento y buena fe, uno se da cuenta de las vueltas que da la vida y, por supuesto, la política. Ahora mismo se anuncia una vuelta y media de tuerca. Y se echa de menos a personajes ejemplares que ayudaron decisivamente a encarrilar a España, justo cuando moría el último vecino de Sarnago. Me refiero al Rey y a Adolfo Suárez. Ninguno de los dos va a votar el día 20N. Los dos trabajaron a lomo caliente por la concordia y por encarrilar el rumbo del país. El Rey Juan Carlos seguro que lo está pasando mal por el descarrilamiento de la economía y por la falta de responsabilidad de los partidos; pero también por su puñetero talón de aquiles y su sordera, que limitan su actividad y su buen humor, y, sobre todo, por los líos de familia y los negocios de Urdangarin, su yerno, con la consiguiente pérdida de brillo de la Corona. Y de Adolfo Suárez, que hace tiempo que no conoce a nadie ni sabe quién es, me permito ofrecer hoy una primicia a los seguidores del «Canto del cuco» . Una fuente muy cercana y segura me acaba de decir: «Adolfo ha entrado en una etapa de deterioro físico irreversible; aunque el final no parece inminente, puede ocurrir en cualquier momento». ¡Qué ramalazo de tristeza con las urnas a la vista! ¡Cuánto se le echa ya de menos, ahora que cuatro botarates quieren cargarse el espíritu de la Transición! Ni siquiera el leve humo nuevo de las chimeneas de Sarnago lo compensa.

CUADERNO GRIS

Daré para empezar algunas explicaciones imprescindibles. El día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas de Soria, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Ahora todavía es peor. Cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, deshabitado, poblado de fantasmas y de ruinas. Toda la región de la Alcarama, con dos habitantes por kilómetro cuadrado –menos que el Sáhara– se ha convertido en un cementerio de pueblos, sin que nadie haga nada para remediarlo. De niño –todo hay que decirlo– me apodaron «El Cuco» porque, por lo visto, guiñaba un ojo, les aseguro que sin malicia alguna. Y una de las mayores alegrías que recuerdo de entonces era cuando, a mediados de abril, oíamos por primera vez el canto del cuco por el Prado de los Rebollos. «¡Ya canta el cuco!» nos comunicábamos con alborozo unos a otros. No había duda: llegaba la primavera tras la blanca oscuridad del largo invierno. ¿Se dan cuenta por qué lo de «El canto del cuco»? A ver si consigo anunciar desde aquí, pobre de mí, después de miles de crónicas políticas a mis costillas, que España sale por fin de este largo y penoso invierno, que es un verdadero infierno para muchos.

Cuando cumplí nueve años mi abuelo Natalio me regaló un cuaderno azul y me dijo: «Escribe un diario; porque tu vida empieza a ser interesante». Y yo le hice caso hasta que pasó lo que pasó. Ahí arranca seguramente, que Dios me perdone, mi afición por el periodismo y por la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno, con las húrguras ululando en la chimenea, por los tejados y por las esquinas de la calle, aquellas noches inolvidables en torno a la lumbre de la cocina, en las que mi enlutada madre –viuda desde los veintiocho años– nos leía pausadamente a la luz de un candil, capítulo a capítulo, a los abuelos, al tio Co y a los dos niños, mi hermano y yo, el Quijote en dos tomos y en rústica. Aquella fue mi mejor Universidad. Ahora abro este cuaderno gris, como el diario aquel de niño, cuando mi vida ha perdido todo interés, el pelo se me ha vuelto efectivamente gris y uno está de vuelta, convencido de que, sin confundir con la mediocridad, que siempre es detestable, la vida está escrita en blanco y negro. Después de muchos –¡ay!– demasiados años trabajando en la radio y en los periódicos, ahora que veo el paisaje desde la distancia, libre de toda ambición y atadura, me parece que hoy los medios son demasiado monocolores –todo es o blanco o negro– rehenes del partidismo político y, muchas veces, de intereses inconfesables. Desde aquí no voy a colorear falsamente la realidad, como hacen con las películas antiguas; pero tendré muy en cuenta el claroscuro de toda realidad, los matices.

Así que ya saben por dónde voy. Estaré siempre atento y abierto a las sugerencias de los lectores. Y procuraré no ser altisonante. ¡Nada de hablar alto y claro! ¡Qué miedo! Hablaré sin imponer nada. Con el pelo gris uno aprende –o debería aprender– a comprender, a escuchar, a no imponer, a dudar, a matizar, a hablar, cuando haga falta, en un susurro, como los enamorados. Y a perder el miedo.

De eso que he dicho de mi pueblo y de mi infancia van unos libros míos, escritos con el corazón y publicados por Gadir, que han tenido –¡bendito sea Dios!– en los tiempos que corren una buena acogida. Y ahora, esta misma semana, para el que le interese, aparece el que cierra la trilogía, «Leyendas de la Alcarama», en el que tengo puestas algunas complacencias. Este, para que se hagan una idea, es el prologuillo que lo encabeza:

Te ofrezco, lector, este manojo de flores silvestres recogidas en las Tierras Altas de la Soria mágica y pobre, donde el tiempo se detiene y los montes y las piedras hablan. Son flores del romancero y de las leyendas perdurables, que vienen de antiguo y han llegado hasta nosotros. Te entrego con ellas a Gabriela, la flor de la Alcarama, a la que le duele el amor en todo el cuerpo, y a Esteban, el hijo del buhonero, depositario de ese amor, tan desdichado como poderoso.

En este libro, que cierra el círculo de mis “Historias de la Alcarama” y “El caballo de cartón”, desciendo al universo oculto que constituye el alma del pueblo y que pervive bajo las ruinas y los escombros de una civilización que se acaba. Todo lo que se ama permanece. Es la dulce ofrenda de mis años, fruto exclusivo de la imaginación tardía. No busques huellas ciertas. Sólo he tomado prestados de la realidad nombres, apodos y circunstancias obligadas de lugar y tiempo, además del escenario de mi memoria, al que regreso siempre. En este ramo de flores y hojas verdes que dejo en tus manos va mi corazón y mi alma de campesino.

Me ha parecido obligado ofrecer esta primicia en el arranque de «El canto del cuco». En este cuaderno gris que hoy inauguro irá turnándose, o conviviendo, mi pasión periodística con mi alma de escritor, no tan incompatibles.