CUADERNO GRIS

por elcantodelcuco

Daré para empezar algunas explicaciones imprescindibles. El día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas de Soria, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Ahora todavía es peor. Cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, deshabitado, poblado de fantasmas y de ruinas. Toda la región de la Alcarama, con dos habitantes por kilómetro cuadrado –menos que el Sáhara– se ha convertido en un cementerio de pueblos, sin que nadie haga nada para remediarlo. De niño –todo hay que decirlo– me apodaron «El Cuco» porque, por lo visto, guiñaba un ojo, les aseguro que sin malicia alguna. Y una de las mayores alegrías que recuerdo de entonces era cuando, a mediados de abril, oíamos por primera vez el canto del cuco por el Prado de los Rebollos. «¡Ya canta el cuco!» nos comunicábamos con alborozo unos a otros. No había duda: llegaba la primavera tras la blanca oscuridad del largo invierno. ¿Se dan cuenta por qué lo de «El canto del cuco»? A ver si consigo anunciar desde aquí, pobre de mí, después de miles de crónicas políticas a mis costillas, que España sale por fin de este largo y penoso invierno, que es un verdadero infierno para muchos.

Cuando cumplí nueve años mi abuelo Natalio me regaló un cuaderno azul y me dijo: «Escribe un diario; porque tu vida empieza a ser interesante». Y yo le hice caso hasta que pasó lo que pasó. Ahí arranca seguramente, que Dios me perdone, mi afición por el periodismo y por la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno, con las húrguras ululando en la chimenea, por los tejados y por las esquinas de la calle, aquellas noches inolvidables en torno a la lumbre de la cocina, en las que mi enlutada madre –viuda desde los veintiocho años– nos leía pausadamente a la luz de un candil, capítulo a capítulo, a los abuelos, al tio Co y a los dos niños, mi hermano y yo, el Quijote en dos tomos y en rústica. Aquella fue mi mejor Universidad. Ahora abro este cuaderno gris, como el diario aquel de niño, cuando mi vida ha perdido todo interés, el pelo se me ha vuelto efectivamente gris y uno está de vuelta, convencido de que, sin confundir con la mediocridad, que siempre es detestable, la vida está escrita en blanco y negro. Después de muchos –¡ay!– demasiados años trabajando en la radio y en los periódicos, ahora que veo el paisaje desde la distancia, libre de toda ambición y atadura, me parece que hoy los medios son demasiado monocolores –todo es o blanco o negro– rehenes del partidismo político y, muchas veces, de intereses inconfesables. Desde aquí no voy a colorear falsamente la realidad, como hacen con las películas antiguas; pero tendré muy en cuenta el claroscuro de toda realidad, los matices.

Así que ya saben por dónde voy. Estaré siempre atento y abierto a las sugerencias de los lectores. Y procuraré no ser altisonante. ¡Nada de hablar alto y claro! ¡Qué miedo! Hablaré sin imponer nada. Con el pelo gris uno aprende –o debería aprender– a comprender, a escuchar, a no imponer, a dudar, a matizar, a hablar, cuando haga falta, en un susurro, como los enamorados. Y a perder el miedo.

De eso que he dicho de mi pueblo y de mi infancia van unos libros míos, escritos con el corazón y publicados por Gadir, que han tenido –¡bendito sea Dios!– en los tiempos que corren una buena acogida. Y ahora, esta misma semana, para el que le interese, aparece el que cierra la trilogía, «Leyendas de la Alcarama», en el que tengo puestas algunas complacencias. Este, para que se hagan una idea, es el prologuillo que lo encabeza:

Te ofrezco, lector, este manojo de flores silvestres recogidas en las Tierras Altas de la Soria mágica y pobre, donde el tiempo se detiene y los montes y las piedras hablan. Son flores del romancero y de las leyendas perdurables, que vienen de antiguo y han llegado hasta nosotros. Te entrego con ellas a Gabriela, la flor de la Alcarama, a la que le duele el amor en todo el cuerpo, y a Esteban, el hijo del buhonero, depositario de ese amor, tan desdichado como poderoso.

En este libro, que cierra el círculo de mis “Historias de la Alcarama” y “El caballo de cartón”, desciendo al universo oculto que constituye el alma del pueblo y que pervive bajo las ruinas y los escombros de una civilización que se acaba. Todo lo que se ama permanece. Es la dulce ofrenda de mis años, fruto exclusivo de la imaginación tardía. No busques huellas ciertas. Sólo he tomado prestados de la realidad nombres, apodos y circunstancias obligadas de lugar y tiempo, además del escenario de mi memoria, al que regreso siempre. En este ramo de flores y hojas verdes que dejo en tus manos va mi corazón y mi alma de campesino.

Me ha parecido obligado ofrecer esta primicia en el arranque de «El canto del cuco». En este cuaderno gris que hoy inauguro irá turnándose, o conviviendo, mi pasión periodística con mi alma de escritor, no tan incompatibles.

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