LA CORTA DE LA LEÑA

por elcantodelcuco

El camión de la leña ha llegado muy de mañana a la puerta de casa. No debe de hacer media hora de la salida del sol. El cielo cubierto impide hacer un cálculo preciso. Más o menos a esta hora sonaba en el pueblo la cuerna del cabrero. Una fría gajina o calabobos, que de las dos maneras lo conocíamos allí, empapa el asfalto y a los dos emigrantes, de rostros oscuros, que acarrean la leña en carretillas hacia el interior del garaje, convertido en espacio multiuso, como ellos. Un olor familiar a majada, a estiércol y a heno sube de los troncos mojados, recién apilados. Este olor me empuja a la infancia. Vuelvo a la casa de Sarnago y en ese momento recupero la inocencia. Apago la radio donde comentan reiterativa y atropelladamente los de siempre, sin una sola idea original y, menos aún, brillante, el resultado electoral. Sólo se me ocurre que Zapatero y Rubalcaba son árboles caídos, como los de la corta de la leña de la dehesa. Luego caerán los otros. El relevo de los políticos sirve para regenerar la democracia y tiene, por tanto, un valor ecológico.

La corta era uno de los ritos del otoño tardío, cuando los robles habían perdido ya el cobre de las hojas y estaban desnudos. Todo el pueblo acudía a la dehesa. Era una fiesta primitiva. El bosque se llenaba del ruido -tac,tac,tac- de las hachas invisibles. Luego se hacían montones, se numeraban y se sorteaban. Por eso llamaban suertes a los rimeros de troncos. Cada año se talaba un espacio determinado del monte, que se establecía por orden riguroso, dejando las guías jóvenes de los robles para que fueran desarrollándose. Así siempre estaba el bosque intacto. Parecía un milagro. Aquellos campesinos habían descubierto, por la cuenta que les traía, la mejor manera, la más ecológica, de conservar el bosque. En la fiesta de la corta llegaban, alegres, las mujeres con las cestas a la cabeza portando la comida. Se tendía un mantel de cuadros sobre la hojarasca y todos, chicos y grandes, nos sentábamos alrededor. El aire del bosque abría el apetito y la bota corría de mano en mano.

Vuelvo a entrar en la majada, situada en la planta baja de la casa, donde las ovejas comen los gabejones de hierba seca en los zarzos y las berzas picadas en la canal o duerna. Me envuelve el vaho cálido, que tanto se agradece cuando el frío aprieta. Contemplo fuera el corral bien abastecido. Los altos bardales desafían al invierno que ya se acerca, como demuestra la bardera que lleva hoy de turbante la Alcarama. Pero es inútil soñar. Ya no hay sol en las bardas, don Miguel de Cervantes, porque el progreso ha acabado con los bardales y ha vuelto el bosque impenetrable. El bardal y la despensa eran los elementos indispensables de los campesinos para pasar el invierno. Aquel tiempo pasó, y el Estado ha labrado la dehesa, un maravilloso ecosistema de robles, mimbreras , maguillos, praderas y arces, para plantar pinos. Y hace mucho que no suena en el pueblo la cuerna del cabrero.

Tomo unos troncos de encina, aún húmedos, de los que me acaban de traer a dieciséis céntimos el kilo-, los acaricio, observo su antigüedad en las circunvalaciones del corte, enciendo la chimenea del salón, aspiro el olor de la lumbre, tan familiar en mi infancia, y me quedo un rato soñando -no puedo evitarlo-, con la radio apagada, mientras contemplo su consumición.

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