EL AMOR DE LOS ABUELOS

por elcantodelcuco

 Vengo de Soria, donde hemos presentado mis «Leyendas» en el Círculo Amistad Numancia. Las gentes andaban presurosas por el Collado bajo los paraguas. El día era desapacible y frío. Los algarazos de aguanieve empujaban a refugiarse en los soportales y en los bares. Hemos comido migas del pastor en el Mesón Castellano, regadas con Silentium, vino de la tierra con nombre apropiado a la soledad del páramo, al silencio de siglos. En el camino destacan las obras paradas de la autovía y los horrendos aerogeneradores, que no merecen el nombre de molinos y que profanan el paisaje de esta tierra parda de gentes sufridas. El paisaje puro y elemental era lo único que les quedaba. Y, por si fuera poco, hasta los olmos de la orilla de la carretera se mueren.

 Para mí éste era un día señalado. Nada más asomar a Soria por los Rábanos he traspasado con el pensamiento el puerto de Oncala, que presentaba un aspecto hosco, y me he plantado en la casa de Sarnago, a la que siempre vuelvo, esa es la verdad. Este recuerdo de la infancia me ha acompañado todo el día. Me he visto en la cocina, en torno a la chimenea, celebrando con toda la familia el santo del abuelo y de la abuela
—nunca se decía allí cumpleaños, sino santo— que por razones de economía familiar y por su proximidad agrupábamos, los dos, en la misma fecha. En el techo de la cocina colgaba ya la matanza: las varas de morcillas dulces y de tripos, las vueltas de chorizo, las tiras de lomo, la blanca y redonda vejiga rellena de manteca… El perolo de vino caliente con frutas cocidas corría de boca en boca, lo que creaba el ambiente propicio para que el abuelo Natalio, animado por nosotros, los nietos, se lanzara a cantar con su vozarrón viejas canciones cuarteleras, iniciadas invariablemente con la que decía:

Levántate, Carcunda,

que las doce son,

que viene el Espartero

con su división.

 Después cada año acababa contando, con las mismas palabras, el relato de cómo se declaró a la abuela Bibiana, que escuchaba en silencio, complacida y vergonzosa como una niña, acurrucada en su banqueta junto a la lumbre. Él, un joven de buena familia, próximo a la treintena, consideró que había llegado la hora de casarse. Le dio muchas vueltas a la cabeza y se inclinó por la Bibiana, una jovencita hermosa y medio analfabeta, ocho años más joven que él, que se había ido con su hermano Benigno, destinado de cura en Valdemoro, a cuatro leguas de Sarnago. Aparejó el caballo y emprendió el viaje por el monte. Después de cuatro horas de camino llegó frente a la casa parroquial y llamó a la aldaba de la puerta. El cura bajó a recibirle. «Hombre, Natalio, ¿qué te trae por aquí?», le preguntó. «Pues mira —le respondió— te voy a ser franco y no voy a andar con rodeos: quiero casarme con la Bibiana. Esas son mis intenciones». «¿Lo sabe ella?». «No, díselo tú». El cura puso cara de circunstancias y subió a darle la noticia a su hermana.

 El pretendiente se quedó en la calle, a la puerta de la casa, esperando una respuesta. Esperó y esperó, hasta que se cansó de esperar. Interpretó que aquello era un «no». Montó en el caballo y emprendió el regreso cabizbajo. Ella rompió a llorar tras los visillos cuando lo vio alejarse. El mozo anduvo dos horas, llegó a un cruce de caminos, se paró, se apeó del caballo, sacó un duro de plata de la faltriquera y lo echó al alto. «Si sale cara —pensó— me vuelvo con la Bibiana; si sale cruz me voy con la “Colegiala” de Fuentes». Salió cara. Emprendió, decidido, el camino de vuelta. Cuando lo vio llegar desde detrás de los visillos, Bibiana bajó presurosa, con los ojos llenos de lágrimas, corrió a su encuentro y se abrazaron emocionados sin decir palabra.

Así fue el amor de mis abuelos, al que ya me referí en «Historias de la Alcarama». Se amaron hasta el final. Formaron una gran familia. El abuelo murió con noventa y tantos años. La abuela, unos meses después. Mi existencia se debió a aquel duro de plata en el cruce de caminos. ¿Se dan cuenta ahora por qué hay fechas señaladas y por qué me he acordado de Sarnago mientras me refugiaba del aguanieve en los soportales del Collado de Soria?

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