UNA ESCAPADA DE LEYENDA

por elcantodelcuco

La luz mortecina de la tarde breve de diciembre incrementaba el misterio de la Ciudad Encantada cuando Pilar y yo iniciamos el recorrido. Es imposible no sobrecogerse al penetrar en este espacio singular, irreal y fantástico, sobre el que emergen enormes moles de piedra de distintas figuras. De entrada te encuentras con el gigantesco Tormo Alto, escoltado por pinos y sabinos, que me llevan a mi paisaje de la Alcarama, al que siempre vuelvo. A los pies de esta gigantesca roca calcárea dicen que está enterrado Viriato, el valeroso guerrero ibérico que, como los pelendones de Numancia, plantó cara a los invasores romanos. Desde luego, es un buen sitio para descansar en paz.

En esta escapada a la Serranía de Cuenca, a uno le falta tiempo para aprovisionarse de belleza. Deslumbrado al llegar a Uña, no pude contenerme y llamé al poeta Octavio Uña. Los dos estábamos de acuerdo: nos vamos lejos de España buscando maravillas y las tenemos a menos de dos horas de la capital. Metido de lleno todavía en el mundo mágico por culpa de mis «Leyendas de la Alcarama», voy guardando en el zurrón, según camino por campos rojizos de mimbreras o por senderos de bosques singulares, que conducen a lagunas misteriosas o al sobrecogedor nacimiento del río Cuervo, historias mágicas que salen al paso y que te llevan a otras que parecían olvidadas. Pero es seguramente el vértigo y el asombro contemplando los desfiladeros de piedra que aprisionan la carretera camino de Beteta, los enormes cañones y las hoces de los ríos los que desatan irremediablemente la fantasía.

En Uña me entero, por ejemplo, mientras contemplo las aguas serenas del lago, rodeadas de una exuberante vegetación, que en el centro de este lago había, y es posible que reaparezca en cualquier momento, una isla movediza, cubierta de árboles. El viento la balanceaba y cambiaba de sitio. Cuando menos lo pensabas, según cuentan los más viejos del lugar, la isla desaparecía misteriosamente, se supone que sumergida en la laguna, y luego volvía a aparecer. El agua tiene, sin duda, un poder purificador y taumatúrgico. Aseguran que limpia hasta el pecado original. En pocos sitios he recuperado la paz interior, en medio de un silencio total, un impagable silencio metafísico, como paseando por un sendero llano hacia la laguna de El Tobar, o asomándome en el monte a ese original prodigio natural de las torcas en Lagunaseca u oyendo el alto graznido de un cuervo mientras visitábamos el nacimiento balbuceante del río de su nombre.

Anochecía cuando alcanzamos el Ventano del Diablo, un balcón de piedra natural, asomado al profundo precipicio de la hoz del Júcar, a medio camino de Uña y Las Majadas. Daba vértigo mirar hacia abajo, por donde las aguas encajonadas del río ofrecían un llamativo color intenso verde esmeralda. No era difícil pensar que allí, en aquella tremenda escabrosidad, estaba una boca del infierno. A mí me recordó inmediatamente el Puente del Diablo que un día, no hace tanto, visité en Gales y cuya leyenda he comprobado que con ligeras variantes se cuenta en América y en España.

Cuenta esta leyenda que la vieja Megan, que vivía cerca de Ceredigion, se quedó desolada cuando su única vaca cayó al río Mynach, desbordado por las crecidas. El animal consiguió salir a la otra orilla, donde la anciana no podía recuperarlo.

La pobre mujer lloraba y se lamentaba cuando un monje apareció tras ella.

—¿Qué te pasa, mujer? —le preguntó.

—Estoy arruinada. Mi vaca está en la otra orilla. Es mi única posesión, el sostén de mis últimos días, y yo no puedo recuperarla.

—No te preocupes, Megan. Yo la recuperaré para ti.

—¿Podrías? ¿Cómo?

—Soy muy bueno construyendo puentes. No me costará nada construir uno.

—Nada me haría más feliz, pero yo soy vieja y pobre. ¿Cómo podría pagártelo?

—Pido poco. Solo quiero que dejes que me quede con el primer ser vivo que cruce el puente.

Megan aceptó el trato. Se volvió a su casa y espero a que el puente estuviera terminado. Pero Megan era una mujer astuta y algo raro en los pies y en las piernas de aquel monje, como si las rodillas se le doblaran al revés que a la gente, le hizo sospechar.

Cuando a la mañana siguiente él le avisó de que ya había construido el puente, ella se acercó con su perrillo y una barra de pan.

—Aquí tienes el puente —le dijo el monje.

—Mmmm, sí, es un puente —titubeó Megan—, pero ¿será suficientemente fuerte para que cruce la vaca?

—¿Fuerte? Por supuesto que sí.

—Por ejemplo, ¿aguantaría esta barra de pan?

—¿Que si aguantaría? —el monje soltó una carcajada— ¡Prueba y lo verás!

Megan entonces lanzó la barra de pan a la otra orilla y el perro salió corriendo tras ella y cruzó el puente.

—Sí, amable señor. Es fuerte. Por cierto, mi perro es el primer ser vivo que ha cruzado el puente. Así que puede quedarse con él. El trato es el trato.

—¡Un estúpido perro no me es de ninguna utilidad! —replicó el constructor con tono seco, que traslucía gran enfado.

Y desapareció dejando tras de sí un fuerte olor a azufre.

El Puente del Diablo que yo visité y que me ha traído a la cabeza el Ventano del Diablo sobre el Júcar, es hoy una compleja construcción de tres puentes, construidos con el tiempo uno sobre otro y que dan al valle un aspecto misterioso. ¿Comprenden ahora por qué llamo a este viaje una escapada de leyenda?

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