EL BELÉN DE DON MATÍAS

por elcantodelcuco

 

Las tarjetas de Navidad de toda la vida están de capa caída. Las felicitaciones llegan masivamente al correo electrónico. Vienen en tropel, sin hacer ruido. Se alinean pacientemente en lista de espera, hasta que el ratón hace clic y aparecen en la pantalla brillantes, originales, futuristas o, la mayoría, familiares como las de antes, con un mensaje estereotipado: ¡Felices fiestas y un próspero año nuevo! ¿Próspero? Dejémoslo en pasable, si les parece, que la prosperidad se adivina lejana. El cartero, bendito sea, anda aún cansado de acarrearnos al buzón sobres con propaganda electoral y, con la ayuda de internet y los SMS de los móviles, se ve algo aliviado de carga estos días. Tampoco los ángeles en la Nochebuena, ¿recuerdan?, hicieron el anuncio a los pastores por escrito. Prefirieron bajar en persona y por sorpresa. Hoy seguramente, a estas alturas, se valen ya de los ordenadores.

Lo digo porque uno de estos ángeles que andan sueltos me ha enviado un mensaje a mi correo electrónico esta mañana. Se hace llamar Juan Ignacio Vara y vive en Baracaldo, que él escribe con ka. El mensaje me parece tan apropiado y hermoso que me veo obligado a compartirlo con todos.

Y dijo el profeta: “Aquel día todo se convertirá en estrellas y el amor no cotizará el IVA. No habrá huelga de ángeles mensajeros y llegarán, hasta donde estrenan llanto los recién nacidos, pastores, camioneros y hasta los pilotos de Iberia.

Aquel día los Magos no necesitarán pasaporte y todos los pequeños del mundo podrán soñar sin pedir permiso al emperador. Aquel día ya ha llegado. Mirad cómo amanece en vuestros corazones”.

No sé por qué me ha traído a la memoria el belén de don Matías. También era vasco, se llamaba exactamente Matías Sáenz de Ocáriz y estaba de cura en Sarnago cuando yo empecé a tener uso de razón. El belén de don Matías -único del pueblo, al que tampoco llegaban, todo hay que decirlo, tarjetas de Navidad- es uno de los primeros recuerdos gratos de mi infancia. Los niños colaborábamos yendo a buscar el musgo a las herrañes del barranco y ayudábamos a trazar encima los caminos de serrín y a colocar con cuidado el río de cristales rotos, atravesado por el puentecillo de madera. El Niño reposaba sobre paja de bálago y a mí me impresionaba el buey porque en Sarnago no había bueyes. Después, ateridos de frio, don Matías nos obsequiaba con una tableta blanda de turrón, partida en trocitos, que, en aquellos años de penuria, era el primer turrón y único que probaríamos, aparte de unas barritas de guirlache y, con suerte, algún mazapán de Rincón de Soto, porque el dueño de la fábrica había pasado la guerra con el tío Sotero en Zaragoza y la mili los había hecho amigos para siempre.

Recuerdo la Navidad con nieve, como la preciosa postal navideña del pueblo -electrónica, por supuesto- que me envía José María Carrascosa, y con carámbanos en los aleros de los tejados. Sarnago era lo más parecido a un belén viviente. Las ovejas se quedaban encerradas en la majada, situada en la parte baja de la casa, y yo, a la luz del candil, las veía parir sus tiernos caloyos, a los que, nada más nacer, lamían amorosamente el tibio y gelatinoso envoltorio. En la misa del gallo, con la iglesia congelada, apenas iluminada por las velas, y envueltos en la penumbra y en nubes de incienso, los pastores , vestidos con sus zamarras acudían en el ofertorio a besar al Niño y le ofrecían pan, queso y miel, mientras todo el pueblo cantaba invariablemente el villancico tradicional:

Pastores venid,

pastores llegad,

a adorar al Niño

que ha nacido ya.

Yo estaba convencido de que los ángeles no podían andar muy lejos, porque no iban a dejar solos a los pastores esa noche.

¡Feliz Navidad a todos!

Anuncios