El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: enero, 2012

PAISAJE DE INVIERNO

 

Les invito a continuar conmigo el prometido viaje al pasado, al paisaje de mi infancia en las Tierras Altas de la Alcarama. El paisaje es lo que permanece inalterable a través de los siglos, lo único reconocible. Aunque ya saben que cualquier paisaje es un estado del espíritu. Esta es una tierra desolada y pobre, que tiene poco que ver con las anchas llanuras castellanas. La componen lomas y cerros, barrancos y bancales con anchos ribazos, cabezos y laderas. Tierra pelada, sin un solo árbol en toda la extensión de la mirada. Tierra caliza surcada por veredas estrechas y caminos pedregosos. Su grandeza está en la elemental simplicidad, sin un adorno inútil, y en la luz, una luz asombrosa que le da un baño de misterio y de belleza.

Para orientarme en estos campos de soledad, ahora que el invierno aprieta, despliego antes sobre la mesa la Planimetría de Sarnago de 1916. No puede haber mejor guía. De pronto el pasado y el presente se juntan y se confunden. Brotan los nombres familiares de los parajes. Todo revive. El pueblo deja de estar deshabitado y vuelvo a oir los gritos de mis compañeros en la plaza a la hora del recreo, sube de nuevo el olor a leña y a pan del horno de la tía Milagros junto a la plaza, suena un toque de campanas -”es la hora del Ángelus”, recuerda la abuela-, el tío Marcos, que acostumbra a poner a mal tiempo buena cara, cruza renqueante, apoyado en su cachava, de su casa a la majada, el alguacil toca la corneta anunciando la llegada del Mario de San Pedro con pescado fresco -sardinas y chicharro mayormente- que trae envuelto en hielo en dos cajas de madera, suena por el barrio de arriba el grito desesperado de un cerdo en el banco de la matanza, ladran los perros y una yunta de machos arrastra el timón del arado de madera calle abajo lenta y ruidosamente.

El tiempo es hoy desapacible. Una oscura barrera de nubes se agarra a la cresta de la Serrezuela. De rato en rato viene un algarazo. Después vuelve a brillar el sol, un sol débil, desfalleciente, que ilumina tenuemente la mampostería de las casas y hace brillar las piedras sueltas de la calle. La sierra de Oncala y el monte Cayo sobre Navabellida ofrecen en la lejanía un brillante azul cárdeno. Hay que abrigarse bien. La boina y el tapabocas no estorban. Emprendo el camino del raso. Dejo el pueblo a mi espalda extendido sobre el bisel del costero, rodeado de herrañes y de una cenefa de vegetación -olmos, chopos, arces y ciruelos silvestres-, un breve oasis propiciado por un vena de agua que viene del Cubillo y que tiene su manantial más preciado en la Fuente Vieja. Después continúa por el barranco del Villar y aflora más abajo en la fuente de Las Hoces, cerca del derruido monasterio templario de San Pedro el Viejo.

 

El campo está yerto y silencioso. El verde pálido de los sembrados y de las esparcetas aparece aplastado sobre la tierra por culpa de la helada. En la loma de la Cereda persiste el amarillo pálido del rastrojo de centeno, y en Valdezaguera, donde tienen los zorros sus madrigueras, los ulagares cubren de negro la ladera y se apoderan de los estrechos pegujales. En los huecos de la umbría se distinguen manchas blancas de la última nevada. Un cazador recorre minuciosamente con su perro las llecas de las Cuerdas del Castillo en busca de la liebre encamada que levantaron ayer las ovejas. Por el camino de Castillejo se dirige a San Pedro Manrique un hombre montado sobre la enjalma de su burro y envuelto en un capote descolorido. Irá seguramente a la botica o en busca del médico. Un rebaño de unas doscientas ovejas se cobija en los cortinales del Horcajuelo, cerca de los corrales. Por la parda barbechera -sólo algún valiente se ha atrevido a romper la tierra para la siembra de los tardíos- el viento sopla cada vez con más fuerza de la parte de la Cruz del Cerro y arrastra cardos y matojos. Unas urracas buscan cobijo en las tainas y se posan en el tejado. El pastor, envuelto en su manta de cuadros, ha prendido fuego a unas ulagas entre las lastras, y la columna de humo gris que sale de la fogata es el único adorno de la tierra desolada. El cielo se oscurece y llega un nuevo algarazo de nieve. Lo mejor es volver a casa y refugiarse en la cocina, bajo la chimenea, al amor de la lumbre.

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EL PAISAJE ANIMADO

Una amable  interlocutora, que ha leído mis historias y mis leyendas de la Alcarama, de donde proceden sus antepasados, me acaba de enviar, después de arduas gestiones en el Instituto Geográfico, la Planimetría de Sarnago de 1916, un documento excepcional, una joya topográfica y tipográfica que me transporta a aquellos montes, a aquellos campos, a aquellos caminos. De pronto, con esta guía entre las manos, el paisaje se vuelve animado, o sea, recupera el alma. Cada pago, cada loma, cada otero, cada majada, cada vereda, cada riachuelo, todos los parajes recuperan su nombre antiguo, en trance ya de olvido. Nombrar las cosas y, desde luego, los pueblos equivale a conocerlos y mueren cuando nadie recuerda su nombre. Nombrar es crear o recrear. Estos son nombres hermosos repetidos durante cientos de años en la calle, en la plaza, en las cocinas, en las reuniones del Concejo; nombres que pronunciaban los pastores a la hora de planear el careo del ganado, los cazadores, los leñadores, los labradores. El pueblo es mucho más que el casco urbano; es su entorno, su término municipal, su paisaje en el que la vida se desarrolla. ¡Qué nombres tan sugerentes! Los Barrancos Hondos, los Cerros Bermejos, la Alcarama, los Rincones, Cruz de Canto, El Prado de la Nava, Bajorente, Los Portillejos, Moscares, Ampudia, Las Hoyuelas, El Hombriazo, Los Vallejos, Peña Malrubia, Matallana, La Cereda, Valdibáñez, Majadal Mediano, Las Abejeras…

El plano está escrito a mano, con letra cuidada, variada y diminuta, señalando, como digo, lindes, riachuelos, ruinas, caminos y corrales, además de los nombres de los parajes propiamente tales. Es como una miniatura de un códice medieval. Los delineantes se llaman, si entiendo bien su firma, Primitivo Carcedo y Luis Portuondo; el topógrafo, Ángel Pino; da el visto bueno con su firma el Ingeniero Jefe de la 3ª Brigada, de nombre Gregorio, y lo revisa y lo sella el Ingeniero Jefe de la provincia de firma ilegible. Despliego el ancho y cuadriculado plano sobre la mesa. Elijo uno de los caminos al azar. Dejo hoy el raso de lado y me dirijo al monte. Es el camino que va a las huertas de Horcajo, al barranco de Pedroso y a la Virgen del Monte. Columbro a la altura de los Prados de Cerro a una mujer envuelta en su mantón que tira del ramal de su caballería, con los serones cargados de berzas recién cortadas. Observo por la vereda de La Mata un hombre que vuelve del monte con sus machos cargados de estepas sobre las artolas, que serán mañana la hornija para la hornada del pan. Escucho el tintineo de los cencerros de las ovejas en el Prado de los Rebollos. Ladra un perro. En los abrigos de la umbría quedan residuos de nieve helada. Sopla un viento fino del Cogote de la Hoya, que agita levemente los zarzales, los bizcobos y los sabinos. Vuela un cuervo alto por Los Pradillos. De un majano, en la cerca que hay junto al barranco donde se enterraban las caballerías muertas, alza el vuelo un pequeño bando de cardelinas. Recojo del suelo un cantalobo. Los robles están desnudos. El cielo es de un azul limpio, acerado. El agua del Regajal forma charcos helados en el camino y de los endrinos del Prado de la Nava sale huyendo asustada una torda a mi paso. (Continuará).

LA COCINA ENCENDIDA

 

En el relato anterior nos asomamos apenas a la cocina de la casa, refugio de la familia durante el largo e inmisericorde invierno, que acostumbra a azotar las montañosas tierras de la Alcarama desde primeros de diciembre a bien entrado abril. La estancia, con el fuego perennemente encendido, es un cuadrilátero de apenas nueve metros cuadrados. Es un espacio interior, íntimo, abrigado, que tiene aire de sagrado. Por eso quizá los romanos aposentaron aquí a sus dioses lares. Se entra por una gruesa puerta cuadrada de madera de roble sin cerrojo con una gatera en la parte baja. La puerta, de cuarterones, recibió una mano de minio Dios sabe cuándo y presenta un color rojizo desvaído.

Entramos. Es de noche. Arden con fuerza las bardas en la lumbre. El humo que desprende la leña mojada impregna el ambiente. El techo es bajo y está ennegrecido. Cuelgan de él las vueltas de chorizos, perfectamente separadas las de bueno de las güeñas. En la primera fila, cerca del hogaril, más a la mano, se alinean las varas de morcillas dulces rellenas de pasas, que tienen por vecinos a los humildes tripos. Destaca cerca del candil, blanca y redonda como una luna llena, la vejiga de la manteca. El olor de la támbara se mezcla con el del pimentón de La Vera, indispensable para la matanza, del ajo y de las especias. A la izquierda de la entrada, en una mesita redonda cubierta de un hule azul deshilachado hay un porrón manoseado con unos sorbos calientes de vino y a su lado, una mugrienta y sobada baraja. Y en la pared, un viejo calendario con una estampa de la Virgen del Carmen, que ofrece el escapulario con la mano.

A la derecha de la puerta, en la pared del fondo, brilla entre hilachos de humo la espetera con un docena de cazos de cobre, y en el centro, como si fuera la custodia, incrustado en un molde madera, el almirez de bronce, cuyo repique los días señalados abría el apetito de los habitantes de la casa. En la parte baja de la rinconera se guardan las negras sartenes aceitosas, los cazos y las tinajillas u orzas de las conservas, y en la parte de arriba, sin cristal protector, la menguada vajilla. Destaca enfrente de la entrada una gran tinaja, capaz para diez o doce cántaras de agua, y la cantarera, con dos cántaros negros y el hueco de un botijo, que ahora anda en el hogaril de mano en mano.

En torno al fuego, con los pies en la chapa caliente, están los miembros de la familia, bajo la redonda chimenea, frente a la antosta de hierro, en la que apenas se distinguen por el hollín los adornos florales grabados originalmente. Cuelgan de la pared las negras llares y borbolla una olla de hierro sobre el tentemozo. La abuela, con su larga saya y su toquilla, está sentada en su banqueta hilando lana con el huso y la rueca, y a sus pies ronronean dos gatos. El abuelo, que fuma sin parar, reposa en su desvencijado sillón junto al vasero, donde deposita el cuarterón y el librillo de papel de fumar. El niño pequeño apoya la cabeza en su muslo y se ha quedado dormido, como cada noche, oyendo el tictac del grueso reloj del abuelo en el oído. El tío Co, un hombrecillo mayor, soltero, que estuvo en la guerra de África y que lleva la hacienda, ha bajado a dar una vuelta a la majada y a echar esparceta en los pesebres a las caballerías. El otro niño escucha atentamente a su madre, una mujer joven vestida de luto, viuda a los veintiocho años, que lee pausadamente en voz alta a la luz del candil, en un libro amarillento, romances castellanos antiguos. Cuando termina uno de los romances, toma unos calendaños de detrás del banco corrido del hogaril y aviva el fuego para que no se apague.

(Aquel niño ha vuelto ahora, mayor y cansado, y se ha encontrado con los hollines sobre la chapa del hogaril. Alguien se llevó las llares y la antosta. No hay nadie. Las húrguras de fuera retan con sus alaridos a los fantasmas de dentro. El fuego lleva más de cuarenta años apagado)

 

 

LA CUESTA DE ENERO

 

Cuando pienso en el pueblo me quedo casi siempre con el paisaje nevado del invierno. En las Tierras Altas de Soria es el invierno la estación más larga y más característica. Pero creo que esta predilección obedece en mí a algo más íntimo y profundo, o sea, más humano que el puro escenario físico, aunque reconozco, desde la distancia de tantos años, que todavía siento una emoción especial, indefinible, salvaje, cuando abro la ventana y veo que caen los primeros copos, normalmente efímeros, en el jardín de mi casa de la ciudad. Me viene siempre a la cabeza la alegría contagiosa que iluminaba el rostro de mi madre cuando rompía a nevar. Se asomaba al balcón que da a la plaza y exclamaba feliz: “Tenemos pan, leña y suministros en la despensa. ¡Que nieve lo que quiera!”

Entre Reyes y la Candelaria caía en Sarnago la gran nevada. El pueblo quedaba aislado, replegado sobre sí mismo, ensimismado. Un cortinón oscuro ocultaba la Serrezuela y la Alcarama, se extendía por la Dehesa, rodeaba la sierra de Oncala y llegaba hasta la Peña Isasa y Monte Real, más allá de Buimanco y de Diustes, y rodeaba la sierra de Oncala hasta ocultarla. El cielo se abatía sobre las casas. De los tejados blancos emergían los penachos de humo de las chimeneas y de los aleros colgaban los largos y gruesos chupones. Queda dicho que en la cuesta de enero sucedía lo más crudo del invierno y en estos días sólo la necesidad obligaba a salir a la calle. De vez en cuando se distinguía desde la ventana un bulto oscuro envuelto en el mantón o en la manta de Palencia, que doblaba la esquina apresuradamente.

Los animales permanecían recluidos en los bajeros de la casa, y los humanos se refugiaban en la cocina en torno a la lumbre, siempre encendida, con brazados de támbara detras del banco corrido del hogaril. Los hombres aprovechaban la paralización de las faenas del campo y bajaban a invernar en los trujales de Navarra para sacarse un jornal y subir unos pellejos de aceite con el que echar en conserva la matanza, lo que obligaba a las mujeres a cargar con la penosa tarea de ocuparse de todo, no sólo de los hijos y, muchas de ellas, de los abuelos, y de las tareas ordinarias de la casa, entre las que la más dura era lavar la ropa en el rio helado y secarla al calor del brasero; además debían acarrear agua de El Pozo o fuente vieja, apiensar las caballerías en la cuadra, echar de comer a los cochinos en el portal -oh, aquellos calderos de berzas y patatas con salvado, cocidos en la lumbre sobre el tentemozo-, abastecer de hierba o esparceta los zarzos de la majada, donde estaban pariendo las ovejas, ordeñar las cabras y, cuando fuera menester, ponerles perruna en las tetas para el destete. ¡Mujeres enlutadas del campo, mujeres insatisfechas, envejecidas prematuramente, cuyo único desahogo era la brisca o el trasnocho! ¡Mujeres dignas de admiración y de respeto, heroínas de un tiempo de amarguras y penalidades, a las que nunca se les ha hecho el reconocimiento que se merecen!

Han pasado muchos años y cuando pienso hoy en aquellos inviernos de Sarnago, chocan dentro de mí dos paisajes contrapuestos: ese de la infancia, en el que reconozco las voces familiares, con el acompañamiento de la cercana y variada música animal, y el silencio sepulcral que envuelve ahora el pueblo donde no queda un alma. Veo las casas deshabitadas, que quedan a merced de la nieve y el viento y no obervo una huella en la calle sobre la nieve virgen ni oigo un perro ladrando. Y el choque interior de estas dos imágenes produce dolor. El invierno de ahora es mucho más duro que aquellos inviernos de la niñez, a los que vuelvo siempre.