LA CUESTA DE ENERO

por elcantodelcuco

 

Cuando pienso en el pueblo me quedo casi siempre con el paisaje nevado del invierno. En las Tierras Altas de Soria es el invierno la estación más larga y más característica. Pero creo que esta predilección obedece en mí a algo más íntimo y profundo, o sea, más humano que el puro escenario físico, aunque reconozco, desde la distancia de tantos años, que todavía siento una emoción especial, indefinible, salvaje, cuando abro la ventana y veo que caen los primeros copos, normalmente efímeros, en el jardín de mi casa de la ciudad. Me viene siempre a la cabeza la alegría contagiosa que iluminaba el rostro de mi madre cuando rompía a nevar. Se asomaba al balcón que da a la plaza y exclamaba feliz: “Tenemos pan, leña y suministros en la despensa. ¡Que nieve lo que quiera!”

Entre Reyes y la Candelaria caía en Sarnago la gran nevada. El pueblo quedaba aislado, replegado sobre sí mismo, ensimismado. Un cortinón oscuro ocultaba la Serrezuela y la Alcarama, se extendía por la Dehesa, rodeaba la sierra de Oncala y llegaba hasta la Peña Isasa y Monte Real, más allá de Buimanco y de Diustes, y rodeaba la sierra de Oncala hasta ocultarla. El cielo se abatía sobre las casas. De los tejados blancos emergían los penachos de humo de las chimeneas y de los aleros colgaban los largos y gruesos chupones. Queda dicho que en la cuesta de enero sucedía lo más crudo del invierno y en estos días sólo la necesidad obligaba a salir a la calle. De vez en cuando se distinguía desde la ventana un bulto oscuro envuelto en el mantón o en la manta de Palencia, que doblaba la esquina apresuradamente.

Los animales permanecían recluidos en los bajeros de la casa, y los humanos se refugiaban en la cocina en torno a la lumbre, siempre encendida, con brazados de támbara detras del banco corrido del hogaril. Los hombres aprovechaban la paralización de las faenas del campo y bajaban a invernar en los trujales de Navarra para sacarse un jornal y subir unos pellejos de aceite con el que echar en conserva la matanza, lo que obligaba a las mujeres a cargar con la penosa tarea de ocuparse de todo, no sólo de los hijos y, muchas de ellas, de los abuelos, y de las tareas ordinarias de la casa, entre las que la más dura era lavar la ropa en el rio helado y secarla al calor del brasero; además debían acarrear agua de El Pozo o fuente vieja, apiensar las caballerías en la cuadra, echar de comer a los cochinos en el portal -oh, aquellos calderos de berzas y patatas con salvado, cocidos en la lumbre sobre el tentemozo-, abastecer de hierba o esparceta los zarzos de la majada, donde estaban pariendo las ovejas, ordeñar las cabras y, cuando fuera menester, ponerles perruna en las tetas para el destete. ¡Mujeres enlutadas del campo, mujeres insatisfechas, envejecidas prematuramente, cuyo único desahogo era la brisca o el trasnocho! ¡Mujeres dignas de admiración y de respeto, heroínas de un tiempo de amarguras y penalidades, a las que nunca se les ha hecho el reconocimiento que se merecen!

Han pasado muchos años y cuando pienso hoy en aquellos inviernos de Sarnago, chocan dentro de mí dos paisajes contrapuestos: ese de la infancia, en el que reconozco las voces familiares, con el acompañamiento de la cercana y variada música animal, y el silencio sepulcral que envuelve ahora el pueblo donde no queda un alma. Veo las casas deshabitadas, que quedan a merced de la nieve y el viento y no obervo una huella en la calle sobre la nieve virgen ni oigo un perro ladrando. Y el choque interior de estas dos imágenes produce dolor. El invierno de ahora es mucho más duro que aquellos inviernos de la niñez, a los que vuelvo siempre.

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