EL PAISAJE ANIMADO

por elcantodelcuco

Una amable  interlocutora, que ha leído mis historias y mis leyendas de la Alcarama, de donde proceden sus antepasados, me acaba de enviar, después de arduas gestiones en el Instituto Geográfico, la Planimetría de Sarnago de 1916, un documento excepcional, una joya topográfica y tipográfica que me transporta a aquellos montes, a aquellos campos, a aquellos caminos. De pronto, con esta guía entre las manos, el paisaje se vuelve animado, o sea, recupera el alma. Cada pago, cada loma, cada otero, cada majada, cada vereda, cada riachuelo, todos los parajes recuperan su nombre antiguo, en trance ya de olvido. Nombrar las cosas y, desde luego, los pueblos equivale a conocerlos y mueren cuando nadie recuerda su nombre. Nombrar es crear o recrear. Estos son nombres hermosos repetidos durante cientos de años en la calle, en la plaza, en las cocinas, en las reuniones del Concejo; nombres que pronunciaban los pastores a la hora de planear el careo del ganado, los cazadores, los leñadores, los labradores. El pueblo es mucho más que el casco urbano; es su entorno, su término municipal, su paisaje en el que la vida se desarrolla. ¡Qué nombres tan sugerentes! Los Barrancos Hondos, los Cerros Bermejos, la Alcarama, los Rincones, Cruz de Canto, El Prado de la Nava, Bajorente, Los Portillejos, Moscares, Ampudia, Las Hoyuelas, El Hombriazo, Los Vallejos, Peña Malrubia, Matallana, La Cereda, Valdibáñez, Majadal Mediano, Las Abejeras…

El plano está escrito a mano, con letra cuidada, variada y diminuta, señalando, como digo, lindes, riachuelos, ruinas, caminos y corrales, además de los nombres de los parajes propiamente tales. Es como una miniatura de un códice medieval. Los delineantes se llaman, si entiendo bien su firma, Primitivo Carcedo y Luis Portuondo; el topógrafo, Ángel Pino; da el visto bueno con su firma el Ingeniero Jefe de la 3ª Brigada, de nombre Gregorio, y lo revisa y lo sella el Ingeniero Jefe de la provincia de firma ilegible. Despliego el ancho y cuadriculado plano sobre la mesa. Elijo uno de los caminos al azar. Dejo hoy el raso de lado y me dirijo al monte. Es el camino que va a las huertas de Horcajo, al barranco de Pedroso y a la Virgen del Monte. Columbro a la altura de los Prados de Cerro a una mujer envuelta en su mantón que tira del ramal de su caballería, con los serones cargados de berzas recién cortadas. Observo por la vereda de La Mata un hombre que vuelve del monte con sus machos cargados de estepas sobre las artolas, que serán mañana la hornija para la hornada del pan. Escucho el tintineo de los cencerros de las ovejas en el Prado de los Rebollos. Ladra un perro. En los abrigos de la umbría quedan residuos de nieve helada. Sopla un viento fino del Cogote de la Hoya, que agita levemente los zarzales, los bizcobos y los sabinos. Vuela un cuervo alto por Los Pradillos. De un majano, en la cerca que hay junto al barranco donde se enterraban las caballerías muertas, alza el vuelo un pequeño bando de cardelinas. Recojo del suelo un cantalobo. Los robles están desnudos. El cielo es de un azul limpio, acerado. El agua del Regajal forma charcos helados en el camino y de los endrinos del Prado de la Nava sale huyendo asustada una torda a mi paso. (Continuará).

Anuncios