PAISAJE DE INVIERNO

por elcantodelcuco

 

Les invito a continuar conmigo el prometido viaje al pasado, al paisaje de mi infancia en las Tierras Altas de la Alcarama. El paisaje es lo que permanece inalterable a través de los siglos, lo único reconocible. Aunque ya saben que cualquier paisaje es un estado del espíritu. Esta es una tierra desolada y pobre, que tiene poco que ver con las anchas llanuras castellanas. La componen lomas y cerros, barrancos y bancales con anchos ribazos, cabezos y laderas. Tierra pelada, sin un solo árbol en toda la extensión de la mirada. Tierra caliza surcada por veredas estrechas y caminos pedregosos. Su grandeza está en la elemental simplicidad, sin un adorno inútil, y en la luz, una luz asombrosa que le da un baño de misterio y de belleza.

Para orientarme en estos campos de soledad, ahora que el invierno aprieta, despliego antes sobre la mesa la Planimetría de Sarnago de 1916. No puede haber mejor guía. De pronto el pasado y el presente se juntan y se confunden. Brotan los nombres familiares de los parajes. Todo revive. El pueblo deja de estar deshabitado y vuelvo a oir los gritos de mis compañeros en la plaza a la hora del recreo, sube de nuevo el olor a leña y a pan del horno de la tía Milagros junto a la plaza, suena un toque de campanas -”es la hora del Ángelus”, recuerda la abuela-, el tío Marcos, que acostumbra a poner a mal tiempo buena cara, cruza renqueante, apoyado en su cachava, de su casa a la majada, el alguacil toca la corneta anunciando la llegada del Mario de San Pedro con pescado fresco -sardinas y chicharro mayormente- que trae envuelto en hielo en dos cajas de madera, suena por el barrio de arriba el grito desesperado de un cerdo en el banco de la matanza, ladran los perros y una yunta de machos arrastra el timón del arado de madera calle abajo lenta y ruidosamente.

El tiempo es hoy desapacible. Una oscura barrera de nubes se agarra a la cresta de la Serrezuela. De rato en rato viene un algarazo. Después vuelve a brillar el sol, un sol débil, desfalleciente, que ilumina tenuemente la mampostería de las casas y hace brillar las piedras sueltas de la calle. La sierra de Oncala y el monte Cayo sobre Navabellida ofrecen en la lejanía un brillante azul cárdeno. Hay que abrigarse bien. La boina y el tapabocas no estorban. Emprendo el camino del raso. Dejo el pueblo a mi espalda extendido sobre el bisel del costero, rodeado de herrañes y de una cenefa de vegetación -olmos, chopos, arces y ciruelos silvestres-, un breve oasis propiciado por un vena de agua que viene del Cubillo y que tiene su manantial más preciado en la Fuente Vieja. Después continúa por el barranco del Villar y aflora más abajo en la fuente de Las Hoces, cerca del derruido monasterio templario de San Pedro el Viejo.

 

El campo está yerto y silencioso. El verde pálido de los sembrados y de las esparcetas aparece aplastado sobre la tierra por culpa de la helada. En la loma de la Cereda persiste el amarillo pálido del rastrojo de centeno, y en Valdezaguera, donde tienen los zorros sus madrigueras, los ulagares cubren de negro la ladera y se apoderan de los estrechos pegujales. En los huecos de la umbría se distinguen manchas blancas de la última nevada. Un cazador recorre minuciosamente con su perro las llecas de las Cuerdas del Castillo en busca de la liebre encamada que levantaron ayer las ovejas. Por el camino de Castillejo se dirige a San Pedro Manrique un hombre montado sobre la enjalma de su burro y envuelto en un capote descolorido. Irá seguramente a la botica o en busca del médico. Un rebaño de unas doscientas ovejas se cobija en los cortinales del Horcajuelo, cerca de los corrales. Por la parda barbechera -sólo algún valiente se ha atrevido a romper la tierra para la siembra de los tardíos- el viento sopla cada vez con más fuerza de la parte de la Cruz del Cerro y arrastra cardos y matojos. Unas urracas buscan cobijo en las tainas y se posan en el tejado. El pastor, envuelto en su manta de cuadros, ha prendido fuego a unas ulagas entre las lastras, y la columna de humo gris que sale de la fogata es el único adorno de la tierra desolada. El cielo se oscurece y llega un nuevo algarazo de nieve. Lo mejor es volver a casa y refugiarse en la cocina, bajo la chimenea, al amor de la lumbre.

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