DIVAGACIÓN SOBRE EL TIEMPO

por elcantodelcuco

 

Como cada mañana, he caminado hasta “La Tortuga” a comprar el pan y el periódico, con tan mala fortuna que he resbalado en el hielo de la calle y casi me rompo la crisma. Aún tengo el costado maltrecho. Así que he leído las noticias y los comentarios con escaso entusiasmo, casi con rencor, como si el periódico fuera el culpable de mis desventuras. Que bien pudiera ser por lo cargante e insustancial. No me importa nada la lucha por el poder de los socialistas en su congreso de Sevilla, con su pan se lo coman; tampoco estoy muy interesado en las reformas financieras de Guindos y compañía, a mí nadie me va a sacar de pobre. Me quedo, si acaso, con el descubrimiento de la “Gioconda” del Prado -vaya revelación- que es más guapa que la del Louvre, dónde va a parar, y les confieso que también me ha interesado la inteligente necrológica de Szymborska, la gran poetisa polaca, a cargo de Fernando Savater, que concluye con estos geniales versos de la Premio Nobel:

Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Y, desde luego, me he interesado por la información sobre esta ola de frio, que nos mete en casa y que a mí me ha costado un dolorido sobresalto. Los que tenemos alma de campesino nos interesamos sobre todo por la información meteorológica. Nunca me pierdo las noticias del tiempo en el telediario. Observo siempre las fases de la luna, contemplo cada noche clara, anticiclónica, las estrellas y los planetas en el desvaído cielo de Madrid y, durante el día, me paro a contemplar el paso de las nubes. Ahí está, enfrente de la mesa, mi telescopio mientras escribo. Ya saben, los campesinos se pasan media vida mirando al cielo y la otra media, doblados sobre la tierra. Por lo menos, así era antes. Hoy, al pisar el hielo en la puerta de la casa y al sentir en la cara el frío cortante como un cuchillo cabritero, me he acordado de Sarnago, cuando construíamos trampas en los ventisqueros de metro y medio que se formaban en la calleja, junto a las eras, trampas crueles para inacutos, y también me han venido a la cabeza las plataformas cuadradas de grueso hielo macizo que sacábamos del “Bebederillo”, y que nos servían de base para deslizarnos desde lo alto del ejido en una especie de trineo rudimentario.

En fin, no podía olvidar que ayer fue la Candelaria, con la bendición de las candelas taumatúrgicas, y que hoy es San Blas, con sus roscos y la leyenda de que este santo popular cura los dolores de garganta, tan habituales cuando el frio aprieta, haciendo la competencia, con escaso éxito, a las farmacias y los laboratorios. Y cómo podía olvidar el manoseado refrán de que “por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, será año de nieves”, un refrán tan poco fiable como el Calendario Zaragozano. Mucho antes de esta ola de frio las cigüeñas, esos entrañables garabatos blancos y negros en los campanarios de Castilla, están ahí con una lealtad admirable. Será por el calentamiento global o por lo que sea, pero de un tiempo a esta parte las cigüeñas se quedan todo el año aquí, no emigran a África ni son el termómetro del invierno. Y, lo mismo que los antiguos poetas convencionales y admirados, las cigüeñas siguen sin traspasar el puerto de Oncala hacia las Tierras Altas donde el cierzo pasa por las gargantas como un dalle recién afilado. Al final me paro a meditar. ¿Será verdad, después de todo, que no existe el Tiempo como no existe en realidad el Futuro ni el Silencio ni la Nada?

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