NIEVE SOBRE LAS RUINAS

por elcantodelcuco

 

Dos personas caminan a duras penas por el camino que conduce al pueblo, bordeando el ejido y rodeando las eras. Sus pies se hunden en la nieve. Una de ellas va envuelta en un mantón oscuro. La otra camina a su lado con el cuerpo encogido y las manos en los bolsillos. Se adivina el viento helado azotando sus cuerpos, que resisten como los juncos. Sus figuras oscuras resaltan en el blancor del paisaje. Es la primera de una serie de veintinuna fotografías que ha publicado en facebook la Asociación de Amigos de Sarnago, dando noticia de que allí no para de nevar este año, para que luego digan que ya no nieva como antes. Basta con repasar esta galería de instantáneas para comprobarlo. La nieve se amontona en los abrigos, formando altos ventisqueros, que las húrguras modelan como modela el viento las dunas en el desierto. A mí esta heróica excursión fotográfica a Sarnago -hace falta valor para subir hasta las altas tierras de la Alcarama con este tiempo- me ha servido para sumergirme de lleno en aquellos durísimos inviernos de mi infancia y, sobre todo, para contemplar un prodigio: la nieve, que cubre piadosamente el cerro del Castillo, las piezas del Collado, el camposanto, las calles, las callejas, las placetuelas, la iglesia derruida y las casas hundidas, añade belleza a la parda aridez de los campos y a la belleza pintoresca de las ruinas. Su mágico poder igualitario confunde los corrales con los palacios.

En los tejados rojos que siguen en pie, con cenefas de blanco en las orillas y carámbanos en los aleros, no sale humo de ninguna chimenea. También faltan los bardales en los corrales, inevitables en el antiguo paisaje del pueblo. Pero lo que más se echa en falta es la presencia de los seres humanos y de los animales en las calles heladas. No hay ni rastro. Los ventisqueros aparecen intactos. Ni una pisada en la entrada de las casas, ni un hombre con una pala abriendo camino en la puerta. Ni un perro apedreado, con el rabo entre las patas. Ni el relincho de un caballo. Ni un balido. Ni un pájaro. Las urracas y los tordos, si aún queda alguno en estos parajes inhóspitos donde les resultará difícil encontrar comida, se refugiarán dentro de las ruinas de las casas o en los corrales de los cortinales o del horcajuelo, lo mismo que los zorros. Sólo se presiente el alarido del viento doblando las esquinas.

He repasado, una y otra vez, las fotografías. El misterioso cerro blanco del Castillo, con una alambrada hiriente y absurda en primer plano y el oscuro robledal al fondo; la nieve amontonada a la puerta de la escuela, donde jugábamos a las canicas, y de telón de fondo, las ruinas de la casa del tio Patricio, nuestro vecino; el callejón de la placetuela, con su entrada solemne; los Peñascales sobre las herrañes, donde pasé, ay, tantas horas de mi niñez y donde las mujeres se reunían en el buen tiempo con la cesta de la costura; debajo, el árbol que ha crecido por su cuenta en mi huerto de entonces, la majada hundida del tio Evaristo y los campos blancos hasta la sierra de Oncala. La casilla de la luz eléctrica, que emerge como un faro. En la era empedrada hay un enorme ventisquero justo en el lugar donde plantábamos el mayo cuando la fiesta . El pilón de la fuente se ha convertido en un témpano de hielo con los bordes nevados. Me impresiona, sobre todo, la foto de las ruinas de la iglesia, con el arco de la bóveda bien visible, el pórtico alfombrado de blanco, la puerta románica, intacta, la espadaña tronchada, y la nieve cubriendo amorosamente el suelo del templo, que albergaba o alberga todavía las tumbas de los antepasados. Algo hay de grandioso y misterioso en estas ruinas cubiertas de nieve, que no han perdido su magnificencia.

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