LAS ÁGUEDAS, EL JUEVES LARDERO Y LA CENIZA

por elcantodelcuco

 

Por si no tuvieran para mí suficiente atractivo las viejas tradiciones rurales engarzadas en el paso de las estaciones, lectores como Javier Sainz Ruiz me incitan a ocuparme de ellas. Dice, por ejemplo, que en estas fechas, cuando se pasa el ecuador de la temporada del frio y los días alargan, celebraban los celtas la fiesta del Imbolc o del vientre de la tierra, que conserva la vida en espera bajo la capa helada. Es un canto a la mujer, que en la tradición cristiana se asocia en febrero con la Candelaria o purificación ritual de la Virgen en el templo y con la fiesta de las Águedas, en honor de Santa Águeda, virgen y mártir, a la que, entre otras torturas, le cortaron los pechos. Estos días en Soria y en otros lugares de Castilla aún se celebra la fiesta de las Águedas, adelanto del moderno feminismo, en el que las mujeres casadas mandan, se emancipan por un día y se divierten a su aire. Imposible no acordarse de aquellos versos memorables del zamorano Claudio Rodríguez, con el que compartí algún vaso de vino, en su “Don de la ebriedad”.

Para qué recordar. Estoy en medio

de la fiesta y ya casi

cuaja la noche pronta de febrero.

¡Y aún sin bailar: yo solo!

¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo

arrimar la cintura bien, que puedo

mover los pasos a vuestro aire hermoso!

¡Águedas, aguedicas,

decidles que me dejen…! 

Y estamos en Jueves Lardero, fecha verdaderamente señalada para los niños de la posguerra, tiempo de miseria en aquella sociedad de subsistencia, tiempo de racionamiento, de los delegados y del pan negro. Muchas familias en el pueblo vendían los jamones para comprar tocino: Dos kilos de tocino por uno de jamón. Ese era el precio. Recuerdo la felicidad que nos proporcionaba la gran merienda de este día, con tortillas, chorizo, torreznos y lomo de la olla y, si se terciaba, un “bollo preñao” entre las manos. Era el atracón antes del ayuno y abstinencia de la Cuaresma, tiempo en que estaba prohibida la carne desde el Miércoles de Ceniza hasta la Pascua Florida. Ese miércoles los campesinos dejaban la yunta y acudían humildemente a la iglesia donde recibían en fila la ceniza en la cabeza -las enlutadas mujeres, en la frente- mientras el sacerdote les decía a cada uno en latín: “Pulvis es et in pulverem converteris”. O sea, eres polvo y en polvo te convertirás. Lo sabían ellos de sobra. Lo que no había entonces eran carnavales. Los había prohibido Franco. Y la obligación rigurosa del ayuno cuaresmal – “por la mañana la colación y por la noche, la parvedad”, recordaba la abuela- se suavizaba mucho, todo hay que decirlo, comprando la Bula de la Santa Cruzada. 

En fin, Javier Sainz sale en defensa del Calendario Zaragozano, “principal vestigio de los antiguos almanaques, ya casi en extinción, que recogían un poquito de todo el saber y que, me imagino, tanto acompañaron en las cocinas y en los hogares al amor del fuego”. El Zaragozano contiene, según él y puede que no le falte razón, “una filosofía sobre el tiempo perenne, en el que los santos caen como losas en su fecha, y los meses, las estaciones y los ciclos se suceden” invariablemente. ¡Me ha convencido! En lugar destacado de mi librería tengo un “Almanach de Gotha” de 1925, con adornos dorados en las tapas, una verdadera joya que encierra, en efecto, toda la sabiduría de la época, casi tanta como ahora internet.

Anuncios