EL PASO DE LAS GRULLAS

por elcantodelcuco

 

Un ruidoso gru-gru que venía de fuera me ha obligado a salir de casa y mirar al cielo. Era verdad. Pasaban las grullas, primera señal inequívoca de que el invierno se acaba y se acerca la primavera. Aún hace frio en las madrugadas, pero, entrada la mañana, el sol brilla con fuerza. Este era el tiempo, en las Tierras Altas, en que volvían a salir tímidamente las yuntas por los caminos arrastrando el arado romano. Había que romper la tierra, aún helada en la sombra de los ribazos, abonarla, acarreando el ciemo en serones, y prepararla para sembrar los tardíos. Confieso que me he alegrado, como cuando era niño, al contemplar el bando en el cielo azul brillante de las afueras de Madrid, donde afortunadamente no alcanza aún la boina oscura que cubre la capital por culpa del persistente anticiclón, las calefacciones a todo gas y los tubos de escape de miles de automóviles innecesarios. Con tanto ruido, ¿quién puede oir el emocionante gru-gru en lo alto del cielo? Hasta las aves parece que orillan en su ruta el ruidoso núcleo urbano. Por lo visto este es el precio del progreso. Me pregunto cuántos madrileños se han percatado esta mañana del paso de las grullas y han mirado al cielo.

Allí, en Sarnago, donde los días se sucedían monótonamente sin que ocurriera nada, el paso de las grullas era un acontecimiento. La imaginación se desataba. “Son más grandes que ovejas”, afirmaba uno. “Mucho más”, exageraba otro. “Vienen de África, de más allá del mar, de la otra parte del mundo y recorren miles de kilómetros”, aseguraba otro. Ninguno las había visto de cerca porque por aquellas tierras frias solían pasar de largo, como las cigüeñas, aunque siempre había quien aseguraba que un pastor había sentido una grulla coja o herida que se había desprendido del bando y se había quedado sola en el monte, lo que desataba el instinto asesino de cazador que todos llevábamos dentro. Más de una vez salimos inútilmente en su busca con malas intenciones. Nadie, que yo recuerde, cazó nunca una grulla en el pueblo, un ave convertida poco menos que en un ser mítico. Cuando el bando se revolvía dando vueltas sobre su ruta rectilínea y el guión retrocedía, exclamábamos siempre: “¡Se han perdido!”. Con la oscura esperanza de que tuvieran que hospedarse aquella noche en nuestros bosques, lo que nos habría enorgullecido y habría sido un acontecimiento.

Yo acabo de verlas pasar muy altas sobre el cielo azul de Madrid. De pronto se han detenido y han empezado a dar vueltas, casi sobre mi cabeza, como si estuvieran perdidas. He pensado que seguramente han dudado al observar nevada la sierra madrileña o al sentir de frente una fuerte ráfaga de viento helado. ¿Será que las que encabezan el bando -un bando grande como de doscientos individuos- han creido que habían abandonado antes de tiempo las acogedoras dehesas, campos de labor y marjales de Extremadura donde invernan, según me he informado, el noventa por ciento de las treinta mil grullas trashumantes que aún sobreviven? Pronto he salido de dudas. El bando -ejemplo de gregarismo o de solidaridad de grupo- tras esos momentos de titubeo, que han hecho que aumentara notablemente el volumen del gru-gru, ha reemprendido con fuerza y con orden la ruta en flecha hasta trasponer por encima de la sierra madrileña. Me he quedado mirándolas como un bobo hasta que se han perdido en el horizonte. He admirado lo airoso de su vuelo y su figura esbelta a pesar de medir bastante más de un metro de longitud, dos y pico de envergadura y pesar cinco o seis kilos, o hasta siete según tengo entendido. Ahora, cuando concluya su trashumancia, como las merinas de la sierra de Oncala, y se acomoden en las tierras del Norte se lanzarán a la vistosa parada nupcial, una hermosa danza a base de saltos, vuelos, inclinaciones y despliegue de alas y resonará el amoroso gru-gru, un grito distinto del monótono canto que ha acompañado su vuelo en el largo viaje. ¡Ay el amor, remedio de todos los trabajos y calamidades!

 

 

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