El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: marzo, 2012

LA HUELGA DEL TIO MURCO

En mi pueblo no se hacía nunca huelga. Y, desde luego, no ha aparecido nadie por la calle, estos días de primavera agitada, con el puño en alto enarbolando pancartas y banderas rojas e invitando a los vecinos a huelga general, entre otras razones porque hace muchos años que Sarnago, como se sabe, está deshabitado sin que nadie acudiera entonces -ni políticos ni sindicalistas- a impedirlo, sino todo lo contrario. Si tal espectáculo callejero hubiera ocurrido cuando yo era niño, habría dado miedo o habría sido cosa de risa, según se mire, como cuando llegaban los gitanos o los titiriteros. La gente acostumbraba a deslomarse trabajando con el exclusivo y honrado objeto de sobrevivir. De vez en cuando se atrevían a murmurar entre rezos o juramentos: “¡Esta vida, esta vida…!” Se secaban luego el sudor con la manga de la camisa, apretaban los dientes y volvían al tajo. En esto había poca distinción de género entre los hombres y las mujeres. También los niños y los viejos, mientras el cuerpo aguantara, arrimábamos el hombro lo que podíamos. Recuerdo bien que aquellos campesinos sólo consideraban trabajo el que se hacía con las manos y con el sudor de la frente. Era la consecuencia de la maldición bíblica. Paradójicamente despreciaban y envidiaban al trabajador de cuello blanco y de manos limpias y delicadas, lo mismo que envidiaban al rico y admiraban al sabio.

Lo que no estaba bien visto era andar mano sobre mano. Al que holgaba demasiado le llamaban holgazán, y adquirir fama de holgazán era la peor recomendación a la hora de encontrar novia, tanto como cargar con el sambenito de amigo de lo ajeno o ser tenido por un chisgarabís sin palabra o un mindundi sin oficio ni beneficio. Por no haber, no había entonces ni sindicatos, porque los que llamaban verticales estaban lejos, en la ciudad, y todo el mundo sabía que eran un invento azul del Gobierno para controlar a los trabajadores; y los que había habido cuando la República estaban rigurosamente prohibidos, envueltos oficialmente en la ignominia, y nadie, esa es la verdad, los echaba en falta en el pueblo porque no traían buenos recuerdos. En aquellos duros tiempos de la posguerra, poblados de crímenes oficiales, de hambre, de venganzas, de estraperlo y de racionamiento, aún dominaba el miedo y se imponía el silencio en las Tierras Altas de la Alcarama. Lo mejor, pensaba la mayoría, era no revolver más la manta para no volver a las andadas.

Por eso todo el mundo consideró una gran osadía, casi un desafío, la decisión del tio Murco, un hombre con fama de republicano, fumador empedernido, amigo de la lectura y poco amigo del trabajo. Resulta que el tio Caco, el nuevo alcalde, había vuelto enardecido de un cursillo oficial de adoctrinamiento. Después de un esperpéntico concejo abierto en la plaza, en el que hizo alarde de su autoridad absoluta, mandó echar un bando, en el que, sea porque erró él o sea porque el alguacil no tomó buena nota, éste, que no tenía muchas luces, pregonó por las esquinas: “De orden del señor alcalde, queda terminantemente prohibido el descanso dominical, bajo la multa que haya lugar”. Naturalmente lo que quería ordenar el alcalde, en aquellos tiempos de maridaje entre la Iglesia y el Estado, era todo lo contrario: que sería severamente castigado el que trabajara en domingo. El tio Murco aprovechó el malentendido y al domingo siguiente apareció a media mañana, cuando volteaban las campanas llamando a misa, cruzando ostensiblemente la plaza con el azadón al hombro camino del trabajo. Fue su peculiar forma de hacer huelga. Nunca en el pueblo lo habían visto tan laborioso. El suceso generó regocijo entre chicos y grandes, tanto como si el tio Caco, el entusiasta alcalde, hubiera proclamado en el pueblo la huelga general.

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LA FIESTA DEL TIEMPO

 

Recuerda el Calendario Zaragozano, en letra negrita, que hoy es el Dia Meteorológico Mundial, o sea su fiesta señalada. Es la fiesta de las isobaras, esos garabatos redondos en el mapa formando círculos concéntricos de borrascas y anticiclones, con especial atención al sempiterno y cansino anticiclón de las Azores; la fiesta de las nubes y el viento, de la escarcha y el sol, de la nieve y las tormentas, de la luna llena y de las estrellas fugaces, de la lluvia mansa sobre los sembrados y del pedrisco asolador; la fiesta de las húrguras, que son, como se sabe, las brujas del invierno en las Tierras Altas, que bailan ululando por las esquinas, y de noche se asoman amenazantes por el hueco de las chimeneas, y es también la fiesta del sol, al que rendían culto los celtíberos, mis antepasados, en la cumbre de los montes, encendiendo hogueras en el solsticio de verano, y que en julio cae a plomo como un cuchillo ardiente sobre el páramo soriano, poblado de chicharras y polvo, cuando clasca ya la mies esperando la hoz del segador.

Esta fiesta nos obliga a mirar hoy al cielo con especial atención y afecto. Cuando he salido a la calle esta mañana serena he sentido en el rostro la caricia gratuita del aire tibio de esta primavera caprichosa, que arrastra ya el aroma de los prunos floridos, y lo he agradecido. Al fondo, la sierra de Madrid vuelve a estar blanca por la nevada de principios de semana, y la calle, al pisarla, estaba alfombrada de pétalos, que Miguel, el jardinero de la urbanización, se empeña en barrer con ese ruidoso y malhadado invento del soplador de hojas. El cielo de Madrid ha amanecido azul con leves celajes que, en el curso de las horas, han ido espesándose hasta cubrirlo del todo a estas horas, mientras escribo, de una capa gris.

Estaría bien que acabara lloviendo al caer la tarde ofreciendo así una exhibición, en un día tan señalado, de la rica y graciosa variedad de los cambios del tiempo, que se parecen, como una gota de lluvia a otra, a los cambios de humor en las personas, y tengo para mí que los cambios atmosféricos y de las estaciones influyen más de lo que parece en estos últimos, aunque uno no crea mucho en el horóscopo y en la influencia de los signos del zodíaco. Pero pedir la lluvia este año de sequía se me antoja pedir peras al olmo o hacer rogativas a la Virgen, como cuando yo era niño. Recuerdo, como si lo estuviera viendo, a todo el pueblo caminando entre los sembrados, apenas nacidos, cantando las lentanías de los santos -San Marcos, ya se sabe, es el rey de charcos- tras el pendón morado, que encabezaba la procesión, seguido de la cruz alzada, escoltada por los ciriales de los monaguillos. Aunque, si hacemos caso al Calendario Zaragozano, no habrá que pedir un milagro porque estos días nos espera “temporal encapotado y lluvioso, con vientos alborotados del S. y SE. de buen temple”. Es más, “algunos nublados tomarán carácter tempestuoso con chubascos, relámpagos y tronados, pasada esta agitación quedará, por unos días, buen tiempo”. ¡Habrá que verlo para creerlo! Pero la tierra está tan seca que no basta con una pampurria o calabobos.

Me gustaría que en los resecos campos de mi infancia en las Tierras Altas de Castilla y en los campos de todas las infancias del mundo, que carecen de agua para beber, se cumpliera hoy, Dia Meteorológico Mundial, el milagro del canto a la lluvia de Manuel Altolaguirre:

El cielo se ha despeinado,

su melena de cristal

se destrenza en el sembrado.

 

O, también, el del poeta ecuatoriano Juan Larrea:

La noche ha abierto su paraguas.

Llueve.

Los pájaros de la lluvia

picotean los trigos de los charcos.

 

EL PADRE

 

Con motivo del Día del Padre, ese invento de El Corte Inglés, mi hija Mireya me ha regalado una cajita de caramelos de violeta, que tanto le gustaban a mi madre. Acabo de saborear el primero, y su antiguo y casi olvidado aroma familiar me ha trasladado automáticamente a la infancia. Es curioso el poder de evocación que tiene un sabor, lo mismo que un olor, un objeto, una música o una vieja fotografía. El pequeño y aromático caramelo me ha trasladado a la herrañe de los olmos, donde tomaban el sol los abuelos y donde con la entrada de la primavera florecían en los abrigos las primeras violetas, mucho antes que los amarillos narcisos silvestres. Es un buen momento. Justo dentro de unas horas, a las 5.14 del día 20 el sol entrará en Aries y será primavera. Y a través del caramelo de violeta he vuelto a encontrarme con mi madre, vestida con aquella blusa morada que tan bien le caía y que se puso cuando, después de muchos años de la muerte de mi padre, alivió por fin su luto.

Yo nunca celebré el Día del Padre, instituido aprovechando la vara florida del bendito San José y el serrín de su carpintería, porque esta es una celebración comercial reciente y porque mi padre, que se llamaba Cristóbal y que era secretario del Ayuntamiento de Valtajeros, murió cuando yo tenía dos años y él no pasaba de los veintiocho. Desde entonces ando toda mi vida buscándole sin encontrarlo. No recuerdo nada de él por más esfuerzos que hago. No sé cómo era su voz ni el sonido de su risa cuando me tenía en sus rodillas. Aquí, delante de mi mesa de trabajo, tengo su fotografía encuadrada, que es lo único que me queda de él. En un traslado se perdieron misteriosa y desgraciadamente su laúd y su reloj de plata, de los que disfruté hasta bien entrado en los años de juventud. A juzgar por la única foto que dispongo de él, era un hombre moreno y muy apuesto. Siempre me han dicho los que lo conocieron que era alto, jovial, inteligente y de una extraordinaria personalidad. Supongo que en tantos años de ausencia lo he idealizado un poco. Estoy seguro de que no les importará a los que lean este blog que, cediendo hoy al impulso de mi cansado corazón y aprovechando el comercial Día del Padre, le dedique hoy a mi padre este recuerdo como un homenaje tardío. Aunque hace mucho tiempo, un día sin avisar, levantaron su tumba, me gustaría acercarme hoy al camposanto de Valtajeros donde reposan sus huesos y dejar sobre la tierra seca un puñado de violetas

Mi madre estuvo toda su vida loca por él. Al lado de su cama tenía siempre un baulillo en el que guardó durante muchos años sus recuerdos más íntimos. Soy testigo privilegiado de que ella murió, a los ochenta años, enamorada de mi padre. Por eso a lo largo de sus largos años de viudez rechazó sin dudarlo a los sucesivos pretendientes, a pesar de que alguno era un buen partido, ciertamente tentador. Siempre me ha parecido que este ejemplo de fidelidad deja en mal lugar a los que creen en lo esencialmente quebradizo del amor. Ahora vuelvo a quedarme mirando las fotografías de los dos, situadas a ambos lados de la arquita donde guardo mis recuerdos junto a los libros antiguos. No deja de ser un privilegio tener un padre perennemente joven, más joven que sus hijos e incluso más joven que la mayor parte de sus nietos. Como Mireya, que me ha endulzado el día con los caramelos de violeta.

EL DESCONCIERTO DE LAS PALABRAS

 

En mi pueblo cuando alguien prometía lo imposible, o desbarraba, o se iba por los cerros de Úbeda, lo normal es que se le dijera a la cara: “Eso es hablar por no callar”. Entre los viejos campesinos de Castilla la palabra era ley. Se hablaba lo imprescindible, que en boca cerrada no entran moscas, y con la mayor precisión posible. Al pan, pan y al vino,vino. La palabra era para entenderse y no para ocultar la verdad. Sabían sin haberlo leído en ninguna parte que el hombre, lo mismo que la mujer, es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Ni siquiera se quejaban cuando faltaba el pan en la despensa. Bastaba si acaso con rumiar entre dientes la terrible frase, que resume todo el orgullo de Castilla: “¡En mi hambre mando yo!”. Sin dar cuartos al pregonero. Al hombre que hablaba demasiado se le llamaba cascarrín o cantamañanas y a la mujer, alcahueta o charlatana, que para el caso es lo mismo. No era extraño que el trato en el mercado se cerrara en silencio; bastaba un apretón de manos, esas manos ásperas y duras, acostumbradas a acariciar la tierra y encallecidas por la esteva del arado.

Aquella gente humilde, desconfiada y sabia a su manera, porque a la fuerza ahorcan, despreciaba a los charlatanes que plantaban su tenderete de tejidos rebajados en la plaza, procedentes, según decían, de Marruecos. No paraban de hablar a gritos, con grandes aspavientos exhibiendo la mercancía y convirtiéndose así en predecesores de las actuales rebajas de los grandes almacenes. Las mujeres, en alpargatas, delantal, toquilla y con un pañuelo oscuro en la cabeza, no se dejaban embaucar con tanta palabrería y se reían de ellos con disimulo. Posiblemente es esta ancestral sabiduría, esta experiencia antigua, lo que hace desconfiar aún hoy de la charlatanería de los políticos y demás personajes públicos.

Sobre todo, porque estos han conseguido retorcer el lenguaje con eufemismos hasta hacerlo irreconocible e incomprensible para el común. Esta perversión de las palabras es el mayor desastre cultural y la mejor demostración de que se intenta engañar al pueblo. Pondré una serie de ejemplos, aprovechando la crisis: A la rebaja de sueldo se le llama moderación salarial o devaluación competitiva de los salarios; el hecho triste de estar sin blanca es falta de visibilidad financiera; los recortes son, por supuesto, ajustes o medidas de ahorro; la subida de impuestos, recargo temporal de solidaridad; los despidos, racionalización empresarial; los despidos masivos no son más que un Expediente de Regulación de Empleo (simplificando ERE), y a la suspensión de pagos ahora se le llama invariablemente concurso de acreedores; el reparto de costes se ha convertido en un impacto asimétrico negativo, y la crisis, en severa desaceleración; el copago en los ambulatorios y hospitales se transforma en tique moderador sanitario. Y lo más estrambótico: a la recesión o decrecimiento, o sea, al empobrecimiento colectivo se le llama crecimiento económico negativo. Después de esto, casi no choca que a la ruina estrepitosa se le llame “crack” y a lo que en mi pueblo llamaban pagar a tocateja se le denomine simplemente “cash”.

Después de todo lo dicho -¡ay si mi abuelo Natalio levantara la cabeza!- ¿a quién puede extrañar que a las putas, izas, rabizas, zorras, etcétera, se las llame trabajadoras sexuales, al maestro de escuela, trabajador de la enseñanza, y al espía de toda la vida, agente del servicio de información o, peor aún, del servicio de inteligencia. ¿No les parece que todo esto es hablar por no callar? Como dice Julio Cortázar, “cuántas palabras para un mismo desconcierto”.

 

 

EL CALENDARIO ZARAGOZANO

Escribo con la luna “llena en Virgo a las 9,41 horas”, según reza el Calendario Zaragozano 2012, que, por fin, después de dar muchas vueltas por los quioscos de la capìtal, donde se había agotado, he conseguido por 1,80 euros en una pequeña librería del centro. Creado por don Mariano Castillo y Ocsiero en 1840, este mítico calendario, de aspecto humilde y barato, es, como alardea en su portada, el de mayor circulación y, por tanto, un buen negocio, uno de los negocios que, en estos tiempos de crisis, resisten, literalmente, contra viento y marea. No importa que, guiándose por la observación de las cabañuelas o variaciones del tiempo en los primeros días de enero y agosto, no pueda competir en la previsión con los modernos servicios meteorológicos. No sabe nada de anticiclones, ni le importa. El acierto es lo de menos. La gente lo consulta como observa el horóscopo, pero con más inocencia, fiándose de la sabiduría natural del hombre de campo.

Para los próximos siete días, si tienen curiosidad, pronostica: “Nublado tranquilo, vientos variables, moderados, temple de primavera; si el ambiente llega a ser demasiado caluroso podrán aparecer nublados tempestuosos acompañados de relámpagos y truenos. Las temperaturas nocturnas serán frescas”. ¿Qué les parece? ¿No es delicioso? No sé qué diría don Mariano Castillo y Ocsiero si levantara la cabeza y se enterara de que el Gobierno de Madrid está dispuesto a gastarse 120.000 euros en un ambicioso proyecto para crear lluvia o nieve bombardeando las nubes con yoduro de plata. Hace tiempo que los campesinos sorianos de las Tierras Altas y los de la Tierra Ancha bajo el Moncayo sospechan de unas avionetas que aparecen en pleno verano y después de sus vuelos las nubes se disipan misteriosamente y no llueve. Y esto, según dicen, ocurre un día tras otro. Con estos “adelantos”, con el calentamiento global y con tanto artilugio, cómo va a acertar el Calendario Zaragozano.

Eso sí, da cuenta rigurosa de las ferias y mercados de España y acierta de lleno en los eclipses y en el santoral. Esto último se agradece porque los periódicos han ido suprimiendo esta información, tan interesante, en sus páginas, confundiendo el culo con las témporas, o sea el Estado laico con la sociedad laica. En mi pueblo nunca se hablaba de cumpleaños, sino de santo. “Es el santo del abuelo”, “el niño celebra su santo”, etcétera. Seguramente porque durante mucho tiempo se ponía al recién nacido el nombre del santo del día. Ayer, sin ir más lejos, según el Zaragozano, además del Día de la Mujer, era san Juan de Dios, patrón de los bomberos, y hoy, viernes, santa Francisca Romana y santa Catalina de Bolonia, además de san Paciano, obispo. Las fiestas de los santos siguen siendo la guía espiritual, cultural y turística de los españoles. Suprimirla es cercenar el derecho de uno a estar bien informado. Mientras tanto esos mismos periódicos dedican páginas y páginas a la guía de la prostitución. ¡No sé adónde vamos a llegar!, exclamaría don Mariano Castillo y Ocsiero si levantara la cabeza.

El refrán que dedica el Calendario a este mes es: “Agua de marzo, hierbazo”, pero el caso es que el anticiclón no se va y la sequía empieza a ser preocupante. Los sembrados no nacen, los escasos pastos para el ganado se agotan, los piensos se encarecen y no hay tempero en la tierra para sembrar los tardíos: la avena y la cebada ladilla. Es el año más seco que se recuerda. Y el refranero lo tiene claro: “Febrero, verano, ni paja ni grano”. O la otra cara de la misma moneda: “Agua en febrero llena el granero”. Pues, visto lo visto, estamos aviados. Éramos pocos y parió la abuela. Si no llueve pronto, será un año ruinoso y habrá que darle la razón al refrán: “Año bisiesto, ni pan ni huerto ni huevo en el cesto”. ¡Lo que nos faltaba! Esto no lo arregla ni el Calendario Zaragozano.

EL PAN NUESTRO

 

Vengo de “La Tortuga” como todas las mañanas. En “La boutique del pan” he comprado, después de hacer cola, mi barra de cada día, que llaman, no sé por qué, “artesana”. La envuelvo en el periódico y camino hacia casa. Es un paseo grato entre álamos blancos aún desnudos, cuando apunta ya la primavera adelantada en los prunos y se ha vestido tímidamente de oro la mimosa. El constante trasiego de los coches por la Avenida de Atenas deshace la calma y el embrujo del momento. La barra, aún caliente, no huele a pan ni a nada. Tampoco huele la panadería donde la he comprado. Es masa que traen de fuera en cajas de cartón, transportadas en una furgoneta, y que descongelan en un horno eléctrico que resulta invisible para el comprador. Después de probar las distintas especialidades (”baguette”, “gallego”, “candeal de picos”, “campesino” -¡Dios mio, a cualquier cosa llaman campesino!-, integral, etcétera) he llegado a la conclusión de que este que llevo debajo del brazo es el más aceptable dentro de lo que cabe, aunque no huela a pan.

Por el camino me he trasladado, como de costumbre, a mi infancia en Sarnago. El pan es el mejor reclamo de la memoria . Era el artículo de primera necesidad, la medida de todas las demás cosas. Lo peor que podía pasar en una casa de las Tierras Altas de la Alcarama es que faltara el pan. Allí el pan sólo se concebía redondo: una hogaza grande, olorosa y crujiente. El padre la apoyaba en el pecho a la hora de comer y partía con el cuchillo grandes rebanadas. Y si el padre había muerto, como en mi caso, se encargaba de partir el pan la madre o el abuelo. Era todo un rito. La abuela, que era muy escrupulosa, si caía al suelo un trozo de pan, lo recogía y lo besaba como si fuera pan bendito y no permitía que la hogaza se pusiera boca abajo. La hogaza era el fruto de los sudores y trabajos de todo el año. Romper la tierra, binar, abonar, rastrillar, sembrar, escardar, cosechar -siempre mirando al cielo por ver si venía la lluvia o asomaba una mala nube-, trillar, aventar, cerner, meter en el granero, llevar al molino, acarrear la támbara, amasar y cocer en el horno. La hornada debía servir para toda la semana.

Más de una vez bajé de niño tirando del ramal del caballo “Tordillo” cargado con dos talegas de fanega y media de trigo, llamado “de común”, o sea, trigo puro y dorado con una pequeña proporción de centeno, al molino de El Rebote, junto al rio, que tenía una gran morera a la entrada. Aún escucho el ruido sordo de la aceña, observo la tolva y no me olvido de la figura del molinero, un hombrachón metido en un mono azul, enharinado de los pies a la cabeza, ni del miedo a los delegados, que podían aparecer en cualquier momento, requisar la harina y levantar un atestado, lo que acarrearía la ruina al molinero y a las familias. Y muchas veces, cuando aún quedaban manchas de nieve en los costeros y la leña del monte estaba mojada por la escarcha y el calamoco, cargué sobre mis frágiles hombros fajos de ulagas del carasol, que eran excelente combustible para prender la hornija.

La levadura natural iba de casa en casa por la noche. Y todo estaba ya dispuesto. Vuelvo a ver a mi madre, con un pañuelo blanco en la cabeza -ella que siempre estaba de luto- en la despensa, de pie, sudorosa y alegre, amasando en la artesa; la contemplo más tarde, con la cara arrebolada, sacando con la larga pala de madera las tortas y las hogazas de la hornada; y vuelvo a oler, en la entrada de la casa, a leña y a pan recién cocido, a tortas de chichorras y a magdalenas. El olor a támbara y a pan son los olores de mi infancia, junto con el espeso y dulce vaho de la majada.

Creo que por un instante he caído en la tentación de la nostalgia. Regreso a este mundo, azotado por el paro y la crisis. Saludo a un vecino que sale a pasear a su perro atado con una trabilla y aprieto la barra de pan amorosamente en mi mano cuando llego a la puerta de mi casa. Aún está caliente, pero nada es ya lo mismo.