EL DESCONCIERTO DE LAS PALABRAS

por elcantodelcuco

 

En mi pueblo cuando alguien prometía lo imposible, o desbarraba, o se iba por los cerros de Úbeda, lo normal es que se le dijera a la cara: “Eso es hablar por no callar”. Entre los viejos campesinos de Castilla la palabra era ley. Se hablaba lo imprescindible, que en boca cerrada no entran moscas, y con la mayor precisión posible. Al pan, pan y al vino,vino. La palabra era para entenderse y no para ocultar la verdad. Sabían sin haberlo leído en ninguna parte que el hombre, lo mismo que la mujer, es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Ni siquiera se quejaban cuando faltaba el pan en la despensa. Bastaba si acaso con rumiar entre dientes la terrible frase, que resume todo el orgullo de Castilla: “¡En mi hambre mando yo!”. Sin dar cuartos al pregonero. Al hombre que hablaba demasiado se le llamaba cascarrín o cantamañanas y a la mujer, alcahueta o charlatana, que para el caso es lo mismo. No era extraño que el trato en el mercado se cerrara en silencio; bastaba un apretón de manos, esas manos ásperas y duras, acostumbradas a acariciar la tierra y encallecidas por la esteva del arado.

Aquella gente humilde, desconfiada y sabia a su manera, porque a la fuerza ahorcan, despreciaba a los charlatanes que plantaban su tenderete de tejidos rebajados en la plaza, procedentes, según decían, de Marruecos. No paraban de hablar a gritos, con grandes aspavientos exhibiendo la mercancía y convirtiéndose así en predecesores de las actuales rebajas de los grandes almacenes. Las mujeres, en alpargatas, delantal, toquilla y con un pañuelo oscuro en la cabeza, no se dejaban embaucar con tanta palabrería y se reían de ellos con disimulo. Posiblemente es esta ancestral sabiduría, esta experiencia antigua, lo que hace desconfiar aún hoy de la charlatanería de los políticos y demás personajes públicos.

Sobre todo, porque estos han conseguido retorcer el lenguaje con eufemismos hasta hacerlo irreconocible e incomprensible para el común. Esta perversión de las palabras es el mayor desastre cultural y la mejor demostración de que se intenta engañar al pueblo. Pondré una serie de ejemplos, aprovechando la crisis: A la rebaja de sueldo se le llama moderación salarial o devaluación competitiva de los salarios; el hecho triste de estar sin blanca es falta de visibilidad financiera; los recortes son, por supuesto, ajustes o medidas de ahorro; la subida de impuestos, recargo temporal de solidaridad; los despidos, racionalización empresarial; los despidos masivos no son más que un Expediente de Regulación de Empleo (simplificando ERE), y a la suspensión de pagos ahora se le llama invariablemente concurso de acreedores; el reparto de costes se ha convertido en un impacto asimétrico negativo, y la crisis, en severa desaceleración; el copago en los ambulatorios y hospitales se transforma en tique moderador sanitario. Y lo más estrambótico: a la recesión o decrecimiento, o sea, al empobrecimiento colectivo se le llama crecimiento económico negativo. Después de esto, casi no choca que a la ruina estrepitosa se le llame “crack” y a lo que en mi pueblo llamaban pagar a tocateja se le denomine simplemente “cash”.

Después de todo lo dicho -¡ay si mi abuelo Natalio levantara la cabeza!- ¿a quién puede extrañar que a las putas, izas, rabizas, zorras, etcétera, se las llame trabajadoras sexuales, al maestro de escuela, trabajador de la enseñanza, y al espía de toda la vida, agente del servicio de información o, peor aún, del servicio de inteligencia. ¿No les parece que todo esto es hablar por no callar? Como dice Julio Cortázar, “cuántas palabras para un mismo desconcierto”.

 

 

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