EL PADRE

por elcantodelcuco

 

Con motivo del Día del Padre, ese invento de El Corte Inglés, mi hija Mireya me ha regalado una cajita de caramelos de violeta, que tanto le gustaban a mi madre. Acabo de saborear el primero, y su antiguo y casi olvidado aroma familiar me ha trasladado automáticamente a la infancia. Es curioso el poder de evocación que tiene un sabor, lo mismo que un olor, un objeto, una música o una vieja fotografía. El pequeño y aromático caramelo me ha trasladado a la herrañe de los olmos, donde tomaban el sol los abuelos y donde con la entrada de la primavera florecían en los abrigos las primeras violetas, mucho antes que los amarillos narcisos silvestres. Es un buen momento. Justo dentro de unas horas, a las 5.14 del día 20 el sol entrará en Aries y será primavera. Y a través del caramelo de violeta he vuelto a encontrarme con mi madre, vestida con aquella blusa morada que tan bien le caía y que se puso cuando, después de muchos años de la muerte de mi padre, alivió por fin su luto.

Yo nunca celebré el Día del Padre, instituido aprovechando la vara florida del bendito San José y el serrín de su carpintería, porque esta es una celebración comercial reciente y porque mi padre, que se llamaba Cristóbal y que era secretario del Ayuntamiento de Valtajeros, murió cuando yo tenía dos años y él no pasaba de los veintiocho. Desde entonces ando toda mi vida buscándole sin encontrarlo. No recuerdo nada de él por más esfuerzos que hago. No sé cómo era su voz ni el sonido de su risa cuando me tenía en sus rodillas. Aquí, delante de mi mesa de trabajo, tengo su fotografía encuadrada, que es lo único que me queda de él. En un traslado se perdieron misteriosa y desgraciadamente su laúd y su reloj de plata, de los que disfruté hasta bien entrado en los años de juventud. A juzgar por la única foto que dispongo de él, era un hombre moreno y muy apuesto. Siempre me han dicho los que lo conocieron que era alto, jovial, inteligente y de una extraordinaria personalidad. Supongo que en tantos años de ausencia lo he idealizado un poco. Estoy seguro de que no les importará a los que lean este blog que, cediendo hoy al impulso de mi cansado corazón y aprovechando el comercial Día del Padre, le dedique hoy a mi padre este recuerdo como un homenaje tardío. Aunque hace mucho tiempo, un día sin avisar, levantaron su tumba, me gustaría acercarme hoy al camposanto de Valtajeros donde reposan sus huesos y dejar sobre la tierra seca un puñado de violetas

Mi madre estuvo toda su vida loca por él. Al lado de su cama tenía siempre un baulillo en el que guardó durante muchos años sus recuerdos más íntimos. Soy testigo privilegiado de que ella murió, a los ochenta años, enamorada de mi padre. Por eso a lo largo de sus largos años de viudez rechazó sin dudarlo a los sucesivos pretendientes, a pesar de que alguno era un buen partido, ciertamente tentador. Siempre me ha parecido que este ejemplo de fidelidad deja en mal lugar a los que creen en lo esencialmente quebradizo del amor. Ahora vuelvo a quedarme mirando las fotografías de los dos, situadas a ambos lados de la arquita donde guardo mis recuerdos junto a los libros antiguos. No deja de ser un privilegio tener un padre perennemente joven, más joven que sus hijos e incluso más joven que la mayor parte de sus nietos. Como Mireya, que me ha endulzado el día con los caramelos de violeta.

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