LA HUELGA DEL TIO MURCO

por elcantodelcuco

En mi pueblo no se hacía nunca huelga. Y, desde luego, no ha aparecido nadie por la calle, estos días de primavera agitada, con el puño en alto enarbolando pancartas y banderas rojas e invitando a los vecinos a huelga general, entre otras razones porque hace muchos años que Sarnago, como se sabe, está deshabitado sin que nadie acudiera entonces -ni políticos ni sindicalistas- a impedirlo, sino todo lo contrario. Si tal espectáculo callejero hubiera ocurrido cuando yo era niño, habría dado miedo o habría sido cosa de risa, según se mire, como cuando llegaban los gitanos o los titiriteros. La gente acostumbraba a deslomarse trabajando con el exclusivo y honrado objeto de sobrevivir. De vez en cuando se atrevían a murmurar entre rezos o juramentos: “¡Esta vida, esta vida…!” Se secaban luego el sudor con la manga de la camisa, apretaban los dientes y volvían al tajo. En esto había poca distinción de género entre los hombres y las mujeres. También los niños y los viejos, mientras el cuerpo aguantara, arrimábamos el hombro lo que podíamos. Recuerdo bien que aquellos campesinos sólo consideraban trabajo el que se hacía con las manos y con el sudor de la frente. Era la consecuencia de la maldición bíblica. Paradójicamente despreciaban y envidiaban al trabajador de cuello blanco y de manos limpias y delicadas, lo mismo que envidiaban al rico y admiraban al sabio.

Lo que no estaba bien visto era andar mano sobre mano. Al que holgaba demasiado le llamaban holgazán, y adquirir fama de holgazán era la peor recomendación a la hora de encontrar novia, tanto como cargar con el sambenito de amigo de lo ajeno o ser tenido por un chisgarabís sin palabra o un mindundi sin oficio ni beneficio. Por no haber, no había entonces ni sindicatos, porque los que llamaban verticales estaban lejos, en la ciudad, y todo el mundo sabía que eran un invento azul del Gobierno para controlar a los trabajadores; y los que había habido cuando la República estaban rigurosamente prohibidos, envueltos oficialmente en la ignominia, y nadie, esa es la verdad, los echaba en falta en el pueblo porque no traían buenos recuerdos. En aquellos duros tiempos de la posguerra, poblados de crímenes oficiales, de hambre, de venganzas, de estraperlo y de racionamiento, aún dominaba el miedo y se imponía el silencio en las Tierras Altas de la Alcarama. Lo mejor, pensaba la mayoría, era no revolver más la manta para no volver a las andadas.

Por eso todo el mundo consideró una gran osadía, casi un desafío, la decisión del tio Murco, un hombre con fama de republicano, fumador empedernido, amigo de la lectura y poco amigo del trabajo. Resulta que el tio Caco, el nuevo alcalde, había vuelto enardecido de un cursillo oficial de adoctrinamiento. Después de un esperpéntico concejo abierto en la plaza, en el que hizo alarde de su autoridad absoluta, mandó echar un bando, en el que, sea porque erró él o sea porque el alguacil no tomó buena nota, éste, que no tenía muchas luces, pregonó por las esquinas: “De orden del señor alcalde, queda terminantemente prohibido el descanso dominical, bajo la multa que haya lugar”. Naturalmente lo que quería ordenar el alcalde, en aquellos tiempos de maridaje entre la Iglesia y el Estado, era todo lo contrario: que sería severamente castigado el que trabajara en domingo. El tio Murco aprovechó el malentendido y al domingo siguiente apareció a media mañana, cuando volteaban las campanas llamando a misa, cruzando ostensiblemente la plaza con el azadón al hombro camino del trabajo. Fue su peculiar forma de hacer huelga. Nunca en el pueblo lo habían visto tan laborioso. El suceso generó regocijo entre chicos y grandes, tanto como si el tio Caco, el entusiasta alcalde, hubiera proclamado en el pueblo la huelga general.

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