LA CENIZA DEL CRISTO

por elcantodelcuco

En la iglesia de Sarnago, ahora derruida, entrando a la derecha, cerca de la pila del agua bendita, había un altarcillo, cubierto con un mantel bordado, y, sobre él, una hornacina con un gran Cristo de madera oscura, que ha desaparecido. Cualquiera sabe adónde habrá ido a parar. Puede que esté hecho añicos y podrido bajo los escombros, aunque confio en que unas manos piadosas lo rescataran en su día de entre las ruinas cuando el tejado se vino abajo. Tampoco sería extraño que lo hubieran robado y haya caido en manos de anticuarios desaprensivos. Docenas de generaciones lo habían venerado. En cierta medida, era el vecino más antiguo y más querido del pueblo, junto con San Bartolomé, el patrono. Recuerdo que mi abuelo acostumbraba a colocarse siempre a sus pies. Más de una vez me llevó allí con él de la mano. Era su sitio preferido en misa. A la luz amarilla de las velas, brillaba su calva como la patena. Sólo allí, ante el Cristo exánime, se quitaba la boina. En Semana Santa esta capilla del Cristo albergaba el corazón del monumento el día de Jueves Santo. El pequeño sagrario dorado aparecía rodeado de flores y de cirios. El monumento ocupaba todo el presbiterio, convertido en un misterioso escenario teatral en cuyo interior se desarrollaba, por lo visto, a los ojos de un niño el mayor drama de todos los tiempos. Construido con paneles de tela, pintada con un extraordinario realismo, destacaban en él dos enormes centuriones romanos que custodiaban el arco de entrada.

A propósito del Cristo desaparecido de mi pueblo, me he acordado de una preciosa historia que le oí hace tiempo a un amigo mio valenciano y que hoy, a petición mía, me ha vuelto a contar por teléfono refrescando así mi memoria y ofreciéndome algunos detalles nuevos. Es una historia triste, pero emocionante, de cuando la barbarie y el odio se apoderaron de España. Ocurrió, como digo, en un pueblo de Valencia. Fue el 20 de agosto de 1936. Un grupo de hombres, que formaban el Comité Revolucionario del Pueblo, tomaban la fresca mientras contemplaban la hoguera que ardía en medio de la plaza. Estaban quemando las imágenes del templo parroquial, entre ellas el Cristo de la Fe, a cuyas plantas había orado muchas veces San Vicente Ferrer pidiendo por la conversión de los sarracenos. Avanzaba la madrugada. En medio de la plaza sólo quedaba ya la ceniza humeante de la hoguera. Aquellos hombres se pasaban de mano en mano la botella del coñac entre risotadas y comentarios soeces. De pronto vieron que se acercaba hacia ellos una mujer joven y frágil. Se llamaba Angelita, la conocían bien porque en los pueblos todos se conocen. Tenía 27 años. Cuando llegó hasta ellos, le preguntaron destempladamente: “¿Qué quieres, mujer?”. “Vengo a por la ceniza de mi Cristo”, respondió ella con determinación. Se hizo el silencio. “¡Ponédsela en ese cacharro -ordenó el presidente del Comité- y que se vaya! ¡Llenádselo!”. “No, lo haré yo -dijo ella- traigo esta cajita”. Así fue. Llenó la caja con las cenizas aún tibias del Cristo y se volvió a su casa.

El que me lo ha contado era pariente cercano de aquella mujer intrépida ya fallecida, y la cajita con las cenizas del Cristo ha estado guardada en su casa hasta hace dos años, en que, con un acta notarial de por medio, las entregó al cura del pueblo y, desde entonces, figuran en una urna a los pies de la nueva imagen del Cristo de la Fe. Que nadie busque en este relato un deseo de remover las cenizas humeantes del odio, sino todo lo contrario. Me ha parecido una forma como otra cualquiera de rememorar la Semana Santa propiamente tal, no la turística y banal, aunque ya no resuenen las carracas por las calles empedradas, cuando las campanas enmudecían, anunciando las celebraciones en la iglesia, al grito de “¡A los oficios!” Aunque haya pasado, ¡ay!, tanto tiempo de cuando éramos niños y no quede nadie de la cofradía de la Vera Cruz, ni sepamos siquiera en el pueblo el paradero de nuestro Cristo.

Anuncios