EL MAESTRO Y EL MAR

por elcantodelcuco

En una breve escapada al mar he pasado una vez más por Cieza, el pueblo de don Juan López, mi maestro en Sarnago. Siempre andamos de prisa y pasamos de largo. Contemplo fugazmente desde la carretera el pueblo en la hondonada, los huertos de naranjos, de albérchigos y melocotoneros y el gran picacho del fondo como un hosco guardián de piedra. Don Juan es una de las personas que dejó huella en mi vida. Me sacó de la escuela y me subió al saloncito de su casa, ahora convertida en rudimentario Museo Etnográfico. Allí, en la mesa camilla con un tapete verdoso de lana, pasé las horas muertas de mi infancia repasando pretéritos y supinos, aprendiendo las declinaciones latinas y estudiando los rudimentos de la gramática francesa en un libro prestado. En Navidad, la madre del maestro enviaba una gran caja de naranjas gordas y dulcísimas, que no tenían nada que ver con las que vendía el Mario en la tienda de San Pedro Manrique. El sabor de aquellas naranjas convirtió a Cieza en mi imaginación de niño en un lugar mítico, en un paraíso, poblado de frutales, de acequias y de pájaros.

Tengo un buen recuerdo de todos mis maestros. De don Joaquín, el primero de ellos, manco y aragonés , con su guardapolvo gris, su red para cazar codornices con reclamo, su gramola y aquellas manzanas verde-doncella que les mandaban de Maluenda y que doña Felicitas, su extraordinaria mujer, compartía con nosotros. Don Florencio, interino, calvo y piadoso, que me dejó un día castigado en la escuela sin comer porque nos había sorprendido cazando pájaros; don Florencio tenía una sobrina rolliza, morena, con trenzas, de la que nos enamoramos todos los muchachos. ¡Qué habrá sido de ella! Y, sobre todo, don Juan, del que me acuerdo cada día como si fuera de la familia. Con el tiempo, uno se da cuenta de la dura e impagable tarea de los maestros rurales en aquellos años de la posguerra. Se valoran más ahora que las escuelas están vacías y los pueblos deshabitados. Pero aún no se les ha hecho justicia.

Decía que volvía yo del mar. El Mediterráneo nos sorprende siempre, nos envuelve en su luz, en su placidez y en su embrujo mitológico. De ese mar nació Europa. Esta vez el agua estaba fria, pero la arena de la playa quemaba. Orondas y rubias mujeres alemanas se tostaban al sol a pecho descubierto mientras subía la prima de riesgo. En todo caso uno vuelve siempre de este mar como si su cuerpo hubiera pasado por un Jordán purificador. Confieso que hasta bien cumplidos los diecisiete años yo no había visto el mar. Generaciones de campesinos de mis Tierras Altas se murieron sin verlo. De niños, al salir de la escuela, jugábamos en los prados a “Tres navíos hay en la mar”, un juego traído por algún maestro nacido cerca de la costa. Y los del otro bando respondían, todo a grito pelado: “Y otros tres a navegar”. Pero hablábamos de memoria. Imaginábamos un mundo lejano que no estaba a nuestro alcance. Nunca habíamos visto el mar ni se nos pasaba por la cabeza navegar algún día.

Pasado el valle de Ricote -seguramente el nombre de un morisco, uno de los expulsados a comienzos del XVII, como el que se encontró Sancho Panza cuando abandonó, desengañado, la Ínsula Barataria- y avistadas las primeras señales de tráfico con el nombre de Cieza, me ocurre siempre lo mismo. Me gustaría pararme, torcer, bajar al pueblo y preguntar en las calles y en los cafés a todo el que me encontrara por don Juan López García, a ver si alguien me daba razón de mi maestro, y por doña Modesta, su hermosa y jovencísima mujer, nacida en Tobarra, un poco más arriba, donde ya he indagado en vano. Me gustaría saber, al menos, qué ha sido de Juanito, su hijo, aquel niño precioso, de pelo ensortijado, que aparece en el centro de la foto que nos hicieron en la plaza a todos los alumnos de la escuela, junto a su padre, el maestro, que luce traje y chaleco con corbata, gafas oscuras y una amplia frente. Un fuerte viento, como una galerna, nos desperdigó a todos.

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