LA FÁBULA

por elcantodelcuco

Es de noche. Estamos perdidos en el bosque. Hace tiempo que hemos llegado a esa conclusión. Pero nos aguantamos. La esperanza es lo último que se pierde. Braceamos entre la maleza, esquivando precipicios, como buenamente podemos, mientras arrecia la tormenta. El estepar es cada vez más espeso. Los sabinos y rebollos se interponen en la vereda. Baja la niebla. La noche es oscura como boca del lobo. No se ve nada. Caminamos a tientas. Nos duelen los pies. Empezamos a tener miedo. Algunos están temblando. Se les nota en la voz trémula cuando abren el pico. Se escuchan las primeras protestas y algunos juramentos. El Guía dice que no nos preocupemos y, sobre todo, que no gritemos para no desmoralizar al grupo, no sea que ocurra alguna desgracia. Que la situación es grave, pero no desesperada, que todo va a salir bien. Que no es más que un contratiempo porque el anterior Guía emprendió tarde la marcha y equivocó el camino. Que la tormenta afecta también a los que están fuera del monte. Que es una tempestad que podría llamarse universal, o global, como queramos. Que él ha conseguido contactar con todos los otros Guías y que le han asegurado que están dispuestos a acudir en nuestro rescate. Pero que él sabe bien el camino y que no hace falta ningún rescate, que pronto va a escampar y que de otras peores hemos salido.

Pasan las horas. Seguimos a oscuras. Escasean los suministros. Hay que racionarlos. Falta el agua. ¡Bebed agua de lluvia!, exclama uno de los ayudantes del Guía. Apenas quedan dos o tres teas para alumbrarnos. Nos llegan noticias de que fuera del bosque ya ha amainado la tormenta y todo el mundo siente compasión de nosotros, los que estamos perdidos en la espesura. Compasión y miedo. No se habla fuera de otra cosa, según nos cuenta uno que ha logrado conectar por su móvil -aún milagrosamente funcionando- con el mundo exterior. Dice que nos consideran ya unos apestados y que temen que les contaminemos a ellos. Empieza a quedarse gente del grupo por el camino, en realidad una senda cada vez más escabrosa, una vereda de cabras que no parece conducir a ninguna parte. La tormenta arrecia. El Guía sonrie y, a la luz de la antorcha, su cara barbuda adquiere un aspecto cómico que da un poco de miedo. Insiste en que estemos tranquilos, que lo peor ya ha pasado y que lo que hace falta es que todos arrimemos el hombro, sobre todo los seguidores del Guía anterior. De pronto se para y se muestra eufórico. ¡Mirad! ¿No veis una luz allá lejos? No, no vemos nada. Es el reflejo de un rayo que ha caído en el monte. Eso es lo que es, le dice uno de nosotros. Se lo decimos todos al Guía cuando columbramos otro relámpago lejano.

Gastamos bromas para evitar el pánico. Hablamos de fútbol, mayormente de la Copa de Europa. Alguien dice: ¡La copa es lo único que queda de Europa! Alguien cae herido y empieza a llorar desesperadamente. El Guía ordena a su primer ayudante, apodado Guindos, que intente salir fuera a inspeccionar y a buscar suministros, a ver si da con la carretera, y repite que él sabe muy bien lo que hay que hacer. Deberíamos cantar todos juntos, como cuando era de día y bebíamos vino. El que canta -nos recuerda- sus males espanta. ¡Que no cunda el pánico! La tempestad arrecia. Estamos calados hasta los huesos.  Alguien sugiere construir un corralito. Cuando volvemos a estar al pie de un gran roble seco junto a una peña, que parece el árbol del ahorcado, nos damos cuenta de que por allí hemos pasado ya dos o tres veces. Alguien dice en voz alta: ¡Estamos perdidos! Los más jóvenes se rebelan, deciden hacer una sentada en un claro del monte al grito de ¡Así no podemos seguir! ¡Rescatan antes a los banqueros que a nosotros! ¡Democracia real, ya! ¡Queremos participar en las decisiones! El Guía jura y perjura, con su barba crecida que ha encanecido por momentos y los cristales de sus gafas empañados, que confiemos en él, que él conoce bien el camino, que tiene buenos asesores y buenos contactos, que los de fuera no nos pueden dejar solos en el bosque bajo la tormenta interminable y que el sacrificio valdrá la pena; pero todos los del grupo estamos ya convencidos de que no sabe dónde estamos ni adónde vamos. Es entonces cuando uno del grupo, que venía siendo asesor principal del Guía, grita: ¡Sálvese el que pueda!

Y así es como, en este punto, dejo el grupo y, guiado por mi instinto de la infancia, encuentro el camino de La Mata y doy con mi pueblo sin saber cómo ni por qué, pero allí no vive nadie, las casas y la iglesia están derruidas. Ando como un sonámbulo por las calles desiertas y siento con angustia que sigo perdido. En ese momento me despierto y oigo cantar a los pájaros en el jardín. Respiro aliviado: ¡Uf, qué pesadilla! Y me siento a contarlo ante el ordenador.

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