EL VIAJE A LA ALCARAMA

por elcantodelcuco

Subimos a paso de burro, saboreando el camino, acomodados desde Sarnago en el ruidoso carromato de Ángel Celorrio -un ángel dicharachero con bigote blanco-, capaz de vencer todas las resistencias del abrupto y empinado trecho final hasta la cumbre. El vehículo, acondicionado para catorce viajeros, pudo muy bien tomar parte en la segunda guerra mundial, trasladando combatientes y superando trincheras y casamatas. Ahora, dulcificado, ofrece un aspecto amable, de divertida feria de pueblo, como si fuera hermano de “La Exclusiva”, aquel legendario “Trece”, que hacía cuando yo era niño el servicio San Pedro Manrique-Huérteles. Ángel Celorrio posee otras “joyas prehistóricas” en una gran nave, rige la gasolinera del pueblo con su tienda correspondiente, posee la casa rural de Taniñe y, además de otras virtudes, oficios, juergas e ingenios, conoce la ruta como la palma de la mano.

Para mí este era un viaje muy especial, casi iniciático. Subía por fin al lugar de mis sueños, al acotado espacio de mi literatura, ascendía, transportado de golpe a mi infancia, acompañado de la familia, principal refugio cuando los años se acortan y queda más camino a la espalda que por delante. Hacía más de treinta años que no había vuelto a pisar -sólo en sueños- la cumbre de la Alcarama. Debía comprobar si en mis libros la imaginación, la loca de la casa que decía Santa Teresa, me había jugado una mala pasada o se había quedado corta. ¡Se ha quedado muy corta! Hasta llegar a Sarnago, los campos ofrecen una primaveral exhuberancia verde, que yo recordaba bien. Es el breve momento de esplendor en estas Tierras Altas. En los ribazos han florecido los calambrujos, rosales elementales de cuatro pétalos, los bizcobos y los espinos de flor blanca, y en los orillos de los sembrados el rojo de los ababoles combina con el amarillo brillante de las ulagas. Solo las manchas de pinos jóvenes, que descienden desde el Cubillo hasta las Piezas del Roble y por las Hoyuelas hasta la Lomba desfiguran y dulcifican el original paisaje pardo y mineral. En la espalda del pueblo, en la parte montuna que lo caracteriza, el pinar acompaña y rodea ya al viajero hasta lo alto de la sierra, impidiendo contemplar el telúrico espectáculo de simas y barranqueras, que se abre en el Collado del Robledo y baja hasta Castillejo. Hasta en la dehesa ha crecido un innecesario pinar. Tan innecesario como el parque eólico que profana el paisaje en las estribaciones de la Alcarama o en la sierra de Oncala. Menos mal que aún alfombra el camino el gayubar, se ensancha, libre de la cabrada, el sabinar y aroman el espacio las estrepas con los mocollos a punto de florecer. Solo por oler el monte vale la pena subir a la Alcarama.

Cuando el carromato del Celorrio renquea, se para y amenaza con recular peligrosamente a cien metros de la cumbre, el conductor lo frena como puede y nos tranquiliza mientras mueve nervioso la caja de cambios hasta que, tras cierta resistencia, el cacharro le obedece y arranca otra vez por la empinada cuesta: “¡Tranquilos, que este es capaz de subir por una pared!” Minutos después se exalta: “¡Mirad, un ciervo!”. En realidad son dos animales hermosos entre la maleza, que desaparecen pausadamente por la derecha hacia la espesura. Este monte de la Alcarama es buen escenario de cacerías. A lo largo de toda la subida pueden verse chozos con ramajes para palomeros o para los ojeos de caza mayor, ciervo y jabalí mayormente. Abajo suenan las sierras cortando madera. Por fin, alcanzamos la cumbre, un rústico helipuerto a 1.531 metros de altura. El espectáculo es grandioso a pesar de que el día está nublado e impide alcanzar a ver los Pirineos, que ,según dicen, se distinguen en los días diáfanos. Al pie contemplamos las tierras riojanas que riegan el Alhama y el Linares y adivinamos la Mejana de Navarra; de frente, hacia la salida del sol, la impresionante mole del Moncayo, frontera entre Castilla y Aragón. Al otro lado, emerge como un alfanje la Peña Isasa, sobre Arnedo, y más cerca, la Cabeza el Calvo, camino de Acrijos y Fuentebella, asomándose a Cornago. Abajo, mirando a poniente, se extienden las Tierras Altas, tan familiares para mí, donde Castilla pierde su nombre y donde pastaron un millón de merinas, con el Monte Real, la Sierra del Alba y la Sierra de Oncala de guardianes permanentes. Ahí, entre las cicatrices del torturado terreno, las laderas y costurones de estos montes fronterizos se cobijan hoy medio centenar de pueblos muertos.

Corre un vientecillo fresco que aconseja buscar un abrigo en el pinar para extender en un hueco el mantel del almuerzo, junto a las gayubas. Salen a relucir las fiambreras, bien abastecidas, y el pan del horno de Valdeavellano. Corre la bota de mano en mano. Abel, mi hijo mayor, ha querido celebrar aquí su cumpleaños, y Rodrigo, mi otro hijo, me sorprende con un regalo impagable: ha etiquetado unas botellas de buen vino del Duero con el nombre de la Alcarama. En la etiqueta ha estampado las fotos de César Sanz de las portadas de mis libros, y si aplicas el móvil al código QR dibujado en ellas aparece “El canto del cuco”. (Por cierto, al cruzar el ejido de Sarnago, aseguro que he oído cantar al cuco por Bajorente). A la fiesta familiar se ha unido, además de Ángel Celorrio, que ha llegado a emocionarse recordando a su amigo Alfonso Cura -¡cuánto habría disfrutado él aquí con nostros si viviera!-, Ana Carmen Domínguez, que ha llegado ex profeso con su marido, desde Durango, y que ha traído mis “Leyendas de la Alcarama” para que se las firmara. Así que en la cumbre de la Alcarama -algo completamente inédito- he firmado un libro y he bebido un vaso de buen vino, llamado “Alcarama”, que en árabe significa orgullo o dignidad. Cuando emprendemos andando la bajada, vuelan sobre nuestras cabezas un par de buitres leonados.

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