LA BAJADA DE LA ALCARAMA

por elcantodelcuco

 

La mayoría, cuando caía la tarde, decidimos dejar de lado el carromato del Celorrio y emprender a pie el descenso de la Alcarama, unos por el bisel de la pista forestal y otros, los más lanzados, atrochando por la pendiente vertical del cortafuegos, hasta confluir los unos y los otros en el ramal principal, donde se ensancha y amansa algo el camino que a mano derecha se dirige a Sarnago y a la izquierda, a Navajún y a la famosa mina, o vaya usted a saber adónde. En el descenso, más de uno se llenó los bolsillo de pequeños cantalobos oxidados recogidos del suelo, lo que demuestra que la Alcarama tiene el corazón de hierro. Pero “La Mina” propiamente tal está en el término de Navajún, bajando por el pedregoso sendero que pasa por las viejas tainas de Casales y sigue por el barranco del Pedregal. El viajero penetra en un lugar tortuoso y desamparado caracterizado por las escombreras, que sobrevuelan los buitres y los alimoches. De niño la conocíamos por la mina de Valdenegrillos, que es el pueblo más próximo, que acaban de abandonar los últimos vecinos, el Zacarías y la Romana, y hasta allí, a legua y media de camino, nos llevó un día don Juan López, el maestro, para darnos una lección práctica de geología y ciencias naturales.

Lo cierto es que todos estos montes albergan, bajo la capa verde de las gayubas, los sabinos, las estrepas y la invasión reciente del pinar, veneros de agua subterránea y minas de hierro inexploradas . Aún recuerdo la emoción que me produjo un día la noticia de que reabrían “La Mina”, lo que se confirmó cuando una mañana fueron llegando a la plaza, junto a la escuela, reatas de caballerías cargadas de herramientas y unos hombres desconocidos, que todo el mundo dio por hecho que eran ingenieros que venían de la ciudad. Fué una esperanza efímera. La mina está en un lugar tan a trasmano e inhóspito que no era, por lo visto, rentable y pronto volvió a quedar abandonada, mucho antes de la despoblación general. Pero, por un tiempo, aquello alteró la vida del pueblo donde rara vez ocurría nada. Todos, desde el más pequeño al más viejo, supimos que era una mina de pirita de hierro, que procedía del tiempo de los romanos; y los que presumían de entendidos excitaban la fantasía del vecindario asegurando que los cantalobos, como siempre se han conocido allí los cubos en que cristaliza este mineral -lo mismo que se llaman pedolobos unos hongos como higos, cerrados y sin pié- contenían una aleación de plata. Rara era la familia que no disponía de alguno de estos cantalobos plateados como pisapapeles o como adorno en la salita de estar. Aún quedará alguno de estos humildes tesoros bajo los escombros de las casas abandonadas.

La tarde era nubosa y apacible. El cielo, al asomar al Prado de la Majada, encima de la dehesa, nos bendijo con un ligero asperges. El camino desde el collado del Robledo, donde arranca el ramal a Valdenegrillos, es mucho más transitable y ameno. Montones de troncos bien serrados se apilan a la orilla. ¿Adónde irá esta madera? El pinar desfigura aquí el paisaje pelado de mi infancia. Prolifera el sabinar y hay un jardín natural de bizcobos y calambrujos floridos. No tardarán en madurar las dulces magüetas, o fresas silvestres, entre la hierba, bajo los sabinos. Es ésta una de esas caminatas en las que lo que importa no es llegar sino el camino mismo. Y eso que el camino conduce a Sarnago, que aparece nada más coronar la loma, abajo, apretado en la ladera. Es imposible no sentir un pellizco dentro contemplando en primer término la iglesia derrumbada y las numerosas casas y corrales con los tejados hundidos. (Afortunadamente, no faltan casas rehechas con tejado nuevo, demostración gráfica de que el pueblo se resiste a morir). Entro en la casa donde nací. Han vuelto a entrar los ladrones. Han penetrado por la ventana del cuarto que da al corral, el cuarto del reloj en el que llegué al mundo, han revuelto las viejas arcas, buscando tesoros imaginarios, han sembrado el suelo de papeles y esta vez se han llevado la nasa, los candiles y las llares y hasta han intentado arramblar con la cantarera. ¡Lo poco que quedaba para animar la memoria y el sentimiento! ¿Puede haber mayor crueldad? En las calles no hemos tropezado con un alma. Hace tiempo que la fuente no da agua. Lo que más me ha chocado es que no hubiera un pájaro. Han huido los bulliciosos gorriones, que en estas fechas llenaban de nidos los tejados, los tordos y los alegres ocetes. Sólo queda el silencio de las piedras. A la salida, antes de subir al coche, me he asomado al camposanto y me ha alegrado ver que junto a la pared del fondo a la izquierda ha florecido un rosal, el saúco está esplendoroso y un alma caritativa ha limpiado la tumba de mis abuelos -oscura mina de mis sueños- y ha dejado sobre la tierra un ramo de rosas artificiales.

 

 

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