El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: julio, 2012

LA COSECHA

 

Vuelvo de una escapada al Mediterráneo. Allí donde he estado no había wifi, que en estos tiempos es como estar incomunicado. ¡Para lo que hay que ver!, dirás, y llevas razón. Hoy esto de la incomunicación tiene sus ventajas. Últimamente ver el telediario o leer el periódico en España es llorar. Parece razonable desconectar un poco para que el fuerte oleaje de la actualidad no golpee demasiado el maltrecho corazón. Regreso, aunque sea de paso, al ardiente fragor de la capital y lo primero que hago es retomar este cuaderno gris en busca de recuerdos, de amigos y de sosiego. Necesito volver del mar a los trigos. El mar, para alguien de tierra adentro como yo, posee un poder misterioso y purificador. Me gusta contemplarlo y oirlo, me produce asombro, pero confieso que me meto en él con prevención; o sea, ¡a las claras!, que no me fío del mar, ese mónstruo de las profundidades, aunque haya bandera verde. Eso me pasa por ser de secano. De todas formas, vengo cargado de imágenes de cuerpos gloriosos y otros, no tanto. Junto a cuerpos hermosos, he visto desfilar por la orilla o desparramados en la arena, cuerpos roñosos, adiposos, brumosos, lechosos, carnosos, espantosos… Entre ellos, no me quito de la cabeza a las omnipresentes alemanas rubias, maduras, gordas y como ausentes, que continúan allí tomando el sol a pecho descubierto mientras sigue subiendo la prima de riesgo. Creo que representan hoy como nadie la idea de Europa, de las dos Europas.

Para alguien de las Tierras Altas como yo, el verano será siempre el tiempo de la cosecha. De muchachos en Sarnago, cuando el calor apretaba, lo más que hacíamos era meternos desnudos en las charcas del Bebederillo o de las Abejeras, cubiertas de aneas, con las ranas saltando de los juncos de la orilla entre nuestra piernas encenagadas. Hace tiempo que la recogida de la cosecha, culminación del año agrícola, ha dejado de ser parte esencial de la cultura rural. Ya no hay segadores en los tajos con la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda, ni manadas en el rastrojo recién segado, ni garrotillo en la faja para enfajar las manadas con vencejo de bálago, ni fascales, ni hacinas en las eras; ni andan las recuas de caballerías acarreando la mies sobre las artolas por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes y mariposas; hace tiempo que los trillos están arrumbados en las casas deshabitadas y nadie sabe cuántos años hace que se tendió la última parva en la era y se amontonó el dorado trigo en el somero, sobre el que maduraban las manzanas silvestres, las maguillas.

Un día vinieron los de los pinos. El Gobierno pagó comisiones para convencer a los campesinos de que vendieran sus tierras. A cambio recibirían un inesperado complemento por los montes comunales. La oferta ocurrió en verano y era tentadora. Con ese dinero y con lo que sacaran de la venta del ganado podrían comprarse el piso en la ciudad. Así fue cómo la repoblación forestal de las Tierras Altas de la Alcarama provocó la despoblación humana. Fue el final, la muerte anunciada, la puntilla a los pueblos.

Por entonces, o poco después, llegaron unas grandes máquinas. Primero aplanaron la tierra, se llevaron por delante los ribazos, esenciales para el ecosistema, que sostenían los bancales y daban cobijo y alimento a los animales, arrasaron huertos y herrañes, abrieron caminos en lugares insospechados y esquivaron como pudieron quebradas y barrancos. No advirtieron que era una tierra abrupta, torturada, sin un palmo de llanura, especial para el pastoreo. Con la mejor voluntad, los de la concentración parcelaria redujeron los campos a planos, examinaron como entomólogos cada pago, certificaron la calidad del terreno y convirtieron las piezas en innominadas parcelas mayores, que se enseñorearon de lomas y laderas. Cambió el paisaje y la tierra de labranza se desdibujó, perdió su figura de siempre, su contorno y su identidad. Con la mecanización del campo y el abandono de los pueblos, las nuevas parcelas pasaron a manos de dueños desconocidos. Cayó también el precio de la lana y dejaron de verse rebaños de ovejas en verano sesteando apiñadas bajo los robles de la entrada de la Mata.

Los tractores y las cosechadoras vaciaron las cuadras. En los caminos dejó de verse el pausado caminar de las caballerías, que habían sido suplantadas por las máquinas que venían de fuera. Los alegres caballos, los sufridos machos, los tozudos y dulces borriquillos ya no formarían parte del paisaje rural. Se acabó la dula. Los aperos de labranza -el yugo, el arado, la albarda, los serones, la bríncula…- quedaron arrumbados, pasto de la humedad, el óxido, los ácaros y la polilla. Poco a poco sus hermosos nombres se borrarán de los libros de texto, de los relatos sincopados de internet y de la cabeza de las nuevas generaciones, lo mismo que el mar borra por la noche, con la marea alta, las huellas humanas de la orilla y los castillos de arena que han construido los niños.

 

 

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AQUELLA VACACIONES

 

Después de nueve meses lejos del pueblo, estudiando en el severo internado del seminario conciliar, la vuelta era una liberación y el colmo de la felicidad. De Logroño a Sarnago había que echar el día. La primera escala en autobús, con la maleta de madera a cuestas llena de libros y de ropa sucia, concluía en Arnedo, donde era obligado, si quedaban unas pesetas en el bolsillo, agenciarse un bocata y luego acudir a la pastelería de siempre a zamparse un fardalejo, pastel típico de la localidad, tanto como sus fábricas de calzado, que representaría ya para siempre el dulce sabor de las vacaciones. Después llegaba el Inés con la “Exclusiva” Calahorra-Soria, que serpenteaba a duras penas renqueando por la estrecha carretera de zahorra basta, que discurre pegada al Cidacos, con curvas infernales, atravesando Arnedillo, con sus baños, Enciso y Munilla, con sus fábricas de paños y de chocolate, hasta entrar en la provincia de Soria por la señorial Yanguas, donde el paisaje y el corazón se ensanchan. Todavía no se habían descubierto las huellas de los dinosaurios que poblaron estos parajes, pero muy bien podía haber aparecido entonces en algún serrijón de aquellos junto al rio -tan parado estaba el tiempo- un dinosaurio rezagado. En el chozo de Huérteles, en pleno campo, con la sierra de Oncala al fondo, había que hacer trasbordo y esperar pacientemente junto a los trigos al “Trece”, carromato conducido por Santiago, el de la fonda, hasta San Pedro Manrique, donde concluía el largo viaje sobre ruedas. Allí esperaba, ansiosa, mi madre con una caballería del ramal, para emprender andando, al caer la tarde, el pedregoso camino del pueblo.

El reencuentro con el paisaje conocido compensaba toda la murria de la larga ausencia. Cada loma, cada cabezo, cada valle, cada ladera, cada pago tenía un nombre. Todo estaba en su sitio: las ulagas y las tomazas en los ribazos, las desportilladas paredes de losas junto a las piezas, los espinos y bizcobos sobresaliendo aquí y allá en los bordes de los sembrados, la nube de mariposas y saltamontes, el monótono acompañamiento de las chicharras y los grillos, el tortoleo de las codornices en los trigales y en las esparcetas, el coreque lejano del perdigacho en celo o el aleteo estático del aguilucho acechando su presa. De vez en cuando tropezábamos con un vecino que paraba el burro o el macho para saludarte calurosamente como si fueras uno de la familia que volvía de la guerra o de América. ¡Cuánto se echa en falta en la ciudad aquella cercanía humana y aquella cordialidad! Por lo demás, nada cambiaba de un año para otro. Hace mil años cualquier viajero que subiera una tarde de comienzos de verano por este polvoriento camino de Sarnago se encontraría con el mismo paisaje y parecidas sensaciones que yo observaba volviendo de vacaciones, como si el reloj se hubiera detenido para siempre en estas Tierras Altas de la Alcarama. Sólo cambiaría la indumentaria: las abarcas, la faja y la boina del campesino, que era su uniforme en la posguerra.

La entrada en el pueblo por el barrio de abajo y la llegada a la casa significaba para mí la vuelta al paraíso. Me esperaban los abuelos y los tios, que olían a tabaco, a vino y a sudor. Era aquella una familia patriarcal, que es, como se sabe, una forma de vida perdida, ¡ay!, para siempre. Los perros me reconocían, después de la larga separación, y me recibían en la puerta saltando sobre mí. Todo estaba como lo había dejado: los caballos en la cuadra, las gallinas en el corral, los cochinos rezongando en las pocilgas y los innumerables gatos de la abuela, enseñoreados de la cocina, los pasillos y el somero. Esta comunidad de humanos y animales significaba, aunque no hubiera luz eléctrica ni agua corriente en la casa, todo lo que uno podía pedir entonces a la vida. Por supuesto, durante las vacaciones no podía dejar de echar una mano en las tareas del campo. La recogida de la cosecha exigía la colaboración de todos. Hasta la Iglesia dispensaba desde el 29 de junio, festividad de San Pedro, del descanso dominical, no fuera que viniera una mala nube. Los vecinos del pueblo nunca tuvieron vacaciones, que se sepa. Pasaron cien generaciones y muchos no salieron de aquellas cuatro montañas. Ni siquiera pisaron la capital. La mayoría se murió sin ver el mar. A mí me daba vergüenza que me confundieran con los escasos veraneantes que acudían de vez en cuando en verano; ellas bajaban en ayunas, con unas onzas de chocolote en el bolso, a la fuente de Empudia, junto al camino de San Pedro, a tomar el “agua podrida”, que, por lo visto, era buena para la piel. Las mujeres del pueblo llevaban la cara cubierta con un pañuelo para no tostarse la piel y yo recuerdo que iba a segar con un sombrero de paja. Así eran aquellas vacaciones.