LA COSECHA

por elcantodelcuco

 

Vuelvo de una escapada al Mediterráneo. Allí donde he estado no había wifi, que en estos tiempos es como estar incomunicado. ¡Para lo que hay que ver!, dirás, y llevas razón. Hoy esto de la incomunicación tiene sus ventajas. Últimamente ver el telediario o leer el periódico en España es llorar. Parece razonable desconectar un poco para que el fuerte oleaje de la actualidad no golpee demasiado el maltrecho corazón. Regreso, aunque sea de paso, al ardiente fragor de la capital y lo primero que hago es retomar este cuaderno gris en busca de recuerdos, de amigos y de sosiego. Necesito volver del mar a los trigos. El mar, para alguien de tierra adentro como yo, posee un poder misterioso y purificador. Me gusta contemplarlo y oirlo, me produce asombro, pero confieso que me meto en él con prevención; o sea, ¡a las claras!, que no me fío del mar, ese mónstruo de las profundidades, aunque haya bandera verde. Eso me pasa por ser de secano. De todas formas, vengo cargado de imágenes de cuerpos gloriosos y otros, no tanto. Junto a cuerpos hermosos, he visto desfilar por la orilla o desparramados en la arena, cuerpos roñosos, adiposos, brumosos, lechosos, carnosos, espantosos… Entre ellos, no me quito de la cabeza a las omnipresentes alemanas rubias, maduras, gordas y como ausentes, que continúan allí tomando el sol a pecho descubierto mientras sigue subiendo la prima de riesgo. Creo que representan hoy como nadie la idea de Europa, de las dos Europas.

Para alguien de las Tierras Altas como yo, el verano será siempre el tiempo de la cosecha. De muchachos en Sarnago, cuando el calor apretaba, lo más que hacíamos era meternos desnudos en las charcas del Bebederillo o de las Abejeras, cubiertas de aneas, con las ranas saltando de los juncos de la orilla entre nuestra piernas encenagadas. Hace tiempo que la recogida de la cosecha, culminación del año agrícola, ha dejado de ser parte esencial de la cultura rural. Ya no hay segadores en los tajos con la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda, ni manadas en el rastrojo recién segado, ni garrotillo en la faja para enfajar las manadas con vencejo de bálago, ni fascales, ni hacinas en las eras; ni andan las recuas de caballerías acarreando la mies sobre las artolas por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes y mariposas; hace tiempo que los trillos están arrumbados en las casas deshabitadas y nadie sabe cuántos años hace que se tendió la última parva en la era y se amontonó el dorado trigo en el somero, sobre el que maduraban las manzanas silvestres, las maguillas.

Un día vinieron los de los pinos. El Gobierno pagó comisiones para convencer a los campesinos de que vendieran sus tierras. A cambio recibirían un inesperado complemento por los montes comunales. La oferta ocurrió en verano y era tentadora. Con ese dinero y con lo que sacaran de la venta del ganado podrían comprarse el piso en la ciudad. Así fue cómo la repoblación forestal de las Tierras Altas de la Alcarama provocó la despoblación humana. Fue el final, la muerte anunciada, la puntilla a los pueblos.

Por entonces, o poco después, llegaron unas grandes máquinas. Primero aplanaron la tierra, se llevaron por delante los ribazos, esenciales para el ecosistema, que sostenían los bancales y daban cobijo y alimento a los animales, arrasaron huertos y herrañes, abrieron caminos en lugares insospechados y esquivaron como pudieron quebradas y barrancos. No advirtieron que era una tierra abrupta, torturada, sin un palmo de llanura, especial para el pastoreo. Con la mejor voluntad, los de la concentración parcelaria redujeron los campos a planos, examinaron como entomólogos cada pago, certificaron la calidad del terreno y convirtieron las piezas en innominadas parcelas mayores, que se enseñorearon de lomas y laderas. Cambió el paisaje y la tierra de labranza se desdibujó, perdió su figura de siempre, su contorno y su identidad. Con la mecanización del campo y el abandono de los pueblos, las nuevas parcelas pasaron a manos de dueños desconocidos. Cayó también el precio de la lana y dejaron de verse rebaños de ovejas en verano sesteando apiñadas bajo los robles de la entrada de la Mata.

Los tractores y las cosechadoras vaciaron las cuadras. En los caminos dejó de verse el pausado caminar de las caballerías, que habían sido suplantadas por las máquinas que venían de fuera. Los alegres caballos, los sufridos machos, los tozudos y dulces borriquillos ya no formarían parte del paisaje rural. Se acabó la dula. Los aperos de labranza -el yugo, el arado, la albarda, los serones, la bríncula…- quedaron arrumbados, pasto de la humedad, el óxido, los ácaros y la polilla. Poco a poco sus hermosos nombres se borrarán de los libros de texto, de los relatos sincopados de internet y de la cabeza de las nuevas generaciones, lo mismo que el mar borra por la noche, con la marea alta, las huellas humanas de la orilla y los castillos de arena que han construido los niños.

 

 

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