El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: agosto, 2012

HE VUELTO A SARNAGO

Nada más coronar el puerto de Oncala, he anunciado con emoción a mis hijas Mireya y Sara, que viajaban en la parte de atrás del automóvil: “¡Mirad, Sarnago!”. “¿Dónde?”, han preguntado. “Allá, enfrente, ¿lo veis? Allí, en la ladera, al pie de la Alcarama”. El sol de la tarde iluminaba el caserío, escoltado de cerca por el cerro del Castillo y la Serrezuela. Se echaba en falta, arriba en el centro, la torre de la iglesia y el frontón, que, en la distancia, eran desde siempre la principal seña de identidad del pueblo, y que así, desde el derrumbamiento, aparece diluido en el paisaje, más descoyuntado e indefinido. A esta desfiguración contribuye, a medida que nos acercamos, el hundimiento de tejados y la caida de muros. Son portillos abiertos a la tristeza.

La vuelta al pueblo es siempre un regreso a la infancia. Supone un choque interior por más que uno intente disimularlo y un sentimental reencuentro con uno mismo. Pesan las ausencias, pero todo es reconocible: el camino, con las piedras golpeando los bajos del coche, que avanza lentamente levantando una nube de polvo; los campos calcinados del final del verano; las ruinas de San Pedro el Viejo; las lomas sin ribazos, que se llevó por delante la concentración parcelaria; el pequeño bando de cardelinas en los cardos de Empudia, cerca de donde hubo una junquera y una fuente, que las máquinas arrasaron como arrasa el pedrisco la cosecha; las paretillas de losas desportilladas en los orillos de las piezas; las ribaceras de la Solana, escalonadas hasta el Castillo, con oscuras ulagas sin flor y tomazas con secos botones amarillos; esa codujada de vuelo corto que se posa en el rastrojo junto al majuelo; el aguilucho que aletea estático, amenazante, sobre ella; los barrancos que cruzan, los cabezos pelados, los corrales hundidos de la Cruz de la Villa y, bajo las casas, la franja de verdor, como un oasis, en torno al riachuelo que desciende del Cubillo entre herrañes y huertos: El Barranco, una veta de agua donde las mujeres bajaban a lavar la ropa en todo tiempo y el menudo del cerdo en invierno, entre ciruelos silvestres, chopos, arces, olmos, helechos, zarzamoras y zaragatos. Como novedades en el paisaje de la infancia, hay ahora manchas de pinos jóvenes en la tierra reseca y, cuando Sarnago quedó despoblado, máquinas de dueños extraños, sin encomendarse a Dios, pero sí al diablo, se cargaron los olmos de las herrañes, convertidas ahora como una maldición en rastrojeras amarillentas.

En la plaza me esperaban gentes del pueblo y forasteros, venidos de la comarca de las Tierras Altas, con una especial representación de Fuentes de Magaña, de Pobar, de Valtajeros  y de San Pedro Manrique. Había una nutrida concurrencia, en la que no faltaban niños, nietos de los que tuvieron que emigrar a otras tierras, y jóvenes. Un claro signo de esperanza. Yo tenía que hablar, en un acto promovido por la Asociación de Amigos de Sarnago, que preside José Mari Carrascosa, dentro de una Semana Cultural -¿no es maravilloso que todo esto ocurra en un pueblo deshabitado?- de mi último libro “Leyendas de la Alcarama”. Hablé de leyendas, de lugares mágicos… Las gentes, sentadas en sillas de madera o en los poyos de la plaza, seguían con gran atención mi relato, a ratos atropellado y emocionado y otras quizá premioso. Entre los rostros distinguí, cargados de años, a más de uno que había estado conmigo en la escuela, situada justo detrás de donde hablaba. Procuré hacer una defensa de la tradición oral. Uno del público tomó después la palabra y dijo algo que acabó por emocionarme. “Muchas personas mayores -aseguró-, que no habían leído un libro, lo han hecho ahora por primera vez leyendo uno de tus libros de la trilogía de la Alcarama; y lo han leído con emoción”. Es imposible una recompensa mayor para un escritor.

Cuando acabó la función, firmé dos docenas de libros, tomamos un zurracapote y salimos, anocheciendo, para Madrid. Ni siquiera tuve ánimo para entrar en mi casa, que estaba enfrente y cuya puerta de entrada figura en la portada del excelente libro de Iñaki Ustarroz “La sierra desolada”, que el autor me entregó allí mismo en mano. Antes de coronar el puerto de Oncala, sin decir palabra, volví la cabeza y miré por la ventanilla. Era ya de noche. Enfrente, entre las sombras, distinguí dos o tres luces. Allí quedaba Sarnago.

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AGOSTO

Por la Virgen de agosto sólo queda en la era la última parva de avena, las granzas y el montón de yeros recogidos en gabejones, a base de uñas, con el rocío de la mañana. El tamo cubre las callejas cercanas, los corrales, los tejados de las casas, los bardales y las matas de ortigas y de malvas, donde bordonean los abejorros, en los peñascales y en las entradas, envolviendo al pueblo en un manto pardo y pajoso, que desfigura el contorno natural de las cosas. Por San Bartolomé las eras quedarán barridas. Hoy las caballerías descansan por fin de la brega del verano. Andan sueltas en la dula y retozan alegres en la dehesa, gobernadas por el dulero. El aire de la calle es un zigzagueo ruidoso de ocetes y los tejados de las casas, un bullicio incansable procedente de los nidos de los gorriones. Llegan de paso las alegres letujas, que aletean en las ramas de los olmos de las herrañes y se recrean en los zarzales donde ya han madurado las primeras moras. Son estas avecillas el primer anuncio del otoño cercano en las Tierras Altas. Pronto brotarán los indicadores gallos morados en la hierba de las eras fatigadas por la trilla. Refresca por la noche. Alguien comentará contemplando los arreboles de la puesta del sol sobre la sierra de Oncala: “Ya revuelve el tiempo”. Y no falla: cualquier tarde de estas soplará el cierzo por la Alcarama.

Este de la Virgen de agosto es el día señalado en que se abre la media veda. Al punto de la mañana salen a los rastrojos los cazadores con sus escopetas al hombro y la cartuchera al cinto. Los perros brujulean nerviosos, siguiendo el rastro de las escurridizas codornices hasta que se quedan de muestra, estáticos, en la frescura del orillo o en el borde del marallo. Los disparos de los cazadores son en Castilla la traca de la fiesta. Voltean las campanas a mediodía. Los hombres han pasado por la barbería, se han puesto la boina nueva, y su camisa blanca resplandece y contrasta con sus atezados rostros, acuchillados por mil soles. En numerosos  pueblos la Asunción de la Virgen y San Roque constituyen, en una extraña y desequilibrada mezcolanza, impregnada de piedad y superstición, la fiesta mayor, con misa, sermón, procesión, partidos en el frontón, subasta de las andas, bandeo del pendón, buena comida, vino, música y baile en la plaza. En Valdeavellano de Tera, donde son famosas sus verbenas, cantan en misa el día de San Roque:

Líbranos de peste y males,

Roque santo, peregrino.

Y sobre los pueblos vecinos de Sarnago, tirando hacia el norte por el monte camino de la Rioja, se proclama con humor y con evidente mala uva:

En Acrijos y Fuentebella

comen en una gamella,

y el cura y el regidor

comen en un gamellón.

En los páramos sorianos la fiesta es una ruidosa exaltación de vida. Bastante apagada, mortecina y silenciosa ha discurrido la vida, o la muerte, durante el año. Hasta los pueblos clínicamente muertos resucitan momentáneamente en agosto, aunque no haya, desde hace muchos años, grano en los graneros ni pan en la artesa ni gorriones en los tejados ni cubra el tamo de las eras, como signo de fertilidad, las callejas y los corrales. Luego se irán todos, empezando por los forasteros llegados de la ciudad, y volverá el silencio hasta el próximo agosto.

(El lector avisado habrá observado que los recuerdos se mezclan aquí inexorablemente con la dura realidad presente. Queda el consuelo de que agosto vuelve siempre)