HE VUELTO A SARNAGO

por elcantodelcuco

Nada más coronar el puerto de Oncala, he anunciado con emoción a mis hijas Mireya y Sara, que viajaban en la parte de atrás del automóvil: “¡Mirad, Sarnago!”. “¿Dónde?”, han preguntado. “Allá, enfrente, ¿lo veis? Allí, en la ladera, al pie de la Alcarama”. El sol de la tarde iluminaba el caserío, escoltado de cerca por el cerro del Castillo y la Serrezuela. Se echaba en falta, arriba en el centro, la torre de la iglesia y el frontón, que, en la distancia, eran desde siempre la principal seña de identidad del pueblo, y que así, desde el derrumbamiento, aparece diluido en el paisaje, más descoyuntado e indefinido. A esta desfiguración contribuye, a medida que nos acercamos, el hundimiento de tejados y la caida de muros. Son portillos abiertos a la tristeza.

La vuelta al pueblo es siempre un regreso a la infancia. Supone un choque interior por más que uno intente disimularlo y un sentimental reencuentro con uno mismo. Pesan las ausencias, pero todo es reconocible: el camino, con las piedras golpeando los bajos del coche, que avanza lentamente levantando una nube de polvo; los campos calcinados del final del verano; las ruinas de San Pedro el Viejo; las lomas sin ribazos, que se llevó por delante la concentración parcelaria; el pequeño bando de cardelinas en los cardos de Empudia, cerca de donde hubo una junquera y una fuente, que las máquinas arrasaron como arrasa el pedrisco la cosecha; las paretillas de losas desportilladas en los orillos de las piezas; las ribaceras de la Solana, escalonadas hasta el Castillo, con oscuras ulagas sin flor y tomazas con secos botones amarillos; esa codujada de vuelo corto que se posa en el rastrojo junto al majuelo; el aguilucho que aletea estático, amenazante, sobre ella; los barrancos que cruzan, los cabezos pelados, los corrales hundidos de la Cruz de la Villa y, bajo las casas, la franja de verdor, como un oasis, en torno al riachuelo que desciende del Cubillo entre herrañes y huertos: El Barranco, una veta de agua donde las mujeres bajaban a lavar la ropa en todo tiempo y el menudo del cerdo en invierno, entre ciruelos silvestres, chopos, arces, olmos, helechos, zarzamoras y zaragatos. Como novedades en el paisaje de la infancia, hay ahora manchas de pinos jóvenes en la tierra reseca y, cuando Sarnago quedó despoblado, máquinas de dueños extraños, sin encomendarse a Dios, pero sí al diablo, se cargaron los olmos de las herrañes, convertidas ahora como una maldición en rastrojeras amarillentas.

En la plaza me esperaban gentes del pueblo y forasteros, venidos de la comarca de las Tierras Altas, con una especial representación de Fuentes de Magaña, de Pobar, de Valtajeros  y de San Pedro Manrique. Había una nutrida concurrencia, en la que no faltaban niños, nietos de los que tuvieron que emigrar a otras tierras, y jóvenes. Un claro signo de esperanza. Yo tenía que hablar, en un acto promovido por la Asociación de Amigos de Sarnago, que preside José Mari Carrascosa, dentro de una Semana Cultural -¿no es maravilloso que todo esto ocurra en un pueblo deshabitado?- de mi último libro “Leyendas de la Alcarama”. Hablé de leyendas, de lugares mágicos… Las gentes, sentadas en sillas de madera o en los poyos de la plaza, seguían con gran atención mi relato, a ratos atropellado y emocionado y otras quizá premioso. Entre los rostros distinguí, cargados de años, a más de uno que había estado conmigo en la escuela, situada justo detrás de donde hablaba. Procuré hacer una defensa de la tradición oral. Uno del público tomó después la palabra y dijo algo que acabó por emocionarme. “Muchas personas mayores -aseguró-, que no habían leído un libro, lo han hecho ahora por primera vez leyendo uno de tus libros de la trilogía de la Alcarama; y lo han leído con emoción”. Es imposible una recompensa mayor para un escritor.

Cuando acabó la función, firmé dos docenas de libros, tomamos un zurracapote y salimos, anocheciendo, para Madrid. Ni siquiera tuve ánimo para entrar en mi casa, que estaba enfrente y cuya puerta de entrada figura en la portada del excelente libro de Iñaki Ustarroz “La sierra desolada”, que el autor me entregó allí mismo en mano. Antes de coronar el puerto de Oncala, sin decir palabra, volví la cabeza y miré por la ventanilla. Era ya de noche. Enfrente, entre las sombras, distinguí dos o tres luces. Allí quedaba Sarnago.

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