El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: septiembre, 2012

MI ABUELO TENÍA UN BURRO

A Mercedes

El burro de mi abuelo no tenía nombre. Todos lo llamábamos simplemente “el burro”. ¿Has llevado el burro al bebedero? Voy a echar de comer al burro. Saca el burro a la dula. Me llevo el burro a la pieza… Y así sucesivamente. El burro de mi abuelo Alejandro era mediano de estatura, ni grande ni chico, su piel, de color rucio claro, era fina y caliente. A mí me gustaba pasarle suavemente las manos por su frente y por sus orejazas. Él agradecía la caricia y movía complacido el rabo, mucho más despacio que cuando espantaba la nube de moscas en la cuadra o en la calle en pleno verano. Sobre la albarda gastada llevaba siempre las alforjas con la merienda, la bota y el botijo. Cien veces me monté en él a pelo, con mis piernas sobre su piel y nunca hizo un extraño. Parecía contento de llevarnos a los niños encima.

De joven tenía unos ojos brillantes que a mí me parecían dos escarabajos. Mi abuelo, que vivía en Valtajeros, lo compró en la feria de San Pedro a uno de Valdeprado cuando apenas tenía unos meses el animal. Entonces era alegre y retozón. Creció con nosotros y enseguida se hizo como de la familia. Le gustaba que le pusieras un cantero de pan en la boca o una rama de esparceta. En primavera mordisqueaba las margaritas y las flores de malva de la orilla del camino. A final de verano le llamaba yo con un puñado de moras en la mano y venía con un gracioso trotecillo. A mí me divertía ver como se le teñía el belfo de morado con el dulce líquido de las moras que le chorreaba de la boca. Tenía entonces un aspecto gracioso, como de payaso. Viviendo con el burro de mi abuelo, montándose encima de él o llevándolo dócilmente del ramal, era imposible estar de acuerdo con la mala fama que arrastra este humilde, paciente, alegre, duro y amable animal, mucho más inteligente que los humanos calificados de burros. ¿Cómo es posible que llamar a alguien burro sea un insulto?, me preguntaba y aún sigo preguntándomelo. Pero, en fin, esto sería largo de contar.

El caso es que el burro de mi abuelo se hizo viejo. Su piel estaba llena de mataduras, a las que acudían las moscas verdes. Cada día le costaba más respirar. Se cansaba para subir cualquier cuestecilla. Los ojos se le habían enturbiado y ya no parecían dos escarabajos brillantes. Hacía esfuerzos para trotar, pero se tropezaba, se caía al suelo y le costaba Dios y ayuda levantarse. Hasta que un día de otoño mi abuelo Alejandro tomó la heróica decisión de acabar con el animal para que dejara de sufrir. Antes le dio un puñado de esparceta y lo acercó al pilón de la fuente a beber agua. Tomó una azada y lo llevó despacio del ramal por el camino del monte. El abuelo tiraba del burro, que se paraba de vez en cuando a descansar. Y por el camino al abuelo se le amontonaron los recuerdos. Él nunca lo confesó, porque era un hombre duro como la raíz de las estepas, pero alguien que se lo encontró aquella tarde asegura que llevaba los cristales de las gafas empañados como de llorar.

Paso a paso, a la puesta del sol llegó al lugar de la ejecución. Colocó al burro en el orillo al borde del barranco, como tenía pensado. El burro obedeció mansamente. Todo estaba dispuesto. El animal recibiría un fuerte golpe en la nuca y caería rodando hasta el fondo del profundo barranco y los buitres se ocuparían después de él. Dudó unos instantes. Sudaba. Al fin se decidió. Levantó el brazo temblando y la azada salió volando de sus manos hasta el fondo de la barranquera. ¡Había errado el golpe! Él decía que, con el sudor, el astil se le resbaló de la mano. Yo sé que no pudo hacerlo. Entonces, por un impulso irreprimible, huyó. Dejó allí al pobre animal solo sobre el orillo y se volvió a casa aturdido, pero extrañamente alegre como si hubiera superado un estado de mala conciencia. Se acostó sin decir palabra. Le costó mucho dormirse. Madrugó. Se asomó instintivamente a la cuadra. Observó el vacío junto al pesebre del fondo. Era una mañana fria. Estaba en el portal cuando notó como si zarpearan en la puerta de la calle. Abrió y allí estaba el animal, que movió las orejas al verle. Sin pensarlo más, mi abuelo Alejandro, que no era un hombre sentimental, se abrazó al cuello del burro.

TIERMES

Vengo de Tiermes, que Blas Taracena denominó cuando empezó las excavaciones en 1930, “la Pompeya española”. Seguramente exageró un poco. No hace mucho recorrí las calles de Pompeya, una ciudad petrificada, intacta, amortajada por la furia del Vesubio, y no admite comparación. Es otra cosa. Este yacimiento de Tiermes, en el suroeste de Soria, cerca de San Esteban de Gormaz, es una ruina en piedra viva, uno de los lugares mágicos de España, que esconde tesoros ocultos. En este cruce de caminos, donde se encontraban distintas vías romanas y por donde vuelan los buitres a la izquierda y los alimoches a la derecha, hubo una notable población celtíbera y, a su lado y sobre ella, una ciudad romana, abastecida por varios acueductos desde el rio Pedro. Ahora quedan los paretones, el graderío rupestre, las termas, la muralla romana imperial, el lugar donde estuvo el foro y las tiendas, la vivienda rupestre con escaleras, la casa del acueducto y la de las Hornacinas… Impresiona el profundo acueducto excavado en la roca viva, donde son bien visibles las huellas de los picos de los esclavos, y, sobre todo, el largo y oscuro túnel, horadado también en la roca. Según el guía, el vasco Arturo Aldecoa, que participó en las excavaciones, seguramente sentiríamos dentro el fantasma de la pastora Faustina, que murió allí al caerse por un precipicio y cuyo espíritu sigue, por lo visto, prisionero de aquellas oscuridades junto a los murciélagos.

Entre los tesoros que acaso permanezcan bajo las ruinas de la ciudad enterrada, según Aldecoa, tal vez se encuentren los documentos bilingües -en latín y en celtíbero- con las leyes impuestas por los conquistadores romanos a los nativos. Según él, es bastante verosímil. Sería un descubrimiento sensacional. Sólo por esto valdría la pena continuar las excavaciones. Tiermes, si el celo de las autoridades públicas españolas estuviera a la altura y la UNESCO colaborara generosamente, se convertiría con todo merecimiento, aun prescindiendo de ese gran hallazgo cultural, en patrimonio de la humanidad. Aquí en Tiermes fue, según cuenta Tácito, donde dieron muerte al pretor Pisón cuando acudió a cobrar los tributos. Un muchacho fué detenido y torturado para que revelara quién había cometido el crimen; pero el muchacho confesó, en el primer “fuenteovejuna” que se recuerda, que había sido todo el pueblo a una. “Aquí -dijo, orgulloso, a los torturadores- rige aún la Iberia antigua”.

Por Tiermes pasó el Cid. En “Leyendas de la Alcarama” recojo aquellos versos extraños del “Cantar del Mio Cid”:

Assiniestro dejan Agriza

que Álamos pobló.

Allí (son) los cannos

do a Elpha encerró.

He aquí la misteriosa leyenda. Yo me hago cargo en el libro de la interpretación habitual. Agriza es evidentemente Tiermes; Álamos es Hércules, al que se atribuye la fundación de la ciudad, y Elpha es la mujer-serpiente, de la familia de las lamias, que según esto se escondía en los oscuros túneles o caños del acueducto. Pues bien, Arturo Aldecoa me ha sorprendido, mientras caminábamos entre estas piedras antiguas bajo un sol de justicia, con otra interpretación absolutamente fascinante: En lenguaje cabalístico, el autor Per Abad, que era de la zona, estaría indicando que allí, enterrada, se encontraba la Mesa de Salomón, la mesa de las ofrendas, objeto tan sagrado y tan buscado como el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Lo trajo a España el rey Alarico y asegura este científico que hay indicios históricos de que puede estar en Tiermes, donde bien pudo haber ido a parar. Su interpretación es: Alamos es prácticamente el acróstico de Salomón, y Elpha es el de Aleph, la primera letra del alfabeto hebreo. No me digan que no es curioso y apasionante. Viene de lejos otra leyenda, que puede ser una deformación concomitante, según la cual, bajo estas piedras se esconde el vellocino de oro. En fin, perdonen que hoy me haya dejado arrastrar por la fantasía. Es imposible no entusiasmarse en un lugar mágico como éste, donde además he coincidido, para mi asombro, con docenas de personas llegadas de todas partes una vez al año con sus telescopios dispuestos a pasar aquí la noche mirando las estrellas; un lugar poblado de enterramientos visigodos y coronado por la ermita románica Santa María de Tiermes, del siglo XII, con una de las más hermosas galerías porticadas que haya contemplado nunca.

En este vórtice de energía espiritual, en estas soledades donde las piedras hablan, confluyen las distintas civilizaciones; pero el pueblo de Tiermes está deshabitado, como el mio.

LA MUERTE DE LOS PUEBLOS

Hay momentos en que no queda más remedio que dejar de lado los recuerdos de entonces y las emociones poéticas y ocuparse de la cruda realidad. Hoy pensaba iniciar el curso del “Canto del cuco”, después de la dispersión del verano, sumergiéndome en la luz de aquellos septiembres dorados, con las yuntas volviendo a las sementeras, la llegada del nuevo maestro a la escuela, el silencio y la belleza del monte en la entrada del otoño, el sonido de los rebaños en las piezas del raso, la caza de la perdiz roja en la ladera y hasta el dulce sonido de la flauta del pastor, fabricada a mano con una rama de nogal y un hierro candente, que sonaba al caer la tarde por las Cuerdas del Castillo y que es uno de los sonidos de la infancia que se me quedaron dentro. Pedro G. Mendoza (EsDeRaíz), riojano de Aguilar del Rio Alhama, bajando unas leguas de Sarnago por el curso del rio, amigo en este foro y fuera de él, me manda su revista “Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas” con un artículo de Valentín Cabero Diéguez, catedrático de Geografía de la Universidad de Salamanca, titulado “Requiem por la agricultura familiar”, que no es otra cosa que el acta de defunción de los pueblos y que me hace cambiar de planes. “Abel, ¿qué te parece?”, me pregunta. ¡Qué me va a parecer, Pedro, si es la confirmación del final de la milenaria cultura rural, de la que no paro de ocuparme desde hace años en mis libros y fuera de ellos!

Lo menos que puedo hacer hoy, por si sirve de algo, que lo dudo, es recoger aquí algunas de las denuncias de este importante informe del profesor Cabero. El artículo arranca sin andarse por las ramas: “Las propuestas de ordenación del territorio son el adiós a las tradiciones agrícolas de mayor raigambre en nuestras comunidades rurales vinculadas en gran medida a las fincas familiares, por las que entonamos un Requiem. Sin duda de este proceso se beneficiarán algunas multinacionales y sociedades corporativas que están al acecho de esta ordenación tecnocrática del territorio”. Y sigue: “Asistimos a un cambio de relaciones del ser humano con su entorno que, sin duda, puede agravar en el inmediato futuro la soberanía alimentaria a diferentes escalas”. Crítica con fuertes argumentos la nueva ordenación del territorio que se prepara en Castilla y León, con la implantación del DIC (Distritos de Interés Comunitarios) que integrará a los 2.248 municipios de la región, en vez mantener las comarcas, y la supresión de Ayuntamientos que se avecina. Su diagnóstico, si no reculan las autoridades públicas, es tremendo: “Muchas áreas rurales alejadas de los centros de poder verán empeorada gravemente su situación, abocadas a un ocaso inminente, que afecta de lleno a su capacidad de supervivencia y al control de sus propios recursos”. Es lo que está pasando en Soria y hace tiempo que pasó de forma escandalosa en las Tierras Altas. Existe ya un foro constituido por muchas asociaciones del mundo rural bajo el lema “Comarcas sí, Distritos no”.

La conclusión del largo artículo no necesita comentarios: “Mientras los sistemas productivos locales, que observaron hasta hace poco tiempo la agricultura en los ruedos de nuestros pueblos, agonizan, y los aprovechamientos ganaderos extensivos en sus alrededores se desvanecen, se impone el descontrol en el manejo de los asuntos públicos, acarreando consigo incendios pavorosos (…) Así, pues, la destrucción de los recursos colectivos y públicos es una realidad dolorosa, que necesita más que nunca de la presencia del ser humano y de su adaptación al entorno. Ni los medios técnicos más sofisticados ni las unidades de emergencia más especializadas lograrán mantener un equilibrio ambiental y alimentario igual al de un grupo humano solidario con el territorio”.

La muerte de los pueblos no debería dejar indiferente a nadie. El derrumbamiento de la milenaria civilización rural está teniendo en España efectos devastadores. La nueva ordenación del territorio incrementará el desastre si la preocupación por el ser humano, la preservación de la herencia cultural y la protección del medio natural son sacrificadas a los intereses económicos, disfrazados de falso progreso. Voy a recurrir nada menos que a Cicerón: “Salus populi suprema lex est”. O sea, “el bien del pueblo es la ley suprema”.