LA MUERTE DE LOS PUEBLOS

por elcantodelcuco

Hay momentos en que no queda más remedio que dejar de lado los recuerdos de entonces y las emociones poéticas y ocuparse de la cruda realidad. Hoy pensaba iniciar el curso del “Canto del cuco”, después de la dispersión del verano, sumergiéndome en la luz de aquellos septiembres dorados, con las yuntas volviendo a las sementeras, la llegada del nuevo maestro a la escuela, el silencio y la belleza del monte en la entrada del otoño, el sonido de los rebaños en las piezas del raso, la caza de la perdiz roja en la ladera y hasta el dulce sonido de la flauta del pastor, fabricada a mano con una rama de nogal y un hierro candente, que sonaba al caer la tarde por las Cuerdas del Castillo y que es uno de los sonidos de la infancia que se me quedaron dentro. Pedro G. Mendoza (EsDeRaíz), riojano de Aguilar del Rio Alhama, bajando unas leguas de Sarnago por el curso del rio, amigo en este foro y fuera de él, me manda su revista “Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas” con un artículo de Valentín Cabero Diéguez, catedrático de Geografía de la Universidad de Salamanca, titulado “Requiem por la agricultura familiar”, que no es otra cosa que el acta de defunción de los pueblos y que me hace cambiar de planes. “Abel, ¿qué te parece?”, me pregunta. ¡Qué me va a parecer, Pedro, si es la confirmación del final de la milenaria cultura rural, de la que no paro de ocuparme desde hace años en mis libros y fuera de ellos!

Lo menos que puedo hacer hoy, por si sirve de algo, que lo dudo, es recoger aquí algunas de las denuncias de este importante informe del profesor Cabero. El artículo arranca sin andarse por las ramas: “Las propuestas de ordenación del territorio son el adiós a las tradiciones agrícolas de mayor raigambre en nuestras comunidades rurales vinculadas en gran medida a las fincas familiares, por las que entonamos un Requiem. Sin duda de este proceso se beneficiarán algunas multinacionales y sociedades corporativas que están al acecho de esta ordenación tecnocrática del territorio”. Y sigue: “Asistimos a un cambio de relaciones del ser humano con su entorno que, sin duda, puede agravar en el inmediato futuro la soberanía alimentaria a diferentes escalas”. Crítica con fuertes argumentos la nueva ordenación del territorio que se prepara en Castilla y León, con la implantación del DIC (Distritos de Interés Comunitarios) que integrará a los 2.248 municipios de la región, en vez mantener las comarcas, y la supresión de Ayuntamientos que se avecina. Su diagnóstico, si no reculan las autoridades públicas, es tremendo: “Muchas áreas rurales alejadas de los centros de poder verán empeorada gravemente su situación, abocadas a un ocaso inminente, que afecta de lleno a su capacidad de supervivencia y al control de sus propios recursos”. Es lo que está pasando en Soria y hace tiempo que pasó de forma escandalosa en las Tierras Altas. Existe ya un foro constituido por muchas asociaciones del mundo rural bajo el lema “Comarcas sí, Distritos no”.

La conclusión del largo artículo no necesita comentarios: “Mientras los sistemas productivos locales, que observaron hasta hace poco tiempo la agricultura en los ruedos de nuestros pueblos, agonizan, y los aprovechamientos ganaderos extensivos en sus alrededores se desvanecen, se impone el descontrol en el manejo de los asuntos públicos, acarreando consigo incendios pavorosos (…) Así, pues, la destrucción de los recursos colectivos y públicos es una realidad dolorosa, que necesita más que nunca de la presencia del ser humano y de su adaptación al entorno. Ni los medios técnicos más sofisticados ni las unidades de emergencia más especializadas lograrán mantener un equilibrio ambiental y alimentario igual al de un grupo humano solidario con el territorio”.

La muerte de los pueblos no debería dejar indiferente a nadie. El derrumbamiento de la milenaria civilización rural está teniendo en España efectos devastadores. La nueva ordenación del territorio incrementará el desastre si la preocupación por el ser humano, la preservación de la herencia cultural y la protección del medio natural son sacrificadas a los intereses económicos, disfrazados de falso progreso. Voy a recurrir nada menos que a Cicerón: “Salus populi suprema lex est”. O sea, “el bien del pueblo es la ley suprema”.

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