TIERMES

por elcantodelcuco

Vengo de Tiermes, que Blas Taracena denominó cuando empezó las excavaciones en 1930, “la Pompeya española”. Seguramente exageró un poco. No hace mucho recorrí las calles de Pompeya, una ciudad petrificada, intacta, amortajada por la furia del Vesubio, y no admite comparación. Es otra cosa. Este yacimiento de Tiermes, en el suroeste de Soria, cerca de San Esteban de Gormaz, es una ruina en piedra viva, uno de los lugares mágicos de España, que esconde tesoros ocultos. En este cruce de caminos, donde se encontraban distintas vías romanas y por donde vuelan los buitres a la izquierda y los alimoches a la derecha, hubo una notable población celtíbera y, a su lado y sobre ella, una ciudad romana, abastecida por varios acueductos desde el rio Pedro. Ahora quedan los paretones, el graderío rupestre, las termas, la muralla romana imperial, el lugar donde estuvo el foro y las tiendas, la vivienda rupestre con escaleras, la casa del acueducto y la de las Hornacinas… Impresiona el profundo acueducto excavado en la roca viva, donde son bien visibles las huellas de los picos de los esclavos, y, sobre todo, el largo y oscuro túnel, horadado también en la roca. Según el guía, el vasco Arturo Aldecoa, que participó en las excavaciones, seguramente sentiríamos dentro el fantasma de la pastora Faustina, que murió allí al caerse por un precipicio y cuyo espíritu sigue, por lo visto, prisionero de aquellas oscuridades junto a los murciélagos.

Entre los tesoros que acaso permanezcan bajo las ruinas de la ciudad enterrada, según Aldecoa, tal vez se encuentren los documentos bilingües -en latín y en celtíbero- con las leyes impuestas por los conquistadores romanos a los nativos. Según él, es bastante verosímil. Sería un descubrimiento sensacional. Sólo por esto valdría la pena continuar las excavaciones. Tiermes, si el celo de las autoridades públicas españolas estuviera a la altura y la UNESCO colaborara generosamente, se convertiría con todo merecimiento, aun prescindiendo de ese gran hallazgo cultural, en patrimonio de la humanidad. Aquí en Tiermes fue, según cuenta Tácito, donde dieron muerte al pretor Pisón cuando acudió a cobrar los tributos. Un muchacho fué detenido y torturado para que revelara quién había cometido el crimen; pero el muchacho confesó, en el primer “fuenteovejuna” que se recuerda, que había sido todo el pueblo a una. “Aquí -dijo, orgulloso, a los torturadores- rige aún la Iberia antigua”.

Por Tiermes pasó el Cid. En “Leyendas de la Alcarama” recojo aquellos versos extraños del “Cantar del Mio Cid”:

Assiniestro dejan Agriza

que Álamos pobló.

Allí (son) los cannos

do a Elpha encerró.

He aquí la misteriosa leyenda. Yo me hago cargo en el libro de la interpretación habitual. Agriza es evidentemente Tiermes; Álamos es Hércules, al que se atribuye la fundación de la ciudad, y Elpha es la mujer-serpiente, de la familia de las lamias, que según esto se escondía en los oscuros túneles o caños del acueducto. Pues bien, Arturo Aldecoa me ha sorprendido, mientras caminábamos entre estas piedras antiguas bajo un sol de justicia, con otra interpretación absolutamente fascinante: En lenguaje cabalístico, el autor Per Abad, que era de la zona, estaría indicando que allí, enterrada, se encontraba la Mesa de Salomón, la mesa de las ofrendas, objeto tan sagrado y tan buscado como el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Lo trajo a España el rey Alarico y asegura este científico que hay indicios históricos de que puede estar en Tiermes, donde bien pudo haber ido a parar. Su interpretación es: Alamos es prácticamente el acróstico de Salomón, y Elpha es el de Aleph, la primera letra del alfabeto hebreo. No me digan que no es curioso y apasionante. Viene de lejos otra leyenda, que puede ser una deformación concomitante, según la cual, bajo estas piedras se esconde el vellocino de oro. En fin, perdonen que hoy me haya dejado arrastrar por la fantasía. Es imposible no entusiasmarse en un lugar mágico como éste, donde además he coincidido, para mi asombro, con docenas de personas llegadas de todas partes una vez al año con sus telescopios dispuestos a pasar aquí la noche mirando las estrellas; un lugar poblado de enterramientos visigodos y coronado por la ermita románica Santa María de Tiermes, del siglo XII, con una de las más hermosas galerías porticadas que haya contemplado nunca.

En este vórtice de energía espiritual, en estas soledades donde las piedras hablan, confluyen las distintas civilizaciones; pero el pueblo de Tiermes está deshabitado, como el mio.

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