MI ABUELO TENÍA UN BURRO

por elcantodelcuco

A Mercedes

El burro de mi abuelo no tenía nombre. Todos lo llamábamos simplemente “el burro”. ¿Has llevado el burro al bebedero? Voy a echar de comer al burro. Saca el burro a la dula. Me llevo el burro a la pieza… Y así sucesivamente. El burro de mi abuelo Alejandro era mediano de estatura, ni grande ni chico, su piel, de color rucio claro, era fina y caliente. A mí me gustaba pasarle suavemente las manos por su frente y por sus orejazas. Él agradecía la caricia y movía complacido el rabo, mucho más despacio que cuando espantaba la nube de moscas en la cuadra o en la calle en pleno verano. Sobre la albarda gastada llevaba siempre las alforjas con la merienda, la bota y el botijo. Cien veces me monté en él a pelo, con mis piernas sobre su piel y nunca hizo un extraño. Parecía contento de llevarnos a los niños encima.

De joven tenía unos ojos brillantes que a mí me parecían dos escarabajos. Mi abuelo, que vivía en Valtajeros, lo compró en la feria de San Pedro a uno de Valdeprado cuando apenas tenía unos meses el animal. Entonces era alegre y retozón. Creció con nosotros y enseguida se hizo como de la familia. Le gustaba que le pusieras un cantero de pan en la boca o una rama de esparceta. En primavera mordisqueaba las margaritas y las flores de malva de la orilla del camino. A final de verano le llamaba yo con un puñado de moras en la mano y venía con un gracioso trotecillo. A mí me divertía ver como se le teñía el belfo de morado con el dulce líquido de las moras que le chorreaba de la boca. Tenía entonces un aspecto gracioso, como de payaso. Viviendo con el burro de mi abuelo, montándose encima de él o llevándolo dócilmente del ramal, era imposible estar de acuerdo con la mala fama que arrastra este humilde, paciente, alegre, duro y amable animal, mucho más inteligente que los humanos calificados de burros. ¿Cómo es posible que llamar a alguien burro sea un insulto?, me preguntaba y aún sigo preguntándomelo. Pero, en fin, esto sería largo de contar.

El caso es que el burro de mi abuelo se hizo viejo. Su piel estaba llena de mataduras, a las que acudían las moscas verdes. Cada día le costaba más respirar. Se cansaba para subir cualquier cuestecilla. Los ojos se le habían enturbiado y ya no parecían dos escarabajos brillantes. Hacía esfuerzos para trotar, pero se tropezaba, se caía al suelo y le costaba Dios y ayuda levantarse. Hasta que un día de otoño mi abuelo Alejandro tomó la heróica decisión de acabar con el animal para que dejara de sufrir. Antes le dio un puñado de esparceta y lo acercó al pilón de la fuente a beber agua. Tomó una azada y lo llevó despacio del ramal por el camino del monte. El abuelo tiraba del burro, que se paraba de vez en cuando a descansar. Y por el camino al abuelo se le amontonaron los recuerdos. Él nunca lo confesó, porque era un hombre duro como la raíz de las estepas, pero alguien que se lo encontró aquella tarde asegura que llevaba los cristales de las gafas empañados como de llorar.

Paso a paso, a la puesta del sol llegó al lugar de la ejecución. Colocó al burro en el orillo al borde del barranco, como tenía pensado. El burro obedeció mansamente. Todo estaba dispuesto. El animal recibiría un fuerte golpe en la nuca y caería rodando hasta el fondo del profundo barranco y los buitres se ocuparían después de él. Dudó unos instantes. Sudaba. Al fin se decidió. Levantó el brazo temblando y la azada salió volando de sus manos hasta el fondo de la barranquera. ¡Había errado el golpe! Él decía que, con el sudor, el astil se le resbaló de la mano. Yo sé que no pudo hacerlo. Entonces, por un impulso irreprimible, huyó. Dejó allí al pobre animal solo sobre el orillo y se volvió a casa aturdido, pero extrañamente alegre como si hubiera superado un estado de mala conciencia. Se acostó sin decir palabra. Le costó mucho dormirse. Madrugó. Se asomó instintivamente a la cuadra. Observó el vacío junto al pesebre del fondo. Era una mañana fria. Estaba en el portal cuando notó como si zarpearan en la puerta de la calle. Abrió y allí estaba el animal, que movió las orejas al verle. Sin pensarlo más, mi abuelo Alejandro, que no era un hombre sentimental, se abrazó al cuello del burro.

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