El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: octubre, 2012

LAS GRULLAS Y EL PETIRROJO

Hacía días que venía oyendo por la urbanización el inconfundible chip-chip seco y metálico del petirrojo, pero hasta esta mañana no había podido ver con mis propios ojos a este pajarillo de los meses fríos, que en Sarnago llamábamos pichente o chinchín. Por más que miraba, no había manera. Se escondía entre la maleza. A partir de ahora será uno de los habitantes de mi pequeño jardín. Es tan sociable que no tendrá inconveniente en compartir con los gorriones y con los mirlos, cuando el frío arrecie, el pan que yo les dejo en el porche. Picotea ahora en la hierba en busca de semillas o insectos, revolotea en el cerezo o en el membrillo y falta poco para que coma las migas de pan en mi propia mano. Considero al petirrojo solitario como de la familia, por eso, discúlpenme, lo trato con tanta familiaridad y le doy a su aparición tanta importancia. Tengo entendido que el “Times” de Londres acostumbra a publicar en primera página cada año la llegada del petirrojo a la costa de Inglaterra como noticia destacada y alegre en medio de tantas malas noticias de la portada. He pensado que yo no voy a ser menos.

En esas cavilaciones andaba cuando he oído el ruidoso gru-gru de las grullas. Vienen de las prósperas y frías tierras del norte de Europa y vuelven a las cálidas tierras del sur, donde pasarán el invierno. No falta mucho para que España se convierta también en acogedor invernadero para los jubilados acomodados de esa Europa norteña, más bien inhabitable en estos meses oscuros, adonde emigran ahora, a contrapelo, bandadas de jóvenes españoles en busca de trabajo y oportunidades. Pero todo ese trasiego es otra historia.

Como un resorte he salido a contemplarlas. Y allí estaban en lo alto del cielo, casi encima de mi cabeza. Volaban bajo y con estrépito: un gru-gru caótico y altisonante. Y eso que era un bando no demasiado grande. Parecían cansadas o desconcertadas. Daban vueltas como si estuvieran perdidas. Algunas se descolgaban y volvían poco después al núcleo principal del grupo. Habían dejado atrás la sierra nevada de Madrid y les costaba formar la uve característica para acometer la velocidad de crucero. Llevan en sus alas más de tres mil kilómetros, con algunos descansos imprescindibles. Seguramente han dormido esta noche pasada en la laguna salada de Gallocanta, un buen dormidero entre Daroca y Jiloca, en las últimas estribaciones del sistema ibérico, y vuelan hacia las dehesas y los campos de cultivo de Extremadura, donde los ornitólogos las fotografiarán desde el chajurdo. Algún bando se hospedará en Doñana y las más osadas se descolgarán hasta África. Mientras ellas cruzan el Estrecho por el aire, observarán abajo las pateras, como puntos negros y perdidos en el mar, que navegan a duras penas en dirección contraria. Este ir y venir de aves y personas demuestra que el mundo no es nacionalista y que sobran las fronteras y los retrógrados sueños de independencia. El reto de hoy es superar las fronteras, como hacen las grullas y los petirrojos, partidarios desde siempre de la globalización. Pero esa también es otra historia.

Eso pensaba mientras las seguía por el cielo en dirección al sur, y se iba alejando el gru-gru, hasta perderlas de vista. Me ha venido entonces al pensamiento la sospecha de que en medio del horrísono tráfico de la ciudad, que observo envuelta en humo allí en la lejanía, perdidos entre el asfalto y el cemento, es imposible disfrutar de este espectáculo emocionante y natural del paso de las grullas y, menos aún, escuchar su peculiar concierto en el cielo. Y tampoco resultará fácil recibir en la puerta de la casa en otoño la visita casi silenciosa del petirrojo, a pesar de que el avecilla se ha ido acomodando bien a los parques y jardines de la ciudad. Pero no me hagan mucho caso. Sospecho que toda esta elucubración sentimental se debe casi exclusivamente, como siempre, a la memoria de mi añorada infancia en el pueblo. ¡Ay cuántas emociones perdidas en aras del progreso! ¡Ah! Las grullas son, por lo visto, un ejemplo de fidelidad: formada la pareja, que se establece solemnemente mediante una vistosa danza nupcial con alegres saltos y piruetas, la unión es para toda la vida. En esto no hay cansancio que valga. Otra sorpresa ha sido para mí el canto del petirrojo. Yo siempre lo había reducido a su chip-chip otoñal, metálico y monótono; pero me dicen que cuando está enamorado su canto es un gorjeo musical que no difiere mucho del canto del ruiseñor. Así que, para el devaluado negocio del amor entre los humanos, el ejemplo de las grullas y los petirrojos puede resultar aleccionador y estimulante. Pero también ésta es otra historia.

EL PUENTE DE GARRAY

La cita familiar era en Garray, al pie del bisel de Numancia, junto al Duero, que baja crecido con las últimas lluvias. Desde niño me ha impresionado siempre este lugar. Es un rincón en el que confluyen la historia, las aguas, los pájaros, los peces, las aceñas, el machadiano campo amarillento “como pardo sayal de campesina”, y la exhuberancia vegetal, que ciñe la austeridad del mítico y solitario cerro. El mismo nombre de Garray, tan parecido a Garay, parece hacer referencia a un enclave vasco en el corazón de la Celtiberia. Cerca discurre el rio Zarránzano para confirmarlo. Remontándonos más allá de los vascos, los romanos y los pelendones, en la entrada hay un dinosaurio gigante. Por si faltaba algo, al pie de la ladera destaca la ermita románica de los Mártires, cargada de belleza y de misterio.

Recuerdo mi asombro cuando viajé por primera vez a Soria con nueve años y contemplé, además de la luz eléctrica, el largo, para mí,  puente sobre el Duero. Me impresionó. En Sarnago no había río, sólo barrancos y riachuelos con pasaderas de piedra. El puente más grande que había visto era el de dos ojos sobre el Linares, apenas un riachuelo, bajando al molino o al mercado de los lunes a San Pedro Manrique. Además me contaron aquel día -el primer día también que subí a un autobús, con el pomposo título de “La Exclusiva”- que bajo el puente de Garray se unían el Duero y el Tera. Este último entregaba en este punto generosamente al río de Castilla su alma y su caudal con todas las aguas de El Valle y de la Cebollera, aportadas sobre todo por el Razón y el Razoncillo. En fin, aquí, por donde anduvo Escipión con sus legiones y donde los ríos se juntan, se bifurcan por el contrario los caminos: una carretera sigue hacia Piqueras hasta Logroño -¡ah torciendo pronto a la izquierda, la asombrosa sorpresa de Espejo de Tera!- y la otra hacia Oncala, a mis Tierras Altas de la Alcarama, en busca de la Rioja Baja. Y aquí, en esta encrucijada de caminos y civilizaciones, en este tesoro ecológico de la biodiversidad, levantan ahora, a base de ladrillo y cemento, la que llaman Ciudad del Medio Ambiente, en realidad un sueño desvanecido.

Llovía dulcemente sobre los álamos dorados y sobre el Duero cuando nos sentamos a comer en “El Goyo”, una tasca modesta en la que acostumbramos a celebrar los cumpleaños de mi hermano. Puede que influya en esta preferencia, aparte de la magia del entorno, el hecho de que nada más atrincherarnos en la mesa nos sirven siempre, sin pedirlo ni dar cuartos al pregonero, unas fragantes cazoletas de setas del cardillo y, sobre todo, un sabroso picadillo ligeramente picante, que pide a gritos un pan de hogaza y un buen crianza de Ribera del Duero. Lo de las alubias con chorizo y las chuletas de lechal o el cochinillo vendrá después.

Con la andorga llena y en buena armonía, hemos emprendido carretera y manta, camino de El Valle, la comarca que llaman la “Suiza soriana”, origen de la famosa mantequilla. El monte y los prados ofrecen un precioso paisaje otoñal a cuya belleza decadente de la tarde se une el silencio. Apenas se ve a nadie al cruzar las calles. Al parar en Valdeavellano de Tera, solo el graznido alto y lejano de un cuervo rompía el manso sonido de la lluvia en las hojas de los castaños. Ni un cencerro. Ni un mujido. Hace tiempo que apenas quedan vacas en El Valle, que es como si un día dejara de haber abejas en el colmenar. Ni niños. Impresiona tanta soledad en medio del paraíso.

Con una cesta en la mano, hemos tomado las de villadiego, cuando caía la tarde, camino de Molinos de Razón -hasta el nombre es hermoso y sugerente-, donde vive sola desde hace muchos años, en un cabaña perdida, sor Juliana, una monja belga anacoreta, de ochenta años largos, medio ciega, que lee, reza, escucha música clásica, cuida su pequeño huerto y, aunque llueva o nieve o caigan chuzos de punta, acude a misa al pueblo vecino en su vieja bicicleta, y siempre está alegre. No es extraño que sor Juliana haya elegido este lugar. Por una pista de tierra en dirección a la Cebollera hemos llegado a un delicioso paraje, por donde salta el rio Razón, un rio breve, cuyas aguas limpias acabarán, como digo, en el Duero un poco más abajo, justo en el puente de Garray. Bajo los paraguas, sin pedir permiso a nadie, hemos recogido unos puñados de fragantes níscalos rojizos entre la hojarasca, repasando a media luz, atravesada por la lluvia, un pinar alto, bordeado de robles y de hayas sueltas. Un escenario natural, primitivo, al alcance de la mano y que parece de cuento. Menos mal que no ha venido el guarda. Ya no dejan siquiera coger setas libremente. Nos sobresaltan. Quieren privarnos hasta de estas breves e inocentes escapadas a la felicidad.

DIÁLOGO EN LA RED

 

Este diálogo en familia se realiza a través de la red. Mi abuela Bibiana diría que lo de internet es cosa de brujería. Ella estaba acostumbrada a que de estas cosas se hablara en la cocina, cara a cara, por la noche, al amor de la lumbre. También entonces preocupaba, y de qué manera, el cerrado porvenir de los hijos. La tierra y el ganado no daban para todos. En realidad, no daban para casi nadie. Llegó un momento en que no daban más de sí. Y había pocas salidas. Después de la mili muchos se buscaban la vida en la ciudad como buenamente podían, las muchachas se ponían a servir y los más decididos se embarcaban para América. La mayoría de los que se sacudían el polvo de las abarcas y daban la espalda al pueblo no tenían oficio ni beneficio y se abrían camino agarrándose a un clavo ardiendo. Eran los tiempos de la posguerra, el estraperlo, el racionamiento, la penuria y el hambre. Son tiempos de la infancia que recuerdo bien.

Intervienen en este diálogo en la red tres personajes. Pertenecen a una familia de clase media que vive en Madrid. La madre, que ha superado los 60, sacrificó su carrera para criar a sus hijos. El hijo, cerca de los cuarenta, licenciado universitario, realiza trabajos artísticos y vive en el centro de la capital en un piso con su novia. La hija, licenciada, escritora, poco más de 30 años, vive también en un piso de la ciudad; ya ha trabajado fuera y ahora escribe y hace trabajos esporádicos. Los tres son cultos, generosos y tienen un agudo sentido crítico.

LA HIJA: En los últimos años España ha perdido casi 1.300.000 habitantes de entre veinte y treinta años.

EL HIJO: Yo intentaré quedarme o, al menos, no dejaré que me echen de mi tierra los golfos, los brutos, los ladrones, los malignos. Como dice un amigo mio, “alguien tiene que quedarse”.

LA HIJA: Pero al paso que vamos…, aquí las cosas van de mal en peor. Las cifras son ya escalofriantes.

EL HIJO: Esas cifras me cuadran y te entiendo perfectamente, pero yo me iré si quiero, si tengo una buena oportunidad y me apetece cambiar de aires. Pero digo no al exilio forzoso o voluntario. Además, dentro de poco cumpliré los 40, ya no seré joven nunca más, así que ni siquiera abultaré las estadísticas

LA MADRE: Preocupante de verdad. Esperemos que se corrija esa tendencia. O tal vez sea necesario para que así se pueda repartir el poco trabajo que hay aquí y ahora. No sé. En cualquier caso, llevas razón, hijo, no hay que tirar la toalla. Nunca hay que perder la esperanza. En estas situaciones siempre me acuerdo de esta frase de Chesterton: “La esperanza es poder ser optimistas en circunstancias que sabemos desesperadas”.

LA HIJA: Hay mucha gente, madre, al borde de la desesperación. Ni siquiera se encuentra ya trabajo basura.

LA MADRE: Me gustaría tener la capacidad, en todos los sentidos, de crear una empresa donde poder dar trabajo a tantos y tantos jóvenes, y no tan jóvenes, desempleados. Es una pena desaprovechar tanto capital humano. Algún día lo pagaremos, y lo pagaremos bien caro. Besos a todos y ánimo.

EL HIJO: Quizá no tengas capacidad para dar empleo a todas estas personas talentosas (seguramente muchas de las mejores, las más cultas y abiertas, las menos conformistas y menos atontadas…) que se van fuera o se quedan en la estacada, pero, estoy seguro, entre todos sí tenemos capacidad de dar empleo a todos los que quieran hacer empleo de sus capacidades (qué bonita es la expresión tal cual: dar empleo: ¡aprovechar talentos!).

LA HIJA: ¿Pero cómo? Hay que ser prácticos. Ya no bastan los buenos sentimientos. Hay que rebelarse contra esta situación de injusticia manifiesta.

EL HIJO: Sólo habría que pensar bien las cosas desde el punto de vista del bien común, el bien de la comunidad, el de las mujeres y los hombres, los viejos y los niños, en lugar del bien particular (ese tan usurero, egoísta, tonto, loco, avaro de poder). Donación, reparto (de lo que haya, si hay poco, de lo poco que haya) ayuda mutua, respaldo, apoyo y estímulo… Es fácil. Es lo que suele haber en cualquier familia bien avenida, ¿no? Lo que casi exigimos. Me parece, madre, que esa empresa que tú quieres se llama sociedad civil, comunidad de seres humanos iguales, libres. Eso significa democracia y no otra cosa. A lo mejor la empresa que tú deseas se llama simplemente humanidad.

LA HIJA: Tener un Estado que no protege a sus ciudadanos sino a los flujos y dueños de capitales no es democracia, es dinerocracia. La gente se marcha y, sin querer, contribuye con ello, a lo mejor aliviando un poco, como sugiere mamá, la dificultad de tener empleo de los que se quedan. Es desesperante.

EL HIJO: Por mi parte tengo más esperanza que nunca porque, salvo caso de guerra, poco peor pueden ir las cosas y cuando las cosas van mal suelen arreglarse. Y ahora vamos a seguir currando para levantar el país. ¡Besos a todos!

Lo de “seguir currando para levantar el país” lo dice sin duda burlonamente, según tengo entendido, porque son más de las doce de la noche y sigue trabajando sin saber si obtendrá alguna recompensa.

(El padre no tiene nada que decir. Sigue con el corazón algo alterado este diálogo familiar en la red. Piensa que, de una u otra forma, esa conversación se desarrolla a estas horas con las mismas inquietudes y parecida intensidad en miles de familias angustiadas. El padre no puede olvidarse, contemplando este tremendo éxodo de lo mejor de cada casa a países extraños, del desierto demográfico en que se ha convertido media España, de los campos abandonados de su tierra y de los cientos de pueblos muertos).

EL OTOÑO DE SARA

 

Un día, hará de esto veinte años, íbamos en el coche camino de Soria, como cada año por estas fechas, a celebrar el cumpleaños de mi madre. Ciento un años habría cumplido ahora. Aún no había autovía. Los niños alborotaban, como es de ley, en la parte trasera, apretados e incómodos. Había que distraerles porque empezaban a ponerse insoportables, las criaturas. Lo mejor era jugar un rato al “Veo veo”, como otras veces para hacer más corto el camino. Empezaron dominando el juego los mayores, hasta que al fin cedieron la vez a la más pequeña, Sara, de cuatro o cinco años. ¡A ver por dónde sale! La niña propuso una palabra “con la letrita…letrita…O”. ¡Ojo, oreja, orilla, ojal…! Nada, imposible. Estábamos intrigados. No había manera de adivinarlo. Aquello parecía indescifrable. ¡Nos rendimos!, le dijimos al fin. ¡Otoño!, gritó ella, exultante. Sara vió el otoño en el color dorado de los chopos de la carretera. Y no andaba descaminada. Nunca olvidaré ese momento glorioso.

Desde siempre me ha parecido la estación más hermosa en las Tierras Altas. En Soria resiliencias, lo describo como lo recuerdo. El otoño es la placidez de la edad madura. Es una yunta de bueyes arando en la lejanía de un campo. Los días acortan, lo mismo que la vida. Es tiempo de recoger la cosecha de las huertas y de recolectar los frutos silvestres: las maguillas, las bizcobas, las gayubas, las bellotas, las sabrosas endrinas… Tiempo también de sembrar, después de romper, binar y aciemar los campos. Oler a tierra, a mineral y a lluvia. Disfrutar de la armonía serena de la tarde. Oir el ruido de los arados de madera, arrastrados por las yuntas calle abajo. Sentir al anochecer los balidos largos de las ovejas recién paridas. Acudir al Oficio de Tinieblas. Sorprenderse con la primera nevada a pesar de saber a ciencia cierta, sin necesidad de recurrir al Calendario Zaragozano, que en los Santos, nieve por los altos. Escuchar por San Martín el grito desesperado del cochino en el banco de la matanza. Limpiar la escopeta para las partidas de caza, en busca de la liebre encamada en el ulagar y del bando de perdices en el teso o en el cabezo del sabinar, y esperar por el Pilar en el chozo del collado a la torcaz bravía que viene de paso. Contemplar el espectáculo de los chopos del rio, que primero se visten de oro y luego los desnuda el viento. Sumergirse, como los bueyes, en el largo crepúsculo. Observar cómo el bosque de robles va cambiando de día en día el verde oscuro por el cobre. Y pasear sin compañía, lentamente, por el silencio del robledal, con un libro en la mano, oyendo únicamente las propias pisadas sobre la hojarasca.

Juraría, como digo, que en las Tierras Altas de Soria y en las parameras pobres de la provincia, el otoño, con su sinfonía de colores, que de niña convencieron a Sara para identificarlo con precisión, es, con su olor a tierra y su decadente placidez, la estación más hermosa, la más acorde con esta tierra humilde.

Esto sería así con toda seguridad si no fuera porque de un tiempo a esta parte, el otoño en los pueblos significa sobre todo soledad y tristeza. Los de fuera se han ido y los que quedan son cada día menos y más viejos. El tiempo se acorta peligrosamente, es un bien cada vez más escaso y el cielo se cierra en otoño sobre los pueblos. A los que aún permanecen allí apenas les quedan ya ánimos más que para llevar flores al cementerio por los Santos.

Menos mal que llueve. La lluvia ha vuelto puntualmente. Cae sobre el monte y sobre la tierra agrietadada por la sequía. Habrá buen tempero para la siembra. A lo mejor salen aún los níscalos en el pinar. Tendrá que ser antes de la primera helada para ser de provecho. Sólo la lluvia y pronto la nieve mantienen la lealtad en otoño a estas tierras y a estos pueblos. Ahora suena en los cristales de la ventana, cae de los aleros del tejado a la calle y alegra un poco. Lástima que no haya niños, cuando aclare, haciendo pozas en la calle.

LAS MALDITAS MÁQUINAS

 

Un día llegaron las máquinas a las Tierras Altas. Siguieron detrás de la concentración parcelaria. Y se arreglaron los caminos para que pasaran. Era el progreso. Los campesinos dejarían de arrastrarse tras el arado romano. Ya no necesitarían la faja negra rodeando los riñones para no desrriñonarse del todo. También arrojaron las abarcas, aún con tierra reciente, a un rincón entre los objetos viejos e inútiles. ¿Para qué querían las malditas abarcas en lo alto del tractor? Tambien dejaron de usarse los leguis y los zahones. Y, ya puestos a modernizarse, lo mejor era sustituir la negra boina de toda la vida por una visera de colores, aunque fuera de propaganda americana. Sobraban, desde luego, las hoces y las zoquetas. Y, por supuesto, el arado y la vertedera. El yugo, con el sudor aún reciente de las caballerías, quedaría colgado definitivamente en la pared del portal. La cosecha era cosa de las máquinas cosechadoras, que rapaban el rastrojo y arrasaban los nidos, sin dejarles cobijo a las codornices ni a las codujadas, empacaban la paja y recogían el grano en sacos, perfectamente homologados, que hacían inservibles las viejas talegas y los sábanos.

Al principio las cosechadoras, que siguieron a las segadoras y a las agavilladoras, eran algo rudimentarias, echaban demasiado humo, hacían mucho ruido, levantaban una polvareda como un juramento en medio de la mies y se atascaban de vez en cuando, pero poco a poco fueron perfeccionándose. En todo caso, era el sonido del progreso. Las eras empedradas, que rodeaban el pueblo, dejaban de tener utilidad alguna. Lo mismo que la bríncula, el trillo, los tarrollos, las cribas, la media-fanega, las horcas y las palas de madera para dar vuelta a la parva. Poco a poco los hombres del campo comprendieron que las máquinas sustituían a los animales, y las cuadras fueron quedándose también vacías. Lo mismo que las pocilgas en los bajos de la casa. Las autoridades prohibieron la matanza en el domicilio, dicen que por razones sanitarias. ¿Qué necesidad había de criar cochinos? Así que el ancho banco de matar se pudrió en el corral. Para traer leña del monte, un tractor acarreaba de una vez más que veinte caballerías. Las calles quedaron limpias de cagajones. Además, pensándolo bien, lo mejor era modernizarse también en esto, sustituyendo la cocina de leña de toda la vida, con su chimenea, su chapa caliente, sus llares y su antosta por una de butano, y los pucheros de barro, que borbollaban en la lumbre todo el dia desde el punto de la mañana, por la olla a presión de acero inoxidable.

No tardaron los hombres del campo en darse cuenta de que las máquinas les habían sustituido también a ellos. Unas pocas máquinas venidas de fuera se encargaban de todo. Ellos sobraban. Los hijos se quedaron mano sobre mano. Por supuesto, nadie quería ir pastor, y además las ovejas, con la lana por los suelos, no rendían como antes. Así que lo mejor era vender las tierras o ponerlas en renta, vender el ganado y marcharse a la ciudad, que era donde fabricaban las máquinas. Si había suerte, trabajarían en una fábrica. Y así fue como los pueblos se fueron quedando vacíos, y las casas abandonadas se derrumbaron. Los huertos quedaron llecos. Los montes fueron cerrándose, lo mismo que los caminos del monte, y cualquier verano, sin cabras, ovejas ni leñadores que los cuiden y los limpien durante todo el año, arderán como una gran pira en honor del progreso.

Dan ganas de gritar desde lo alto del cerro del castillo de mi pueblo: ¡Malditas máquinas que han destruido los pueblos y el equilibrio de la naturaleza! ¡Malditos tractores americanos, malditas cosechadoras! Ahora muchos de los hijos de los que se fueron se arrastran por los suburbios de la gran ciudad sin oficio ni beneficio por culpa de la crisis. ¿Ya no hay marcha atrás? Hoy he vuelto a soñar. Me han dicho que existen ya pagos en España, lo mismo que en Francia, que producen vino de calidad, cuidadosamente natural y ecológico, donde los bueyes vuelven a arar los viñedos y sólo se usa el estiércol animal; donde las máquinas y los insecticidas están rigurosamente prohibidos. Todo se hace, según me dicen, a la manera tradicional. Dicen que es la vuelta a la naturaleza y que además resulta muy rentable. La verdad, cuesta creérselo. Pero ¿qué pasaría si desde las Administraciones Públicas y desde Bruselas se estimulara esta vuelta al cultivo natural, por el método antiguo, sin máquinas y con los rebaños pastando otra vez en esta tierra quebrada de finos pastos? ¿Que en vez de dar subvenciones por sacrificar el ganado y dejar improductivos los campos se financiara a los jóvenes que quisieran ocuparse de cuidar los montes y la tierra, cultivándola como se ha hecho siempre hasta que llegaron las máquinas? Las Tierras Altas serían un buen sitio para intentar el experimento. Volverían las caballerías a los caminos, los rebaños, los pájaros…Volvería a haber vida en los pueblos. Máquinas por vida, esa es la cuestión. Ya sé que es una utopía, una quimera; pero con algo hay que soñar cuando la luz dorada del otoño invade nuestra vida. Por soñar no llevan a nadie preso… hasta ahora.