EL OTOÑO DE SARA

por elcantodelcuco

 

Un día, hará de esto veinte años, íbamos en el coche camino de Soria, como cada año por estas fechas, a celebrar el cumpleaños de mi madre. Ciento un años habría cumplido ahora. Aún no había autovía. Los niños alborotaban, como es de ley, en la parte trasera, apretados e incómodos. Había que distraerles porque empezaban a ponerse insoportables, las criaturas. Lo mejor era jugar un rato al “Veo veo”, como otras veces para hacer más corto el camino. Empezaron dominando el juego los mayores, hasta que al fin cedieron la vez a la más pequeña, Sara, de cuatro o cinco años. ¡A ver por dónde sale! La niña propuso una palabra “con la letrita…letrita…O”. ¡Ojo, oreja, orilla, ojal…! Nada, imposible. Estábamos intrigados. No había manera de adivinarlo. Aquello parecía indescifrable. ¡Nos rendimos!, le dijimos al fin. ¡Otoño!, gritó ella, exultante. Sara vió el otoño en el color dorado de los chopos de la carretera. Y no andaba descaminada. Nunca olvidaré ese momento glorioso.

Desde siempre me ha parecido la estación más hermosa en las Tierras Altas. En Soria resiliencias, lo describo como lo recuerdo. El otoño es la placidez de la edad madura. Es una yunta de bueyes arando en la lejanía de un campo. Los días acortan, lo mismo que la vida. Es tiempo de recoger la cosecha de las huertas y de recolectar los frutos silvestres: las maguillas, las bizcobas, las gayubas, las bellotas, las sabrosas endrinas… Tiempo también de sembrar, después de romper, binar y aciemar los campos. Oler a tierra, a mineral y a lluvia. Disfrutar de la armonía serena de la tarde. Oir el ruido de los arados de madera, arrastrados por las yuntas calle abajo. Sentir al anochecer los balidos largos de las ovejas recién paridas. Acudir al Oficio de Tinieblas. Sorprenderse con la primera nevada a pesar de saber a ciencia cierta, sin necesidad de recurrir al Calendario Zaragozano, que en los Santos, nieve por los altos. Escuchar por San Martín el grito desesperado del cochino en el banco de la matanza. Limpiar la escopeta para las partidas de caza, en busca de la liebre encamada en el ulagar y del bando de perdices en el teso o en el cabezo del sabinar, y esperar por el Pilar en el chozo del collado a la torcaz bravía que viene de paso. Contemplar el espectáculo de los chopos del rio, que primero se visten de oro y luego los desnuda el viento. Sumergirse, como los bueyes, en el largo crepúsculo. Observar cómo el bosque de robles va cambiando de día en día el verde oscuro por el cobre. Y pasear sin compañía, lentamente, por el silencio del robledal, con un libro en la mano, oyendo únicamente las propias pisadas sobre la hojarasca.

Juraría, como digo, que en las Tierras Altas de Soria y en las parameras pobres de la provincia, el otoño, con su sinfonía de colores, que de niña convencieron a Sara para identificarlo con precisión, es, con su olor a tierra y su decadente placidez, la estación más hermosa, la más acorde con esta tierra humilde.

Esto sería así con toda seguridad si no fuera porque de un tiempo a esta parte, el otoño en los pueblos significa sobre todo soledad y tristeza. Los de fuera se han ido y los que quedan son cada día menos y más viejos. El tiempo se acorta peligrosamente, es un bien cada vez más escaso y el cielo se cierra en otoño sobre los pueblos. A los que aún permanecen allí apenas les quedan ya ánimos más que para llevar flores al cementerio por los Santos.

Menos mal que llueve. La lluvia ha vuelto puntualmente. Cae sobre el monte y sobre la tierra agrietadada por la sequía. Habrá buen tempero para la siembra. A lo mejor salen aún los níscalos en el pinar. Tendrá que ser antes de la primera helada para ser de provecho. Sólo la lluvia y pronto la nieve mantienen la lealtad en otoño a estas tierras y a estos pueblos. Ahora suena en los cristales de la ventana, cae de los aleros del tejado a la calle y alegra un poco. Lástima que no haya niños, cuando aclare, haciendo pozas en la calle.

Anuncios