DIÁLOGO EN LA RED

por elcantodelcuco

 

Este diálogo en familia se realiza a través de la red. Mi abuela Bibiana diría que lo de internet es cosa de brujería. Ella estaba acostumbrada a que de estas cosas se hablara en la cocina, cara a cara, por la noche, al amor de la lumbre. También entonces preocupaba, y de qué manera, el cerrado porvenir de los hijos. La tierra y el ganado no daban para todos. En realidad, no daban para casi nadie. Llegó un momento en que no daban más de sí. Y había pocas salidas. Después de la mili muchos se buscaban la vida en la ciudad como buenamente podían, las muchachas se ponían a servir y los más decididos se embarcaban para América. La mayoría de los que se sacudían el polvo de las abarcas y daban la espalda al pueblo no tenían oficio ni beneficio y se abrían camino agarrándose a un clavo ardiendo. Eran los tiempos de la posguerra, el estraperlo, el racionamiento, la penuria y el hambre. Son tiempos de la infancia que recuerdo bien.

Intervienen en este diálogo en la red tres personajes. Pertenecen a una familia de clase media que vive en Madrid. La madre, que ha superado los 60, sacrificó su carrera para criar a sus hijos. El hijo, cerca de los cuarenta, licenciado universitario, realiza trabajos artísticos y vive en el centro de la capital en un piso con su novia. La hija, licenciada, escritora, poco más de 30 años, vive también en un piso de la ciudad; ya ha trabajado fuera y ahora escribe y hace trabajos esporádicos. Los tres son cultos, generosos y tienen un agudo sentido crítico.

LA HIJA: En los últimos años España ha perdido casi 1.300.000 habitantes de entre veinte y treinta años.

EL HIJO: Yo intentaré quedarme o, al menos, no dejaré que me echen de mi tierra los golfos, los brutos, los ladrones, los malignos. Como dice un amigo mio, “alguien tiene que quedarse”.

LA HIJA: Pero al paso que vamos…, aquí las cosas van de mal en peor. Las cifras son ya escalofriantes.

EL HIJO: Esas cifras me cuadran y te entiendo perfectamente, pero yo me iré si quiero, si tengo una buena oportunidad y me apetece cambiar de aires. Pero digo no al exilio forzoso o voluntario. Además, dentro de poco cumpliré los 40, ya no seré joven nunca más, así que ni siquiera abultaré las estadísticas

LA MADRE: Preocupante de verdad. Esperemos que se corrija esa tendencia. O tal vez sea necesario para que así se pueda repartir el poco trabajo que hay aquí y ahora. No sé. En cualquier caso, llevas razón, hijo, no hay que tirar la toalla. Nunca hay que perder la esperanza. En estas situaciones siempre me acuerdo de esta frase de Chesterton: “La esperanza es poder ser optimistas en circunstancias que sabemos desesperadas”.

LA HIJA: Hay mucha gente, madre, al borde de la desesperación. Ni siquiera se encuentra ya trabajo basura.

LA MADRE: Me gustaría tener la capacidad, en todos los sentidos, de crear una empresa donde poder dar trabajo a tantos y tantos jóvenes, y no tan jóvenes, desempleados. Es una pena desaprovechar tanto capital humano. Algún día lo pagaremos, y lo pagaremos bien caro. Besos a todos y ánimo.

EL HIJO: Quizá no tengas capacidad para dar empleo a todas estas personas talentosas (seguramente muchas de las mejores, las más cultas y abiertas, las menos conformistas y menos atontadas…) que se van fuera o se quedan en la estacada, pero, estoy seguro, entre todos sí tenemos capacidad de dar empleo a todos los que quieran hacer empleo de sus capacidades (qué bonita es la expresión tal cual: dar empleo: ¡aprovechar talentos!).

LA HIJA: ¿Pero cómo? Hay que ser prácticos. Ya no bastan los buenos sentimientos. Hay que rebelarse contra esta situación de injusticia manifiesta.

EL HIJO: Sólo habría que pensar bien las cosas desde el punto de vista del bien común, el bien de la comunidad, el de las mujeres y los hombres, los viejos y los niños, en lugar del bien particular (ese tan usurero, egoísta, tonto, loco, avaro de poder). Donación, reparto (de lo que haya, si hay poco, de lo poco que haya) ayuda mutua, respaldo, apoyo y estímulo… Es fácil. Es lo que suele haber en cualquier familia bien avenida, ¿no? Lo que casi exigimos. Me parece, madre, que esa empresa que tú quieres se llama sociedad civil, comunidad de seres humanos iguales, libres. Eso significa democracia y no otra cosa. A lo mejor la empresa que tú deseas se llama simplemente humanidad.

LA HIJA: Tener un Estado que no protege a sus ciudadanos sino a los flujos y dueños de capitales no es democracia, es dinerocracia. La gente se marcha y, sin querer, contribuye con ello, a lo mejor aliviando un poco, como sugiere mamá, la dificultad de tener empleo de los que se quedan. Es desesperante.

EL HIJO: Por mi parte tengo más esperanza que nunca porque, salvo caso de guerra, poco peor pueden ir las cosas y cuando las cosas van mal suelen arreglarse. Y ahora vamos a seguir currando para levantar el país. ¡Besos a todos!

Lo de “seguir currando para levantar el país” lo dice sin duda burlonamente, según tengo entendido, porque son más de las doce de la noche y sigue trabajando sin saber si obtendrá alguna recompensa.

(El padre no tiene nada que decir. Sigue con el corazón algo alterado este diálogo familiar en la red. Piensa que, de una u otra forma, esa conversación se desarrolla a estas horas con las mismas inquietudes y parecida intensidad en miles de familias angustiadas. El padre no puede olvidarse, contemplando este tremendo éxodo de lo mejor de cada casa a países extraños, del desierto demográfico en que se ha convertido media España, de los campos abandonados de su tierra y de los cientos de pueblos muertos).

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