EL PUENTE DE GARRAY

por elcantodelcuco

La cita familiar era en Garray, al pie del bisel de Numancia, junto al Duero, que baja crecido con las últimas lluvias. Desde niño me ha impresionado siempre este lugar. Es un rincón en el que confluyen la historia, las aguas, los pájaros, los peces, las aceñas, el machadiano campo amarillento “como pardo sayal de campesina”, y la exhuberancia vegetal, que ciñe la austeridad del mítico y solitario cerro. El mismo nombre de Garray, tan parecido a Garay, parece hacer referencia a un enclave vasco en el corazón de la Celtiberia. Cerca discurre el rio Zarránzano para confirmarlo. Remontándonos más allá de los vascos, los romanos y los pelendones, en la entrada hay un dinosaurio gigante. Por si faltaba algo, al pie de la ladera destaca la ermita románica de los Mártires, cargada de belleza y de misterio.

Recuerdo mi asombro cuando viajé por primera vez a Soria con nueve años y contemplé, además de la luz eléctrica, el largo, para mí,  puente sobre el Duero. Me impresionó. En Sarnago no había río, sólo barrancos y riachuelos con pasaderas de piedra. El puente más grande que había visto era el de dos ojos sobre el Linares, apenas un riachuelo, bajando al molino o al mercado de los lunes a San Pedro Manrique. Además me contaron aquel día -el primer día también que subí a un autobús, con el pomposo título de “La Exclusiva”- que bajo el puente de Garray se unían el Duero y el Tera. Este último entregaba en este punto generosamente al río de Castilla su alma y su caudal con todas las aguas de El Valle y de la Cebollera, aportadas sobre todo por el Razón y el Razoncillo. En fin, aquí, por donde anduvo Escipión con sus legiones y donde los ríos se juntan, se bifurcan por el contrario los caminos: una carretera sigue hacia Piqueras hasta Logroño -¡ah torciendo pronto a la izquierda, la asombrosa sorpresa de Espejo de Tera!- y la otra hacia Oncala, a mis Tierras Altas de la Alcarama, en busca de la Rioja Baja. Y aquí, en esta encrucijada de caminos y civilizaciones, en este tesoro ecológico de la biodiversidad, levantan ahora, a base de ladrillo y cemento, la que llaman Ciudad del Medio Ambiente, en realidad un sueño desvanecido.

Llovía dulcemente sobre los álamos dorados y sobre el Duero cuando nos sentamos a comer en “El Goyo”, una tasca modesta en la que acostumbramos a celebrar los cumpleaños de mi hermano. Puede que influya en esta preferencia, aparte de la magia del entorno, el hecho de que nada más atrincherarnos en la mesa nos sirven siempre, sin pedirlo ni dar cuartos al pregonero, unas fragantes cazoletas de setas del cardillo y, sobre todo, un sabroso picadillo ligeramente picante, que pide a gritos un pan de hogaza y un buen crianza de Ribera del Duero. Lo de las alubias con chorizo y las chuletas de lechal o el cochinillo vendrá después.

Con la andorga llena y en buena armonía, hemos emprendido carretera y manta, camino de El Valle, la comarca que llaman la “Suiza soriana”, origen de la famosa mantequilla. El monte y los prados ofrecen un precioso paisaje otoñal a cuya belleza decadente de la tarde se une el silencio. Apenas se ve a nadie al cruzar las calles. Al parar en Valdeavellano de Tera, solo el graznido alto y lejano de un cuervo rompía el manso sonido de la lluvia en las hojas de los castaños. Ni un cencerro. Ni un mujido. Hace tiempo que apenas quedan vacas en El Valle, que es como si un día dejara de haber abejas en el colmenar. Ni niños. Impresiona tanta soledad en medio del paraíso.

Con una cesta en la mano, hemos tomado las de villadiego, cuando caía la tarde, camino de Molinos de Razón -hasta el nombre es hermoso y sugerente-, donde vive sola desde hace muchos años, en un cabaña perdida, sor Juliana, una monja belga anacoreta, de ochenta años largos, medio ciega, que lee, reza, escucha música clásica, cuida su pequeño huerto y, aunque llueva o nieve o caigan chuzos de punta, acude a misa al pueblo vecino en su vieja bicicleta, y siempre está alegre. No es extraño que sor Juliana haya elegido este lugar. Por una pista de tierra en dirección a la Cebollera hemos llegado a un delicioso paraje, por donde salta el rio Razón, un rio breve, cuyas aguas limpias acabarán, como digo, en el Duero un poco más abajo, justo en el puente de Garray. Bajo los paraguas, sin pedir permiso a nadie, hemos recogido unos puñados de fragantes níscalos rojizos entre la hojarasca, repasando a media luz, atravesada por la lluvia, un pinar alto, bordeado de robles y de hayas sueltas. Un escenario natural, primitivo, al alcance de la mano y que parece de cuento. Menos mal que no ha venido el guarda. Ya no dejan siquiera coger setas libremente. Nos sobresaltan. Quieren privarnos hasta de estas breves e inocentes escapadas a la felicidad.

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