LAS GRULLAS Y EL PETIRROJO

por elcantodelcuco

Hacía días que venía oyendo por la urbanización el inconfundible chip-chip seco y metálico del petirrojo, pero hasta esta mañana no había podido ver con mis propios ojos a este pajarillo de los meses fríos, que en Sarnago llamábamos pichente o chinchín. Por más que miraba, no había manera. Se escondía entre la maleza. A partir de ahora será uno de los habitantes de mi pequeño jardín. Es tan sociable que no tendrá inconveniente en compartir con los gorriones y con los mirlos, cuando el frío arrecie, el pan que yo les dejo en el porche. Picotea ahora en la hierba en busca de semillas o insectos, revolotea en el cerezo o en el membrillo y falta poco para que coma las migas de pan en mi propia mano. Considero al petirrojo solitario como de la familia, por eso, discúlpenme, lo trato con tanta familiaridad y le doy a su aparición tanta importancia. Tengo entendido que el “Times” de Londres acostumbra a publicar en primera página cada año la llegada del petirrojo a la costa de Inglaterra como noticia destacada y alegre en medio de tantas malas noticias de la portada. He pensado que yo no voy a ser menos.

En esas cavilaciones andaba cuando he oído el ruidoso gru-gru de las grullas. Vienen de las prósperas y frías tierras del norte de Europa y vuelven a las cálidas tierras del sur, donde pasarán el invierno. No falta mucho para que España se convierta también en acogedor invernadero para los jubilados acomodados de esa Europa norteña, más bien inhabitable en estos meses oscuros, adonde emigran ahora, a contrapelo, bandadas de jóvenes españoles en busca de trabajo y oportunidades. Pero todo ese trasiego es otra historia.

Como un resorte he salido a contemplarlas. Y allí estaban en lo alto del cielo, casi encima de mi cabeza. Volaban bajo y con estrépito: un gru-gru caótico y altisonante. Y eso que era un bando no demasiado grande. Parecían cansadas o desconcertadas. Daban vueltas como si estuvieran perdidas. Algunas se descolgaban y volvían poco después al núcleo principal del grupo. Habían dejado atrás la sierra nevada de Madrid y les costaba formar la uve característica para acometer la velocidad de crucero. Llevan en sus alas más de tres mil kilómetros, con algunos descansos imprescindibles. Seguramente han dormido esta noche pasada en la laguna salada de Gallocanta, un buen dormidero entre Daroca y Jiloca, en las últimas estribaciones del sistema ibérico, y vuelan hacia las dehesas y los campos de cultivo de Extremadura, donde los ornitólogos las fotografiarán desde el chajurdo. Algún bando se hospedará en Doñana y las más osadas se descolgarán hasta África. Mientras ellas cruzan el Estrecho por el aire, observarán abajo las pateras, como puntos negros y perdidos en el mar, que navegan a duras penas en dirección contraria. Este ir y venir de aves y personas demuestra que el mundo no es nacionalista y que sobran las fronteras y los retrógrados sueños de independencia. El reto de hoy es superar las fronteras, como hacen las grullas y los petirrojos, partidarios desde siempre de la globalización. Pero esa también es otra historia.

Eso pensaba mientras las seguía por el cielo en dirección al sur, y se iba alejando el gru-gru, hasta perderlas de vista. Me ha venido entonces al pensamiento la sospecha de que en medio del horrísono tráfico de la ciudad, que observo envuelta en humo allí en la lejanía, perdidos entre el asfalto y el cemento, es imposible disfrutar de este espectáculo emocionante y natural del paso de las grullas y, menos aún, escuchar su peculiar concierto en el cielo. Y tampoco resultará fácil recibir en la puerta de la casa en otoño la visita casi silenciosa del petirrojo, a pesar de que el avecilla se ha ido acomodando bien a los parques y jardines de la ciudad. Pero no me hagan mucho caso. Sospecho que toda esta elucubración sentimental se debe casi exclusivamente, como siempre, a la memoria de mi añorada infancia en el pueblo. ¡Ay cuántas emociones perdidas en aras del progreso! ¡Ah! Las grullas son, por lo visto, un ejemplo de fidelidad: formada la pareja, que se establece solemnemente mediante una vistosa danza nupcial con alegres saltos y piruetas, la unión es para toda la vida. En esto no hay cansancio que valga. Otra sorpresa ha sido para mí el canto del petirrojo. Yo siempre lo había reducido a su chip-chip otoñal, metálico y monótono; pero me dicen que cuando está enamorado su canto es un gorjeo musical que no difiere mucho del canto del ruiseñor. Así que, para el devaluado negocio del amor entre los humanos, el ejemplo de las grullas y los petirrojos puede resultar aleccionador y estimulante. Pero también ésta es otra historia.

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