El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2012

CORONA DE ADVIENTO 2012

 

Los grandes almacenes han encendido ya los reclamos navideños. No han esperado siquiera a la llegada del Adviento el día 2 de diciembre. Hace días que vi en el escaparate de una pastelería del centro de la ciudad el roscón de Reyes, aunque los Magos de Oriente aún no hayan emprendido el duro camino siguiendo la estrella. Posiblemente, según el Papa, que también ha considerado prescindibles en el pesebre al buey y la mula, lo de la estrella sea una llamativa conjunción de tres planetas. ¡Vaya por Dios! Al brillante teólogo alemán le sobra la poesía cuando más falta hace. Los encargados municipales han colocado también estos días las lucecitas de colores -laicas, por supuesto- en las calles de la ciudad, mientras los mendigos siguen durmiendo bajo el puente entre cartones esta noche heladora y una pareja de emigrantes han sido desahuciados de su piso esta tarde y no encuentran posada. Este año, todo hay que decirlo, las luces sufren algunas restricciones por culpa de la crisis. Mal debemos de andar cuando hay que recortar las luces de Navidad, ahorrarnos el buey y la mula en el belén y suprimir el hermoso milagro de la estrella. A quién le puede extrañar que la gente ignore ya lo que celebra y que muchos jóvenes españoles no sepan siquiera, según las encuestas, quién es Jesucrito.

De niño en el pueblo, la primera noticia del Adviento me la proporcionaba don Florencio, el maestro, un hombre mayor, calvo y piadoso, con una sobrina morena, lozana y con trenzas que a mí me llamaba poderosamente la atención. En estas fechas utilizaba don Florencio el relato evangélico de los cuatro domingos de Adviento para ponernos el dictado semanal. Aún guardo en la pequeña arqueta aquerada de mis recuerdos aquel cuaderno azul. No sé por qué, pero aseguro que aquellos dictados de Adviento en la voz tranquila del maestro me producían una emoción especial, que renace cuando, ya mayor, vuelvo a imaginarme a Juan Bautista vestido de pieles en el desierto, comiendo langostas y miel silvestre. A mis nueve años se me antojaba un personaje vigoroso y de una pieza, como El Dios de Valdenegrillos, que predicaba imperativamente junto al rio Jordán: “Allanad los montes, preparad los caminos”. Y luego, bajando la voz, reconocía humildemente: “El que viene detrás de mí es mucho mayor que yo. Yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”… Luego he sabido que era el anuncio de algo nuevo, sorprendente, que iba a cambiar la historia de la humanidad. Para mí aquello era el primer barrunto de la anhelada Navidad que se acercaba, en que no habría escuela, parirían las ovejas en la majada los tiernos caloyos, seguramente nevaría, colgarían los carámbanos de los tejados y nosotros recorreríamos las calles con las zambombas cantando villancicos, los villancicos de los pastores, y pidiendo el aguinaldo.

Puede que porque me voy haciendo viejo o porque soy de pueblo, el hecho es que a mí me gusta cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento. Pero ¿quién compra ya nabos en Adviento? Ahora, con el progreso, los invernaderos, los avances en las comunicaciones y, sobre todo, el imperante espíritu laico, las fiestas han perdido su sentido original y todo parece que está manga por hombro. Si lo ordena el dios mercado, se baila la fecha de las fiestas o simplemente se suprimen en aras de la productividad. Si nos descuidamos, pronto el Jueves Santo caerá en lunes, como han pretendido algunos, y la Navidad en Pentocostés, que hace mejor tiempo. El baile de las fiestas es en algunos casos, además de otras cosas, un grave atentado cultural. Lo de menos es que la cesta de la compra rompa la antigua norma de abastecerse de los productos de temporada, porque ahora todos están disponibles todo el año y ya no se hacen apenas distinciones. ¡Una pena! En el pueblo cada día señalado disponía invariablemente del menú que le correspondía. Las comidas y los ritos se repetían milimétricamente año tras año. Si me apuran, se repetían hasta las conversaciones de la sobremesa. Ahora todo eso ha saltado por los aires. Es natural. Lo peor de todo es que la gente celebra no sabe qué y confunde el culo con las témporas. Por ejemplo, ¿quién pone en el salón de su casa la “corona de Adviento”, hecha de muérdago y acebo, con las cuatro velas bendecidas, una para cada domingo, que significan, según tengo entendido, amor, paz, tolerancia y fe? Es más moderno poner un ridículo papá Noel en la pared colgado de la ventana con un saco al hombro. En estas reflexiones andaba yo perdido cuando ha sonado mi móvil y me ha cortado el hilo del relato y casi la respiración. ¿Esperaba una señal del cielo? ¿El mensaje de un ángel? ¡Pues ahí lo tenía! Es un mensaje que me llega de Níger, en el corazón de África. Dice así:

“Escandaloso” la cifra de hombres y mujeres que mueren de HAMBRE y SED en distintas partes del mundo. Aquí mismo en NIGER donde estamos equipando con ayudas de España un Hospital. Es tremendo saber que mueren al año más de TRESCIENTOS MIL NIÑOS de hambre. Estamos ante la peor guerra, “el fatalismo de la pobreza”. El mundo espera un milagro. La globalización de la solidaridad y un mundo más justo es posible. Gracias por sentirte cerca de estos proyectos. Besos y bendiciones de estos niños y mios. P. Ángel. Mensajeros de la Paz.

Aseguro que ha ocurrido tal como lo cuento. En el instante justo que digo. De pronto he encontrado el espíritu de la Navidad que andaba buscando a tentones, torpemente. Ha sido como un milagro.

 

 

 

 

EL CUCO NO HA MUERTO

 

Hace de esto un año y parece que fue ayer; pero nos han salido canas desde entonces. El cuco cantó en otoño; o sea, a destiempo. Quizá por eso no ha podido anunciarnos, como pretendía, ninguna primavera. Todo son desde entonces, y desde mucho antes, malas noticias. Los pueblos siguen muriendo. Se van los últimos testigos, como el Moisés Casinadie, de Valdegeña, el hombre que lo veía venir. Cierran las escuelas. En la ciudad doblan la esquina las colas del paro. Arde la protesta en la calle. Los más intrépidos huyen a otro país en vuelos de bajo coste. La gente ha dejado de creer a los políticos y a los periódicos. Sólo ha aumentado la fe en la familia y en Cáritas, porque a la fuerza ahorcan. Se aleja del corazón de muchos el sueño de Europa. Abajo en la cocina suenan los albañiles. Soy un privilegiado a pesar de tener un año menos por delante. Me asomo a la ventana. El jardín está cubierto de hojas secas y me acuerdo de que nadie ha retejado siquiera la casa de Sarnago. ¿Resistirá el invierno? Manos crispadas de unos caudillos locos agitan estrelladas banderas regionales de ruptura y de sangre. El viejo reloj de pared, fuera de su lugar natural, sigue parado en sombra, en humo, en sueño. Y se oye, desde su Castilla natal, la voz opaca y quebrada de León Felipe, como un hacha:

¿Por qué habéis dicho todos

que en España hay dos bandos

si aquí no hay más que polvo?

Me diréis que para este viaje no hacían falta alforjas, que para instalarse en el bosque y emborronar la noche cubriéndola de elegía y nostalgia, más valdría olvidarse del cuco, heraldo de la primevera y de la madrugada, y llamar a este blog “el canto del búho” por ejemplo, o, mejor aún, el del alcaraván o pájaro de los muertos, que en mi pueblo llamábamos, como tengo dicho, “fanflorí”. El cu-cu tiene poco que ver con el gori-gori. En realidad, ante la muerte de los pueblos y ante la muerte en general lo mejor sería el silencio. Pero, en un ejercicio de inconsciencia colectiva, habéis querido que el cuco siga cantando aquí, insistiendo en su cu-cu rutinario, aunque no venga a cuento. Seguramente, confesadlo, porque os trae recuerdos de cuando entonces, recuerdos del pueblo, tan cercano y tan lejos; os acerca al bosquecillo junto a los prados, los huertos y la cañada donde suenan los cencerros del ganado. Os trae el sonido de las campanas y el glu-glu del cántaro en la fuente. A algunos nos hace re-vivir y nos ayuda a soñar, a pesar de la advertencia de Flaubert de que los sueños son la sirena de las almas: ella canta, nos llama, la seguimos y jamás regresamos. Más de una vez he tenido esa sensación del no-regreso. Os prometo que regresaremos. Interpreto que lo que queréis la mayoría es que no se pierda la memoria, aunque sea imposible reprimir la nostalgia. Yo os comprendo. Lo peor que puede pasar es perder la memoria. ¿Os imagináis un pueblo sin memoria, una generación con alzhéimer colectivo?

Puede que ya esté ocurriendo. Así que el cuco sigue. Vosotros lo habéis querido. Quiera Dios que pueda anunciar pronto tiempos mejores. Su querencia seguirá estando en las Tierras Altas de Soria, al abrigo de la sierra de la Alcarama. Este es su espacio natural al que volverá siempre. Huirá, eso sí, como de la peste, de los “violentos entusiasmos regionales” y del vuelo corto dentro de un local cercado de paredes. Su cu-cu ha tenido siempre vocación universal. Cuando al pajarraco se le antoje o la vida le incite, o le incitéis vosotros mismos, saldrá de su paisaje acostumbrado y, si es preciso, se meterá en camisa de once varas y pondrá el huevo en otros nidos. Igual que apreciáis su canto, que es siempre el mismo y no cansa y alegra como si se escuchara por primera vez, mostraos comprensivos y, si podéis, alegres con mi voz monocorde y reiterativa, siempre igual y, si Dios me ampara en este trance, siempre nueva.

EL CUMPLEAÑOS

“El canto del cuco” cumple un año. Esta es la entrada número 50, lo que da, de media, una entrada por semana. He superado en este tiempo momentos de desánimo y de pereza gracias a vuestra acogida. La emocionante fidelidad de muchos de vosotros me ha obligado a seguir. Me he sentido empujado en este tiempo sin posibilidad de escapatoria. Un fuerte viento me ha animado a tomar la horca de madera y aventar la parva separando el trigo de la paja. He ido recorriendo ordenadamente los meses y las estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos agonizantes, por la belleza pintoresca de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la naturaleza perdida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y huir a la ciudad. Mi memoria y mi corazón, desbocado como un potro en la dula, se han ido inconteniblemente a Sarnago, la patria de mi infancia, en las Tierras Altas de Soria. Alguien, he pensado, tenía que entonar el gori-gori por una cultura milenaria que muere entre la indiferencia general.

He tratado de rescatar el paisaje, que, como dice Amiel, es “un estado del espíritu”, y también las palabras, las hermosas palabras del pueblo. He vuelto a escuchar el lenguaje de los pájaros y de la tierra. Me he acercado a los tipos humanos de carne y hueso: al Zacarías y la Romana de Valdenegrillos, al Calonge de San Pedro, al Isidro y al Moisés de Valdegeña…He subido a la Alcarama. He vuelto a ver salir humo de las chimeneas. He contemplado la primera nevada. He asistido a la corta de la leña en la dehesa. He recordado el amor de los abuelos. He ayudado a don Matías a poner el belén, y la noche de San Silvestre he estado en la fuente o en el cuartecillo sorteando los novios. He pasado muchos ratos en la cocina encendida. He vuelto a ver la gran nevada cubriendo las ruinas del pueblo como un piadoso sudario. He seguido en el cielo el paso y la vuelta de las grullas. Me he encontrado en la puerta con el afilador. Como de niño, he vuelto a oler a támbara y a pan: el pan nuestro recién sacado del horno. He consultado el Calendario Zaragozano. He recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo. He plantado un huerto con mi propia mano. He bailado en la fiesta de las móndidas. He defendido la escuela rural con todas sus consecuencias. He escrito una fábula tremenda. He recordado aquellas vacaciones. He recorrido la rastrojera calcinada de agosto y he acarreado y trillado la cosecha. He contado indiscretamente que mi abuelo Alejandro tenía un burro. He maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos. He contemplado el otoño dorado de Sara. He subido al pinar, junto al rio Razón, con una cesta a recoger níscalos. En resumidas cuentas, he viajado todo el año en el tiempo y en el espacio. Y lo he hecho en buena compañía.

Ahora, llegado a este punto, estoy perplejo y dubitativo. Aquí se cierra el círculo. ¿Qué hago ahora? Por lo pronto, he pensado que las cincuenta entradas del “Canto del cuco”, que recorren un año entero, como cincuenta hojas arrancadas al calendario, estaría bien agavillarlas en un libro con las correcciones, añadidos, supresiones y adaptaciones precisas. O sea, después de pasarles la garlopa y darles una ligera mano de pintura. Sería un libro con una cuidada edición. Hace tiempo que le doy vueltas a la cabeza. He pensado además en un curioso añadido de propina, que servirá de complemento y acaso de principal razón de ser de este cuaderno gris mio y cuyo secreto guardo pudorosamente por ahora. Lo que digo es que he recorrido el ciclo completo de las estaciones y que, por arte de birlibirloque, a mis tres libros de la Alcarama les ha salido un florido estrambote. Y en, esta encrucijada, no sé bien qué camino seguir. De un lado, me da miedo ser cargante dando vueltas al mondongo, y de otro, la actualidad está que arde, lo que supone una poderosa tentación para un viejo periodista como yo. Creo que, al final, haré como mi abuelo  Natalio, según tengo contado, que se apeó del caballo en un cruce de caminos, echó una moneda al aire, le salió cara y se volvió a Valdemoro a declararse a mi abuela.

EL VÍDEO DE VALDEGEÑA

 

Valdegeña es un pueblo soriano en la linde de las Tierras Altas, situado en las faldas del Madero. Allí termina la Sierra y se abre el llano. Está cerca del nacimiento del Alhama y a menos de tres leguas de Numancia. Cerca pasaba una importante via romana. No es difícil toparse por estos caminos atravesando el encinar a lomos de una mula en una noche de tormenta con fantasmas de templarios, que bajan, según dicen, de las ruinas de la ermita de San Andrés. También puede suceder que tropieces por estos pagos, bajo un majano en medio de la pìeza, como le ocurrió a don Francisco Benito Delgado en 1891, con un poblado enterramiento prehistórico. Enfrente se ven, al pie del Moncayo, los campos de Araviana, donde perecieron vilmente, por culpa de una traición, los siete infantes de Lara. Apenas quedan en el pueblo medio centenar de habitantes. En los últimos tiempos Valdegeña ha adquirido justa fama por ser la patria de Avelino Hernández, el de La Sierra del Alba, que desbrozó los caminos ignorados de estas Tierras Altas.

Viene todo esto a cuento de que he recibido un vídeo de Valdegeña, que me envía Pedro Hernández Valer, cuyas raíces personales no están lejos de este lugar, y que quiero compartir con todos. Estas son las señas para acceder al video. Pinchad en este enlace: os sorprenderéis. Después de verlo y escucharlo, me he dado cuenta de que no vale la pena ofrecer explicaciones ni ocurrencias personales. Es un concluyente documento sobre la cultura rural y sobre la muerte de esta cultura, que se me antoja más elocuente -esta vez, sí- que mil palabras. Trasluce el abandono secular, la limitada instrucción de que disfrutaron en la escuela aquellas generaciones, las penurias pasadas y la muerte anunciada de los pueblos.

Está grabado en 2007, hace cinco años. Eran tiempos, si recuerdan, en que aquí, en la Villa y Corte, se negaba con gran desparpajo que el lobo de la crisis enseñaba ya sus colmillos afilados en el monte cercano. Sus autores son Olga Latorre y Juan Zarza, que entrevistan, elocuentemente mudos,  al Isidro y al Moisés, dos campesinos con boina, cargados de años y de sabiduría que cuentan su vida, perfectamente reflejada en este aguafuerte hecho con unos pocos y certeros trazos vigorosos y, de paso, avisan, con enorme sentido común y lógico desprecio de los economistas profesionales, de lo que iba a venir. ¡Cuánta sabiduría oculta! ¡Cuánto talento natural desaprovechado! A mí el vídeo me traslada inmediatamente a El cielo gira, de Mercedes Álvarez, película rodada en Aldealseñor, el pueblo de la autora, moribundo como casi todos, asentado no lejos de Valdegeña. Y me remonta inevitablemente  a mi infancia en Sarnago, donde descubrí para siempre el copioso saber que almacenan las gentes del campo.

En unos tiempos en que el mundo es joven y se lleva arrinconar a los viejos como trastos mudos e inútiles -hace tiempo que ni siquiera se les cede el asiento en el Metro o en el autobús-, quiero dar voz aquí, y reconocimiento, al Isidro y al Moisés de Valdegeña. Traigo en mi defensa a Machado, que se enamoró de una niña cerca de aquí y que advirtió por si acaso:

Cuando oigas consejas viejas,

agudiza las orejas.