EL CUCO NO HA MUERTO

por elcantodelcuco

 

Hace de esto un año y parece que fue ayer; pero nos han salido canas desde entonces. El cuco cantó en otoño; o sea, a destiempo. Quizá por eso no ha podido anunciarnos, como pretendía, ninguna primavera. Todo son desde entonces, y desde mucho antes, malas noticias. Los pueblos siguen muriendo. Se van los últimos testigos, como el Moisés Casinadie, de Valdegeña, el hombre que lo veía venir. Cierran las escuelas. En la ciudad doblan la esquina las colas del paro. Arde la protesta en la calle. Los más intrépidos huyen a otro país en vuelos de bajo coste. La gente ha dejado de creer a los políticos y a los periódicos. Sólo ha aumentado la fe en la familia y en Cáritas, porque a la fuerza ahorcan. Se aleja del corazón de muchos el sueño de Europa. Abajo en la cocina suenan los albañiles. Soy un privilegiado a pesar de tener un año menos por delante. Me asomo a la ventana. El jardín está cubierto de hojas secas y me acuerdo de que nadie ha retejado siquiera la casa de Sarnago. ¿Resistirá el invierno? Manos crispadas de unos caudillos locos agitan estrelladas banderas regionales de ruptura y de sangre. El viejo reloj de pared, fuera de su lugar natural, sigue parado en sombra, en humo, en sueño. Y se oye, desde su Castilla natal, la voz opaca y quebrada de León Felipe, como un hacha:

¿Por qué habéis dicho todos

que en España hay dos bandos

si aquí no hay más que polvo?

Me diréis que para este viaje no hacían falta alforjas, que para instalarse en el bosque y emborronar la noche cubriéndola de elegía y nostalgia, más valdría olvidarse del cuco, heraldo de la primevera y de la madrugada, y llamar a este blog “el canto del búho” por ejemplo, o, mejor aún, el del alcaraván o pájaro de los muertos, que en mi pueblo llamábamos, como tengo dicho, “fanflorí”. El cu-cu tiene poco que ver con el gori-gori. En realidad, ante la muerte de los pueblos y ante la muerte en general lo mejor sería el silencio. Pero, en un ejercicio de inconsciencia colectiva, habéis querido que el cuco siga cantando aquí, insistiendo en su cu-cu rutinario, aunque no venga a cuento. Seguramente, confesadlo, porque os trae recuerdos de cuando entonces, recuerdos del pueblo, tan cercano y tan lejos; os acerca al bosquecillo junto a los prados, los huertos y la cañada donde suenan los cencerros del ganado. Os trae el sonido de las campanas y el glu-glu del cántaro en la fuente. A algunos nos hace re-vivir y nos ayuda a soñar, a pesar de la advertencia de Flaubert de que los sueños son la sirena de las almas: ella canta, nos llama, la seguimos y jamás regresamos. Más de una vez he tenido esa sensación del no-regreso. Os prometo que regresaremos. Interpreto que lo que queréis la mayoría es que no se pierda la memoria, aunque sea imposible reprimir la nostalgia. Yo os comprendo. Lo peor que puede pasar es perder la memoria. ¿Os imagináis un pueblo sin memoria, una generación con alzhéimer colectivo?

Puede que ya esté ocurriendo. Así que el cuco sigue. Vosotros lo habéis querido. Quiera Dios que pueda anunciar pronto tiempos mejores. Su querencia seguirá estando en las Tierras Altas de Soria, al abrigo de la sierra de la Alcarama. Este es su espacio natural al que volverá siempre. Huirá, eso sí, como de la peste, de los “violentos entusiasmos regionales” y del vuelo corto dentro de un local cercado de paredes. Su cu-cu ha tenido siempre vocación universal. Cuando al pajarraco se le antoje o la vida le incite, o le incitéis vosotros mismos, saldrá de su paisaje acostumbrado y, si es preciso, se meterá en camisa de once varas y pondrá el huevo en otros nidos. Igual que apreciáis su canto, que es siempre el mismo y no cansa y alegra como si se escuchara por primera vez, mostraos comprensivos y, si podéis, alegres con mi voz monocorde y reiterativa, siempre igual y, si Dios me ampara en este trance, siempre nueva.

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