CORONA DE ADVIENTO 2012

por elcantodelcuco

 

Los grandes almacenes han encendido ya los reclamos navideños. No han esperado siquiera a la llegada del Adviento el día 2 de diciembre. Hace días que vi en el escaparate de una pastelería del centro de la ciudad el roscón de Reyes, aunque los Magos de Oriente aún no hayan emprendido el duro camino siguiendo la estrella. Posiblemente, según el Papa, que también ha considerado prescindibles en el pesebre al buey y la mula, lo de la estrella sea una llamativa conjunción de tres planetas. ¡Vaya por Dios! Al brillante teólogo alemán le sobra la poesía cuando más falta hace. Los encargados municipales han colocado también estos días las lucecitas de colores -laicas, por supuesto- en las calles de la ciudad, mientras los mendigos siguen durmiendo bajo el puente entre cartones esta noche heladora y una pareja de emigrantes han sido desahuciados de su piso esta tarde y no encuentran posada. Este año, todo hay que decirlo, las luces sufren algunas restricciones por culpa de la crisis. Mal debemos de andar cuando hay que recortar las luces de Navidad, ahorrarnos el buey y la mula en el belén y suprimir el hermoso milagro de la estrella. A quién le puede extrañar que la gente ignore ya lo que celebra y que muchos jóvenes españoles no sepan siquiera, según las encuestas, quién es Jesucrito.

De niño en el pueblo, la primera noticia del Adviento me la proporcionaba don Florencio, el maestro, un hombre mayor, calvo y piadoso, con una sobrina morena, lozana y con trenzas que a mí me llamaba poderosamente la atención. En estas fechas utilizaba don Florencio el relato evangélico de los cuatro domingos de Adviento para ponernos el dictado semanal. Aún guardo en la pequeña arqueta aquerada de mis recuerdos aquel cuaderno azul. No sé por qué, pero aseguro que aquellos dictados de Adviento en la voz tranquila del maestro me producían una emoción especial, que renace cuando, ya mayor, vuelvo a imaginarme a Juan Bautista vestido de pieles en el desierto, comiendo langostas y miel silvestre. A mis nueve años se me antojaba un personaje vigoroso y de una pieza, como El Dios de Valdenegrillos, que predicaba imperativamente junto al rio Jordán: “Allanad los montes, preparad los caminos”. Y luego, bajando la voz, reconocía humildemente: “El que viene detrás de mí es mucho mayor que yo. Yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”… Luego he sabido que era el anuncio de algo nuevo, sorprendente, que iba a cambiar la historia de la humanidad. Para mí aquello era el primer barrunto de la anhelada Navidad que se acercaba, en que no habría escuela, parirían las ovejas en la majada los tiernos caloyos, seguramente nevaría, colgarían los carámbanos de los tejados y nosotros recorreríamos las calles con las zambombas cantando villancicos, los villancicos de los pastores, y pidiendo el aguinaldo.

Puede que porque me voy haciendo viejo o porque soy de pueblo, el hecho es que a mí me gusta cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento. Pero ¿quién compra ya nabos en Adviento? Ahora, con el progreso, los invernaderos, los avances en las comunicaciones y, sobre todo, el imperante espíritu laico, las fiestas han perdido su sentido original y todo parece que está manga por hombro. Si lo ordena el dios mercado, se baila la fecha de las fiestas o simplemente se suprimen en aras de la productividad. Si nos descuidamos, pronto el Jueves Santo caerá en lunes, como han pretendido algunos, y la Navidad en Pentocostés, que hace mejor tiempo. El baile de las fiestas es en algunos casos, además de otras cosas, un grave atentado cultural. Lo de menos es que la cesta de la compra rompa la antigua norma de abastecerse de los productos de temporada, porque ahora todos están disponibles todo el año y ya no se hacen apenas distinciones. ¡Una pena! En el pueblo cada día señalado disponía invariablemente del menú que le correspondía. Las comidas y los ritos se repetían milimétricamente año tras año. Si me apuran, se repetían hasta las conversaciones de la sobremesa. Ahora todo eso ha saltado por los aires. Es natural. Lo peor de todo es que la gente celebra no sabe qué y confunde el culo con las témporas. Por ejemplo, ¿quién pone en el salón de su casa la “corona de Adviento”, hecha de muérdago y acebo, con las cuatro velas bendecidas, una para cada domingo, que significan, según tengo entendido, amor, paz, tolerancia y fe? Es más moderno poner un ridículo papá Noel en la pared colgado de la ventana con un saco al hombro. En estas reflexiones andaba yo perdido cuando ha sonado mi móvil y me ha cortado el hilo del relato y casi la respiración. ¿Esperaba una señal del cielo? ¿El mensaje de un ángel? ¡Pues ahí lo tenía! Es un mensaje que me llega de Níger, en el corazón de África. Dice así:

“Escandaloso” la cifra de hombres y mujeres que mueren de HAMBRE y SED en distintas partes del mundo. Aquí mismo en NIGER donde estamos equipando con ayudas de España un Hospital. Es tremendo saber que mueren al año más de TRESCIENTOS MIL NIÑOS de hambre. Estamos ante la peor guerra, “el fatalismo de la pobreza”. El mundo espera un milagro. La globalización de la solidaridad y un mundo más justo es posible. Gracias por sentirte cerca de estos proyectos. Besos y bendiciones de estos niños y mios. P. Ángel. Mensajeros de la Paz.

Aseguro que ha ocurrido tal como lo cuento. En el instante justo que digo. De pronto he encontrado el espíritu de la Navidad que andaba buscando a tentones, torpemente. Ha sido como un milagro.

 

 

 

 

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