El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2012

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

4,329 films were submitted to the 2012 Cannes Film Festival. This blog had 21.000 views in 2012. If each view were a film, this blog would power 5 Film Festivals

Haz click para ver el reporte completo.

MEDITACIÓN DE FIN DE AÑO

 

Despedimos al bisiesto y saludamos al 13. La realidad es mala y los augurios no parecen buenos. No hay demasiado motivo para las celebraciones. En esta obligada meditación de fin de año, que invita al balance y al recuerdo, me vuelvo como de costumbre a los años de la infancia. Desde niño me impresionó, sin acertar entonces a definirlo, el estoicismo de las gentes del campo.Veo los rostros oscuros y arrugados de los hombres del pueblo y la cara envejecida prematuramente de aquellas mujeres enlutadas con el pañuelo cubriendo la cabeza. Observo su noble serenidad, su entereza y su permanente resignación. Cuando la cosecha se malograba por culpa de la sequía o del pedrisco, el campesino se limitaba a decir moviendo la cabeza: “Mal año, ha venido mal año”. No decía más. Si a las ovejas les entraba la basquilla, que diezmaba el rebaño, murmuraba: “Una desgracia tras otra”. Lloraba a escondidas y seguía yendo a misa la mañana del domingo y jugando a la baraja en la taberna por la tarde. Resistió mientras pudo. Por dentro, maldecía su suerte y su estampa, pero no daba cuartos al pregonero porque en su hambre mandaba él, como es sabido, y de otras peores había salido. Al día siguiente, con la escarcha, uncía las caballerías y volvía silenciosamente a la barbechera a probar suerte otro año más, como siempre. Por el camino canturreaba y echaba cuentas. No servía de nada quejarse ni escupir al cielo, del que en realidad dependía, como los pájaros y las mariposas. Tenía que seguir confiando en la tierra, en el sol y en las nubes.

Nunca se fió de los políticos. Soy testigo de ello. Es verdad que entonces, en la posguerra, la política era un instrumento de dominio sobre el pueblo, sin que éste tuviera arte ni parte en su propio destino. Además, la política estaba manchada de sangre. “Hijo, no te metas en política”, me advertía mi madre cada año cuando volvía de la Universidad, que estaba rodeada por los “grises”. Lo que había entonces era miedo, que obligaba al silencio y empujaba a la resignación. Aquellos tiempos han cambiado afortunadamente. Hubo una generación de políticos dignos que pusieron las bases de la convivencia democrática en España. Pero con el tiempo el sistema se ha ido degradando y ha vuelto, en el pueblo, la desconfianza hacia la política y hacia los políticos casi como entonces. Cuando acaba el año, este es, con razón, uno de los grandes motivos de preocupación. La crisis política e institucional es a la larga más grave que la crisis económica que nos atormenta y que tanto sufrimiento está generando en nuestra sociedad. Los intereses nacionales vuelven a prevalecer en Europa sobre el proyecto común. Europa vuelve a estar de rodillas ante Alemania, como cuando entonces. La solución a los problemas sociales y económicos ha de ser política o no habrá solución. La agudización de los movimientos disgregadores en España, tan irracionales, tan diabólicamente inoportunos, tan incordiantes, no hacen más que echar leña al fuego. Etcétera. Confiemos en que no se levante en España, como ha venido ocurriendo periódicamente y recordaba Manuel Azaña, un viento de locura que se lleve todo por delante.

Lo que aseguro hoy con palabra de campesino, contra viento y marea, cuando acaba este maldito año bisiesto, es que España tiene problemas, pero que la solución está en nuestras manos. Podemos salir adelante y vamos a salir. No es un ejercicio de falso optimismo. Conozco a este pueblo. Lo he aprendido de los campesinos, que esperan siempre contra toda esperanza, y del cordobés Séneca, que advierte: “El espíritu angustiado por el futuro es calamitoso”. O esto otro: “Si eres hombre, fíjate en quienes, aunque hayan fracasado, han emprendido grandes cosas”. Personalmente -permítanme esta confidencia- tengo un motivo adicional para la esperanza: Carmen, la mujer de mi hijo Rodrigo, ha salido ya de cuentas y Roque, mi nieto, está a punto de nacer. Se ha empeñado en ver la luz en el quicio del año bisiesto y del año 13. Para mí es un buen presagio. Todo lo ilumina, y todo lo demás se me difumina.

LA COMIDA DE NAVIDAD

La cena de Nochebuena reunía a la familia en la cocina en torno al fuego, lo que no era una novedad. En invierno, como tengo dicho, se hacía la vida en la cocina. Lo que podía ser nuevo es que ese día, tan señalado y tan esperado por nosotros los niños, la concurrencia era mayor. No era extraño que congregara esa noche a parientes lejanos y a seres arrimados y solitarios, que buscaban el calor del hogar. Fuera nevaba casi con toda seguridad, en la plaza los mozos acometían el triscado o baile de los pastores y en la calle sonaban los almireces y las zambombas. Y, desde luego, la novedad principal es que esa noche había cena especial. Cada día comprendo más la importancia cultural de la gastronomía en el mundo rural. En aquella sociedad de subsistencia, la comida podía considerarse el centro de la vida humana. Una buena comida era un regalo que redimía de la miserable existencia.

En mi casa, si no me engaña la memoria, lo característico de la cena de Nochebuena era el cardo, traído por los trujaleros, de Cintruénigo o de Tudela, y el congrio en salsa, que preparaba admirablemente la abuela. Algún año, con suerte, había besugo, y si no, debíamos conformarnos con abadejo o con los chicharros que traía el Mario de San Pedro en cajas con hielo. Esos eran los manjares extraordinarios de ese día. El complemento inevitable, con la matanza reciente colgada en varas en el ennegrecido techo de la cocina, era el cerdo: los chomarros de solomillo en la brasa, la oronda morcilla dulce con pasas, asada en la parrilla hasta reventar de gusto, y las sabrosas güeñas. El turrón se reducía a unas barritas de guirlache y algún mazapán de Soto. Al de Jijona o de Alicante no se le hincaba el diente ni se echaba mucho en falta. Se compensaba con un terrizo de rosquillos y, con suerte, un cunacho de olorosas manzanas de Aguilar. Pero lo que no podía faltar era el “perolo”, puchero de vino rebajado con agua y cocido con azúcar, frutas y canela, que nos ponía a todos, chicos y grandes, alegres, parlanchines y hasta un poco chispos o calamocanos. Ni que decir tiene que en Sarnago no se conocía el champán ni se había oído hablar del invento catalán del cava. Si a algún titirivaina se le hubiera ocurrido mencionarlo entonces, habría sido calificado de bocarán o cantamañanas y habría sido objeto de la rechifla general.

Era de rigor desayunar el día 25 un calderillo de migas canas, y en la comida de la pascua de Navidad -un día es un día- se servía el mejor recental de la majada, si es que no se sacrificaba, cuando se presumía que la mesa familiar iba a estar muy concurrida, la machorra más lustrosa del rebaño, que se preparaba debidamente estrazada y se servía, después de probar las sabrosas gordillas, en deliciosa caldereta, bien aromada de especias. Luego, los mayores jugaban al guiñote y los niños, al zarramoco en el pajar.

Ahora sé que aquellos campesinos tenían, aun contando los merecidos excesos de la Navidad, lo que ahora se llama “alimentación ética”: comían productos de temporada, que no habían sido tratados con insecticidas en el caso de las plantas ni con piensos artificiales de engorde en el caso de los animales; consumían carne, leche y huevos de animales que habían vivido en libertad sin ser maltratados, y, por supuesto, no podía haber más cercanía entre el productor y el consumidor, puesto que generalmente era el mismo o, como mucho, el productor era el vecino del pueblo de al lado. A eso se reducía la cadena alimenticia. Ahora he leído que los alimentos importados que abastecen nuestros supermercados, recorren una media de 5.000 kilómetros, con el consiguiente derroche de energía y de contaminación. (Vengo ahora de uno de estos supermercados donde he visto cajas de cerezas de Chile para estas Navidades a veintiueve euros el kilo). Me ha impresionado conocer, por ejemplo, que España importa el ochenta y siete por ciento de los garbanzos que consumimos, cuando tradicionalmente éramos exportadores de esta nutritiva y sabrosa legumbre, que tiene su capital en Fuentesaúco. “En toda tierra de garbanzos”, era una de las frases más repetida en mi pueblo para indicar que aquí en cualquier alcudia se criaban garbanzos. Yo mismo los he desgranado cada año de pequeño al final del verano. Pues ya ven, con la globalización España ha dejado de ser tierra de garbanzos. Pronto arramblará la globalización, si es que no lo ha hecho ya, con ciertas cosas antiguas excelsas e incomparables de las distintas comarcas, y unas cuantas multinacionales nos dictarán, queramos o no, el menú de la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, y sentarán a nuestra mesa a Santa Claus y a Papá Noel, esos extraños personajes.

¡Feliz Navidad a todos!

¿NOS VAMOS AL PUEBLO?

El País Semanal, la revista del domingo con cientos de miles de ejemplares, dedicó su portada el pasado día 9, y su amplio reportaje central, al fenómeno social de la vuelta de la ciudad al pueblo. Era el tema-estrella del periódico, lo que indica que la cosa va en serio. La estampa es atractiva, conmovedora. En la portada aparecen paseando por el monte Jon Beltrán con su hijo Goran de cuatro meses en brazos y Virginia, su compañera, con el hijo de esta, Mateo, un hermoso muchacho, a su lado. Se les ve felices. Jon, pintor de profesión, un urbanita vasco natural de Algorta, ha vivivido en Madrid, en el barrio de Malasaña, y Barcelona. Virginia, italiana, vivía en Zarzalejo (Madrid), 1500 habitantes, cuando se enamoraron, y Jon no se ha arrepentido de irse al pueblo con ella. Confiesa que está encantado de haber dado este paso. En este caso, por amor, que es una buena razón. Ya se sabe: tiran más dos tetas que dos carretas.

Pero hay gente para todo. Marcus Stratton, inglés, panadero de profesión, y Marta Flández, del barrio madrileño de Carabanchel, se conocieron en Dublín, recorrieron Europa en furgoneta hasta que recalaron en el pueblo madrileño de Santa María de la Alameda, donde él ha montado un horno de pan ecológico que reparte por los alrededores. “Recibimos de la tierra lo que necesitamos -dice Marta-. En el bosque cogemos leña y en casa tenemos un aljibe para recoger el agua de lluvia”. Tomás López y María Ángeles Piñero, cincuentones, con su hijo Dennis, de 20 años, cerraron la fábrica de zapatos en Alicante, por culpa de la crisis, y viven en  Alcubilla de Avellaneda (Soria), donde tienen una casa rural y un huerto, además de regentar el bar del pueblo. “Nunca habíamos trabajado en la hostelería ni en el huerto; pero hay que transformarse”. Carlos Hernández y Elena Rodao, eran funcionarios interinos en Segovia -ordenanzas, los dos- un puesto inseguro con los recortes; pensaron en una quesería o una panadería ecológica. Al final se quedaron en Tardelcuende (Soria), junto al pinar, con una tienda “de ultramarinos”, que en realidad vende de todo. Aseguran que son allí muy felices por la buena acogida de la gente. En los desfallecientes pueblos de Soria se recibe al que llega con los abrazos abiertos. A Luis Montalvo, empresario, 50 años, le iba bien en la vida: tenía mujer, hijos, un próspero negocio de transportes y una magnífica casa. No podía quejarse. Pero no podía más. El estrés lo mataba. Un médico le dijo “basta”, y la puntilla fue la muerte de uno de sus hijos, de 9 años, de cáncer. “Le dije a mi familia -confiesa- que me acompañaran al campo, no les gustó la idea y yo rompí con todo”. Vive en Fresno de la Fuente (Segovia) donde ha levantado un centro de ocio, al que le ha puesto el nombre de su hijo muerto. Allí ha rehecho su vida sentimental y tiene una hija de dos años. Manuel García, arquitecto, 40 años, nacido en Múnich, y su mujer Julia Ahvenainen, ingeniera, a la que conoció en Aquisgrán siendo estudiantes de Erasmus, estaban hartos de Madrid, dieron muchas vueltas en busca de un lugar para vivir, hasta que descubrieron Maderuelo (159 habitantes) compraron una parcela junto a un parque natural precioso, cerca de un pantano, y construyeron allí su casa, “más barata que el piso de la ciudad”.

Basten estas historias como muestra. Para dejar la ciudad e irse al campo hay, como se ve, múltiples motivos: la supervivencia en tiempo de crisis, el estrés, la desesperación, la necesidad de un cambio radical de vida, la llamada de la naturaleza, la búsqueda espiritual de uno mismo, el teletrabajo, el insoportable coste de la vida en la ciudad… Pero hay que tener claras las ideas y no es recomendable largarse con una mano delante y otra detrás, a la buena de Dios. El cambio puede ser duro y cuesta aclimatarse al silencio, al ritmo lento y a la monotonía. “Abraza la Tierra” es una organización sin ánimo de lucro que se ocupa de frenar la despoblación de los pueblos y favorecer la emigración a las zonas rurales. ¡Bendita sea! No dan trabajo, pero orientan y ayudan gratuitamente en los trámites a los que deciden dejar la ciudad y cambiar de aire, un aire mucho más puro, dónde va a parar, eso está garantizado. El hecho es que la tendencia se ha invertido: con la industrialización y la mecanización del campo se produjo el gran éxodo del pueblo a la ciudad; con la crisis económica se ha iniciado el camino de vuelta. Según estadísticas fiables, hay ya más personas -muchas de ellas jóvenes, y no faltan los licenciados universitarios- que dejan la ciudad y se van al pueblo que al revés. Es un fenómeno social creciente y esperanzador, alentado por la crisis interminable, los vertiginosos avances en las telecomunicaciones y el aumento de vida útil tras la jubilación. Me dan ganas de llamar a este cambio de tendencia -¡a la fuerza ahorcan!- acontecimiento histórico. Veremos.

Confirma esta tendencia el “boom”, desatado en los últimos años, de la compra de pueblos abandonados. Muchos se están vendiendo a precio de saldo. ¡Una tristeza! Ahora mismo tienen colgado el cartel de se vende unas sesenta aldeas. Según aldeasabandonadas.com hay en España unos 3.000 pueblos o aldeas deshabitados, casi la mitad en Galicia. Entre ellos, Sarnago, mi pueblo. Este año de 2012 ha crecido la demanda un 19 por ciento con relación al año anterior. Ahora el 70 por ciento de los que compran son particulares y el 30 por ciento restante hosteleros. Hace poco era al revés. Algo más de la mitad de los compradores son españoles y el resto, extranjeros: alemanes, ingleses, holandeses, belgas y americanos. Pronto llegarán los rusos y no tardarán los chinos. Es un hecho que las casas de pueblo están revalorizándose, aunque aún hay gangas. Hace poco una pareja de ingleses ha comprado por 125.000 euros -menos que un piso corriente en la ciudad- una aldea completa, con cuatro casas y un hórreo en el valle del Eo, en Pontevedra. En Lugo,en la Ribera Sacra, se vende un pueblo por 140.000 euros, y, entre Madrid y Segovia, La Alameda, con sus casas en pie entre las ruinas, su fuente, su pilón y todo, está en venta por 380.000 euros negociables.

Vender un pueblo es, de entrada, un fracaso humano y ver llegar por el monte los lobos de la especulación, algo inquietante. Pero resurgir un pueblo de las ruinas siempre es una alegría, aunque no sea completa ni nada vuelva a ser ya igual que antes. Así que es imposible no enfrentarse a sentimientos contradictorios. Pero hoy -permítanmelo- quería hacer hueco a la esperanza.

HE APADRINADO UN BURRO

 

Mi hija Mireya -bendita sea- me sorprendió con un curioso y fantástico regalo de cumpleaños: el apadrinamiento de un burro. El certificado con la foto del animal lo tengo sobre la mesa mientras escribo. Se llama “Romero”. Su pelo es pardo claro, casi bayo ligeramente rojizo, y su morro blanquea por lo años. Tiene un aspecto jaquetón y pícaro a pesar de su mirada cansada y su aire de escepticismo o de darse importancia. Se ve que ha vivido mucho. Me gustaría acariciarle sus orejazas y pasarle la mano por el cuello. Si pudiera le llevaría un racimo de uvas de moscatel y un puñado de zanahorias para celebrar nuestro encuentro. Pero está lejos y he de conformarme por ahora con contemplarlo en fotografía y seguir, en un breve video, su andar pausado en el prado de la mano de su hermosa cuidadora. Supongo que se trata de Verónica Sánchez, que es la que firma mi certificado en nombre de “El Refugio del Burrito”, en Fuente de la Piedra (Málaga), una asociación sin ánimo de lucro que se ocupa de cuidar y proteger a los borricos y a sus parientes estériles, los pobres mulos, que tienen prohibido el disfrute del sexo, y de denunciar al que los maltrate, tarea que ennoblece al ser humano y que no deja de ser humanitaria.

Viene al pelo el regalo del apadrinamiento conociendo mi debilidad por estos humildes animales, en peligro de extinción entre nosotros, que durante siglos han prestado sumisamente sus servicios a las gentes del campo y que han tenido que aguantar improperios sin cuento, arrastrar carros y carretas y sufrir desprecios e injusta fama. Hoy, según tengo entendido, son mano de santo para los niños con problemas -y supongo que también para los mayores, con problemas o sin ellos- hasta el punto de que al roce cercano de los discapacitados con estos amables animales, jugando con ellos, montando encima, observando su alegre trotecillo en el prado, se le llama nada menos que “asnoterapia”. Desde luego, estoy seguro de que el trato con los burros humaniza y aviva los sentidos más que el trato con los políticos, con los banqueros o con los famosos de la prensa del corazón. Ahora que se acerca la Navidad, pocas estampas más humanas, aunque no aparezca expresamente en el relato bíblico, que la del borriquillo con la Virgen encima, a punto de dar a luz, y con el bueno de San José delante tirando del ramal, camino de Belén. No es extraño que el burro ocupe un lugar privilegiado en el catálogo de los antiguos villancicos.

Pero hoy tengo que hablar algo más de “Romero”, que para eso soy su padrino, y a mucha honra. Después de algunas averiguaciones, he descubierto que fue el primer burro acogido en el refugio de Fuente de la Piedra. El que lo inauguró, vamos. Así que es el pionero o, si lo prefieren, el decano de la institución. Llegó de Mijas, donde había trabajado toda su vida de “burro-taxi” para los turistas. Esa era su profesión, que le tenía baldado y de la que procede seguramente su fama de picaruelo y Casanova. Almacena mucho mundo. Ante los visitantes posa muy serio, como si lo hiciera para las rubias turistas de la costa y, cuando se van las visitas, desarrolla todo tipo de poses y de tretas para impresionar a las burras del refugio. A sus veintiocho años disfruta de una merecida jubilación y se le ve en plena forma. Su amor secreto es “Estrella”, una guapa borrica mucho más joven que él y que vive fuera. Es su debilidad. Siempre que pasa cerca del prado, “Romero” se muestra inquieto, visiblemente nervioso, y la requiebra con un rebuzno breve, que más parece un suspiro, poniendo de relieve que en el amor borriquil, como en el humano, no hay edad que valga. Tiene también mi ahijado, según me cuentan, un apetito descomunal, huele la comida a distancia y acude el primero con un alegre trote. El sábado espera impaciente a Adrián, el frutero, que le trae zanahorias, su comida preferida. Y tan pronto como vislumbra al frutero, rebuzna, alegre, largo y tendido y sale corriendo a su encuentro.