HE APADRINADO UN BURRO

por elcantodelcuco

 

Mi hija Mireya -bendita sea- me sorprendió con un curioso y fantástico regalo de cumpleaños: el apadrinamiento de un burro. El certificado con la foto del animal lo tengo sobre la mesa mientras escribo. Se llama “Romero”. Su pelo es pardo claro, casi bayo ligeramente rojizo, y su morro blanquea por lo años. Tiene un aspecto jaquetón y pícaro a pesar de su mirada cansada y su aire de escepticismo o de darse importancia. Se ve que ha vivido mucho. Me gustaría acariciarle sus orejazas y pasarle la mano por el cuello. Si pudiera le llevaría un racimo de uvas de moscatel y un puñado de zanahorias para celebrar nuestro encuentro. Pero está lejos y he de conformarme por ahora con contemplarlo en fotografía y seguir, en un breve video, su andar pausado en el prado de la mano de su hermosa cuidadora. Supongo que se trata de Verónica Sánchez, que es la que firma mi certificado en nombre de “El Refugio del Burrito”, en Fuente de la Piedra (Málaga), una asociación sin ánimo de lucro que se ocupa de cuidar y proteger a los borricos y a sus parientes estériles, los pobres mulos, que tienen prohibido el disfrute del sexo, y de denunciar al que los maltrate, tarea que ennoblece al ser humano y que no deja de ser humanitaria.

Viene al pelo el regalo del apadrinamiento conociendo mi debilidad por estos humildes animales, en peligro de extinción entre nosotros, que durante siglos han prestado sumisamente sus servicios a las gentes del campo y que han tenido que aguantar improperios sin cuento, arrastrar carros y carretas y sufrir desprecios e injusta fama. Hoy, según tengo entendido, son mano de santo para los niños con problemas -y supongo que también para los mayores, con problemas o sin ellos- hasta el punto de que al roce cercano de los discapacitados con estos amables animales, jugando con ellos, montando encima, observando su alegre trotecillo en el prado, se le llama nada menos que “asnoterapia”. Desde luego, estoy seguro de que el trato con los burros humaniza y aviva los sentidos más que el trato con los políticos, con los banqueros o con los famosos de la prensa del corazón. Ahora que se acerca la Navidad, pocas estampas más humanas, aunque no aparezca expresamente en el relato bíblico, que la del borriquillo con la Virgen encima, a punto de dar a luz, y con el bueno de San José delante tirando del ramal, camino de Belén. No es extraño que el burro ocupe un lugar privilegiado en el catálogo de los antiguos villancicos.

Pero hoy tengo que hablar algo más de “Romero”, que para eso soy su padrino, y a mucha honra. Después de algunas averiguaciones, he descubierto que fue el primer burro acogido en el refugio de Fuente de la Piedra. El que lo inauguró, vamos. Así que es el pionero o, si lo prefieren, el decano de la institución. Llegó de Mijas, donde había trabajado toda su vida de “burro-taxi” para los turistas. Esa era su profesión, que le tenía baldado y de la que procede seguramente su fama de picaruelo y Casanova. Almacena mucho mundo. Ante los visitantes posa muy serio, como si lo hiciera para las rubias turistas de la costa y, cuando se van las visitas, desarrolla todo tipo de poses y de tretas para impresionar a las burras del refugio. A sus veintiocho años disfruta de una merecida jubilación y se le ve en plena forma. Su amor secreto es “Estrella”, una guapa borrica mucho más joven que él y que vive fuera. Es su debilidad. Siempre que pasa cerca del prado, “Romero” se muestra inquieto, visiblemente nervioso, y la requiebra con un rebuzno breve, que más parece un suspiro, poniendo de relieve que en el amor borriquil, como en el humano, no hay edad que valga. Tiene también mi ahijado, según me cuentan, un apetito descomunal, huele la comida a distancia y acude el primero con un alegre trote. El sábado espera impaciente a Adrián, el frutero, que le trae zanahorias, su comida preferida. Y tan pronto como vislumbra al frutero, rebuzna, alegre, largo y tendido y sale corriendo a su encuentro.

 

 

 

 

 

 

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