¿NOS VAMOS AL PUEBLO?

por elcantodelcuco

El País Semanal, la revista del domingo con cientos de miles de ejemplares, dedicó su portada el pasado día 9, y su amplio reportaje central, al fenómeno social de la vuelta de la ciudad al pueblo. Era el tema-estrella del periódico, lo que indica que la cosa va en serio. La estampa es atractiva, conmovedora. En la portada aparecen paseando por el monte Jon Beltrán con su hijo Goran de cuatro meses en brazos y Virginia, su compañera, con el hijo de esta, Mateo, un hermoso muchacho, a su lado. Se les ve felices. Jon, pintor de profesión, un urbanita vasco natural de Algorta, ha vivivido en Madrid, en el barrio de Malasaña, y Barcelona. Virginia, italiana, vivía en Zarzalejo (Madrid), 1500 habitantes, cuando se enamoraron, y Jon no se ha arrepentido de irse al pueblo con ella. Confiesa que está encantado de haber dado este paso. En este caso, por amor, que es una buena razón. Ya se sabe: tiran más dos tetas que dos carretas.

Pero hay gente para todo. Marcus Stratton, inglés, panadero de profesión, y Marta Flández, del barrio madrileño de Carabanchel, se conocieron en Dublín, recorrieron Europa en furgoneta hasta que recalaron en el pueblo madrileño de Santa María de la Alameda, donde él ha montado un horno de pan ecológico que reparte por los alrededores. “Recibimos de la tierra lo que necesitamos -dice Marta-. En el bosque cogemos leña y en casa tenemos un aljibe para recoger el agua de lluvia”. Tomás López y María Ángeles Piñero, cincuentones, con su hijo Dennis, de 20 años, cerraron la fábrica de zapatos en Alicante, por culpa de la crisis, y viven en  Alcubilla de Avellaneda (Soria), donde tienen una casa rural y un huerto, además de regentar el bar del pueblo. “Nunca habíamos trabajado en la hostelería ni en el huerto; pero hay que transformarse”. Carlos Hernández y Elena Rodao, eran funcionarios interinos en Segovia -ordenanzas, los dos- un puesto inseguro con los recortes; pensaron en una quesería o una panadería ecológica. Al final se quedaron en Tardelcuende (Soria), junto al pinar, con una tienda “de ultramarinos”, que en realidad vende de todo. Aseguran que son allí muy felices por la buena acogida de la gente. En los desfallecientes pueblos de Soria se recibe al que llega con los abrazos abiertos. A Luis Montalvo, empresario, 50 años, le iba bien en la vida: tenía mujer, hijos, un próspero negocio de transportes y una magnífica casa. No podía quejarse. Pero no podía más. El estrés lo mataba. Un médico le dijo “basta”, y la puntilla fue la muerte de uno de sus hijos, de 9 años, de cáncer. “Le dije a mi familia -confiesa- que me acompañaran al campo, no les gustó la idea y yo rompí con todo”. Vive en Fresno de la Fuente (Segovia) donde ha levantado un centro de ocio, al que le ha puesto el nombre de su hijo muerto. Allí ha rehecho su vida sentimental y tiene una hija de dos años. Manuel García, arquitecto, 40 años, nacido en Múnich, y su mujer Julia Ahvenainen, ingeniera, a la que conoció en Aquisgrán siendo estudiantes de Erasmus, estaban hartos de Madrid, dieron muchas vueltas en busca de un lugar para vivir, hasta que descubrieron Maderuelo (159 habitantes) compraron una parcela junto a un parque natural precioso, cerca de un pantano, y construyeron allí su casa, “más barata que el piso de la ciudad”.

Basten estas historias como muestra. Para dejar la ciudad e irse al campo hay, como se ve, múltiples motivos: la supervivencia en tiempo de crisis, el estrés, la desesperación, la necesidad de un cambio radical de vida, la llamada de la naturaleza, la búsqueda espiritual de uno mismo, el teletrabajo, el insoportable coste de la vida en la ciudad… Pero hay que tener claras las ideas y no es recomendable largarse con una mano delante y otra detrás, a la buena de Dios. El cambio puede ser duro y cuesta aclimatarse al silencio, al ritmo lento y a la monotonía. “Abraza la Tierra” es una organización sin ánimo de lucro que se ocupa de frenar la despoblación de los pueblos y favorecer la emigración a las zonas rurales. ¡Bendita sea! No dan trabajo, pero orientan y ayudan gratuitamente en los trámites a los que deciden dejar la ciudad y cambiar de aire, un aire mucho más puro, dónde va a parar, eso está garantizado. El hecho es que la tendencia se ha invertido: con la industrialización y la mecanización del campo se produjo el gran éxodo del pueblo a la ciudad; con la crisis económica se ha iniciado el camino de vuelta. Según estadísticas fiables, hay ya más personas -muchas de ellas jóvenes, y no faltan los licenciados universitarios- que dejan la ciudad y se van al pueblo que al revés. Es un fenómeno social creciente y esperanzador, alentado por la crisis interminable, los vertiginosos avances en las telecomunicaciones y el aumento de vida útil tras la jubilación. Me dan ganas de llamar a este cambio de tendencia -¡a la fuerza ahorcan!- acontecimiento histórico. Veremos.

Confirma esta tendencia el “boom”, desatado en los últimos años, de la compra de pueblos abandonados. Muchos se están vendiendo a precio de saldo. ¡Una tristeza! Ahora mismo tienen colgado el cartel de se vende unas sesenta aldeas. Según aldeasabandonadas.com hay en España unos 3.000 pueblos o aldeas deshabitados, casi la mitad en Galicia. Entre ellos, Sarnago, mi pueblo. Este año de 2012 ha crecido la demanda un 19 por ciento con relación al año anterior. Ahora el 70 por ciento de los que compran son particulares y el 30 por ciento restante hosteleros. Hace poco era al revés. Algo más de la mitad de los compradores son españoles y el resto, extranjeros: alemanes, ingleses, holandeses, belgas y americanos. Pronto llegarán los rusos y no tardarán los chinos. Es un hecho que las casas de pueblo están revalorizándose, aunque aún hay gangas. Hace poco una pareja de ingleses ha comprado por 125.000 euros -menos que un piso corriente en la ciudad- una aldea completa, con cuatro casas y un hórreo en el valle del Eo, en Pontevedra. En Lugo,en la Ribera Sacra, se vende un pueblo por 140.000 euros, y, entre Madrid y Segovia, La Alameda, con sus casas en pie entre las ruinas, su fuente, su pilón y todo, está en venta por 380.000 euros negociables.

Vender un pueblo es, de entrada, un fracaso humano y ver llegar por el monte los lobos de la especulación, algo inquietante. Pero resurgir un pueblo de las ruinas siempre es una alegría, aunque no sea completa ni nada vuelva a ser ya igual que antes. Así que es imposible no enfrentarse a sentimientos contradictorios. Pero hoy -permítanmelo- quería hacer hueco a la esperanza.

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