MEDITACIÓN DE FIN DE AÑO

por elcantodelcuco

 

Despedimos al bisiesto y saludamos al 13. La realidad es mala y los augurios no parecen buenos. No hay demasiado motivo para las celebraciones. En esta obligada meditación de fin de año, que invita al balance y al recuerdo, me vuelvo como de costumbre a los años de la infancia. Desde niño me impresionó, sin acertar entonces a definirlo, el estoicismo de las gentes del campo.Veo los rostros oscuros y arrugados de los hombres del pueblo y la cara envejecida prematuramente de aquellas mujeres enlutadas con el pañuelo cubriendo la cabeza. Observo su noble serenidad, su entereza y su permanente resignación. Cuando la cosecha se malograba por culpa de la sequía o del pedrisco, el campesino se limitaba a decir moviendo la cabeza: “Mal año, ha venido mal año”. No decía más. Si a las ovejas les entraba la basquilla, que diezmaba el rebaño, murmuraba: “Una desgracia tras otra”. Lloraba a escondidas y seguía yendo a misa la mañana del domingo y jugando a la baraja en la taberna por la tarde. Resistió mientras pudo. Por dentro, maldecía su suerte y su estampa, pero no daba cuartos al pregonero porque en su hambre mandaba él, como es sabido, y de otras peores había salido. Al día siguiente, con la escarcha, uncía las caballerías y volvía silenciosamente a la barbechera a probar suerte otro año más, como siempre. Por el camino canturreaba y echaba cuentas. No servía de nada quejarse ni escupir al cielo, del que en realidad dependía, como los pájaros y las mariposas. Tenía que seguir confiando en la tierra, en el sol y en las nubes.

Nunca se fió de los políticos. Soy testigo de ello. Es verdad que entonces, en la posguerra, la política era un instrumento de dominio sobre el pueblo, sin que éste tuviera arte ni parte en su propio destino. Además, la política estaba manchada de sangre. “Hijo, no te metas en política”, me advertía mi madre cada año cuando volvía de la Universidad, que estaba rodeada por los “grises”. Lo que había entonces era miedo, que obligaba al silencio y empujaba a la resignación. Aquellos tiempos han cambiado afortunadamente. Hubo una generación de políticos dignos que pusieron las bases de la convivencia democrática en España. Pero con el tiempo el sistema se ha ido degradando y ha vuelto, en el pueblo, la desconfianza hacia la política y hacia los políticos casi como entonces. Cuando acaba el año, este es, con razón, uno de los grandes motivos de preocupación. La crisis política e institucional es a la larga más grave que la crisis económica que nos atormenta y que tanto sufrimiento está generando en nuestra sociedad. Los intereses nacionales vuelven a prevalecer en Europa sobre el proyecto común. Europa vuelve a estar de rodillas ante Alemania, como cuando entonces. La solución a los problemas sociales y económicos ha de ser política o no habrá solución. La agudización de los movimientos disgregadores en España, tan irracionales, tan diabólicamente inoportunos, tan incordiantes, no hacen más que echar leña al fuego. Etcétera. Confiemos en que no se levante en España, como ha venido ocurriendo periódicamente y recordaba Manuel Azaña, un viento de locura que se lleve todo por delante.

Lo que aseguro hoy con palabra de campesino, contra viento y marea, cuando acaba este maldito año bisiesto, es que España tiene problemas, pero que la solución está en nuestras manos. Podemos salir adelante y vamos a salir. No es un ejercicio de falso optimismo. Conozco a este pueblo. Lo he aprendido de los campesinos, que esperan siempre contra toda esperanza, y del cordobés Séneca, que advierte: “El espíritu angustiado por el futuro es calamitoso”. O esto otro: “Si eres hombre, fíjate en quienes, aunque hayan fracasado, han emprendido grandes cosas”. Personalmente -permítanme esta confidencia- tengo un motivo adicional para la esperanza: Carmen, la mujer de mi hijo Rodrigo, ha salido ya de cuentas y Roque, mi nieto, está a punto de nacer. Se ha empeñado en ver la luz en el quicio del año bisiesto y del año 13. Para mí es un buen presagio. Todo lo ilumina, y todo lo demás se me difumina.

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